viernes, 26 de diciembre de 2025

España en el conflicto internacional

Publicado en La voz de Lázaro, el 26 de diciembre de 2025


Donald Trump ofrecía una singular felicitación navideña, anunciando a Europa -más en concreto a Dinamarca- el nombramiento de un enviado especial para Groenlandia. En su particular Christmas card aparecía también la previsión de una Golden Navy -todo lo que se parece al oro entusiasma por lo visto al inquilino de La Casa Blanca-. Esa nueva flota dejará, según dice, en mantillas todo lo conocido hasta ahora en materia de armamento naval.


Como es natural, Dinamarca ha puesto el grito en el cielo y ha reclamado la solidaridad de sus socios. Las fronteras de nuestro país son las de la Unión Europea, ha manifestado. Y la presidenta de la Comisión ha mostrado su empatía también con él. 


No hay nadie que declame mejor las llamadas al sentido común, a la paz, la libertad, la intangibilidad de las fronteras o la geopolítica sujeta a reglas que los dirigentes europeos. Otra cosa resulta de sus acciones, a menudo distantes de los objetivos que necesita acometer.


Vive Europa con el pie cambiado de una política internacional que no le gusta y a la que no está preparada. Creía que el primer Trump era flor que se agostaría en un mandato y esperó a que un más caduco y desmemoriado Biden corrigiera el rumbo. Y cuando el octogenario presidente se quedó unos interminables segundos sin respuesta en un debate con su fogoso rival, pensó que acaso Kamala Harris, procedente de un radicalismo woke, tapada la boca para que no asustara demasiado, podría resolver el entuerto. No se consiguió, y ahora Trump exhibe sus desafíos con la chulería del que ha confundido a su pais con los negocios, y a los negocios con el amedrentamiento y el chantaje a sus rivales. En estos momentos, los líderes europeos aprovechan la Navidad para pedir a Papá Noel, que las elecciones del mid-term le supongan un batacazo al millonario neoyorquino.


Porque los dirigentes de la UE conocen de sobra que el tiempo, el dinero y la desarticulación -siquiera  parcial- del estado del bienestar que conllevan necesariamente las nuevas políticas derivadas de la caída de la natalidad y del mayor gasto en Defensa no son fáciles. Exigen convencer a una población que no está dispuesta a perder su estatus y requieren de tiempo y decisión estratégica para implementar un sistema militar integrado. Tiempo y dinero, las dos cosas que no nos sobran, precisamente.


Exigen voluntad política. Porque si algo le falta a Europa es liderazgo. No hay nada sólido en esa balsa de la medusa, acosada por las tormentas y consciente de su fragilidad. Descontado Macron, Merz tampoco se ve capaz de imponer sus criterios desde una coalición cuya salud es exigua y frente a los socios de otros países que son incapaces de observar más allá de sus narices nacionales.


Ocurre con Hungría, que parece valorar más a Rusia que al proyecto europeo. Y a Belgica, que no acaba de confiar tampoco en que la UE le saque las castañas del fuego en el caso de que acontezca un enfrentamiento directo con Putin a cuenta del dinero congelado y depositado en Euroclear..


Pero también a España, succionada como por un aspirador en un fin de ciclo político. Una especie de agujero negro en el que todo lo que pueda ocurrir adquiere las características que contienen las malas noticias. Concluidas las elecciones en Extremadura, las restantes regionales -parciales, las denominarían en otros pagos- parecen pronosticar un resultado similar: victoria del PP, pero sin mayoría absoluta, hundimiento del PSOE, crecimiento de Vox y de Podemos.


Y en ésta su larga agonía, ingresado en una UCI en la que ha convertido a la Moncloa, situado en respiración asistida, rodeado de sabios doctores que le asesoran y colgado de toda la parafernalia de la maquinaría médica que constituye para él el BOE… se nos plantea la pregunta de lo que estará dispuesto a hacer Sánchez. Una cuestión difícil de acertar en su concreción, aunque muy meridiana en su contenido: es capaz de hacerlo todo para que sus socios no dejen definitivamente de serlo. Lo que no sabemos es qué cosa significa ese todo, porque eso dependerá siempre de lo que le exijan.


Y así, sin presupuestos y con toda la clase política encelada en los autos judiciales, las sucesivas elecciones a la espera de las cruciales y las negociaciones consecuentes con aquéllas, nadie pretende emplear un segundo en averiguar lo que pueda suponer el papel de nuestro país en el convulso escenario internacional.


Arrojados en la cuneta los intereses nacionales, son los particulares los que importan. Y las cuentas corrientes de los que un día nos aseguraron que venían dispuestos a servir y se descubrieron muy pronto servidos por el erario público. ¿Qué hubo de las maletas de Delcy Rodríguez?, ¿qué significado real, tiene el silencio de Sánchez ante el Nobel de la paz a María Corina Machado?, ¿quién se está beneficiando de los viajes a China de nuestros mandatarios y ex mandatarios? 


O, en otro orden de cosas, ¿cómo vamos a conseguir que Marruecos respete nuestra integridad territorial, empezando por Ceuta y Melilla cuando ya hemos arrojado a los saharauis a su suerte a pesar de los compromisos que aún nos vinculan con ellos?


Y el cuestionario sigue hasta evocar la pregunta fundamental: ¿qué papel piensan los políticos españoles, en todo el arco parlamentario, que debería   jugar en este contexto cambiante nuestra política exterior?


Pero en los brindis con cava, el turrón y las uvas de los responsables públicos y de los ciudadanos privados no habrá quien se preocupe de esos que son asuntos profundos y que no los resolverán ni los unos ni los otros. La España alegre y confiada, agotando hasta el extremo los recursos cotidianos, celebrará estas fechas y pensará con el refranero “¡que nos quiten lo bailao!”


Así nos va. ¡Feliz Navidad!


lunes, 22 de diciembre de 2025

Un nuevo cuento de Navidad



Con el título, “A Christmas Carol”, Charles Dickens nos acercaba al paisaje de las calles de Londres, al avaricioso Mr. Scrooge, los fantasmas de las navidades pasadas y futuras, y la realidad de las actuales con su escribiente y su lisiado hijo (no sé si el término es hoy políticamente correcto, pero me da igual).


Hoy les propongo un nuevo cuento de Navidad. O algo parecido.


Quizás recuerde alguno de ustedes la historia que publiqué en el blog “Algunos pájaros errantes” el pasado 23 de octubre. Llevaba por título “El que cuida tus pasos en la vida”. En él les relataba la asombrosa historia de unos amigos (jefe él, subordinada ella), cuyos ancestros protectores se habían conocido en el más allá, y se identificaban a sí mismos como tales, esto es como cuidadores de sus descendientes.


Diana (que así llamaría a la chica) se quedaría muy impresionada por la historia que le contaba su jefe, quien describía, sin conocerlo, a su tatarabuelo y la estatua erigida en su honor en el centro de Palma de Mallorca.


Diana es hija única de madre inglesa, avecindada en Guecho, provincia de Vizcaya. Allí había nacido Diana del matrimonio de sus padres, hace tiempo divorciados, y allí permanecía su madre.


Vivía ésta en un piso de alquiler, por el que satisfacía una razonable renta. Pero el propietario decidía cancelar el arrendamiento con el propósito de vivir en esa casa.


La madre de Diana se veía confrontada al que es ya uno de los principales problemas de nuestro país: la vivienda. ¿Cómo podría ella localizar otro piso, en la misma zona a la que estaba acostumbrada, con el dinero de que disponía?


Habló con su hija, una buena chica. Y Diana pensaría en adquirir ella un piso en la misma localidad vizcaina, y ofrecérselo a su madre a cambio de una renta similar a la que pagaba ésta, con la cual satisfacer los pagos del crédito hipotecario. 


Por supuesto que esta inversión no formaba parte de sus planes. Es cierto que disponía de trabajo estable, que estaba bien considerada en la empresa y que -ya se ha dicho- hasta tenía una relación de confianza con su jefe… pero ella quería utilizar sus ahorros en desplazar su residencia a otro lugar de Londres, ciudad en la que ella vive, con los costes adicionales que le supondría esa operación.


Diana se puso en contacto con su tatarabuelo-protector, rogando de él su ayuda. Tenía mucha fe en él desde que su jefe le explicaba que precisamente era él el que cuidaba de sus pasos por la vida.


Y la petición fructificaba. En el mismo barrio quedaba libre un piso similar al que su madre había disfrutado y por un precio igualmente asequible para ella. ¡Problema resuelto!


Pero no, no resultaría todo tan sencillo. Su madre carecía de aval para formalizar la operación. Y en esas condiciones, cualquier otro candidato disponía de ventaja sobre ella.


Y Diana hablaría con su padre, que, pasados muchos años después del desencuentro que propiciara el divorcio, mantenía una distante -aunque correcta- relación con su madre.


Le dijo que no se preocupara. Le pidió el número de teléfono del propietario del piso que su ex aspiraba alquilar y se puso en contacto con él.


Y eso que llaman química entre las personas ocurrió entonces. El propietario quedaría convencido de las explicaciones del padre de Diana, por la cordialidad y simpatía que había manifestado, por la seguridad que le daba acerca de que su ex cumpliría con las condiciones contractuales… el caso fue que accedía a alquilar el piso sin necesidad de aval.


El cuidador de Diana seguramente sonreía desde arriba, la joven se emocionaba por su protección y por la admirable y desinteresada actuación de su padre… y la madre de Diana hablaba con su antiguo marido en un singular gesto de agradecimiento.


- He hablado con el propietario. Todo está O.K. -y agregaba-. Lo que no sabía era que fueras tan simpático…


domingo, 21 de diciembre de 2025

¿Ha cambiado algo en los partidos?

Publicado en El Imparcial, el 21 de diciembre de 2025


En estos tiempos de lo que algunos comentaristas e historiadores han calificado como Segunda Restauración -como es el caso de Emilio Lamo de Espinosa, en un reciente artículo publicado en El Pais-, cabe formularse la pregunta que encabeza este comentario. ¿En qué han cambiado, en el supuesto de que así haya ocurrido, las cosas? O, para concretar algo más la cuestión, ¿cómo se comportan los partidos políticos, una de las piedras angulares de cualquier sistema democrático, en la actualidad?


En su biografía de uno de los personajes históricos de la Primera Restauración -la correspondiente a la Constitución de 1876- “Sagasta o el arte de hacer política”, José Ramón Milán, afirma que:


“Consecuencia del excesivo caudillismo y la concepción personalista que hasta entonces había regido en la generalidad de partidos políticos, antes que organizaciones al servicio de un programa, los partidos de notables de la época consistían en grupos de clientelas en los que la fidelidad al patrón, la lealtad al jefe. a menudo eran el lazo principal que mantenía unidos a sus miembros con la promesa de incentivos selectivos que sólo aquélla les iba a proporcionar. No existía en ellos un procedimiento propiamente dicho de elección de sus líderes por las asambleas generales y las reuniones de sus juntas directivas solían limitarse a sancionar la jefatura que, en la práctica, había logrado quien por su carisma, prestigio y recursos había conseguido el mayor número de apoyos en el seno del partido”.


Han pasado muchos años desde entonces, y donde los partidos eran sólo redes clientelares, hoy son organizaciones de masas. El PP afirma tener registrados más de 800.000 afiliados, el PSOE más de 150.000 y Vox algo más de 65.000. No parece que puedan calificarse de agrupaciones políticas de notables, de partidas de caciques, nutridos solamente de gentes influyentes en el distrito electoral en el que se ventilan las actas, como ocurría en aquel periodo de la historia de España.


Además, el artículo 6 de la Constitución, formalmente vigente, exige que en su estructura y funcionamiento deben los partidos ser democráticos, algunos han introducido en su operativa el procedimiento de las primarias, sus contabilidades están sujetas a comprobación por el Tribunal de Cuentas y cualquier desviación de la ley sujeta a sanción por los tribunales de justicia -como los medios de comunicación nos vienen informando con harta periodicidad.


Dicho lo cual convendría hacer alguna que otra salvedad. El referido mandato constitucional no parece resultar de obligado cumplimiento en la mayoría de los casos. La democracia interna que se proclama de manera ditirámbica en las bases y estatutos de los partidos se ve en demasiadas ocasiones sustituida por asambleas de aplaudientes que sólo sancionan la elección de quien en algún sanedrín interno resultaba previamente elegido. Y las resoluciones de los congresos son previamente-cocinadas, de modo que el compromisario que pretenda enmendarlas tendrá escasas oportunidades para su defensa y consecuente éxito (el que firma este comentario lo intentaría al menos una vez, y le quedó de esa operación la amarga certeza de que no volvería a perder el tiempo en semejante empeño).


La cuestión de las primarias merece también comentario aparte. Importadas de los Estados Unidos, la clave de las mismas -a mi modo de ver, por lo menos- no lo es tanto la idea de la elección democrática que comportan, sino la base electoral que las compone. Trasladar un procedimiento de primarias a un municipio en el que sólo existan unas pocas decenas de afiliados, y permitir a éstos que elijan al candidato a alcalde de su localidad supone elevar a categoría de supremo elector -por utilizar también un término de la Primera Restauración- al elegido: un reducido grupo de familiares y amigos del candidato se agruparán para llevar al primer puesto de la lista al que ellos ya han decidido (casos que también he podido comprobar a lo largo de mi andadura política). No, tampoco las primarias, ni desde luego en todos los casos, constituyen la solución. 


En cuanto al control del Tribunal de Cuentas se refiere, éste sólo puede auditar las cuentas que le presentan los partidos, de manera que la investigación de presuntas situaciones de financiación ilegal de los partidos -vale decir, de corrupción- deban ser realizadas por los tribunales, toda vez que la filtración de alguna “garganta profunda” -por utilizar una conocida frase que hunde sus raíces en el conocido “caso Watergate”- acude a informar a los medios. En puridad, no existe periodismo de investigación -o muy escaso-, sino de delación.


En un sistema jurisdiccional garantista, como es el nuestro, el tiempo empleado por la justicia hasta que sus sentencias adquieran firmeza se alarga varios años. Eso supone alimentar la percepción de que los culpables tardan en pagar -en términos económicos y de privación de libertad- sus fechorías. El abuso de los gobiernos de turno en conceder indultos a los amigos políticos y la más que dudosa conversión del Tribunal Constitucional en órgano de casación -o, en su caso, también de los tribunales europeos- produce la vaga impresión de que, con no dejar de ser cierta la idea de que “quien la hace, la paga”, no resulta una verdad erga omnes. Sobre todo si los delincuentes forman parte de la clase política.


Así pues, el caudillismo, el sometimiento al jefe, la fidelidad -que no es equivalente a la lealtad- a sus designios, remiten tanto a épocas pasadas como se refieren también a las actuales.


Podrán disponer los partidos de hoy de miles -de centenares de miles, incluso- de seguidores. Pero forman parte muchos de ellos de la masa de los palmeros de cuota -o que ni siquiera la pagan, como ocurre con alguno-. Y de su paisaje actual se podría asegurar que han cambiado las leyes y los ropajes, pero apenas se han modificado procedimientos y prácticas.


jueves, 11 de diciembre de 2025

De cordones sanitarios



Publicado en La Voz de Lázaro, el 11 de diciembre de 2025


La expresión cordón sanitario procede del francés. Se refiere a una acción de elevar una barrera que evite la expansión de una enfermedad infecciosa. Adoptada por el lenguaje político, su primer uso pretendía contener la generalización de la ideología soviética en los países que aún no habían quedado sometidos a su dominio. Hoy en día se utiliza como método que prevenga la extensión de las ideologías extremas, en particular de excluirlas de la acción gubernamental. 


Pero no todas las democracias liberales operan del mismo modo en lo atinente a este método, por lo mismo que tampoco las ideologías y los partidos objeto de semejante prevención resultan equivalentes. Ocurre que, siquiera instalados en la misma área política, encuadrados en el mismo club de las democracias liberales que es la Unión Europea, el conjunto de los países mantienen la misma actitud respecto de los extremos. Sus circunstancias históricas, condicionantes de su psicología colectiva, difieren entre sí.


Veamos algunos ejemplos.


Alemania, que es el país más importante de las democracias de la UE, constituye un paradigma del ejercicio de los cordones sanitarios. Lo hace, además, a izquierda -con Die Linke, partido heredero de los comunistas de la pro-soviética República Democrática de Alemania-, y a la derecha -con la Alternative fur Deutschland-. A nadie se le escapa la preocupación germana por una eventual repetición de su pasado, con la recuperación de posiciones nazis, por un lado, y, por el otro, el doloroso desmembramiento nacional como consecuencia de la derrota bélica, que sometió a más de 16 millones de alemanes a un régimen represor en lo político y a la pobreza económica.


En Francia, el cordón sanitario no parece operar del mismo modo que en Alemania, o no de manera tan evidente. Se dirige, casi exclusivamente, hacia las extremas derechas del Rassemblement National, de Marine Le Pen, y no en contra de La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon. La causa de esa prevención se debería a la defensa de los valores republicanos a los que atentarían Le Pen y sus seguidores, en lo que respecta a una reducción de las libertades civiles, la demonización de la inmigración y el regreso a la endogamia y su rechazo a las políticas de integración europeas.


No ocurre lo mismo en Italia, donde el cordón sanitario respecto de la extrema derecha no ha funcionado desde que, en el año 1994, Silvio Berlusconi llevó al gobierno a Alleanza Nazionale (AN), heredera del MSI, dirigida por Gianfranco Fini. Hoy en día, la democracia cristiana de Antonio Tajani continúa blanqueando a los Fratelli di Italia de la presidenta Meloni, y al vicepresidente, Matteo Salvini, de la Liga.


Resulta preciso conceder que Giorgia Meloni ha hecho buena la idea de que el poder modera las ansias revolucionarias, y las reaccionarias, también. Se trata de un efecto de la tiranía del statu quo, de que nos hablaban Milton y Rose Friedman. Ese inamovible estado profundo de las cosas que dificulta notablemente- cuando no las impide- las políticas de cambio radical.


Eso mismo debió comprobar Pablo Iglesias Turrión, cuando, en el año 2021, abandonaba la vicepresidencia del gobierno para presentarse a las autonómicas madrileñas, en una especie de abandono a cámara lenta de la política activa.


Por eso ocurre que la dialéctica entre revolución y reforma en este siglo XXI que ya está abandonando su primera cuarta parte, apenas existe. Y es cierto que en otros parámetros políticos esa situación de cambio se está produciendo, con importantes consecuencias en las políticas exterior e interior -sirvan como ejemplos los casos de Trump o de Bukele-. Pero donde esa tiranía friedmaniana produce, a mi modo de ver, con mayor intensidad es en la Unión Europea, donde, desde la fragilidad de una unión basada en las convenciones de los Tratados, se ha construido una estabilidad que, si bien en ocasiones, resulta en exceso burocrática, y premiosa en la adopción de decisiones estratégicas, resulta muy complicada de subvertir. Y quien no advierta esa singular consistencia, convendría que se mirara en el espejo del Reino Unido, que por no querer la guatemala institucional europea se ha abismado en la guatepeor de la endogamia nacionalista, a la espera de abrazarse al nuevo engaño del impulsor del Brexit, Nigel Farage, ese que dijo que fuera de la UE se ahorrarían los millones de libras necesarios para recomponer su sistema nacional de salud.


En España, el cordón sanitario que la izquierda propone someter a la extrema derecha no ha operado con Podemos ni con Sumar que, si se me permite la ironía, ni han podido ni han sumado.  Por lo mismo no parece razonable que se le exija a Vox, una organización de tan heterogéneo pelaje que apenas resistirá a la tiranía de la inercia de las maneras ínsitas en el corazón de las políticas.


Cuestión diferente es la admisión a integrar en las estrategias nacionales de quienes no comparten de la Constitución, que estos días cumple 47 años, más idea que su instrumentación para sus objetivos destructores. Porque los nacionalistas, los prófugos y los amnistiados, los que tienen sus manos manchadas de sangre y los que aprendieron con maestría el arte de mirar hacia otro lado… no es que pretendan promover un sistema en el que la economía privada sucumba ante los avances de la pública, como quiere la extrema izquierda, o endurecer la política de emigración, como proclama la extrema derecha; que son cuestiones ambas erróneas, aunque reversibles. Los nacionalistas establecen una hoja de ruta que destruye el fundamento del Estado, constituido por su unidad y su solidaridad, la libertad y la igualdad de todos los españoles, hayamos nacido y vivamos en el lugar de España que nos haya tocado en suerte o que hayamos decidido.


Es ése el cordón sanitario que la derecha y la izquierda deberían crear, fortaleciéndose una y la otra entre sí para que los nacionalistas no nos impongan, desde su exigua representación electoral, sus designios.






martes, 9 de diciembre de 2025

Tristeza de hoy, nostalgia del ayer

(Publicado en El Imparcial, el 9 de diciembre de 2025)

A la altura del mes en el que nos encontramos, se podría afirmar que nada sustancial ha cambiado en la política española respecto de la situación que vivíamos en el año anterior. Apenas nada, podría matizarse, dado el progresivo enrarecimiento que atravesamos en nuestro país. 

2024 concluía con una mezcla de hechos que llamaban a una cierta esperanza y a una segura decepción. Salvador Illa y el PSC obtenían una victoria en las autonómicas de Cataluña y un cierto regreso a la recuperación de la normalidad se producía en el territorio que había protagonizado el procés y la consecuente y estrafalaria proclamación de la independencia; el Rey volvía a esa parte de España, siendo recibido por sus autoridades con la consideración que, como mínimo, merece un Jefe del Estado. La Dana que asolaba Valencia nos devolvía la tragedia sobre una ciudadanía que no encontraba el amparo de las autoridades -nacionales y autonómicas- incompetentes para resolver sus efectos y consecuencias, al que seguiría -ya en este año de 2025- el vodevil de un presidente Mazón que no ha sabido explicar lo que había hecho de su vida en aquella infausta tarde; sin embargo, en medio del desastre unos 50.000 jóvenes y abnegados voluntarios nos devolvían, a golpe de pico y pala, la esperanza en una dignidad nacional que creíamos perdida. Los casos de corrupción que comprometían al entorno familiar y político del presidente del gobierno se abrían generando un considerable estrépito. La polarización, siempre estéril y agravadora de la solución de nuestros problemas, continuaba avanzando.

La inexorable máquina de la justicia ha enviado a lo largo de este 2025 a tres colaboradores de Sánchez a la cárcel -si bien uno de ellos ahora en libertad provisional-, la mujer del presidente, investigada por cinco delitos y su hermano David, por dos; el Fiscal General del Estado ha sido condenado, manteniendo su condición de tal en contra de la decencia más elemental. Las ayudas comprometidas a los damnificados por la gota fría de Valencia han cubierto, transcurrido el año, sólo un 60% de las comprometidas por la Generalidad y en torno a un 35% de las que había anunciado el gobierno central. Y rota la mayoría que apoyara al ejecutivo, el Congreso rechaza los proyectos de ley que se le presentan, y tanto esta institución como el Senado se han convertido en unas auténticas y ensordecedoras jaulas de grillos que apenas resultan útiles para los ciudadanos. Y ni del presidente se espera la convocatoria de elecciones, ni de la oposición la presentación de una moción de censura. Y, por descontado, la polarización ha convertido -¿definitivamente?- a los adversarios en enemigos políticos. 

Se sitúa ahora Sánchez en postura genuflexa ante el prófugo Puigdemont por si cupiera algún golpe de tuerca que permita a este último regresar victoriosamente a Cataluña, o sortear -una vez más, como hiciera con la ley de amnistía- el mandato constitucional, ahora respecto de la entrega de las competencias de emigración. La cooficialidad del catalán en Europa es imposible, no depende del gobierno y extendería la maldición bíblica de la Torre de Babel a unas 65 lenguas más, según la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias (CELRM).

Un fin de año que sólo nos cabrá celebrar desde la insatisfacción por el deterioro de la cosa pública, la cual debiera ser de todos porque a todos nos afecta, pero que se desenvuelve en un terreno cada vez más distante y ajeno a nuestro conocimiento. La política juega al escondite con los ciudadanos, a quienes, por más que la crisis resulte evidente, no se nos ofrece la oportunidad de decidir por quien puede disolver el parlamento y convocar elecciones, en tanto que quienes deberían ofrecer un programa alternativo y presentar en consecuencia una moción de censura, se conforman con transferir a las gentes la exigencia en la calle de lo que ellos no defienden en el Congreso, incumpliendo así su obligación como representantes de esa ciudadanía.

Nos queda quizás la nostalgia de la honradez de los hombres justos que recorrieron nuestra historia de España haciendo de su vida un tributo a la honradez y el patriotismo. Hace ahora cien años, el 13 de diciembre de 1925, fallecía en la finca del Canto del Pico, en la madrileña localidad de Torrelodones, don Antonio Maura. Historiadores de muy diverso orden han dedicado comentarios laudatorios a su memoria, y algunos congresos y seminarios, documentales y artículos de prensa, la reedición de una espléndida biografía, devuelven su imagen a una sociedad no menos atribulada hoy que entonces. Una ciudadanía que no encuentra en estos tiempos -a notable diferencia de los pasados- a gentes de valía en las que confiar. Y es que entonces se sabía que junto a seres atrabiliarios y corruptos -como existen en todos las épocas- existían otros que perseveraban a diario por ofrecer lo mejor de su prestigio y de su acción al bien del común de sus gentes. Porque don Antonio era ese hombre, pero no el único. Ahí estaban don Melquíades Álvarez, don Gumersindo de Azcárate, don José Canalejas, don Raimundo Fernández Villaverde, don Julián Besteiro… y tantos otros.

Son como las golondrinas del poema, esas que no volverán. Pero que nos señalan que existió una pléyade de hombres y mujeres que, en estos tiempos de memoria selectiva, que es más bien desmemoria tantas veces sectaria, no siempre la política fue tan abominable y el regate corto y desleal la única manera de actuación.

Por eso, en estos días, pienso en don Antonio y en ellos. Y soy muy consciente de que los errores y los egoísmos de otros atizaron los rescoldos que encendieron la hoguera de una guerra civil. Y que muchos de esos hombres buenos hicieron el holocausto de su vida como consecuencia de la contienda.

Nos conviene saber que no se va a repetir semejante drama histórico, pero resulta muy triste reconocer también que esas gentes tampoco regresarán. Y si alguna vela tuviera que encender en algún recóndito lugar, la prendería con el solo afán de equivocarme, y que esos que ya no son sino fantasmas del pasado, adquirieran de nuevo vida propia, y ocuparan los escaños del Congreso.