viernes, 8 de junio de 2007

Un argumento importante en favor del etanol

En el último artículo que publicaba en este diario me refería a las ventajas que conlleva el uso del etanol, de acuerdo con la experiencia BEST que se viene desarrollando en Suecia
Como se sabe, el etanol es un combustible que se extrae de productos agrícolas -también de otros, pero no es el caso de este comentario-. Pues bien, si relacionamos su producción con los problemas del endémico subdesarrollo del Tercer Mundo y con algunas políticas que -para decirlo, por ahora, en términos suaves- son poco racionales económicamente, ese conjunto de aspectos nos suministran argumentos muy positivos respecto del apoyo al etanol como combustible para el transporte.
Empecemos por el primero. Un país en vías de desarrollo, como es el caso de Méjico, según lo señalado por el Banco de Desarrollo Interamericano -información que aparece en el semanario británico The Economist de 3 de marzo de 2.007, en la que se decía que "reemplazar el 10% del consumo de petróleo mejicano por etanol producido a nivel local ahorraría 2.000 millones de dólares y crearía 400.000 puestos de trabajo. Algunos gobiernos del Caribe piensan que el 'boom' del etanol ayudaría a revivir los puestos de trabajo de los productores de caña de azúcar".
No está mal. Y el segundo argumento. Uno de los principios prácticos en los que se basó lo que hoy conocemos como Unión Europea es la PAC -Política Agrícola Común-, seguramente una de las gestiones más antieconómicas que se practican en la actualidad. Y es que, ya en los albores de lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea existió la preocupación francesa ante el creciente fenómeno de la desertizaión de los pueblos rurales como consecuencia del desplazamiento de los jóvenes a las ciudades. ¿La respuesta? Fijarlos al campo a través de una generosa política de subvenciones que se realizaría a escala comunitaria. Hoy en día, la PAC consume en torno a un 43% de los recursos de los presupuestos de la Unión Europea -unos 55.000 millones de euros-, gran parte de los mismos pagados para arrrancar cosechas y subvencionar los excedentes que se producen y no se consumen en Europa.
Y esos excedentes se exportan -siempre muy por debajo de su coste de producción- a los países del Tercer Mundo, cuyos campesinos se las ven y se las desean para competir con los productos europeos. "Ahogamos su agricultura", decía recientemente el ex primer ministro francés Michel Rocard. Son los campesinos que -estos sí- emigran a sus núcleos urbanos, a esas ciudades que son incapaces de ofrecerles oportunidades de trabajo, esas ciudades de las que salen embarcados en pateras con destino a nuestra vieja y opulenta Europa.
Esa es la "trampa de la pobreza", que se corresponde como en un "juego de suma cero" con la trampa de nuestra riqueza y que consiste en que, para enjugar de algún modo los onerosos costes de la PAC, inundamos a los países africanos -y a otros- con productos baratos, descabellada política que ellos nos devuelven en forma de mano de obra que se aloja en los barrios más marginales de nuestras ciudades.
Una política creada, desarrollada -o consentida- por los otrora fervientes partidarios del "laissez faire", para quienes los principios del liberalismo y de los economistas clásicos han sido una especie de "mantra" de la "civilización" capitalista; pero que a la hora de la verdad han olvidado totalmente, por ejemplo, las tesis de David Ricardo, cuando este se refería a las ventajas comparativas de las naciones.
La globalización, de acuerdo con el premio Nobel Joseph Stiglitz, no puede ser justa cuando las relaciones de intercambio entre los países no vienen definidas por la igualdad y la ausencia de intervencionismo. En el caso de que estos elementos fallen,-y están fallando- es el sistema general el que se resiente, de modo que regresamos a la vieja y nunca definitivamente abandonada ley de la selva, según la cual los poderosos son cada vez más fuertes y los desheredados cada vez más débiles.
¿Ha venido el etanol a salvarnos de la quema? Seguramente que no sólo, pero sí en alguna medida. Además crea sus propias distorsiones -como está ocurriendo con el maíz en Méjico-. Lo cierto es que el círculo vicioso y tramposo en el que nos encontramos instalados bien pudiera convertirse en una especie de circunferencia de la virtud: menos contaminación, más I+D, menos excedentes agrícolas, más fijación de campesinos en el campo... africano -además del europeo, menos emigración que nuestro mercado de trabajo no sea capaz de absorber....
Suena bonito y lo es, aunque tampoco constituya la panacea. En todo caso, demuestra que las políticas que pretenden reducir el impacto del cambio climático pueden ayudar a resolver otros problemas que no son de inferior consideración.

1 comentario:

Daniel dijo...

Fernando Maura,

Estoy estudiante de Ingeniería y estoy sumamente interesado en el desarrollo de combustibles ecologicamente amigables. Sólo quería felicitarlo por su excelente blog, me ha dejado al tanto sobre lo que se vive en México con el desarrollo de estos combustibles.

Gracias por poner esta información al alcance de todos.