viernes, 31 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (435)
Amor egoísta
Amar así es egoísta
Desear tu felicidad
Más cerca de mí
De manera,
Que si vuelas libre
Me preocupa
Que encuentres
A otro alguien
Y me pidas
Que me aleje
De ti.
Por lo que diría
Que me siento
Util en tus tristezas
Península de tierra
Que te separa del mar
-De las inseguridades
Que vienes intuyendo
Cada vez más grandes-.
Y me gustaría más
Alcanzar la certeza
De que me quieres un poco
Como yo te quiero a ti
Y así cuando
Te dé por volar libre
Sepa que siempre volverás
Del agua, del aire,
A la tierra... conquistada.
Bilbao, abril de 2.008
jueves, 30 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (434)
La ahogada voz de Juan Carlos Sotomenor surgía de entre las oscuridades de esa noche:
- Soy yo. Vuestro jefe...
Pero Sidi Ben Bachat tenía muy claro desde hacia tiempo lo que haría en esa ocasión. Había quitado el seguro al revolver de su homologo en Chamartín y sin pensárselo dos veces aplicó el cañón a la cabeza de Sotomenor e hizo fuego. Antes de caer, como un guiñapo, al suelo un chorretón de sangre golpeó al saharaui en la cara. Su ojo izquierdo quedaba por un momento cegado y por su boca penetraba el sabor dulzón de su flujo. No, no era helado como un témpano de hielo -según aseguraban propios y extraños- estaba caliente; pero, como era de esperar, sabia repugnante.
La voz de Sotomenor y el inmediato disparo produjo un instante titulada entre los agentes de Chamartin. Pero no duraría mucho: las armas de los esbirros de Sotomenor empezaron a producir su correspondiente y furiosa respuesta. Bachat comenzó a correr hacia la calle Agustín de Foxá. Pero no tuvo suerte: alguno de los disparos impactaron sobre los distribuidores de la gasolinera, devolviendo el metálico sonido característico. Sin embargo, fue tal la ensalada de fuego a discreción que un disparo, al menos, produjo, primero, un incendio, que aclararía la noche como el relámpago de una tormenta; y, décimas de segundo después, una fuerte explosión.
Antes de que llegaran los policías, los cuerpos sin vida de Bachat y Sotomenor eran pasto de las llamas y solo algún movimiento espasmódico en el organismo del segundo revelaba la presencia de los estertores finales de aquel hombre que siempre había combatido por la libertad, hasta dar su vida por ella, en un país que al cabo nunca había sido el suyo, un país que además había abandonado a su suerte los destinos de su pueblo.
Los hombres de Romualdez habían llegado ya a los aledaños de la sede de Chamberí. Situados a un costado del principio de la calle Génova, a dos pasos de la antigua Audiencia Nacional, y semiamparados por las cornisas de la ya desaparecida cafetería Riofrío, Celestino susurraba a sus gentes:
- No veo que se mueva nadie por ahí, pero es seguro que están...
- ¿Nos están esperando? -preguntó el que tenía forma y maneras de orangután desarrollado.
- A nosotros desde luego que no -repuso Romualdez-. Otra cosa es que esperen a que los de Chamartín hayan llegado. Pero creo que no. Parece que no hay demasiado rastro de batalla reciente por allí.
- ¿Y qué hacemos, jefe?
- Vamos a avanzar hacia la sede de Chamberí por las calles de atrás. Entraremos en Génova por arriba y así es posible que los sorprendamos -dijo.
De modo que el grupo de Romualdez regresaría a la Castellana para realizar la operación ordenada por su jefe.
- ¿Y qué hacemos ahora?
La visión era terrorífica: los dos jefes de policía de los distritos vecinos yacían muertos en medio de un colosal incendio que desintegraba sus cueros a una velocidad de vértigo. La columna de fuego seria visible en todo Madrid y la explosión habría sido percibida mucho más allá de los estrechos limites del distrito de Chamartín.
- Los dejaremos aquí, de momento. A lo mejor las llamas se encargarán de convertirlos en polvo... -repuso el conductor del coche de Sotomenor, y que se había erigido como el jefe de la operación.
- Sí. Estoy de acuerdo. Yo no estaba ahora por ocuparme del entierro...
miércoles, 29 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (433)
Pedía a continuación Raúl Brassens la guardia y custodia de Susana que -siempre, según alegaba en su contestación a la demanda- esta había pedido a su padre, dada la actual relación que su madre mantenía con Pachito, con el cual la niña no quería convivir.
Se explayaba después el escrito en las circunstancias de dicha relación, concluyendo que la misma constituía una imposición a Susana y que además no beneficiaba en nada al interés de la niña.
Si la petición -de guardia y custodia- no fuera concedida, subsidiariamente solicitaba el régimen de una custodia compartida entre los dos cónyuges, en dos periodos alternos -de febrero a julio y desde agosto a enero-, manteniéndose la hija en el domicilio conyugal, de modo que serian sus padres quienes entraran y salieran del mismo.
En cuanto se refería al capítulo de alimentos de Susana, la contestación hacia una estimación de gastos de colegio, transporte escolar y seguro medico, redondeando al alza la cifra resultante. Del mismo modo estimaba los gastos por suministro en la vivienda familiar, que resultaban en una cifra inferior a la que Raúl Brassens pagaría por alimentos de la niña. Y concluía que, si la custodia resultante de la sentencia fuera compartida, no se a abonaría pensión por alimentos, de forma que cada uno de los cónyuges pagara su manutención cuando su hija estuviera en su compañía.
Y la contestación entraba en lo que era el caballo principal de batalla de Raúl Brassens, el punto relativo a la pensión compensatoria. En ese aspecto el texto redactado por Jacobo Cobo era taxativo: no correspondía la misma. ¿Su justificación?, que no estaba acreditado que el divorcio producía en ella ningún desequilibrio.
En la demanda, Paula pretendía que había abandonado su anterior trabajo en Argentina al iniciar su convivencia con Brassens. Cobo alegaba que el documento que decía probarlo no proporcionaba dato que hiciera fe de dicha situación en cuanto a su procedencia o en cuanto a la exactitud de su contenido.
Y seguía la contestación a la demanda afirmando que la argentina ejercía una actividad comercial -su tienda de ropa-, a través de una sociedad en la que ella ostentaba una participación del 95%. La mención de las ventas que hacia el escrito del abogado de Brassens superaban en el año 2.010 la cifra de 135.000 euros. Y, si bien la porteña declaraba perdidas en esa negocio, aseguraba Cobo que su valor era meramente contable, ya que resultaba imposible realizar un control fiable en ese tipo de comercios.
En ese sentido alegaba que en la declaración que hacia la porteña en su IRPF del año 2.008, esta declaraba unos ingresos superiores a 100.000 euros, que se convertían en algo por encima de los 118.000 en el ejercicio siguiente. De lo cual, infería la contestación a la demanda, que una vez liquidada la sociedad de gananciales, Paula podría seguir realizando su actividad económica.
Unía también a ese punto Cobo, el devengo por el alquiler de la hamburguesería, por el que cada uno de los cónyuges seguiría percibiendo al cantidad de 800 euros al mes.
martes, 28 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (432)
En la noche de hoy
En la noche de hoy,
Después de hablar contigo,
Proclamo:
Que ya ha pasado el mejor momento del día,
Pero me queda,
El sabor largo de tu encanto,
Y tus palabras de campanillas,
-Una música de violines tenues-
De manera,
Que mi sueño será tu danza.
"Empieza un año maravilloso"
Me dices, pero no dices
"Para los dos",
Quizás por no decir
"Para nosotros"
Y yo me hago la ilusión
De que es posible esa palabra;
Y me pongo a pensar,
En la vida de "nosotros"
Pero soy un mal negocio, "baby".
El "comecocos" me roe por dentro
Y asoma a la vista sus victorias
Que al cabo son mis derrotas.
¿Pero para qué decírtelo?
Esta noche, mañana
Y matar así la ilusión. .
Prefiero pensar
Con el agua de la ducha,
Que aún queda por vivir
Ese nocturno de palabras
De los minutos mágicos
A los que me aferro,
Porque advierto en ellos
La cálida cualidad de la esperanza
Y aventuro que sin ellos
Esa mi noche devenida oscura
Contamine el conjunto de mi día
Bilbao, enero de 2.008
lunes, 27 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (431)
Emergía de repente una figura bajita y rechoncha por entre los cubículos de la recepción de Chamberí. Estaba armado y usaba de un afable caminar sanchopancesco unido a su expresión simpática. Fue este sujeto quien advirtió la presencia de Jorge Brassens entre ellos.
- ¡Tú por aquí! -exclamó.
El aludido lo observó detenidamente. Sí. No podía ser otra persona.
- ¡José Ladrón de. Ajanguiz! -exclamó Brassens a su vez-. Si no llegaras a existir entre nosotros te habríamos tenido que inventar. ¿Pero no estabas en Palencia, con tus damnificados por la explosión de gas?
- ¡Ja! Ya se ve que hace tiempo que no hablamos, tío -dijo el aludido, entre divertido y sarcástico-. Ya sabes que lo que a mí me gusta es la bulla, camarada. De modo que me planté en Madrid. Y como tengo conocimientos de la técnica del disparo, por la caza menor, ya sabes, me captó Damián Corted paa esta operación.
- Pagado, supongo.
- Tarde, mal y, a veces, nunca. Como también sabes, nunca he tenido mucha suerte con los negocios...
- Ya. Y habéis venido a repeler la agresión contra Chamartín... -avanzaría Brassens.
- ¡Yo no sé nada, tío! -exclamó José Ladrón de Ajanguiz con expresión indiferente-. A lo mejor de esta salgo con una buena chuleta en la trípa... ¿Qué más podemos pedir en esos tiempos!
- ¿Y Damián no te ha explicado nada de lo que venias a hacer aquí?
- No. Solo me dijo que reclutara a unos hombres y me los llevara con él a esta sede, que después nos darían instrucciones...
- ... instrucciones como dejar frito a tu amigo y a su mujer, por ejemplo -dijo Brassens con un punto de amargura.
- ¡Coño. Erais vosotros los del coche, claro!
- Que yo sepa no ha venido nadie más esta noche.
- ¡Qué cabrón! ¡Nos había dicho que llegaba el enemigo! ¡Y, claro, yo no sabía nada!
Indignado como estaba Ladrón de Ajanguiz empezaría a girar sobre sus pies.
- Le voy a decir un par de palabras a ese tipejo...
- No. No vas a hacer nada de eso -repuso Brassens con firmeza-. Me has dicho que los hombres no son en realidad de Corted, sino tuyos...
- Así es. Y les he ordenado a que disparen sobre vosotros -dijo Ladrón de Ajanguiz con gran pesar.
- Pues asegúrate de que te sigan obedeciendo. Seguramente que eso va a ser fundamental para que pasemos todos de esta noche.
- De eso no te preocupes, Jorge. Déjalo en mis manos.
Y entonces giró sobre sus pasos hundiéndose en el interior de la sede.
- ¿Qué vas a hacer? -le preguntó Brassens
- Asegurarme de que no se va a mover nadie.
viernes, 24 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (430)
Y la contestación a la demanda de la argentina continuaba refiriéndose al capítulo de los vehículos. Y aseguraba el escrito de Cobo que Paula omitía en su alegato que, de los tres vehículos utilizados por la "unidad familiar¡, dos de ellos -los todo-terreno- lo estaban a nombre de ella y solo el tercero a nombre de Raúl.
Desmontaba el escrito del representante legal de Brassens que el capítulo de ingresos de este tuviera una mayor entidad que el sueldo mensual que percibía de su actividad profesional. La argentina había realizado un calculo que excedía en un orden del 30% de la remuneración adjudicada a su todavía marido en su empresa.
Añadía a ese concepto Cobo, la supuesta "fantasía" de la porteña al atribuir beneficios extraordinarios de Raúl, que no estaban acreditados de ninguna de las maneras.
Y Paula pretendía que de esa supuestamente magnifica situación económica de su marido se derivaban los viajes que la pareja en compañía de su hija realizaban a Argentina. Era cierto que dichos viajes habían quedado suspendidos, -seguramente que debido a la distancia de la pareja, en especial de la que producía la porteña en relación con su marido a partir se la nueva relación con Pachito y no de la falta de recursos de su marido-. En todo caso, los únicos viajes que realizaban eran los desplazamientos a la localidad catalana y durante la temporada de aciones estivales.
Señalaba la contestación también que, de los dos prestamos hipotecarios constituidos por el matrimonio, el de su vivienda se había cubierto a través de la venta de un inmueble adquirido con dinero privativo de Raúl Brassens, circunstancia que -aseguraba el escrito- conocía la demandante. Y que el crédito que pagaba el local comercial en el que Paula desarrollaba esta actividad seguía devengando una cuota mensual algo superior a los 400 euros.
Una de las argumentaciones capitales de la aún señora de Brassens era que su marido disponía de alguna cuenta en el extranjero, supuesto que Cobo desmontaba de modo contundente. En su confusión, a la que se sumaba su ausencia de datos concretos, había incorporado a su demanda la argentina unos seguros de vida contratados a favor de la hija de Raúl, habida en el primero de sus matrimonios. Lo que sí incorporaba este en la contestación a la demanda era el contrato de alquiler que satisfacía Brassens a su hija de un apartamento en Londres.
Y lo que también alegaba Brassens era que, del negocio que regentaba su mujer, nada se había entregado a la sociedad de gananciales por parte de esta.
jueves, 23 de agosto de 2012
Intercambio de solsticios (429)
Dos manos
Pudo ser una noche funesta,
Como cumpliendo con un rito
-Artificialmente,
Sin poner en eso
Ninguna pasión,
Ajeno además al cariño
Que ponemos en esas ocasiones-
Coloqué mi mano sobre la tuya
Mientras que dirigía
Mi corta mirada
Hacia la pista de baile
Y tú no moviste
Siquiera un músculo.
Entonces retiré mi mano
Y te hablé de política
-De una cosa cualquiera,
Por lo tanto.
¿Cuánto tiempo pasó
Hasta que, de repente,
Te llamaba todas las noches
Y te mandaba mensajes por la mañana?
¿Dos años
Que transcurrían
A la distancia
De dos amigos
Que pueden ver pasar
Más de 400 horas
Sin llamarse,
Y apenas se recuerdan?
Pero aún no tenía tu permiso
Para esta serenata
De llamadas
Y mensajes
Y te lo pedí.
Estábamos
Sentados en tu coche
Junto a la casa de mi hermano.
Te alegraste de la pregunta
Y me ofreciste tu consentimiento.
Entonces yo te apreté
La mano
Con la alegría
Del que no se siente
Rechazado,
Quizás.
Cerraste un poco tus dedos,
Y en la oscuridad de la noche
Tal vez
Me ofrecieras
La más cariñosa
De tus sonrisas.
Bilbao, febrero de 2.008
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