sábado, 3 de mayo de 2008

Elogio de la sensibilidad

Hay quienes dejan caer la amistad como si esta fuera una especie de teléfono de la esperanza en forma de pelota que rebotara en la pista de juego. “Si me necesitas, llama”, vienen a decir. De modo que sitúan la bola de su pretendida solidaridad en el campo contrario, confiando quizás en que su interlocutor no la devuelva nunca. Deberían pensar que la llamada a ese teléfono de la esperanza que son los amigos se produce muchas veces cuando la esperanza ya ha renacido, pero encarnada ahora en otros ojos, en una cara diferente, en otra figura…
Ianis Ian cantaba a esa soledad comunicada en su “In the winter”:

“And for a dime I can talk to God,
Dial a prayer,
Are you there,
Do you care?”

Pero Dios no se encuentra a la escucha siempre que lo necesitamos y los ministros de su Iglesia están bastante atareados como para atender a nuestras pequeñas tristezas, así que el mal trago lo pasamos solos las más de las veces.
Pero hay todavía gente que sabe acudir a tu rescate en los momentos en que no te aguantas ni a ti mismo. A Montse le bastaron 24 horas de ausencia de comunicación para intuir que podía ocurrir algo y producir ella misma la esperanza de su voz en mi número de teléfono. Y sólo necesitaría ella las 2 ó 3 preguntas de rigor para adivinar que, detrás de las respuestas habituales que aseveraban una pretendida normalidad se escondía una falsedad real. Lo advertía ella en el tono de voz, en las explicaciones cortas, en la confusión de las palabras. Y en lugar de la inútil compasión que se recrea en la pena me proporcionaba ella las necesarias admoniciones para mi más rápida recuperación. En una palabra: Montse haría esa noche toda una creación de lo que se llama sensibilidad.
La sensibilidad es una cualidad que se deriva de la inteligencia. Proust afirmaba que no podía calificar a su abuela sino de inteligente, dada la sensibilidad que ella demostraba. También lo era mi abuela materna que descubría en un muchacho adolescente los síntomas de una desazón profunda que lo habían llevado al desistimiento en su alimentación, en una especie de triste deriva hacia la nada. Ella arrojaba paletadas de ternura en el agujero en que entonces me encontraba, creando así un espacio de tierra firme que me sacaría finalmente del hoyo.
Eran las mujeres de otros tiempos, predestinadas a cuidar de los suyos y a mantener en orden sus hogares. No aparecen casi nunca en los libros de historia pero su vida ha sido esencial para las generaciones que las siguieron. El Doctor Proust –el padre del novelista- adquirió una cierta notoriedad por el revolucionario tratamiento de la peste que él había ideado, pero la humanidad entera recordará siempre el episodio de aquél beso nocturno que en vano reclamaría de su madre el pequeño Marcel y que le vería sometido a una noche prácticamente en vela.
Las mujeres de hoy pueden optar, pero a veces lo hacen también en beneficio de sus familias. Se niegan a sí mismas la posibilidad de auparse a las representaciones políticas o a los consejos de administración de las empresas importantes y derrochan su inteligencia y su sensiblidad en dar la vida y mantenerla. Delegan en nosotros la lucha por la vanidad, el boato y la publicidad, porque ellas conocen a la perfección lo que alguna vez ha repetido el Dalai Lama, que el “Dharma”no reside en las construcción de los grandes edificios o de las más imponentes estatuas, sino en la vida interior de cada uno de nosotros . Dedicadas a sus hijos o a sus padres las chicas como Montse crean la historia de verdad, la gran y bella historia de la vida privada, que es al cabo la que nos permite existir aún en medio de nuestras contrariedades.
Hacer su elogio es una cuestión de mera justicia. Otros podemos construir bellos discuros o escribir alguna que otra novela pasable, pero son ellas las personas imprescindibles. Sin esas mujeres no sería posible que nos permitiéramos una vida de lujo sin basamento real o de representación sin presencia previa en que muchos hombres andamos metidos.
Por todo eso –y por marcar mi teléfono sin esperar a que yo mismo lo hiciera, en esa noche de todos mis demonios- mi renacida esperanza te da las gracias, Montse.

9 comentarios:

raúl solera dijo...

Acabo de leer un reportaje en El País sobre la vida y la muerte de su hija Eugenia Pilar y me ha emocionado tanto que se me han saltado la lágrimas (desde que soy padre soy mucho más sensible a las "cosas" que afectan a los niños).
Me gustaría que sienta mi afecto y admiración por su historia y la de su hija, desde mi punto de vista, todo un ejemplo.
Y permítame, y discúlpeme, que le envíe un abrazo de esta forma tan poco adecuada.

lobezno dijo...

Hola. Quería decir exactamente lo mismo que Raúl en su comentario. Un abrazo. Gracias. (David)

manales dijo...

la verdad es que también yo espero respuestas de preguntas aún no formuladas.Espero, en vano, me temo, que mis pensamientos fueran escuchados aun antes de ser pronunciados.
Te admiro, por la flexibilidad de caracter que demuestra el hecho de que hayas podido cambiar de ideas políticas, religiosas, sociales ,en un mundo tan rígido de ideas y de mente.
No e conocia, hasta ahora mismo, leyendo un reportaje sobre tu hijita.No debió ser fácil, en absoluto.
Te seguiré leyendo desde aquí.

chamo dijo...

Buenos días Fernando,
Hace tiempo que conozco a su hija, su manera de ser, sus apetencias, sus caprichos,...todo lo que he sabido nos lo ha contado Ud. Hoy la he conocido físicamente gracias al reportaje del País. A partir de ahora a sus comentarios de padre, asociaré una cara de niña.
Gracias una vez más

Paz en la guerra

UNAMUNO dijo...

Buenos días Fernando,
Hace tiempo que conozco a su hija, su manera de ser, sus apetencias, sus caprichos,...todo lo que he sabido nos lo ha contado Ud. Hoy la he conocido físicamente gracias al reportaje del País. A partir de ahora a sus comentarios de padre, asociaré una cara de niña.
Gracias una vez más

Paz en la guerra

P.D.: Este es mi verdadera cuenta de Blogger

Goathemala dijo...

Acabo de leer la noticia de El País y admiro su entereza. Mis sentimientos los expresó con perfeción Raúl Solera.

Sirena Varada dijo...

El azar quiso que conociese tu historia y la de tu hija aquí, en tu blog, y entiendo perfectamente la conmoción que nos causa el conocerla. Pero mucho más que la historia, nos inquieta tu forma de afrontarla, con esa sensibilidad que sólo puede derivar de la inteligencia -son tus palabras- y más aun; con ese derroche de valor que te convierte en alguien imprescindible. Imprescindible, sí (tanto como tu amiga Montse)... Imprescindible si aspiramos a no perder la fe en el ser humano.

El blog de Fernando Maura dijo...

@Raúl Solera, Lobezno, Unamuno, Goathemala, Manales. Muchas gracias a todos.
@Sirena Varada, te agradezco muy especialmente tu comentario. Sería bueno que me considerara imprescindible, pero ha sido p`precisamente la vida la que me ha dicho que no es así. Aún con todo supongo que seguiré dando la tabarra. Un beso.

Soledad dijo...

He llegado a este blog a partir del reportaje de Eva Larrauri. Prácticamente todo lo que quería expresar ha sido dicho en los comentarios anteriores. Sólo añadir dos cosas. La primera es que estoy segura de que su hija se sintió muy orgullosa de su familia y la segunda es que una de mis más importantes aspiraciones vitales es sentir que mis hijos son felices.
P.S. Hoy me siento especialmente contenta de haber votado a UPyD. También yo, al igual que sirena varada, entiendo su presencia imprescindible. Siga dando la tabarra, por favor.