Pedro Herrero y Jorge San Miguel han escrito en "Extremo Centro", que "la izquierda ha detectado que enfrente no existe ninguna resistencia cultural, filosófica o social ante las operaciones de derribo que ha iniciado. Lo único que se han encontrado es un conjunto de trabajadores muy listos que han decidido estudiar carreras muy difíciles para ganarse bien la vida, pero que no presentan batalla alguna por el espacio público. Hay quien empieza a repetir la milonga de que «las televisiones y los grupos mediáticos están en manos de la izquierda», pero lo cierto es que, si mañana entregáramos todas las televisiones y todos los grupos de comunicación a la no izquierda, ésta no sabría con qué contenido cultural llenarlas. Cada vez que la derecha ha llegado al Gobierno, ha renunciado a crear, o no ha sabido, instituciones culturales acordes con su supuesta visión del mundo y ámbitos de prescripción en defensa de sus valores".
La cita, no por extensa, deja de ser más adecuada. Toda vez que constatamos que el PSOE se ha convertido en la principal organización político-institucional española, dotada de una enorme capacidad de ocupación del poder y de sus instrumentos conexos (empresas públicas, organismos de control, medios de comunicación y hasta del mal llamado "sector progresista" del poder judicial) y en la que cuesta notable esfuerzo notar la fijación de lineas rojas en su comportamiento, habrá que advertir si existe algo que se le oponga en términos, no de alternancia, sino de alternativa. Porque una cosa no es la misma que la otra (don Antonio Maura definía el turno de partidos que operaba en el régimen de la Restauración de 1876, como el mero cambio de postura que se produce entre los que sestean).
Que el PP no es una engrasada maquinaria de poder equivalente a la socialista no es cuestión precisamente dudosa, basta para su acreditación como tal recordar la lamentable campaña de las elecciones generales pasadas en la cual este partido dio por hecho el resultado positivo una semana antes de su celebración y abandonó en consecuencia la lucha activa por el voto. Renunciar a presentar -a ser- una alternativa y dedicarse en lugar de eso a dormitar en la oposición, esperando a que llegue el momento de suceder al gobierno, es a lo que nos viene acostumbrando el Partido Popular desde los tiempos de Mariano Rajoy. Además de las oportunidades perdidas de poner a punto el sistema del 78, que empezaba a evidenciar una serie de disfunciones (entre las cuales, una ley electoral que, en ausencia de mayorías absolutas, un supuesto de no fácil consecución, se abandonaba la gobernabilidad del país en manos de quienes no creían en éste, y tantas otras), que convertían al PP en un partido equivalente del socialista, de modo y manera que hacía las mismas cosas que éste, aunque más tarde, y sólo servía para asear la situación económica después del despilfarro y la prodigalidad habituales entre los socialistas, en especial en beneficio de sus gentes. Mellizos en el reparto de prebendas hacia su grey, los populares de Rajoy tenían poco que ver con el proyecto centrista y liberal de Aznar, quien sí supo ofrecer un proyecto alternativo al deterioro económico, político y social que presidió la última etapa de los gobiernos de Felipe González. Sin embargo, todo hay que decirlo, tampoco la mayoría absoluta de Aznar en el año 2000 sirvió para reforzar la separación de poderes y la independencia del poder judicial, que ahora tanto se reclama desde este partido.
El modelo cultural de la izquierda, elaborado en los campus universitarios americanos, está construido ahora a base de deconstruir la sociedad en la adición de minorías, otrora marginales y desprotegidas respecto del modelo tradicional antaño predominante. Si los WASP (o blancos, anglosajones y protestantes) representaban un determinado modelo compositivo de nación. Los negros deben conseguir un lugar en la comunidad que no sólo les iguale al conjunto de ésta, sino que exige ese mismo patrón de procedimiento a toda la sociedad: una indemnización en metálico que compense a las generaciones actuales -por supuesto- de las vejaciones y agravios padecidos por sus ancestros en tiempos de la esclavitud y de la segregación. El "Black lives matter" no es manifestación de la equiparación de la vida de los negros respecto de las otras razas, antes bien, se trata de reequilibrar la historia de modo que sean los afroamericanos quienes reclaman a los blancos que pidan perdón y que se sometan a ellos. Se llega al caso ridículo por el que artistas de color caractericen a los aristócratas ingleses del siglo XIX en algunas series televisivas.
Otro tanto ocurre con el "Me too", que no sólo anatematiza conductas que se produjeron generalmente en otros tiempos y cuya compensación correspondería en todo caso a los tribunales de justicia. Este movimiento entronca con el llamado empoderamiento de la mujer y su rehabilitación y se produce de manera general a través del retroceso y la subordinación del elemento masculino que debería por lo visto lavar los pecados cometidos por sus ancestros. Como el "Black lives matter" no pretende el “Me Too”, un “win win”, sino un juego de suma cero, en el que lo que gane una raza se produzca a costa de lo que pierda otra muy concreta.
El movimiento LGTBI, por supuesto que susceptible de defensa y de protección debido a antiguas y actuales marginaciones, viene siendo objeto de atención como "colectivo", en el que se agrupan gentes de expresiones sexuales diversas, aparentemente unidas en torno a unas siglas y a una bandera, aunque tal agrupación contenga a gentes de orígenes sociales, opciones ideológicas y aún prácticas sexuales diferentes, unidas todas en relaciones afectivas o esporádicas, en todo caso distintas de las tradicionales. Al igual que en los otros movimientos se pretende desafiar esas opciones tradicionales como perversas o, como mínimo, casposas, adjudicándolas también el despectivo calificativo de “homófobas”, de modo que se deberían batir en retirada ante el definitivo auge de los hábitos sexuales -¿para-ideológicos?- del poderosísimo “colectivo” que se envuelve en la bandera del arco iris.
Quedan en estas propuestas enterrados los sueños de igualitarismo que constituían la pretensión original de los movimientos socialistas. Desde el momento en que se reivindica la restitución de los preteridos derechos de las minorías que componen la amalgama de los nuevos desfavorecidos a costa de los privilegiados, que lo son no necesariamente por su situación económica dominante, sino por el solo hecho de ser varones, heterosexuales y blancos, la equidad se transforma en una quimera, rápidamente olvidada por los pensadores de los campus americanos pertenecientes a la “nueva izquierda”.
No acierta sin embargo la izquierda en el disparo. Una persona bien podría formar parte del acosado ahora grupo de los blancos, anglosajones, varones y protestantes, y residir en la ciudad de Detroit, ciudad que se declaró en bancarrota en el año 2013 como consecuencia de la crisis producida en la industria del automóvil, el principal motor económico de la zona. Podría muy bien este wasp malvivir de las exiguas ayudas públicas que proporcionan las administraciones estadounidenses o limpiando los coches que antes ayudaba a construir con un salario digno ahora a cambio de alguna propina.
Quizás por eso -como señala Andreas Reckwitz en “The end of Ilusions”- haya surgido como consecuencia de las proclamas izquierdistas y la crisis padecida por los sectores económicos tradicionales, una respuesta populista expresada por una clase trabajadora y media no cualificadas, que se ven atemorizadas ante los tiempos que están llegando, y que prefieren a Trump antes que a un “establishment” representado por el octogenario Biden o la otrora incombustible Hillary Clinton.
Sobre esta -y otras- adición de diversidades ha construido esa izquierda un modelo alternativo de sociedad sedicentemente multicultural al que ha adjudicado el apelativo de "progresista". No le haría falta calificar al no-modelo de la derecha de ninguna manera, pues carece éste de expresiones concretas, pero podría sin duda calificarlo la izquierda de reaccionario, cuando no de para-fascista. Se equivoca también, en este caso: lo que tiene enfrente es más bien la ausencia de oposición, un hermano gemelo que acaba, a destiempo, asumiendo las tesis social-comunistas, sin perjuicio de descafeinarlas levemente de modo que no desconcierten demasiado a su grey.
No puede ser objeto de este artículo el establecer posiciones alternativas al nuevo arquetipo de la izquierda en el ámbito cultural, ya que seguramente desbordarían los límites de un comentario a vista de pájaro como se pretende en éste, además de que requeriría de un estudio bastante más pormenorizado. En todo caso, para un liberal (o, por decirlo mejor, para alguien que pretende serlo) habría que centrar esa batalla en la radicalidad de la persona en sí misma, como sujeto de derechos y obligaciones, como principal actor de la soberanía nacional, como sujeto capaz de crear e inventar o -por qué no- dedicarse a la vida contemplativa o a tareas que el resto de la sociedad pueda no considerar esenciales.
Es la persona la que crea la familia, y decide si ésta debe ser -o lo resulta así- tradicional, monoparental, homosexual... la que elige tener, o no, hijos; y de hacerlo por prestación subrogada o adoptarlos. Es la persona la que arriesga y funda una empresa, compartiendo riqueza para otros y para él mismo (los beneficio de hoy son las inversiones de mañana y los puestos de trabajo de pasado mañana, decía el ahora añorado socialdemócrata, Helmut Scmidt); por eso debería esa cultura alternativa a la de la izquierda respetar al empresario y valorarlo como lo merece.
La batalla cultural llama a la defensa de la libertad frente a los que levantan muros, cierran fronteras, anatematizan al disidente y expulsan al extranjero. Hunde sus raíces en la Ilustración y el progreso, entendido éste como una idea que consiste en compartir cada vez más con cada vez más gente. Que pide una educación de calidad, el retorno de la meritocracia y la solidaridad intergeneracional.
Toda vez que el PP ha integrado cuadros e ideas -estas últimas habría que someterlas a comprobación- procedentes del partido liberal Ciudadanos, bien podría asumir buena parte o la totalidad de estas propuestas; o, cuando menos, presentar las suyas propias, que seguramente no serían otras que un cóctel integrado por tres partes: una de humanismo cristiano, otro tercio de conservadurismo más o menos rancio y una tercera parte final -administrando unas gotas- de liberalismo.
Sin embargo, confío poco en la amalgama que es el Partido Popular y sus dirigentes. Gentes de procedencias diversas sólo unidas por la apetencia del poder, dispuestas a gestionar razonablemente la economía y ayunas de cualquier idea de reforma y transformación. A eso ha llegado el partido que reformó Aznar y descafeinó Rajoy.
Pero, volviendo a la tesis expresada en la cita que encabeza este artículo, la verdadera tarea pendiente -la “revolución” a operar “desde arriba”, que decía don Antonio Maura- en el PP consiste precisamente en dotarse de valores propios que sirvan de prescriptores de un modelo de país que tiene poco que ver con el “wokismo” de la izquierda y sí mucha relación con los criterios expresados en los Tratados de la Unión Europea: las libertades individuales, el estado de derecho y el derecho al bienestar. Una sociedad de “libres e iguales”, como pretendíamos en el último, y lamentablemente agotado, partido liberal que hemos conocido en España.
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