Jacobo Martos negó hasta tres ocasiones con la cabeza, se mesó con sus manos los negros cabellos y la blanca barba e hizo un rictus de tristeza antes de proclamar:
- Entonces no entiendo muy bien cómo es que estamos en el mismo equipo.
Dos buenos actores para una representación en la que sólo los dos formaban el público. Leoncio Cardidal también se tomaría su tiempo antes de declarar:
- ¿Un equipo? Quizás esto fuera un equipo al principio, Jacobo. Cuando te dirigiste a la asamblea de Chamartín y provocaste esa votación chanchullera que nos puso a todos aquí. Provisionalmente, claro, como han sido todas las cosas en este país, antes y ahora, boyante o destrozado. Lo provisional transformado en permanente…
Jacobo Martos lo observaba impasible. Nadie sabría muy bien si le interesaba el discurso de “su” Consejero de Interior o estaba pensando en otra cosa. Porque generalmente el Presidente de la Junta de Chamartín acostumbraba más al ordeno y mando que al diálogo, aunque de sus acendradas maneras se pudiera deducir lo contrario.
- … Eso era al principio –continuaría Cardidal ante la falta de interrupción de “su” Presidente-. Hoy ya sólo eres una especie de Rey de este barrio. Pero un Rey sin otra función más que moderar los debates, dar la palabra a unos y a otros. O sea, una figura meramente representativa.
- No es así como yo concibo mi presidencia –observó Martos.
- Pues así son las cosas. Te guste o no.
Había concluido la reunión. Leoncio Cardidal abandonaba el reducido despacho y la incómoda silla y salía hacia la estación sin despedirse.
Como si las noticias corrieran o como si se hubieran hecho eco de los micrófonos supuestamente instalados por la gente de Cardidal en el despacho de Martos, los guardias con que este se encontró a su paso se cuadraban ante su jefe. El Consejero de Interior sonreía satisfecho y asentía con la cabeza ante sus respetuosos saludos.
Ya era de dominio público que en el despacho de Jacobo Martos, en esa reunión entre el Presidente de la Junta y el responsable del orden público, se había oficiado una suerte de incruento golpe de estado con traspaso de poderes reales incluido.
miércoles, 9 de febrero de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (130)
Sentados de nuevo, Javier Arriaga entraría en una larga explicación –que a Brassens le pareció a veces contradictoria- sobre su tratamiento y el coste de los fármacos que le recetaban. En un momento de su larga charla, Javier le diría a su primo que, a pesar de toda la quimio que había recibido, su tumor seguía igual.
- Eso significa que no ha progresado –declaró Brassens.
- Es una manera de verlo –repuso Arriaga un tanto sorprendido.
Al cabo de un rato hacía acto de presencia Fátima, su mujer. Se encargaría ella de ofrecer algo de chorizo con un poco de pan.
Había un reader –libro electrónico- sobre la mesa de cristal. Se le había roto a Javier debido a la torpeza de sus movimientos, según explicaron a Brassens los Arriaga. Y Javier quería saber de las alternativas de compra de alguno de esos lectores: ya no se sentía con fuerzas para aguantar el peso de un libro convencional.
Llegaron su hermano Jacobo y Carmen, su mujer. Y la conversación se reconducía sobre los parámetros sociales habituales, donde el enfermo era el motivo de la visita pero no el objeto de la conversación.
Al día siguiente, Jorge Brassens telefoneaba a su editora digital y localizaba en Internet los diversos formatos de readers que ofrecían desde la distribuidora. No sin cierto espanto pudo comprobar hasta qué punto habían caído los precios de esos dispositivos.
Lo cierto era que la oferta resuktaba bastante amplia, de modo que telefoneó a Javier para señalarle la página web en donde podía encontrar los distintos libros electrónicos.
Hablaron y se lo dijo. Pero esa misma noche le telefoneaba Arriaga como si la conversación de la mañana no se hubiera producido. Pero Javier no era consciente de nada, no había tomado nota alguna y ni siquiera recordaba que hubieran hablado del asunto.
El estado de salud de su primo se iba deteriorando de manera progresiva. No sólo no recordaba las cosas, es que tampoco contestaba a sus mensajes telefónicos o a sus correos electrónicos, como si estuviera levantando una especie de dique de contención entre los dos. Pero ni siquiera eso era cierto. Javier Arriaga se estaba yendo envuelto en el silencio, porque el esfuerzo del contacto ya no dependía de él, que ya carecía de fuerzas.
Pero era necesario seguir intentándolo. Y Jorge Brassens era tozudo hasta la verdadera producción del aburrimiento ajeno. De modo que procuraba ponerle un SMS cada vez que aproximaba sus pasos a la casa de este, aunque tuviera un desigual resultado.
Llegó un día del principio de noviembre en que, acompañado por su hermano Pablo, Jorge Brassens se dirigiría a una cita con Javier previamente concertada.
Dos antiguas señoras del servicio de su madre estaban presentes, además de Fátima, su muer, y a la espera de su hermana Eugenia.
La conversación la llevarían las dos mujeres, aunque Javier Arriaga era quien –a modo de moderador- introducía los asuntos y provocaba las comentarios.
Resultaba impresionante el leve tono de voz que le quedaba. Agotado por las sesiones de quimioterapia, Alegría sólo podía expresarse desde una delgadísima dicción, de modo que a pesar del silencio de la concurrencia siempre alguien debía traducir sus palabras a una voz audible.
Pablo y Jorge Brassens fueron animados a contar sus cosas personales. A la llegada de Eugenia Alegría, fue ella la que derivaría la conversación hacia otros asuntos.
La reunión sería interrumpida por la llegada de un asistente peruano que se encargaría en lo sucesivo de vestir al enfermo, pero que en un principio no gustó a Javier dada su corta estatura. Se retiraron a una discreta despedida en el hall de la casa y saldrían de ella un momento después de saber que Alegría se había reconciliado con el latinoamericano gracias a la fortaleza física de este, que suplía con creces a su estatura.
Cuando se despedía de él, Jorge le ofrecía regalarle la última novela de John Lecarré, autor del que ambos eran aficionados.
Nuevamente le impreionaron esos expresivos ojos que saltaban de un organismo enfermo, extenuado, para decirle algo que sonaba a oficio de postrimería:
- No voy a leerlo. Me he comprometido a leer solamente unos libros religiosos.
Y aunque Jorge Brassens salvaba esa determnación categórica con un “más adelante, entonces”, supo que en el corazón de Javier Alegría ya se había instalado la firme convicción de que esa enfermedad se lo llevaría por delante.
- Eso significa que no ha progresado –declaró Brassens.
- Es una manera de verlo –repuso Arriaga un tanto sorprendido.
Al cabo de un rato hacía acto de presencia Fátima, su mujer. Se encargaría ella de ofrecer algo de chorizo con un poco de pan.
Había un reader –libro electrónico- sobre la mesa de cristal. Se le había roto a Javier debido a la torpeza de sus movimientos, según explicaron a Brassens los Arriaga. Y Javier quería saber de las alternativas de compra de alguno de esos lectores: ya no se sentía con fuerzas para aguantar el peso de un libro convencional.
Llegaron su hermano Jacobo y Carmen, su mujer. Y la conversación se reconducía sobre los parámetros sociales habituales, donde el enfermo era el motivo de la visita pero no el objeto de la conversación.
Al día siguiente, Jorge Brassens telefoneaba a su editora digital y localizaba en Internet los diversos formatos de readers que ofrecían desde la distribuidora. No sin cierto espanto pudo comprobar hasta qué punto habían caído los precios de esos dispositivos.
Lo cierto era que la oferta resuktaba bastante amplia, de modo que telefoneó a Javier para señalarle la página web en donde podía encontrar los distintos libros electrónicos.
Hablaron y se lo dijo. Pero esa misma noche le telefoneaba Arriaga como si la conversación de la mañana no se hubiera producido. Pero Javier no era consciente de nada, no había tomado nota alguna y ni siquiera recordaba que hubieran hablado del asunto.
El estado de salud de su primo se iba deteriorando de manera progresiva. No sólo no recordaba las cosas, es que tampoco contestaba a sus mensajes telefónicos o a sus correos electrónicos, como si estuviera levantando una especie de dique de contención entre los dos. Pero ni siquiera eso era cierto. Javier Arriaga se estaba yendo envuelto en el silencio, porque el esfuerzo del contacto ya no dependía de él, que ya carecía de fuerzas.
Pero era necesario seguir intentándolo. Y Jorge Brassens era tozudo hasta la verdadera producción del aburrimiento ajeno. De modo que procuraba ponerle un SMS cada vez que aproximaba sus pasos a la casa de este, aunque tuviera un desigual resultado.
Llegó un día del principio de noviembre en que, acompañado por su hermano Pablo, Jorge Brassens se dirigiría a una cita con Javier previamente concertada.
Dos antiguas señoras del servicio de su madre estaban presentes, además de Fátima, su muer, y a la espera de su hermana Eugenia.
La conversación la llevarían las dos mujeres, aunque Javier Arriaga era quien –a modo de moderador- introducía los asuntos y provocaba las comentarios.
Resultaba impresionante el leve tono de voz que le quedaba. Agotado por las sesiones de quimioterapia, Alegría sólo podía expresarse desde una delgadísima dicción, de modo que a pesar del silencio de la concurrencia siempre alguien debía traducir sus palabras a una voz audible.
Pablo y Jorge Brassens fueron animados a contar sus cosas personales. A la llegada de Eugenia Alegría, fue ella la que derivaría la conversación hacia otros asuntos.
La reunión sería interrumpida por la llegada de un asistente peruano que se encargaría en lo sucesivo de vestir al enfermo, pero que en un principio no gustó a Javier dada su corta estatura. Se retiraron a una discreta despedida en el hall de la casa y saldrían de ella un momento después de saber que Alegría se había reconciliado con el latinoamericano gracias a la fortaleza física de este, que suplía con creces a su estatura.
Cuando se despedía de él, Jorge le ofrecía regalarle la última novela de John Lecarré, autor del que ambos eran aficionados.
Nuevamente le impreionaron esos expresivos ojos que saltaban de un organismo enfermo, extenuado, para decirle algo que sonaba a oficio de postrimería:
- No voy a leerlo. Me he comprometido a leer solamente unos libros religiosos.
Y aunque Jorge Brassens salvaba esa determnación categórica con un “más adelante, entonces”, supo que en el corazón de Javier Alegría ya se había instalado la firme convicción de que esa enfermedad se lo llevaría por delante.
lunes, 7 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (129)
Bilbao, 20 de febrero de 2003.
Querida Lorsen:
Retorno a mi cuasi-diario carteo contigo. El lunes me di un pequeño respiro y fui al cine. La película era “Dolls”, ambientada en el Japón actual. Algo complicada y lenta, pero tenía escenas maravillosas. Pero para nada se merecía las tres estrellas que le había otorgado “El Correo”.
El martes viajé a Madrid para dos reuniones políticas, relacionadas con el PP vasco: El balance de las dos ha sido bastante positivo.
Luego viajé directamente a Barcelona. Me hospedé en el Círculo Ecuestre y cené en casa de los Companys. Le he regalada a Bárbara –tu “prefe” una caja de plástico con pinturas tuyas. Le dije que la presentación no era una maravilla, pero que no había facturado nada, que en Bilbao quedan todavía cosas y en Arrechea alguna más. Y que si las quería serían todas para ella. A su vez, Bárbara me entregó una carta que no me había cursado por correo. Es muy bonita y denota una gran sensibilidad en esa niña-mujer, de modo que te la transcribo a continuación:
“Querido Jorge:
Sé que una justificación no es el mejor modo de empezar a escribir, pero ya que ni las palabras ni mi poco extenso vocabulario van a ayudarme a expresar lo que siento, es disculpándome como me veo obligada a empezar.
Una niña que iba a empezar a ser mujer y una amiga que tenían sus papás. Así es como empezaba una bonita historia de amistad, admiración y aprendizaje.
Ella me enseñó desde algo tan sencillo como el bocadillo de pan bimbo con chorizo pamplonica, que pasó a ser mi base alimenticia durante meses, hasta el poder ver la vida desde unos ojos diferentes.
Fuerte, valiente, cariñosa, artista y otras mil cualidades son las que definen a Elisabeth Von Lorensen, mi Lorsen; y yo, su prefe.
Hoy aprendo lo duro que es perder a una amiga, y es ahora cuando me lo he planteado, que he descubierto cómo esta gran mujer ha influido en mi vida.
Llámame egoísta, pero una de las cosas que más rabia me da de que haya partido, son todos aquellos planes que teníamos y ya no podremos cumplir juntas.
Jorge, ahora te toca a ti, con el apoyo de toda esa gente que te quiere y la queria a ella (y nosotros los primeros) ser fuerte y seguir adelante con el mismo entusiasmo que ella tenía.
Recibe un abrazo muy fuerte y otro para Pilar: sois el mejor regalo que Lorsen pudo tener, y será como dárselo a ella”.
Como puedes ver, en esa cualidad que tenías de no dejar indiferente a nadie –más que nada, de despertar el cariño hacia tu persona en casi todo el mundo que te trataba- ha calado también en esa mujer que me recibía con esa expresión de niña madura, los ojos tristes, la mirada a veces perdida, consciente de que en esa casa ha sido siempre la persona a la que nadie ha cuidado de verdad. Y tú, que lo percibiste, como percibías inmediatamente todos los males que tenían su origen en el corazón –no en vano te fuiste porque ya no tenía fuelle para seguir latiendo- la adoptaste para ti, la llamabas “mi prefe”, y ella supo que contigo tenía ese añadido de afecto que necesitaba. Hoy es ya una mujer que cuenta con naturalidad cómo una caída suya en la nieve, en la que estuvo a punto de romperse las costillas, tenía muy poca importancia al lado de una enfermedad de Alfonsito.
Este también está muy bien, aunque sus notas son pésimas.
La cena transcurrió en medio de un homenaje callado a tu persona. La mesa bien puesta, con manteles, paneras, vajilla tipo María Weiss, copas de cristal grueso. Y la comida era la que nos gustaba a los dos: esas patatas con bechamel y queso, “escalopas” –con guisantes y pimientos, y, para postre, un helado de nata con chocolate caliente. Pasé de este último y probé una gota del helado. Luego, Alfonso y yo, tomamos un poco de whisky.
Licus se autoinvitó a Arrechea. Y quedamos que ese día encargaría una misa por ti en Roncesvalles, y que convocaríamos a la gente del pueblo que quisiera venir.
Un beso.
Querida Lorsen:
Retorno a mi cuasi-diario carteo contigo. El lunes me di un pequeño respiro y fui al cine. La película era “Dolls”, ambientada en el Japón actual. Algo complicada y lenta, pero tenía escenas maravillosas. Pero para nada se merecía las tres estrellas que le había otorgado “El Correo”.
El martes viajé a Madrid para dos reuniones políticas, relacionadas con el PP vasco: El balance de las dos ha sido bastante positivo.
Luego viajé directamente a Barcelona. Me hospedé en el Círculo Ecuestre y cené en casa de los Companys. Le he regalada a Bárbara –tu “prefe” una caja de plástico con pinturas tuyas. Le dije que la presentación no era una maravilla, pero que no había facturado nada, que en Bilbao quedan todavía cosas y en Arrechea alguna más. Y que si las quería serían todas para ella. A su vez, Bárbara me entregó una carta que no me había cursado por correo. Es muy bonita y denota una gran sensibilidad en esa niña-mujer, de modo que te la transcribo a continuación:
“Querido Jorge:
Sé que una justificación no es el mejor modo de empezar a escribir, pero ya que ni las palabras ni mi poco extenso vocabulario van a ayudarme a expresar lo que siento, es disculpándome como me veo obligada a empezar.
Una niña que iba a empezar a ser mujer y una amiga que tenían sus papás. Así es como empezaba una bonita historia de amistad, admiración y aprendizaje.
Ella me enseñó desde algo tan sencillo como el bocadillo de pan bimbo con chorizo pamplonica, que pasó a ser mi base alimenticia durante meses, hasta el poder ver la vida desde unos ojos diferentes.
Fuerte, valiente, cariñosa, artista y otras mil cualidades son las que definen a Elisabeth Von Lorensen, mi Lorsen; y yo, su prefe.
Hoy aprendo lo duro que es perder a una amiga, y es ahora cuando me lo he planteado, que he descubierto cómo esta gran mujer ha influido en mi vida.
Llámame egoísta, pero una de las cosas que más rabia me da de que haya partido, son todos aquellos planes que teníamos y ya no podremos cumplir juntas.
Jorge, ahora te toca a ti, con el apoyo de toda esa gente que te quiere y la queria a ella (y nosotros los primeros) ser fuerte y seguir adelante con el mismo entusiasmo que ella tenía.
Recibe un abrazo muy fuerte y otro para Pilar: sois el mejor regalo que Lorsen pudo tener, y será como dárselo a ella”.
Como puedes ver, en esa cualidad que tenías de no dejar indiferente a nadie –más que nada, de despertar el cariño hacia tu persona en casi todo el mundo que te trataba- ha calado también en esa mujer que me recibía con esa expresión de niña madura, los ojos tristes, la mirada a veces perdida, consciente de que en esa casa ha sido siempre la persona a la que nadie ha cuidado de verdad. Y tú, que lo percibiste, como percibías inmediatamente todos los males que tenían su origen en el corazón –no en vano te fuiste porque ya no tenía fuelle para seguir latiendo- la adoptaste para ti, la llamabas “mi prefe”, y ella supo que contigo tenía ese añadido de afecto que necesitaba. Hoy es ya una mujer que cuenta con naturalidad cómo una caída suya en la nieve, en la que estuvo a punto de romperse las costillas, tenía muy poca importancia al lado de una enfermedad de Alfonsito.
Este también está muy bien, aunque sus notas son pésimas.
La cena transcurrió en medio de un homenaje callado a tu persona. La mesa bien puesta, con manteles, paneras, vajilla tipo María Weiss, copas de cristal grueso. Y la comida era la que nos gustaba a los dos: esas patatas con bechamel y queso, “escalopas” –con guisantes y pimientos, y, para postre, un helado de nata con chocolate caliente. Pasé de este último y probé una gota del helado. Luego, Alfonso y yo, tomamos un poco de whisky.
Licus se autoinvitó a Arrechea. Y quedamos que ese día encargaría una misa por ti en Roncesvalles, y que convocaríamos a la gente del pueblo que quisiera venir.
Un beso.
viernes, 4 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (128)
Martos permanecía sentado. Las manos entrecruzadas y la expresión grave. En el tiempo en que se encontraba justamente un segundo antes.
Pero la escena había cambiado. Cardidal se le enfrentaba. Hacía tiempo que se había desprendido del abrazo de oso de su voz que sonaba un tanto meliflua, como las homilías de los curas. Sonaba a tramposa, a falsa. Decía eso de “unidad en torno al presidente, cualquiera que este sea”. Pero, claro, el presidente era él y no Cardidal. Y era además un presidente sin poder, sin capacidad para tomar las decisiones.
- Ese tiempo ha pasado ya, Jacobo –declaró Cardidal.
Y le apeaba de su título. Le tuteaba. Buscaba en los viejos tiempos en que se conocieron, en aquellos años de la década de los ’90, en el País Vasco, la referencia de su trato íntimo, de confianza que un secretario tiene en su presidente. Lo buscaba y lo recogía para apearle ahora de su condición de tal.
Se había vuelto a convertir en Jacobo. Pero Cardidal era también Leoncio. Aquel joven que fuera una mezcla entre el mozalbete guaperas y el ambicioso un tanto subido de tono. Donde lo primero era ligar de forma incontenible y lo segundo era ganar dinero. Y la política –o la guerrilla del narcotráfico- era solo un medio para conseguirlo. Era su punto débil. Pero un punto débil que Martos no sabría nunca cómo explotar. Y volvía entonces ese precario presidente de la Junta de Chamartín –en ese cuarto de segundo- a sus valores tradicionales de su San Sebastián juvenil, a su educación religiosa, a las enseñanzas de sus padres, al carlismo que era la atmósfera y el oxígeno que había respirado siempre -¿que lo había envenenado, al cabo?- para contestar con gravedad de filósofo, siempre sentado, mirando hacia otro lado, como habládose a sí mismo:
- Los tiempos han cambiado. Es cierto. Pero las personas somos, poco más o menos, las mismas.
Esa no era una conversación a ser desarrollada en el cuartel general de la Junta de Distrito de Chamartín, al final de una mañana repleta de tensión. Cardidal se la podía imaginar más bien en un bar de copas, cualquier día, después del trabajo, cuando la noche se va agotando porque no te divierte volver a tu apartamento y encontrarte una vez más abandonado o con ese ligue de turno que te dice que estás más solo que la una. Conversación de la última copa de una de esas noches tristes.
- También en eso te equivocas; Jacobo –contestaría-. Las personas también cambiamos. es la vida la que nos cambia. Y la selva esta en la que vivimos.
- La selva. ¡Pero si eso es precisamente lo que queremos combatir! Lo que pretendemos, volver a la civilización –repuso Martos, que ahora observaba fijamente a su interlocutor.
- No te vuelvas a engañar, Jacobo. La civilización no está a la vuelta de la esquina. No por ahora. Lo que se necesita es imponer el orden, al precio que sea, al precio que sea. Limpiarlo todo. Y de lo que quede podrá surgir una civilización. Para hacer una tortilla, primero hay que cascar los huevos. Esa es mi opinión.
Pero la escena había cambiado. Cardidal se le enfrentaba. Hacía tiempo que se había desprendido del abrazo de oso de su voz que sonaba un tanto meliflua, como las homilías de los curas. Sonaba a tramposa, a falsa. Decía eso de “unidad en torno al presidente, cualquiera que este sea”. Pero, claro, el presidente era él y no Cardidal. Y era además un presidente sin poder, sin capacidad para tomar las decisiones.
- Ese tiempo ha pasado ya, Jacobo –declaró Cardidal.
Y le apeaba de su título. Le tuteaba. Buscaba en los viejos tiempos en que se conocieron, en aquellos años de la década de los ’90, en el País Vasco, la referencia de su trato íntimo, de confianza que un secretario tiene en su presidente. Lo buscaba y lo recogía para apearle ahora de su condición de tal.
Se había vuelto a convertir en Jacobo. Pero Cardidal era también Leoncio. Aquel joven que fuera una mezcla entre el mozalbete guaperas y el ambicioso un tanto subido de tono. Donde lo primero era ligar de forma incontenible y lo segundo era ganar dinero. Y la política –o la guerrilla del narcotráfico- era solo un medio para conseguirlo. Era su punto débil. Pero un punto débil que Martos no sabría nunca cómo explotar. Y volvía entonces ese precario presidente de la Junta de Chamartín –en ese cuarto de segundo- a sus valores tradicionales de su San Sebastián juvenil, a su educación religiosa, a las enseñanzas de sus padres, al carlismo que era la atmósfera y el oxígeno que había respirado siempre -¿que lo había envenenado, al cabo?- para contestar con gravedad de filósofo, siempre sentado, mirando hacia otro lado, como habládose a sí mismo:
- Los tiempos han cambiado. Es cierto. Pero las personas somos, poco más o menos, las mismas.
Esa no era una conversación a ser desarrollada en el cuartel general de la Junta de Distrito de Chamartín, al final de una mañana repleta de tensión. Cardidal se la podía imaginar más bien en un bar de copas, cualquier día, después del trabajo, cuando la noche se va agotando porque no te divierte volver a tu apartamento y encontrarte una vez más abandonado o con ese ligue de turno que te dice que estás más solo que la una. Conversación de la última copa de una de esas noches tristes.
- También en eso te equivocas; Jacobo –contestaría-. Las personas también cambiamos. es la vida la que nos cambia. Y la selva esta en la que vivimos.
- La selva. ¡Pero si eso es precisamente lo que queremos combatir! Lo que pretendemos, volver a la civilización –repuso Martos, que ahora observaba fijamente a su interlocutor.
- No te vuelvas a engañar, Jacobo. La civilización no está a la vuelta de la esquina. No por ahora. Lo que se necesita es imponer el orden, al precio que sea, al precio que sea. Limpiarlo todo. Y de lo que quede podrá surgir una civilización. Para hacer una tortilla, primero hay que cascar los huevos. Esa es mi opinión.
jueves, 3 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (127)
Y Jorge Brassens se alejaba de allí con su chaqueta clásica, en dirección a la parada de metro y volviendo a notar el denso calor de esa tarde de verano madrileño, agotador.
Se llevaba consigo la serenidad de su primo, su lucha por vivir, su aceptación resignada de un tratamiento que ya empezaba a hacer estragos en su organismo… aunque no en su cabeza, en su ánimo. Y pensaba que todavía no se había escrito la última palabra de aquella enfermedad, que solo se muere cuando uno acepta la muerte como algo inevitable, cuando deja de luchar por vivir. Y Javier tenía muchas razones para vivir, y eran tres las más importantes: tenían nombres de mujer.
Recordaba sus planes para el verano: dependían de las sesiones de quimioterapia. Pero había un viaje a Alemania que tenía que ver con alguna celebración religiosa. Situado frente a una más que evidente posibilidad de encontrar un fin cercano a su vida mortal, Javier prolongaba su vida en la inmortalidad del alma y eso le proporcionaba seguramente buena parte de la serenidad que demostraba.
Luego vendría Comillas. Aún no había viajado en coche tanto tiempo, pero pensaba que aguantaría. Necesitaba ese sol y ese agua del Cantábrico, aunque no pudiera recibirlos directamente. Ese mar batido por las olas recias del norte que un día les uniera en la playa de Ereaga o de Plencia o de Sopelana. Conducidos por sus padres o por el chófer de alquiler al que un día llamarían Prudencio Prudente –¿o era su verdadero nombre?- que tenía la extraña costumbre de quitarse los zapatos y los dejaba en el suelo del coche para guiar el inevitable Seat Milquinientos blanco con cartel de SP.
Estaba preocupado por él. Por ese chico que se encontraba con la vida en un guateque en Las Arenas, cuando la gente se pasaba un tanto y las habitaciones de la casa se poblaban de parejas. Ese chico que, tres años apenas más joven que él, le escribía una carta compungida ante lo que había visto, con esa letra redonda y clara, asombrado del descubrimiento de la pubertad. Porque tres años son mucho tiempo cuando se tienen apenas quince o dieciséis y tu primo ya tiene diecinueve.
Instalado en el refugio que le proporcionaban las montañas del bajo pirineo navarro, Jorge Brassens telefoneaba a su primo para conocer de su estado de salud, de su ánimo. Pero no contestaba. Le ponía un mensaje de texto de su móvil. Quizás debía pasar un día, quizás dos y la respuesta se producía. Estaba en Alemania. Todo bien. Todo en orden, dentro de lo que cabía esperar. Sí, se pondría en contacto con Brassens a su regreso a España.
También contaba con algún recuerdo de Javier Arriaga en ese pueblo. Era un fin de semana largo, el puente de la Constitución –o de la Inmaculada, según se prefiera-. Un amigo de Javier quería conocer el bosque de Irati y Jorge Brassens le indicaba que estaba allí mismo, que Arrechea era uno de los lugares en que concluía el bosque. De modo que se alojarían todos en el hotelito más cercano a la casa de Brassens y Lorsen. Y Javier invadía la cocina de los dos para hacerse sus huevos fritos y desayunar de otro modo a como la discreta dieta del hotel permitía.
O ese paseo que se daban con el Suzuki 4X4 que todavía conservaba Brassens, ascendiendo por el paseo de las Tres Hayas, donde quedaba atrapado por el barro de las lluvias y de las nieves del otoño.
- Son las ruedas –explicaba Javier Arriaga ante el suculento plato de paloma que les servían en el comedor del hotel.
Y también estaba ahí Pepe Izarra, amigo universitario de Brassens, funcionario en Bruselas, que estaba literalmente entusiasmado ante la decisión de Balduino de Bélgica de no firmar la ley de aborto que le había presentado su gobierno. Lorsen le explicaba, casualidades de la vida, que la mujer de Arriaga era sobrina de Balduino por la mujer de este.
Y ahora, otra vez en Arrechea, esta vez con Vic Suarez, Jorge Brassens recordaría esas pequeñas historias que forman la vida como las cuentas nutren los rosarios o las uvas se juntan en racimos. Recuerdos que se vienen a la memoria uno a uno, como se rezan las avemarías o se comen los frutos, como pequeñas muestras de un todo que se dirìa inacabable, si no supiéramos ¡ay! que de la misma manera que ese todo tiene un principio también tiene un final.
Se llevaba consigo la serenidad de su primo, su lucha por vivir, su aceptación resignada de un tratamiento que ya empezaba a hacer estragos en su organismo… aunque no en su cabeza, en su ánimo. Y pensaba que todavía no se había escrito la última palabra de aquella enfermedad, que solo se muere cuando uno acepta la muerte como algo inevitable, cuando deja de luchar por vivir. Y Javier tenía muchas razones para vivir, y eran tres las más importantes: tenían nombres de mujer.
Recordaba sus planes para el verano: dependían de las sesiones de quimioterapia. Pero había un viaje a Alemania que tenía que ver con alguna celebración religiosa. Situado frente a una más que evidente posibilidad de encontrar un fin cercano a su vida mortal, Javier prolongaba su vida en la inmortalidad del alma y eso le proporcionaba seguramente buena parte de la serenidad que demostraba.
Luego vendría Comillas. Aún no había viajado en coche tanto tiempo, pero pensaba que aguantaría. Necesitaba ese sol y ese agua del Cantábrico, aunque no pudiera recibirlos directamente. Ese mar batido por las olas recias del norte que un día les uniera en la playa de Ereaga o de Plencia o de Sopelana. Conducidos por sus padres o por el chófer de alquiler al que un día llamarían Prudencio Prudente –¿o era su verdadero nombre?- que tenía la extraña costumbre de quitarse los zapatos y los dejaba en el suelo del coche para guiar el inevitable Seat Milquinientos blanco con cartel de SP.
Estaba preocupado por él. Por ese chico que se encontraba con la vida en un guateque en Las Arenas, cuando la gente se pasaba un tanto y las habitaciones de la casa se poblaban de parejas. Ese chico que, tres años apenas más joven que él, le escribía una carta compungida ante lo que había visto, con esa letra redonda y clara, asombrado del descubrimiento de la pubertad. Porque tres años son mucho tiempo cuando se tienen apenas quince o dieciséis y tu primo ya tiene diecinueve.
Instalado en el refugio que le proporcionaban las montañas del bajo pirineo navarro, Jorge Brassens telefoneaba a su primo para conocer de su estado de salud, de su ánimo. Pero no contestaba. Le ponía un mensaje de texto de su móvil. Quizás debía pasar un día, quizás dos y la respuesta se producía. Estaba en Alemania. Todo bien. Todo en orden, dentro de lo que cabía esperar. Sí, se pondría en contacto con Brassens a su regreso a España.
También contaba con algún recuerdo de Javier Arriaga en ese pueblo. Era un fin de semana largo, el puente de la Constitución –o de la Inmaculada, según se prefiera-. Un amigo de Javier quería conocer el bosque de Irati y Jorge Brassens le indicaba que estaba allí mismo, que Arrechea era uno de los lugares en que concluía el bosque. De modo que se alojarían todos en el hotelito más cercano a la casa de Brassens y Lorsen. Y Javier invadía la cocina de los dos para hacerse sus huevos fritos y desayunar de otro modo a como la discreta dieta del hotel permitía.
O ese paseo que se daban con el Suzuki 4X4 que todavía conservaba Brassens, ascendiendo por el paseo de las Tres Hayas, donde quedaba atrapado por el barro de las lluvias y de las nieves del otoño.
- Son las ruedas –explicaba Javier Arriaga ante el suculento plato de paloma que les servían en el comedor del hotel.
Y también estaba ahí Pepe Izarra, amigo universitario de Brassens, funcionario en Bruselas, que estaba literalmente entusiasmado ante la decisión de Balduino de Bélgica de no firmar la ley de aborto que le había presentado su gobierno. Lorsen le explicaba, casualidades de la vida, que la mujer de Arriaga era sobrina de Balduino por la mujer de este.
Y ahora, otra vez en Arrechea, esta vez con Vic Suarez, Jorge Brassens recordaría esas pequeñas historias que forman la vida como las cuentas nutren los rosarios o las uvas se juntan en racimos. Recuerdos que se vienen a la memoria uno a uno, como se rezan las avemarías o se comen los frutos, como pequeñas muestras de un todo que se dirìa inacabable, si no supiéramos ¡ay! que de la misma manera que ese todo tiene un principio también tiene un final.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (126)
Bilbao, 15 de febrero de 2003.
Querida Lorsen:
Antes de recoger a Bècaud he comido con tu padre y tus hermanos. Para variar hemos terminado a las cuatro y cuarto, que era justamente la hora en que había quedado citado con los escoltas. Tu hermana está bastante bien y se ha empeñado en dejar de fumar, para lo que se ha comprado una pulsera de esas que venden por televisión, a plazos, y que según parece resulta inhibidora del vicio, con lo que tu padre –que como de costumbre financia la operación y cada vez parece que mejora sus posiciones en la “Cofradía del Puño Cerrado”- está bastante enfadado –por el coste, no porque Gaby deje de fumar-. Yo le encuentro bastante mejor a tu hermana desde que te fuiste. Según ella le han aumentado las defensas, pero en todo caso está bastante mejor de tono vital, aunque le vendría bien coger algún quilito de más. En el coche estaba tu sombrero de Burguete que se lo ha quedado Gaby, al igual que la práctica totalidad de tus camisas y jerseys, aunque hoy he “heredado” tu polo de Lacoste negro de manga larga, que te compré en Biarritz, y encuentro que me queda muy bien. Como tengo dos invitaciones para la inauguración del “Cirque du Soleil” le he pedido a tu hermana que venga conmigo. Willy sigue con sus trabajos, por lo menos durante un mes, y las noticias que hay es que “Liz” está ingresada en Cruces, Paco Zayas en la clínica de San Sebastián y tu queridísima tía Lolis cumple ochenta el próximo sábado y le ha convidado a tu padre a tan significado evento. Por fin, Dolores Aguirre está en Cincinatti, para su operación.
Pilar se encuentra tan bien, como siempre me toma el pelo y su cama tenía el barrote izquierdo otra vez roto, con lo que las operaciones de traslado a la silla se hacen bastante más complicadas. Cuando he salido de la UCI lo estaban arreglando. Pero me han pedido que haga una gestión con Tere Hermana para que le cambien de cama. Chelo Aparicio –que ahora trabaja en la agencia Efe, después que la echaran de mala manera de Canal Plus- quería visitar a Pilar: A la niña le ha parecido muy bien. Ya sabes que estas cosas hay que anunciárselas con antelación, de lo contrario Pilar puede perfectamente mostrarse insoportable con la novedad. Alguien le ha dibujado un corazón en la cabecera de su cama, con un lazo, por San Valentín, pero según ella que no es por nadie en particular.
Como voy hacia atrás te contaré que ayer, viernes, tuvimos un acto del Foro de Ermua en el que le entregaban su premio anual al juez Garzón. Allí hablamos de ti Ramón Rabanera y Concha y me dio el pésame Chelo, la madre de Miguel Ángel Blanco, que se me ofreció para lo que hiciera falta. Todos me dijeron que te querían mucho. No me quedé a la cena: Cabía la posibilidad de que resultara un tanto coñazo, en función de la persona que me tocara de acompañante, así que preferí leer un poco antes de meterme en la cama.
El ambiente de la calle es contrario al apoyo que Aznar ha prestado a los Estados Unidos para la guerra contra Irak, pero en el País Vasco los socialistas no han aceptado sumarse a la manifestación en la que el PNV -¿quosque tandem?- marchará junto con la gente de Batasuna. Según Michel Unzueta, Ibarretxe sigue lanzado con su idea del referéndum para este otoño y la opinión es que Aznar lo impedirá: En este caso, los caminos, casi siempre paralelos entre los intereses nacionales y los del País Vasco, parece que convergen, y la firmeza del Gobierno de España será más que positiva para nuestros intereses. La mujer de Giorgio Baravalle –rotario, recientemente nombrado cónsul de Italia- compañera mía en la Universidad-, me decía que no basta con que se impida el referéndum, y yo convenía con ella que era preciso que las tanquetas tengan nuestro apoyo y compañía en ese caso.
Por cierto, Antonio Basagoiti me proponía como candidato de relleno para su lista de Bilbao. No estaba mal en una candidatura que cerrará Aznar, pero ya sabes que estoy comprometido con la gente de Guipúzcoa.
Hace frío en Bilbao. La temperatura no ha subido de cuatro grados a la orilla del mar.
Ahora está Bècaud, en su butaca, protegida por su colchón: La familia más o menos unida en torno a la provincia: Pilar en Cruces, a quien he dado de comer; tus cenizas; el perro y yo mismo, poniéndote estas letras.
La vida sigue, porque tú siempre estás presente, a pesar de la distancia.
Te quiero mucho y te mando un beso muy grande.
Querida Lorsen:
Antes de recoger a Bècaud he comido con tu padre y tus hermanos. Para variar hemos terminado a las cuatro y cuarto, que era justamente la hora en que había quedado citado con los escoltas. Tu hermana está bastante bien y se ha empeñado en dejar de fumar, para lo que se ha comprado una pulsera de esas que venden por televisión, a plazos, y que según parece resulta inhibidora del vicio, con lo que tu padre –que como de costumbre financia la operación y cada vez parece que mejora sus posiciones en la “Cofradía del Puño Cerrado”- está bastante enfadado –por el coste, no porque Gaby deje de fumar-. Yo le encuentro bastante mejor a tu hermana desde que te fuiste. Según ella le han aumentado las defensas, pero en todo caso está bastante mejor de tono vital, aunque le vendría bien coger algún quilito de más. En el coche estaba tu sombrero de Burguete que se lo ha quedado Gaby, al igual que la práctica totalidad de tus camisas y jerseys, aunque hoy he “heredado” tu polo de Lacoste negro de manga larga, que te compré en Biarritz, y encuentro que me queda muy bien. Como tengo dos invitaciones para la inauguración del “Cirque du Soleil” le he pedido a tu hermana que venga conmigo. Willy sigue con sus trabajos, por lo menos durante un mes, y las noticias que hay es que “Liz” está ingresada en Cruces, Paco Zayas en la clínica de San Sebastián y tu queridísima tía Lolis cumple ochenta el próximo sábado y le ha convidado a tu padre a tan significado evento. Por fin, Dolores Aguirre está en Cincinatti, para su operación.
Pilar se encuentra tan bien, como siempre me toma el pelo y su cama tenía el barrote izquierdo otra vez roto, con lo que las operaciones de traslado a la silla se hacen bastante más complicadas. Cuando he salido de la UCI lo estaban arreglando. Pero me han pedido que haga una gestión con Tere Hermana para que le cambien de cama. Chelo Aparicio –que ahora trabaja en la agencia Efe, después que la echaran de mala manera de Canal Plus- quería visitar a Pilar: A la niña le ha parecido muy bien. Ya sabes que estas cosas hay que anunciárselas con antelación, de lo contrario Pilar puede perfectamente mostrarse insoportable con la novedad. Alguien le ha dibujado un corazón en la cabecera de su cama, con un lazo, por San Valentín, pero según ella que no es por nadie en particular.
Como voy hacia atrás te contaré que ayer, viernes, tuvimos un acto del Foro de Ermua en el que le entregaban su premio anual al juez Garzón. Allí hablamos de ti Ramón Rabanera y Concha y me dio el pésame Chelo, la madre de Miguel Ángel Blanco, que se me ofreció para lo que hiciera falta. Todos me dijeron que te querían mucho. No me quedé a la cena: Cabía la posibilidad de que resultara un tanto coñazo, en función de la persona que me tocara de acompañante, así que preferí leer un poco antes de meterme en la cama.
El ambiente de la calle es contrario al apoyo que Aznar ha prestado a los Estados Unidos para la guerra contra Irak, pero en el País Vasco los socialistas no han aceptado sumarse a la manifestación en la que el PNV -¿quosque tandem?- marchará junto con la gente de Batasuna. Según Michel Unzueta, Ibarretxe sigue lanzado con su idea del referéndum para este otoño y la opinión es que Aznar lo impedirá: En este caso, los caminos, casi siempre paralelos entre los intereses nacionales y los del País Vasco, parece que convergen, y la firmeza del Gobierno de España será más que positiva para nuestros intereses. La mujer de Giorgio Baravalle –rotario, recientemente nombrado cónsul de Italia- compañera mía en la Universidad-, me decía que no basta con que se impida el referéndum, y yo convenía con ella que era preciso que las tanquetas tengan nuestro apoyo y compañía en ese caso.
Por cierto, Antonio Basagoiti me proponía como candidato de relleno para su lista de Bilbao. No estaba mal en una candidatura que cerrará Aznar, pero ya sabes que estoy comprometido con la gente de Guipúzcoa.
Hace frío en Bilbao. La temperatura no ha subido de cuatro grados a la orilla del mar.
Ahora está Bècaud, en su butaca, protegida por su colchón: La familia más o menos unida en torno a la provincia: Pilar en Cruces, a quien he dado de comer; tus cenizas; el perro y yo mismo, poniéndote estas letras.
La vida sigue, porque tú siempre estás presente, a pesar de la distancia.
Te quiero mucho y te mando un beso muy grande.
martes, 1 de febrero de 2011
Vientos de cambio en el mundo árabe
Los vientos de cambio que en las últimas semanas recorren el mundo árabe, desde Túnez a Egipto pasando por Yemen, Marruecos y Mauritania, son el resultado de décadas de falta de democracia, de corrupción generalizada, de atentados constantes contra los Derechos Humanos (contra las libertades públicas, contra la seguridad jurídica, contra la equidad social), y de gobernantes cleptocráticos que han patrimonializado la riqueza de sus naciones.
Y, sin embargo, Europa no puede mirar para otro lado ante lo que está ocurriendo, pues durante años ha avalado, protegido, apoyado y justificado a regímenes autoritarios de todo tipo, sin hacerle ascos a repúblicas pseudo-panarabistas, como el Egipto de Hosni Mubarak, a híbridos de estado policial y complejo turístico de la Costa Azul, como el Túnez de Ben Alí, o a monarcas teocráticos que consideran a su país y a sus ciudadanos como el cortijo y el rebaño que heredaron de su difunto padre, como el Marruecos de Mohamed VI. Europa, en su ceguera, ha apoyado en el Magreb a cualquiera que se postulara como gendarme de sus intereses neocolonialistas, y, para colmo, se ha dejado chantajear por esos personajes que decían contener la inmigración ilegal, el tráfico de drogas, o el islamismo radical.
Tradicionalmente se ha achacado la incapacidad de las sociedades árabes para articularse según los estándares occidentales en términos de Democracia, Desarrollo Económico y Libertades Individuales, al hecho de que la historia social y política del Islam, que hasta la Edad Moderna superaba al Mundo Occidental en todos los ámbitos del conocimiento, se vio truncada en su evolución por no haber experimentado un Despotismo Ilustrado, una Revolución Francesa y una Revolución Industrial. Y, sin embargo, la ola de descontento, el ansia de libertad que recorre el Mundo Árabe en las últimas semanas recuerda, de alguna manera, a los cambios sociales que pusieron al hombre común en el centro de la vida política en la Europa de finales del XVIII y principios del XIX: ciudadanos que de la noche a la mañana descubren su condición de tales, cuestionan a la Clase Dirigente, ocupan la calle y derriban regímenes autoritarios.
Haría mal Europa en no tomar buena nota de lo que está pasando en la ribera sur del Mediterráneo y no asumir de una vez que en Política Exterior la defensa de los Intereses de Estado debe ir siempre de la mano de la Defensa de los Principios, pues lo contrario nos aboca a alimentar de manera miope y con una completa falta de escrúpulos a oligarquías y autócratas que no pasarían el más mínimo test de homologación democrática y que, cuando caen, porque siempre caen, suelen dejar un terreno abonado para el primer iluminado que pasa por allí, que además suele despreciar a Occidente y hacer gala de ello: en Irán al Shah Reza Pahlevi le sustituyó el Imán Jomeini, tras Batista en Cuba vino Fidel Castro, en Venezuela Carlos Andrés Pérez fue barrido por Hugo Chavez.
Ante la situación actual, la disyuntiva de Europa es sencilla: o repite los errores del pasado y asume el riesgo de que los procesos culminados en Túnez, en marcha en Egipto y en Yemen, y larvados en Marruecos, Mauritania, Jordania y Siria nos traiga una camada de iluminados que incendian la región, o se alinea con las clases medias que aspiran a la misma Libertad, a la misma Democracia y al mismo Desarrollo Económico de la orilla norte del Mediterráneo que hasta ahora solo pueden ver por la televisión vía satélite en el Cairo, en Rabat o en Saná.
El tiempo de las cancillerías europeas se está acabando, y mientras Obama ya ha empezado a distanciarse de Mubarak (¡Qué olfato político el de estos americanos...!) Zapatero y Sarkozy siguen apuntalando a Mohamed VI, que cuando se escriben estas líneas inicia unas vacaciones en suelo francés mientras sus generales ya han empezado a desplazar tropas del Sáhara Occidental ocupado a Casablanca y Rabat ante el riesgo de que el pueblo marroquí empiece también a salir a la calle para dejar de ser súbditos y convertirse en ciudadanos. Y todo esto en el patio trasero de España.
Y, sin embargo, Europa no puede mirar para otro lado ante lo que está ocurriendo, pues durante años ha avalado, protegido, apoyado y justificado a regímenes autoritarios de todo tipo, sin hacerle ascos a repúblicas pseudo-panarabistas, como el Egipto de Hosni Mubarak, a híbridos de estado policial y complejo turístico de la Costa Azul, como el Túnez de Ben Alí, o a monarcas teocráticos que consideran a su país y a sus ciudadanos como el cortijo y el rebaño que heredaron de su difunto padre, como el Marruecos de Mohamed VI. Europa, en su ceguera, ha apoyado en el Magreb a cualquiera que se postulara como gendarme de sus intereses neocolonialistas, y, para colmo, se ha dejado chantajear por esos personajes que decían contener la inmigración ilegal, el tráfico de drogas, o el islamismo radical.
Tradicionalmente se ha achacado la incapacidad de las sociedades árabes para articularse según los estándares occidentales en términos de Democracia, Desarrollo Económico y Libertades Individuales, al hecho de que la historia social y política del Islam, que hasta la Edad Moderna superaba al Mundo Occidental en todos los ámbitos del conocimiento, se vio truncada en su evolución por no haber experimentado un Despotismo Ilustrado, una Revolución Francesa y una Revolución Industrial. Y, sin embargo, la ola de descontento, el ansia de libertad que recorre el Mundo Árabe en las últimas semanas recuerda, de alguna manera, a los cambios sociales que pusieron al hombre común en el centro de la vida política en la Europa de finales del XVIII y principios del XIX: ciudadanos que de la noche a la mañana descubren su condición de tales, cuestionan a la Clase Dirigente, ocupan la calle y derriban regímenes autoritarios.
Haría mal Europa en no tomar buena nota de lo que está pasando en la ribera sur del Mediterráneo y no asumir de una vez que en Política Exterior la defensa de los Intereses de Estado debe ir siempre de la mano de la Defensa de los Principios, pues lo contrario nos aboca a alimentar de manera miope y con una completa falta de escrúpulos a oligarquías y autócratas que no pasarían el más mínimo test de homologación democrática y que, cuando caen, porque siempre caen, suelen dejar un terreno abonado para el primer iluminado que pasa por allí, que además suele despreciar a Occidente y hacer gala de ello: en Irán al Shah Reza Pahlevi le sustituyó el Imán Jomeini, tras Batista en Cuba vino Fidel Castro, en Venezuela Carlos Andrés Pérez fue barrido por Hugo Chavez.
Ante la situación actual, la disyuntiva de Europa es sencilla: o repite los errores del pasado y asume el riesgo de que los procesos culminados en Túnez, en marcha en Egipto y en Yemen, y larvados en Marruecos, Mauritania, Jordania y Siria nos traiga una camada de iluminados que incendian la región, o se alinea con las clases medias que aspiran a la misma Libertad, a la misma Democracia y al mismo Desarrollo Económico de la orilla norte del Mediterráneo que hasta ahora solo pueden ver por la televisión vía satélite en el Cairo, en Rabat o en Saná.
El tiempo de las cancillerías europeas se está acabando, y mientras Obama ya ha empezado a distanciarse de Mubarak (¡Qué olfato político el de estos americanos...!) Zapatero y Sarkozy siguen apuntalando a Mohamed VI, que cuando se escriben estas líneas inicia unas vacaciones en suelo francés mientras sus generales ya han empezado a desplazar tropas del Sáhara Occidental ocupado a Casablanca y Rabat ante el riesgo de que el pueblo marroquí empiece también a salir a la calle para dejar de ser súbditos y convertirse en ciudadanos. Y todo esto en el patio trasero de España.
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