Hay un momento en la vida de la gente en la que las despedidas plantean preguntas que ni siquiera te molestabas en formularte hace veinte, incluso diez años.
Suena la música de Bach, el Salve Regina o el Agur Jaunak, el sacerdote oficia el rito eucarístico, ofreces tus condolencias a la familia y saludas a los amigos. Todo eso que suponía una actividad más, integrada en tu vida cotidiana, algo así como quien dice: hoy iré a mi despacho, almorzaré con un amigo y… a las 8 voy a un funeral, se puede parecer bastante a la suma de gestiones que debes acometer en una jornada más. Como quien dice: después de mis trabajos habituales hemos quedado con unos amigos a tomar una copa, algo que desde nuestra condición de seres sociales se nos impone.
Pero la diferencia es notable. Y es que no dices adiós al padre, a la madre, de unos amigos, señores de edad provecta, cargados de enfermedades y alifafes, que no es que hayan llegado a la vejez, sino que nutren ya el cuantioso ejército de los ancianos, esos que se sitúan en la década de sus 90 años, esos que a fuerza de estirar su vida ésta no da más de sí.
Porque al que estás diciendo adiós es a un amigo, a alguien que tenía, unos pocos años arriba o abajo, más o menos tu misma edad. Y no es el único, escasamente hace un par de meses se iba otro, que no llegaría a pasar la navidad, que no pudo beber un sorbo de cava para brindar por el año nuevo, al que no se le atragantaron las uvas porque antes de eso era su propia vida la que se le había parado en la garganta, y no es que no era capaz de respirar, es que ya no lo necesitaba. Y ya que me refiero a la respiración y al agotamiento, hace unos pocos días se nos iba la hermana de una amiga íntima, agotada de luchar por conseguir el oxígeno que la permitía seguir entre nosotros.
Y vendrán más, te dices a ti mismo, seguramente. Algunos de los que no están en esa iglesia quizás. Y te acercarás a un tanatorio, a otra parroquia, con otras gentes, otros amigos a repetir este rito del adiós…
Y es una despedida, que de tanto como se cierne sobre los próximos, con los que has compartido cuitas y ansiedades, confidencias y bromas, forman de tal modo parte, una parte al menos, de tu vida, que la separación es ya un anticipo de tu propio adiós
Y en tanto que el sacerdote se refiere a San Agustin y a “La ciudad De Dios”, martillean sobre tu imaginación las sabias palabras de Hemingway: “No te preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Y repican en todas las iglesias, como un tam-tam de los pueblos primitivos, informando de un incendio, de una riada -cuando no existían los móviles o no te informaban de las situaciones de alarma-, tocando a muerto, que ni siquiera es ya el último y definitivo, porque ese sonido no podrás percibirlo.
Y te preguntas, cuando el coro entona una canción de un compositor alemán, “¿por qué él y no yo?”, ¿por qué el adiós, el Agur Jaunak, no está dedicado a ti? Y sabes que nadie responderá a esa cuestión.
Por eso, y por mucho más, por todo lo demás, te coges del brazo de tu mujer y te dices a ti mismo: aquí sigo, todavía nos es posible anudar algún tiempo más a una vida que inundará a los años que tal vez te queden por delante.
Y regresas al adagio latino, que repetía con no menor sabiduría que el novelista americano al que le gustaban tanto los toros, la fiesta y el alcohol,”Carpe Diem!”
Y esperas que las campanas, tus propias campanas, se demoren mucho tiempo en redoblar.
Y que aproveches bien ese tiempo.