miércoles, 15 de abril de 2026

¿Forasteros en Madrid?

Permítanme un recuerdo de infancia para comenzar con esta historia. Tiene que ver con la contaminación por causa de los detritus industriales que, a través de la ría del Nervión -esa “cloaca navegable” a la que se refería don Antonio Maura- hacían incómodo, cuando no peligroso, el baño en las playas aledañas. Como fichas de un perverso dominó, se iban degradando las de Las Arenas y Ereaga, y Sopelana -siquiera razonablemente limpia- se encontraba en exceso abierta al Cantábrico, su oleaje era más bien apto para los surfistas que para los bañistas, y la resaca constituía un peligro para nuestra inconsciencia infantil, siempre dispuesta a afrontar los peligros que contiene la naturaleza como si no existieran éstos.


De modo que no resultaba inhabitual que fuera Plencia el litoral elegido para nuestras excursiones cotidianas. Se armaba así una expedición en la que, a las huestes mauristas, se añadían las de los primos Barandiarán, llegados de Madrid, hasta que un buen día decidían trocar la costa vizcaina por la castellonense. Allí el buen tiempo estaba garantizado, por lo menos, y no había necesidad de acudir a la playa, o incluso bañarse, en medio de un molesto sirimiri.


Llegaban los vehículos a la localidad plenciana, a la que se accedía a través de una reducida entrada en forma de arco, en cuyo frontispicio se podía leer un singular refrán. Decía éste:


“Plencia la gallarda saluda a los forasteros de afuera”.


Confieso que tardaría un tiempo en interpretar adecuadamente ese aserto. Me ocurría como con las letanías y los rezos que repetíamos bisbiseando desde nuestra más tierna infancia, que de tan habituales que se nos hacían, se convertían en carentes de significado, en tanto que nuestra imaginación volaba hacia derroteros menos elevados, más prosaicos, por lo tanto.


Pero ocurría que Plencia, además de un pueblo que contaba con una población de unos 2.500 habitantes, era localidad de veraneo de algunas familias bilbainas con segunda residencia allí. De modo que la distinción estaba clara: había los plencianos, residentes todo el año en aquella localidad, esto es, los autóctonos; estaban también los que no lo eran, pero frecuentaban la villa costera en vacaciones y durante los  fines de semana , “forasteros de adentro”-a quienes no había que molestarse en saludar- y a los “forasteros de afuera”, que llegábamos, nos bañábamos en la playa, como mucho nos tomábamos un piscolabis y nos largábamos de allí, sin pernoctar nunca en el pueblo. A estos últimos, la “gallarda Plencia” tenía a bien saludarnos.


Por fortuna para los mortales que no hemos nacido en Madrid, los que hemos tenido la oportunidad de conocerla antes de instalarnos definitivamente en ella, la villa y corte no formula la distinción que hacía la costera y agraciada con una playa pacífica y placentera que es Plencia. Nadie espera que en el aeropuerto Adolfo Suárez se distinga en la recepción entre tres o cuatro órdenes de visitantes. Acaso en el mostrador de control de pasaportes exista la diferenciación entre ciudadanos UE y los que no, pero superado ese fielato que nadie espere en las Puertas de Alcalá, de Toledo o de Hierro algún aviso que advierta -aunque sea con amabilidad plenciana- que, clases, haberlas haylas.


Se dice en el escudo de Madrid que fue esta villa sobre agua edificada y que sus muros son de fuego. Sin necesidad de apelar a la habitual iconoclastia española, quizás habría que sumar a inscripción tan descriptiva de sus orígenes alguna otra -lo que abunda no daña- que se refiera al permanente ejercicio de integración que se practica en Madrid, y por los madrileños, sin distinción. Parafraseando a Serrat, que a pesar de nacido y vivido en Barcelona bien pudiera haberlo hecho en Madrid, podría ser lema de la capital de España una frase que  diga: “No me siento extranjero en Madrid”.


Porque es verdad. En Madrid se considera con interés cualquier opinión, y en ocasiones hasta se comparte; las oportunidades se despliegan entre sus habitantes, por muy ocasionales que sean éstos; es Madrid como la “Roma” que titulaba Fellini, una “ciudad abierta”, en la que hasta los “gatos” -tres generaciones nacidas en la villa- evitan hacer ostentación de esta característica, por otra parte cada vez más singular. 


No creo que haya ningún cineasta que pretenda hacer una película titulada “8 apellidos madrileños”, tampoco ningún empresario que se atreviera a producirla. La condición del madrileño es líquida -sobre el agua fue construida-  pero dudo mucho que sus actuales muros sean de fuego, porque muros, lo que se dice muros sólo hay quienes los fabrican para dividir y exorcizar al disidente. Lo cual, además de un error, es muy poco madrileño.


Caigan sobre nosotros chuzos de punta, pertinaces lluvias primaverales y tórridos veranos. Madrid seguirá siendo “rompeolas de las Españas”, y no por eso menos gallarda que la Plencia de mi niñez. Y acogedora porque sí. Sin necesidad de formular saludos de bienvenida, porque eso no está escrito por encima de ningún arco, se lleva en los genes.


domingo, 12 de abril de 2026

Sombras sobre un reinado


Publicado en El Imparcial, el 12 de abril de 2026


Las imágenes que en estos días nos llegan desde los medios de comunicación, relativas a los procesos seguidos respecto de casos de corrupción, se parecen a los procedimientos de reproducción musical que se popularizaron en los años 60, y que se dieron en llamar discos -de vinilo, naturalmente- estereofónicos. Suenan, en este supuesto, dos melodías a la vez, una en una dirección política, hacia la derecha; la otra, en el caso Ábalos, Koldo o como se prefiera denominar, en el de la izquierda.


Suenan y resuenan, y nos martillean en los oídos. No cabe pensar que se trata de fenómenos aislados. La corrupción -consistente en la utilización de fondos públicos como si fueran propiedad privada de algunos responsables políticos- no se produce ahora ni afecta solamente a nuestro país. A los nombres, que son sólo muestras de un botón, de Filesa (PSOE), Bankia (PP, PSOE e IU), o el 3% (CiU), se le podrían añadir, por poner otro ejemplo, el de Sarkozy y la financiación libia de alguna campaña electoral de su partido en Francia.


La obviedad de la afirmación que acabo de hacer no debería detenerse en este ámbito. Que el que la hace la paga no exime de la necesidad de contestar también a otras cuestiones. Por ejemplo, que el grado de contaminación que los hechos presuntamente delictivos alcance también a otros actores -electivos o no- del escenario político español. Por concretar aún más: ¿hasta qué punto el grado de deterioro al que estamos asistiendo los ciudadanos afecta también a la más alta magistratura del Estado? ¿Proyecta su ominosa sombra la corrupción sobre el reinado de Felipe VI?


Existe desde luego un ecosistema político que se refiere al conjunto de los llamados servidores públicos, ya sea que engrosen esa lista o más bien se sirvan de sus altas prerrogativas para su propio beneficio. Un entorno para el que resulta difícil, en ocasiones, distinguir a unos de otros, de manera que el dicho popular -rigurosamente inexacto, por cierto- de que todos los políticos son iguales, alcance al conjunto de esa situación profesional, hasta incluso desbordarla, cubriendo en ese maremoto hasta al propio Jefe del Estado.


El periodista y escritor José Antonio Zarzalejos publicó un ensayo al que puso por título Felipe VI, un rey en la adversidad (Planeta, 2021). Me atrevería a afirmar que lo podría haber llamado como a este artículo, porque el relato que hace el periodista bilbaino sitúa al actual monarca en actitud de permanente defensa ante el comportamiento, supuestamente desleal, de su padre respecto, no sólo del reinado de su hijo, sino de la propia institución, incluida la función que tiene ésta de perpetuarse en sus descendientes. Remite este escenario a una suerte de complejo de Cronos, en la visión saturnal del dios devorando a su hijo debida al genial pincel de Goya. La voracidad del anterior titular de la jefatura del Estado, unida a un notable alejamiento en su percepción de la realidad, plantarían la semilla de la desafección ciudadana respecto de la forma de gobierno (o de Estado) monárquica, la cual llevaría de la mano la eventual proclamación de una Tercera República, que ya se intuiría como definitiva.


Constituye recurso generalizado a la revisión del conjunto del reinado de Juan Carlos I el de afirmar que ya se ocupará la historia de dictar su veredicto al respecto. No se tratará, sin embargo, sino de otro asunto abierto a la polémica de los historiadores futuros, que disputarán seguramente en relación con este juicio lo mismo que lo hacen hoy respecto de la aquiescencia o el rechazo de Alfonso XIII en admitir la proclamación y la vigencia de la dictadura del general Primo de Rivera, en abierta contradicción con la entonces vigente Constitución de 1876.


En todo caso, no deberían los hijos pagar las (presuntas) culpas de sus padres. No lo hizo Alfonso XII con la errática y desordenada conducta de su madre, la reina Isabel; el Conde de Barcelona por los errores de su padre, (por cierto, ambos reyes fallecidos fuera de España). Que cada palo aguanta su vela, dicen los marinos, en un refrán que tan caro resultará a la dinastía, al menos desde Don Juan de Borbón.


Cuenta con la ventaja el actual monarca reinante de su riguroso cumplimiento de la Constitución-a diferencia de lo practicado por su bisabuelo- y también del punto a favor del desorden existente en las filas republicanas. Respecto de este último extremo es preciso advertir que hay republicanos que exhiben pelajes de todos los colores: independentistas, confederales, unitarios -y hasta centralistas-, federalistas y también partidarios de una República que contenga -más o menos en su seno- a repúblicas asociadas, como ocurre con Puerto Rico respecto de los Estados Unidos.


La cuestión referida a si España deberá en el futuro conformarse como Monarquía o República no está planteada, entre otras cosas porque se encuentra ya resuelta en la Constitución de1978. Otra cosa es que no se realicen encuestas respecto del grado de afección de los españoles a una determinada manera de organización del Estado. Es cierto que engrosan las filas de los monárquicos los votantes de los partidos de la derecha -contando con la creciente desafección de los de Vox- y del centro, y que los partidarios de la Tercera República se encuentran en la izquierda -además de añadir a esa cohorte los independentistas, a quienes no cabe presumir un ferviente ardor monárquico-. Pero considero que en la calle se respira más un cierto ambiente de accidentalismo, vale decir, no me importa tanto la forma de estado si la democracia y la Constitución siguen vigentes y efectivas (de otra manera podrían mudar de opinión). Dicho con otras palabras: la monarquía debe ganarse su credibilidad y el respeto ciudadano a diario, nada le está concedido de antemano.


Existen otras sombras que se ciernen sobre el reinado de Don Felipe y que apenas conviene esbozar en este comentario. La desatada influencia del independentismo nacionalista dirige sus invectivas de forma reiterada a un rey que ha demostrado -y lo sigue haciendo- que es símbolo de la unidad y la permanencia de España (artículo 56.1 de la Constitución). Habrá que inferir, en buena lógica, que cualquier intento de cancelación de su carácter institucional equivale a un ataque a la unidad y permanencia de España.


Pero existe todo un rosario de incertidumbres (“cuentas que nadie las reza”, que decía el cantautor gaucho José Larralde), y que harían inacabable este comentario. Parece evidente que el campo a recorrer por Don Felipe se asemeja más a un terreno sembrado de minas que a un paseo por un jardín en pleno estallido de la primavera. Apegado a sus convicciones, a la Constitución vigente y al buen consejo de las gentes de que tenga la fortuna de rodearse, podrá el Rey sortear los peligros y entregar, llegada la hora, un testigo lo más incólume posible a Doña Leonor.


Pero le hará falta, además del acierto, la buena suerte. Y que una época tan polarizada y cambiante como la que atravesamos no arrastre tras de sí a una institución anclada en la noche de los tiempos, pero rescatada de la ola vertiginosa de las mutaciones por la utilidad que pueda seguir suponiendo para los españoles.


viernes, 3 de abril de 2026

El PNV y la menoria

Publicado en La Voz de Lázaro, el 3 de abril de 2026

En su reciente visita al palacio de la Moncloa, definido por su afán de rebañar los restos del menú servido por Pedro Sánchez desde que obtuvo la moción de censura en junio de 2018, seguramente habrá recordado Imanol Pradales quemuy  pocos días antes de este descabezamiento parlamentario del gobierno, el partido del que era portavoz Aitor Esteban, y del que es hoy presidente, había apoyado con sus votos la ley de presupuestos presentada por Mariano Rajoy. Aunque también resulta posible que, en un síntoma de desmemoria tan habitual para el nacionalismo vasco, hubiera olvidado el actual lehendakari que su partido, en esa ocasión como en otras a lo largo de su historia, es capaz de actuar de una forma y de la contraria en el escaso lapso de tiempo que se produce en un abrir y cerrar de ojos.


Entre las peticiones que el lehendakari Pradales ha hecho al presidente Sánchez ha estado la de la entrega del emblemático lienzo de Picasso, Guernica, al País Vasco. Una obra que realizaba el artista malagueño por encargo del entonces gobierno de la República. 


El responsable institucional vasco ha apelado como razón básica para su pedido que se trataría de un “gesto de memoria histórica”. Con esa argumentación, el PNV ha abierto la caja de los truenos, convocando a un nuevo debate sobre la virtualidad de la obra del citado creador, pero también de la verdadera actitud del PNV a lo largo de la guerra (in)civil que asolaría a nuestro país.


Desde las páginas de El Confidencial, ya ha narrado Javier Caraballo las circunstancias históricas del encargo del gobierno republicano a Picasso, de la cantidad satisfecha por aquél y de la acomodación de la obra a la contienda, partiendo de un homenaje que -tanto Picasso como Lorca- rindieron a la figura del torero Ignacio Sánchez Mejías. El lector podrá comprender el esfuerzo imaginativo que se precisa para remitir el sufrimiento de un matador de toros al de un pueblo vizcaino sometido a un bombardeo nazi, pero -ya se sabe- la imaginación es material que no resulta escaso en el mundo de la cultura.



El problema que tienen algunas marcas es que resisten mal el paso del tiempo, y la del PNV no constituye ninguna excepción a este aserto. Nacido como un partido reaccionario y xenófobo -no otra cosa era su fundador, Sabino Arana-, el PNV establecería sus señas de identidad sobre el odio a España y a lo español, simbolizado en las gentes llegadas a Vizcaya, procedentes de otros lugares de España, para contribuir a su desarrollo industrial. El apelativo que adjudicaban a esas personas, maketos, y por extensión a España, Maketania, demuestra a las claras el discurso racista del primer nacionalismo vasco.


No debió pasar mucho tiempo desde los escasamente gloriosos años fundacionales del que se llamaba partido bizcaitarra (el libro de Sabino Arana se tituló “Bizcaya por su independencia”) para que un empresario -plutócrata, se les llamaba entonces-, de nombre Ramón de la Sota, se hiciera cargo de esa formación política, la financiara con generosidad y se aprestara a batirse con las derechas -españolas, por supuesto- y los socialistas, compitiendo en la compra de votos con aquéllas, y sorteando con éstos las amenazas y los atropellos de lo que se conoce como partida de la porra, además de los acuerdos a que llegaban las derechas y las izquierdas para evitar el auge del nacionalismo, temido por ambos por anti-español y reaccionario.


Fue siempre, en efecto, el partido de Arana y Sota contrario a la idea de España. Por eso, la llegada de la guerra le cogería con el pie cambiado. El nacionalismo era un partido confesional católico -“Dios y Leyes Viejas”, proclaman aún sus siglas en vascuence-, y los desatinos republicanos en contra de la religión no podían resultar de su conformidad. Por ese motivo, el bando franquista intentaría allegar su concurso al llamado alzamiento nacional. Sometida la cuestión al dirigente peneuvista Telesforo Monzón, es conocido que éste solicitaría armas a los sublevados. Para la historia queda que, muchos años más tarde, un cuasi redivivo Monzón intervendría en los actos electorales en apoyo de Herri Batasuna.


Planteada semejante cuestión por el antaño anti-nacionalista, el socialista Indalecio Prieto, tendría éste mejor suerte. Claro que ofrecería a cambio del apoyo nacionalista el de los republicanos a la autonomía vasca, en un estatuto de guerra que constituiría la primera oportunidad histórica en la que, además de las provincias vascongadas, existía una institución jurídico-política que se denominaba País Vasco.


Los desmanes de la guerra situaron a los nacionalistas en un terreno incontrolable. El poder no lo tenía su gobierno, que veía cómo las hordas milicianas acababan con la vida de los apresados en los buques Cabo Quilates y Altuna Mendi, anclados en la ría del Nervión; en la prisión de los Ángeles Custodios o en el fuerte Guadalupe de Fuenterrabía. (También para la siniestra historia de las conexiones entre el PNV y los filo-terroristas, queda que el responsable del orden público de aquel Gobierno Vasco lo fuera el mencionado Telesforo Monzón).


El bombardeo de Guernica a cargo de la aviación nazi acaeció en esa población vizcaina, según el historiador Xabier Irujo, porque era una ciudad abierta, sin defensa antiaérea y por tanto sin riesgos para los atacantes, y que reunía las mejores condiciones para que Hermann Goering, lugarteniente de Hitler y comandante supremo de la fuerza aérea nazi, ensayara allí los bombardeos sobre poblaciones civiles que después llevaría a cabo con profusión en otros muchos lugares durante la II Guerra Mundial. Seguramente podrían haber elegido el municipio zaragozano de Belchite, que sería por tres veces frente de lucha en aquella contienda, o cualquier otra localidad propicia, pero fue Guernica. Abrigo serías dudas respecto de si los belchitanos —y por extensión, los zaragozanos y aun los aragoneses se considerarían víctimas étnicas de la destrucción totalitaria que supuso el Tercer Reich.


Y ahora se reclama por el Gobierno Vasco el cuadro que ejemplifica los horrores de la guerra, más allá del enfrentamiento entre los españoles -y bastante más allá aún del escenario vasco- como un gesto de memoria histórica que situaría con comodidad al PNV en un lugar grato de la historia, el que no corresponde a su vergonzante comportamiento -por inexistente- ante los desmanes que en suelo vasco se produjeron en ese tiempo, o la no menos vergonzante rendición -y abandono de la República- de los gudaris del PNV a los italianos en la localidad cántabra de Santoña en agosto de 1937.


Tiene el PNV poco que presumir de su historia, y mucha memoria que distorsionar para reajustar la realidad de los hechos a sus particulares conveniencias. Pero como decía el dirigente cristiano-demócrata, Julen Guimón, “para el PNV el futuro es exacto y el pasado es impredecible”. Tan exacto e impredecible -añadiría yo mismo- lo seguirá siendo en tanto que permanezcan en las responsabilidades de gobierno quienes paguen con dádivas los votos nacionalistas en el Congreso de los Diputados.