Publicado en El Imparcial, el 14 de marzo de 2026
Resulta complicado en este tiempo sustraerse -o distanciarse- del debate impulsado por el presidente del Gobierno respecto de esa singular guerra desatada por los Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Un conflicto extraño del que, cuando se escriben estas líneas, apenas conocemos algo más que su día a día. No parece que exista ningún plan ni objetivo concreto que integre a esos dos países, quizás debido a esa causa no se ha pedido su consentimiento al Congreso norteamericano. Las declaraciones del presidente Trump en relación con su desarrollo son confusas, cuando no contradictorias, y sólo se advierte un cierto propósito de salvamento de su expuesta situación política por parte del primer ministro israelí, aunque -como ya se ha señalado en algún comentario aparecido en la revista Foreign Affairs- lo que pueda quedar en el paisaje de la zona, toda vez que concluya la contienda, se parezca bastante al resultado que se produce después de agitar un nido de avispas.
Ya dijo Sánchez que era necesaria la movilización del voto socialista para la convocatoria de las elecciones generales, en unas declaraciones realizadas cuando concluían las autonómicas aragonesas, pendientes aún las castellano-leonesas y las andaluzas, generando el lógico disgusto entre los líderes regionales. Malestar expresado por el presidente García Page en un programa televisivo de máxima audiencia.
Para esa activación de un voto abrumado por los incontables casos de corrupción -acompañados además por el carácter cutre que les es habitual- sujetos a investigación judicial, que se ciernen sobre el entorno de las amistades y la familia del presidente, a lo que resulta preciso añadir los pactos con filo-terroristas e independentistas, la colonización de las instituciones y el escaso respeto a la Constitución y al Parlamento -véase la obstinada negativa a la presentación de un proyecto de ley de presupuestos-… el electorado socialista necesitaba como banderín de enganche la repetición del slogan del no a la guerra que tanto rédito le supuso a Zapatero en el año 2004, atentado terrorista mediante.
El recuperado slogan del no a la guerra ha dejado, una vez más, ¿y hasta cuándo?, a un PP desnortado, sin ideas y carente de otra argamasa que le una que no sea su vocación por la obtención del poder. Y sitúa a Vox en el papel del chivo expiatorio pro-trumpista, negador del derecho humanitario y de las reglas del derecho internacional -una tesis a la que curiosamente acaba de apuntarse la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, por mucho que se haya visto obligada a rectificar.
El leit motif de la política del presidente Sánchez parece ser el de colocar a Vox como la real oposición a su pintoresca coalición de gobierno, una extrema derecha que arrastraría de modo irreversible al PP, lo que recuerda poderosamente la estrategia seguida en Francia por François Mitterrand. Llegaría el político francés a modificar la ley electoral en el año 1985 para favorecer el auge del Front National de Jean-Marie Le Pen -padre de la actual líder populista de la derecha de ese país-. Su única pretensión consistía en debilitar a la derecha democrática republicana, que era la principal adversaria del partido socialista y que hoy en día ha desaparecido en la práctica del paisaje político del país vecino.
Sánchez parece dirigir su mirada hacia el este en lugar de hacia el oeste. En Portugal acaba de tomar posesión el socialista António Seguro. Con un 66% de los votos, frente al 34% del candidato populista de Chega, logrando unir en su apoyo al conjunto de los demócratas del otro país vecino.
Desde hace tiempo, Portugal emite hacia el conjunto del continente, y del mundo, señales de sensatez y de buen criterio. De eso constituyen fiel testimonio los nombres de António Guterres -secretario general de la ONU- o de António Costa -presidente del Consejo europeo-, ambos miembros del partido socialista.
En tiempos de incertidumbre como los que atravesamos son más necesarias que nunca las gentes que construyen puentes, que dialogan y que integran, frente a quienes erigen muros, insultan y dividen. Personas que consideren que la política no es un juego de suma cero, en el que siempre gana uno para que pierda el otro, sino un win win, en el que todos los actores ganan.
A España -y a Europa- se le presenta un verdadero rosario de problemas de cuentas que parecen inacabables porque nunca se resuelven. Desde la vivienda hasta la sostenibilidad de las pensiones, pasando por el funcionamiento de las instituciones y de los servicios, el sistema de salud… en un país en el que se han minado los consensos y el espíritu de la Constitución de 1978 ha quedado abandonado en el baúl de los trastos que ya no se usan, resulta preciso retornar -y reformar- la clase política con gentes para quienes el poder suponga la oportunidad de resolver los problemas y no de crear otros nuevos.
Mirar hacia el oeste, como una nueva -y testada- frontera para quienes supimos construir una democracia desde el consenso, recuperar el espíritu de emprender tareas importantes, como hacían los pioneros americanos del Go West!
Un procedimiento que ya utilizamos en su día los españoles de fronteras hacia dentro, pero del que nos hemos olvidado cuando quizás más falta nos haría.