domingo, 22 de marzo de 2026

¿Palabras de disculpa?


El 25 de marzo de 2019, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, escribió sendas cartas al Papa Francisco y al Rey Felipe VI, en reclamación de una disculpa. por los que el mandatario reputaba de excesos cometidos durante la colonización. En concreto, en el texto enviado al Jefe del Estado español pedía a éste reconocer los agravios -supuestamente-causados y ofrecer una disculpa pública a los pueblos originarios. Aunque con un tono más institucional, la actual presidenta del citado país americano, Claudia Sheinbaum, ha mantenido la actitud de su predecesor.



En el año 2021, Bergoglio pedía perdón por los abusos y pecados cometidos a lo largo de la evangelización. El mismo término empleado ahora por Don Felipe -abusos- en los comentarios que hacía éste hace unos días en presencia del embajador de México.


Sobra decir que la historia no proporciona demasiados argumentos felices a la civilización que los conquistadores españoles, con Hernán Cortés a la cabeza, descubrían a su llegada a lo que hoy es México. Es sabido de todos que en el Imperio azteca las prácticas de antropofagia ritual, esto es, la organización de sacrificios humanos por motivos religiosos, operaba de manera habitual. Ni los altos responsables mexicanos ni el Rey de España han hecho mención a esas atrocidades perpetradas por los aztecas con carácter previo a la llegada de los españoles.


Pensábamos algunos que determinadas gentes estarían ya curadas de espanto respecto de las memorias históricas y democráticas, que consisten sólo en desenterrar los cadáveres de lo peor de nuestro pasado, exhibiéndolos en la plaza pública. Esos muertos a los que se pretende, por unos y otros, ofrecer nueva vida, como zombis que sirven para espantar a las almas bienpensantes y desviar la atención respecto de los problemas reales. Resulta siempre más fácil debatir acerca de los presuntos desmanes de la colonización y de los huesos de Franco que del narcotráfico, de la corrupción o de los accidentes y de las víctimas padecidas por nuestro desbarajuste ferroviario.


Pero no, el terreno de la historia parece abonado para esta clase de peticiones. A las ya clásicas de Hugo Chaves y de Evo Morales se le puede añadir el peruano Pedro Castillo. Amenaza la cosecha de la presentación de disculpas en convertirse en un rosario de reclamaciones, y a Don Felipe en pasar a la historia -a pesar de su ejemplar gestión- como “el Rey que pidió perdón”.


La Casa de Su Majestad, que ha convertido el reinado de Don Felipe en un ejercicio de transparencia, no ha dado cuentas de las causas de los comentarios del Rey. Ha sido preciso recurrir a otros exégetas -medios de comunicación, comentaristas políticos…- para descubrir que la causa más inmediata de esos comentarios ha sido la de salvar la próxima Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en el próximo otoño.


Se trataría de relanzar unas Cumbres que -prácticamente todos- los analistas consideran escasamente relevantes, ya que no comprometen a los países integrantes, las representaciones en ellas son cada vez menos significativas , carecen de agenda de implementación de sus decisiones y se convierten, poco menos que, en una especie de distinguido Club Rotario de algunos responsables políticos de segundo o de tercer orden.


No está, desde luego, en las Cumbres seguramente el mayor de los problemas en cuanto a su escasa eficacia. La polarización que invade todos los espacios políticos en el nivel global ha impactado de manera notable en Latinoamérica. Gobiernos tan dispares y opuestos y enfrentados entre sí como el de Milei en Argentina, Kast en Chile, Petro en Colombia o Lula en Brasil, por no referirse a Díaz-Canel en Cuba -del que desconozco si el día en que se lean estas líneas seguirá siendo presidente de Cuba-, o el singular caso de Delcy Rodríguez en Venezuela, han convertido ese espacio geográfico y político en una irreconciliable jaula de grillos de la que muy poco beneficio práctico cabe obtener. 


Siempre he pensado -y así lo he expresado en mis tiempos de responsable institucional- que es mejor rehuir los debates en los que no llegaremos a ninguna conclusión -el de la conquista americana es uno de éstos- y centrarse en los trabajos que puedan unir a pueblos y gobiernos más allá de las diferencias ideológicas. El español -el idioma español- es uno de ellos, seguramente el más importante de todos. La potenciación del Instituto Cervantes y su coordinación más estrecha con otras organizaciones similares, en ese espacio geográfico, para la defensa del idioma y su extensión en otros lugares del mundo, resulta a mi juicio una tarea esencial.


Creo que el español -que a diferencia del inglés, que se ha convertido en una especie de esperanto de comunicación global- supone algo más que un sistema de comprensión entre seres humanos -sin dejar de serlo también-. Hay unos valores compartidos entre nuestros pueblos que remiten a la familia, el respeto a los mayores, la solidaridad, la alegría y la espontaneidad. Una manera de entender la vida y la sociedad que en gran medida compartimos los hispanohablantes, y que resulta diferenciada a la de otros pueblos más interesados por el pragmatismo, la utilidad en el corto plazo y un individualismo cerrado sobre sí mismo.


La gestión del español en el mundo no supone sólo una apuesta en el orden de la comunicación, es en paralelo un reto económico que avanza con el idioma y permite a la empresa y a los emprendedores que se expresan en ese idioma crear valor en una red de contactos que crece con los cerca de 600 millones de personas que -según el Instituto Cervantes- utilizan con normalidad nuestra lengua.


Sería preferible dejar de lado las polémicas estériles, las disculpas que no resultan fácilmente explicables ni convincentes, que generan más dudas que certezas, y que además podrían estimular a la imitación de otros. 


Mejor es dejar la historia a los historiadores y aplicar los recursos -y las palabras- a las políticas que de verdad mejoran la vida de los ciudadanos y sus empresas. Disculparse por lo que ocurrió en los remotos tiempos del siglo XVI no es más que ofrecer un dedal de agua a un sediento. No sirve para saciar su necesidad populista/nacionalista, y además presentan al aguador como un ser insensible y avaro por lo escaso de su generosidad. 


No, nunca se quedarán satisfechos.





miércoles, 18 de marzo de 2026

Y plantaron su tienda en Fuenterrabía


Se trataba de un grupo heterogéneo. Se habían conocido en la organización de una “misa de la juventud” que se celebraba los sábados por la noche en una parroquia del centro de la localidad.  En aquellos tiempos del tardofranquismo algunos sacerdotes consideraban que su función pastoral exigía de una denuncia de la situación política, y emitían en consecuencia señales hacia las gentes que también pretendían contribuir a que concluyera el régimen, aunque no sabían muy bien ni la dirección a tomar ni el objetivo final de sus pretensiones. Se trataba de ese feliz término que proclamaba la realidad de las insuficiencias que había en los concienciados opositores: “contra Franco vivíamos mejor”, llegarían a decir años más tarde, cuando comprobaban que tampoco el resultado conseguido colmaba sus aspiraciones.


Llegaba la Semana Santa. Y a alguien se le ocurría preguntar por los planes de los congregados. “Huir de aquí”, acertaría a expresar uno de ellos, espantado ante la sola posibilidad de vivir aquellos días asfixiado por la solemnidad de aquellas fechas, la triste programación televisiva y las procesiones y los ritos que se acostumbraban en esas fechas.


“Huir, de acuerdo… pero ¿hacía dónde?”, preguntaría otro de los reunidos. Entonces sería Santi -de nombre real Santos-, un sindicalista de CCOO, algo grueso, barba pelirroja, reducida estatura y que calzaba chirucas y vestía una camisa de cuadros de vivos colores, quien expresaría sus intenciones: “Me gustaría conocer Francia”. Y entre unos y otros decidían que la mejor fórmula era acercarse a Fuenterrabía. Desde allí era relativamente sencillo llegar al país vecino. Y tomar una “bière presión” -o sea, una caña-, en palabras de Joaquín Romero, que era el único de los asistentes que se veía capaz de comunicarse en francés. Desde luego -añadía Romero- no tenía inconveniente en acompañar a Santi a conocer, siquiera por unos momentos, un pedacito de tierra del país vecino.


Carecían de recursos económicos, así que decidieron pasar su estancia en una tienda de campaña. La plantarían en cualquier terreno que les pareciera aceptable.


Llegaría el día. Se dirigieron a la estación de autobuses y tomaron un vehículo que les conducía a la localidad guipuzcoana. En un grupo de seis personas se producen siempre retrasos, de modo que no llegarían precisamente a una hora temprana de la tarde. Después de deambular por los lugares aledaños a la localidad costera, ya cercana la hora del crepúsculo, encontraron una localización que les pareció idónea. “O eso o nada”, debieron pensar, mientras observaban que la tarde moría de manera irremisible. Con la acostumbrada dificultad, plantaron la tienda, se instalaron, encendieron un hornillo de camping gas y prepararon una cena.


Se había puesto el sol y el frío de la primavera apenas iniciada les recomendaría cesar sus cánticos y abandonar sus conversaciones para introducirse en sus sacos de dormir. Embutidos en ellos, unos continuaban su palique en tanto que otros cabeceaban un sueño extraño por lo temprano de la hora.


De pronto percibieron una luz en el exterior de la tienda. La claridad se veía acompañada por unas voces masculinas. Las chicas del grupo se movían en sus sacos, atemorizadas; no menos preocupados, los hombres aplicaban sus cinco sentidos a la comprensión de lo que estaba sucediendo.


Muy pronto, unas y otros, lo sabrían: una voz audible les explicaría:


  • No podéis estar aquí. Esto es zona militar…


Descorrieron la cremallera. Un soldado del ejército que llevaba una linterna en la mano repetía su admonición: “Aquí no os podéis quedar”.


La cosa estaba clara. Debían abandonar esa ubicación. Eso estaba claro, ¿pero adónde podrían ir? Y alguien haría esa reflexión en voz alta.


  • No hay problema. Si no tenéis otro sitio mejor donde alojaros, os cedemos una habitación en el fuerte. Total, allí no hay ningún jefe. Estamos haciendo la mili y nadie nos controla…


No existía desde luego mejor opción. Así que, ayudados por el generoso soldado, deshacían la tienda, situaban de nuevo sus enseres en sus mochilas y seguían al militar y a su linterna en una singular comitiva hacia el expresado fuerte.


Llegados hasta el establecimiento era la hora de cenar.  El contingente no superaba el número de cinco soldados y la disciplina brillaba por su ausencia. En esos momentos, además, la disipación se había apoderado de la tropa, debido a una excesiva ingesta de vino. Uno de ellos se empeñaba en preparar la tortilla con más huevos que se había cocinado nunca. Pero ni siquiera se ocupaba de batirlos. Los arrojaba a una inmensa sartén, los removía de manera rápida, y clamaba por la llegada de la liberación de su compromiso con la patria, entre los balbuceos provocados por el alcohol.


Durmieron mal. La habitación que les habían adjudicado no era lo suficientemente espaciosa como para que estiraran por completo sus organismos, y eso que ninguno de ellos disponía de altura ni envergadura exageradas.


Llegada la mañana, Romero cumplía su promesa y acompañaba a Santi hasta Hendaya. El sindicalista dijo no haberse quedado impresionado por el país ni por su cerveza. Regresaron al fuerte. Allí encontraron a los soldados en la misma situación que en la noche anterior, incluido el que aún pretendía superar el récord de los huevos en una sola tortilla, con la diferencia de que en aquella ocasión su dispepsia había provocado que hubiera más cáscaras y líquido en el pringoso suelo que en la sartén.


Esa noche, acosados por el cansancio, dormirían mejor. Despertados al nuevo día, desayunaron con los productos proporcionados por el ejército, agradecieron la hospitalidad y regresaron a su localidad de origen.


Requerido por sus padres para conocer lo que había hecho en esos días,  Joaquín Romero, refería de manera sucinta lo que les había acaecido. Sería entonces cuando la madre de Joaquín decía a su marido:


  • Ha estado en el fuerte de Fuenterrabía. Donde mataron a tu tío Honorio.


Tan dramático acontecimiento había ocurrido, en efecto, en septiembre de 1936, cuando apenas las tropas de Franco se acercaban a San Sebastián. Uno de los fusilados sería Honorio Maura, hijo del político conservador de la Restauración. Su sobrino nieto había visitado el fuerte sin tener noticia de tal circunstancia. 


Coda. Quienes hoy reclaman con insistencia la necesidad de la memoria democrática no son conscientes de los silencios de la generación de los hijos de los que lucharon -y perecieron- en la contienda. Un silencio útil para preservar en los que les seguían la posibilidad de una necesaria reconciliación. 


Pero siempre existe quien se dedica a atizar los rescoldos que aún humean en la chimenea…




sábado, 14 de marzo de 2026

Go West!

 Publicado en El Imparcial, el 14 de marzo de 2026

Resulta complicado en este tiempo sustraerse -o distanciarse- del debate impulsado por el presidente del Gobierno respecto de esa singular guerra desatada por los Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Un conflicto extraño del que, cuando se escriben estas líneas, apenas conocemos algo más que su día a día. No parece que exista ningún plan ni objetivo concreto que integre a esos dos países, quizás debido a esa causa no se ha pedido su consentimiento al Congreso norteamericano. Las declaraciones del presidente Trump en relación con su desarrollo son confusas, cuando no contradictorias, y sólo se advierte un cierto propósito de salvamento de su expuesta situación política por parte del primer ministro israelí, aunque -como ya se ha señalado en algún comentario aparecido en la revista Foreign Affairs- lo que pueda quedar en el paisaje de la zona, toda vez que concluya la contienda, se parezca bastante al resultado que se produce después de agitar un nido de avispas.


Ya dijo Sánchez que era necesaria la movilización del voto socialista para la convocatoria de las elecciones generales, en unas declaraciones realizadas cuando concluían las autonómicas aragonesas, pendientes aún las castellano-leonesas y las andaluzas, generando el lógico disgusto entre los líderes regionales. Malestar expresado por el presidente García Page en un programa televisivo de máxima audiencia.


Para esa activación de un voto abrumado por los incontables casos de corrupción -acompañados además por el carácter cutre que les es habitual- sujetos a investigación judicial, que se ciernen sobre el entorno de las amistades y la familia del presidente, a lo que resulta preciso añadir los pactos con filo-terroristas e independentistas, la colonización de las instituciones y el escaso respeto a la Constitución y al Parlamento -véase  la obstinada negativa a la presentación de un proyecto de ley de presupuestos-… el electorado socialista necesitaba como banderín de enganche la repetición del slogan del no a la guerra que tanto rédito le supuso a Zapatero en el año 2004, atentado terrorista mediante.


El recuperado slogan del no a la guerra ha dejado, una vez más, ¿y hasta cuándo?, a un PP desnortado, sin ideas y carente de otra argamasa que le una que no sea su vocación por la obtención del poder. Y sitúa a Vox en el papel del chivo expiatorio pro-trumpista, negador del derecho humanitario y de las reglas del derecho internacional -una tesis a la que curiosamente acaba de apuntarse la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, por mucho que se haya visto obligada a rectificar.


El leit motif de la política del presidente Sánchez parece ser el de colocar a Vox como la real oposición a su pintoresca coalición de gobierno, una extrema derecha que arrastraría de modo irreversible al PP, lo que recuerda poderosamente la estrategia seguida en Francia por François Mitterrand. Llegaría el político francés a modificar la ley electoral en el año 1985 para favorecer el auge del Front National de Jean-Marie Le Pen -padre de la actual líder populista de la derecha de ese país-. Su única pretensión consistía en debilitar a la derecha democrática republicana, que era la principal adversaria del partido socialista y que hoy en día ha desaparecido en la práctica del paisaje político del país vecino.


Sánchez parece dirigir su mirada hacia el este en lugar de hacia el oeste. En Portugal acaba de tomar posesión el socialista António Seguro. Con un 66% de los votos, frente al 34% del candidato populista de Chega, logrando unir en su apoyo al conjunto de los demócratas del otro país vecino.


Desde hace tiempo, Portugal emite hacia el conjunto del continente, y del mundo, señales de sensatez y de buen criterio. De eso constituyen fiel testimonio los nombres de António Guterres -secretario general de la ONU- o de António Costa -presidente del Consejo europeo-, ambos miembros del partido socialista.


En tiempos de incertidumbre como los que atravesamos son más necesarias que nunca las gentes que construyen puentes, que dialogan y que integran, frente a quienes erigen muros, insultan y dividen. Personas que consideren que la política no es un juego de suma cero, en el que siempre gana uno para que pierda el otro, sino un win win, en el que todos los actores ganan.


A España -y a Europa- se le presenta un verdadero rosario de problemas de cuentas que parecen inacabables porque nunca se resuelven. Desde la vivienda hasta la sostenibilidad de las pensiones, pasando por el funcionamiento de las instituciones y de los servicios, el sistema de salud… en un país en el que se han minado los consensos y el espíritu de la Constitución de 1978 ha quedado abandonado en el baúl de los trastos que ya no se usan, resulta preciso retornar -y reformar- la clase política con gentes para quienes el poder suponga la oportunidad de resolver los problemas y no de crear otros nuevos.


Mirar hacia el oeste, como una nueva -y testada- frontera para quienes supimos construir una democracia desde el consenso, recuperar el espíritu de emprender tareas importantes, como hacían los pioneros americanos del Go West


Un procedimiento que ya utilizamos en su día los españoles de fronteras hacia dentro, pero del que nos hemos olvidado cuando quizás más falta nos haría.


jueves, 12 de marzo de 2026

La vigencia del derecho internacional

Publicado en La Voz de Lázaro, el 12 de marzo de 2026

Un nuevo frente se está abriendo en esta sociedad occidental que abandona sus certezas y se abraza cada día más al desconcierto. Los tertulianos de los medios de comunicación más radicales hacen mofa del Derecho Internacional: ese tal derecho -afirman- no derriba gobiernos autocráticos ni corruptos, no sirve para nada y además nos cuesta dinero, demasiado dinero.


La alternativa que no proponen esos comentaristas, es la ley de la jungla. 


No es nueva, sin embargo, esta ley de la selva, incluso si nos atenemos los tiempos más o menos actuales. Ya la coalición de Bush Jr, junto con Blair y Aznar -definida en la foto de las Azores- nos introdujo en una guerra. El pretexto era que el sátrapa Sadam Husein disponía de armas de destrucción masiva. No las tenía, según se comprobaría más tarde.


La exhibición del poderío militar no es nueva, pero la fórmula de “la ley del más fuerte”, que hemos conocido desde los patios del colegio hasta los centros de trabajo, o los lugares de socialización colectiva, pensábamos que había quedado constreñida por las costumbres de la civilización y por el mayor de los avances conceptuales que en el devenir de los tiempos nos hemos dado los seres humanos, y que no es otro sino el del imperio de la ley.


Somos mejores, sin duda, que aquellos seres primitivos que se vestían de taparrabos y que ventilaban sus pendencias a golpe de estacas. Pero las sucesivas capas que a nuestra educación cívica le ha ido proporcionando el paso de los siglos no supone que el atavismo de la barbarie haya quedado en absoluto extinto. Y siempre que se produce un problema, en apariencia insoluble, existe quien diga, “eso lo arreglo yo… con un par de mamporrazos”.


Y no deja de resultar cierto que en buena parte de los instrumentos que nos proporciona el estado de derecho se advierten fallas, que las leyes, en lugar de practicar el juicioso adagio del Fuero Viejo de Guipúzcoa (“leyes, pocas, cortas y justas”), se han convertido -al menos en nuestro país- en un laberinto jurídico de difícil desentrañamiento, que los tribunales de justicia son lentos -entre otras cosas debido a un procedimiento garantista que protege también la seguridad jurídica de los ciudadanos-, y que los sesgos políticos que se proyectan sobre la normativa repugnan muchas veces un elemental sentido de la justicia… pero la alternativa a la imperfección no debería ser la imperfección absoluta.


Y si aceptamos el mal menor -un estado de derecho perfectible- en evitación del mal mayor -el caos de la selva- en el nivel nacional, no otra cosa deberíamos afirmar respecto del Derecho Internacional, cuyos niveles de deficiencia superan desde luego los que podríamos estimar respecto del derecho interno. La ley del más fuerte se diluye por las normas dictadas por las Naciones Unidas y los acuerdos previstos por los Tratados que firman los estados, pero a cambio, la capacidad de imponerlas se reduce como consecuencia de la ausencia de medidas coercitivas de la misma organización. Los cascos azules no podrían superar la eficacia de un poderoso ejército organizado, más aún en los tiempos de la Inteligencia Artificial y de la tecnología más avanzada.


No, el Derecho Internacional no es capaz de sustituir a los gobernantes autócratas por sistemas democráticos, ni de evitar la corrupción en la política. Pero tampoco lo consigue el derecho interno si carece de la ayuda ciudadana. El Derecho Internacional puede ayudar a identificar los problemas y avanzar las soluciones, aunque nunca sustituirá la capacidad soberana de los electores, de la observación atenta de los medios de comunicación, del acierto de la policía y del cuidado de los jueces en aplicar de la mejor manera posible la legislación de que disponen.


El criterio contrario, el que afirma que es necesaria una instancia que, sin recurrir a las Naciones Unidas -ni siquiera a su Congreso- pueda decidir acerca de la suerte a la que deberá someterse el más salvaje de los autócratas significa ceder ante la fuerza del chulo de barrio que no te permite circular por una calle porque es suya, que persigue a los más débiles en el patio del colegio, y que, no andando demasiado el tiempo, podrá asumir la violación de la voluntad o el cuerpo de los otros como un derecho que le asiste.


Permitir que el nuevo juez de las decisiones que se adopten en ausencia del Derecho Internacional lo sea Trump, Putin o -siquiera envuelto en un ropaje de prudencia, por el momento-, Xi-Jin-Ping, supondría caer en la abdicación de todo nuestro recorrido educativo y civilizatorio, retornar a un siglo XIX en el que la norma era operar en función de las áreas de influencia que se adjudicaban los estados en virtud de su mayor o menor capacidad bélica y económica. Unas épocas que nos condujeron a innumerables contiendas, muertes, hambrunas y desesperación; épocas en las que la vida del ser humano apenas valía más que el ganado con el que nos alimentamos;  incluso más, en el periodo correspondiente a la fase previa a las dos guerras mundiales, en las que a los excesivos tributos de la contienda establecidos por los vencedores, les siguieron las desmedidas ambiciones de una sociedad ahíta de venganza, dirigida por sujetos que supieron interpretar y aún exacerbar esos malos instintos e idearon un holocausto para conjurar en la hoguera figurada de los hornos crematorios sus más bajos instintos.


Convendría pensar en todo esto antes de lanzar al cesto de los papeles los textos del Derecho Internacional por inservibles y caducos. La alternativa no puede ser otra que el caos.


domingo, 8 de marzo de 2026

La política según Miguel Maura

 Publicado en La Voz de Lázaro, el 8 de marzo de 2026

El esfuerzo personal del director de la Fundación Antonio Maura, y de esta misma entidad, ha conseguido rescatar las memorias del hijo del político mallorquín, Miguel Maura, que llegaría a ser ministro de la Gobernación en el gobierno provisional de la Segunda República española.


Era en el mes de junio del año 1902 cuando, instalado Miguel en la localidad suiza de Vevey -según relata su nieto, el historiador Joaquín Romero Maura-, recibía carta de su padre. Para su sorpresa, en lugar del acostumbrado relato de las noticias acaecidas a la familia y a las acostumbradas admoniciones que los progenitores acostumbraban administrar a sus hijos, el escrito de don Antonio constituía una singular confesión que Miguel no llegaría a entender del todo. Porque su padre le hablaría en ella acerca de sus inquietudes personales. La política o la abogacía, el servicio a España o la vida tranquila y bien remunerada procedente de un despacho boyante. Es sabido que el hombre de Estado mallorquín elegía los sinsabores procedentes de la actividad pública, que no serían pocos a lo largo de una intensa vida dedicada a su país.


Regresarían años más tarde, padre e hijo, de una cacería, allá por los tiempos de la Dictadura del general Primo de Rivera, cuando amparados por ese espacio íntimo que los automóviles ofrecen a sus ocupantes, Miguel recabaría de don Antonio el motivo de su carta de 1902. Referido éste, Miguel nos relata la conversación que seguía a continuación.


No es importante a los efectos de este comentario conocer la exactitud del contenido de aquella conversación, ni siquiera si ésta aconteció. Interesan, eso sí, los comentarios vertidos por Miguel en forma de reproches -por supuesto amables- que le hacía entonces a su padre. 


“Si en 1903 -siempre según Miguel Maura cuenta que le diría a don Antonio- lanzas tú mismo, y no nosotros, los mauristas, el movimiento de 1913 y llamas sin descanso a la opinión para esa Revolución desde arriba, que querías hacer, estate seguro de que los partidos del turno, en aquel momentos acéfalos y divididos, hubiesen desaparecido y, con ellos, los caciques. La opinión dormida hubiese despertado y te hubiera seguido. Tu fuiste toda tu vida un liberal y un demócrata, no sólo convencido, y fanático y fuiste a ponerte al frente de los que detestaban al liberalismo, como lo están demostrando ahora con la dictadura. Y aún más la democracia, que es al pueblo al que desprecian profundamente. Era un contrasentido absurdo que no podía dar fruto. Claro que eso se ve hoy y no se veía entonces, pero reconoce que tengo razón”.


Seguiría a la afirmación de su hijo, la reflexión de don Antonio respecto de la incapacidad de asentamiento y estabilidad de la República en la primera de sus versiones -la única que había conocido el político mallorquín-, un quiebro en la conversación entre padre e hijo que no hace al caso a la motivación de este comentario. 


Sí importa, en cambio, y aporta además, la reflexión del miembro del gobierno provisional de la II República acerca de la mejor manera de “descuajar” el caciquismo y realizar la “revolución desde arriba”. Esa apelación directa a la “opinión” que reclamaba a posteriori Miguel a su padre podría quizás resultar aplicable en estos tiempos híper-conectados que vivimos en la actualidad, en los que las redes sociales acaban sustituyendo a las sedes de los partidos, en los que una formación política puede crearse en plazos de meses y en los que la información ha sido desplazada por el mensaje contenido en un tweet. 


Pero resultaba poco menos que impracticable en aquellos tiempos de caciques, redes clientelares, gobiernos haciendo las elecciones desde la Puerta del Sol… y lo demuestra el hecho, ameritado por los historiadores, de que el Maura ministro de la Gobernación de Silvela que había organizado unas asombrosas elecciones limpias en el año 1902, debió encargar a Juan de la Cierva la conveniente preparación de unos comicios que le proporcionarían una más que cómoda mayoría absoluta con la cual afrontar el ambicioso programa de reformas de su gobierno largo (1907-9).


¿Alguien piensa que ese gobierno Maura habría sido posible de no existir un partido conservador que le prestara su apoyo, que le siguiera como líder, a pesar de las corrientes datista y villaverdista? Seguramente ni siquiera Miguel Maura lo hacía, cuando se daba cuenta de que sus magníficas pretensiones se estrellaban contra la realidad tozuda de los hechos, cuando, en las elecciones a Cortes Constituyentes de1931, pensaba que obtendría entre 120 y 130 actas -se lo dijo a Chapaprieta, que dirigió la campaña del partido de Alcalá Zamora y Maura- cuando sólo obtendría 22 diputados.


Otros eran los tiempos, pero reseña la historia también que el único gobierno que no logró mayoría susceptible de permanencia a lo largo de la Restauración fue el de su padre, en 1919. No bastaría estar en el gobierno y fabricar las elecciones para obtener el poder y conservarlo.


Revela la reflexión que Miguel Maura hacía a su padre la ingenuidad impulsiva que caracterizaba al personaje, lo hacía simpático para muchos y antipático para la mayoría de los que preferían el orden de los tiempos pasados a la estabilidad democrática que proponía Miguel Maura y que no pudo garantizar en ese país desbordado hacia las izquierdas. Una República en la que no creyeron las derechas, dispuestas a regresar a los viejos tiempos, y un socialismo para el que el sistema inaugurado en 1931 suponía sólo una estación intermedia para llegar a su pretendido destino, la revolución.


No fueron aquéllos, no lo son éstos, tiempos para políticos ilusos. Los desplaza siempre la realidad.