viernes, 3 de abril de 2026

El PNV y la menoria

Publicado en La Voz de Lázaro, el 3 de abril de 2026

En su reciente visita al palacio de la Moncloa, definido por su afán de rebañar los restos del menú servido por Pedro Sánchez desde que obtuvo la moción de censura en junio de 2018, seguramente habrá recordado Imanol Pradales quemuy  pocos días antes de este descabezamiento parlamentario del gobierno, el partido del que era portavoz Aitor Esteban, y del que es hoy presidente, había apoyado con sus votos la ley de presupuestos presentada por Mariano Rajoy. Aunque también resulta posible que, en un síntoma de desmemoria tan habitual para el nacionalismo vasco, hubiera olvidado el actual lehendakari que su partido, en esa ocasión como en otras a lo largo de su historia, es capaz de actuar de una forma y de la contraria en el escaso lapso de tiempo que se produce en un abrir y cerrar de ojos.


Entre las peticiones que el lehendakari Pradales ha hecho al presidente Sánchez ha estado la de la entrega del emblemático lienzo de Picasso, Guernica, al País Vasco. Una obra que realizaba el artista malagueño por encargo del entonces gobierno de la República. 


El responsable institucional vasco ha apelado como razón básica para su pedido que se trataría de un “gesto de memoria histórica”. Con esa argumentación, el PNV ha abierto la caja de los truenos, convocando a un nuevo debate sobre la virtualidad de la obra del citado creador, pero también de la verdadera actitud del PNV a lo largo de la guerra (in)civil que asolaría a nuestro país.


Desde las páginas de El Confidencial, ya ha narrado Javier Caraballo las circunstancias históricas del encargo del gobierno republicano a Picasso, de la cantidad satisfecha por aquél y de la acomodación de la obra a la contienda, partiendo de un homenaje que -tanto Picasso como Lorca- rindieron a la figura del torero Ignacio Sánchez Mejías. El lector podrá comprender el esfuerzo imaginativo que se precisa para remitir el sufrimiento de un matador de toros al de un pueblo vizcaino sometido a un bombardeo nazi, pero -ya se sabe- la imaginación es material que no resulta escaso en el mundo de la cultura.



El problema que tienen algunas marcas es que resisten mal el paso del tiempo, y la del PNV no constituye ninguna excepción a este aserto. Nacido como un partido reaccionario y xenófobo -no otra cosa era su fundador, Sabino Arana-, el PNV establecería sus señas de identidad sobre el odio a España y a lo español, simbolizado en las gentes llegadas a Vizcaya, procedentes de otros lugares de España, para contribuir a su desarrollo industrial. El apelativo que adjudicaban a esas personas, maketos, y por extensión a España, Maketania, demuestra a las claras el discurso racista del primer nacionalismo vasco.


No debió pasar mucho tiempo desde los escasamente gloriosos años fundacionales del que se llamaba partido bizcaitarra (el libro de Sabino Arana se tituló “Bizcaya por su independencia”) para que un empresario -plutócrata, se les llamaba entonces-, de nombre Ramón de la Sota, se hiciera cargo de esa formación política, la financiara con generosidad y se aprestara a batirse con las derechas -españolas, por supuesto- y los socialistas, compitiendo en la compra de votos con aquéllas, y sorteando con éstos las amenazas y los atropellos de lo que se conoce como partida de la porra, además de los acuerdos a que llegaban las derechas y las izquierdas para evitar el auge del nacionalismo, temido por ambos por anti-español y reaccionario.


Fue siempre, en efecto, el partido de Arana y Sota contrario a la idea de España. Por eso, la llegada de la guerra le cogería con el pie cambiado. El nacionalismo era un partido confesional católico -“Dios y Leyes Viejas”, proclaman aún sus siglas en vascuence-, y los desatinos republicanos en contra de la religión no podían resultar de su conformidad. Por ese motivo, el bando franquista intentaría allegar su concurso al llamado alzamiento nacional. Sometida la cuestión al dirigente peneuvista Telesforo Monzón, es conocido que éste solicitaría armas a los sublevados. Para la historia queda que, muchos años más tarde, un cuasi redivivo Monzón intervendría en los actos electorales en apoyo de Herri Batasuna.


Planteada semejante cuestión por el antaño anti-nacionalista, el socialista Indalecio Prieto, tendría éste mejor suerte. Claro que ofrecería a cambio del apoyo nacionalista el de los republicanos a la autonomía vasca, en un estatuto de guerra que constituiría la primera oportunidad histórica en la que, además de las provincias vascongadas, existía una institución jurídico-política que se denominaba País Vasco.


Los desmanes de la guerra situaron a los nacionalistas en un terreno incontrolable. El poder no lo tenía su gobierno, que veía cómo las hordas milicianas acababan con la vida de los apresados en los buques Cabo Quilates y Altuna Mendi, anclados en la ría del Nervión; en la prisión de los Ángeles Custodios o en el fuerte Guadalupe de Fuenterrabía. (También para la siniestra historia de las conexiones entre el PNV y los filo-terroristas, queda que el responsable del orden público de aquel Gobierno Vasco lo fuera el mencionado Telesforo Monzón).


El bombardeo de Guernica a cargo de la aviación nazi acaeció en esa población vizcaina, según el historiador Xabier Irujo, porque era una ciudad abierta, sin defensa antiaérea y por tanto sin riesgos para los atacantes, y que reunía las mejores condiciones para que Hermann Goering, lugarteniente de Hitler y comandante supremo de la fuerza aérea nazi, ensayara allí los bombardeos sobre poblaciones civiles que después llevaría a cabo con profusión en otros muchos lugares durante la II Guerra Mundial. Seguramente podrían haber elegido el municipio zaragozano de Belchite, que sería por tres veces frente de lucha en aquella contienda, o cualquier otra localidad propicia, pero fue Guernica. Abrigo serías dudas respecto de si los belchitanos —y por extensión, los zaragozanos y aun los aragoneses se considerarían víctimas étnicas de la destrucción totalitaria que supuso el Tercer Reich.


Y ahora se reclama por el Gobierno Vasco el cuadro que ejemplifica los horrores de la guerra, más allá del enfrentamiento entre los españoles -y bastante más allá aún del escenario vasco- como un gesto de memoria histórica que situaría con comodidad al PNV en un lugar grato de la historia, el que no corresponde a su vergonzante comportamiento -por inexistente- ante los desmanes que en suelo vasco se produjeron en ese tiempo, o la no menos vergonzante rendición -y abandono de la República- de los gudaris del PNV a los italianos en la localidad cántabra de Santoña en agosto de 1937.


Tiene el PNV poco que presumir de su historia, y mucha memoria que distorsionar para reajustar la realidad de los hechos a sus particulares conveniencias. Pero como decía el dirigente cristiano-demócrata, Julen Guimón, “para el PNV el futuro es exacto y el pasado es impredecible”. Tan exacto e impredecible -añadiría yo mismo- lo seguirá siendo en tanto que permanezcan en las responsabilidades de gobierno quienes paguen con dádivas los votos nacionalistas en el Congreso de los Diputados.

domingo, 29 de marzo de 2026

Víctimas y victimarios

 Publicado en El Imparcial, el 29 de marzo de 2026


El autor de “Patria”, Fernando Aramburu, acaba de publicar la novela “Maite”, cuyo relato se produce al socaire de eso que el entonces director de El Mundo del País Vasco, Melchor Miralles, calificara de “asesinato a cámara lenta” de Miguel Ángel Blanco, ya que no era otro el propósito de los terroristas cuando se lo llevaron secuestrado en el viaje en tren que el joven concejal del PP hacía desde Ermua a Eibar.


Aramburu sitúa en este libro la siguiente reflexión cuya cita hago a continuación:


Las víctimas lo son para siempre. Le diré más. Las víctimas son las gotas que al caer la piedra saltaron a su pesar fuera de la charca. Da pena decirlo, pero es así. Lo hemos visto cientos de veces. Las víctimas están tan absorbidas por el dolor que acaso, llevadas por la ingenuidad, den en creer que no puede haber nada más importante para la sociedad que ese dolor. ¡Cuánto se equivocan! Piden justicia, piden reparación. Pronto descubrirán que su tragedia es sólo suya y que a los demás les importa en la medida en que también a ellos pudiera corresponderles un destino similar. Como nadie quiere eso, se apartarán por instinto de las víctimas, que se irán quedando solas o, por mejor decir, abandonadas”.


Y es lamentablemente cierta la consideración que se desprende de este texto. Sólo basta para adverar la justeza de lo que se afirma con observar la gestión de los casos de los etarras Soledad Iparraguirre (alias Anboto), que disfruta de régimen de semi-libertad después de haber cumplido 22 de los 700 años de condena que le correspondían, según las asociaciones de víctimas; o el de Garikoitz Azpiazu (alias Txeroki), a quien también ha alcanzado igual régimen, y cuya condena sumaba 400 años.


Esos casos constituyen vergonzantes botones de muestra de la negociación entre el llamado Gobierno de Progreso y la organización Bildu, que ha venido a recoger el testigo de otras agrupaciones que hicieron de su objetivo la representación Institucional de la banda terrorista. Para quienes no lo sepan o tengan lagunas en la memoria, la historia recoge los nombres de Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o ANV, que de estas y de otras maneras se han intitulado las organizaciones para-etarras. Su líder, Arnaldo Otegi, es un terrorista condenado por el secuestro del industrial Abaitua; y la portavoz de su grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados, Mertxe Aizpurua, editora del diario Egin -que registraba en su sección de anuncios por palabras los mensajes de la banda asesina- fue condenada en 1984 por la Audiencia Nacional por su apoyo a ETA.


La gestión de los citados regímenes de semi-libertad, así como el conjunto de los referidos a los etarras que sufren condena, es competencia del Gobierno Vasco, y corresponde ese particular cometido a la Consejera socialista María Jesús San José, a partir de la transferencia del régimen penitenciario a esta institución autonómica en octubre de 2021.


Uno de los instrumentos que facilitan semejantes medidas de gracia a los condenados etarras se produce a través de las reuniones que, entre víctimas y victimarios, acontecen en el caserío Arretxe (literalmente casa de piedra) en Alzo, en Guipúzcoa, según viene informando el diario El Mundo. Unos encuentros en los que, siempre a decir del mencionado rotativo, no se habla entre los congregados del pasado sino del futuro.


Sin perjuicio de que me resulte difícilmente comprensible la participación de los familiares que han sido objeto de atentados en estos encuentros, que más me parece una feria de los desatinos, supongo que deberían ser dos los objetivos que los políticos deberían intentar conseguir de los etarras: el arrepentimiento expreso y sin ambages de éstos por el daño cometido, y su colaboración en el esclarecimiento de los sucesos terroristas que aún siguen sin resolverse (el pasado, sí, no el futuro). Lo cierto es que ninguna de las dos mencionadas finalidades parece formar parte de la nueva política penitenciaria inaugurada por el llamado Gobierno de Progreso que merece la colaboración de los protectores de los presos etarras.


Se trata por dicho gobierno, en mi opinión, de encontrar una vía que consista en excarcelar a los penados pertenecientes a la banda asesina, a través de un cumplimiento formal de los preceptos legales, pero vulnerando su espíritu. El objetivo está siendo que salgan, cuanto antes mejor, de la cárcel, blanqueando al mismo tiempo a quienes han hecho de su principal preocupación que sean liberados (“tenemos 200 presos en la cárcel, si para sacarlos hay que votar los Presupuestos, votaremos", dijo Otegi). Apoyo parlamentario por presos. Eso es todo…


Eso es todo, o la parte más importante de ese todo, porque la historia no se resuelve porque se la entierre. Los cadáveres de los asesinados, los años acumulados en los secuestros de las víctimas, el dolor de sus familias, el dramático viaje de éstas en el exilio interior que provocaron, los cientos de millones de euros -miles de millones de pesetas- recaudados por la extorsión… todo ello reclama un lugar en el recuerdo que se les niega a las generaciones más jóvenes. 


La historia de ETA debería estudiarse en los textos de los libros en los colegios, y la auténtica catadura moral de Los Anboto y Txeroki, pasar al imaginario popular sin la ocultación de las gafas de sol o de las manos que tapan a las cámaras de televisión que pretenden informar del ignominioso régimen de semi-libertad de que disfrutan. Y para aventar las palabras de la cita inicial de este artículo, para no olvidar a las víctimas.


Pero, cualquiera que sea la aplicación del recuerdo y la memoria a Fernando Múgica y a Enrique Casas -por citar sólo a dos socialistas asesinados por ETA a quienes tuve el honor de conocer- sus asesinos recorrerán las calles y las plazas de los pueblos del País Vasco como monumentos vivientes de la infamia y del escarnio.


Con ser muchas y muy reprochables las gestiones realizadas por este pretendido Gobierno de Progreso y de su presidente, Pedro Sánchez, ésta es a mi juicio la más infame de las que ha acometido.

domingo, 22 de marzo de 2026

¿Palabras de disculpa?


El 25 de marzo de 2019, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, escribió sendas cartas al Papa Francisco y al Rey Felipe VI, en reclamación de una disculpa. por los que el mandatario reputaba de excesos cometidos durante la colonización. En concreto, en el texto enviado al Jefe del Estado español pedía a éste reconocer los agravios -supuestamente-causados y ofrecer una disculpa pública a los pueblos originarios. Aunque con un tono más institucional, la actual presidenta del citado país americano, Claudia Sheinbaum, ha mantenido la actitud de su predecesor.



En el año 2021, Bergoglio pedía perdón por los abusos y pecados cometidos a lo largo de la evangelización. El mismo término empleado ahora por Don Felipe -abusos- en los comentarios que hacía éste hace unos días en presencia del embajador de México.


Sobra decir que la historia no proporciona demasiados argumentos felices a la civilización que los conquistadores españoles, con Hernán Cortés a la cabeza, descubrían a su llegada a lo que hoy es México. Es sabido de todos que en el Imperio azteca las prácticas de antropofagia ritual, esto es, la organización de sacrificios humanos por motivos religiosos, operaba de manera habitual. Ni los altos responsables mexicanos ni el Rey de España han hecho mención a esas atrocidades perpetradas por los aztecas con carácter previo a la llegada de los españoles.


Pensábamos algunos que determinadas gentes estarían ya curadas de espanto respecto de las memorias históricas y democráticas, que consisten sólo en desenterrar los cadáveres de lo peor de nuestro pasado, exhibiéndolos en la plaza pública. Esos muertos a los que se pretende, por unos y otros, ofrecer nueva vida, como zombis que sirven para espantar a las almas bienpensantes y desviar la atención respecto de los problemas reales. Resulta siempre más fácil debatir acerca de los presuntos desmanes de la colonización y de los huesos de Franco que del narcotráfico, de la corrupción o de los accidentes y de las víctimas padecidas por nuestro desbarajuste ferroviario.


Pero no, el terreno de la historia parece abonado para esta clase de peticiones. A las ya clásicas de Hugo Chaves y de Evo Morales se le puede añadir el peruano Pedro Castillo. Amenaza la cosecha de la presentación de disculpas en convertirse en un rosario de reclamaciones, y a Don Felipe en pasar a la historia -a pesar de su ejemplar gestión- como “el Rey que pidió perdón”.


La Casa de Su Majestad, que ha convertido el reinado de Don Felipe en un ejercicio de transparencia, no ha dado cuentas de las causas de los comentarios del Rey. Ha sido preciso recurrir a otros exégetas -medios de comunicación, comentaristas políticos…- para descubrir que la causa más inmediata de esos comentarios ha sido la de salvar la próxima Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en el próximo otoño.


Se trataría de relanzar unas Cumbres que -prácticamente todos- los analistas consideran escasamente relevantes, ya que no comprometen a los países integrantes, las representaciones en ellas son cada vez menos significativas , carecen de agenda de implementación de sus decisiones y se convierten, poco menos que, en una especie de distinguido Club Rotario de algunos responsables políticos de segundo o de tercer orden.


No está, desde luego, en las Cumbres seguramente el mayor de los problemas en cuanto a su escasa eficacia. La polarización que invade todos los espacios políticos en el nivel global ha impactado de manera notable en Latinoamérica. Gobiernos tan dispares y opuestos y enfrentados entre sí como el de Milei en Argentina, Kast en Chile, Petro en Colombia o Lula en Brasil, por no referirse a Díaz-Canel en Cuba -del que desconozco si el día en que se lean estas líneas seguirá siendo presidente de Cuba-, o el singular caso de Delcy Rodríguez en Venezuela, han convertido ese espacio geográfico y político en una irreconciliable jaula de grillos de la que muy poco beneficio práctico cabe obtener. 


Siempre he pensado -y así lo he expresado en mis tiempos de responsable institucional- que es mejor rehuir los debates en los que no llegaremos a ninguna conclusión -el de la conquista americana es uno de éstos- y centrarse en los trabajos que puedan unir a pueblos y gobiernos más allá de las diferencias ideológicas. El español -el idioma español- es uno de ellos, seguramente el más importante de todos. La potenciación del Instituto Cervantes y su coordinación más estrecha con otras organizaciones similares, en ese espacio geográfico, para la defensa del idioma y su extensión en otros lugares del mundo, resulta a mi juicio una tarea esencial.


Creo que el español -que a diferencia del inglés, que se ha convertido en una especie de esperanto de comunicación global- supone algo más que un sistema de comprensión entre seres humanos -sin dejar de serlo también-. Hay unos valores compartidos entre nuestros pueblos que remiten a la familia, el respeto a los mayores, la solidaridad, la alegría y la espontaneidad. Una manera de entender la vida y la sociedad que en gran medida compartimos los hispanohablantes, y que resulta diferenciada a la de otros pueblos más interesados por el pragmatismo, la utilidad en el corto plazo y un individualismo cerrado sobre sí mismo.


La gestión del español en el mundo no supone sólo una apuesta en el orden de la comunicación, es en paralelo un reto económico que avanza con el idioma y permite a la empresa y a los emprendedores que se expresan en ese idioma crear valor en una red de contactos que crece con los cerca de 600 millones de personas que -según el Instituto Cervantes- utilizan con normalidad nuestra lengua.


Sería preferible dejar de lado las polémicas estériles, las disculpas que no resultan fácilmente explicables ni convincentes, que generan más dudas que certezas, y que además podrían estimular a la imitación de otros. 


Mejor es dejar la historia a los historiadores y aplicar los recursos -y las palabras- a las políticas que de verdad mejoran la vida de los ciudadanos y sus empresas. Disculparse por lo que ocurrió en los remotos tiempos del siglo XVI no es más que ofrecer un dedal de agua a un sediento. No sirve para saciar su necesidad populista/nacionalista, y además presentan al aguador como un ser insensible y avaro por lo escaso de su generosidad. 


No, nunca se quedarán satisfechos.





miércoles, 18 de marzo de 2026

Y plantaron su tienda en Fuenterrabía


Se trataba de un grupo heterogéneo. Se habían conocido en la organización de una “misa de la juventud” que se celebraba los sábados por la noche en una parroquia del centro de la localidad.  En aquellos tiempos del tardofranquismo algunos sacerdotes consideraban que su función pastoral exigía de una denuncia de la situación política, y emitían en consecuencia señales hacia las gentes que también pretendían contribuir a que concluyera el régimen, aunque no sabían muy bien ni la dirección a tomar ni el objetivo final de sus pretensiones. Se trataba de ese feliz término que proclamaba la realidad de las insuficiencias que había en los concienciados opositores: “contra Franco vivíamos mejor”, llegarían a decir años más tarde, cuando comprobaban que tampoco el resultado conseguido colmaba sus aspiraciones.


Llegaba la Semana Santa. Y a alguien se le ocurría preguntar por los planes de los congregados. “Huir de aquí”, acertaría a expresar uno de ellos, espantado ante la sola posibilidad de vivir aquellos días asfixiado por la solemnidad de aquellas fechas, la triste programación televisiva y las procesiones y los ritos que se acostumbraban en esas fechas.


“Huir, de acuerdo… pero ¿hacía dónde?”, preguntaría otro de los reunidos. Entonces sería Santi -de nombre real Santos-, un sindicalista de CCOO, algo grueso, barba pelirroja, reducida estatura y que calzaba chirucas y vestía una camisa de cuadros de vivos colores, quien expresaría sus intenciones: “Me gustaría conocer Francia”. Y entre unos y otros decidían que la mejor fórmula era acercarse a Fuenterrabía. Desde allí era relativamente sencillo llegar al país vecino. Y tomar una “bière presión” -o sea, una caña-, en palabras de Joaquín Romero, que era el único de los asistentes que se veía capaz de comunicarse en francés. Desde luego -añadía Romero- no tenía inconveniente en acompañar a Santi a conocer, siquiera por unos momentos, un pedacito de tierra del país vecino.


Carecían de recursos económicos, así que decidieron pasar su estancia en una tienda de campaña. La plantarían en cualquier terreno que les pareciera aceptable.


Llegaría el día. Se dirigieron a la estación de autobuses y tomaron un vehículo que les conducía a la localidad guipuzcoana. En un grupo de seis personas se producen siempre retrasos, de modo que no llegarían precisamente a una hora temprana de la tarde. Después de deambular por los lugares aledaños a la localidad costera, ya cercana la hora del crepúsculo, encontraron una localización que les pareció idónea. “O eso o nada”, debieron pensar, mientras observaban que la tarde moría de manera irremisible. Con la acostumbrada dificultad, plantaron la tienda, se instalaron, encendieron un hornillo de camping gas y prepararon una cena.


Se había puesto el sol y el frío de la primavera apenas iniciada les recomendaría cesar sus cánticos y abandonar sus conversaciones para introducirse en sus sacos de dormir. Embutidos en ellos, unos continuaban su palique en tanto que otros cabeceaban un sueño extraño por lo temprano de la hora.


De pronto percibieron una luz en el exterior de la tienda. La claridad se veía acompañada por unas voces masculinas. Las chicas del grupo se movían en sus sacos, atemorizadas; no menos preocupados, los hombres aplicaban sus cinco sentidos a la comprensión de lo que estaba sucediendo.


Muy pronto, unas y otros, lo sabrían: una voz audible les explicaría:


  • No podéis estar aquí. Esto es zona militar…


Descorrieron la cremallera. Un soldado del ejército que llevaba una linterna en la mano repetía su admonición: “Aquí no os podéis quedar”.


La cosa estaba clara. Debían abandonar esa ubicación. Eso estaba claro, ¿pero adónde podrían ir? Y alguien haría esa reflexión en voz alta.


  • No hay problema. Si no tenéis otro sitio mejor donde alojaros, os cedemos una habitación en el fuerte. Total, allí no hay ningún jefe. Estamos haciendo la mili y nadie nos controla…


No existía desde luego mejor opción. Así que, ayudados por el generoso soldado, deshacían la tienda, situaban de nuevo sus enseres en sus mochilas y seguían al militar y a su linterna en una singular comitiva hacia el expresado fuerte.


Llegados hasta el establecimiento era la hora de cenar.  El contingente no superaba el número de cinco soldados y la disciplina brillaba por su ausencia. En esos momentos, además, la disipación se había apoderado de la tropa, debido a una excesiva ingesta de vino. Uno de ellos se empeñaba en preparar la tortilla con más huevos que se había cocinado nunca. Pero ni siquiera se ocupaba de batirlos. Los arrojaba a una inmensa sartén, los removía de manera rápida, y clamaba por la llegada de la liberación de su compromiso con la patria, entre los balbuceos provocados por el alcohol.


Durmieron mal. La habitación que les habían adjudicado no era lo suficientemente espaciosa como para que estiraran por completo sus organismos, y eso que ninguno de ellos disponía de altura ni envergadura exageradas.


Llegada la mañana, Romero cumplía su promesa y acompañaba a Santi hasta Hendaya. El sindicalista dijo no haberse quedado impresionado por el país ni por su cerveza. Regresaron al fuerte. Allí encontraron a los soldados en la misma situación que en la noche anterior, incluido el que aún pretendía superar el récord de los huevos en una sola tortilla, con la diferencia de que en aquella ocasión su dispepsia había provocado que hubiera más cáscaras y líquido en el pringoso suelo que en la sartén.


Esa noche, acosados por el cansancio, dormirían mejor. Despertados al nuevo día, desayunaron con los productos proporcionados por el ejército, agradecieron la hospitalidad y regresaron a su localidad de origen.


Requerido por sus padres para conocer lo que había hecho en esos días,  Joaquín Romero, refería de manera sucinta lo que les había acaecido. Sería entonces cuando la madre de Joaquín decía a su marido:


  • Ha estado en el fuerte de Fuenterrabía. Donde mataron a tu tío Honorio.


Tan dramático acontecimiento había ocurrido, en efecto, en septiembre de 1936, cuando apenas las tropas de Franco se acercaban a San Sebastián. Uno de los fusilados sería Honorio Maura, hijo del político conservador de la Restauración. Su sobrino nieto había visitado el fuerte sin tener noticia de tal circunstancia. 


Coda. Quienes hoy reclaman con insistencia la necesidad de la memoria democrática no son conscientes de los silencios de la generación de los hijos de los que lucharon -y perecieron- en la contienda. Un silencio útil para preservar en los que les seguían la posibilidad de una necesaria reconciliación. 


Pero siempre existe quien se dedica a atizar los rescoldos que aún humean en la chimenea…




sábado, 14 de marzo de 2026

Go West!

 Publicado en El Imparcial, el 14 de marzo de 2026

Resulta complicado en este tiempo sustraerse -o distanciarse- del debate impulsado por el presidente del Gobierno respecto de esa singular guerra desatada por los Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Un conflicto extraño del que, cuando se escriben estas líneas, apenas conocemos algo más que su día a día. No parece que exista ningún plan ni objetivo concreto que integre a esos dos países, quizás debido a esa causa no se ha pedido su consentimiento al Congreso norteamericano. Las declaraciones del presidente Trump en relación con su desarrollo son confusas, cuando no contradictorias, y sólo se advierte un cierto propósito de salvamento de su expuesta situación política por parte del primer ministro israelí, aunque -como ya se ha señalado en algún comentario aparecido en la revista Foreign Affairs- lo que pueda quedar en el paisaje de la zona, toda vez que concluya la contienda, se parezca bastante al resultado que se produce después de agitar un nido de avispas.


Ya dijo Sánchez que era necesaria la movilización del voto socialista para la convocatoria de las elecciones generales, en unas declaraciones realizadas cuando concluían las autonómicas aragonesas, pendientes aún las castellano-leonesas y las andaluzas, generando el lógico disgusto entre los líderes regionales. Malestar expresado por el presidente García Page en un programa televisivo de máxima audiencia.


Para esa activación de un voto abrumado por los incontables casos de corrupción -acompañados además por el carácter cutre que les es habitual- sujetos a investigación judicial, que se ciernen sobre el entorno de las amistades y la familia del presidente, a lo que resulta preciso añadir los pactos con filo-terroristas e independentistas, la colonización de las instituciones y el escaso respeto a la Constitución y al Parlamento -véase  la obstinada negativa a la presentación de un proyecto de ley de presupuestos-… el electorado socialista necesitaba como banderín de enganche la repetición del slogan del no a la guerra que tanto rédito le supuso a Zapatero en el año 2004, atentado terrorista mediante.


El recuperado slogan del no a la guerra ha dejado, una vez más, ¿y hasta cuándo?, a un PP desnortado, sin ideas y carente de otra argamasa que le una que no sea su vocación por la obtención del poder. Y sitúa a Vox en el papel del chivo expiatorio pro-trumpista, negador del derecho humanitario y de las reglas del derecho internacional -una tesis a la que curiosamente acaba de apuntarse la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, por mucho que se haya visto obligada a rectificar.


El leit motif de la política del presidente Sánchez parece ser el de colocar a Vox como la real oposición a su pintoresca coalición de gobierno, una extrema derecha que arrastraría de modo irreversible al PP, lo que recuerda poderosamente la estrategia seguida en Francia por François Mitterrand. Llegaría el político francés a modificar la ley electoral en el año 1985 para favorecer el auge del Front National de Jean-Marie Le Pen -padre de la actual líder populista de la derecha de ese país-. Su única pretensión consistía en debilitar a la derecha democrática republicana, que era la principal adversaria del partido socialista y que hoy en día ha desaparecido en la práctica del paisaje político del país vecino.


Sánchez parece dirigir su mirada hacia el este en lugar de hacia el oeste. En Portugal acaba de tomar posesión el socialista António Seguro. Con un 66% de los votos, frente al 34% del candidato populista de Chega, logrando unir en su apoyo al conjunto de los demócratas del otro país vecino.


Desde hace tiempo, Portugal emite hacia el conjunto del continente, y del mundo, señales de sensatez y de buen criterio. De eso constituyen fiel testimonio los nombres de António Guterres -secretario general de la ONU- o de António Costa -presidente del Consejo europeo-, ambos miembros del partido socialista.


En tiempos de incertidumbre como los que atravesamos son más necesarias que nunca las gentes que construyen puentes, que dialogan y que integran, frente a quienes erigen muros, insultan y dividen. Personas que consideren que la política no es un juego de suma cero, en el que siempre gana uno para que pierda el otro, sino un win win, en el que todos los actores ganan.


A España -y a Europa- se le presenta un verdadero rosario de problemas de cuentas que parecen inacabables porque nunca se resuelven. Desde la vivienda hasta la sostenibilidad de las pensiones, pasando por el funcionamiento de las instituciones y de los servicios, el sistema de salud… en un país en el que se han minado los consensos y el espíritu de la Constitución de 1978 ha quedado abandonado en el baúl de los trastos que ya no se usan, resulta preciso retornar -y reformar- la clase política con gentes para quienes el poder suponga la oportunidad de resolver los problemas y no de crear otros nuevos.


Mirar hacia el oeste, como una nueva -y testada- frontera para quienes supimos construir una democracia desde el consenso, recuperar el espíritu de emprender tareas importantes, como hacían los pioneros americanos del Go West


Un procedimiento que ya utilizamos en su día los españoles de fronteras hacia dentro, pero del que nos hemos olvidado cuando quizás más falta nos haría.