domingo, 15 de febrero de 2026

Vox y el PP después de las dos primeras elecciones autonómicas

Han concluido los dos primeros procesos de primarias con los que el PP pretendía poner en evidencia el deterioro del gobierno Sánchez, por una parte, y confirmar la hegemonía de su partido en el ámbito de la derecha, por la otra. El hundimiento del PSOE ha tenido lugar de manera evidente, pero el partido de Feijóo no ha ampliado -sino al contrario- su ventaja respecto de Vox, que crece por encima de sus expectativas.


Y permanece instalada en la sede de Génova la preocupación de lo que deban hacer con el partido que preside Santiago Abascal. En Aragón lo han intentado todo, desde no referirse a esa formación hasta invitar a Tito Alves a que clausure su campaña. Saben que tienen un problema, pero desconocen como exorcizar el diablo que lleva dentro.


Porque es cierto que Vox nació como una respuesta de valores y principios, netamente de derechas, pero dotado de credenciales democráticas frente a un Partido Popular que parecía haber enterrado sus ideales en la tumba de la gestión ayuna de ideología de Rajoy/Montoro. Los fundadores de Vox habían ostentado cargos relevantes en el PP. Como Vidal Quadras, expresidente de este partido en Cataluña y también del Parlamento Europeo, también en las listas de aquella formación política; Santiago Abascal, que fuera presidente de Nuevas Generaciones -por cierto, cuando Pablo Casado militaba en esa organización juvenil- y también por cierto, compañero de escaño del que firma este comentario en el Parlamento Vasco.


La deriva de ese partido, sin embargo, se parece poco a sus orígenes. Abrazado a otros movimientos populistas, Vox ha segregado de su militancia a quienes consideraron un día que la derecha española precisaba de un rearme de valores, sin mengua de la defensa de la democracia liberal, como ocurrió en el caso de Iván Espinoso de los Monteros. 


Hoy ya, Vox es el partido antisistema. Está en contra de la inmigración y aplaude las acciones de la agencia federal ICE de Trump, es crítico respecto de las propuestas de integración europea que refuercen la conversión de la UE en un relevante player internacional, se ausenta en los actos que preside S.M. el Rey, quizás porque lo considere blando


Se podrá criticar a Vox por estas y otras formulaciones. Pero conviene que no nos engañemos en el diagnóstico, so pena que la respuesta que ofrezcamos a su crecimiento se instale en el error. Hoy Vox, como ayer -en otro ámbito muy diferente del espectro político y desde propuestas muy distintas- Ciudadanos, constituye la expresión de un hastío popular al que ninguno de los dos partidos que forman el arco de bóveda del sistema español se ve capaz de solucionar. No, desde luego, el partido de Sánchez, cuya obsesión por el poder y la protección que de éste emana en torno de quienes lo tienen ha alcanzado niveles cercanos al paroxismo; pero tampoco el PP, que no deja de ser un partido sistémico al que se le pueden -y deben- endosar buena parte de las críticas que recibe el PSOE.


En esa España cuya urdimbre se va deshilachando día tras día, en la que el ascensor social ha puesto cartel de “averiado”, dejando a los jóvenes sin otra perspectiva que vivir el presente; en que los trenes descarrilan o llegan tarde y nunca; en que la vivienda, de alquiler o compra, alcanza precios astronómicos en los lugares de las ciudades en las que las gentes quieren vivir; en que las Comunidades Autónomas apenas se coordinan entre ellas y con el Estado para combatir las catástrofes más o menos naturales, porque algunas de ellas alcanzan a la responsabilidad de las Administraciones, y no sólo de la naturaleza; en que las listas de espera de la sanidad pública se calculan en trimestres o semestres; en que no se encuentra interlocutor, menos por lo tanto solución, al otro lado del teléfono en los servicios públicos… en esta “España sin pulso”, que decía Silvela, pocos confían en que el Partido Popular -por muy bienintencionado que lo sea- pueda resolver esos vicios instalados en nuestra piel de toro como si se tratara de una segunda o tercera capa epidémica.


¿Y qué decir de las reformas de calado? De una ley electoral, cuya modificación seguramente traería complicaciones que no se advierten y que la convierten casi en objeto de culto. De un poder judicial, al que también el PP querrá controlar. De un parlamento convertido en circo romano de comisiones de investigación y de mero instrumento para el acoso y derribo, recelando tanto el PSOE como el PP de su debate y control. De las pensiones, que no querrán tocar porque ahí se encuentra buena parte de su base electoral. Del agua, las sequías, las inundaciones y los pantanos. La inmigración, tan necesaria como denostada…


Preferirán entonces los de Feijóo actuar con Vox como lo hicieron con otros partidos que surgieron en su ámbito electoral y desaparecieron por motivos diferentes. El CDS de Suárez, carente de programa y convertido en fotocopia del partido refundado por Aznar. La “operación reformista” de Roca y Garrigues, que sólo sirvió para engordar los votos convergentes en Cataluña. UPyD, que moría víctima de la patrimonialización de algunos de sus fundadores. Y Ciudadanos, quizás el intento más serio de crear un partido reformista y liberal en la España más reciente, que se apagaba cuando su presidente fue incapaz de actuar sobre la realidad de los votos, prefiriendo a éstos la quimera de sus sueños.


Esperar a que desaparezca el elefante de su habitación… lo malo para ellos -y para nosotros también- es que sigue creciendo. Haciendo además bueno el lema del PP de Azcón en las tierras aragonesas, de forma imparable.


Por supuesto que, entretanto, tendrá que negociar con ellos. Pero ese es otro problema…

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