lunes, 12 de mayo de 2008

Segundo día. Toma de contacto con Jerusalén

Las campanas de la iglesia vecina a mi habitación tienen un sonido musical a lo diana floreada y dan comienzo a las 7 de la mañana hasta las 9. Un gato maúlla en señal de protesta al final de cada soniquete y parece que fuera un niño exasperado por la falta de atención. Espero en vano la llamada de las 10 y me quedo profundamente dormido. No me despierto hasta 10 minutos antes de las 11. "María tendrá que esperar", pienso preocupado. Pero cuando acabo de arreglarme llamo a su móvil y no coge. Ya no me dan de desayunar en el hotel así que salgo a la calle.
La mañana es espléndida y grupos de turistas montan procesiones junto al edificio que alberga la tumba del Rey David. No pasan ni 5 minutos antes de que se acerque un muchacho para "invitarme a un café" en la tienda de un amigo, aunque no me cuesta demasiado trabajo convencerle de que sólo quiero comer algo. Al final me introduzco en un café-restaurante y me tomo mi desayuno con un buen zumo de naranjas. Le pongo un mensaje a María que me anuncia su inminente llegada.
Aparece María en medio del torbellino de su cabellera rubia. Se disculpa. Una rueda de prensa que dio ayer lunes el general italiano jefe del puesto de la Unión Europea en la frontera de Rafah ha provocado unas interpretaciones que no tienen demasiado que ver con nuestra idea humanitaria de actuación en el conflicto.
María ha organizado ya el programa de mi estancia en Jerusalén. Incluye visitas turísticas, encuentros políticos y literarios y actividades culturales, como la probablemente dantesca visión del Museo del Holocausto, que María no está dispuesta a volver a ver. "Luego debes dejar pasar al menos 2 horas para sobreponerte", me dice. Quedará para otra visita mi baño en el Mar Muerto. María pensaba que mi avión regresaba el sábado a las 10 de la noche y lo hará a las 6 de la mañana. Se diría que este es el viaje de la palabra "volver".
Nos perdemos por las callejuelas de Jerusalén que conforman un gran "zoco" en que todo convive sin mezclarse. Vías estrechas flanqueadas por edificios de piedra evocan el color y el sabor del desierto, alfombras a la salida de las tiendas. Aquí te ofrecen una cerámica, allí está un presunto paso de la "vía dolorosa". ¿Fué en esta cuesta donde el cirineo ayudó a Cristo con su cruz? ¿Se encontró Jesús con su Madre en esta esquina que huele a mirra? Nadie lo sabe y además existen 3 ó 4 lugares alternativos para cada historia.
Jerusalén es ciudad de cuestas con empedrado resbaladizo. Unasrampas sirven para el transporte de las mercancías y para el despiste de los viandantes. Pero Jerusalén es el Los Angeles de dentro de 10 años: un "Blade Runner" árabe colgado en el pasado, porque entre otras cosas nadie le ve futuro, de modo que todo el mundo proyecta sus amarguras sobre el presente. Una fotografía de una callejuela de la "Old City" podría reproducir su paisaje urbano prendido en los polvorientos armarios del tiempo. Las personas representan identidades superpuestas, aguas y aceites que jamás harán el crisol de la integración. Circulan por esas estrechas, resbaladizas y matadoras calles las mujerucas árabes con sus cestas y bolsas, los judíos ortodoxos tocados con ridículos sombreros ciudadanos armenios que no aspiran más a la ciudadanía, turistas que visitan con la lengua fuera los Sagrados Lugares, jovencísimos soldados que se hacen más evidentes con la caída de la noche, musulmanes de gesto reconcentrado y judíos laicos cubiertos con su "capello".
Pero si Jerusalén fuera algo sería uns ciudad árabe. En la estructura de sus calles, en el olor ambiente, en la música o en las llamadas a la oración. Por más que les pese, después de 60 años, los judíos no consiguen más que aportar un color a la paleta general. Los hoscos policías, los judíos o los soldados armados de sus ametralladoras mascando chicle parecen decir: "Todo esto es mío y de nadie más". Y tienen razón, pero sólo a fuerza de arrogancia, dominación y violencia porque la realidad contradice esa tesis.
La conversación se anuda entre las luces y las sombras de esta mañana de primavera. María se lamenta por no haberme podido organizar ninguna entrevista con judíos. "No he conseguido hacer amigos entre ellos -me dice-. Y eso que no hago más que tratar con periodistas de Israel. En cuanto profundizas 5 minutos te das cuenta de que son unos radicales. Y eso que me gustaría que conocieras su punto de vista".
Le comento mi impresión según la cual es la religión judía la que une a esa población. "Lo es más el ejército", asegura. Lo que refuerza más la idea de la ocupación. Cumplen un servicio nilitar de 3 años, lo que significa un determinado concepto de ciudadanìa israelí y conlleva un conjunto de derechos de que otros carecen. Esa palabra, "ocupación", persigue a israelíes y palestinos y es la principal fuente del miedo, del terror, que unos y otros sienten respecto de sus contrarios. Esa necesidad militar es la causa por la que muchas veces los "militares de uniforme" disputan con éxito las decisiones a los "militares civiles".
María me acerca a la tienda de un vendedor de cerámicas que me enseña algunos presuntos escenarios de la "Vía dolorosa". "Esto es como las reliquias del 'lignum crucis'", dice María. A la salida, el vendedor me hace una especie de juramento de sangre. "Eres mi amigo y me puedes pedir cualquier cosa", y María me dice que es verdad. Yo pienso entonces que si alguien sigue la estela de María Tellería se le abren las puertas de esta gente de un modo automático.
Lo compruebo a lo largo de mi visita en este país. El pueblo palestino se desvive por la solidaridad y se ofrece a cambio ella. La compasión -en la forma en que el Dalai Lama emplea esta palabra que significa cercanía, la "compasión" del que comparte porque se pone en el lugar del otro, nada parecido al sentir pena por el sufrimiento del otro, pero desde la distancia.
Visitamos el "Austrian Hospice", donde no había lugar para alojarnos, a pesar de los intentos de María. Es un establecimiento, mitad hostelero, mitad religioso -cuenta con capilla propia- y desde su azotea se disfruta de una impresionante vista de la ciudad.
El atardecer nos sorprende con la habitual toma de posiciones de los soldados judíos sobre las murallas de la ciudad. Nunca me acostumbraré a la visión de unos adolescentes armados hasta los dientes que parecen dotados de una permanente actitud chulesca.
Nos dirigimos hacia el "Muro de las Lamentaciones" cuando, en una calle abierta y sin aceras -como lo son casi todas las de Jerusalén- nos pasan corriendo 2 jóvenes. Suena una sirena. Podría tratarse de un aviso de ataque aéreo, proyectiles quizás, aunque son poco probables aquí, en Jerusalén; pero en realidad pide un minuto de silencio por las víctimas del Holocausto. Esa ambivalencia de las sirenas persigue el terror de toda la población.
En el muro de las lamentaciones -los israelíes disponen de otro muro, del al que me referiré llegado el momento- el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Gaby Azquenacy, dirige su palabra a los congregados. Antes de llegar ahí debemos atravesar un "check-point" móvil y, pasados unos metros, un control de metales para la entrada al recinto.
Pasada esta brusca inmersión en un país difícil, el cansancio después de una de esas jornadas atípicas de viaje y transición nos conduce al hotel. En él escribió Selma Lagerlov su libro "Jerusalén" a principios del siglo pasado. Desde entonces parece que no ha pasado por él la piqueta de la reforma. Ni llegará. Lo van a cerrar. Este es un país de todos los demonios -como escribía Jaime Gil de Biedma- y a nadie se le perdona regentar semejante establecimiento a sólo 2 pasos de la torre de David.
Pero el cansancio puede sobre la reflexión y duermo profundamente..

3 comentarios:

Sirena Varada dijo...

¿A quién le cambiaría la vida si no regreso? A uno mismo, que no es poco.
Un viaje singular el tuyo. Si como dices en la primera parte, las maletas somos nosotros mismos, lo mejor será llevarlas repletas de experiencias y aprendizajes, y en el caso de los viajes, parece que al menos el destino nos permite hacer la elección. Para muchos de nosotros Jerusalén es una gran desconocida y eso hace más interesante la descripción de ese que “parece un Blade Runner árabe colgado en el pasado, porque entre otras cosas nadie le ve futuro, de modo que todo el mundo proyecta sus amarguras sobre el presente”.
Cuéntanos todo, que no quede nada en el tintero.

Un abrazo

Lord Kobol dijo...

Holoa Fernando,

Al hilo de tu viaje por Israel te recomiendo el artículo que hoy mismo ha publicado Esther Bendahan en El País: "Israel y la diáspora"

Un abrazo.

El blog de Fernando Maura dijo...

@sirena varada. Gracias por tu comentario. Estoy intentando contaros todo.
@lord kobol. Artículo leído. Muchas gracias.