jueves, 15 de enero de 2026

Las mil y una batallas de Guillermo Gortãzar

Se nos ha ido Guillermo Gortazar en un frío día de este invierno de Madrid, una estación insolente que en ocasiones se diría que acecha a los que ya ni siquiera cuentas las semanas antes del desenlace final, porque ya sólo les quedan días, acaso horas, al enfermo terminal.


Se nos ha ido en el silencio, lo que supone un singular contrapunto a su inveterada locuacidad. Porque cuando Guillermo estaba en una reunión se sabía de él, se oían sus risas como coda final de alguna explicación de no importa qué comentario.


He puesto a este obituario el calificativo de las mil y una batallas. Y es que Gortázar era un hombre combativo… de la palabra, naturalmente. Sentado lo cual no importaba qué causa hubiera que defender. Con tal de que fuera ésta justa, podía contar con su desinteresado apoyo. Y lo mismo se le veía al frente de la Fundación Hispano-Cubana, ofreciendo refugio al exilio y a la disidencia de ese tan maravilloso como abandonado pais. Lo hacía desde su sede de una casa antigua de la calle Orfila, donde congregaba a un amplio grupo de gentes que acudían a escuchar los versos declamados de poetas, las canciones o las soflamas políticas. Como se cogía los trastos para llegarse a Vitoria y congregar a los veteranos de pretéritas lides a la defensa del liberalismo fuerista, una especie de oxímoron que algún día creí entender y que ahora me parece cada vez más antitético. Por lo mismo que organizaba tertulias en el Nuevo Club para el análisis y la defensa de la monarquía, que era para él _y para mí- la mejor y quizás la única manera de defender la idea de la democracia en España. Una tertulia que derivaría en política y dialéctica, bien servida en los fogones del club de la calle Cedaceros y no menos bien regada por los caldos de su bodega.


Conocí y pude participar en todos o casi todos los proyectos a los que, con su tradicional generosidad, me invitaba Guillermo. Estuve en el patronato de la Fundación Hispano-Cubana, intentando de manera infructuosa que la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, nos recibiera, afín de apoyar las subvenciones que de aquella institución procedían. Pero resultarían vanos mis esfuerzos. Al otro lado de la línea telefónica contestaba un asesor -siempre te ponen a uno- que manifestaba que “la presidenta no tiene agenda”. Supongo que después de su abrupta dimisión de ese puesto era agenda lo que la sobraría, pero ya había dejado de ser útil para los cubanos que siguen luchando contra el régimen y la penuria de recursos a la que se ven sometidos.


Tuvimos entonces que pasar por la notaría para deshacer la fundación, no sin antes cerrar ese espacio de tolerancia y libertad que constituía su sede de la calle Orfila. Hay clausuras amargas, pero las que se producen en los lugares que un día integraron la esperanza y reconfortaron a los corazones que recuerdan lo que dejaron atrás, son las más penosas que pueden recordarse.


Como ocurrió con las tertulias del Nuevo Club, en cuya primera reunión tuve la osadía de reclamar la abdicación del Rey Juan Carlos, muy poco después de que se conociera su participación en la cacería de Bostwana, su affaire con Corina Larsen (zu Sayn-Wittgenstein) o sus problemas con el fisco. Algún pariente mío, presente en esa reunión, me observaría con una mirada un tanto circunspecta.


Participaría en esas tertulias hasta que mis complicadas digestiones me lo permitieron. Y de ellas surgirían nuevas relaciones o se renovarían contactos que poco menos que habían quedado en el olvido, como el del amigo Iñaki Ezkerra, con quien había compartido no pocos momentos de tribulación en nuestro Bilbao natal.


Y también yo le hacia partícipe de mis proyectos. Como el del foro 1876, que reúne a historiadores de la Restauración con descendientes de politicos de la época, lugar de encuentro en el que Guillermo nos presentaría su biografía sobre el Conde de Romanones.


Dedicaba Hayek su Camino de Servidumbre “a los socialistas de todos los partidos”, porque es cierto que el intervencionismo constituye moneda común en la derecha y en la izquierda. Pero también cabría, y qué mejor homenaje que éste en un obituario dedicado a la memoria de Gortázar, que referirlo a “los liberales de todos los partidos”. A esos que huyen del sectarismo y se instalan en el debate, a los que están convencidos de que el contrario cuenta con una parte de la razón, a los que reclaman la inteligencia y no la subordinación a las ideas propias. 


Pero Guillermo no era sólo una persona tolerante. También era un liberal de verdad. E infatigable, además. Dispuesto a seguir combatiendo mil y una batallas, aunque las perdiera todas -como el personaje de Cien años de Soledad-. Quizás las ganara todas, pprque no hay mejor victoria que la de un hombre que no se rinde nunca. Y esa era una característica de Guillermo Gortázar que me dejará siempre su recuerdo.







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