jueves, 3 de febrero de 2011

Intercambio de solsticios (127)

Y Jorge Brassens se alejaba de allí con su chaqueta clásica, en dirección a la parada de metro y volviendo a notar el denso calor de esa tarde de verano madrileño, agotador.
Se llevaba consigo la serenidad de su primo, su lucha por vivir, su aceptación resignada de un tratamiento que ya empezaba a hacer estragos en su organismo… aunque no en su cabeza, en su ánimo. Y pensaba que todavía no se había escrito la última palabra de aquella enfermedad, que solo se muere cuando uno acepta la muerte como algo inevitable, cuando deja de luchar por vivir. Y Javier tenía muchas razones para vivir, y eran tres las más importantes: tenían nombres de mujer.
Recordaba sus planes para el verano: dependían de las sesiones de quimioterapia. Pero había un viaje a Alemania que tenía que ver con alguna celebración religiosa. Situado frente a una más que evidente posibilidad de encontrar un fin cercano a su vida mortal, Javier prolongaba su vida en la inmortalidad del alma y eso le proporcionaba seguramente buena parte de la serenidad que demostraba.
Luego vendría Comillas. Aún no había viajado en coche tanto tiempo, pero pensaba que aguantaría. Necesitaba ese sol y ese agua del Cantábrico, aunque no pudiera recibirlos directamente. Ese mar batido por las olas recias del norte que un día les uniera en la playa de Ereaga o de Plencia o de Sopelana. Conducidos por sus padres o por el chófer de alquiler al que un día llamarían Prudencio Prudente –¿o era su verdadero nombre?- que tenía la extraña costumbre de quitarse los zapatos y los dejaba en el suelo del coche para guiar el inevitable Seat Milquinientos blanco con cartel de SP.
Estaba preocupado por él. Por ese chico que se encontraba con la vida en un guateque en Las Arenas, cuando la gente se pasaba un tanto y las habitaciones de la casa se poblaban de parejas. Ese chico que, tres años apenas más joven que él, le escribía una carta compungida ante lo que había visto, con esa letra redonda y clara, asombrado del descubrimiento de la pubertad. Porque tres años son mucho tiempo cuando se tienen apenas quince o dieciséis y tu primo ya tiene diecinueve.

Instalado en el refugio que le proporcionaban las montañas del bajo pirineo navarro, Jorge Brassens telefoneaba a su primo para conocer de su estado de salud, de su ánimo. Pero no contestaba. Le ponía un mensaje de texto de su móvil. Quizás debía pasar un día, quizás dos y la respuesta se producía. Estaba en Alemania. Todo bien. Todo en orden, dentro de lo que cabía esperar. Sí, se pondría en contacto con Brassens a su regreso a España.
También contaba con algún recuerdo de Javier Arriaga en ese pueblo. Era un fin de semana largo, el puente de la Constitución –o de la Inmaculada, según se prefiera-. Un amigo de Javier quería conocer el bosque de Irati y Jorge Brassens le indicaba que estaba allí mismo, que Arrechea era uno de los lugares en que concluía el bosque. De modo que se alojarían todos en el hotelito más cercano a la casa de Brassens y Lorsen. Y Javier invadía la cocina de los dos para hacerse sus huevos fritos y desayunar de otro modo a como la discreta dieta del hotel permitía.
O ese paseo que se daban con el Suzuki 4X4 que todavía conservaba Brassens, ascendiendo por el paseo de las Tres Hayas, donde quedaba atrapado por el barro de las lluvias y de las nieves del otoño.
- Son las ruedas –explicaba Javier Arriaga ante el suculento plato de paloma que les servían en el comedor del hotel.
Y también estaba ahí Pepe Izarra, amigo universitario de Brassens, funcionario en Bruselas, que estaba literalmente entusiasmado ante la decisión de Balduino de Bélgica de no firmar la ley de aborto que le había presentado su gobierno. Lorsen le explicaba, casualidades de la vida, que la mujer de Arriaga era sobrina de Balduino por la mujer de este.
Y ahora, otra vez en Arrechea, esta vez con Vic Suarez, Jorge Brassens recordaría esas pequeñas historias que forman la vida como las cuentas nutren los rosarios o las uvas se juntan en racimos. Recuerdos que se vienen a la memoria uno a uno, como se rezan las avemarías o se comen los frutos, como pequeñas muestras de un todo que se dirìa inacabable, si no supiéramos ¡ay! que de la misma manera que ese todo tiene un principio también tiene un final.

2 comentarios:

Sake dijo...

Las ruedas de nuestro vehiculo en el barro, patinando sin poder salir de el ¿que podemos hacer?. somos tan frágiles estamos tan a la merced de los elementos y de la salud que sólo podemos esperar ¡y tan indefensos!¡Oh Dios!.

BLANCA ORAA MOYUA dijo...

Escribes como los dioses, me planto ante tu post sin ganas de leer algo tan largo digitalmente y me embeleso, me dejo atrapar, se me acerca la cara al ordenador...
Además todo me resulta tan familiar!