jueves, 17 de abril de 2008

Corazones solitarios

Madrid atardecía bajo una inusual, fría y pertinaz lluvia cuando concurríamos a ese rito de los jueves en la copa de los corazones solitarios que algún modernista ha rebautizado de “singles” –trasunto de “sin pareja”-. Ya puestos al anglicismo que nos devora parece más poético eso de los “lonely hearts”.
El caso es que no nos vamos a pegar por una cuestión idiomática, aunque en esta torre de Babel en que se ha convertido España no nos faltan precisamente las razones para la contienda de las lenguas, en una especie de maldición bíblica para los nuevos tiempos. Nos encontrábamos ya rematando la ceremonia Piluca, Montse y yo mismo cuando entraban en el local 2 salteadores de corazones que se dirían surgidos de una película a lo Mad Max, seres fugaces que emergieran de la desolación provocada por el cambio climático. Estos que irrumpían en el local madrileño anudaban sus cuellos con corbata de seda y lucían pañuelo de similar calidad en el bolsillo exterior de sus chaquetas, derrochaban amabilidad y halagaban a las damas con cuidado estilo de ligones de barra; pero su vida desde las 8 ó 9 de la tarde se convierte en rapiña de cariño, atraco de ilusiones y asal,to a los corazones que a veces quedan si no rotos sí algo deteriorados después de la incursión. Existe un cierto candor en sus expresiones, palabras que dejan su alma sobre la mesa para que Montse –esa chica que practica el “coaching” de las 24 horas- diseccione sus sentimientos y se los devuelva en forma de certezas que al cabo ellos mismos conocían antes de que se las pongan de manifiesto. La psicología no es otra cosa que una compañía para el camino interior, pero está escrito que sólo uno mismo puede atraversarlo.
Salteadores de corazones, nuestrso amigos merodean por los bares de copas del Madrid vespertino y desolado derramando palabras lisonjeras que construyen en las forma de frases hechas -aunque bien dichas- y su éxito consiste en arrebatar un pedazo de ilusión, un rincón del corazón, que es una parte de la vida. Porque la esperanza del amor pesa tanto en nuestra existencia que relega el resto de las ocupaciones a las que nos dedicamos a ese espacio gris aunque necesario que llamaos rutina.
No son felices, y lo reconocen desde esa ingenuidad de los 58 años. Saben que cada “polvo” profundiza el abismo de su soledad. Advierten que el “eros” sólo adquiere continuidad en el “thanatos”, pero vuelven a la barra de la tarde siguiente armados con la esperanza de que esa conquista les traiga algo de la ilusión que saben están robando. Nuevos Mefistófeles piensan que en ese alma que se llevan existe el alimento de que carecen y por eso mismo precisan, el alimento del amor o de la ternura o del cariño.
Ninguno de nosotros renunciamos a la ilusión del amor. Ni siquiera los salteadores de corazones soliarios. Pero una especie de vértigo ante los contornos del abismo nos hace retirarnos del precipicio y concentrarnmos en nuestras propias certezas que en cualquier caso son bien escasas. Ese vértigo que Montse definía como el no estar dispuesta a que te arrebaten el mando a distancia de la televisión –a veces pienso que, a pesar de sus antecedentes catalano-aragoneses, hay alguna reencarnación pasada de pulsiones anglosajonas y de campiñas verdes que se abren a un “manor” de inevitable alta prosapia-. Quizás se trate de eso. Lo cierto es que creo que en todos nosotros, corazones soliarios, se enciende una vela todas las mañanas que nos interroga acerca de si ese será el día de la ilusión en el amor, por lo mismo que en el ritual de los jueves la cuestión que se plantea sin decirla es si cualquiera de nuestros interlocutores será quien acabe devolviéndonos la razón para vivir, más allá de las horas dedicadas a convivir con nosotros mismos.
Y somos conscientes de nuestras limitaciones, sin embargo. Sabemos que ya no tenemos los 20 años que nos otorgan la fuerza necesaria para cambiar al mundo de rumbo, y a nosotros mismos tambien. De sobra entendemos que ya no podemos pedir a nadie que nos baje una estrella azul –como dice la canción-. Pero todos esperamos que esa mortecina luz que arroja la bujía alumbre nuestro espacio en la forma de una dimensión compartida. Aunque lo cierto sea que ni siquiera esa vela aguante el vendaval de nuestros egoísmos y miedos que están fabricados de un mismo material.
Quizás haya que esperar a la otra definición del amor, la de envejecer juntos. Pero acaso tampoco eso sea posible. Para envejecer hace falta antes haber sido jóvenes. Y la historia de los personajes del “amor en los tiempos del cólera” -que es un canto al amor en la tercera edad, un amor interrumpido desde que ella se casa con el doctor Juvenal Urbino y él se entrega a la amalgama desaforada de los 1.000 y 1 amoríos, vuelve a proyectarse sobre sus vidas con la muerte del médico y conecta entonces con toda su fuerza con ese amor de los tiempos de su juventud, que es toda una brasa caliente todavía y que un solo beso –como en el cuento de la bella durmiente- es capaz de volver a la vida.
En la vejez de las piernas que se tambalean, de los ojos turbios, de las manos vacilantes no debería existir el amor naciente. Porque el amor puede encarnarse en una muleta o en la asidua vigilancia ante la cama de un enfermo. Pero nadie tiene el derecho de entregar su deterioro a otra persona, aunque le acometa el pánico a morir en soledad, en un tránsito que te aleja de la siquiera difícil idea del reencuentro. ¿Con quién estarás, con quién te enmcontrarás, si hasta en ese momento crucial y final estás solo? Pero es mejor irse sin compañía –en todo caso nadie se muere contigo- que condenar a quien quieres a que te siga entre hospitales, padecimientos y consultas de médicos.
Nuestros 20 años quedaron atrás, pero la ilusión renace cada día. Corazones solitarios, volvemos nuestras miradas hacia nuestras velitas interiores esperando que algún día tendremos la valentía de intentarlo de verdad. Aunque casi siempre nos aferremos a la propiedad inviolable del mando a distancia o a la efímera aventura vivida en la barra de un bar.

6 comentarios:

paloma dijo...

Fernando
No veo por qué los “corazones solitarios” hemos de aferrarnos a la idea de “lo escasas que son nuestras certezas de volver a vivir la ilusión del amor”.Creo que precisamente es esa resignación la que nos aferra al mando de la tele y a renunciar a compartirlo.
Quién dice que sólo tenemos una oportunidad para ser felices o compartir la vida con
alguien? Por qué hay que tener 20 años para poder amar? ¿Desde cuándo las cosas del corazón tienen edad? ¿Por qué a los 40 ó 50años se piensa en una relación para envejecer juntos? ¿No quedan a esa edad mil cosas que hacer, libros que leer,gente que conocer, lugares que visitar,cenas que disfrutar?
Yo creo que la madurez es el momento ideal para compartir, cuando ya se tiene consciencia plena de lo que eso significa y de lo que vale.

Mar Seco dijo...

Nuestra velita interior nunca se apaga.
Un abrazo muy fuerte.

El blog de Fernando Maura dijo...

@Paloma, creo que tienes razón. Quizás el "post" haya resultado algo confuso. Todos los días se enciende en nosotros una luz interior que significa la esperanza de enamorarnos otra vez. Pero casi todos los días esa vela se apaga en el vendaval de nuestros egoísmos y nuestros miedos, decía en mi comentario. O sencillamente que pasa el día y no ha pasado nada que nos haya podido conmover especialmente. ¡Claro que se pide algo muy diferente a los 20 que a los 50! Silvio Rodríguez lo dice de formas muy precisa: "Yo no te pido que me bajes una estrella azul/Sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz". Pide cosas que no son imposibles, pide compartir afectos y ternuras. Quizás sirva como explicación o a lo mejor es que no estamos de acuerdo. Pero no pasa nada por eso. Un beso, quienquiera que seas.
@Mar, me alegro de que haya velas que no se apaguen. Eso dice mucho en tu favor. Un beso también para ti.

UnaSirenaVarada dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sirena Varada dijo...

Apenas he tardado un día en volver por aquí, y me quedo otra vez de una pieza leyendo ahora cómo el camino interior está escrito que sólo uno mismo puede atravesarlo; y que la insoportable levedad del peso de la esperanza del amor relega el resto de las ocupaciones a la rutina; y cómo en los trocitos del alma arrebatados a otros se busca el alimento que se precisa… Y me quedo pensando en todas esas cosas y en otras cargas de profundidad de las que está repleto este texto.
Para mí esta entrada ha resultado ser una pequeña joya literaria y una de las reflexiones más profundas y sensatas que he leído acerca de los bien o mal lamados “corazones solitarios”.

(No, si al final me haré adicta a este blog... Lo estoy viendo llegar.)

El blog de Fernando Maura dijo...

@Sirena varada, muchísimas por tu comentario.