domingo, 21 de septiembre de 2025

Yo hago bien lo que me gusta

“Yo hago bien lo que me gusta. Lo que no me gusta no lo hago”, le decía un joven a una chica con la que paseaba por una calle aledaña a la avenida de Alberto Aguilera en Madrid.

.La vía pública es rica en la oferta de palabras y frases que se rescatan al vuelo en una fracción de segundo. Son como pequeñísimas píldoras que, sin embargo, encierran bastante más contenido que el que expresan. Una filosofía de la vida, acaso.

El chico mira hacia las losetas que se levantan del suelo, por efecto de las carencias en el mantenimiento municipal de las aceras, producto a su vez, seguramente, de la desatención de un alcalde mediático que apenas sí dispone de tiempo para atender los problemas de todos los días. Y continúa, la vista pegada a esa acera que parece quebrarse por momentos:


“Se lo he dicho a mi jefa…”


Y yo observo a mi mujer, y ella me devuelve la mirada. ¿Hemos oído bien, o es el ruido del tráfico el que ha tergiversado las palabras? 


Pero ella me repite, como un eco, la frase. Sí, él hace bien lo que le gusta, lo que no le gusta se queda sin hacer.


Y yo me imagino la conversación de ese joven con su jefa. Cuando ésta le hace ver que ha dejado trabajo sin resolver, que ha recibido quejas de algún cliente, de algún compañero de trabajo que debe acometer tareas suplementarias a causa de lo que él ha dejado sin hacer.


Una respuesta franca, contundente. No, no esperes que haga lo que no me gusta. No estoy aquí para eso… y ella quizás sienta mala conciencia, porque tal vez deba recurrir a Recursos Humanos y revisar el contrato, y ver de qué manera podrán librarse de esa especie de zángano que les ha caído en desgracia. O tragárselo, simplemente, haciéndole ver que esa no es manera de comportarse en el trabajo, ni siquiera en la vida.


Pero esa última posibilidad no entrará tampoco en la nómina que percibe su jefa. De casa, del colegio, de la universidad… se viene formados -así debería ocurrir-, y de la vida, llorados. La educación y las lágrimas no tienen espacio ni proyección en la empresa. Las terapias se imparten en otras salas.


Pero es preciso tener empatía, se dirá quizás la tal jefa. Valorar al joven. Pueda ser quë haya tenido una juventud difícil, o que sus padres se hayan separado y sufra el chico de carencia de afecto, a lo mejor le sometieron a bullying en el patio del colegio…


Y la buena mujer no sabe qué hacer mientras observa los papeles que se acumulan en la mesa de trabajo del joven. Y se plantea una pregunta… ¿por qué puñetera razón me toca a mí gestionar este problema? ¿No tengo otra cosa en qué pensar? ¿No es a mí a quien avisa la directora del colegio cuando a mi hija se le ha roto un diente porque se ha caído por las escaleras? ¿Y tengo que dejar el trabajo empantanado, mientras detengo un taxi en la esquina y me pregunto si la habrá empujado alguna bárbara de sus compañeras? ¿Por qué a mí, precisamente a mí?


Eso se preguntará la jefa, en tanto que el joven ha regresado a su ordenador. Con un gesto displicente ha evitado realizar las tareas repetitivas que se le habían encomendado y se concentra ahora en las que considera creativas. Y para eso necesita pensar. Levanta la mirada de la pantalla y advierte algún gesto de extrañeza, no sabe si de disgusto o de solidaridad, por parte de sus compañeros,


Continúa su trabajo. Llega la hora. Se levanta y se va, no importa si ha resuelto lo pendiente o no. Mañana será otro día y el tiempo se mide en función de lo que a él le apetece.


Así pasan las semanas, quien sabe si los meses, en función de lo paciente quë sea su jefa. Un día, cuando el chico llega a su trabajo, a su hora más o menos -el muchacho mantiene una contienda cierta con la puntualidad-, descubre en la bandeja de entrada de su correo pendiente de revisar, un aviso de despido. Le será entregado en unas horas por burofax. Pero ya le están advirtiendo de que vaya recogiendo sus cosas…


Levanta la vista del ordenador. Todos los ojos de sus compañeros están concentrados en él. Y no entiende nada. Él había sido claro, transparente, no había engañado a nadie.


El sólo hacía bien lo que le gustaba, lo que no le gustaba no lo hacía.


Eso era todo…

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