domingo, 3 de agosto de 2008

En el comienzo de mis más recientes veraneos se encuentra la localidad asturiana de Pravia. "¿Cuál es tu relación con este pueblo?", me preguntaba un ilustre donostiarra, casado con una praviana, al que conocí hace ya bastantes años -¡ay, la edad es un fenómeno inexorable!- Pues no otra que mi primo Alfonso Zunzunegui, cuyo grato recuerdo se agiganta según va pasando el tiempo, y que cercano siempre en los momentos más felices lo supo estar también en los más inmediatos a mi duelo por el fallecimiento de mi mujer, del que se acerca ya el sexto aniversario. De Alfonso Zunzunegui decía mi también primo Honorio Maura que "lo comprendía todo". Y es verdad que en su sensibilidad cabían prácticamente todas las cosas, con excepción quizás del ateísmo y de la República, porque sus dos fervores -siempre por este orden- se llamaban Dios y la institución monárquica.
Alfonso Zunzunegui era un caballero español que heredaba además de su padre el singular sentido del humor que le hacía decir a este:
- Esa fiesta habría resultado un coñazo de no ser porque estaba yo.
Lo que se parecía bastante al falso elogio que hacía Groucho Marx a la anfitriona de una cena en una de sus películas: "He pasado una velada encantadora... Pero no en esta casa".
Alfonso Zunzunegui me invitaba a pasar unos días en casa de su mujer -Mica Valdés- en el verano de 2.005, que fuera el último de su vida. Pravia es un pueblo asturiano donde los días del verano transcurren apacibles y veloces como en un abrir y cerrar de ojos. "No hemos hecho nada especial", me decía Mica Valdés cuando me despedía de ella un día antes de partir. Y es que en eso consiste lo especial que tiene el descanso: que no hagas prácticamente nada de lo que acostumbras hacer en el resto del año. Paseos y buenas conversaciones, siestas y vida ordenada. No hace falta para nada el torbellino del invierno, cuyo "stress" algunos se empeñan en prolongar durantesus vacaciones, unas vacaciones que ya dejan de serlo en absoluto.
Fue después el verano de 2.006 y pudo ser el de 2.007 -pero mi hija debía adaptarse a un traslado dentro del hospital que me preocuparía y que me mantendría junto a ella durante ese verano- porque Mica Valdés continuaría con la tradición iniciada por su marido, que yo siempre le agradezco desde el corazón.
Asunta, Sofi, mi otra prima Alicia -la "primada" Maura no llega a ser infinita, pero se le parece bastante- forman parte de ese entrañable paisaje humano que discurre con la misma serenidad de las gentes, los caminos y los ríos pravianos.
Y el tiempo, esa realidad inaprensible, te dice que no sabes si has llegado aún, cuando ya estás diciendo adiós.
Por suerte, no es necesario esperar hasta el verano que viene. Al menos no para frecuentar a esa gente encantadora, porque, parafraseando las palabras de la última escena de Casablanca:
"Siempre nos quedará Madrid".

3 comentarios:

Sirena Varada dijo...

Además de Madrid también nos quedarán en cualquier lugar: los paseos, las buenas conversaciones y las siestas.
“He pasado una velada encantadora”... Precisamente en este blog, como siempre que te leo.
Un beso

FÍGARO dijo...

Asturias tienen un encanto y una personalidad especial, y sus gentes son abiertas y cariñosas. Madrid, ciudad que adoraba en mi juventud, ahora me parece dura, inhóspita, histérica y cruel, con su tráfico, el mal humor permanente de sus ciudadanos, sus mendigos, los bares de copas donde corre la coca, sus burdeles nocturnos y sus tatoos casi atracando al paseante para que pruebe, sus taxistas sabihondos y metomeentodo capaces de explicar en una carrera entre insultos a los demás conductores su receta personal para acabar con el "Problema Vasco"....

Menandro Almortas dijo...

Tu evocación del verano no es una teoría sobre las vacaciones, sino la descripción de lo único que el verano de verdad puede ser. Lo demás no es. La vida tiene que ser otra, más sosegada, el reencuentro con ese hacer nada que es en realidad hacer todas esas cosas que describes. Recuerdo un artículo de Alvaro Pombo para quien el verano (en Castilla la Vieja en su caso) era oír el rumor del agua de una fuente en el silencio de la plaza del pueblo. Conversar, pasear, ese arte de charlar mientras se camina, tan europeo y tan maravillosamente evocado por Alvaro Cunqueiro en sus artículos. Decía Feijoo que el invierno era la hora de los graves estudios, me temo que en nuestro caso sea la hora de la batalla moderna, el estar en permanencia fuera de si.