Publicado en La Voz de Lázaro, el 3 de abril de 2026
En su reciente visita al palacio de la Moncloa, definido por su afán de rebañar los restos del menú servido por Pedro Sánchez desde que obtuvo la moción de censura en junio de 2018, seguramente habrá recordado Imanol Pradales quemuy pocos días antes de este descabezamiento parlamentario del gobierno, el partido del que era portavoz Aitor Esteban, y del que es hoy presidente, había apoyado con sus votos la ley de presupuestos presentada por Mariano Rajoy. Aunque también resulta posible que, en un síntoma de desmemoria tan habitual para el nacionalismo vasco, hubiera olvidado el actual lehendakari que su partido, en esa ocasión como en otras a lo largo de su historia, es capaz de actuar de una forma y de la contraria en el escaso lapso de tiempo que se produce en un abrir y cerrar de ojos.
Entre las peticiones que el lehendakari Pradales ha hecho al presidente Sánchez ha estado la de la entrega del emblemático lienzo de Picasso, Guernica, al País Vasco. Una obra que realizaba el artista malagueño por encargo del entonces gobierno de la República.
El responsable institucional vasco ha apelado como razón básica para su pedido que se trataría de un “gesto de memoria histórica”. Con esa argumentación, el PNV ha abierto la caja de los truenos, convocando a un nuevo debate sobre la virtualidad de la obra del citado creador, pero también de la verdadera actitud del PNV a lo largo de la guerra (in)civil que asolaría a nuestro país.
Desde las páginas de El Confidencial, ya ha narrado Javier Caraballo las circunstancias históricas del encargo del gobierno republicano a Picasso, de la cantidad satisfecha por aquél y de la acomodación de la obra a la contienda, partiendo de un homenaje que -tanto Picasso como Lorca- rindieron a la figura del torero Ignacio Sánchez Mejías. El lector podrá comprender el esfuerzo imaginativo que se precisa para remitir el sufrimiento de un matador de toros al de un pueblo vizcaino sometido a un bombardeo nazi, pero -ya se sabe- la imaginación es material que no resulta escaso en el mundo de la cultura.
El problema que tienen algunas marcas es que resisten mal el paso del tiempo, y la del PNV no constituye ninguna excepción a este aserto. Nacido como un partido reaccionario y xenófobo -no otra cosa era su fundador, Sabino Arana-, el PNV establecería sus señas de identidad sobre el odio a España y a lo español, simbolizado en las gentes llegadas a Vizcaya, procedentes de otros lugares de España, para contribuir a su desarrollo industrial. El apelativo que adjudicaban a esas personas, maketos, y por extensión a España, Maketania, demuestra a las claras el discurso racista del primer nacionalismo vasco.
No debió pasar mucho tiempo desde los escasamente gloriosos años fundacionales del que se llamaba partido bizcaitarra (el libro de Sabino Arana se tituló “Bizcaya por su independencia”) para que un empresario -plutócrata, se les llamaba entonces-, de nombre Ramón de la Sota, se hiciera cargo de esa formación política, la financiara con generosidad y se aprestara a batirse con las derechas -españolas, por supuesto- y los socialistas, compitiendo en la compra de votos con aquéllas, y sorteando con éstos las amenazas y los atropellos de lo que se conoce como partida de la porra, además de los acuerdos a que llegaban las derechas y las izquierdas para evitar el auge del nacionalismo, temido por ambos por anti-español y reaccionario.
Fue siempre, en efecto, el partido de Arana y Sota contrario a la idea de España. Por eso, la llegada de la guerra le cogería con el pie cambiado. El nacionalismo era un partido confesional católico -“Dios y Leyes Viejas”, proclaman aún sus siglas en vascuence-, y los desatinos republicanos en contra de la religión no podían resultar de su conformidad. Por ese motivo, el bando franquista intentaría allegar su concurso al llamado alzamiento nacional. Sometida la cuestión al dirigente peneuvista Telesforo Monzón, es conocido que éste solicitaría armas a los sublevados. Para la historia queda que, muchos años más tarde, un cuasi redivivo Monzón intervendría en los actos electorales en apoyo de Herri Batasuna.
Planteada semejante cuestión por el antaño anti-nacionalista, el socialista Indalecio Prieto, tendría éste mejor suerte. Claro que ofrecería a cambio del apoyo nacionalista el de los republicanos a la autonomía vasca, en un estatuto de guerra que constituiría la primera oportunidad histórica en la que, además de las provincias vascongadas, existía una institución jurídico-política que se denominaba País Vasco.
Los desmanes de la guerra situaron a los nacionalistas en un terreno incontrolable. El poder no lo tenía su gobierno, que veía cómo las hordas milicianas acababan con la vida de los apresados en los buques Cabo Quilates y Altuna Mendi, anclados en la ría del Nervión; en la prisión de los Ángeles Custodios o en el fuerte Guadalupe de Fuenterrabía. (También para la siniestra historia de las conexiones entre el PNV y los filo-terroristas, queda que el responsable del orden público de aquel Gobierno Vasco lo fuera el mencionado Telesforo Monzón).
El bombardeo de Guernica a cargo de la aviación nazi acaeció en esa población vizcaina, según el historiador Xabier Irujo, porque era una ciudad abierta, sin defensa antiaérea y por tanto sin riesgos para los atacantes, y que reunía las mejores condiciones para que Hermann Goering, lugarteniente de Hitler y comandante supremo de la fuerza aérea nazi, ensayara allí los bombardeos sobre poblaciones civiles que después llevaría a cabo con profusión en otros muchos lugares durante la II Guerra Mundial. Seguramente podrían haber elegido el municipio zaragozano de Belchite, que sería por tres veces frente de lucha en aquella contienda, o cualquier otra localidad propicia, pero fue Guernica. Abrigo serías dudas respecto de si los belchitanos —y por extensión, los zaragozanos y aun los aragoneses se considerarían víctimas étnicas de la destrucción totalitaria que supuso el Tercer Reich.
Y ahora se reclama por el Gobierno Vasco el cuadro que ejemplifica los horrores de la guerra, más allá del enfrentamiento entre los españoles -y bastante más allá aún del escenario vasco- como un gesto de memoria histórica que situaría con comodidad al PNV en un lugar grato de la historia, el que no corresponde a su vergonzante comportamiento -por inexistente- ante los desmanes que en suelo vasco se produjeron en ese tiempo, o la no menos vergonzante rendición -y abandono de la República- de los gudaris del PNV a los italianos en la localidad cántabra de Santoña en agosto de 1937.
Tiene el PNV poco que presumir de su historia, y mucha memoria que distorsionar para reajustar la realidad de los hechos a sus particulares conveniencias. Pero como decía el dirigente cristiano-demócrata, Julen Guimón, “para el PNV el futuro es exacto y el pasado es impredecible”. Tan exacto e impredecible -añadiría yo mismo- lo seguirá siendo en tanto que permanezcan en las responsabilidades de gobierno quienes paguen con dádivas los votos nacionalistas en el Congreso de los Diputados.