domingo, 23 de julio de 2023

La mayoría de edad europea

El profesor Timothy Garton Ash ha escrito recientemente en la revista Foreign Affairs un artículo titulado “How the War in Ukraine Is Transforming Europe”. En él afirma:


“La mayoría de los europeos retroceden ante el término ‘imperio’, considerándolo como algo perteneciente a un pasado oscuro, intrínsecamente malo, antidemocrático y antiliberal. De hecho, una de las razones por las que los europeos han estado hablando más sobre el imperio recientemente es el surgimiento de movimientos de protesta que piden a las antiguas potencias coloniales europeas que reconozcan, y reparen los males cometidos por sus imperios coloniales. Por eso, los europeos prefieren el lenguaje de la integración, la unión o la gobernanza multinivel. En The Road to Unfreedom, el historiador de Yale, Timothy Snyder, caracteriza la contienda entre la UE y la Rusia de Putin como ‘integración o imperio’. Pero la palabra ‘integración’ describe un proceso, no un estado final. Contraponer los dos conceptos es como hablar de ‘viaje en tren versus ciudad’; el método de transporte no describe el destino”.


Más allá de las posiciones que mantengamos los europeos de hoy en relación con nuestro pasado colonial -cuya consideración merece seguramente un comentario específico- no deja de resultar sugestiva la opinión del profesor británico. ¿Qué quiere ser Europa, un imperio? Desde luego no un proceso, como sugiere acertadamente Garton-Ash. La integración no puede constituir más que un medio para conseguir una finalidad, como le ocurrió a los condados y principados alemanes, que sólo convergerían en un único país en el año 1872; o al Reino de Italia, que fue el nombre asumido el 17 de marzo de 1861 por el Estado surgido tras la unificación nacional italiana, después de un proceso iniciado en 1848.


De manera que la formación de las unidades territoriales descritas, y de otras, basadas en una lengua y una historia que forjaría lazos comunes, tendría un propósito definido: la creación y consolidación de una unión nacional que tuviera la suficiente consistencia y fortaleza para ser respetada en el concierto de las naciones, en el que hacer oír su voz en la defensa de sus intereses.


Europa -como repite a menudo mi amigo, el profesor Sosa Wagner- no pretende ser una nación, y ninguna falta hace que lo sea; tampoco una nación de naciones, como algunos preclaros dirigentes políticos quieren que sea España; y tampoco, desde luego, un imperio dispuesto a colonizar territorios anclados en costumbres ancestrales, desconocedores de las tecnologías modernas y que se expresen en lenguas nativas que sólo ellos y algunos estudiosos conocen. No, no lo quiere porque, entre otras cosas, resultaría, además de anacrónico, irrealizable.


Europa es un artefacto raro, un “objeto político no identificado” -que decía Jacques Delors-… pero se trata de un artilugio establecido para organizar la paz entre sus miembros, basada ésta en el respeto a los derechos democráticos y en un razonable estado protector del bienestar social. Su influencia exterior se concreta en un poder blando susceptible de convencer por el ejemplo de sus actuaciones a las gentes de otros países a través de un comercio justo que hunde sus raíces en los mismos principios que forman sus señas de identidad.


Por supuesto que esa situación ha sido amparada históricamente por el paraguas de la seguridad establecida por los Estados Unidos a través de la OTAN. Sin embargo, los movimientos políticos de nuestro socio protector al otro lado del Atlántico nos advierten de que nuestro modo de entender la convivencia debería depender más de nosotros que del gigante americano. Y no se trata sólo del advenimiento del populismo trumpista, ya desde hace tiempo preocupa a nuestro potente socio más la amenaza de China que la que pueda llegar del este de Europa, por mucha agresión de Ucrania que estemos atravesando.


De manera que a ese actor global que pretendemos llegar a ser no le es suficiente con declamar el papel que le dicten los guionistas de Bruselas, inspirados siempre en la “bona fides” de quienes andan por la vida con la cara de no haber roto nunca un plato. Como decía Gabriel Celaya, “maldigo la poesía de quien no toma partido/partido hasta mancharse”.


Porque quizás le haya llegado al proyecto europeo -cualquiera que sea su identidad, importa poco con qué nombre la bautícemos- el momento de “mancharse” en los escenarios internacionales defendiendo nuestros intereses. Protegiendo, en el este, a los países que recuperaron su independencia del oso soviético, en especial en el caso de Ucrania, toda vez que el futuro inquilino de la Casa Blanca pueda mudar de la Trump Tower o de Mar-a-Lago a la señorial residencia de Washington. Y en su vecindad sur, donde el Magreb amenaza constantemente con el envío de pateras o con la exportación de terrorismo yihadista.


Una política de seguridad -e internacional- deberá ser el principio de la consumación del proyecto europeo y la base fundamental de las propuestas de los partidos europeístas en las próximas elecciones de 2024.


Llamada a madurar, Europa debería asumir la nueva situación geoestratégica y su papel insustituible en el escenario internacional. No es posible ni deseable confiar siempre en el paraguas norteamericano, sin perjuicio, desde luego, que nuestra política atlantista no deba ponerse en cuestión, con los acentos propios que consideremos necesarios.


Más allá de la preocupación más o menos compartida por el pasado colonial e imperial de los países que componen la actual Unión Europea, creo que ha llegado el momento de acelerar la consolidación de ese actor global, que disponga de voz propia y que esté dotado de una defensa que nos permita ser identificados como una comunidad que se hace respetar.


Quizás en eso consista nuestra mayoría de edad.

martes, 18 de julio de 2023

Una España cada vez más rural

El candidato del PP a la presidencia del Gobierno ha insistido en presentarse a sí mismo como un auténtico producto de la España rural, que ha sido rebautizada como la España vaciada. Tendría así, Alberto Nuñez Feijóo, la cualidad de un hombre sencillo, se diría que “de pueblo”, alejado por lo tanto de las connotaciones de cosmopolitismo que no dejan de resultar cargantes para algunos.


Hay, como en todos los debates políticos, un exceso de verborrea demagógica, unida a una notable ausencia de propuestas concretas verdaderamente viables para que la realidad del vaciamiento pueda revertirse, de modo que los pueblos de España recuperen cierta presencia humana. Y no sólo porque su desaparición supone un triste abandono de casas y costumbres, de gentes que viven en soledad, de ancianos apegados a su tierra que carecen de atención médica y social; es que también se va con ellos la industria agrícola y ganadera, y quedan los bosques, que abandonados a las temperaturas tórridas se incendian, y la desertificación humana nos lleva a un desastre ecológico que tiene muy pocos paliativos.


La pandemia del Covid19 parecía que podía convertirse en un punto de inflexión, y que ese largo periodo de enclaustramiento supondría un cambio de paradigma, no sólo por la detención del éxodo hacia las grandes urbes, sino por el retorno al campo de muchas familias dispuestas a recuperar la calidad de vida de que se dispone en el ámbito rural. Sin embargo, algunos estudios revelarían muy pronto que no sería así y que la tendencia a la migración se mantendría una vez cerrado el paréntesis de la enfermedad.


De esta forma se manifestaba un artículo publicado por “El Confidencial”: “Durante los meses más complicados de la pandemia surgieron grandes reflexiones sobre el modo de vida de la sociedad y despertaron antiguos anhelos de una existencia más tranquila y placentera. Uno de ellos era la vida en el campo, más recogida y 'humana', pero con una buena conexión a Internet 5G para teletrabajar. Durante muchos meses pareció que la pandemia y las tecnologías cambiarían el modo de vida de los ciudadanos alterando para siempre los flujos migratorios dentro de España. Serían la cura para la enfermedad crónica de la despoblación. Hoy sabemos que no fue así: los flujos migratorios de las ciudades al mundo rural fueron un deseo convertido en espejismo”.


Un espejismo que no sólo se advierte en las épocas actuales. Expresión meridiana de la contraposición entre el campo y la ciudad se produjo en los sitios que sufriera la villa de Bilbao a cargo de las fuerzas militares carlistas. En su todavía no publicado trabajo sobre la memoria de aquellos episodios, Xabier Erdozia ha escrito:


“La capital vizcaína, por su parte, asumió aquella interpretación, y durante el asedio colaboró en la articulación del nuevo estereotipo, asociado a lo arcaico, lo reaccionario y antipatriótico. Como ya había ocurrido en las experiencias de la guerra anterior, su discurso se nutría de la contraposición entre un espacio urbano identificado con el progreso y un entorno rural cuya factura romántica adquirió entonces tintes de ignorancia, sumisión, fanatismo y de costumbres y actitudes bárbaras. ‘La Guerra’ (un periódico de la época) afirmaba, ‘el partido carlista, en primer término, y en segundo la población rural de Vizcaya son la causa de las inmensas pérdidas que sufre Bilbao’, y describía aquel conjunto humano como ‘el tipo más acabado y perfecto de la perfidia y la ingratitud’. Según Irurac-bat (otro periódico de aquellos tiempos), el levantamiento de la provincia había obedecido ‘principalmente al encono y odio que los jaunchos (los señores de las zonas rurales, en alguna medida, caciques) y los clérigos (habían) procurado mantener cada vez más vivo en los pueblos contra la villa’; y el bombardeo, que obedecía ‘a ruinosas pasiones’, se realizaba ‘para satisfacer el ardiente deseo de los cabecillas y batallones vizcaínos’. Y es que un cerco aúna las experiencias del frente y de la retaguardia, un contexto en el que el sufrimiento colectivo dota a los ideales de un sentido emocional, y donde el resentimiento hacia el enemigo facilita la identificación con la visión simplificadora de cualquier conflicto que promueve el nacionalismo”.


La contraposición entre la ciudad y el campo contiene también, por lo tanto, razones ideológicas e históricas, más allá del ámbito de protección de las villas respecto del espacio rural, al que se refería el historiador y político bilbaino Gregorio Balparda. Y podríamos recordar en este sentido las hordas de los “bagaudas” que a finales del imperio romano asolaban a las gentes de los territorios rurales obligándolas a acudir a la protección de las ciudades fortificadas con portones de acceso que se cerraban al tráfico humano por la noche.


Razones ideológicas e históricas, sí, pero también económicas y de mentalidad. El ser humano ha dividido los ámbitos de estudio en especialidades, pero el hombre no es unidimensional -como titulaba el ensayista Marcuse una de sus más célebres obras-. Y los motivos del éxodo del campo a la ciudad como su eventual regreso a él no se acomodan sólo al progreso que ofrecen las ciudades frente a la posible reacción al cambio que resulta sintomática en los pueblos. Las ocasiones de mejora personal existen en mucha mayor medida en las ciudades y desaparecen con el estrechamiento vital de los núcleos de inferior tamaño.


Pero eso mismo ocurre con las ciudades pequeñas y aún medianas respecto de las grandes urbes. Por eso la ruralización de España tampoco se define en términos de la tantas veces denominada como “España vaciada”. Habría más bien que definirla como la contraposición entre la “España -o la Europa, o el mundo- de las oportunidades” respecto de la España que apenas las ofrece.


Por eso, y sin perjuicio de estimar como altamente positiva la posición del candidato Feijóo, me temo que sus deseos no pasarán de constituir un pequeño tributo a la nostalgia de la recuperación de los tiempos que pasaron ya, la expresión de un empeño de imposible concreción, o sólo un brindis al sol, de esos que carecen de contenido.


viernes, 14 de julio de 2023

Los juegos de la guerra

En su trabajo, “El espíritu liberal de Bilbao”, pendiente de publicación, Xabier Erdozia, señala cómo el abogado y político José de Orueta recordaba el sitio que padeció Bilbao a manos de los carlistas en 1874:


“Aquel acontecimiento también había contagiado los juegos infantiles –una tendencia universal- generalizándose el jugar a guerras, las colecciones de estampas de generales y cabecillas, los juegos con pólvora o la formación de partidas. Los nuevos entretenimientos no siempre estaban exentos de riesgo, Sagarmínaga (político y escritor, liberal bilbaino), censuraba la mezcla de valentía y temeridad que mostraban algunos muchachos en las proximidades de la barricada carlista de Zabálburu, donde protegidos tras un muro, sacaban las boinas por encima de la pared para ‘provocar a los carlistas que entonces hacían fuego’.


Todavía hoy nos estremece pensar en la confusión e integración que se produce entre estos dos planos, en apariencia distantes: el de los niños jugando a la guerra y el de los adultos que se encuentran realmente envueltos en ella.


Era en el Bilbao finisecular del XIX, pero podría ser la Ucrania de hoy. El diario digital, “infode.com” relataba un hecho similar a los descritos por Orueta y Sagarmínaga: “Con trajes militares y armas falsas, niños ucranianos juegan a la guerra en medio de la invasión rusa”, decía. Este mismo medio recogía las manifestaciones de un niño ucraniano que ponen en evidencia ese afán de transmutar la diversión en realidad:


“Me gusta mucho jugar a la guerra. Quiero crecer y convertirme en un héroe de guerra de verdad”, dijo Maksim Mudrak, un niño de 10 años, que perdió a su padre al inicio de la invasión, cuando salió a entregar suministros a unos voluntarios”, siempre según el citado medio de comunicación.


Ni Orueta, ni Sagarmínaga, expresaban particular impresión por la guerra que ya no era un juego sino una realidad. Esos que un día fueron niños, pero que al parecer nunca maduraron y que trovarían sus espadas de madera o de plástico por tanques y misiles.


Porque el juego de la guerra también constituye un divertimento para los adultos, aunque, eso sí, disfrazado siempre de un argumentario falaz: “Esta acción es consecuencia de una agresión”, dirán de manera inevitable. Y esconderán detrás de la contienda bélica los errores que han cometido a lo largo de sus tareas de gobierno, pretendiendo así reforzar una imagen de poderío personal que es siempre capaz de arrostrar todas las dificultades y resolver todos los problemas que afectan, no a ellos, sino a sus gloriosos pueblos por ellos representados.


Son los adultos que no alcanzaron la madurez a pesar del transcurso de los años, los que en muchas ocasiones sufren del mal de la “hybris que tanto ha afectado a políticos de todo tipo, y que viene a ser definida como la insolencia, la desmesura, la soberbia, el orgullo, la violencia, el desprecio, la prepotencia… una enfermedad que fuera magistralmente descrita por el médico y político británico David Owen en su obra de referencia “En el poder y en la enfermedad”.


Las sociedades atemorizadas por la inseguridad resultan pasto fácil para el populismo que genera este tipo de liderazgo. A ellos se entregan cediéndoles el timón de mando y renunciando a su condición de ciudadanos, una cualidad que -recordémoslo- no empieza y acaba en el día de la jornada electoral. La premeditada destrucción, o el impedimento de que nazca el Estado de Derecho, el control de los medios de comunicación y la imposibilidad de una prensa libre a causa de los dictados del poder, generan este tipo de situaciones. La conclusión de toda esta manera de actuación se acerca mucho a la contienda bélica, ya lo dijo François Mitterrand en el Parlamento Europeo: “El nacionalismo es la guerra”; y añado yo: ¿qué cosa hay que sea más populista que el nacionalismo excluyente?  


Y aquí se acaba la diversión, con o sin peligro de que una bomba real destruya todos los sueños infantiles y la posibilidad de su realización en el futuro. Porque en estos nuevos juegos de la guerra para adultos la destrucción no se produce solamente sobre el ejército agredido o sobre su población civil -incluidos los niños que se divierten entre los cascotes de los edificios bombardeados-, es que además existe un arsenal nuclear, variado, sofisticado y cuya utilización podría, sin lugar a dudas, suponer una escalada sin precedentes, capaz de  destruir al conjunto de la humanidad.


Chantaje o no, es inevitable considerar esta hipótesis, aunque los expertos supongan improbable su ejecución. Pero es preciso advertir que todos estos técnicos en el arte de la guerra -o de la política, o de la economía- sólo son buenos en la explicación ‘a posteriori’ de lo que ya ha ocurrido, no han sido capaces de pronosticar prácticamente ninguna de las situaciones que se vienen produciendo en la invasión rusa: no supieron que se iba a producir la agresión, tampoco cuándo acaecería, y, últimamente, ni siquiera han sabido predecir la reciente sublevación del grupo Wagner contra Putin.


Y es que la seriedad de lo que tenemos en medio, por más que nos hayamos acostumbrado a seguirlo día tras día, hasta 500 que se cumplen ahora, resulta incontestable. Los ciudadanos asediados en Bilbao, los españoles enfrentados en nuestras guerras (in)civiles, los europeos y las suyas propias, las guerras de Vietnam, Iraq, Afganistán… y ahora la agresión contra Ucrania, nos deberían hacer reflexionar sobre la responsabilidad de los ciudadanos cuando entregamos el poder o permitimos que lo ejerzan determinados sujetos. O habrá que pensar que los enfermos no son sólo ellos, sino todos nosotros.


lunes, 10 de julio de 2023

El futuro

El 9 de noviembre de 1989, la población alemana, de manera pacífica, sin derramar sangre o disparar un arma de fuego, dio comienzo a una tarea liberadora, que consistiría en la destrucción del Muro de Berlín y supondría el inicio de una nueva etapa para la humanidad.


En su biografía de Leonard Cohen, Sylvie Simmons refiere que esa misma tarde de aquel otoño, unos amigos invitarían al cantante a que se uniera con ellos a una fiesta en celebración por lo que acababa de ocurrir. El poeta declinó con energía la propuesta y se encerró en su habitación. El resultado de ese gesto fue una canción (“The Future”), que Cohen incorporaría al elenco de sus más preferidas canciones. La interpretaba en sus últimos conciertos justo después de la primera (“Dance”). Y empieza así:


“Devuélveme mi noche rota
Mi habitación repleta de espejos

Mi vida secreta
Esto está solitario aquí
No queda nadie a quien torturar
Dame absoluto control
Sobre cada alma que viva
Y acuéstate a mi lado, nena
Es una orden”.


Se trata, por lo tanto, de una canción atormentada; algo así como le ocurría a la conocidísima obra de Pablo Neruda, “Veinte poemas de amor…”, que terminaban en “una canción desesperada”. O como el poema que dejara escrito el también poeta ruso, Vladimir Mayakovski, una nota de suicidio, que contenía esta frase abrumadora: “La barca del amor se estrelló contra la vida cotidiana”.


Pero no todo era naufragio en la canción de Leonard Cohen,


“He visto a las naciones crecer y derrumbarse.
He oído sus historias, las he oído todas
Pero el amor es el único motor de la supervivencia”.


Nos queda una esperanza, entonces, si optamos por el lado correcto de la historia y de la vida. Si, con todos nuestros defectos, nuestras sombras y nuestras luces, intentamos desterrar el odio, la sed de venganza, la miseria -y la miserabilidad- de nuestros corazones.


Y en el amor se encuentra la idea de la entrega, generosa, del testigo de nuestras existencias que van diluyéndose como “los ríos que van a dar al mar, que es el morir”, que decía Manrique. Pero unas vidas que dejan tras de sí a otras, dispuestas a batirse el cobre, a no perecer, a resistir, a pesar de todos los contratiempos que nos rodean y que les esperan.


Porque lo que tenemos por delante, lo que nos rodea ya, en realidad, es el caos anunciado por el cantautor canadiense a finales de la década de los 80,


“Las cosas se van a deslizar

Habrá la ruptura del antiguo Código occidental
Tu vida privada, de repente, explotará
Habrá fantasmas
Habrá incendios en la carretera
En tanto que el hombre blanco baila.
Verás a una mujer
Colgando boca abajo
Sus rasgos cubiertos por su vestido caído
Y todos esos pésimos poetastros
Dando vueltas
Tratando de sonar como Charlie Manson
En tanto que la mujer blanca baila”.


Estamos, por lo tanto, ya muy cerca del Armaggedon. La bomba nuclear ha estallado, seguramente a causa de un error humano, y las calles y las carreteras se ven invadidas por malhechores y buscavidas. Pero eso está en la canción, y aún no hemos llegado por fortuna a una situación que se nos muestre como el desenlace final de una civilización que está a punto de desaparecer.


En lo que sí tiene razón Cohen es en que estamos viviendo el momento de la desaparición del sistema de reglas que nos dimos después de la II Guerra Mundial y del papel de las Naciones Unidas como elemento integrador y superador de las diferencias que se producen en el conjunto de las naciones que lo forman. Algunos países -la India-, continentes enteros -África- y aún espacios geográficos de considerable importancia -Iberoamerica- no lo perciben como propio. El uso -y abuso- del procedimiento de veto, la incapacidad que tiene el citado organismo de integrar las opiniones de esos y otros países, la ineficacia en la implementación de sus decisiones -la autodeterminación para el Sáhara, por ejemplo- nos lo muestran como un foro de debate inservible, un lujo inútil.


Ese ‘Sur Global’ reclama una recomposición del mundo en el que ellos puedan tener una voz propia y una capacidad de decisión. Por eso, la invasión de Ucrania por Rusia no se percibe por ellos como una agresión al orden internacional: han existido innumerables agresiones que les han afectado y ninguno de los países occidentales que hoy se sienten conturbados levantaron un dedo para advertir a los agresores, ni movieron una mano para ayudar a los agredidos. Cientos de miles de ucranianos han sido acogidos por los países vecinos, pero los expulsados de sus países por causa de la represión política, la hambruna, la desertización y otras manifestaciones del cambio climático, no han gozado de la misma solidaridad; es más, han sido -están siendo- solemnemente despreciados.


Es preciso, sin embargo, reconocer como úrico punto de partida para cualquier reforma del sistema a las instituciones que emergían después de la II Guerra Mundial. Con todas sus imperfecciones, el Derecho Internacional -eso que antaño se denominaba Derecho de Gentes-, que se establece desde el organismo de las Naciones Unidas, constituye la única y última frontera que nos separa de la selva, tan próxima ésta a nuestra vida cotidiana -no hay más que observar las invariablemente impactantes imágenes que nos ofrecen los telediarios de la provocación de Putin.


En este mundo que destruye puentes nos hacen falta constructores de acuerdos, pero no se advierte en el escenario internacional a líderes capaces de forjarlos. Instalados en la política del corto plazo, los dirigentes occidentales sólo son capaces de leer las encuestas y actuar en función de su dictado. Las democracias -que Fukuyama señalaba como las ganadoras del conflicto porque había llegado “el fin de la historia”- aparecen débiles y en retirada de los escenarios donde antaño operaban a su antojo. Quizás porque un determinado nativismo -indigenismo en otros pagos- ha emergido como respuesta a los colonialismos de antes y a los neocolonialismos de ahora. Y China avanza en silencio sobre este terreno desierto de competencias y rivales con la anuencia de esos países.


“La ventisca del mundo
Ha cruzado el umbral
Y ha derribado
El orden del alma”,


dice Cohen. Pero no es irreversible el Armaggedon que nos pronosticaba en 1989. El nuevo orden mundial, que integre a los que habían sido excluidos, que defina los bloques en términos de rivalidad y no de enemistad destructiva y que procure que prevalezcan los derechos humanos, queda pendiente de alguien que esté dispuesto a cortar la cinta inaugural del nuevo proceso. Quizás un “Godot” que nunca aparecerá realmente.


viernes, 7 de julio de 2023

Usar la democracia para destruirla

Dagoberto Valdés es un joven cubano. Nació en el año 1955, con lo que anda ya por los 68; pero su ilusión por el trabajo, la energía tranquila que emplea en su vida cotidiana y su empatía con las gentes y las cosas nos demuestran esa cualidad de juventud de espíritu que, al cabo -habrá que resignarse- es el único consuelo que nos queda a los que somos de esa promoción.


Dagoberto -Dago, para los amigos- destripa, con precisión de cirujano experto, el proceso por el cual el populismo pervierte y destruye las democracias en las que se asienta.


El punto de partida del guión es que ya no existe espacio para la revolución. La ría del Nervión, que bajaría teñida de sangre como consecuencia de un proceso de esa clase -según relataba un militante maoísta bilbaino, tiempo después devenido en directivo de la Caja de Ahorros municipal-, produce en este mundo global y televisado un horror que nadie está dispuesto a soportar.


Es preferible entonces -como afirma Valdés- introducirse “en las dinámicas e instituciones del sistema democrático con un discurso demagógico y apocalíptico”.


Se comienza por la manipulación de los grupos más desfavorecidos, a los que con demandas a ellos dirigidas tienen a sus proponentes como únicos agentes susceptibles de su solución.


Elevan después a categoría de la generalidad los casos de corrupción. Todos los partidos y todos los políticos son, en consecuencia, deshonestos, de modo que es el propio sistema el que se encuentra viciado.


Su programa político tiene por lo tanto un carácter negativo o de rechazo del ‘statu quo’ anterior. Es importante para ellos establecer un marco cultural y educativo diferente del existente y sujeto al control del nuevo aparato ideológico-político.


Vincula, y con razón, Dagoberto, esa máquina de actuación con el portador del mismo: el hombre fuerte, al que se le entrega de manera ciega el mando y el control de la situación. Las instituciones han quedado sustituidas por él. Ya lo decía Emma Bonino: hay que confiar más en las instituciones y tener mucho cuidado con ese tipo de seres.


Se introduce entonces otro ingrediente del populismo, el de convertir las elecciones en un arma arrojadiza: “Vota donde más les duele”, aseguraba un slogan muy conocido en su época que utilizó Herri Batasuna en una campaña electoral a las europeas y que le supuso un importante rédito en términos de votos en esa contienda: ciudadanos refractarios con el sistema apoyaron la candidatura de un partido que alentaba y justificaba el terrorismo, y no lo hacían porque compartieran necesariamente ese procedimiento asesino, ni siquiera seguramente sus objetivos independentistas, se trataba de la opción “que más les j…”


De esa forma, quienes reciben el voto de los electores -no necesariamente su confianza- no resultan siempre acreedores de ellos, ni por su trayectoria anterior, ni por su preparación para el puesto a desempeñar, ni por los programas que presentan. El voto desde el resentimiento no augura demasiadas expectativas, tampoco del lado de los que lo ejercen: el odio nunca ha generado ningún resultado positivo, que se recuerde, en la historia.


La carencia de preparación de los elegidos se convierte en la acumulación de errores sin medida cometidos por ellos. Algo parecido hemos vivido en España con la ley del “sí es sí”. Pero no es ése sólo el caso, como asegura Dago Valdés, “cuando sale electo por métodos democráticos legitimados por una Constitución, en elecciones libres, plurales, competitivas y monitoreadas por la sociedad civil y auditores internacionales, entonces ellos mismos comienzan calladamente otra historia”.


Empieza entonces lo que el líder del proyecto Convivencia denomina como la “penetración” de los populistas en los tres poderes del Estado de Derecho. Para ello sitúan en esas instituciones a seguidores fieles. No son -según Valdés los más capacitados para el desempeño de tales funciones, ni los más honestos: les basta con que sean obedientes. Actuarán desde entonces como auténticas termitas, abriendo grietas desde dentro del sistema, convirtiendo en irreconocibles los conflictos que son normales en cualquier sociedad y atacando a las personas que encarnan el viejo régimen a destruir.


Para Valdés, este hecho hay que ponerlo en relación con el instrumento populista de la división, el enfrentamiento en la sociedad y el ataque a las fuerzas de orden público, lo que pondría en evidencia la supuesta ingobernabilidad del sistema, por supuesto que provocada por ellos mismos.


Efectuada esa operación, los populistas de nuevo cuño propinan el golpe letal, el definitivo: la reforma de la Constitución. Ya decía Pablo Iglesias (Turrión) que el gran error de los bolcheviques consistiría en no someter a referendo la revolución. No es necesario explicar que el nuevo régimen previsto por la Carta Magna que propondrán, destruye todos los elementos de la democracia liberal; la división de poderes, la libertad de expresión, de organización de partidos, sindicatos y asociaciones, de información… sustituyendo todo esto por unas elecciones falseadas que permitan la intervención del poder en todos los ámbitos de la vida política y social. 


Podrán luego gestionar mal o peor -como ocurre en Venezuela o en Rusia-, pero ya su poder ha devenido en incontestable y la posibilidad de un regreso a la normalidad poco menos que imposible.


Sirva este comentario como guía o aviso para navegantes más o menos crédulos sobre el impacto de los nuevos salvadores de estos tiempos, basado en mi, más o menos, libre interpretación -respetuosa, espero- de las ideas de mi amigo Dago.


miércoles, 5 de julio de 2023

Lagun y su gente

No ha sido ETA, ni sus acompañantes habituales, quienes han echado el cierre de la librería Lagun de San Sebastián. Y bien que lo intentaron y se alegrarán estos días con la noticia impresa -es un decir, cada vez se imprime menos hoy en día- en los medios de comunicación. El final de la historia de este negocio se ha producido como consecuencia del desarrollo del capitalismo en los sistemas de distribución, del que, al fin y al cabo, las librerías constituyen sólo el último eslabón de la cadena que vincula al autor con el lector. Se diría que es amargo a veces el sabor de la victoria, ellos, que siempre han denostado del capitalismo, deberán amortiguar su alegría cuando observen que ha sido Amazon y no la justiciera organización del hacha y de la serpiente -que es el anagrama de ETA- la que ha derrotado definitivamente a su enemigo. En todo caso, eso del anti-capitalismo etarra no deja de ser otra de las imposturas de la banda: lo que se ventila entre ellos y los peneuvistas es sólo la herencia de la casa del padre (el “Aitaren Etxea”), nada más que una reyerta nacida en los años 60, en plena mística de los barbudos revolucionarios cubanos y de los emergentes movimientos nacionalistas anticolonialistas.


Pero esa es otra historia, y no es la historia de Lagun. O de la gente de Lagun que yo recuerdo. Ignacio Latierro, por ejemplo, con quien coincidí en el Parlamento Vasco entre los años 1991 y 1994. Ignacio se sentaba en el escaño contiguo del que andando el tiempo sería lehendakari y después portavoz socialista en el Congreso de los Diputados, Patxi López. En el grupo parlamentario popular me encargaron que me hiciera cargo de una proposición no de ley presentada por IU (por Katy Gutiérrez, más en concreto, con la que algunos años más tarde compartiría militancia en UPyD). La propuesta iba de la condición femenina y quien llevaba la palabra por los socialistas era López. Como quiera que yo me refería en mi intervención a Simone de Beauvoir y a su emblemática obra “Le deuxième sèxe”, ante la cual mención el entonces joven socialista esbozó un evidente gesto de desconocimiento, Latierro le propinaría un pescozón tan cariñoso como evidente, que yo recibí con indisimulada satisfacción.


Estaba Latierro, pero estaba también José Ramón Recalde, Consejero de Justicia con aires de despistado profesor con quien recuerdo que me correspondería negociar alguna enmienda presupuestaria. Eran los tiempos aquellos -y éstos- de la coalición PNV-PSE (PSOE), cuando muchos pensaban que el partido de Arzalluz era la solución a los problemas del país, y no el problema mismo, como Jaime Mayor y Nicolás Redondo pudieron advertir años más tarde. No tardaría mucho el mismo López y Jose Luis Rodríguez Zapatero en dar tierra a esa incipiente ilusión constitucionalista: el mandato del lehendakari socialista no dejaría de constituir sino un breve paréntesis sin consecuencias prácticas en la permanente acción soberanista.


Recalde sufriría también un gravísimo atentado terrorista en el año 2000, del que, por fortuna, sobreviviría. La cultura -y la justicia- no eran terreno a practicar por los esbirros de la intolerancia.


Y Lagun era María Teresa Castells, a quien conocí en un imborrable almuerzo organizado por esa musa impagable de los constitucionalistas vascos que era y sigue siendo Chelo Aparicio (vaya un recuerdo muy afectuoso para ella y para Iñaki Viar desde estas letras, y mi satisfacción al ver que su hijo Jon sigue por el buen camino trazado por sus padres).


Con María Teresa mantuve una conversación muy estimulantemente, basada en los recuerdos de su ascendencia busturiense (de Busturia, Vizcaya). Ella había conocido a mi padrino Fernando Gondra y sabía de sus relaciones con doña Palmira Arrotegui, seguramente la fortuna más importante de la zona. De las cábalas que se hacían tiempo atrás en el pueblo vizcaino acerca de quién heredaría su cuantioso patrimonio, María Teresa no tenía ninguna duda: “Sería Fernando Gondra”, me diría. 


Claro que ya había fallecido mi padrino y el recuerdo de Castells no pasaba de ser una historia más de un pueblo que se mira hacia dentro. Como ese País Vasco, ese San Sebastián, que, con el cierre de Lagun, se hace un poco más rural, más inculto, más egocéntrico que antes.


Por eso, y si bien todos los recuerdos que se dedican a la librería se refieren a ETA y a la intolerancia de los asesinos, conviene pensar también que el signo de los tiempos no favorece precisamente al mundo de la cultura y de sus intermediarios, los libreros. Por eso, y aunque sea con la humildad de quien firma estas líneas y de la limitación de los impactos que produce este blog, me atrevo a sugerirles una pequeña contribución al gremio: compren sus libros en las librerías. Que no quede por ustedes.




sábado, 1 de julio de 2023

Cómo crear un partido… para destruirlo



En su ensayo “Twilight of Democracy”, Anne Applebaum escribe: “Piense en cómo las compañías discográficas crean nuevas bandas de pop: hacen estudios de mercado, eligen los tipos de caras que coinciden y luego comercializan la banda publicitándola entre el grupo demográfico más favorable. Los nuevos partidos políticos ahora funcionan así: pueden agrupar temas, volver a empaquetarlos y luego comercializarlos, utilizando exactamente el mismo tipo de mensajes dirigidos, basados exactamente en una investigación de mercado, que sabe que ha funcionado en otros lugares”.

Es cierto, la política -mejor, los partidos- se viven sometidos a una estrategia comercial permanente. Fabricar un producto político es muy parecido a crear un hit musical, un cosmético o un coche. Todas esas mercancías -y la práctica totalidad de las demás- vienen marcadas por ese signo. Hasta la cultura, el arte, la literatura, son aceptados o rechazados -encargados a sus creadores, incluso- sobre la base de su capacidad de transacción comercial (“ese tipo de novela no se vende…”, observará el avezado editor a un descorazonado autor que ha puesto todas su energía y sapiencia en la elaboración de un determinado texto).

Además que hoy en día resulta relativamente fácil crear un partido político, como lo es la producción de una mercancía cualquiera, de acuerdo con la atinada reflexión de Applebaum. Véase el caso de la francesa “En Marche”, que lleva en su nombre las siglas de su fundador, Emmanuel Macron; un partido que se hizo desde la nada, porque nada más que cenizas políticas existían a su izquierda y a su derecha inmediatas, no existía otra cosa que se opusiera a su partido que el populismo lepenista.

También el caso español evidencia la facilidad en la creación de un partido político. UPyD nacía de la mano de un grupo de aguerridos componentes del agit-prop que encontraba sus raíces en la lucha antiterrorista y en contra del nacionalismo que se imponía -y se impone, quizás ya de manera irreversible- en el País Vasco. El partido, del que quien escribe estas líneas fue fundador, concurriría a las primeras elecciones legislativas, presentando listas en todas las circunscripciones provinciales y financiaría su modesta campaña con bonos que sus suscriptores pudieron cobrar finalizada ésta, una vez que el partido magenta obtenía un escaño por Madrid para Rosa Díez.

El caso de Ciudadanos tiene también alguna similitud con el anterior, aunque sería la casualidad de la inicial del nombre de pila de su presidente (unida a la inveterada lejanía que los intelectuales han manifestado siempre respecto de su implicación partidista) la que le encumbraría a ese puesto. C’s nacería -como lo hiciera UPyD- en territorio hostil, y como respuesta a un PSC cada vez más entregado a los postulados nacionalistas. Un líder fresco, ambicioso y una campaña electoral que lo presentaba como alguien transparente y sin ataduras haría el resto.

Los partidos nuevos son producto de los seres humanos y -como éstos- nacen, crecen, se reproducen -en facciones, tendencias, capillas y sectas o grupúsculos- y mueren. También ocurre lo mismo con los partidos tradicionales, a veces: la omnipresente Democracia Cristiana en la política italiana, que constituiría su partido clave durante 50 años, desapareció sin dejar rastro, despeñada en el abismo por la corrupción; y el partido socialista francés, que tantos líderes generó para su país (Delors, Mitterrand, Rocard…) ya es sólo un apéndice de una coalición liderada por la extrema izquierda.

En nuestro caso también UPyD y C’s han cerrado sus barracones y regresado a sus cuarteles de invierno. Los personalismos mayestáticos y otros errores llegarían a arruinar unos proyectos que habían nacido con singular entusiasmo. No les importó a sus líderes el desencanto que provocarían entre sus gentes a base de procedimientos disciplinarios o imposiciones sin cuenta ni cuento. La irresponsabilidad de su comportamiento lastraría la imagen de esos dirigentes para lo porvenir, y es que la ilusión por el compromiso político de la ciudadanía resulta tan difícil de conseguir que su anulación constituye un delito (democrático) que ya que carece de artículo en el Código Penal debería tenerlo en el código de conducta ético, al menos el de la historia.

La vida de un partido político en este siglo de democracia líquida que corre en el presente siglo, ya no se parece a la que vivieron las organizaciones de la pasada centuria, cuando se paseaba uno por las ciudades intermedias de España -de toda Europa, al cabo- y se encontraba con las sedes de los partidos principales, con sus secretarios de organización y sus estructuras municipales y provinciales. Se trataba de una “democracia sólida”, con cimentación, cimiento y paredes fijas, y algún retrato de Pablo Iglesias (Posse) o una foto dedicada por José María Aznar a la organización local correspondiente. Hoy bastaría con un experto en RRSS para ponerlo en marcha, y la sede es ya un territorio virtual, que no físico.

Nacidos y desaparecidos, queda por ver -la vida política es rica y procelosa- si los partidos políticos pueden revivir -o reencarnarse- después de morir. No es imposible, ya que tal posibilidad depende en especial de los que un día fueron sus electores. Y es que la virtualidad de la democracia no reside en los partidos -por mucha partitocracia que nos invada-, al final se basa en una ciudadanía que apoya, critica y hasta deserta de las ofertas que se le proponen.