Leoncio Cardidal abría la puerta de plástico que daba acceso a un exiguo despacho en el que su ocupante se sentaba a una mesa que carecía de papeles y en la que un cenicero atiborrado de colillas demostraba su inequívoca condición de fumador.
Juan Carlos Sotomenor aspiraba entonces el humo de su pitillo antes de saludar al responsable de interior de la Junta. Lo hizo de la manera breve y displicente que acostumbraba. Porque Sotomenor era persona a la que la experiencia le había advertido de lo importante que resultaba mostrarse indiferente a las opiniones de los demás. Era evidente en él su actitud por no resultar simpático. Por el contrario, sus puntos de vista debían por fuerza elevarse a categoría, de modo que catequizaba sin cesar, demostrando que donde no tuviera razón era como si su inveterada inteligencia probara lo contrario. Y ese juego le había salido bien en las viejas –y actuales- lides de la política.
- ¿Cómo así encuentras tabaco con tanta facilidad? –le preguntó Cardidal.
- A no decir… -escabulló Sotomenor la respuesta.
No resultaba extraño, porque el mercado negro en Chamartín era apenas una proyección de las fuerzas policiales del distrito. Los agentes requisaban todo tipo de mercancías, pero no para retirarlas totalmente sino para volverlas a vender por el procedimiento de esa red de comerciantes que se componían de las mujeres, hermanos y aún los hijos de los agentes. Estos mismos indicaban la mejor manera de llegar a ellos, los lugares en los que operaban, los precios aproximados de la transacción y la forma de financiarla si se diera el caso de una dificultad de pago. En ocasiones hasta llegaban a proporcionar alguna que otra partida al detalle: un paquete de cigarrillos, un botellín de ginebra, una piedra de hachís…
Y la organización de la policía había establecido un sistema de control por el cual todas las ventas resultaban afectadas por una suerte de impuesto –algo así como el IVA de los nuevos tiempos- del que el mismo servicio encargado de velar por la “transparencia” del comercio percibía una comisión aleatoria. De esta forma, los precios de los productos –algunos de ellos básicos: una botella de aceite, una bombona de butano, incluso una barra de pan- podían triplicar el precio que tendrían en el caso de operar en una economía de mercado.
¿Y qué pasaba cuando no se podían pagar esas cantidades? Pues que todo resultaba posible: desde el pago en especie, a través del trueque: oro, plata, joyas… el trabajo como fontanero, carpintero, electricista o jardinero en la casa de un agente. Y si se trataba de una mujer en edad de merecer, el puro y duro ejercicio de la profesión más antigua del mundo.
El sistema estaba sin duda bien organizado porque a quienes más beneficiaba era a los elementos más altos en el nivel de mando.
Y Juan Carlos Sotomenor era el cerebro que lo había diseñado. Desde aquel despacho del que entraban y salían gentes de la más diversa condición con todo tipo de objetos que este clasificaba y reconducía a otros mercados o simplemente guardaba en alguna caja fuerte cuya ubicación y clave sólo él conocía.
lunes, 28 de febrero de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (136)
Lo había encontrado poco más o menos igual que la última vez en su casa: esa voz débil, tanto que debía repetir sus palabras para que Jorge las oyera; esa delgadez que permitía perfilar como nunca antes sus ojos que revoloteaban por la pequeña habitación de la clínica, inquietos, para no perderse nada de lo que estuviera pasando; ese cansancio que se iba apoderando de su organismo extenuado ya de tantas sesiones de quimioterapia y que apenas habían servido para nada…
Pero había en Javier Arriaga algo nuevo que no había percibido hasta entonces Jorge Brassens, o no lo había notado en toda su intensidad: que Javier estaba tranquilo, sereno y que además sus respuestas resultaban rápidas, concisas y atinadas; como si toda la escasa fuerza de su organismo se concentrara ya en su mente, y como si su inteligencia, ante la inminencia de la muerte, hubiera llegado a conocer la realidad misma de los misterios de la vida. Despejaba así la diferencia entre lo importante y lo adjetivo y ponía en todo un ojo clínico irrefutable y clarividente.
Era así como Jorge Brassens quería recordar a su primo.
Y volvía a verle, a pesar de que las horas se transformaron en días, en un oficio que Jorge Brassens vivía con una cierta angustia. Llegaba a la clínica. Veía a la gente que se arremolinaba junto a la habitación 131 del establecimiento hospitalario. Entraba en la habitación –si no estaba dormido-. Hablaba con Javier –si otras circunstancias, un dolor, una presencia excesiva de personas…, no se lo impedían-. Se despedía de quien montaba guardia. Se alejaba de allí.
Y cuando conseguía hablar con él se sentía reconfortado. Iba –era cierto- a proporcionar cariño al enfermo, pero siempre recibía más de él. Porque Javier le entregaba toda su dignidad, su resolución, su valentía… y se lo daba sin tasa, desde ese hilo de voz que sin embargo lo cubría todo, lo abrumaba incluso.
Eran visitas que se hacían de recuerdos juveniles y hasta infantiles, donde aparecían los bocadillos de queso que los Arriaga despreciaban y que cambiaban por el pan con chorizo que recibía Jorge; los episodios natatorios en la Galea, lloviera o hiciera buen tiempo; las escapadas al cine Social de Las Arenas; las carreras de coches en miniatura sobre el parqué de la casa de los Arriaga; la colección de Tintin que Brassens entregaba a Javier para que el padre de aquel no la requisara en castigo por alguna travesura dee índole menor…
Pero había en Javier Arriaga algo nuevo que no había percibido hasta entonces Jorge Brassens, o no lo había notado en toda su intensidad: que Javier estaba tranquilo, sereno y que además sus respuestas resultaban rápidas, concisas y atinadas; como si toda la escasa fuerza de su organismo se concentrara ya en su mente, y como si su inteligencia, ante la inminencia de la muerte, hubiera llegado a conocer la realidad misma de los misterios de la vida. Despejaba así la diferencia entre lo importante y lo adjetivo y ponía en todo un ojo clínico irrefutable y clarividente.
Era así como Jorge Brassens quería recordar a su primo.
Y volvía a verle, a pesar de que las horas se transformaron en días, en un oficio que Jorge Brassens vivía con una cierta angustia. Llegaba a la clínica. Veía a la gente que se arremolinaba junto a la habitación 131 del establecimiento hospitalario. Entraba en la habitación –si no estaba dormido-. Hablaba con Javier –si otras circunstancias, un dolor, una presencia excesiva de personas…, no se lo impedían-. Se despedía de quien montaba guardia. Se alejaba de allí.
Y cuando conseguía hablar con él se sentía reconfortado. Iba –era cierto- a proporcionar cariño al enfermo, pero siempre recibía más de él. Porque Javier le entregaba toda su dignidad, su resolución, su valentía… y se lo daba sin tasa, desde ese hilo de voz que sin embargo lo cubría todo, lo abrumaba incluso.
Eran visitas que se hacían de recuerdos juveniles y hasta infantiles, donde aparecían los bocadillos de queso que los Arriaga despreciaban y que cambiaban por el pan con chorizo que recibía Jorge; los episodios natatorios en la Galea, lloviera o hiciera buen tiempo; las escapadas al cine Social de Las Arenas; las carreras de coches en miniatura sobre el parqué de la casa de los Arriaga; la colección de Tintin que Brassens entregaba a Javier para que el padre de aquel no la requisara en castigo por alguna travesura dee índole menor…
jueves, 24 de febrero de 2011
39 Congreso del Partido Radical (y 3)
- Emma Bonino hablará a las 6 –anunciaba Marco Perduca. Y se trataba de una intervención esperada. Además, Emma no nos iba a defraudar.
La senadora italiana me recuerda algo a esa otra vibrante mujer que es Rosa Díez. Aparentemente frágiles, las dos tienen una fortaleza interior que se diría suficiente para acometer las más improbables empresas.
La crisis financiera ha puesto en evidencia la crisis del proyecto europeo –empezaría diciendo-. Una crisis que ya estaba en marcha, una crisis política.
Una de las expresiones de esa crisis ha sido la emergencia de determinados países. Una emergencia que no es sólo económica, sino política, y que lamentablemente está basada en la no ingerencia.
La explosión que se está viviendo en los países árabes no se cierra. Hay esperanza, pero también hay preocupación.
La aspiración a un Estado de Derecho es universal. Lo contrario: para nosotros sí, para ellos no, es una expresión cuasi racista.
Está cayendo la excepción árabe, no sé por cuánto tiempo durará la excepción asiática.
Citaría Bonnino una frase que ella había oído a lo largo del Congreso: “Por favor, usad de vuestra libertad para promover la nuestra”.
Algunos países del este están sufriendo procesos de involución. Se trata de otro fracaso para Europa.
En política internacional, los países occidentales han tenido dos criterios: el intercambio comercial y la política geoestratégica. No han tenido en cuenta los derechos civiles y políticos.
Ha sido la fascinación por el “hombre fuerte”, por las instituciones fuertes.
Más recientemente, bastaba con ser anti-islamista para ser un buen aliado. Estudiábamos los regímenes, no a los pueblos.
Es preciso establecer una política de diálogo firme –los embargos de nada sirven, siempre hay quien se los salta-, una política que Occidente no ha practicado nunca.
La fuerza de la democracia es esa, reconocer los errores y corregirlos.
Unas elecciones rápidas –Egipto y Túnez- no son necesariamente unas elecciones libres, si antes no se construyen instituciones democráticas básicas.
La involución democrática en Italia no se debe sólo a Berlusconi, viene de lejos. No basta con liberarse de él.
Es necesaria una verdadera alternativa democrática.
Una clase política que persiste en liberarse del adversario por medios judiciales y no por medios políticos, lo dice todo sobre ella misma.
Refrenda –Bonino- la originalidad de su proyecto: un proyecto que gasta sus energías en promover los derechos de otros países.
Hemos pasado de ciudadanos, a pueblos, de pueblos a audiencia, de audiencia a plebe –terminaría diciendo.
La senadora italiana me recuerda algo a esa otra vibrante mujer que es Rosa Díez. Aparentemente frágiles, las dos tienen una fortaleza interior que se diría suficiente para acometer las más improbables empresas.
La crisis financiera ha puesto en evidencia la crisis del proyecto europeo –empezaría diciendo-. Una crisis que ya estaba en marcha, una crisis política.
Una de las expresiones de esa crisis ha sido la emergencia de determinados países. Una emergencia que no es sólo económica, sino política, y que lamentablemente está basada en la no ingerencia.
La explosión que se está viviendo en los países árabes no se cierra. Hay esperanza, pero también hay preocupación.
La aspiración a un Estado de Derecho es universal. Lo contrario: para nosotros sí, para ellos no, es una expresión cuasi racista.
Está cayendo la excepción árabe, no sé por cuánto tiempo durará la excepción asiática.
Citaría Bonnino una frase que ella había oído a lo largo del Congreso: “Por favor, usad de vuestra libertad para promover la nuestra”.
Algunos países del este están sufriendo procesos de involución. Se trata de otro fracaso para Europa.
En política internacional, los países occidentales han tenido dos criterios: el intercambio comercial y la política geoestratégica. No han tenido en cuenta los derechos civiles y políticos.
Ha sido la fascinación por el “hombre fuerte”, por las instituciones fuertes.
Más recientemente, bastaba con ser anti-islamista para ser un buen aliado. Estudiábamos los regímenes, no a los pueblos.
Es preciso establecer una política de diálogo firme –los embargos de nada sirven, siempre hay quien se los salta-, una política que Occidente no ha practicado nunca.
La fuerza de la democracia es esa, reconocer los errores y corregirlos.
Unas elecciones rápidas –Egipto y Túnez- no son necesariamente unas elecciones libres, si antes no se construyen instituciones democráticas básicas.
La involución democrática en Italia no se debe sólo a Berlusconi, viene de lejos. No basta con liberarse de él.
Es necesaria una verdadera alternativa democrática.
Una clase política que persiste en liberarse del adversario por medios judiciales y no por medios políticos, lo dice todo sobre ella misma.
Refrenda –Bonino- la originalidad de su proyecto: un proyecto que gasta sus energías en promover los derechos de otros países.
Hemos pasado de ciudadanos, a pueblos, de pueblos a audiencia, de audiencia a plebe –terminaría diciendo.
miércoles, 23 de febrero de 2011
El 39 Congreso de los radicales (2)
Pero les hablaba de los oradores del “Speaker´s corner”… esta vez radical. Pude ver a dos y a un tercer voluntario de la causa. El primero era un señor. entrado en carnes, que vestía invariablemente de jersey “beige” y se paseaba con un mazo de papeles debajo del brazo: se trataba de un resumen de prensa del día anterior que el militante radical confeccionaba y vendía al “módico” precio de 3 euros a quien se lo quisiera comprar –confieso que yo mismo caí en la primera ocasión, nunca más-. Pero le llegó el momento glorioso de su intervención. Hablaba como un cura de los del tiempo en que yo iba a misa e impostaba tonos de voz diferente a la suya habitual en función del asunto que desarrollaba… y los desarrollaba todos. Hubo un momento en que Perduca le llamó la atención: su tiempo había sido largamente sobrepasado, a lo que el orador contestó diciendo que se le hacía de menos. Tanto Perduca como Bonino le dijeron que ahí no se le hacía de menos a nadie, lo que pasaba es que su tiempo había terminado.
Andando el Congreso, le tocaba el turno de intervenir a un miembro del Gobierno Berlusconi, del Ministerio de Exteriores. Otro señor nos advertía, saliendo de la sala, que ese orador era berlusconiano –si bien inscrito en el Partido Radical, por otra parte-. Momentos después, el señor aquel regresaba al pleno, esta vez encarcelado con frases que advertían de la deshonestidad moral del gobierno italiano.
En otro momento, hacía yo una pausa y salía de la sala del Congreso, cuando me topaba con otro sujeto curioso. Tenía este unas pobladas barbas blancas y se tocaba la cabeza con una visera de “base-ball”. Me entregaba la primera página de un documento y, cuando le advertía yo de mi condición de español y de no inscrito, me largaba el documento entero, con la petición inexcusable de que lo tradujera al español, al catalán y al euskera. Para mayor empatía, me advertía que él era de la “Juve” aunque yo fuera del Real Madrid.
Pero le tocaría intervenir en el Congreso, y he de decir que era un revolucionario e inventor de tecnologías que, entre otras cosas, permitirían la comunicación prescindiendo de todos los medios de transporte contaminantes.
Cuando le cortaron la palabra no protestó: quizás era consciente de su condición de orador londinense eventualmente transferido a las tierras termales de Italia.
Fue interesante la intervención del Subsecretario de Exteriores. Nos contó que él estuvo antes en el Ministerio de Interior y que entonces se produjo una entrada de inmigrantes procedentes de Albania. Era en un mes de agosto y sin embargo consiguieron reunir un Consejo de Ministros de la UE. Les dijeron que podían obtener fondos de la Unión, pero que en todo lo demás debían ser los italianos los que resolvieran sus problemas. “No necesitamos fondos, necesitamos políticas”, parece que dijo.
Andando el Congreso, le tocaba el turno de intervenir a un miembro del Gobierno Berlusconi, del Ministerio de Exteriores. Otro señor nos advertía, saliendo de la sala, que ese orador era berlusconiano –si bien inscrito en el Partido Radical, por otra parte-. Momentos después, el señor aquel regresaba al pleno, esta vez encarcelado con frases que advertían de la deshonestidad moral del gobierno italiano.
En otro momento, hacía yo una pausa y salía de la sala del Congreso, cuando me topaba con otro sujeto curioso. Tenía este unas pobladas barbas blancas y se tocaba la cabeza con una visera de “base-ball”. Me entregaba la primera página de un documento y, cuando le advertía yo de mi condición de español y de no inscrito, me largaba el documento entero, con la petición inexcusable de que lo tradujera al español, al catalán y al euskera. Para mayor empatía, me advertía que él era de la “Juve” aunque yo fuera del Real Madrid.
Pero le tocaría intervenir en el Congreso, y he de decir que era un revolucionario e inventor de tecnologías que, entre otras cosas, permitirían la comunicación prescindiendo de todos los medios de transporte contaminantes.
Cuando le cortaron la palabra no protestó: quizás era consciente de su condición de orador londinense eventualmente transferido a las tierras termales de Italia.
Fue interesante la intervención del Subsecretario de Exteriores. Nos contó que él estuvo antes en el Ministerio de Interior y que entonces se produjo una entrada de inmigrantes procedentes de Albania. Era en un mes de agosto y sin embargo consiguieron reunir un Consejo de Ministros de la UE. Les dijeron que podían obtener fondos de la Unión, pero que en todo lo demás debían ser los italianos los que resolvieran sus problemas. “No necesitamos fondos, necesitamos políticas”, parece que dijo.
martes, 22 de febrero de 2011
El 39 Congreso de los radicales (1)
En muchas ocasiones he tenido una cierta admiración por los oradores que todos los domingos montan un pequeño escenario en el “Speaker’s Corner” de Hide Park en Londres y se dirigen a unos escasos oyentes para captar su atención sobre los temas más disparatados. Eso no ocurre en la política y menos en la política española: los actos públicos de los partidos acostumbran estar perfectamente organizados y estos sujetos no aparecen en la escena debido a los numerosos filtros que deben superar.
Pero eso sí que pasa en el Partido Radical (No violento, “transportito” y transnacional). Planteado desde el principio de la presencia personal, no hay delegados ni mandatos imperativos. Cada uno se registra para hablar y dice lo que le parece, tenga o no demasiado que ver con el asunto que se plantea.
Era esta la segunda oportunidad que tenía de encontrarme con los radicales. La primera tuvo lugar el pasado septiembre en Barcelona. La verdad es que el acto se pareció bastante a este vivido en el balneario de Chianciano, pero, hasta que no estás en un Congreso no sabes casi nada del asunto. Recuerdo que pedía a la radical española Begoña Antigüedad que me facilitara unos estatutos de su partido. Los leí y no entendí demasiado. Había tal multiplicación de órganos, adherentes y parafernalia que no hice a Begoña el menor de los comentarios y esperé a mejor ocasión.
Y esta llegó por fin cuando recibí la invitación a asistir al 39 Congreso del partido.
Hay en ese partido una miscelánea de gente extraordinariamente válida: ese “viejo león” –como unas señoras bautizaban a Marco Pannella cuando este avanzaba afanosamente hacia el estrado, la misma tarde en que llegábamos al hotel Excelsior, sede del Congreso-. Pannella tiene un verbo largo, como el de los oradores de antaño que hacían gozar a sus oyentes por más de una hora. Te habla lo mismo de Berlusconi –“hay que echarlo, pero hay que criticar también a la izquierda por su falta de alternativas”-, del federalismo europeo –“una revuelta anti-nacionalista, anti-estatalista, a favor del federalismo”-, de la Europa de las patrias –“la Europa de las patrias es el fin de Europa y de las patrias”-, del Parlamento Europeo –“es un ‘taxi Parliament’, sólo le daban 6 días para enmendar el Tratado de Lisboa”-, de la partitocracia –“hemos pasado del monopartidismo contra el Estado de Derecho al multipartidismo, también contra el Estado de Derecho”… pero es que Pannella puede hablar del espiritualismo tibetano, de la necesaria conculcación de la pena de muerte o de la esclavitud –un mauritano, miembro del partido, fue detenido y torturado por promover la abolición de la esclavitud en su país-. Pannella aún dispone de ese verbo cálido y atractivo, a pesar de sus años. Y es que en la estela de este hombre hay mucho de dignidad y de honorabilidad que se siente de forma muy clara.
Hablaré luego de Emma Bonino, que pronunciara una discurso de bella factura y del que extraje alguna nota. Pero está también Marco Perduca -¿dijo alguien que para ser algo en ese partido hay que llamarse Marco?- que dirige los debates del Congreso con gran eficacia y flexibilidad.
Pero eso sí que pasa en el Partido Radical (No violento, “transportito” y transnacional). Planteado desde el principio de la presencia personal, no hay delegados ni mandatos imperativos. Cada uno se registra para hablar y dice lo que le parece, tenga o no demasiado que ver con el asunto que se plantea.
Era esta la segunda oportunidad que tenía de encontrarme con los radicales. La primera tuvo lugar el pasado septiembre en Barcelona. La verdad es que el acto se pareció bastante a este vivido en el balneario de Chianciano, pero, hasta que no estás en un Congreso no sabes casi nada del asunto. Recuerdo que pedía a la radical española Begoña Antigüedad que me facilitara unos estatutos de su partido. Los leí y no entendí demasiado. Había tal multiplicación de órganos, adherentes y parafernalia que no hice a Begoña el menor de los comentarios y esperé a mejor ocasión.
Y esta llegó por fin cuando recibí la invitación a asistir al 39 Congreso del partido.
Hay en ese partido una miscelánea de gente extraordinariamente válida: ese “viejo león” –como unas señoras bautizaban a Marco Pannella cuando este avanzaba afanosamente hacia el estrado, la misma tarde en que llegábamos al hotel Excelsior, sede del Congreso-. Pannella tiene un verbo largo, como el de los oradores de antaño que hacían gozar a sus oyentes por más de una hora. Te habla lo mismo de Berlusconi –“hay que echarlo, pero hay que criticar también a la izquierda por su falta de alternativas”-, del federalismo europeo –“una revuelta anti-nacionalista, anti-estatalista, a favor del federalismo”-, de la Europa de las patrias –“la Europa de las patrias es el fin de Europa y de las patrias”-, del Parlamento Europeo –“es un ‘taxi Parliament’, sólo le daban 6 días para enmendar el Tratado de Lisboa”-, de la partitocracia –“hemos pasado del monopartidismo contra el Estado de Derecho al multipartidismo, también contra el Estado de Derecho”… pero es que Pannella puede hablar del espiritualismo tibetano, de la necesaria conculcación de la pena de muerte o de la esclavitud –un mauritano, miembro del partido, fue detenido y torturado por promover la abolición de la esclavitud en su país-. Pannella aún dispone de ese verbo cálido y atractivo, a pesar de sus años. Y es que en la estela de este hombre hay mucho de dignidad y de honorabilidad que se siente de forma muy clara.
Hablaré luego de Emma Bonino, que pronunciara una discurso de bella factura y del que extraje alguna nota. Pero está también Marco Perduca -¿dijo alguien que para ser algo en ese partido hay que llamarse Marco?- que dirige los debates del Congreso con gran eficacia y flexibilidad.
lunes, 21 de febrero de 2011
Chianciano (Italia) Saludo al 39 Congreso del Partido Radical
Querido presidente, queridos amigos,
Como se ha dicho "es la tecnología la que amplia el espacio público compartido del siglo XXI".
Este congreso se celebra en el curso del más importante de los acontecimientos del siglo XXI: los vientos de libertad que están recorriendo los países árabes.
Podríamos decir, sin temor a exagerar, que el siglo XXI comienza en 1.989 con la caída del muro de Berlín, pero continúa en este ano 2.011 con estos vientos que soplan en favor de la libertad en el Mediterráneo.
¿Qué nos dicen las gentes que se manifiestan en las plazas de Marruecos, de Bahrein, de Libia o de Argelia? ¿Que se han manifestado y han hecho caer a Ben Ali y a Mubarak?
Nos dicen algo que podemos reconocer muy bien desde Occidente, desde Europa; porque en nuestro espacio geográfico y político fue donde nació la Declaración de Derechos del Hombre. Nos dicen que quieren dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos, porque exigen el reconocimiento de sus derechos políticos y económicos, derechos individuales, la libertad, el desarrollo económico y el reparto más justo de los recursos.
Eso nos debe hacer valorar más la idea de la democracia, la democracia como algo adquirido, la democracia por la que ya no hace falta luchar, como lo están haciendo esos pueblos. Lo decía el reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, en un acto organizado por nuestro partido que tuve el honor de moderar.
Recuperar la idea de democracia es casi simplemente retornar a los orígenes. Porque, lo que también nos demuestra lo que esta ocurriendo en los países árabes, es que la política exterior de los países occidentales no se puede sustentar por más tiempo en regímenes autoritarios y dictatoriales; que el pragmatismo es necesario, pero que el pragmatismo sólo no cabe sin la aplicación de los valores y que cuando el pragmatismo se opone a los valores, deben ser los valores los que triunfen en esa contienda, porque de lo contrario no habremos entendido nada.
En aras de ese pragmatismo se estrecha la democracia, la oferta política se reduce a dos bloques o partidos, donde cada uno dice lo mismo que el otro, y los electores no pueden elegir entre dos alternativas, sino acerca del reparto de poder previamente establecido entre los partidos.
Lo decia Pannella: "En Italia no hay Estado de Derecho". No lo hay tampoco en España, anadiría yo.
Por eso, ahora que otros pueblos quieren unirse a nuestro proyecto democrático, nuestro partido, Unión, Progreso y Democracia, y el vuestro, el Partido Radical, tienen mucho que decir en la ampliación de este espacio público, en la extensión de la democracia, en la regeneración democrática de nuestros países.
Os deseo todo tipo de éxitos en vuestros debates y en la aplicación de vuestras resoluciones.
Como se ha dicho "es la tecnología la que amplia el espacio público compartido del siglo XXI".
Este congreso se celebra en el curso del más importante de los acontecimientos del siglo XXI: los vientos de libertad que están recorriendo los países árabes.
Podríamos decir, sin temor a exagerar, que el siglo XXI comienza en 1.989 con la caída del muro de Berlín, pero continúa en este ano 2.011 con estos vientos que soplan en favor de la libertad en el Mediterráneo.
¿Qué nos dicen las gentes que se manifiestan en las plazas de Marruecos, de Bahrein, de Libia o de Argelia? ¿Que se han manifestado y han hecho caer a Ben Ali y a Mubarak?
Nos dicen algo que podemos reconocer muy bien desde Occidente, desde Europa; porque en nuestro espacio geográfico y político fue donde nació la Declaración de Derechos del Hombre. Nos dicen que quieren dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos, porque exigen el reconocimiento de sus derechos políticos y económicos, derechos individuales, la libertad, el desarrollo económico y el reparto más justo de los recursos.
Eso nos debe hacer valorar más la idea de la democracia, la democracia como algo adquirido, la democracia por la que ya no hace falta luchar, como lo están haciendo esos pueblos. Lo decía el reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, en un acto organizado por nuestro partido que tuve el honor de moderar.
Recuperar la idea de democracia es casi simplemente retornar a los orígenes. Porque, lo que también nos demuestra lo que esta ocurriendo en los países árabes, es que la política exterior de los países occidentales no se puede sustentar por más tiempo en regímenes autoritarios y dictatoriales; que el pragmatismo es necesario, pero que el pragmatismo sólo no cabe sin la aplicación de los valores y que cuando el pragmatismo se opone a los valores, deben ser los valores los que triunfen en esa contienda, porque de lo contrario no habremos entendido nada.
En aras de ese pragmatismo se estrecha la democracia, la oferta política se reduce a dos bloques o partidos, donde cada uno dice lo mismo que el otro, y los electores no pueden elegir entre dos alternativas, sino acerca del reparto de poder previamente establecido entre los partidos.
Lo decia Pannella: "En Italia no hay Estado de Derecho". No lo hay tampoco en España, anadiría yo.
Por eso, ahora que otros pueblos quieren unirse a nuestro proyecto democrático, nuestro partido, Unión, Progreso y Democracia, y el vuestro, el Partido Radical, tienen mucho que decir en la ampliación de este espacio público, en la extensión de la democracia, en la regeneración democrática de nuestros países.
Os deseo todo tipo de éxitos en vuestros debates y en la aplicación de vuestras resoluciones.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Intercambio de solsticios (135)
Bilbao, 23 de febrero de 2003.
Querida Lorsen:
Volvía ahora de comer de casa de mi madre –el mismo menú que ayer- y observaba las calles de Bilbao que tú llegaste a odiar tanto, aunque a lo mejor no fueran las calles el objeto de tu antipatía, porque las calles son objetos inanimados, sino la gente que las habita hoy, a la intransigencia de muchos nacionalistas que día a día, semana tras semana, mes a mes van expulsando a los jóvenes y a los que ya somos maduritos de lo que antes era nuestra Villa, en la que nacieron nuestros padres y nuestros abuelos y que ya apenas reconocemos como propia.
Pero esas calles, Lorsen, sólo aparentemente carecen de alma. Porque, cuando ya has llegado a tu edad, a la mía, cada uno de sus rincones te evoca algunos recuerdos: la esquina de Marqués del Puerto que doblaba mi abuela María, por ejemplo, donde había un supermercado en el que ella compraba tabletas y tabletas de chocolate, o la inmobiliaria contigua en la que firmamos el contrato del apartamento desde el que te escribo ahora, o la calle General Concha que me trae los recuerdos del “Chacalac” donde nos convidaban a chocolate con churros en la grandes ocasiones o los primeros años como colofón de una noche de juerga mantenida por la obligación que mandataba la fecha. Ahí, a la izquierda estaba la filatelia de Negrete, donde mis hermanos pequeños empezaron su colección de sellos y yo la mía...
Hoy mi recorrido por esas calles “acuchilla mi memoria”, como decía Jon Juaristi, quizás porque tu recuerdo estaba tan distante de este Bilbao que yo tanto he querido y cuyo cariño espero recuperar con el paso del tiempo. No superaré jamás tu ausencia, pero tengo por fuerza que superar alguna de tus neuras, transmitidas a mí con la constancia del martillo pilón de tus referencias diarias. Bilbao es tan mío al menos –más incluso, los liberales llegamos antes- como lo pueda ser de los nacionalistas, y aunque vaya quedando en un desierto de esperanza yo me sigo aferrando, como si fuera una razón para subsistir a la idea por la cual resistir es vencer.
Entretanto, reconozco que mi corazón sufre con la herida que aún sigue abierta. La sangre que brota a través de ella se filtra a mis sentidos a través del tejido de tus pensamientos. Aún eres tú la que presides la ingrata ceremonia de mi vida.
El pasado viernes, cuando recogía a Bècaud, a quien devolveré a casa de tu padre esta misma tarde de domingo, estuve con Gaby, a quien acababan de operar de la muñeca. Le dieron anestesia general y la han impedido salir de casa durante una semana. La encontré atontada, aunque supongo que esa reacción era producto de la intervención. El miércoles que viene le había convidado al “Cirque du Soleil” que vimos tú y yo con mi madre la última vez. La imposibilidad de movimientos de Gaby me ha llevado a volver a invitar a mi madre al espectáculo. Es –y será- otro recuerdo de tu ausencia. Poco importa: ¡Son todavía tan pocas las cosas que he hecho sin ti en estos escasos tres meses!
Cenaba Kelly con tu padre, pero no me había avisado: el agobio por la operación de Gaby le tenía un poco trastornado. Me invitó a quedarme, pero yo ya estaba comprometido. Me hubiera gustado: Kelly te quería mucho y creo que me tiene un gran aprecio, que es recíproco por mi parte.
Chelo Aparicio me ha acompañado a verle a Pilar esta mañana. Le ha regalado unas toallas de Ágatha Ruiz de la Prada que le han encantado a nuestra hija. El caso es que había un niño junto a ella, la madre del cual había salido del hospital para comprarle unos bocadillos o por la razón que fuera. El chico quería que su madre llegara pronto y Pilar –como puedes suponer- ha hecho causa común con él, reclamando que se le avisara urgentemente. Chelo ha supuesto que la niña se dolía por la ausencia de una madre que simbolizaba también a la suya. Luego le he explicado que hacía lo mismo contigo en esos casos.
También han aparecido unos traumatólogos, para comprobar la situación de la cadera de la niña. Todo bajo control, según me han asegurado.
Luego han llegado los padres de su amigo y Pilar se ha tranquilizado. Pero Chelo debía irse enseguida, porque comía en Castro con su familia y la de Santiago González. Aún así le ha puesto colonia y la ha peinado.
A Pilar le ha gustado Chelo y quiere que vuelva. Le he dado de comer y me ha dicho que sí, que me quiere mucho.
No tengo mucho más que decirte, por el momento. Sólo mandarte el beso de todas mis cartas y decirte que te sigo echando de menos.
Querida Lorsen:
Volvía ahora de comer de casa de mi madre –el mismo menú que ayer- y observaba las calles de Bilbao que tú llegaste a odiar tanto, aunque a lo mejor no fueran las calles el objeto de tu antipatía, porque las calles son objetos inanimados, sino la gente que las habita hoy, a la intransigencia de muchos nacionalistas que día a día, semana tras semana, mes a mes van expulsando a los jóvenes y a los que ya somos maduritos de lo que antes era nuestra Villa, en la que nacieron nuestros padres y nuestros abuelos y que ya apenas reconocemos como propia.
Pero esas calles, Lorsen, sólo aparentemente carecen de alma. Porque, cuando ya has llegado a tu edad, a la mía, cada uno de sus rincones te evoca algunos recuerdos: la esquina de Marqués del Puerto que doblaba mi abuela María, por ejemplo, donde había un supermercado en el que ella compraba tabletas y tabletas de chocolate, o la inmobiliaria contigua en la que firmamos el contrato del apartamento desde el que te escribo ahora, o la calle General Concha que me trae los recuerdos del “Chacalac” donde nos convidaban a chocolate con churros en la grandes ocasiones o los primeros años como colofón de una noche de juerga mantenida por la obligación que mandataba la fecha. Ahí, a la izquierda estaba la filatelia de Negrete, donde mis hermanos pequeños empezaron su colección de sellos y yo la mía...
Hoy mi recorrido por esas calles “acuchilla mi memoria”, como decía Jon Juaristi, quizás porque tu recuerdo estaba tan distante de este Bilbao que yo tanto he querido y cuyo cariño espero recuperar con el paso del tiempo. No superaré jamás tu ausencia, pero tengo por fuerza que superar alguna de tus neuras, transmitidas a mí con la constancia del martillo pilón de tus referencias diarias. Bilbao es tan mío al menos –más incluso, los liberales llegamos antes- como lo pueda ser de los nacionalistas, y aunque vaya quedando en un desierto de esperanza yo me sigo aferrando, como si fuera una razón para subsistir a la idea por la cual resistir es vencer.
Entretanto, reconozco que mi corazón sufre con la herida que aún sigue abierta. La sangre que brota a través de ella se filtra a mis sentidos a través del tejido de tus pensamientos. Aún eres tú la que presides la ingrata ceremonia de mi vida.
El pasado viernes, cuando recogía a Bècaud, a quien devolveré a casa de tu padre esta misma tarde de domingo, estuve con Gaby, a quien acababan de operar de la muñeca. Le dieron anestesia general y la han impedido salir de casa durante una semana. La encontré atontada, aunque supongo que esa reacción era producto de la intervención. El miércoles que viene le había convidado al “Cirque du Soleil” que vimos tú y yo con mi madre la última vez. La imposibilidad de movimientos de Gaby me ha llevado a volver a invitar a mi madre al espectáculo. Es –y será- otro recuerdo de tu ausencia. Poco importa: ¡Son todavía tan pocas las cosas que he hecho sin ti en estos escasos tres meses!
Cenaba Kelly con tu padre, pero no me había avisado: el agobio por la operación de Gaby le tenía un poco trastornado. Me invitó a quedarme, pero yo ya estaba comprometido. Me hubiera gustado: Kelly te quería mucho y creo que me tiene un gran aprecio, que es recíproco por mi parte.
Chelo Aparicio me ha acompañado a verle a Pilar esta mañana. Le ha regalado unas toallas de Ágatha Ruiz de la Prada que le han encantado a nuestra hija. El caso es que había un niño junto a ella, la madre del cual había salido del hospital para comprarle unos bocadillos o por la razón que fuera. El chico quería que su madre llegara pronto y Pilar –como puedes suponer- ha hecho causa común con él, reclamando que se le avisara urgentemente. Chelo ha supuesto que la niña se dolía por la ausencia de una madre que simbolizaba también a la suya. Luego le he explicado que hacía lo mismo contigo en esos casos.
También han aparecido unos traumatólogos, para comprobar la situación de la cadera de la niña. Todo bajo control, según me han asegurado.
Luego han llegado los padres de su amigo y Pilar se ha tranquilizado. Pero Chelo debía irse enseguida, porque comía en Castro con su familia y la de Santiago González. Aún así le ha puesto colonia y la ha peinado.
A Pilar le ha gustado Chelo y quiere que vuelva. Le he dado de comer y me ha dicho que sí, que me quiere mucho.
No tengo mucho más que decirte, por el momento. Sólo mandarte el beso de todas mis cartas y decirte que te sigo echando de menos.
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