domingo, 8 de marzo de 2026

La política según Miguel Maura

 Publicado en La Voz de Lázaro, el 8 de marzo de 2026

El esfuerzo personal del director de la Fundación Antonio Maura, y de esta misma entidad, ha conseguido rescatar las memorias del hijo del político mallorquín, Miguel Maura, que llegaría a ser ministro de la Gobernación en el gobierno provisional de la Segunda República española.


Era en el mes de junio del año 1902 cuando, instalado Miguel en la localidad suiza de Vevey -según relata su nieto, el historiador Joaquín Romero Maura-, recibía carta de su padre. Para su sorpresa, en lugar del acostumbrado relato de las noticias acaecidas a la familia y a las acostumbradas admoniciones que los progenitores acostumbraban administrar a sus hijos, el escrito de don Antonio constituía una singular confesión que Miguel no llegaría a entender del todo. Porque su padre le hablaría en ella acerca de sus inquietudes personales. La política o la abogacía, el servicio a España o la vida tranquila y bien remunerada procedente de un despacho boyante. Es sabido que el hombre de Estado mallorquín elegía los sinsabores procedentes de la actividad pública, que no serían pocos a lo largo de una intensa vida dedicada a su país.


Regresarían años más tarde, padre e hijo, de una cacería, allá por los tiempos de la Dictadura del general Primo de Rivera, cuando amparados por ese espacio íntimo que los automóviles ofrecen a sus ocupantes, Miguel recabaría de don Antonio el motivo de su carta de 1902. Referido éste, Miguel nos relata la conversación que seguía a continuación.


No es importante a los efectos de este comentario conocer la exactitud del contenido de aquella conversación, ni siquiera si ésta aconteció. Interesan, eso sí, los comentarios vertidos por Miguel en forma de reproches -por supuesto amables- que le hacía entonces a su padre. 


“Si en 1903 -siempre según Miguel Maura cuenta que le diría a don Antonio- lanzas tú mismo, y no nosotros, los mauristas, el movimiento de 1913 y llamas sin descanso a la opinión para esa Revolución desde arriba, que querías hacer, estate seguro de que los partidos del turno, en aquel momentos acéfalos y divididos, hubiesen desaparecido y, con ellos, los caciques. La opinión dormida hubiese despertado y te hubiera seguido. Tu fuiste toda tu vida un liberal y un demócrata, no sólo convencido, y fanático y fuiste a ponerte al frente de los que detestaban al liberalismo, como lo están demostrando ahora con la dictadura. Y aún más la democracia, que es al pueblo al que desprecian profundamente. Era un contrasentido absurdo que no podía dar fruto. Claro que eso se ve hoy y no se veía entonces, pero reconoce que tengo razón”.


Seguiría a la afirmación de su hijo, la reflexión de don Antonio respecto de la incapacidad de asentamiento y estabilidad de la República en la primera de sus versiones -la única que había conocido el político mallorquín-, un quiebro en la conversación entre padre e hijo que no hace al caso a la motivación de este comentario. 


Sí importa, en cambio, y aporta además, la reflexión del miembro del gobierno provisional de la II República acerca de la mejor manera de “descuajar” el caciquismo y realizar la “revolución desde arriba”. Esa apelación directa a la “opinión” que reclamaba a posteriori Miguel a su padre podría quizás resultar aplicable en estos tiempos híper-conectados que vivimos en la actualidad, en los que las redes sociales acaban sustituyendo a las sedes de los partidos, en los que una formación política puede crearse en plazos de meses y en los que la información ha sido desplazada por el mensaje contenido en un tweet. 


Pero resultaba poco menos que impracticable en aquellos tiempos de caciques, redes clientelares, gobiernos haciendo las elecciones desde la Puerta del Sol… y lo demuestra el hecho, ameritado por los historiadores, de que el Maura ministro de la Gobernación de Silvela que había organizado unas asombrosas elecciones limpias en el año 1902, debió encargar a Juan de la Cierva la conveniente preparación de unos comicios que le proporcionarían una más que cómoda mayoría absoluta con la cual afrontar el ambicioso programa de reformas de su gobierno largo (1907-9).


¿Alguien piensa que ese gobierno Maura habría sido posible de no existir un partido conservador que le prestara su apoyo, que le siguiera como líder, a pesar de las corrientes datista y villaverdista? Seguramente ni siquiera Miguel Maura lo hacía, cuando se daba cuenta de que sus magníficas pretensiones se estrellaban contra la realidad tozuda de los hechos, cuando, en las elecciones a Cortes Constituyentes de1931, pensaba que obtendría entre 120 y 130 actas -se lo dijo a Chapaprieta, que dirigió la campaña del partido de Alcalá Zamora y Maura- cuando sólo obtendría 22 diputados.


Otros eran los tiempos, pero reseña la historia también que el único gobierno que no logró mayoría susceptible de permanencia a lo largo de la Restauración fue el de su padre, en 1919. No bastaría estar en el gobierno y fabricar las elecciones para obtener el poder y conservarlo.


Revela la reflexión que Miguel Maura hacía a su padre la ingenuidad impulsiva que caracterizaba al personaje, lo hacía simpático para muchos y antipático para la mayoría de los que preferían el orden de los tiempos pasados a la estabilidad democrática que proponía Miguel Maura y que no pudo garantizar en ese país desbordado hacia las izquierdas. Una República en la que no creyeron las derechas, dispuestas a regresar a los viejos tiempos, y un socialismo para el que el sistema inaugurado en 1931 suponía sólo una estación intermedia para llegar a su pretendido destino, la revolución.


No fueron aquéllos, no lo son éstos, tiempos para políticos ilusos. Los desplaza siempre la realidad.







domingo, 1 de marzo de 2026

 Política y simbología en la monarquía 

Publicado por El Imparcial, el 1 de marzo de 2026


El reciente trabajo de Charles Powell sobre la actuación del Rey Juan Carlos en política exterior (“El Rey Juan Carlos y la proyección exterior de España”) contiene muchas preguntas y se acompaña de no pocas respuestas acerca de sus casi 40 años de jefatura del Estado.


El argumento más importante de su libro lo constituye para mí la limitación en el ejercicio del poder -omnímodo- que recibía del general Franco, para limitarlo en una función moderadora, en la que la esencia del poder -la capacidad de adoptar las decisiones concretas- en nada se parecía a la que disponía su abuelo Alfonso XIII, limitado por las disposiciones constitucionales de la Carta Magna de 1876, si bien -todo hay que decirlo-, el decreto de disolución y las elecciones amañadas desde el Ministerio de la Gobernación, permitían con facilidad a Don Alfonso inmiscuirse en la vida cotidiana del país, nombrando gobiernos, modificando el liderazgo en los partidos, eligiendo altos cargos militares, dirigiendo más o menos indirectamente la campaña de Marruecos…


La acción política de Alfonso XIII  desmajestizaría la Corona, la privaría de su función integradora, y la alejaría de esa impronta simbólica en la que reside el valor supremo de la monarquía. Es cierto que habría políticos que intentaron reducir las apetencias de un Rey regenerador -vale decir, intervencionista en la política-. El Rey encarna a la patria misma, llegaría a afirmar Maura, pero el esfuerzo del político de origen mallorquín se vendría abajo con los debates parlamentarios consecutivos a la Semana Trágica y concluiría con la experiencia de una verdadera reforma en profundidad del sistema, que no otra cosa sería el Gobierno largo (1907-9) de don Antonio Maura.


Pero Don Juan Carlos, de la misma manera que afirmaba su padre, don Juan de Borbón Battemberg, no sólo no quería ser un dictador coronado. Es cierto que los tiempos no estaban para eso, y que la mala experiencia de Grecia -tan cercana a él a través de Doña Sofía- le impulsaron desde su primer discurso ante las Cortes a proclamar su intención de convertirse en “Rey de todos los españoles”, lo que significaba, en otras palabras, dejar de un lado la política y subrayar su papel simbólico, no sólo compatible sino inherente al llamado poder moderador.


El plano de la acción exterior, sin embargo, ofrece también posibilidades para el ejercicio de la política. Los gobiernos internacionales cambian, sus jefes de Estado se renuevan, algunos -las monarquías árabes, por ejemplo- permanecen. Y es en este ámbito en el que el Rey -Don Juan Carlos, pero también Don Felipe- constituyó un importante activo que no es posible desdeñar, añadiré incluso que se trata de un lujo que un país mediano y situado en la confrontación permanente de su proyecto de nación -y de otros- no puede despreciar so pena de incurrir en un tremendo error.


Pero la línea que separa la política de la simbología se antoja muy tenue en el ámbito exterior. ¿Dónde concluye la segunda y da comienzo la primera en este escenario? Por poner un ejemplo: ¿la gestión en favor de los intereses de las empresas españolas en contratos exteriores, notablemente en los casos en los que los gobiernos de esos países tienen una singular influencia (Charles Powell cita en su ensayo determinados casos de monarquías árabes) es plausible o debería quedar desterrado? ¿Por qué se beneficia a unas empresas españolas y no a otras en esos casos? Por otra parte, ¿qué ocurre con la involucración del Rey con otro u otros jefes de Estado para desatascar conflictos políticos (el caso del presidente Zapatero con la administración Bush es conocido)?


En mi opinion, la prueba de limpieza en este orden de influencias deben darla dos órdenes de argumentos. El primero que cuenten con la petición del Gobierno, que es el único responsable de esas actuaciones, según señala el artículo 64 de la Constitución.


La segunda de las referencias con las que es preciso que actúen, tanto el Rey como los políticos es la menos precisa y desarrollada de las dos. Y la señala con precisión Charles Powell en su reseñada obra, se trata ésta de la dación de cuentas, la transparencia, lo que Maura consideraba la práctica política consistente en actuar con “luz y taquígrafos”. En este aspecto, un país en el que los agentes públicos actúan desde el exceso de la verborrea y la escasez de transparencia como es nuestro caso, lo cual se demuestra, por poner dos ejemplos, en que España sería uno de los últimos Estados de la UE en aprobar una ley al respecto, que su contenido ya sería considerado poco avanzado en relación con otros países y que su grado de ejecución ha padecido también de importantes titubeos; o -segundo de los ejemplos- que la aparatosa desclasificación de los papeles del 23-F por el gobierno ha puesto de manifiesto la singular vigencia de una Ley de Secretos Oficiales aprobada bajo el régimen franquista.


Cuanto más se aleje al Rey de la política y se le acerque a la simbología será menos el Rey de una parte y se hará Rey de todos los españoles. También de los españoles que no quieren serlo, aunque se incluya a los españoles que, o bien consideran que la forma de gobierno -o de Estado- republicana es mejor o más práctica que la monárquica, y a los monárquicos que, sin dejar de serlo, aspiran a tener un Rey que actúe según el dictado de sus políticas, esto es, insisto, que se desmajestice. Unos y otros se equivocan, los primeros porque de tanto tirar de la cuerda serán ellos los que se precipiten al abismo, los otros porque un Rey de parte sólo sirve a corto plazo; a largo plazo,  incluso a medio, se convertiría en un instrumento prescindible, y fácilmente enterrable.


 

¿Es esto lo que pretenden? Cualquiera sabe.


domingo, 22 de febrero de 2026

Decir adiós


Hay un momento en la vida de la gente en la que las despedidas plantean preguntas que ni siquiera te molestabas en formularte hace veinte, incluso diez años. 


Suena la música de Bach, el Salve Regina o el Agur Jaunak, el sacerdote oficia el rito eucarístico, ofreces tus condolencias a la familia y saludas a los amigos. Todo eso que suponía una actividad más, integrada en tu vida cotidiana, algo así como quien dice: hoy iré a mi despacho, almorzaré con un amigo y… a las 8 voy a un funeral, se puede parecer bastante a la suma de gestiones que debes acometer en una jornada más. Como quien dice: después de mis trabajos habituales hemos quedado con unos amigos a tomar una copa, algo que desde nuestra condición de seres sociales se nos impone.


Pero la diferencia es notable. Y es que no dices adiós al padre, a la madre, de unos amigos, señores de edad provecta, cargados de enfermedades y alifafes, que no es que hayan llegado a la vejez, sino que nutren ya el cuantioso ejército de los ancianos, esos que se sitúan en la década de sus 90 años, esos que a fuerza de estirar su vida ésta no da más de sí.


Porque al que estás diciendo adiós es a un amigo, a alguien que tenía, unos pocos años arriba o abajo, más o menos tu misma edad. Y no es el único, escasamente hace un par de meses se iba otro, que no llegaría a pasar la navidad, que no pudo beber un sorbo de cava para brindar por el año nuevo, al que no se le atragantaron las uvas porque antes de eso era su propia vida la que se le había parado en la garganta, y no es que no era capaz de respirar, es que ya no lo necesitaba. Y ya que me refiero a la respiración y al agotamiento, hace unos pocos días se nos iba la hermana de una amiga íntima, agotada de luchar por conseguir el oxígeno que la permitía seguir entre nosotros.


Y vendrán más, te dices a ti mismo, seguramente. Algunos de los que no están en esa iglesia quizás. Y te acercarás a un tanatorio, a otra parroquia, con otras gentes, otros amigos a repetir este rito del adiós…


Y es una despedida, que de tanto como se cierne sobre los próximos, con los que has compartido cuitas y ansiedades, confidencias y bromas, forman de tal modo parte, una parte al menos, de tu vida, que la separación es ya un anticipo de tu propio adiós


Y en tanto que el sacerdote se refiere a San Agustin y a “La ciudad De Dios”, martillean sobre tu imaginación las sabias palabras de Hemingway: “No te preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Y repican en todas las iglesias, como un tam-tam de los pueblos primitivos, informando de un incendio, de una riada -cuando no existían los móviles o no te informaban de las situaciones de alarma-, tocando a muerto, que ni siquiera es ya el último y definitivo, porque ese sonido no podrás percibirlo.


Y te preguntas, cuando el coro entona una canción de un compositor alemán, “¿por qué él y no yo?”, ¿por qué el adiós, el Agur Jaunak, no está dedicado a ti? Y sabes que nadie responderá a esa cuestión. 


Por eso, y por mucho más, por todo lo demás, te coges del brazo de tu mujer y te dices a ti mismo: aquí sigo, todavía nos es posible anudar algún tiempo más a una vida que inundará a los años que tal vez te queden por delante. 


Y regresas al adagio latino, que repetía con no menor sabiduría que el novelista americano al que le gustaban tanto los toros, la fiesta y el alcohol,”Carpe Diem!” 


Y esperas que las campanas, tus propias campanas, se demoren mucho tiempo en redoblar. 


Y que aproveches bien ese tiempo.


domingo, 15 de febrero de 2026

Vox y el PP después de las dos primeras elecciones autonómicas

Han concluido los dos primeros procesos de primarias con los que el PP pretendía poner en evidencia el deterioro del gobierno Sánchez, por una parte, y confirmar la hegemonía de su partido en el ámbito de la derecha, por la otra. El hundimiento del PSOE ha tenido lugar de manera evidente, pero el partido de Feijóo no ha ampliado -sino al contrario- su ventaja respecto de Vox, que crece por encima de sus expectativas.


Y permanece instalada en la sede de Génova la preocupación de lo que deban hacer con el partido que preside Santiago Abascal. En Aragón lo han intentado todo, desde no referirse a esa formación hasta invitar a Tito Alves a que clausure su campaña. Saben que tienen un problema, pero desconocen como exorcizar el diablo que lleva dentro.


Porque es cierto que Vox nació como una respuesta de valores y principios, netamente de derechas, pero dotado de credenciales democráticas frente a un Partido Popular que parecía haber enterrado sus ideales en la tumba de la gestión ayuna de ideología de Rajoy/Montoro. Los fundadores de Vox habían ostentado cargos relevantes en el PP. Como Vidal Quadras, expresidente de este partido en Cataluña y también del Parlamento Europeo, también en las listas de aquella formación política; Santiago Abascal, que fuera presidente de Nuevas Generaciones -por cierto, cuando Pablo Casado militaba en esa organización juvenil- y también por cierto, compañero de escaño del que firma este comentario en el Parlamento Vasco.


La deriva de ese partido, sin embargo, se parece poco a sus orígenes. Abrazado a otros movimientos populistas, Vox ha segregado de su militancia a quienes consideraron un día que la derecha española precisaba de un rearme de valores, sin mengua de la defensa de la democracia liberal, como ocurrió en el caso de Iván Espinoso de los Monteros. 


Hoy ya, Vox es el partido antisistema. Está en contra de la inmigración y aplaude las acciones de la agencia federal ICE de Trump, es crítico respecto de las propuestas de integración europea que refuercen la conversión de la UE en un relevante player internacional, se ausenta en los actos que preside S.M. el Rey, quizás porque lo considere blando


Se podrá criticar a Vox por estas y otras formulaciones. Pero conviene que no nos engañemos en el diagnóstico, so pena que la respuesta que ofrezcamos a su crecimiento se instale en el error. Hoy Vox, como ayer -en otro ámbito muy diferente del espectro político y desde propuestas muy distintas- Ciudadanos, constituye la expresión de un hastío popular al que ninguno de los dos partidos que forman el arco de bóveda del sistema español se ve capaz de solucionar. No, desde luego, el partido de Sánchez, cuya obsesión por el poder y la protección que de éste emana en torno de quienes lo tienen ha alcanzado niveles cercanos al paroxismo; pero tampoco el PP, que no deja de ser un partido sistémico al que se le pueden -y deben- endosar buena parte de las críticas que recibe el PSOE.


En esa España cuya urdimbre se va deshilachando día tras día, en la que el ascensor social ha puesto cartel de “averiado”, dejando a los jóvenes sin otra perspectiva que vivir el presente; en que los trenes descarrilan o llegan tarde y nunca; en que la vivienda, de alquiler o compra, alcanza precios astronómicos en los lugares de las ciudades en las que las gentes quieren vivir; en que las Comunidades Autónomas apenas se coordinan entre ellas y con el Estado para combatir las catástrofes más o menos naturales, porque algunas de ellas alcanzan a la responsabilidad de las Administraciones, y no sólo de la naturaleza; en que las listas de espera de la sanidad pública se calculan en trimestres o semestres; en que no se encuentra interlocutor, menos por lo tanto solución, al otro lado del teléfono en los servicios públicos… en esta “España sin pulso”, que decía Silvela, pocos confían en que el Partido Popular -por muy bienintencionado que lo sea- pueda resolver esos vicios instalados en nuestra piel de toro como si se tratara de una segunda o tercera capa epidémica.


¿Y qué decir de las reformas de calado? De una ley electoral, cuya modificación seguramente traería complicaciones que no se advierten y que la convierten casi en objeto de culto. De un poder judicial, al que también el PP querrá controlar. De un parlamento convertido en circo romano de comisiones de investigación y de mero instrumento para el acoso y derribo, recelando tanto el PSOE como el PP de su debate y control. De las pensiones, que no querrán tocar porque ahí se encuentra buena parte de su base electoral. Del agua, las sequías, las inundaciones y los pantanos. La inmigración, tan necesaria como denostada…


Preferirán entonces los de Feijóo actuar con Vox como lo hicieron con otros partidos que surgieron en su ámbito electoral y desaparecieron por motivos diferentes. El CDS de Suárez, carente de programa y convertido en fotocopia del partido refundado por Aznar. La “operación reformista” de Roca y Garrigues, que sólo sirvió para engordar los votos convergentes en Cataluña. UPyD, que moría víctima de la patrimonialización de algunos de sus fundadores. Y Ciudadanos, quizás el intento más serio de crear un partido reformista y liberal en la España más reciente, que se apagaba cuando su presidente fue incapaz de actuar sobre la realidad de los votos, prefiriendo a éstos la quimera de sus sueños.


Esperar a que desaparezca el elefante de su habitación… lo malo para ellos -y para nosotros también- es que sigue creciendo. Haciendo además bueno el lema del PP de Azcón en las tierras aragonesas, de forma imparable.


Por supuesto que, entretanto, tendrá que negociar con ellos. Pero ese es otro problema…

domingo, 8 de febrero de 2026

La ingente labor del Gobierno Largo de Maura

 Publicado en La Voz de Lázaro, el 8 de febrero de 2026

Apenas van apagándose los dias en los que el breve recuerdo de la figura de don Antonio Maura, con ocasión del centenario de su fallecimiento (13 de diciembre de 1925), nos han dejado el sabor de boca de la obra de un hombre que se desplegaría en tantos ámbitos, que se diría hasta inimaginable quë fuera posible en una sola persona. Llegan hasta nosotros los ecos de su trabajo político -el más público y notorio-, pero hubo también el Maura jurista, el Maura académico -director- de la Academia de la Lengua o el Maura artista -sus días terminaron en Torrelodones mientras pintaba una acuarela-. No en vano, el empeño de “emplear bien el tiempo”, presidía su existencia, lo que explica sus madrugadores esfuerzos para asi acometer las tareas pendientes de la jornada -se levantaba, según sus biógrafos,a las 4 de la mañana.


En el ámbito de la política existen fases diferentes a lo largo de su vida. Está el Maura vigoroso, dispuesto a cambiar España “brutalmente”, que es el de la ”revolución desde arriba”, hasta el Maura abatido por una deriva de descomposición que pondría al país en manos de los militares (“que gobiernen los que no dejan gobernar”). Una dictadura, la de Primo de Rivera -pronosticaba también-, que nos conducirá hasta “la casa del pueblo”, después de un tiempo de apariencia democrática -la República.


Centro de la amargura del Maura del “por mí no quedará”, que fuera el presidente de los tres breves Consejos de Ministros que protagonizaría antes del advenimiento de la dictadura, lo serían los liberales, que no estaban dispuestos a rectificar después del asedio contra su Gobierno Largo (1907-1909), en connivencia con las fuerzas antisistema que eran los republicanos y el trust de la prensa; el caciquismo, que era preciso “descuajar”; el ejército, al que habría que reformar de sus tentaciones involucionistas; a los sectores más acomodaticios de su partido, los “idóneos”, dispuestos a turnar a cualquier precio con tal de acceder al poder; y al propio Rey, que le abandonaba en el primer revés de su manato.


Pero el Maura de las reformas lo fue de tal consistencia que, en apenas tres años de su principal acción de gobierno inundaría las Cámaras representativas (entonces no se utilizaba, como ahora, el abusivo procedimiento de los Decretos-Ley que, sobre una pretendida justificación de urgencia, esconden en realidad la voluntad de hurtar al parlamento su consideración y debate), de tal envergadura que, según el historiador Juan Pablo Fusi, dejarían sin margen de maniobra a los liberales. De ahí al “Maura no” quedaría un breve paso que no dudarían en franquear.


Se ha hablado mucho de la politica social de don Eduardo Dato, pero es menos conocida la preocupación en este ámbito de don Antonio Maura. Quizás oculta entre las medidas políticas y navales que han llegado con mayor nitidez hasta nosotros: la ley electoral, la nonata ley de régimen local o las tres leyes concernientes a la Armada de guerra -necesarias éstas para un pais peninsular que ya había experimentado la derrota del Desastre de 1898.


Ese Maura social se reflejaría en iniciativas como la creación del Instituto Nacional de Previsión, precedente de la Seguridad Social, que nacería con aportaciones voluntarias de trabajadores y empresarios, y del Estado, y que después experimentaría una notable expansión; la ley del descanso dominical, que sería acogida desde la animadversión o la indiferencia de extraños y propios, aunque contaría con el apoyo del PSOE; la ley de huelga, que se basaba en el reconocimiento del derecho de propiedad del trabajador sobre sus horas de trabajo; o la ley sobre el salario mínimo, que sólo pudo discutirse en el Senado.


 Consistía este Maura social -como el Maura político- en que su propuesta reformista adecuara a España a un sistema democrático, reforzando el ámbito de representación ciudadana que permitía la Constitución vigente -la de 1876- y situara al Rey en una función simbólica e integradora -a la manera de la figura de “Rey de todos los españoles”- y redujera su ámbito de actuación como Rey político, que le haría deudor y acreedor de los errores y aciertos propios y de terceros gobernantes.


Habrá que concluir que constituyen “rara avis” este tipo de gentes. Quizás por eso se distingue al político del estadista. Que son, estos últimos, quienes perciben con adecuación el momento histórico que atraviesa su pais, identifican las reformas necesarias y se dispone a acometerlas sin vacilación. Personas para quienes el poder no constituye un fin en sí mismo, sino un instrumento para realizar los cambios necesarios.


Será preciso consultar un Libro Guinness de los récords politicos nacionales para conocer si fuera esta etapa -¿quizás el advenimiento de la Segunda República o la más reciente transición democrática- para conocer cuál fue el periodo de gobierno con mayor intensidad reformista, legislativa y de gestión. Pero resulta notorio que la que ocurrió en España en aquellos atres años no le va desde luego a la zaga. Porque -de la misma manera que los otros dos casos citados- lo que pretendió Maura fue un verdadero cambio de régimen. 


La conjunción de los peores instintos -los mediocres, los rastreros- de políticos que quedaban ayunos de programa, y de gacetilleros -que no periodistas- a quienes no se les ofrecían las dádivas de las gratificaciones oficiales -los “fondos dé reptiles”-; unidos todos a la connivencia de un Rey que, según el historiador Romero Maura, sólo quería recuperar el poder… darían al traste con operación de tanta envergadura.


Es verdad que ese gobierno cometió errores. El más significativo el de enviar a los reservistas -padres de familia, muchos de ellos- a combatir a Marruecos. Lo que, activado por quienes sabían y podían hacerlo, condujo a la Semana Trágica.


Pero esa es otra historia.