Política y simbología en la monarquía
Publicado por El Imparcial, el 1 de marzo de 2026
El reciente trabajo de Charles Powell sobre la actuación del Rey Juan Carlos en política exterior (“El Rey Juan Carlos y la proyección exterior de España”) contiene muchas preguntas y se acompaña de no pocas respuestas acerca de sus casi 40 años de jefatura del Estado.
El argumento más importante de su libro lo constituye para mí la limitación en el ejercicio del poder -omnímodo- que recibía del general Franco, para limitarlo en una función moderadora, en la que la esencia del poder -la capacidad de adoptar las decisiones concretas- en nada se parecía a la que disponía su abuelo Alfonso XIII, limitado por las disposiciones constitucionales de la Carta Magna de 1876, si bien -todo hay que decirlo-, el decreto de disolución y las elecciones amañadas desde el Ministerio de la Gobernación, permitían con facilidad a Don Alfonso inmiscuirse en la vida cotidiana del país, nombrando gobiernos, modificando el liderazgo en los partidos, eligiendo altos cargos militares, dirigiendo más o menos indirectamente la campaña de Marruecos…
La acción política de Alfonso XIII desmajestizaría la Corona, la privaría de su función integradora, y la alejaría de esa impronta simbólica en la que reside el valor supremo de la monarquía. Es cierto que habría políticos que intentaron reducir las apetencias de un Rey regenerador -vale decir, intervencionista en la política-. El Rey encarna a la patria misma, llegaría a afirmar Maura, pero el esfuerzo del político de origen mallorquín se vendría abajo con los debates parlamentarios consecutivos a la Semana Trágica y concluiría con la experiencia de una verdadera reforma en profundidad del sistema, que no otra cosa sería el Gobierno largo (1907-9) de don Antonio Maura.
Pero Don Juan Carlos, de la misma manera que afirmaba su padre, don Juan de Borbón Battemberg, no sólo no quería ser un dictador coronado. Es cierto que los tiempos no estaban para eso, y que la mala experiencia de Grecia -tan cercana a él a través de Doña Sofía- le impulsaron desde su primer discurso ante las Cortes a proclamar su intención de convertirse en “Rey de todos los españoles”, lo que significaba, en otras palabras, dejar de un lado la política y subrayar su papel simbólico, no sólo compatible sino inherente al llamado poder moderador.
El plano de la acción exterior, sin embargo, ofrece también posibilidades para el ejercicio de la política. Los gobiernos internacionales cambian, sus jefes de Estado se renuevan, algunos -las monarquías árabes, por ejemplo- permanecen. Y es en este ámbito en el que el Rey -Don Juan Carlos, pero también Don Felipe- constituyó un importante activo que no es posible desdeñar, añadiré incluso que se trata de un lujo que un país mediano y situado en la confrontación permanente de su proyecto de nación -y de otros- no puede despreciar so pena de incurrir en un tremendo error.
Pero la línea que separa la política de la simbología se antoja muy tenue en el ámbito exterior. ¿Dónde concluye la segunda y da comienzo la primera en este escenario? Por poner un ejemplo: ¿la gestión en favor de los intereses de las empresas españolas en contratos exteriores, notablemente en los casos en los que los gobiernos de esos países tienen una singular influencia (Charles Powell cita en su ensayo determinados casos de monarquías árabes) es plausible o debería quedar desterrado? ¿Por qué se beneficia a unas empresas españolas y no a otras en esos casos? Por otra parte, ¿qué ocurre con la involucración del Rey con otro u otros jefes de Estado para desatascar conflictos políticos (el caso del presidente Zapatero con la administración Bush es conocido)?
En mi opinion, la prueba de limpieza en este orden de influencias deben darla dos órdenes de argumentos. El primero que cuenten con la petición del Gobierno, que es el único responsable de esas actuaciones, según señala el artículo 64 de la Constitución.
La segunda de las referencias con las que es preciso que actúen, tanto el Rey como los políticos es la menos precisa y desarrollada de las dos. Y la señala con precisión Charles Powell en su reseñada obra, se trata ésta de la dación de cuentas, la transparencia, lo que Maura consideraba la práctica política consistente en actuar con “luz y taquígrafos”. En este aspecto, un país en el que los agentes públicos actúan desde el exceso de la verborrea y la escasez de transparencia como es nuestro caso, lo cual se demuestra, por poner dos ejemplos, en que España sería uno de los últimos Estados de la UE en aprobar una ley al respecto, que su contenido ya sería considerado poco avanzado en relación con otros países y que su grado de ejecución ha padecido también de importantes titubeos; o -segundo de los ejemplos- que la aparatosa desclasificación de los papeles del 23-F por el gobierno ha puesto de manifiesto la singular vigencia de una Ley de Secretos Oficiales aprobada bajo el régimen franquista.
Cuanto más se aleje al Rey de la política y se le acerque a la simbología será menos el Rey de una parte y se hará Rey de todos los españoles. También de los españoles que no quieren serlo, aunque se incluya a los españoles que, o bien consideran que la forma de gobierno -o de Estado- republicana es mejor o más práctica que la monárquica, y a los monárquicos que, sin dejar de serlo, aspiran a tener un Rey que actúe según el dictado de sus políticas, esto es, insisto, que se desmajestice. Unos y otros se equivocan, los primeros porque de tanto tirar de la cuerda serán ellos los que se precipiten al abismo, los otros porque un Rey de parte sólo sirve a corto plazo; a largo plazo, incluso a medio, se convertiría en un instrumento prescindible, y fácilmente enterrable.
¿Es esto lo que pretenden? Cualquiera sabe.