miércoles, 4 de febrero de 2026

Una Unión dentro de la Unión

 Publicado en El Imparcial, el 1 de febrero de 2026


Las decisiones impulsadas por Donald Trump a partir de su segundo mandato, erráticas en su mayor parte, pero presididas por una altanería de comportamiento que empieza a extenderse a otros países y regiones del mundo, y servidas por un ejército de leales, nos han hecho caer de bruces en el agujero negro de la ley del más fuerte, que es la de la selva, en la que el orden internacional basado en reglas ha mutado en un desbarajuste definido por los impulsos de unos y la respuesta de los que ni siquiera desearon nunca constituirse en sus contrarios, pero que ahora no tienen otro remedio que establecer cortafuegos a los designios del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sobrevivir en un modelo que cancela los principios y valores que marcaron nuestras existencias no es fácil, salvo que aceptemos renunciar a esa forma de vida y rendir pleitesía a otra en la que no seremos los más fuertes y por la que nos veremos necesariamente devorados. Como vino a decir el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, si no te sientas a la mesa formas parte del menú.


Como pollos sin cabeza, los dirigentes europeos corren alocadamente, saltando, en su particular juego de la oca, de capital en capital, de país en país, como pretendiendo demostrar que el simple movimiento produce efectos taumatúrgicos, y las horas robadas al sueño y transfundidas a sus organismos les proporcionaran una mayor dosis de conocimiento, de reflexión, de certeza.


Pero no dejan de ser movimientos reactivos. Existe, sin embargo, en ellos algún elemento que no se debe desdeñar. La idea, por ejemplo, de que hoy más que nunca, resulta preciso mantener el proyecto europeo, sometido al ataque doble del America First de Trump y de nuestros populismos interiores, y necesitado de acomodación, para integrar en el sistema de libertades y estado del bienestar, una política de Defensa propia, a la que podrían sumarse eventualmente el Reino Unido y Turquía.


Esa idea de que la Defensa de Europa constituye principal preocupación de los ciudadanos europeos, abre el debate -que algunos creíamos cerrado definitivamente- del servicio militar obligatorio. Sin llegar a eso, algún opinador político está manteniendo que todos los miembros de la colectividad cedan un año de sus vidas a servicios sociales organizados en beneficio de la ciudadanía. Que no son sólo -aunque también- el Ejército, sino, por ejemplo, las tareas de complemento a la escolarización, los bancos de alimentos, la involucración en ONG solidarias o el acompañamiento de ancianos y personas dependientes. En una sociedad que se siente acreedora permanente de derechos no estaría de más introducir en alguna medida en la ecuación los deberes.


Pretenden estos dirigentes europeos defender la integridad territorial de Ucrania, o al menos la garantía, en el eventual pacto con Rusia, que permita disuadir cualquier tentación de Putin por intentar una nueva invasión, en Ucrania o en cualquier otro lugar del Este de Europa. Cuestión difícil ésta cuando a los intereses geopolíticos de las partes se les incorporan las pretensiones económicas del apadrinador del proyecto MAGA.


Y están resueltos a defender también la integridad territorial de los países miembros (artículo 4 del Tratado), que se ha puesto en entredicho por Donald Trump en relación con Dinamarca y Groenlandia.


No son pocos los objetivos que comparten nuestros bienintencionados líderes europeos. Pero son conscientes todos ellos de que para acometerlos les hacen falta medios. No sólo económicos, aunque también sean necesarios (una Defensa integrada requiere de programación, tiempo y presupuestos). Exige para su implementación de unos instrumentos jurídicos de los que la Unión carece. Cualquier decisión que afecte a la política exterior y de seguridad debe circunscribirse al procedimiento de la unanimidad. Bien es cierto que, en algunos casos, se ha sorteado esta regla (la UE acordó congelar indefinidamente alrededor de 210.000 millones de euros en activos rusos, evitando que Estados como Hungría y Eslovaquia vetaran cada seis meses la renovación de esas sanciones). No deja esta decisión de constituir un remedio -un apaño- jurídico del que resulta difícil inferir una posibilidad de modificación de los Tratados en lo que a política exterior y de seguridad se refiere.


Precisamente por esa causa, el ex Alto Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, Josep Borrell, ha aventurado recientemente la necesidad de acometer una redefinición de la Unión Europea en los ambiciosos términos que dan título a este comentario: una Unión dentro de la Unión.


Iría más allá -bastante más- que el instrumento de la cooperación reforzada, prevista en el artículo 20 del Tratado. Y se insertaría en un nuevo acuerdo entre algunos de los países., actualmente miembros, que son conscientes de la necesidad de poner en práctica, de una vez por todas, esa Europa de una velocidad de crucero que impida a los Estados más reticentes imponer sus recelos a los más conscientes.


Repetía con frecuencia la líder radical -liberal y progresista- Ema Bonino que en Europa existen dos tipos de países, los que son débiles y los que no saben que lo son. Por eso, fortalecer la integridad de la Unión es optar por convertirnos en un actor internacional, toda vez que nos estamos saliendo -¿nos hemos salido?- del cuadro.


Algunos se empeñan en observar por el retrovisor lo que puedan pensar y hacer nuestros populistas del interior de Europa, pero no es menos cierto que cuantas más concesiones les hagamos antes llegarán a sustituirnos. Ya se sabe, el original y la copia. Si tenemos convicciones urge ponerlas a rodar.


Y no hay que tener un excesivo temor a las dos velocidades para la construcción europea. Como me decía un ex-ministro de Exteriores español en una conversación privada, al final todos los que están operando en la velocidad lenta querrán sumarse a la rápida. Es sólo cuestión de tiempo.


De tiempo y de voluntad política. 


jueves, 22 de enero de 2026

Los fines y los medios a examen en Venezuela

Publicado en La Voz de Lázaro, el 22 de enero de 2026


Toda vez que van transcurriendo los días, las noticias que se publican respecto de la irregular actuación del presidente Trump en contra del ilegítimo presidente de Venezuela, nos confirman que estamos en presencia de un juego de pares en el que los contrarios, en lugar de oponerse, se complementan. Resulta tan viejo como el adagio según el cual “el fin justifica los medios”. Está mal, pero ha depuesto a un dictador.


Pero ni siquiera eso es cierto, porque si el fin de esa actuación fuera la democracia para el pueblo de Venezuela, la recuperación de sus libertades civiles, la soberanía encarnada -en el plazo que se alcance ésta- en esa mujer valiente que es María Corina Machado, quizás hasta podríamos pasar página. Pero tampoco está ocurriendo así.


Al contrario. Las bambalinas de la irregular acción de Trump -que ningún tribunal internacional osará sentenciar- remiten a un pacto entre delincuentes que pretenden, uno el exclusivo negocio a cualquier precio, los otros mantener a salvo su piel y… también sus oscuras y lucrativas empresas montadas sobre el expolio de sus compatriotas.


Y el punto de partida, vale decir, la legitimidad de la victoria de Trump y la ilegitimidad del montaje mafioso del régimen chavista-madurista, no hace bueno a éste ni deja de contaminar a aquél. El pacto les iguala, porque tratar con delincuentes confesos siempre te convierte en un ser parecido a ellos, te obliga a entrar en su juego, a marcar tú también tus propias cartas, te exige desplegar tu propio abanico de trampas.


Unos -los venezolanos usurpadores de la soberanía nacional- despreciaron al estado de derecho porque les obstaculizaba sus objetivos de mantenerse en el poder y proceder al saqueo de las riquezas de su país, el otro -el todopoderoso presidente americano- porque le obstaculizaba su control total de las decisiones y esa torpe confusión entre los intereses personales, los políticos y los sociales. En sus respectivos viajes hacia su encumbramiento les sobran a ambos el parlamento, los jueces, los medios libres de comunicación, las elecciones competitivas…


Es posible que algún historiador, o periodista dotado de las fuentes adecuadas, nos refiera en algún momento el contenido de las conversaciones preliminares habidas entre Trump y Maduro. Esto es, hasta qué punto la oferta que le hizo al decreciente mandatario venezolano el hombre más poderoso del mundo era equivalente a la que haría, más o menos al mismo tiempo, a los oscuros Delcy y Diosdado. Todo resulta posible. Y hasta no parece aventurado pensar que el otrora conductor de autobuses no aceptara esa salida porque pensaba que su guarda de corps, empezando por la pareja Rodríguez-Cabello, exigirían más seguridades al jefe en cuanto al mantenimiento de su integridad personal.


No es la primera vez en la historia de la humanidad en la que los responsables secundarios -¿principales?- de un régimen se desembarazan de su presidente para ofrecerse una salida sin perder en ello excesivos pelos pegados a esa gatera. La abrupta caída de los Estados del bloque soviético es buena prueba de ello. Ahí está el caso de Ceaucescu en Rumanía, el de Enver Hoxha en Albania, y más hacia nuestro sur africano, el del Imperio Centroafricano de Bokassa.


Cuando un líder molesta, quien lo puso -o le soporta- le quita. Pero lo que no existen -creo yo- son precedentes de una actuación como la que hemos podido observar en este caso, la reconversión de una dirigencia que ha esquilmado a todo un país en servidores de los intereses de otro, y ello haciendo uso y ostentación de las mismas proclamas (pseudo) revolucionarias. Por supuesto que todo nos recuerda bastante a la utilización por los servicios secretos germano-orientales de los elementos nazis encargados del control y la eliminación de los disidentes contrarios a Hitler. Y es que conocían el oficio. ¿Qué más da que se pongan el uniforme de la Stasi o el de las SS?


Pero la pregunta sigue en pie sin que nadie por ahora pueda avanzar una respuesta: ¿está ahora más cerca la recuperación de la democracia en Venezuela que antes de la operación del palacio de Miraflores? Forzoso será decir que no está más lejos. Pero quizás habría que leer más en las ideas del secretario de estado, Marco Rubio, que en las autocomplacientes e histriónicas de su presidente. Para el primero, el reto consiste en acabar con los restos del castrismo en Cuba. Y para eso resulta imprescindible cortar el nudo gordiano que le une con Venezuela.


Ni un barril de petróleo para Cuba, diría Rubio con el puño cerrado, y una oferta de transición pacífica, abierta la otra mano. Y quizás en ese punto coincidan las aspiraciones de libertad de unos y otros. Una libertad, eso sí, tutelada por los Estados Unidos y plagada de crudo venezolano y resorts en la isla cubana presididos por banderitas de las barras y las estrellas.


Harían bien María Corina y mis amigos venezolanos en dudar acerca de los objetivos del presidente americano, y mejor en implicar a las gentes en una ocupación pacífica masiva de las calles y las plazas de sus ciudades. Una vez más, ese gran pueblo debe inundar el espacio público y demandar a los viejos dirigentes del régimen y, ahora, a los que dicen ser los nuevos responsables del mando, que éste no es un juego financiero de producción y compraventa de petróleo, que por encima de todo negocio está la dignidad de una ciudadanía y la posibilidad de que esta decida su futuro en libertad.





jueves, 15 de enero de 2026

Las mil y una batallas de Guillermo Gortãzar

Se nos ha ido Guillermo Gortazar en un frío día de este invierno de Madrid, una estación insolente que en ocasiones se diría que acecha a los que ya ni siquiera cuentas las semanas antes del desenlace final, porque ya sólo les quedan días, acaso horas, al enfermo terminal.


Se nos ha ido en el silencio, lo que supone un singular contrapunto a su inveterada locuacidad. Porque cuando Guillermo estaba en una reunión se sabía de él, se oían sus risas como coda final de alguna explicación de no importa qué comentario.


He puesto a este obituario el calificativo de las mil y una batallas. Y es que Gortázar era un hombre combativo… de la palabra, naturalmente. Sentado lo cual no importaba qué causa hubiera que defender. Con tal de que fuera ésta justa, podía contar con su desinteresado apoyo. Y lo mismo se le veía al frente de la Fundación Hispano-Cubana, ofreciendo refugio al exilio y a la disidencia de ese tan maravilloso como abandonado pais. Lo hacía desde su sede de una casa antigua de la calle Orfila, donde congregaba a un amplio grupo de gentes que acudían a escuchar los versos declamados de poetas, las canciones o las soflamas políticas. Como se cogía los trastos para llegarse a Vitoria y congregar a los veteranos de pretéritas lides a la defensa del liberalismo fuerista, una especie de oxímoron que algún día creí entender y que ahora me parece cada vez más antitético. Por lo mismo que organizaba tertulias en el Nuevo Club para el análisis y la defensa de la monarquía, que era para él _y para mí- la mejor y quizás la única manera de defender la idea de la democracia en España. Una tertulia que derivaría en política y dialéctica, bien servida en los fogones del club de la calle Cedaceros y no menos bien regada por los caldos de su bodega.


Conocí y pude participar en todos o casi todos los proyectos a los que, con su tradicional generosidad, me invitaba Guillermo. Estuve en el patronato de la Fundación Hispano-Cubana, intentando de manera infructuosa que la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, nos recibiera, afín de apoyar las subvenciones que de aquella institución procedían. Pero resultarían vanos mis esfuerzos. Al otro lado de la línea telefónica contestaba un asesor -siempre te ponen a uno- que manifestaba que “la presidenta no tiene agenda”. Supongo que después de su abrupta dimisión de ese puesto era agenda lo que la sobraría, pero ya había dejado de ser útil para los cubanos que siguen luchando contra el régimen y la penuria de recursos a la que se ven sometidos.


Tuvimos entonces que pasar por la notaría para deshacer la fundación, no sin antes cerrar ese espacio de tolerancia y libertad que constituía su sede de la calle Orfila. Hay clausuras amargas, pero las que se producen en los lugares que un día integraron la esperanza y reconfortaron a los corazones que recuerdan lo que dejaron atrás, son las más penosas que pueden recordarse.


Como ocurrió con las tertulias del Nuevo Club, en cuya primera reunión tuve la osadía de reclamar la abdicación del Rey Juan Carlos, muy poco después de que se conociera su participación en la cacería de Bostwana, su affaire con Corina Larsen (zu Sayn-Wittgenstein) o sus problemas con el fisco. Algún pariente mío, presente en esa reunión, me observaría con una mirada un tanto circunspecta.


Participaría en esas tertulias hasta que mis complicadas digestiones me lo permitieron. Y de ellas surgirían nuevas relaciones o se renovarían contactos que poco menos que habían quedado en el olvido, como el del amigo Iñaki Ezkerra, con quien había compartido no pocos momentos de tribulación en nuestro Bilbao natal.


Y también yo le hacia partícipe de mis proyectos. Como el del foro 1876, que reúne a historiadores de la Restauración con descendientes de politicos de la época, lugar de encuentro en el que Guillermo nos presentaría su biografía sobre el Conde de Romanones.


Dedicaba Hayek su Camino de Servidumbre “a los socialistas de todos los partidos”, porque es cierto que el intervencionismo constituye moneda común en la derecha y en la izquierda. Pero también cabría, y qué mejor homenaje que éste en un obituario dedicado a la memoria de Gortázar, que referirlo a “los liberales de todos los partidos”. A esos que huyen del sectarismo y se instalan en el debate, a los que están convencidos de que el contrario cuenta con una parte de la razón, a los que reclaman la inteligencia y no la subordinación a las ideas propias. 


Pero Guillermo no era sólo una persona tolerante. También era un liberal de verdad. E infatigable, además. Dispuesto a seguir combatiendo mil y una batallas, aunque las perdiera todas -como el personaje de Cien años de Soledad-. Quizás las ganara todas, pprque no hay mejor victoria que la de un hombre que no se rinde nunca. Y esa era una característica de Guillermo Gortázar que me dejará siempre su recuerdo.







lunes, 12 de enero de 2026

El igualitarismo en España

Publicado por en la Voz de Lázaro, el 12 de enero de 2026

El historiador Carlos Dardé publicó en su día una recopilación de trabajos que había realizado sobre los años de la Restauración canovista. Le adjudicaba a ese libro el sugestivo título de “La aceptación del adversario”.

No existe mejor definición de las ideas abiertas que identifican a las democracias en relación con las autocracias que la propuesta en el señalado título. Cuando se acepta al adversario, comienza a comprenderse que uno no tiene toda la razón, lo que amerita la posibilidad de la alternancia política y, en consecuencia, admite como necesarios los controles externos al gobierno: parlamento, judicatura, en especial. Y otros: revisión de las cuentas, controles previos de legalidad…


No existe, sin embargo, un sistema perfecto, porque cualquiera de ellos depende para su eficacia de los seres humanos, imperfectos por definición. Y el poder para unos y el consiguiente alejamiento de los contrarios constituye un supuesto recurrente. Ejemplos en el señalado periodo histórico existen muchos, pero el más evidente, en mi recuerdo de lector de las páginas de la historia, es el de la coalición de las fuerzas de la izquierda dinástica y antidinástica, con el concurso del Rey, que dieron al traste con la experiencia reformista  de don Antonio Maura después de la Semana Trágica de 1909, cuya lógica contención no había sido objetada por el líder liberal, Moret.


Pero este comentario se refiere a otra cuestión. Y es ésta la del igualitarismo, que es asunto citado con frecuencia en los tiempos que corren, porque la idea de la igualdad remite de forma inevitable a la de justicia. No son, sin embargo, pacíficas las interpretaciones que se puedan plantear en torno de esa pretendida ecuación positiva. ¿Es más justa una sociedad más igualitaria?, ¿no ocurre, por el contrario, que en un sistema en el que prime la igualdad la iniciativa individual se resiente, y en lugar de crear una sociedad abierta a las ideas, a la creación de empresas y de puestos de trabajo estemos montando un sistema burocrático en el que la aspiración máxima de los jóvenes consista en convertirse en funcionarios?


En los finales del siglo XIX, que son los correspondientes al periodo señalado de la Restauración de la monarquía borbónica, después de la fallida y tumultuaria Primera República, España se nos antoja como un pais retrasado, ajeno a la idea del progreso y estancado en sus tradiciones ancestrales. Los pintores que visitaban esa España decimonónica trasladaban a sus lienzos las imágenes de toreros, curas y bailaoras de flamenco, y lo hacían con trazos oscuros, el color apenas hacía acto de presencia en sus paletas.


En esa España triste y gris, en la que las gentes se dirían atadas a sus yuntas -por utilizar la moderna expresión de una canción de Serrat- de por vida, Cánovas -según afirma el profesor Dardé- se refería a la modestia de su origen, semejante al de gran parte de los principales políticos españoles de su época, contraponiendo esta situación a lo que ocurría en Inglaterra, donde, decía el político, eran necesarias tres generaciones, al menos, para llegar desde la base de la sociedad a las más altas esferas del estado. Y, en lugar de mostrar entusiasmo alguno por tal igualitarismo, Cánovas lo juzgaba negativamente, señalando la dificultad de realizar un ascenso social tan rígido. "sin dejar ningún jirón de dignidad y honradez en la subida".


Dando por supuesto que aceptemos la reflexión de don Antonio Cánovas, quizás la podamos justificar en la idea de que Inglaterra, sometida a sus tradiciones como si de una segunda piel se tratara, es por definición una sociedad estratificada en unas clases sociales impermeables unas respecto de las otras. 


Pero no todos los autores están de acuerdo con esta tesis del político -e historiador- español, porque si la estructura social inglesa parecía inaccesible a la promoción, la fortaleza de la burguesía industrial proporcionaría a ésta el ascensor social necesario para la celebración de enlaces matrimoniales ventajosos con los hijos de procedencia aristocrática. Citaré el muy recordado caso de Jennie Jerome -más conocida como Lady Randolph Churchill-, madre del célebre Winston, que había nacido en el año 1854 en Brooklyn, y era hija de un multimillonario americano.


A pesar de la revolución, el caso francés no depararía la previsible igualación social más allá de la consideración juridica. Basta con asomarse a las páginas de la Recherche de Proust -que empezaría a publicarse en 1913- para advertir la abrumadora realidad de una sociedad cerrada a cualquier atisbo de progresión social. Y, sin ánimo de resultar exhaustivo, en Alemania , tanto el ejército como la política se encontrarían vinculados a la nobleza.


No deja de resultar cierto, sin embargo, que además de los orígenes de Cánovas, tampoco los del otro líder primigenio de la Restauración, don Práxedes Mateo-Sagasta, serían aristocráticos; los del citado don Antonio Maura en absoluto lo eran.


Se cumplía en ellos la reflexión que hacía el fundador de la Restauración. Evidencia práctica de que los estudios sociológicos no siempre se corresponden con las evidencias reales.


España, en contra de la imprudente idea que la serie Ena, de reciente emisión por la television pública manifiesta, no era “un pais de bárbaros”. Tampoco un pais de cigarreras, toros y duelos a navaja, como en el Carmen de Bizet. Tendríamos, eso sí, una burguesía débil, una economía basada en el sector primario y una elevada tasa de analfabetismo.Viajarían los barcos cargados de jóvenes que perseguían un futuro mejor en Méjico, Argentina o Venezuela. Pero no se experimentaba en nuestro país la hambruna que empujaría a la emigración de unos dos millones de irlandeses a los Estados Unidos.


Ni más iguales, ni más desiguales. Diferentes, seguramente.





miércoles, 7 de enero de 2026

Sobre el imperio de la ley (Javier Cremades)

El abogado, y también presidente de la World Jurist Association (WJA), Javier Cremades, ha escrito un libro imprescindible para conocer la situación del estado de derecho en el mundo. Su título no podría resultar más sugestivo, Sobre el imperio de la ley (Galaxia Gutemberg, 2025). Acompañan a la recensión del libro el comentario de una buena ristra de experimentados juristas, por lo que este artículo deberá por fuerza referirse a otro ámbito de la cuestión, el relativo a lo que está ocurriendo en los tiempos que corren en el mundo de las que un día fueron democracias y a los pocos años dejaron de serlo.


Vaya por delante uno de los primeros aciertos definitorios del referido trabajo. No existe —asegura Cremades- lo que con tanta frecuencia se afirma en la nomenclatura política utilizada por los comentaristas, eso que se denomina democracia iliberal, porque tal calificativo no deja de ser sino un oximoron. Si nos estamos refiriendo a la democracia como sistema de organización de la sociedad, que garantiza la separación de poderes y la protección de los derechos de las minorías y la elección limpia y transparente de los llamados a gobernar -por citar quizás las circunstancias más significativas que acompañan al concepto de democracia-, ésta no puede de ninguna manera denominarse iliberal. Es cierto que los principales enemigos de las democracias liberales, los populistas de uno y otro signo, consideran en sus declaraciones públicas y en sus textos de referencia que el demos, vale decir, la voluntad popular -la voz del pueblo- ha sido secuestrada por unas presuntas élites, y que ellos, los populistas, se afanan debidamente en recuperar. Pero esta concesión semántica a los nuevos enemigos de las democracias liberales, los populistas, lleva de la mano la aceptación de un peligroso discurso y la validación de la perversa idea según la cual existen, por lo tanto, dos tipos de democracias. Sentado este principio, cabrá preguntarse cuál de los dos modelos sirve mejor a los intereses del pueblo, quién garantiza con mayor adecuación los servicios sociales, quién combate con energía más decidida a las corruptas élites. Aceptando ese lenguaje, nos veremos obligados a defender de nuevo lo que un día pensamos que había quedado resuelto.


Muchas veces los ataques que provoca el populismo sobre las democracias en las que se asienta, proceden de un determinado artefacto ideológico que ha sido urdido en las universidades y por los pensadores que han establecido estos paradigmas. Pero en otras ocasiones se produce esta situación por causa de la incomodidad que los líderes de estos partidos sienten ante las complicaciones que los controles democráticos -los checks and balances, en términos anglosajones- les suponen para el cumplimiento de los objetivos que se han propuesto. Es entonces cuando sobran el parlamento-al que convierten en correa de transmisión del gobierno-, la judicatura, los medios de comunicación libres, los partidos politicos -el caso de Venezuela, que ilustra con acierto Cremades, resulta paradigmático- o incluso la iglesia-véase el caso de Nicaragua, al que también se refiere el presidente de la WJA.


Pero el eslabón más débil de esta cadena está formado por la judicatura. Dependen los jueces para la más adecuada realización de su trabajo de los medios que le proporcione el ejecutivo, y para sus decisiones -sus sentencias- el sosiego y la tranquilidad. Y para la ejecución de éstas también exigen de la colaboración del poder político y de las gentes a quienes no les han dado la razon y, sin embargo, deben ser obligados a cumplirlas.


Todo cambia cuando los gobiernos -solos o en colaboración con las oposiciones- pretenden colonizar los órganos de gobierno de la judicatura o a demeritar sus decisiones pretextando un determinado componente ideológico -lawfare- o político. Todo se envilece, en efecto, cuando las declaraciones de los responsables públicos pretenden soslayar las responsabilidades de sus componentes convirtiendo a los juzgadores en responsables de los actos por ellos analizados. Todo degenera cuando se invierte la situación y el juez pasa de investigador a acusado. No hace falta buscar, como Diógenes con su candil, supuestos muy cercanos a nosotros de este tipo de comportamientos.


Se ha dicho con frecuencia que este siglo XXI se parece bastante al XIX. Un siglo -éste que estamos viviendo- que nació, a decir de muchos, cuando caía en 1989 el muro de Berlín y Francis Fukuyama vaticinaba el fin de la historia. En realidad, lo que daba comienzo era el retorno de la época de las soluciones simples a los problemas complejos, el regreso a la veneración de los hombres fuertes y la eliminación de los incómodos controles a su actuación, 


El año 2008 esa situación se consolidaría con la aparición de la crisis financiera que abonaba la tesis de la inutilidad de las democracias para hacer frente a los problemas planteados. Las decisiones, tantas veces erróneas, de hacer cargar a las clases medias con la solución del problema, daría lugar a la aparición de una nueva clase política que emitía los cantos de sirena de un modo de gobierno condenado, según ellos, a su desaparición. En realidad, la pretensión de estos nuevos salvadores de la patria o del pueblo, no era la de resolver los entuertos que nos habían dejado los anteriores gobernantes, sino el de sustituirlos para hacer más o menos lo mismo que aquéllos, eso sí, sin parlamento ni jueces independientes, sin prensa libre, sin partidos, sin ley -nacional o internacional-… sin democracia.


Un siglo XIX que nos llevaría -conviene no olvidarlo- al XX, con sus dos guerras mundiales, sus campos de exterminio y de concentración, sus gulags…


Cantos de sirena que, lo recordaba Ortega, los marinos tenían la instrucción de escucharlos al revés de lo que decían. 


Como ha hecho Javier Cremades al escribir este magnífico libro. Léanlo y disfrútenlo. Vale la pena. El abogado, y también presidente de la World Jurist Association (WJA), Javier Cremades, ha escrito un libro imprescindible para conocer la situación del estado de derecho en el mundo. Su título no podría resultar más sugestivo, Sobre el imperio de la ley (Galaxia Gutemberg, 2025). Acompañan a la recensión del libro el comentario de una buena ristra de experimentados juristas, por lo que este artículo deberá por fuerza referirse a otro ámbito de la cuestión, el relativo a lo que está ocurriendo en los tiempos que corren en el mundo de las que un día fueron democracias y a los pocos años dejaron de serlo.


Vaya por delante uno de los primeros aciertos definitorios del referido trabajo. No existe —asegura Cremades- lo que con tanta frecuencia se afirma en la nomenclatura política utilizada por los comentaristas, eso que se denomina democracia iliberal, porque tal calificativo no deja de ser sino un oximoron. Si nos estamos refiriendo a la democracia como sistema de organización de la sociedad, que garantiza la separación de poderes y la protección de los derechos de las minorías y la elección limpia y transparente de los llamados a gobernar -por citar quizás las circunstancias más significativas que acompañan al concepto de democracia-, ésta no puede de ninguna manera denominarse iliberal. Es cierto que los principales enemigos de las democracias liberales, los populistas de uno y otro signo, consideran en sus declaraciones públicas y en sus textos de referencia que el demos, vale decir, la voluntad popular -la voz del pueblo- ha sido secuestrada por unas presuntas élites, y que ellos, los populistas, se afanan debidamente en recuperar. Pero esta concesión semántica a los nuevos enemigos de las democracias liberales, los populistas, lleva de la mano la aceptación de un peligroso discurso y la validación de la perversa idea según la cual existen, por lo tanto, dos tipos de democracias. Sentado este principio, cabrá preguntarse cuál de los dos modelos sirve mejor a los intereses del pueblo, quién garantiza con mayor adecuación los servicios sociales, quién combate con energía más decidida a las corruptas élites. Aceptando ese lenguaje, nos veremos obligados a defender de nuevo lo que un día pensamos que había quedado resuelto.


Muchas veces los ataques que provoca el populismo sobre las democracias en las que se asienta, proceden de un determinado artefacto ideológico que ha sido urdido en las universidades y por los pensadores que han establecido estos paradigmas. Pero en otras ocasiones se produce esta situación por causa de la incomodidad que los líderes de estos partidos sienten ante las complicaciones que los controles democráticos -los checks and balances, en términos anglosajones- les suponen para el cumplimiento de los objetivos que se han propuesto. Es entonces cuando sobran el parlamento-al que convierten en correa de transmisión del gobierno-, la judicatura, los medios de comunicación libres, los partidos politicos -el caso de Venezuela, que ilustra con acierto Cremades, resulta paradigmático- o incluso la iglesia-véase el caso de Nicaragua, al que también se refiere el presidente de la WJA.


Pero el eslabón más débil de esta cadena está formado por la judicatura. Dependen los jueces para la más adecuada realización de su trabajo de los medios que le proporcione el ejecutivo, y para sus decisiones -sus sentencias- el sosiego y la tranquilidad. Y para la ejecución de éstas también exigen de la colaboración del poder político y de las gentes a quienes no les han dado la razon y, sin embargo, deben ser obligados a cumplirlas.


Todo cambia cuando los gobiernos -solos o en colaboración con las oposiciones- pretenden colonizar los órganos de gobierno de la judicatura o a demeritar sus decisiones pretextando un determinado componente ideológico -lawfare- o político. Todo se envilece, en efecto, cuando las declaraciones de los responsables públicos pretenden soslayar las responsabilidades de sus componentes convirtiendo a los juzgadores en responsables de los actos por ellos analizados. Todo degenera cuando se invierte la situación y el juez pasa de investigador a acusado. No hace falta buscar, como Diógenes con su candil, supuestos muy cercanos a nosotros de este tipo de comportamientos.


Se ha dicho con frecuencia que este siglo XXI se parece bastante al XIX. Un siglo -éste que estamos viviendo- que nació, a decir de muchos, cuando caía en 1989 el muro de Berlín y Francis Fukuyama vaticinaba el fin de la historia. En realidad, lo que daba comienzo era el retorno de la época de las soluciones simples a los problemas complejos, el regreso a la veneración de los hombres fuertes y la eliminación de los incómodos controles a su actuación, 


El año 2008 esa situación se consolidaría con la aparición de la crisis financiera que abonaba la tesis de la inutilidad de las democracias para hacer frente a los problemas planteados. Las decisiones, tantas veces erróneas, de hacer cargar a las clases medias con la solución del problema, daría lugar a la aparición de una nueva clase política que emitía los cantos de sirena de un modo de gobierno condenado, según ellos, a su desaparición. En realidad, la pretensión de estos nuevos salvadores de la patria o del pueblo, no era la de resolver los entuertos que nos habían dejado los anteriores gobernantes, sino el de sustituirlos para hacer más o menos lo mismo que aquéllos, eso sí, sin parlamento ni jueces independientes, sin prensa libre, sin partidos, sin ley -nacional o internacional-… sin democracia.


Un siglo XIX que nos llevaría -conviene no olvidarlo- al XX, con sus dos guerras mundiales, sus campos de exterminio y de concentración, sus gulags…


Cantos de sirena que, lo recordaba Ortega, los marinos tenían la instrucción de escucharlos al revés de lo que decían. 


Como ha hecho Javier Cremades al escribir este magnífico libro. Léanlo y disfrútenlo. Vale la pena.