domingo, 26 de noviembre de 2023

Las nanas -lullabies- de Cohen

Cuesta quizás algún trabajo pensar en que Leonard Cohen compusiera canciones de cuna. Sin embargo, existen en su haber dos nanas, aunque de contenido muy diferente.


La primera, "La nana del cazador" (Hunter's lullaby) contenido en su disco “Various positions”, de 1984, es la historia de la canción que se dirige a un niño, el hijo de un cazador que se adentra el “bosque salvaje”, “a través de la plata y el cristal” -quizás los charcos, las lagunas, los ríos…-. Se trata de un terreno difícil, salpicado de “arenas movedizas o arcillosas”.


El espacio por el que se interna el cazador resulta solamente apto para la avaricia, no para el espíritu, que exige una determinada altura, una singular generosidad. Y se trata de un territorio al que no podrá acompañarle la madre del niño al que se canta la nana, aunque conozca el camino. Ella cuidará de su hijo.


Va, por lo tanto, el cazador hacia su presa, una bestia que jamás logrará encadenar, que no se deja dominar. Dejará atrás a un niño durmiente y a las bendiciones que le dedicaba antes de emprender su ruta.


Se trata de una expedición arriesgada, porque el cazador ha perdido su amuleto de la suerte, pero también el corazón guardián (una suerte de ángel de la guarda) que le protege de todo daño. De modo que, a través del narrador, se despide de su hijo y exige que no detengan su marcha.


La canción deja un rastro de amargura en la boca. En un primer plano, Cohen nos refiere esa historia habitual de la vida tradicional: el hombre sale de su casa en busca de sustento, dejando en ella a su mujer y a su hijo. La caza se hará en un territorio hostil, una jungla en realidad, pero al cabo eso mismo es la vida.


Pero nos quedaríamos cortos si detuviéramos aquí la más plausible de las explicaciones. Renunciando a comprender las últimas estrofas del poema caeríamos en una interpretación apenas banal del mismo. Porque, en realidad, el cazador se dirige hacia su propia destrucción. Existe algo en estos versos que se expresa con frecuencia en el universo poético de Cohen: el hombre que va hacia la muerte, como si la vida no consistiera sólo en una lucha cotidiana por la supervivencia, porque, al cabo, es tan breve, a veces tan triste y tan desprovista de significado que más vale acabar. Dignamente, por supuesto, peleando en ese territorio comanche con el que nos encontramos a diario.


No es ésta canción de Cohen similar a su otro tema "Avalanche" -al que dedicaré un comentario en otra ocasión-, respectó del cual alguien dijo que contenía una cuchilla de afeitar -algo así como una invitación al suicidio-, pero esta "nana del cazador" parece más bien la "nana de la zozobra”.


Muy diferente a ésta es la canción de cuna que se contiene en su álbum "Old Ideas" publicado en el año 2012, justo  en el momento de la reaparición pública del poeta canadiense después de su desastre financiero.


Se trata de una nana de factura clásica, intimista y tranquilizadora. En ella, Cohen pretende relajar a un niño, quizás a su nieta Viva, a la que la hija de Cohen, Lorca -por Federico García Lorca- tuvo como madre soltera, ayudada para ello por el también cantante canadiense Rufus Wainwright -que tiene en su repertorio diversas canciones de Cohen-, y por la pareja de Lorca, el administrador de arte, Jōrn Weisbrodt.


La nana pide al bebé que se duerma. Los días se escapan más velozmente de lo que el niño sería capaz de advertir. Y el viento ulula en los arboles como si hablara en diferentes idiomas.


El estribillo regresa sin embargo a una sensación cara al poeta; la melancolía. Si tu corazón está triste -le dice-, no sé muy bien porqué; si la noche resulta muchas veces larga... te canto esta nana.


Y Cohen le narra un cuento. Es un ratón que se comió una migaja de pan, en tanto que el gato hizo lo mismo con la corteza. El ratón y el gato, animales complementarios, se han enamorado y ahora hablan en lenguas que se entienden, a pesar de que son distintos, como las que susurran las ramas de los árboles. Olvida niño eso de que los gatos se comen a los ratones…


Una armoniosa melodía sirve de acompañamiento equilibrado de los versos. Y las voces del coro femenino constituyen el contrapunto perfecto de los murmullos de Cohen.


viernes, 17 de noviembre de 2023

Agustín Ibarrola

Se hace difícil decir adiós. Y a medida que pasa el tiempo pronunciamos muchas veces -quizás demasiadas- esta palabra.  Hay despedidas que apenas sí se hacen desde la lejanía, algo así como si nos diéramos cuenta de que el que se ha ido representaba en nuestra vida un papel secundario, un pariente lejano, sólo un conocido. Se trata de gentes que no han dejado rastro y muy poca memoria en nuestras existencias. Con Agustín Ibarrola no ha ocurrido eso, Agustín -para los que hemos sido sus amigos- fue algo más que una persona especial,  fue una experiencia de tal importancia que uno da gracias a la vida -como en la canción- porque ésta te ha ofrecido la oportunidad del trato, la frecuentación de un cariño tan especial como el que prodigaba Ibarrola.


Agustín se ha ido en el silencio de un final como ya viene siendo habitual en estos tiempos que vivimos, en los que la ciencia alarga la vida física pero no ha conseguido que la mental camine de la mano. Y en la desmemoria del que se ha visto afectado por esa situación emergen tus recuerdos. Y ves venir a Agustín, con ese abrazo de afecto, intenso, que casi nadie ofrece ya en estos que son tiempos de desconfianza,  en los que el recelo ha sustituido a la entrega. Porque en su amistad no existía sobreactuación ninguna, todo en él era disposición y generosidad. 


Esa primera sensación en el conocimiento, en el trato, era preludio para el descubrimiento de una persona singular. Y la singularidad de Agustín se construía de trabajo, de investigación,  de colaboración con otros artistas o de creación propia. Ahí está París y su equipo 57, pero también Oma, o las traviesas, o Garoza y sus piedras.


Y también está allí la cárcel y su obra que salía clandestinamente y de la que un medio de la prensa británico dijo que era como un Goya de los tiempos contemporáneos. Una cárcel que sería preludio de otra, y éstas de una tercera, que fabricó de amargura la vida de un artista que fue antifranquista en ese tiempo y que sería antiterrorista y antinacionalista en éste.


Y esos dos "antis" situaron los perímetros de su exilio personal.  Franco no permitiría su éxito y el nacionalismo no le acogería entre los represaliados que habían conquistado la democracia.  La proyección artística de Ibarrola no podría escaparse de este fatídico sino, y cuando Alfredo Melgar le ofreció Ávila y Muñogalindo como alternativa, no hubo instituciones privadas que quisieran apostar por su fundación. 


Pero Agustín continuaba poniendo obra en su camino, con independencia de su posteridad o de su olvido. Ahí está Llanes, Allariz o Garoza. Allí está -o estaba- Oma, sobre todo. Porque Ibarrola, como un pulgarcito de los tiempos modernos, iba poniendo migas de pan que le permitieran regresar de su viaje hacia el arte concebido como la primera expresión del hombre que traduce en signos su relación con la vida. Altamira o Santimamiñe, el arte primitivo, la identidad ancestral que por eso es universal. 


Y Agustín se ha ido dejando detrás de él un obra que le pervivirá -buena parte de ella en manos privadas-, y al recuerdo de un hombre que por serlo ha dejado en nuestro recuerdo ese sabor agridulce, el magnífico de su persona, al que se une al ácido del maltrato que sufrió por las instituciones que quisieron apartarle en un recodo de su camino. Porque esa mala política a la que estamos tan acostumbrados sólo sabe de utilizar a los hombres en su propio provecho, en especial cuando los hombres de una pieza -como lo era Agustín- no se someten a sus intereses.


Pero yo, figuradamente, porque no la uso, me quito la boina ante el paso de su cortejo fúnebre, y proclamo: ahí yace un gran artista que fue -si cabe- el mejor de los ciudadanos. 


viernes, 10 de noviembre de 2023

Alejo

Escribo estas letras desde la conmoción que siento después de conocer el atentado que ha sufrido Alejo Vidal-Quadras. Es lo único que sé hacer. Otros podrán protestar, gritar, incluso llorar. Todas las respuestas son posibles, todas son además imprescindibles a condición de que respeten la libre expresión pacífica de las ideas. “El pensamiento no delinque”, decía don Antonio Maura; el delito está en los que actúan en contra del Derecho. Y la única arma que está en mi mano es la palabra, y a ella me acojo.


Un gesto instintivo, un movimiento de cabeza, le ha salvado la vida. Y lo primero que quiero expresar son mis deseos por una pronta y total recuperación de Alejo. Su testimonio existencial, su lucidez, su sabiduría irónica nos son más necesarias ahora que nunca. No hay, por desgracia, mucha gente como Alejo en esta España que se interna en territorios de peligro, en unas arenas movedizas que amenazan con tragarnos a todos mientras que algunos aseguran que los españoles sólo nos preocupamos por la inflación, los servicios sociales o la educación de nuestros hijos. Pero no es así tampoco, hay ya mucha España que está clamando por revertir este estado de cosas.


Porque lo que está quebrando entre nosotros no es la Seguridad Social, la eficacia de la Administración pública, la utilización del agua en momentos de sequía… que también, con ser estos y otros problemas de importancia, en España está en grave peligro la convivencia, lo está el estado de derecho que la garantiza, lo está la separación de poderes, la democracia de la que ésta es expresión, y la libertad que es el manto que acoge todos los principios, valores e instituciones que separan la civilización de la tribu.


Por lo que parece, Alejo ha declarado que los autores del atentado podrían encontrarse conectados con el régimen de los ayatolás iraníes. No sería la primera víctima de la persecución intolerante de ese sistema teocrático. Sin necesidad de ir más lejos, recuerdo que en el verano de 2018, en la asamblea anual que la resistencia iraní organiza en las afueras de Paris, unos sicarios pusieron una bomba de gran potencia que no llegó a explosionar. Yo estaba allí entonces; pero había otros representantes públicos españoles también, y franceses y senadores de los Estados Unidos…


El atentado contra Alejo me acerca además al recuerdo de los tiempos más duros que viví en aquel País Vasco en el que la disidencia política la ventilaban los asesinos a tiros y bombas adosadas en los bajos de los coches; donde la polarización social se manifestaba en los bandos de quienes luchábamos por ser libres y por defender la libertad de todos y los que miraban hacia otro lado, “recogiendo las nueces”, intentando imponer su modelo insolidario en medio de los muertos, los heridos y los chantajeados por el terrorismo. 


Me recuerda Alejo a Gregorio Ordóñez. Hago memoria de los dos por su valentía, por la claridad de sus ideas, por su dignidad ciudadana. Hombres situados en la encrucijada que escucharon las sabias palabras de Dante, cuando declaraba que el lugar más horrible del infierno quedaba reservado a los que en tiempos de grave crisis moral mantienen la neutralidad.


Existe una delgada frontera entre la convivencia y su cancelación, y se encuentra en la voluntad de los responsables políticos, de las élites sociales y económicas, del común de las gentes, cuando unos u otros deciden que las normas que rigen nuestro normal modo de vida no les son aplicables, cuando la ley de la selva subvierte el estado de derecho.


Me gustaría que todos los que -propios y extraños- nos están conduciendo a lomos de caballos encabritados y enloquecidos decidan parar y reflexionar, que se tiendan puentes hacia la comprensión del contrario, despejando de la ecuación de este juego el de la suma cero en el que lo que pierde uno lo gana el otro, que es la mejor manera de que perdamos todos. Me gustaría, pero no veo que exista mucha voluntad de sujetar las riendas y frenar la deriva hacia el desastre.


Y me gustaría para terminar -lo último, pero no lo menos importante en absoluto- que los autores de este bárbaro atentado sean descubiertos y puestos a disposición de la justicia y que sus motivaciones y los objetivos de su crimen puedan ser conocidos más pronto que tarde, que quienes pudieran encontrarse detrás de esa actuación cobarde sean también identificados y afronten sus responsabilidades penales. Que esa sábana de silencio que ha tapado tantos hechos gravísimos a lo largo de nuestra historia no se cierna también sobre este hecho.


Por mi parte sólo me queda decir que seguiré luchando desde la palabra por la libertad de todos nosotros, como lo he hecho siempre a lo largo de mi vida, como lo ha hecho Alejo, y estoy seguro de que lo continuará haciendo.


Desde esta tribuna… ¡mucho ánimo, amigo!






domingo, 5 de noviembre de 2023

20 años sin Mario

Septiembre de 2003. Muy pocas semanas antes le dejaba, junto a Esozi -su mujer- y su hijo, en la isla de Lanzarote, que era el lugar apacible y situado a una más que razonable distancia del País Vasco en el que ellos pasaban sus vacaciones y yo tenía un apartamento. Yo había enviudado unos pocos meses antes y el encuentro con el matrimonio Onaindía constituía una oportunidad para la compañía y para mantener una inteligente conversación con ellos, en unos soliloquios que Mario convertía en verdaderas construcciones de sentido común y de profundidad intelectual irrepetibles e impagables, en tanto que su hijo correteaba con mi perro, al que había puesto por nombre el del cantante francés, Bécaud.


Calzaba de manera invariable Mario por aquellos tiempos unas sandalias y tenía los pies cubiertos por unos calcetines. "Parezco un guiri", se reía él de sí mismo, como si no hubiéramos advertido que era su enfermedad la que transformaba sus extremidades en verdaderos témpanos de hielo, incluso en pleno mes de agosto.


Porque la ironía, la mordacidad, eran características de Mario, que parecía a veces tan distanciado de su sombra que ésta, como la de Peter Pan, pudiera volar más allá de su propietario y tuviera que ser recosida en ocasiones para no perder su condición de tal. En este sentido recuerdo una de sus soflamas -siempre mesuradas, siempre cargadas de buen sentido, nunca exentas de dureza- contra el entonces presidente Zapatero, y que concluía con una amplia sonrisa, a la vez que nos aclaraba:


“Creo que soy presidente del partido que dirige este hombre… en Álava” -declaraba entonces como colofón a sus palabras.


Había detrás de él un largo derrotero político y personal. El proceso de Burgos, las dos penas de muerte y la condena a 51 años de prisión... pero además un largo proceso de reflexión que le llevó, primero, al abandono de la violencia, y después, a rechazar abiertamente esa vía. De la revolución pasaría a la reforma; y desde luego que, siendo una buena, inmejorable, persona, no caería en ese "buenismo" que caracterizaría a algunos políticos de su época.


Conocía Mario demasiado bien el mundo de ETA como para verse engañado por su palabrería, su chulería y sus mentiras. Sabía que lo poco o mucho de romanticismo bandolerista que había tenido en sus inicios, hacía tiempo que había desaparecido. Que aquellos primeros militantes que arriesgaban su pellejo en los atentados habían quedado sustituidos por los que accionaban una bomba a distancia, adosada a una bicicleta, con un móvil, como la que asesinó a Manolo Zamarreño algunos años más tarde.


No milité en su partido, al menos en los tiempos en los que su Euskadiko Ezkerra -o la parte de ella que ingresó en el PSOE-, pero sí le recuerdo presidiendo una asamblea de ¡Basta Ya! Algunos bienintencionados miembros de esa plataforma en Vizcaya pedimos -yo mismo, en concreto- que se convirtiera en una asociación, con unos estatutos, una directiva, una asamblea y una transparencia en su dación de cuentas -recibía al fin y al cabo recursos públicos-. Recuerdo que Mario me observó con una de sus largas miradas, dando después la palabra a otro componente del grupo. No hubo debate.


Y era que los fundadores de aquel grupo -y que algún tiempo más tarde crearían UPyD- creyeron que, en la medida en que ¡Basta Ya! careciera de estructura jurídica, podía ser activada y desactivada según la voluntad de sus dirigentes. Ese mismo sentido de patrimonialización del proyecto lo pretendieron llevar a UPyD, pero esta es otra historia.


20 años sin Mario. Dos o tres españas distintas, tres o cuatro países vascos que se dirían irreconocibles unos respecto de los otros, si no entendiéramos las claves de su deterioro, la deriva a la que están condenadas las sociedades que crean, destruyen y son incapaces de reconstruir a sus élites, a sus mejores. A la ocupación y "okupación" de los puestos de responsabilidad por los más mediocres y a una ciudadanía que -de tan acostumbrada como está a obedecer- carece de resortes para reaccionar por sí misma.


La nostalgia del recuerdo de Mario, de Esozi y de su hijo correteando con un alegre fox terrier al que no quisimos cortar la cola... por eso de que estética y libertad no es necesario que vayan siempre cogidas de la mano.

domingo, 29 de octubre de 2023

50 años después

Hay personas y fechas, acontecimientos históricos que se asocian a nuestras vidas con la fuerza de un imán. Uno puede hasta despegarlo de su soporte y seguir adelante como si no hubiera ocurrido nada en realidad, pero basta con que una efeméride, una noticia, una canción... te recuerden esos hechos para que se desencadene todo lo que llevábamos dentro de nosotros y pensemos en lo que podría haber ocurrido respecto de esas personas, pero también en relación con nosotros mismos.


Me estoy refiriendo a Salvador Allende, a su Unidad Popular y al proceso que impulsarían hacia el socialismo en Chile entre los años 1969 y 1973, en especial desde la proclamación de aquél como presidente de la República en noviembre de 1970 hasta el golpe de estado protagonizado por el general Pinochet, que pondría fin a ese experimento.


Yo era entonces un estudiante universitario, comprometido en la lucha por las libertades conculcadas por la dictadura franquista. La oposición estudiantil se expresaba entonces sólo en posiciones de izquierda y nacionalistas, y en el amplio abanico de partidos -más bien capillas- que pululaban por entre los centros universitarios con denominaciones más que repetitivas. Todas representaban, por lo visto, el verdadero movimiento revolucionario, pero todos sus militantes cabían en el modesto espacio de un utilitario. 


En mi caso, yo apoyaba, desde mi posición de delegado de la sección jurídico-económica del curso correspondiente -lo fui en 4 ocasiones-, las posiciones de la Organización de Estudiantes de Deusto, afiliado como estaba a las Juventudes Socialistas y al PSOE.


Imbuido por la idea de una transformación progresiva de la sociedad que operara sin traumas extremados, me espantaba la idea de ver las aguas de la ría del Nervión "teñidas en sangre", como vaticinaba el militante de una facción maoista, con el que algunos años más tarde coincidí en una fracasada negociación para integrar la empresa municipal de informática, que yo presidía, con la sección correspondiente de la Caja de Ahorros local, que él representaba.


Salvador Allende constituía entonces la posibilidad de un tránsito no revolucionario hacia el socialismo, sustentado en la fortaleza democrática de las instituciones chilenas, y la bonhomía personal de un dirigente que era capaz de tender puentes de relación a su derecha -el humanismo cristiano- y a su izquierda -los comunistas y los más radicales del populismo de entonces.


Pero Allende no supo -o no pudo- controlar a los extremistas a su izquierda, en tanto que los democristianos sucumbieron a la polarización de las extremas derechas. Los intereses económicos que se verían puestos en peligro por la oleada nacionalizadora del gobierno, y la preocupación de la administración Nixon respecto del proceso mismo, de su posible generalización y el impacto sobre los intereses de las multinacionales estadounidenses sobre el terreno, abortarían el proceso.


El 11 de septiembre de 1973, Allende se dirigió al país desde Radio Magallanes, en un discurso del que quienes le conocían advirtieron que había sido preparado con antelación. Y es que el presidente socialista era muy consciente de lo que iba a suceder.


"Esta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.


'Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron... soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero... que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros.


'Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.


'Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.


'Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes,. quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.


'Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos.


'Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.


'Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.


'El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.


'Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.


'¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!"


Emociona aún, leído y escuchado 50 años después, el discurso que pasaría a llamarse "de las alamedas". Trastornado por el acontecimiento y enormemente preocupado por lo que vendría a continuación, pude leer un artículo de la revista "Triunfo", que era todo un referente para la progresía española de aquellos tiempos en blanco y negro. Aparecía un artículo de Eduardo Haro Tecglen que decía: "Murió por defender la legalidad de los otros". Rescaté la frase, plastifiqué una foto del presidente Allende y la pegué en el interior del armario en el que guardaba mis cosas. Allí estuvo durante mucho tiempo, el suficiente para recordarme que la tarea que teníamos por delante era bastante más compleja de lo que parecía, porque una cosa es empezar un proceso y otra bien distinta culminarlo.


Tiempo más tarde, perdí la fe en el instrumento para el cambio -el PSOE-: cuando se conocen los proyectos desde dentro se advierten mejor sus contradicciones y las deficiencias de las personas que los encarnan. Pero ésta es otra historia. 


Lo cierto es que programé un viaje a Chile y visité el Palacio de la Moneda, donde, como si se tratara de un fantasma, permanece la imagen de Allende. Mi juventud sigue viva asociada a su memoria. Y los sentimientos afloran poderosos sobre un viejo sueño que se ha desvanecido para siempre.

sábado, 21 de octubre de 2023

Una parte del cielo, la peor parte del infierno

La guerra entre Israel y Hamas

Cuando, en el año 2018, el intergrupo parlamentario de Palestina viajó a ese territorio, tomé muchas notas de los sucesivos encuentros que mantuvimos con nuestros interlocutores, muchos de ellos altos dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).


El intergrupo parlamentario es una asociación informal de diputados procedentes de diferentes posiciones ideológicas, pero unidos en la simpatía respecto de un asunto, región, país o pueblo. Yo me encontraba vinculado a este intergrupo, pero también al del Sáhara.


Presidía esta heterogénea agrupación, la hoy eurodiputada de Ciudadanos, Soraya Rodríguez, que ya había manifestado serias reservas, cuando no discrepancias, respecto de la línea seguida por el Secretario General de su partido y presidente del Gobierno. Y lo engrosábamos, Pablo Bustinguy -portavoz de Exteriores de Podemos, con quien, a pesar de la distancia ideológica, siempre mantuve una buena relación-; el diputado de "En Marea", Antón Gómez Reino; el siempre afable socialista, Antonio Gutiérrez Limones; y la combativa veterana popular, Carmen Quintanilla, quien, todo sea dicho, intentaría -sin éxito- convencerme de que hiciera las maletas y que nos volviéramos a España, señal inequívoca de la escasa importancia que el PP prestaba -y supongo presta- a la situación de los palestino; y yo mismo, entre otros. No he mencionado a Bildu que, pese a encontrarse en el intergrupo, no tenía tiempo que perder seguramente en estos viajes de información cercana al lugar de los hechos, ya se sabe que sus prioridades son otras.


Relataré en otro momento de este comentario la impresión que me produjeron los dirigentes de la ANP, pero puedo decir que me impresionó notablemente la afirmación de un líder juvenil universitario -también palestino-, cuando nos explicaba que, para él, viajar a cualquier ciudad europea era como "vivir una parte del cielo". No tenía más remedio -pensé entonces- que titular mi crónica con esa frase, que se sitúa en el cruce de caminos entre la amargura y la esperanza, con mayor relieve, sin embargo, de la primera sobre la segunda de las referidas características.


Las autoridades israelíes no nos permitieron visitar la franja de Gaza. A cambio, el flujo de dirigentes de la ANP con los que nos entrevistamos fue incesante. El retrato-robot de ellos podría ser el de un varón, situado en los 60 años o más, vestido con un bien cortado traje y expresando con una vehemencia -que a veces sonaba a impostada- su preocupación ante la ocupación israelí y sus consecuencias sobre el pueblo palestino. Había excepciones, desde luego, pero ese era el común denominador. Sobre muchos de ellos se cernía la ominosa sombra de la corrupción.


Y no es que lo que nos contaban fuera mentira, que los asentamientos israelíes -por ejemplo- se habían convertido en agujeros de un inmenso queso de Gruyère proyectados sobre la geografía palestina. Pero lo que era cierto, más allá de cualquier género de dudas, era que ellos no eran ya -si alguna vez lo fueron, cosa que no dudo- parte de ese problema, y menos aún parte de su solución.


El gobierno -los gobiernos- de Netanyahu ha practicado una política de tierra quemada en relación con el problema de Palestina. Corrompidos los cisjordanos y aislados los gazatíes, el asunto consistía simplemente en desplazarlos políticamente también de una posible intervención en la esfera internacional. 

De esta manera, los acuerdos de Abraham de 2020 tienen desde luego un contenido de desarrollo económico, pero lo tienen además de carácter político; porque el efecto de estos es que Palestina -las dos Palestinas- desaparece del mapa de los asuntos de preocupación para Israel y para los países árabes. El gobierno de Netanyahu establece sus relaciones diplomáticas con diferentes países árabes (Emiratos, Marruecos...), y la posibilidad de conseguirlas con la siempre difícil Arabia Saudí.


Entretanto, la constante derechización de los gobiernos de Netanyahu acometía, como sucede en todos los guiones de los regímenes populistas, su particular acoso al poder judicial. De manera ejemplar, la tantas veces admirable ciudadanía israelí, invadía las calles para impedir semejante atropello. Cuando observaba las imágenes de un Tel Aviv hirviendo de indignación, pensaba en lo poco que preocupaba a esas gentes la situación de los palestinos.


Y en esa olla a presión en la que se estaban convirtiendo las abandonadas poblaciones cisjordanas y gazatíes, viviendo ambas de la solidaridad de terceros países -significativamente de la Unión Europea-, soportando la corrupción de unos y otros, la acomodación e instalación de los dirigentes de la ANP, que siempre tienen excusas para no convocar elecciones, y el radicalismo de Hamas… pensaba en cómo no ocurría una nueva "intifada" -o insurrección popular.


El sábado 7 de octubre ofreció la respuesta a mis dudas, y lo hizo en la forma de una salvaje y bien urdida estrategia de terror que cogió a las autoridades israelíes con el pie cambiado y la mirada hacia otro lado. Sus responsables son los terroristas, los que han causado los crímenes. Pero no basta quedarse con esta explicación. Tampoco es suficiente con pensar en que es preciso que el conflicto no escale a otros actores: los pro-iraníes de Hezbolá en el Líbano, el mismo Irán, China o Rusia -esta último que, por un efecto carambola, solo en apariencia casual- saldrá beneficiada de esta crisis, porque, parafraseando la máxima de Gresham, el interés por una nueva guerra desplaza a la preocupación por la anterior.


Conviene, por lo tanto, pensar a corto, en el derecho a la respuesta de Israel, en la proporcionalidad de la misma, en la ayuda humanitaria... porque -como ha señalado un editorial de The Economist de su número de 21 de octubre- Israel no debería ampliar su guerra con Hamas al conjunto de los gazatíes. Y pendientes de conocer la campaña bélica concreta que va a emprender el ejército israelí -muy complicada para éste, según opinión generalmente compartida-, de su extensión a otros escenarios y actores, quedará por dilucidar lo que ocurrirá después.


Quizás parezca precipitado abrir esa pantalla -lo que ha de venir- antes de haber pasado la anterior -lo que va a ocurrir ahora mismo-, pero hay cuestiones que convendría retener:


La primera, que una ocupación permanente por Israel de la franja no parece una buena solución, no sólo desde el punto de vista humanitario para el ocupado y económico para el ocupante, también político para Israel. Véanse los casos de Afganistán o Irak.


La segunda, que convendría dilucidar -no sólo Israel y los Estados Unidos, los palestinos y los dirigentes de otros países árabes, también- es en qué pueda consistir la solución definitiva al conflicto, si ésta es posible.


La fórmula más comúnmente aceptada por la llamada comunidad internacional -que de comunidad tiene bastante poco-, según la cual deberían coexistir dos estados -Israel y Palestina-, de acuerdo con las fronteras existentes en 1967, es hoy por hoy inviable, de no deshacer todos los asentamientos y ocupaciones parciales de territorio efectuadas por los israelíes y que convierten Palestina en un verdadero galimatías territorial que haría simplemente inviable ese nuevo estado. 


La de integrar en un solo país -Israel- a las dos comunidades en igualdad de derechos, conduciría, en plazo seguro, debido a las diferentes tasas de natalidad entre los dos grupos, a una hegemonía de los ciudadanos de procedencia árabe sobre los que la tienen judía, lo que supondría la abdicación de los criterios fundacionales -si bien peculiares- del estado israelí. El ex ministro de Exteriores y embajador en España de este país, Shlomo Ben Ami, ha formulado la idea de una confederación de Palestina con Jordania, pero tampoco parece una solución fácil.


Urge para ello que emerjan liderazgos en todos los actores concernidos en la solución de este conflictivo avispero. Es cierto que las democracias permiten con mayor facilidad la aparición de dirigentes que sintonicen con las necesidades de sus países y utilicen los medios políticos que habiliten estos objetivos, pero eso no ocurre siempre; a veces estos sistemas generan líderes populistas que ofrecen un mundo mejor por el que apenas resulta necesario esforzarse, son dirigentes que dividen a sus ciudadanos entre los preteridos por la maldad que señalan como congénita  y los buenos ciudadanos, que por lo general aceptarían como benéficas cualesquiera medidas adoptadas por sus dirigentes. El efecto polarizador de esas políticas ha sido ya descrito en incontables trabajos y constituye un verdadero cáncer de las democracias.


El desarrollo anárquico del populismo cabe que tenga, después de todo, su cura, como estamos advirtiendo que ocurrirá pronto en Polonia. Más difícil es que eso ocurra en los regímenes autoritarios, como lo son la inmensa mayoría de los sistemas directivos en los países árabes. Ya se ha descrito la gerontocracia y la corrupción instalada en Cisjordania, y del radicalismo terrorista de Hamas tampoco hay mucho más que decir. Pese a todas sus contradicciones -que son muchas- Israel es una democracia, y cuenta siempre con capacidad de reorientación y de regeneración; de la dirigencia palestina muchas veces sólo cabe suponer su renovación por el fallecimiento de sus responsables, bien ocurra éste por causas naturales o como consecuencia del vesánico ejercicio de la Yihad.


Los problemas se encadenan, a la vez que se amontonan, unos sobre otros. Tanto es así que algunos no ven otra solución que alguien que venga de fuera imponga la cordura. Y se produce de nuevo la llamada a intervenir  -durante y después de la guerra- al "amigo americano"; un viejo socio comprometido ya en la guerra de Ucrania, que tiene otro complicado frente abierto con China y su apoyo a Taiwan y que sufre de una confrontación patológica en sus fuerzas políticas -cuando se escriben estas líneas aún no han sido capaces de elegir al presidente del Senado-, y además se encuentra en período electoral, un escenario más apto para el más exacerbado de los tacticismos y muy poco propicio a las decisiones estratégicas.


¿Cómo podríamos entonces allegar un poco más de, cielo que soñaba aquel líder universitario?, ¿cómo garantizar a los ciudadanos israelíes que estos sucesos no volverán a ocurrir? Se trata seguramente de una quimera, pero entre el rugir de las bombas y de las sirenas que conducen a las gentes a sus refugios, queda una tenue capa de esperanza, la de que en algún lugar se encuentre el buen criterio del que entienda la clave del asunto: que podrán llegar otros episodios similares a los terribles del 7 de octubre si no se produce una salida a esta situación. Y el cielo entonces deberá esperar eternamente.