martes, 18 de enero de 2011

Intercambio de solsticios (119)

¿Quién era él en realidad? ¿qué razones impulsaban la existencia de Jacobo Martos? Siempre había pensado que él era un político que combinaba con suficiente versatilidad la adecuación a los principios con la diplomacia más exquisita en las formas. Pero a cambio siempre de que jugara sobre seguro. No le gustaban las improvisaciones, los gestos audaces, “las cosas raras” –como él mismo decía con frecuencia.
Y sabía que se encontraba en un punto muerto de su vida. En esa jugada del ajedrez en la que con seguridad cualquier movimiento será malo, quizás peor que malo: el último.
Recordaba entonces su vida política inmediatamente anterior. Su trabajo en Bruselas y Estrasburgo –siempre corriendo de un lado a otro, para no hacer nada, como en la mili, según decían-, y eso que sabían que el Parlamento Europeo cada vez contaba con mayor protagonismo y, si bien con una premiosidad recalcitrante y enojosa, avanzando en una integración progesiva de sus políticas. Eso decían cuando hablaban entre sí para consolarse mutuamente, porque en cuanto tenían la más mínima oportunidad volaban a Madrid para hacerse cargo de un Ministerio, de una Secretaría de Estado o incluso de una Subsecretaría. Lo que importaba no era Europa sino la política nacional, lo demás era un retiro, por más dorado que fuera, porque lo cierto es que estaba bastante bien retribuido para lo que son los estándares de sueldos de los políticos españoles.
Y de no ser porque las revueltas de aquel año 2.013 le habían sorprendido en Madrid, donde su familia se encontraba, seguramente que Jacobo Martos estaría entregado a su itinerancia entre Buselas y Estrasburgo sin necesidad de recalar en la capital de España. De hecho –y no lo podía negar, uno puede llegar a mentirse a sí mismo, pero no hasta ese extremo- había pensado en llevárselos a todos a Bruselas, donde podría estirar un poco su apartamento e incluso alquilar o comprar otro más adelante, si las cosas no se arreglaban finalmente en España. Huir, no –ese era justamente el engaño que se hacía Jacobo Martos-, encaminarse al exilio.
Y ahí estaba entonces. En ese despacho de presidente sin presidencia que le otorgaban los vecinos de Chamartín, consciente de que en el mejor de los casos su poder estaba compartido con ese hombre con aspecto hortera y de maneras untuosamente educadas que era…
Martos abrió la puerta y pidió a uno de los agentes que merodeaba por la zona, nadie sabía si en realidad con la misión de espiarle o de actuar como su carcelero.
- ¿Está por ahí Leoncio Cardidal? Dígale por favor que quiero verle.

2 comentarios:

BLANCA ORAA MOYUA dijo...

Cada dia inventas una intriga diferente.
Ya te has trasladado al futuro.
¿qué ha pasado con el tontolaba del Guggy?

Sake dijo...

No , no creas que un hombre solo es un cero a la izquierda, porque todo dependerá de la voluntad y las ideas de ése solitario.