domingo, 8 de marzo de 2026

La política según Miguel Maura

 Publicado en La Voz de Lázaro, el 8 de marzo de 2026

El esfuerzo personal del director de la Fundación Antonio Maura, y de esta misma entidad, ha conseguido rescatar las memorias del hijo del político mallorquín, Miguel Maura, que llegaría a ser ministro de la Gobernación en el gobierno provisional de la Segunda República española.


Era en el mes de junio del año 1902 cuando, instalado Miguel en la localidad suiza de Vevey -según relata su nieto, el historiador Joaquín Romero Maura-, recibía carta de su padre. Para su sorpresa, en lugar del acostumbrado relato de las noticias acaecidas a la familia y a las acostumbradas admoniciones que los progenitores acostumbraban administrar a sus hijos, el escrito de don Antonio constituía una singular confesión que Miguel no llegaría a entender del todo. Porque su padre le hablaría en ella acerca de sus inquietudes personales. La política o la abogacía, el servicio a España o la vida tranquila y bien remunerada procedente de un despacho boyante. Es sabido que el hombre de Estado mallorquín elegía los sinsabores procedentes de la actividad pública, que no serían pocos a lo largo de una intensa vida dedicada a su país.


Regresarían años más tarde, padre e hijo, de una cacería, allá por los tiempos de la Dictadura del general Primo de Rivera, cuando amparados por ese espacio íntimo que los automóviles ofrecen a sus ocupantes, Miguel recabaría de don Antonio el motivo de su carta de 1902. Referido éste, Miguel nos relata la conversación que seguía a continuación.


No es importante a los efectos de este comentario conocer la exactitud del contenido de aquella conversación, ni siquiera si ésta aconteció. Interesan, eso sí, los comentarios vertidos por Miguel en forma de reproches -por supuesto amables- que le hacía entonces a su padre. 


“Si en 1903 -siempre según Miguel Maura cuenta que le diría a don Antonio- lanzas tú mismo, y no nosotros, los mauristas, el movimiento de 1913 y llamas sin descanso a la opinión para esa Revolución desde arriba, que querías hacer, estate seguro de que los partidos del turno, en aquel momentos acéfalos y divididos, hubiesen desaparecido y, con ellos, los caciques. La opinión dormida hubiese despertado y te hubiera seguido. Tu fuiste toda tu vida un liberal y un demócrata, no sólo convencido, y fanático y fuiste a ponerte al frente de los que detestaban al liberalismo, como lo están demostrando ahora con la dictadura. Y aún más la democracia, que es al pueblo al que desprecian profundamente. Era un contrasentido absurdo que no podía dar fruto. Claro que eso se ve hoy y no se veía entonces, pero reconoce que tengo razón”.


Seguiría a la afirmación de su hijo, la reflexión de don Antonio respecto de la incapacidad de asentamiento y estabilidad de la República en la primera de sus versiones -la única que había conocido el político mallorquín-, un quiebro en la conversación entre padre e hijo que no hace al caso a la motivación de este comentario. 


Sí importa, en cambio, y aporta además, la reflexión del miembro del gobierno provisional de la II República acerca de la mejor manera de “descuajar” el caciquismo y realizar la “revolución desde arriba”. Esa apelación directa a la “opinión” que reclamaba a posteriori Miguel a su padre podría quizás resultar aplicable en estos tiempos híper-conectados que vivimos en la actualidad, en los que las redes sociales acaban sustituyendo a las sedes de los partidos, en los que una formación política puede crearse en plazos de meses y en los que la información ha sido desplazada por el mensaje contenido en un tweet. 


Pero resultaba poco menos que impracticable en aquellos tiempos de caciques, redes clientelares, gobiernos haciendo las elecciones desde la Puerta del Sol… y lo demuestra el hecho, ameritado por los historiadores, de que el Maura ministro de la Gobernación de Silvela que había organizado unas asombrosas elecciones limpias en el año 1902, debió encargar a Juan de la Cierva la conveniente preparación de unos comicios que le proporcionarían una más que cómoda mayoría absoluta con la cual afrontar el ambicioso programa de reformas de su gobierno largo (1907-9).


¿Alguien piensa que ese gobierno Maura habría sido posible de no existir un partido conservador que le prestara su apoyo, que le siguiera como líder, a pesar de las corrientes datista y villaverdista? Seguramente ni siquiera Miguel Maura lo hacía, cuando se daba cuenta de que sus magníficas pretensiones se estrellaban contra la realidad tozuda de los hechos, cuando, en las elecciones a Cortes Constituyentes de1931, pensaba que obtendría entre 120 y 130 actas -se lo dijo a Chapaprieta, que dirigió la campaña del partido de Alcalá Zamora y Maura- cuando sólo obtendría 22 diputados.


Otros eran los tiempos, pero reseña la historia también que el único gobierno que no logró mayoría susceptible de permanencia a lo largo de la Restauración fue el de su padre, en 1919. No bastaría estar en el gobierno y fabricar las elecciones para obtener el poder y conservarlo.


Revela la reflexión que Miguel Maura hacía a su padre la ingenuidad impulsiva que caracterizaba al personaje, lo hacía simpático para muchos y antipático para la mayoría de los que preferían el orden de los tiempos pasados a la estabilidad democrática que proponía Miguel Maura y que no pudo garantizar en ese país desbordado hacia las izquierdas. Una República en la que no creyeron las derechas, dispuestas a regresar a los viejos tiempos, y un socialismo para el que el sistema inaugurado en 1931 suponía sólo una estación intermedia para llegar a su pretendido destino, la revolución.


No fueron aquéllos, no lo son éstos, tiempos para políticos ilusos. Los desplaza siempre la realidad.







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