Publicado en La Voz de Lázaro, el 8 de febrero de 2026
Apenas van apagándose los dias en los que el breve recuerdo de la figura de don Antonio Maura, con ocasión del centenario de su fallecimiento (13 de diciembre de 1925), nos han dejado el sabor de boca de la obra de un hombre que se desplegaría en tantos ámbitos, que se diría hasta inimaginable quë fuera posible en una sola persona. Llegan hasta nosotros los ecos de su trabajo político -el más público y notorio-, pero hubo también el Maura jurista, el Maura académico -director- de la Academia de la Lengua o el Maura artista -sus días terminaron en Torrelodones mientras pintaba una acuarela-. No en vano, el empeño de “emplear bien el tiempo”, presidía su existencia, lo que explica sus madrugadores esfuerzos para asi acometer las tareas pendientes de la jornada -se levantaba, según sus biógrafos,a las 4 de la mañana.
En el ámbito de la política existen fases diferentes a lo largo de su vida. Está el Maura vigoroso, dispuesto a cambiar España “brutalmente”, que es el de la ”revolución desde arriba”, hasta el Maura abatido por una deriva de descomposición que pondría al país en manos de los militares (“que gobiernen los que no dejan gobernar”). Una dictadura, la de Primo de Rivera -pronosticaba también-, que nos conducirá hasta “la casa del pueblo”, después de un tiempo de apariencia democrática -la República.
Centro de la amargura del Maura del “por mí no quedará”, que fuera el presidente de los tres breves Consejos de Ministros que protagonizaría antes del advenimiento de la dictadura, lo serían los liberales, que no estaban dispuestos a rectificar después del asedio contra su Gobierno Largo (1907-1909), en connivencia con las fuerzas antisistema que eran los republicanos y el trust de la prensa; el caciquismo, que era preciso “descuajar”; el ejército, al que habría que reformar de sus tentaciones involucionistas; a los sectores más acomodaticios de su partido, los “idóneos”, dispuestos a turnar a cualquier precio con tal de acceder al poder; y al propio Rey, que le abandonaba en el primer revés de su manato.
Pero el Maura de las reformas lo fue de tal consistencia que, en apenas tres años de su principal acción de gobierno inundaría las Cámaras representativas (entonces no se utilizaba, como ahora, el abusivo procedimiento de los Decretos-Ley que, sobre una pretendida justificación de urgencia, esconden en realidad la voluntad de hurtar al parlamento su consideración y debate), de tal envergadura que, según el historiador Juan Pablo Fusi, dejarían sin margen de maniobra a los liberales. De ahí al “Maura no” quedaría un breve paso que no dudarían en franquear.
Se ha hablado mucho de la politica social de don Eduardo Dato, pero es menos conocida la preocupación en este ámbito de don Antonio Maura. Quizás oculta entre las medidas políticas y navales que han llegado con mayor nitidez hasta nosotros: la ley electoral, la nonata ley de régimen local o las tres leyes concernientes a la Armada de guerra -necesarias éstas para un pais peninsular que ya había experimentado la derrota del Desastre de 1898.
Ese Maura social se reflejaría en iniciativas como la creación del Instituto Nacional de Previsión, precedente de la Seguridad Social, que nacería con aportaciones voluntarias de trabajadores y empresarios, y del Estado, y que después experimentaría una notable expansión; la ley del descanso dominical, que sería acogida desde la animadversión o la indiferencia de extraños y propios, aunque contaría con el apoyo del PSOE; la ley de huelga, que se basaba en el reconocimiento del derecho de propiedad del trabajador sobre sus horas de trabajo; o la ley sobre el salario mínimo, que sólo pudo discutirse en el Senado.
Consistía este Maura social -como el Maura político- en que su propuesta reformista adecuara a España a un sistema democrático, reforzando el ámbito de representación ciudadana que permitía la Constitución vigente -la de 1876- y situara al Rey en una función simbólica e integradora -a la manera de la figura de “Rey de todos los españoles”- y redujera su ámbito de actuación como Rey político, que le haría deudor y acreedor de los errores y aciertos propios y de terceros gobernantes.
Habrá que concluir que constituyen “rara avis” este tipo de gentes. Quizás por eso se distingue al político del estadista. Que son, estos últimos, quienes perciben con adecuación el momento histórico que atraviesa su pais, identifican las reformas necesarias y se dispone a acometerlas sin vacilación. Personas para quienes el poder no constituye un fin en sí mismo, sino un instrumento para realizar los cambios necesarios.
Será preciso consultar un Libro Guinness de los récords politicos nacionales para conocer si fuera esta etapa -¿quizás el advenimiento de la Segunda República o la más reciente transición democrática- para conocer cuál fue el periodo de gobierno con mayor intensidad reformista, legislativa y de gestión. Pero resulta notorio que la que ocurrió en España en aquellos atres años no le va desde luego a la zaga. Porque -de la misma manera que los otros dos casos citados- lo que pretendió Maura fue un verdadero cambio de régimen.
La conjunción de los peores instintos -los mediocres, los rastreros- de políticos que quedaban ayunos de programa, y de gacetilleros -que no periodistas- a quienes no se les ofrecían las dádivas de las gratificaciones oficiales -los “fondos dé reptiles”-; unidos todos a la connivencia de un Rey que, según el historiador Romero Maura, sólo quería recuperar el poder… darían al traste con operación de tanta envergadura.
Es verdad que ese gobierno cometió errores. El más significativo el de enviar a los reservistas -padres de familia, muchos de ellos- a combatir a Marruecos. Lo que, activado por quienes sabían y podían hacerlo, condujo a la Semana Trágica.
Pero esa es otra historia.
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