miércoles, 4 de noviembre de 2009

Mario Vargas Llosa

Como patrono de la Fundación Progreso y Democracia que, como indica su nombre tiene como “sponsor” a UPyD, tuve el honor de moderar una mesa redonda en la que participaba el escritor y ensayista peruano y que se refería a la situación del liberalismo en nuestros días. Intervenían –además de Vargas Llosa- la periodista Irene Lozano, el catedrático José Varela Ortega y el filósofo Fernando Savater.
La función que a mi juicio tiene un moderador es principalmente la de pasar desapercibido y dejar que los invitados hagan uso de la palabra todo lo que puedan y sepan respecto del asunto que se les propone. El caso era que los 4 intervinientes son espadas notables y que sin ninguna dificultad hicieron las delicias del público que se congregaba en uno de los salones del Círculo de Bellas Artes.
Pero, toda vez concluido el acto, creo que me cabe la oportunidad de hacer referencia a uno de los participantes por el que siento particular admiración: Mario Vargas Llosa. ve
Confieso que la literatura de Mario ha sido compañera fiel a lo largo de mi vida. Recuerdo esa primera narración que caería en mis manos procedente de un hermano mayor y que era “La ciudad y los perros”, cuya frescura produjo un impacto sobre mi persona que sólo se vería desbordado por el golpe que experimentaría con la lectura de “Conversación en la catedral”. En aquellos tiempos del Bilbao del final del franquismo y del inicio de la transición, cuando yo combinaba mis estudios de Derecho con la práctica de la política de resistencia a la Dictadura –una actividad, la de resistente, que ha sido por cierto constante a mi pesar durante buena parte de mi vida- la lectura de esa capital obra del peruano me ofrecía buena parte de las claves de lo que significaba la actividad clandestina. A esa lectura seguirían, como hojas en el calendario, sus “Pantaleón y las visitadoras”, “La tía Julia y el escribidor” y casi todas sus novelas. Candidato a la presidencia de su país a principios de la década de los ’90, Mario escribía un relato dialéctico –como buena parte de los suyos- en el que saltaba de su juventud a la campaña y que titularía “El pez en el agua”. Con posterioridad he seguido con mayor o menor regularidad buena parte de las novelas y artículos de ese prolífico escritor.

Mario es un hombre que te recordaría a uno de esos pulcros señores de las épocas pasadas: la tradición de su traje oscuro, su camisa lisa y la corbata discreta. Pone su reloj de oro y de esfera abombada -que se diría extraído de la testamentaría de algún pariente cercano- sobre la mesa, para advertir en él el tiempo de sus intervenciones.
Para Vargas Llosa es importante subrayar la importancia de nuestro sistema político respecto de los regímenes autoritarios o totalitarios, dice como respuesta a mi pregunta sobre la corrupción en España. “La peor de las democracias es bastante menos corrupta que cualquier dictadura””, afirma. Y cita el caso del Chile de Pinochet. Los admiradores de aquel general se referían a la limpieza y honestidad de su régimen. Toda vez que caía este, se ponía en evidencia los 35 milllones de dólares que la familia del anterior presidente golpista había distraído del peculio público.
“Los partidos políticos, a pesar de sus imperfecciones, constituyen el procedimiento para la participación de los ciudadanos en la política y el gobierno del país. Pueden funcionar mal, pero existen cosas que son peores”, afirma.
El adjetivo “neo-liberal” nos advierte de un peligro de cercanía inmediata. Allí anidan los insolidarios de toda laya, quienes no admiten la necesidad de recortar los efectos que convierten en ocasiones a la gente menos pudiente en sector excluido y marginado de la sociedad.
“Los liberales se parecen a los trotskistas”, asegura Vargas Llosa. Cada uno de ellos sería casi como el embrión de una escisión. Y, cuando oigo esas palabras. evoco la escena de la película de Monty Python “La vida de Brian” en que unos revolucionarios mantienen una impagable discusión sentados en las gradas de un circo romano. Como ellos, los liberales discuten y se confrontan de manera permanente. No persiguen una sociedad ideal porque saben que esta no existe. Defienden la democracia y la posibilidad que en ella misma existe de su perfectibilidad.
A una pregunta del público, Mario hace una consumada caracterización del nacionalismo. “El individuo es un producto de la la civilización”, dice. Ese que ya tiene derecho a decidir qué quiere ser, cómo debe pensar, qué ropa ponerse… Antes no existía el individuo, sólo había la tribu. Y el nacionalismo representa algo parecido: la disolución de las personas en un todo que los contiene a todos; les ofrece el conjunto de sus características diferenciales integradas en un único ser, en una sola forma de pensar y de actuar. “Creo que hay que luchar contra el nacionalismo –dice tajante Vargas Llosa-, porque es un enemigo de la libertad”. Mario está muy cerca del último discurso del Presidente Mitterrand en el Parlamento Europeo: “Le nationalisme c. est la guerre”, dijo este.
El pesimismo va haciendo estragos en los participantes: la corrupción, la deshonestidad –alguien propone la excursión de Diógenes con su candil para encontrar, no uno, ¡10 ó 100 hombres honrados!- Y Mario nos dice que hay sociedades en las que no se podría vivir -”se muere”, asegura- si se cumple la ley. Y cita en apoyp de esta tesis el caso de una dictadura africana´Los médicos han privatizado el sistema de Seguridad Social, poruqe el Estado no les paga; los profesores han privatizado la educación, porque no reciben sus sueldos del Gobierno… y así sucesivamente.
Las democracias son seguramente un mal sistema… si se excluyeran los demás. Viene a decir ese escritor peruano recordando la idea de Churchill. Y es que Mario ha vivido bastante desde 1.936 ¿ó 1.938?, la “Wilkipedia” no mantine una relación precisamente excelente con los registros civiles- y en esa vida también ha conocido el feroz rostro que tiene la intransigencia.

2 comentarios:

Sake dijo...

D. Fernando, como me hubiera gustado acudir al Circulo ése dia, pero al final no pude y lo siento porque me perdí mucho y todo interesante ¡seguro!.

icons arte grafico dijo...

Definitivamente MVLL es un ícono de la literatura hispana.
No queda sino rendirse ante su estilo sesudo y puro.
www.iconsartegraficoperu.blogspot.com