lunes, 12 de enero de 2026

El igualitarismo en España

Publicado por en la Voz de Lázaro, el 12 de enero de 2026

El historiador Carlos Dardé publicó en su día una recopilación de trabajos que había realizado sobre los años de la Restauración canovista. Le adjudicaba a ese libro el sugestivo título de “La aceptación del adversario”.

No existe mejor definición de las ideas abiertas que identifican a las democracias en relación con las autocracias que la propuesta en el señalado título. Cuando se acepta al adversario, comienza a comprenderse que uno no tiene toda la razón, lo que amerita la posibilidad de la alternancia política y, en consecuencia, admite como necesarios los controles externos al gobierno: parlamento, judicatura, en especial. Y otros: revisión de las cuentas, controles previos de legalidad…


No existe, sin embargo, un sistema perfecto, porque cualquiera de ellos depende para su eficacia de los seres humanos, imperfectos por definición. Y el poder para unos y el consiguiente alejamiento de los contrarios constituye un supuesto recurrente. Ejemplos en el señalado periodo histórico existen muchos, pero el más evidente, en mi recuerdo de lector de las páginas de la historia, es el de la coalición de las fuerzas de la izquierda dinástica y antidinástica, con el concurso del Rey, que dieron al traste con la experiencia reformista  de don Antonio Maura después de la Semana Trágica de 1909, cuya lógica contención no había sido objetada por el líder liberal, Moret.


Pero este comentario se refiere a otra cuestión. Y es ésta la del igualitarismo, que es asunto citado con frecuencia en los tiempos que corren, porque la idea de la igualdad remite de forma inevitable a la de justicia. No son, sin embargo, pacíficas las interpretaciones que se puedan plantear en torno de esa pretendida ecuación positiva. ¿Es más justa una sociedad más igualitaria?, ¿no ocurre, por el contrario, que en un sistema en el que prime la igualdad la iniciativa individual se resiente, y en lugar de crear una sociedad abierta a las ideas, a la creación de empresas y de puestos de trabajo estemos montando un sistema burocrático en el que la aspiración máxima de los jóvenes consista en convertirse en funcionarios?


En los finales del siglo XIX, que son los correspondientes al periodo señalado de la Restauración de la monarquía borbónica, después de la fallida y tumultuaria Primera República, España se nos antoja como un pais retrasado, ajeno a la idea del progreso y estancado en sus tradiciones ancestrales. Los pintores que visitaban esa España decimonónica trasladaban a sus lienzos las imágenes de toreros, curas y bailaoras de flamenco, y lo hacían con trazos oscuros, el color apenas hacía acto de presencia en sus paletas.


En esa España triste y gris, en la que las gentes se dirían atadas a sus yuntas -por utilizar la moderna expresión de una canción de Serrat- de por vida, Cánovas -según afirma el profesor Dardé- se refería a la modestia de su origen, semejante al de gran parte de los principales políticos españoles de su época, contraponiendo esta situación a lo que ocurría en Inglaterra, donde, decía el político, eran necesarias tres generaciones, al menos, para llegar desde la base de la sociedad a las más altas esferas del estado. Y, en lugar de mostrar entusiasmo alguno por tal igualitarismo, Cánovas lo juzgaba negativamente, señalando la dificultad de realizar un ascenso social tan rígido. "sin dejar ningún jirón de dignidad y honradez en la subida".


Dando por supuesto que aceptemos la reflexión de don Antonio Cánovas, quizás la podamos justificar en la idea de que Inglaterra, sometida a sus tradiciones como si de una segunda piel se tratara, es por definición una sociedad estratificada en unas clases sociales impermeables unas respecto de las otras. 


Pero no todos los autores están de acuerdo con esta tesis del político -e historiador- español, porque si la estructura social inglesa parecía inaccesible a la promoción, la fortaleza de la burguesía industrial proporcionaría a ésta el ascensor social necesario para la celebración de enlaces matrimoniales ventajosos con los hijos de procedencia aristocrática. Citaré el muy recordado caso de Jennie Jerome -más conocida como Lady Randolph Churchill-, madre del célebre Winston, que había nacido en el año 1854 en Brooklyn, y era hija de un multimillonario americano.


A pesar de la revolución, el caso francés no depararía la previsible igualación social más allá de la consideración juridica. Basta con asomarse a las páginas de la Recherche de Proust -que empezaría a publicarse en 1913- para advertir la abrumadora realidad de una sociedad cerrada a cualquier atisbo de progresión social. Y, sin ánimo de resultar exhaustivo, en Alemania , tanto el ejército como la política se encontrarían vinculados a la nobleza.


No deja de resultar cierto, sin embargo, que además de los orígenes de Cánovas, tampoco los del otro líder primigenio de la Restauración, don Práxedes Mateo-Sagasta, serían aristocráticos; los del citado don Antonio Maura en absoluto lo eran.


Se cumplía en ellos la reflexión que hacía el fundador de la Restauración. Evidencia práctica de que los estudios sociológicos no siempre se corresponden con las evidencias reales.


España, en contra de la imprudente idea que la serie Ena, de reciente emisión por la television pública manifiesta, no era “un pais de bárbaros”. Tampoco un pais de cigarreras, toros y duelos a navaja, como en el Carmen de Bizet. Tendríamos, eso sí, una burguesía débil, una economía basada en el sector primario y una elevada tasa de analfabetismo.Viajarían los barcos cargados de jóvenes que perseguían un futuro mejor en Méjico, Argentina o Venezuela. Pero no se experimentaba en nuestro país la hambruna que empujaría a la emigración de unos dos millones de irlandeses a los Estados Unidos.


Ni más iguales, ni más desiguales. Diferentes, seguramente.





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