miércoles, 14 de mayo de 2008

La capilla ardiente y la calle

Este día 14 de mayo es día de duelo en este país que se escribe con letras de España. Hablo con Rosa Díez y con Juan Luis Fabo por la mañana y esta me dice que por la tarde tiene previsto asistir a los actos que se celebren en repulsa del atentado que se ha llevado hoy por delante a un miembro de la Guardia Civil, de nombre Juan Manuel Piñuel. Un hombre que volverá a su Málaga natal encerrado en una caja de pino y al que ETA le ha robado la ilusión de construir una casita en su pueblo de origen, que ha dejado a una viuda que se llama Victoria y a un hijo de 5 años.
Los recuerdos son muchos y me llegan a la cabeza de forma confusa. Principalmente se sitúan en Burguete, esa localidad navarra vecina a Roncesvalles donde compañeros de Juan Manuel me protegen desde que estoy amenazado por la banda y sus amigos me hacen llegar advertencias en forma de ataúd dibujado en una carta de “felicitación” navideña. Son hombres que tienen actitud de servicio, que trabajan con pocos medios, que los suplen con la buena voluntad y el ánimo que a otros puede faltarles.
Y son hombres enteros. Como el sargento que manda el puesto de Burguete y me dice ante mi llamada de pésame:
- Hoy nos ha tocado a nosotros.
Finalmente el cadáver de Piñuel recibirá cobijo en la Subdelegación del Gobierno de Álava, donde Rosa y yo quedamos en vernos esa tarde.
Yo llego unos minutos antes y la espero del lado de la escalinata de acceso al primer piso donde se vela el cádaver. Justo en el lugar por donde ella no va a pasar. –A veces pienso que basta con que un hombre crea que una mujer va a hacer una cosa determinada para que haga justamente la contraria-. Nos quedamos observando la situación. Guardias civiles escoltan el cadáver de su compañero en un féretro cubierto por la bandera española y un tricornio colocado encima de la enseña nacional, junto a ellos se sitúan un miembro de la Policía Nacional y otro de la Ertzaintza.
Impresiona contemplar los rostros de estos hombres que sufren en silencio la pérdida de un compañero, que tienen los ojos brillantes de la contención de esa lágrima que no veremos brotar, quizás hasta que todos nosotros nos hayamos marchado, quizás hasta que entre ellos puedan dar rienda suelta a sus sentimientos. Y esa fortalñeza me hace pensar más aún en la indignidad del mal causado, en la inutilidad del sufrimiento infligido, en el dolor de una familia destrozada ya y para siempre. Y mis pensamientos de ese largo rato me recuerdan las palabras de la señora de Aghazarian, aquéll,a cristiana armenia de 85 años que nos narraba las desgracias personales y familiares vividas en esa casa y me decía mirándome con fijeza a los ojos:
- Siempre tenemos que mirar al lado en el que existe un sufrimiento mayor que el nuestro.
- Y ese sufrimiento se llama hoy Victoria, la viuda del agente asesinado.
Le ofrecemos nuestro pésame que ella agradece. Apenas resulta consciente ella de lo que se le viene encima, de la dificultad de rehacer su vida, de los problemas en la educación y cuidado de ese niño de 5 años que le ha dejado Juan Manuel, de las lágrimas que hoy contiene y que aún le quedan por derramar…
Tenemos derecho a que esto termine, a que las “victorias” del futuro lo sean las de la libertad y no tengan nombres de mujer o de algún familiar asesinado por la banda. Queremos victorias que no sean víctimas y libertades que triunfen sobre la barbarie.
Pero tenemos que trabajar para eso. Rosa Díez me lo dice en la concentración a la que asistimos y que se produce en la plaza de Correos de Vitoria, a 2 pasos de la Subdelegación.
- Aqui hay más escoltas que ciudadanos.
Y yo asiento. Y veo cómo pasa la gente de largo ante nosotros y me siento como esos actortes-estatua que posan en las avenidas de las ciudades a cambio de unas monedas.
Es verdad que las desavenencias entre los partidos polítiocs han abierto una rendija lo suficientemente amplia como para que por ella se cuele la gangrena de la desconfianza y la indiferencia. Pero no es menos cierto que a muy pocos metros de ahí está el cadáver de un hombre que –desde la levedad de unos apellidos casi anónimos, pero desde la grandeza de una actitud de servicio hasta el final- ha muerto por la libertad
De todos.
Incluso de esos que pasan indiferentes ante nosotros.

2 comentarios:

Antonio Valcárcel dijo...

Estimado Fernando:

ETA ha vuelto a matar, como bien sabes, y esta vez le ha tocado, como en otras tantas ocasiones, a un servidor del orden público -al que cada mes recibía una paga por sus servicios: a todas luces y a tenor de la caristia de la cesta de la compra, escasa-. Sólo el plus de peligrosidad en servicio en el País Vasco aumentaba almo más sus emolumentos.
Siempre me entristece la muerte por terrorismo de cualquier persona, en especial de un Guardia Civil. Cuantas veces mi madre ha colgado en el colgador de la ropa para que esta se secase, el uniforme de un familiar guardia civil. Mi madre era bastante inocente, la ropa de los servidores de la seguridad del estado se ha de secar en el interior de la vivienda, sino se corre el peligro de que nos coloquen una diana pintada en algún lugar del barrio y siempre en el punto de mira de ETA. Y así nos ha ido: pérdida de amistades, amenazas, todo tipo de aislamientos… Y no siempre los partidos políticos han comprendido o se han mojado de forma real y en aplicación real que brinda todo el peso del Estado de Derecho: contra todo aquél o aquellos que no condenan los actos de terrorismo de una u otra manera e incluso aplican la pena de muerte a su capricho en actos terroristas. ETA no puede marcar el curso de una historia de un estado democrático y dejarlo descafeinado en su espíritu y la letra; que está legislada para ser aplicada y que no se sustancia de ninguna forma en cuanto a su aplicación, afín al estado de derecho: para la erradicación de una lacra social que azota a Euskadi y el Estado, flagelándolo siempre que lo desea.
ETA está enamorada de una dama que se llama Independentzia. A la que la pretenden varios pretendientes, con proposiciones de serio matrimonio. Y ETA como un novio maltratador siempre está matando a la democracia, para quedarse con la dama he imponer su nazismo.
Siento en toda mi alma la muerte terrorista del guardia civil D. Juan Manuel Piñuel Villalón, y reitero una vez más mi sentido pésame a su viuda, hijos y demás familiares.
Miguel Hernández dedicó una elegía a Federico García Lorca que evoca la muerte de forma certera:

A Federico García Lorca, poeta.

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasada con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera.

Entro despacio, se me cae la frente
despacio, el corazón se me desgarra
despacio, y despaciosa y negramente
vuelvo a llorar al pie de una guitarra.

Entre todos los muertos de elegía,
sin olvidar el eco de ninguno,
por haber resonado más en el alma mía,
la mano de mi llanto escoge uno.

Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.

¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes.

Guillermo dijo...

Hola Fernando, este escrito tuyo me llegó al alma, sobre todo tu sinceridad, que se palpaba en cada palabra. De la misma manera, me salió a mí lo que te adjunto a continuación y que envié a prensa y fue publicado por ABC de Córdoba.
Te digo todo esto porque usé algunos de tus párrafos,sin permiso previo, espero que no te importe.

Acabo de leer, las palabras escritas por Fernando Maura como colaborador en la página Web de UPyD bajo el título de “La capilla ardiente y la calle” el primer párrafo refiriéndose a Juan Manuel Piñuel, termina así: “Un hombre que volverá a su Málaga natal encerrado en una caja de pino y al que ETA le ha robado la ilusión de construir una casita en su pueblo de origen, que ha dejado a una viuda que se llama Victoria y a un hijo de 5 años” El leerlo me acongoja por pura empatía y pienso. Otro de los nuestros; otro andaluz que nos ha tumbado la irracional defensa de lo indefendible, sólo por los argumentos que utiliza, el dolor y la muerte.
Y poco después comparto absolutamente las palabras de Maura cuando dice: “Tenemos derecho a que esto termine, a que las “victorias” del futuro lo sean las de la libertad y no tengan nombres de mujer o de algún familiar asesinado por la banda. Queremos victorias que no sean víctimas y libertades que triunfen sobre la barbarie.” Y me alegro de haberme sumado al proyecto de Unión Progreso y Democracia, de estar al lado de los que defiende la Libertad y la vida con firmeza, con valentía y riesgo de su propia vida. De haber puesto mi grano de arena para conseguir algo más de cuarenta mil votos en Andalucía y espero y deseo que se multipliquen por millones en próximas citas electorales para cambiar a los que hoy tienen una responsabilidad, que ejercen con demasiada tibieza y ambigüedad.
Pero también siento indignación, por la desfachatez de los nacionalistas vascos que han salido hechos una piña, a justificar de manera vil el crimen de Juan Manuel; una justificación en forma de acusación de amparo a la tortura, que da la sensación de arrepentimiento por condenar el asesinato poco antes, en el caso del PNV. ¡Tremendo! Como respuesta hay que volver a las palabras de Fernando Maura: “Pero no es menos cierto que a muy pocos metros de ahí está el cadáver de un hombre que –desde la levedad de unos apellidos casi anónimos, pero desde la grandeza de una actitud de servicio hasta el final- ha muerto por la libertad De todos.” A lo que se puede añadir, que la única tortura latente hoy, es la de Victoria y su pequeño de 5 años, que nunca más podrán abrazar ni ser abrazados por Juan Manuel. ¡Energúmenos!



Guillermo León Murillo
Córdoba.