Se veían cada vez menos. Pero la razón de la escasa frecuencia en sus contactos no se debía a que Jorge Brassens se había trasladado a Madrid, incluso cuando este vivía en Bilbao podían pasar los meses sin que charlaran por teléfono, tomaran una copa o compartieran una comida. Era verdad que Jorge Brassens no formaba parte de la cuadrilla que trasegaba vinos o gin-tonics antes de comer o de cenar -sin llegar a ser anti-social no se consideraba para nada gregario- ni siquiera cuando Jorge Brassens vivía en las Arenas, a sólo 2 pasos de Luciano Aldecoa.
Pero su amistad se consolidaba en el terreno de las confidencias y del apoyo mutuo. Había comenzado por la escritura, cuando Luciano redactaba el guión cinematográfico de la primera novela de Brassens, y la escritura se mantenía como privilegiado punto de encuentro entre ambos.
La última parte de su historia daba comienzo con las dificultades económicas de Luciano Aldecoa, la escritura no daba para demasiado: los guiones para cine se le resistían, los de televisión se estaban deslizando hacia las cimas de lo cutre en la misma proporción con que los pagos por este tipo de productos literarios decrecían y sus novelas no avanzaban al ritmo que su autor confiaba.
Empezó entonces Luciano Aldecoa por pedir prestado un dinero a sus amigos poniendo como garantía su piso y prometiendo un interés adicional: Jorge Brassens participaría en el asunto y Luciano pagaría a su debido tiempo.
No pasaría mucho tiempo para que Luciano Aldecoa volviera a recabar ayuda de su amigo. Jorge Brassens acababa de vender un apartamento en la costa y se encontraba bien de liquidez: de modo que volvía a prestarle dinero.
Pasaba el tiempo y la situación económica de Luciano Aldecoa no mejoraba. Y pasó algún tiempo para que la de Jorge Brassens empeorara. Una serie de documentos impagados aterrizaba en el despacho de este último una fría mañana de invierno. Jorge Brassens llamó a su amigo y le pidió el esfuerzo de una pronta devolución. Luciano Aldecoa hizo todo lo que pudo y redujo su deuda. Pero aún quedaba un pico y pasarían los meses siguientes sin noticias de Aldecoa.
Jorge Brassens retornaría a Bilbao por unos días y telefoneaba a su amigo para comer juntos. No estaba en su ánimo reclamar la deuda, sólo pretendía renovar la amistad –que sólo existe cuando se ejercita en el encuentro o la comunicación. Ya devolvería el dinero cuando pudiera.
En un principio Luciano Aldecoa aceptaba la cita. Pero el mismo día Jorge Brassens recibía un mensaje de este excusándose; "Te debo dinero y eso me agobia. Ya nos veremos cuando te pueda devolver algo".
Una vez más el vil metal amenazaba con llevarse por delante la amistad que les había unido durante años. Y Jorge Brassens se lo dijo en otro mensaje.
Luciano Aldecoa confirmaría sus dudas: "Por supuesto que la amistad es lo primero", decía.
Su amigo no le había contestado y su amistad quedaba en un margen del camino de sus vidas, secuestrada y pendiente de un rescate dinerario.
jueves, 30 de julio de 2009
miércoles, 29 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (28)
- Muy bien, pero tráigame otra carta, por favor.
- ¿La de vinos? Ahora viene el somelier, señor.
- No, la de vinos, no –repuso-. Otra carta para la señora.
- ¿La señora? ¿Está usted esperando a alguien?
- No. Está aquí, aunque usted no la vea. Yo tampoco –le explicó él en tono confidencial-, pero la siento igualmente... Da igual resolvió-. Usted haga el favor de traer otra carta.
El camarero de aquel principal restaurant de Villasanta estaba acostumbrado a no discutir las peticiones de los clientes. Especialmente las que no suponían dificultad alguna en ser atendidas.
- Como quiera el señor –dijo.
Él lo miró mientras se perdía por entre los bastidores del establecimiento.
- Mientras que trae la otra, te dejo esta –ofreció-. Creo que sigue en la carta el plato ese de las ostras crocantes que tanto te gustó en su día.
- ...
- ¿Sí? Me alegro mucho.
El camarero volvía con la segunda carta. No sabía qué hacer. Ante el gesto interrogativo de este, le dijo:
- Muy bien, muchas gracias. Mi carta la tiene la señora. Así que esta la veré yo.
El camarero hizo el ademán de alejarse.
- ¡Un momento! –pidió.
- ¿Si?
- Creo que tomaremos un aperitivo. Dos copas de champagne, por favor. Pero de champagne, no de cava.
- Muy bien. ¿Le traigo una y después la otra? –inquirió el camarero.
Vamos a ver –le dijo un tanto nervioso-. La señora tomará una copa y yo la otra. ¿Le parece?
El camarero dirigió de forma evidente su mirada hacia el lugar de la mesa que estaba vacío, con una enorme carta sobre el cubierto.
- ¿La señora? –preguntó.
- No sé cuántas veces se lo tendré que repetir –le dijo evidentemente amoscado-. Aunque usted no la vea, y yo tampoco, aquí está mi mujer. Hoy hace veinticinco años que nos casamos. Como es evidente, estamos celebrando nuestras bodas de plata. De modo que le rogaré que se remita usted a cumplir las instrucciones que le dé y no haga más preguntas fastidiosas. ¿Está claro?
Estaba claro.
- Dos copas de champagne –pronunció como pudo el camarero.
- Eso es. De champagne, no de cava.
- No de cava. Muy bien, señor.
Se alejó nuevamente.
- No han cambiado el tono este de verde pistacho con que pintaron las paredes, que casi hiere a la vista. Este restaurant sigue siendo un punto cursi.
- ...
- Estamos de acuerdo... También. Si prefieres unas ostras naturales, nos encontramos en el tiempo. Ya sabes, septiembre es un mes con erre.
- ...
- No. Yo tomaré las crocantes. No son como las del Pyrenées, pero están bastante bien.
- ...
- Puede ser. Lubina para los dos. ¿Quieres que sigamos la cena con champagne o elijo un vino?
- ...
El camarero llegaba con una botella de Dom Perignon en la mano derecha y dos copas flute que sonaban a cristal a cada paso que daba, en la otra.
- Creo que tenemos prácticamente decidido lo que vamos a tomar. Le dijo, una vez que el camarero se disponía a servir las copas.
- Ahora mismo le aviso al maitre, señor.
- Está bien. gracias.
Nuevamente se alejaba.
Alzó su copa para decir.
- Si hay algún momento en que es preciso brindar y decir algunas palabras, este lo es. De modo que, Lorsen, tú sabes que en estos años hemos tenido nuestros más y nuestros menos. Pero el balance particular que hago es muy positivo...
- ...
- Sí. Ya que me lo preguntas te lo diré. Me volvería a casar contigo...
- ...
- Gracias a ti, mi sol. Permíteme que brinde por los años que nos quedan...
- ...
- Sí. Seguramente toda una eternidad... Ya sabes que soy un poco terco en cuanto a las cosas espirituales.
Chocó su copa contra la que estaba depositada junto al otro cubierto y bebió un buen trago.
- Es cierto que los franceses siguen siendo unos maestros en este arte...
El maitre vestía un smoking negro, de entretiempo.
- ¿Ya han decidido?
Él sonrió. Por fin le habían entendido. Ella tomaría media docena de ostras. El otras seis, pero de las crocantes. Y después, lubina para los dos.
- Para el vino... ahora viene el somelier, señor.
No tardó en llegar. Vestía una chaqueta verde, con una corbata de cuero del mismo color –aunque más pronunciado- a dos tiras, como las que usan a veces los tejanos.
- ¿Quiere consultar la carta de vinos? ¿Alguna recomendación? ¿Rioja? ¿Importación? ¿Algún Burdeos, Borgoña, quizás?
- Quizá un Ribera de Duero. ¿No tendrán por casualidad el Vega Sicilia Reserva Especial que es un coupage de añadas?
- Sí, por cierto. ’81, ’85 y ’96. Aquí lo tiene.
Lo vio en la carta. Era una buena clavada, pero la ocasión lo merecía, desde luego.
- Muy bien. Vamos a ver cómo se porta –dijo.
- Excelente elección, señor.
Bebió otro sorbo de su copa antes de adelantar su mano hacia el centro de la mesa. ¿Si una noche de estas no se hacían manitas... cuándo podía ser el momento?
- Todo empezó cuando me operaron el ojo y me quedé sin vista. En el otro me daban láser y ya estaba en un 30, un 35% todo lo más de vista... Y siempre te decía que estaba hasta los cojones... Y me pusiste un papelito que decía:
“PARA EL PAPÁ MÁS GUAPO DEL MUNDO...”
- ... Y le hiciste firmar a nuestra hija y firmaste tú también. Todavía lo conservo. Terminaba:
“P.D. LOS TRES ESTAMOS HASTA LOS _______ -RELLENAR”.
- ...
- Claro que te acuerdas. Era cuando te pedía que no me dejaras. “Ahora no me dejes, Lorsen, te decía. Y tú negabas con la cabeza.
- ...
- Poco después te fuiste. Y yo no entendí nada. Al principio pensé que de esa forma tú creías que podría ser libre para rehacer mi vida... Por cierto, esa obsesión de rehacer mi vida como una especie de asignatura pendiente... eso me ha hecho bastante daño. El amor no se puede programar como la vida. Me hace falta una mujer. Aparece una tía y ¡zas! ¡Esa es la que me interesa, con esa me quedo!
- ...
- Es eso. De esa forma haces daño a esa persona y te haces daño a ti mismo... Pero bueno. te decía que era una manera de decirlo: lo primero que entendí era que te habías quitado de enmedio. Te considerabas una carga y una rémora para mi felicidad. Por eso te fuiste.
- ...
- Es verdad. No me enteraba de nada. Tiempo después lo descubrí. Fue duro, como casi todas las cosas que tienes dentro y que en un momento determinado afloran a tu consciencia.
- ...
- Te lo dije. Estaba en Lanzarote. En la playa por la que tú y yo paseábamos juntos. Y pensé... ¿y si Lorsen no se hubiera ido en realidad?
- ...
- ¡Claro! Hay un tiempo en el que cada ruido que procede de la puerta crees que puede ser el de la llave de tu mujer, la tuya, al entrar. Luego hay un momento en que te das cuenta de que ese ruido lo está haciendo cualquier otro, hasta la interina que le toca hacerte la casa esa tarde. Pero que Lorsen ya no va a volver. Entonces es cuando empiezas a darte cuenta de que estás solo y lloras todas las mañanas, hasta que la jornada te empieza a agobiar con sus llamadas y sus rollos...
- ...
- Sí. Casi tres años después. Fueron dos hechos prácticamente simultáneos. Había tenido un problema familiar fuerte, en relación con nuestra hija. Un problema que derivó en enfrentamiento, porque yo no podía tolerar ese comportamiento. Y, cuando todo parecía perdido, me llama Lucía, tu amiga. Como con ella y estamos de acuerdo. me sugiere una reunión para después del verano...
El camarero traía los dos tipos de ostras. Poco después el somellier se acercaba con la botella de Vega Sicilia y una decantadora.
- Yo seguiré con el champagne, gracias. De momento, le va bien a las ostras.
- ...
- También la señora.
- Esperamos un poco para que prueben el vino. Está bien. así le da tiempo a oxigenarse –dijo el somelier.
Siempre le parecía que esas ostras sabían demasiado a pan rallado frito. Pero le daba igual, más allá del precio que le cobraran por aquel plato, el pan rallado frito le gustaba. Como le decía su amigo Basabe, tenía gustos de pobre.
- ...
- Sí. Primero fue lo de Lucía. Luego fue la historia del apartamento de Lanzarote. Se casaba mi hermano y yo vi que era muy bien recibido en esa parte de mi familia... En realidad ya lo sabía, pero fue como una confirmación. No sé, tú y yo hemos sido algo despegados con nuestras propias familias, ya sabes. Hemos preferido vivir nuestra vida, para bien y para mal. Pero yo estaba ese verano un tanto desconcertado: las historias con las mujeres que había conocido después de ti no habían cuajado, simplemente. Quizás por aquello de que estaba agobiado con lo de rehacer mi vida, no sé. El caso es que iba de fracaso en fracaso. ¡Y no porque todas me dijeran que no!, ¡al contrario! Algunas me decían que adelante, y era yo el que no me atrevía. Que si esta cosa que si la otra... Y ahí las tenías, las dejaba compuestas y sin novio...
- ...
- Bueno, sí. Pero eso ya te lo he reconocido. Incluso, una de esas chicas, digamos que se llamaba –y se llama- Susana, me dijo una vez que los hombres –uno en particular, pero no importa el nombre...
- ...
- Sí. Claro que le conoces. Pero no se trata de eso... Bueno, si quieres te lo diré... En fin, con las mujeres siempre es igual: No soportáis el secreto...
Le suministró la información pedida.
- ...
- A eso iba. Pues esta Susana me dijo que este amigo mío no tenía derecho a tirarse a una tía y a dejarla cuando aparecía la que le gustaba de verdad. O sea que, sin darse cuenta muy bien, ella estaba presentando mi caso en otro supuesto. Y, claro, siempre es más fácil así. Se reciben mejor las lecciones cuando en realidad no te las están dando... Es como el refrán ese... Ahí me las den todas.
- ...
- Pues que dejé de acostarme con ella. Eso es lo que hice. Y he mantenido una relación de amistad más o menos aceptable, pero sin más historias.
- ...
- Lo que quieras, Lorsen. Pero lo cierto es que yo ya no me aprovecho de la situación...
- ...
- Estamos de acuerdo. El caso es que en la boda de mi hermano se me ocurrió la idea de comprar algo donde veranea él, en Sitges. Y me fui a Lanzarote con la cosa de alquilar el apartamento...
- ...
- No me había dado cuenta de eso. Creía que ya lo había superado. Pero cuando la chica inglesa aquella de la inmobiliaria. Por cierto, que para ser inglesa era simpática.
- ...
- No. Un tanto grandota. Quizás por eso fuera maja... Me dijo que ellos no alquilaban. Entonces le pregunté por el precio de venta... Aquella misma tarde me había decidido por esa segunda posibilidad. Los recuerdos eran muy pesados. Todas las noches me cepillaba cuatro o cinco whiskies. Y me levantaba fatal por la mañana. Ya sabes, a mí nunca me ha sentado bien el alcohol.
- ...
- Sí. Ya procuro cuidarme, pero es que entonces hasta se me habían acabado los porros...
- ...
- Un poco alucinado, pero si paras a tiempo ya no te perjudica por la mañana. Quizás un poco de tos , pero nada más...
El somelier volvía a su mesa.
- ¿Puedo retirar esta copa, señor?
- Desde luego –le dijo él.
Así lo hizo y cuidadosamente, hacia un lado de la mesa, y le daba a probar el vino. Él había comprendido que la cata tiene tres cualidades: la vista, el olor y el sabor. Y hacía las tres, aunque la primera de las funciones ya quedaba bastante lejos para él, en su memoria.
Elogió el vino. El somelier lo sirvió en las dos copas. Luego se fue.
- Sigo con lo del apartamento de Lanzarote. El caso es que estaba preparando la cena cuando alguien llamó a la puerta. Era raro. Los antiguos vecinos, los de la peluquería, ya no estaban. Abrí. Era un tipo bajito, de unos sesenta años. Me dijo que era el dueño del apartamento contiguo y que me sugería que pusiéromos una verja para proteger el acceso al rincón de la escalera. ¿Te acuerdas?
- ...
- Sí. Estaba siempre sucio. Se trataba de una mejora en la casa. ¿No te parece?
- ...
- No. Entonces no me dí cuenta. Tuve que esperar un tiempo. Paseando por la playa uní los dos hechos: Lucía, un vecino que no había aparecido en casi cuatro años y que me ofrece compartir unos gastos que me pernitirán vender mejor el apartamento....
- ...
- Sí. Entonces fue cuando pensé que tú estabas pendiente en todo momento. Y volví a la promesa que me hacías, que no me ibas a dejar y que, de hecho era cierto, no me habías dejado.
- ...
- Era algo así como si se hubiera marchado la parte de ti que me impedía ser feliz y se hubiera quedado la Lorsen que vigila mi paso para que no tropiece y, en el caso de que meta la pata –que la meto a menudo, como ves- me ayuda a resolver esos problemas.
- ...
- No. Al final resulta que no soy más feliz. No sé. En realidad estaba pasando una mala racha. Luego las he tenido mejores. ¿Ahora? Ahora creo que estoy algo más sereno... No sé, hago cosas, no paro, vivo... ¿qué más te puedo decir?
- ...
Dos camareros con sendos cubreplatos realizaron la presentación de las lubinas. Tenían una magnífica apariencia a frescas, jugosas.
- Era así. Y entonces yo me planteé una especie de solución racional al asunto. ¿Existirá Dios, a pesar de todo? –te diré que yo a la Virgen de Roncesvalles la sigo rezando, no sé si será por eso de poner una vela a dios y otra al diablo...- ¡Ojalá que exista, porque entonces la idea del rencuentro contigo, con mi abuela... no sería imposible...
- ...
- Ya sé que no me lo vas a decir. Es parte del sistema. Y lo respeto, aunque... ¡no sabes lo que me jode!
- ...
- Entonces, y dado que pienso que es muy difícil que exista, la respuesta provisional que le adjudico es que te has convertido en una especie de fantasma, que tiene la mala conciencia de haberse marchado en mal momento, dejando tirados a los que más querías, a mí, a nuestra hija... Y que vagas por ahí, en un punto intermedio entre la tierra y el cielo, hasta que nos llegue la ocasión de marcharnos también a nosotros.
- ...
- Sí. Como los fantasmas de los castillos. De esos de los que se dice que murieron violentamente y que aún no pueden descansar.
- ...
- Ya sé que se admiten apuestas. ¿Pero cómo, dónde y cuándo se cobran?
- ...
- No te he dicho, pero te veo guapísima esta noche. Se ve que ese espacio interestelar te sienta muy bien.
- ...
- Sí. Es un poco hortera, pero está todo muy rico. Por cierto, ¿te he dicho que te sigo queriendo?
- ¿La de vinos? Ahora viene el somelier, señor.
- No, la de vinos, no –repuso-. Otra carta para la señora.
- ¿La señora? ¿Está usted esperando a alguien?
- No. Está aquí, aunque usted no la vea. Yo tampoco –le explicó él en tono confidencial-, pero la siento igualmente... Da igual resolvió-. Usted haga el favor de traer otra carta.
El camarero de aquel principal restaurant de Villasanta estaba acostumbrado a no discutir las peticiones de los clientes. Especialmente las que no suponían dificultad alguna en ser atendidas.
- Como quiera el señor –dijo.
Él lo miró mientras se perdía por entre los bastidores del establecimiento.
- Mientras que trae la otra, te dejo esta –ofreció-. Creo que sigue en la carta el plato ese de las ostras crocantes que tanto te gustó en su día.
- ...
- ¿Sí? Me alegro mucho.
El camarero volvía con la segunda carta. No sabía qué hacer. Ante el gesto interrogativo de este, le dijo:
- Muy bien, muchas gracias. Mi carta la tiene la señora. Así que esta la veré yo.
El camarero hizo el ademán de alejarse.
- ¡Un momento! –pidió.
- ¿Si?
- Creo que tomaremos un aperitivo. Dos copas de champagne, por favor. Pero de champagne, no de cava.
- Muy bien. ¿Le traigo una y después la otra? –inquirió el camarero.
Vamos a ver –le dijo un tanto nervioso-. La señora tomará una copa y yo la otra. ¿Le parece?
El camarero dirigió de forma evidente su mirada hacia el lugar de la mesa que estaba vacío, con una enorme carta sobre el cubierto.
- ¿La señora? –preguntó.
- No sé cuántas veces se lo tendré que repetir –le dijo evidentemente amoscado-. Aunque usted no la vea, y yo tampoco, aquí está mi mujer. Hoy hace veinticinco años que nos casamos. Como es evidente, estamos celebrando nuestras bodas de plata. De modo que le rogaré que se remita usted a cumplir las instrucciones que le dé y no haga más preguntas fastidiosas. ¿Está claro?
Estaba claro.
- Dos copas de champagne –pronunció como pudo el camarero.
- Eso es. De champagne, no de cava.
- No de cava. Muy bien, señor.
Se alejó nuevamente.
- No han cambiado el tono este de verde pistacho con que pintaron las paredes, que casi hiere a la vista. Este restaurant sigue siendo un punto cursi.
- ...
- Estamos de acuerdo... También. Si prefieres unas ostras naturales, nos encontramos en el tiempo. Ya sabes, septiembre es un mes con erre.
- ...
- No. Yo tomaré las crocantes. No son como las del Pyrenées, pero están bastante bien.
- ...
- Puede ser. Lubina para los dos. ¿Quieres que sigamos la cena con champagne o elijo un vino?
- ...
El camarero llegaba con una botella de Dom Perignon en la mano derecha y dos copas flute que sonaban a cristal a cada paso que daba, en la otra.
- Creo que tenemos prácticamente decidido lo que vamos a tomar. Le dijo, una vez que el camarero se disponía a servir las copas.
- Ahora mismo le aviso al maitre, señor.
- Está bien. gracias.
Nuevamente se alejaba.
Alzó su copa para decir.
- Si hay algún momento en que es preciso brindar y decir algunas palabras, este lo es. De modo que, Lorsen, tú sabes que en estos años hemos tenido nuestros más y nuestros menos. Pero el balance particular que hago es muy positivo...
- ...
- Sí. Ya que me lo preguntas te lo diré. Me volvería a casar contigo...
- ...
- Gracias a ti, mi sol. Permíteme que brinde por los años que nos quedan...
- ...
- Sí. Seguramente toda una eternidad... Ya sabes que soy un poco terco en cuanto a las cosas espirituales.
Chocó su copa contra la que estaba depositada junto al otro cubierto y bebió un buen trago.
- Es cierto que los franceses siguen siendo unos maestros en este arte...
El maitre vestía un smoking negro, de entretiempo.
- ¿Ya han decidido?
Él sonrió. Por fin le habían entendido. Ella tomaría media docena de ostras. El otras seis, pero de las crocantes. Y después, lubina para los dos.
- Para el vino... ahora viene el somelier, señor.
No tardó en llegar. Vestía una chaqueta verde, con una corbata de cuero del mismo color –aunque más pronunciado- a dos tiras, como las que usan a veces los tejanos.
- ¿Quiere consultar la carta de vinos? ¿Alguna recomendación? ¿Rioja? ¿Importación? ¿Algún Burdeos, Borgoña, quizás?
- Quizá un Ribera de Duero. ¿No tendrán por casualidad el Vega Sicilia Reserva Especial que es un coupage de añadas?
- Sí, por cierto. ’81, ’85 y ’96. Aquí lo tiene.
Lo vio en la carta. Era una buena clavada, pero la ocasión lo merecía, desde luego.
- Muy bien. Vamos a ver cómo se porta –dijo.
- Excelente elección, señor.
Bebió otro sorbo de su copa antes de adelantar su mano hacia el centro de la mesa. ¿Si una noche de estas no se hacían manitas... cuándo podía ser el momento?
- Todo empezó cuando me operaron el ojo y me quedé sin vista. En el otro me daban láser y ya estaba en un 30, un 35% todo lo más de vista... Y siempre te decía que estaba hasta los cojones... Y me pusiste un papelito que decía:
“PARA EL PAPÁ MÁS GUAPO DEL MUNDO...”
- ... Y le hiciste firmar a nuestra hija y firmaste tú también. Todavía lo conservo. Terminaba:
“P.D. LOS TRES ESTAMOS HASTA LOS _______ -RELLENAR”.
- ...
- Claro que te acuerdas. Era cuando te pedía que no me dejaras. “Ahora no me dejes, Lorsen, te decía. Y tú negabas con la cabeza.
- ...
- Poco después te fuiste. Y yo no entendí nada. Al principio pensé que de esa forma tú creías que podría ser libre para rehacer mi vida... Por cierto, esa obsesión de rehacer mi vida como una especie de asignatura pendiente... eso me ha hecho bastante daño. El amor no se puede programar como la vida. Me hace falta una mujer. Aparece una tía y ¡zas! ¡Esa es la que me interesa, con esa me quedo!
- ...
- Es eso. De esa forma haces daño a esa persona y te haces daño a ti mismo... Pero bueno. te decía que era una manera de decirlo: lo primero que entendí era que te habías quitado de enmedio. Te considerabas una carga y una rémora para mi felicidad. Por eso te fuiste.
- ...
- Es verdad. No me enteraba de nada. Tiempo después lo descubrí. Fue duro, como casi todas las cosas que tienes dentro y que en un momento determinado afloran a tu consciencia.
- ...
- Te lo dije. Estaba en Lanzarote. En la playa por la que tú y yo paseábamos juntos. Y pensé... ¿y si Lorsen no se hubiera ido en realidad?
- ...
- ¡Claro! Hay un tiempo en el que cada ruido que procede de la puerta crees que puede ser el de la llave de tu mujer, la tuya, al entrar. Luego hay un momento en que te das cuenta de que ese ruido lo está haciendo cualquier otro, hasta la interina que le toca hacerte la casa esa tarde. Pero que Lorsen ya no va a volver. Entonces es cuando empiezas a darte cuenta de que estás solo y lloras todas las mañanas, hasta que la jornada te empieza a agobiar con sus llamadas y sus rollos...
- ...
- Sí. Casi tres años después. Fueron dos hechos prácticamente simultáneos. Había tenido un problema familiar fuerte, en relación con nuestra hija. Un problema que derivó en enfrentamiento, porque yo no podía tolerar ese comportamiento. Y, cuando todo parecía perdido, me llama Lucía, tu amiga. Como con ella y estamos de acuerdo. me sugiere una reunión para después del verano...
El camarero traía los dos tipos de ostras. Poco después el somellier se acercaba con la botella de Vega Sicilia y una decantadora.
- Yo seguiré con el champagne, gracias. De momento, le va bien a las ostras.
- ...
- También la señora.
- Esperamos un poco para que prueben el vino. Está bien. así le da tiempo a oxigenarse –dijo el somelier.
Siempre le parecía que esas ostras sabían demasiado a pan rallado frito. Pero le daba igual, más allá del precio que le cobraran por aquel plato, el pan rallado frito le gustaba. Como le decía su amigo Basabe, tenía gustos de pobre.
- ...
- Sí. Primero fue lo de Lucía. Luego fue la historia del apartamento de Lanzarote. Se casaba mi hermano y yo vi que era muy bien recibido en esa parte de mi familia... En realidad ya lo sabía, pero fue como una confirmación. No sé, tú y yo hemos sido algo despegados con nuestras propias familias, ya sabes. Hemos preferido vivir nuestra vida, para bien y para mal. Pero yo estaba ese verano un tanto desconcertado: las historias con las mujeres que había conocido después de ti no habían cuajado, simplemente. Quizás por aquello de que estaba agobiado con lo de rehacer mi vida, no sé. El caso es que iba de fracaso en fracaso. ¡Y no porque todas me dijeran que no!, ¡al contrario! Algunas me decían que adelante, y era yo el que no me atrevía. Que si esta cosa que si la otra... Y ahí las tenías, las dejaba compuestas y sin novio...
- ...
- Bueno, sí. Pero eso ya te lo he reconocido. Incluso, una de esas chicas, digamos que se llamaba –y se llama- Susana, me dijo una vez que los hombres –uno en particular, pero no importa el nombre...
- ...
- Sí. Claro que le conoces. Pero no se trata de eso... Bueno, si quieres te lo diré... En fin, con las mujeres siempre es igual: No soportáis el secreto...
Le suministró la información pedida.
- ...
- A eso iba. Pues esta Susana me dijo que este amigo mío no tenía derecho a tirarse a una tía y a dejarla cuando aparecía la que le gustaba de verdad. O sea que, sin darse cuenta muy bien, ella estaba presentando mi caso en otro supuesto. Y, claro, siempre es más fácil así. Se reciben mejor las lecciones cuando en realidad no te las están dando... Es como el refrán ese... Ahí me las den todas.
- ...
- Pues que dejé de acostarme con ella. Eso es lo que hice. Y he mantenido una relación de amistad más o menos aceptable, pero sin más historias.
- ...
- Lo que quieras, Lorsen. Pero lo cierto es que yo ya no me aprovecho de la situación...
- ...
- Estamos de acuerdo. El caso es que en la boda de mi hermano se me ocurrió la idea de comprar algo donde veranea él, en Sitges. Y me fui a Lanzarote con la cosa de alquilar el apartamento...
- ...
- No me había dado cuenta de eso. Creía que ya lo había superado. Pero cuando la chica inglesa aquella de la inmobiliaria. Por cierto, que para ser inglesa era simpática.
- ...
- No. Un tanto grandota. Quizás por eso fuera maja... Me dijo que ellos no alquilaban. Entonces le pregunté por el precio de venta... Aquella misma tarde me había decidido por esa segunda posibilidad. Los recuerdos eran muy pesados. Todas las noches me cepillaba cuatro o cinco whiskies. Y me levantaba fatal por la mañana. Ya sabes, a mí nunca me ha sentado bien el alcohol.
- ...
- Sí. Ya procuro cuidarme, pero es que entonces hasta se me habían acabado los porros...
- ...
- Un poco alucinado, pero si paras a tiempo ya no te perjudica por la mañana. Quizás un poco de tos , pero nada más...
El somelier volvía a su mesa.
- ¿Puedo retirar esta copa, señor?
- Desde luego –le dijo él.
Así lo hizo y cuidadosamente, hacia un lado de la mesa, y le daba a probar el vino. Él había comprendido que la cata tiene tres cualidades: la vista, el olor y el sabor. Y hacía las tres, aunque la primera de las funciones ya quedaba bastante lejos para él, en su memoria.
Elogió el vino. El somelier lo sirvió en las dos copas. Luego se fue.
- Sigo con lo del apartamento de Lanzarote. El caso es que estaba preparando la cena cuando alguien llamó a la puerta. Era raro. Los antiguos vecinos, los de la peluquería, ya no estaban. Abrí. Era un tipo bajito, de unos sesenta años. Me dijo que era el dueño del apartamento contiguo y que me sugería que pusiéromos una verja para proteger el acceso al rincón de la escalera. ¿Te acuerdas?
- ...
- Sí. Estaba siempre sucio. Se trataba de una mejora en la casa. ¿No te parece?
- ...
- No. Entonces no me dí cuenta. Tuve que esperar un tiempo. Paseando por la playa uní los dos hechos: Lucía, un vecino que no había aparecido en casi cuatro años y que me ofrece compartir unos gastos que me pernitirán vender mejor el apartamento....
- ...
- Sí. Entonces fue cuando pensé que tú estabas pendiente en todo momento. Y volví a la promesa que me hacías, que no me ibas a dejar y que, de hecho era cierto, no me habías dejado.
- ...
- Era algo así como si se hubiera marchado la parte de ti que me impedía ser feliz y se hubiera quedado la Lorsen que vigila mi paso para que no tropiece y, en el caso de que meta la pata –que la meto a menudo, como ves- me ayuda a resolver esos problemas.
- ...
- No. Al final resulta que no soy más feliz. No sé. En realidad estaba pasando una mala racha. Luego las he tenido mejores. ¿Ahora? Ahora creo que estoy algo más sereno... No sé, hago cosas, no paro, vivo... ¿qué más te puedo decir?
- ...
Dos camareros con sendos cubreplatos realizaron la presentación de las lubinas. Tenían una magnífica apariencia a frescas, jugosas.
- Era así. Y entonces yo me planteé una especie de solución racional al asunto. ¿Existirá Dios, a pesar de todo? –te diré que yo a la Virgen de Roncesvalles la sigo rezando, no sé si será por eso de poner una vela a dios y otra al diablo...- ¡Ojalá que exista, porque entonces la idea del rencuentro contigo, con mi abuela... no sería imposible...
- ...
- Ya sé que no me lo vas a decir. Es parte del sistema. Y lo respeto, aunque... ¡no sabes lo que me jode!
- ...
- Entonces, y dado que pienso que es muy difícil que exista, la respuesta provisional que le adjudico es que te has convertido en una especie de fantasma, que tiene la mala conciencia de haberse marchado en mal momento, dejando tirados a los que más querías, a mí, a nuestra hija... Y que vagas por ahí, en un punto intermedio entre la tierra y el cielo, hasta que nos llegue la ocasión de marcharnos también a nosotros.
- ...
- Sí. Como los fantasmas de los castillos. De esos de los que se dice que murieron violentamente y que aún no pueden descansar.
- ...
- Ya sé que se admiten apuestas. ¿Pero cómo, dónde y cuándo se cobran?
- ...
- No te he dicho, pero te veo guapísima esta noche. Se ve que ese espacio interestelar te sienta muy bien.
- ...
- Sí. Es un poco hortera, pero está todo muy rico. Por cierto, ¿te he dicho que te sigo queriendo?
martes, 28 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (27)
La calle Francisco Goya, en el distrito de Chamartín, había sido en su día una zona recoleta y tranquila del norte de Madrid. Flanqueada por unas arterias muy transitadas como lo eran el Paseo de la Habana y la avenida de Alfonso XIII, parecía desgajada del bullicio capitalino y en "tiempos normales" -antes de la crisis y de sus funestas consecuencias- todavía te despertaban el gorjeo de los pájaros y te encontrabas al salir de tu casa con el abigarrado verdor del ramaje del arbolado que te rozaba la cabeza.
- Es como estar de vacaciones todo el año -repetía Vic Suarez con frecuencia.
Pero las cosas habían cambiado. Una gruesa estructura de madera y de acero, realizada de forma artesanal, apuntalaba a un edificio que sin su ayuda amenazaba con venirse abajo. Y la calle era el desorden de lo que generalmente aparece después de un grave terremoto: las grietas habían cuarteado el ahora intransitable suelo de la carretera y ya no había coches aparcados en el sentido izquierdo de la marcha, en su lugar, una curiosa mezcla de tractores y carricoches se alineaban, eso sí, en aparente orden; la vegetación se desplegaba en todo su arbitrario desarrollo selvático y la escasa gente que siempre había transitado por la calle lo hacía ahora presurosa y conteniendo su expresión de inquietud. Eso sí, la inmundicia se hacía con el control de esa vía pública –como la del resto de ese y de los restantes barrios-: aún no habían conseguido montar un eficaz servicio de recogida de basuras. Las ratas se hacían visibles por todas partes y en todas las ocasiones y no existían reservas de desratizadores por ninguna parte. Un nauseabundo olor se extendía por la atmósfera y la sombría perspectiva de la peste hacía recordar a Jorge Brassens el magnífico texto de Camus –excelente, para ser leído…
"Las ciudades se habían creado históricamente con 2 objetivos fundamentales: preservar el orden y ofrecer esos servicios que la concentración humana permiten, la educación o la sanidad". Por eso la prioridad había sido recuperar el orden y no todos los barrios-ciudades de lo que un día fuera Madrid. Podían presumir de haberlo conseguido. En Chamartín tenían un razonable éxito en esa materia.
Cuando el desempleo destrozó las estadísticas y los parados empezaron a organizarse en bandas para atracar a los viandantes y asaltar y robar establecimientos comerciales y viviendas se produjo una inútil desbandada de los otrora prósperos residentes del barrio a sus segundas residencias en el campo o en la sierra. Pero no les sirvió de nada. Para cuando llegaban a esas casas, las bandas de marginados se habían instalado en ellas y las convertían en verdaderos fortines desde los que protegerse y atacar a las bandas contrarias. Resultaban simplemente ridículas las pretensiones de los verdaderos propietarios a recuperar sus posesiones.
Madrid no era diferente. Las bandas se creaban en los grupos de jóvenes marginales y estaban compuestas de acuerdo con los diversos orígenes étnicos o se integraban de los diversos países de procedencia. Hasta ahí eso era bastante controlable: había policía y las bandas apenas salían de los barrios. Pero hubo un día en que la policía desertaba y esas bandas tomaban la calle y se asociaban a ellas todas las escorias sociales: desde los grupos de delincuentes organizados hasta quienes comerciaban con la droga y la trata de blancas, pasando por las gentes exasperadas porque una noche y otra regresaban a sus miserables tugurios sin nada en las manos que ofrecer a sus hijos.
Por eso regresaron a las ciudades y se unieron en asambleas. Alguien que había trabajado en publicidad apareció con unos carteles que proclamaban. "No hay libertad sin orden" y los instalaron en las fachadas de sus casas.
- Es como estar de vacaciones todo el año -repetía Vic Suarez con frecuencia.
Pero las cosas habían cambiado. Una gruesa estructura de madera y de acero, realizada de forma artesanal, apuntalaba a un edificio que sin su ayuda amenazaba con venirse abajo. Y la calle era el desorden de lo que generalmente aparece después de un grave terremoto: las grietas habían cuarteado el ahora intransitable suelo de la carretera y ya no había coches aparcados en el sentido izquierdo de la marcha, en su lugar, una curiosa mezcla de tractores y carricoches se alineaban, eso sí, en aparente orden; la vegetación se desplegaba en todo su arbitrario desarrollo selvático y la escasa gente que siempre había transitado por la calle lo hacía ahora presurosa y conteniendo su expresión de inquietud. Eso sí, la inmundicia se hacía con el control de esa vía pública –como la del resto de ese y de los restantes barrios-: aún no habían conseguido montar un eficaz servicio de recogida de basuras. Las ratas se hacían visibles por todas partes y en todas las ocasiones y no existían reservas de desratizadores por ninguna parte. Un nauseabundo olor se extendía por la atmósfera y la sombría perspectiva de la peste hacía recordar a Jorge Brassens el magnífico texto de Camus –excelente, para ser leído…
"Las ciudades se habían creado históricamente con 2 objetivos fundamentales: preservar el orden y ofrecer esos servicios que la concentración humana permiten, la educación o la sanidad". Por eso la prioridad había sido recuperar el orden y no todos los barrios-ciudades de lo que un día fuera Madrid. Podían presumir de haberlo conseguido. En Chamartín tenían un razonable éxito en esa materia.
Cuando el desempleo destrozó las estadísticas y los parados empezaron a organizarse en bandas para atracar a los viandantes y asaltar y robar establecimientos comerciales y viviendas se produjo una inútil desbandada de los otrora prósperos residentes del barrio a sus segundas residencias en el campo o en la sierra. Pero no les sirvió de nada. Para cuando llegaban a esas casas, las bandas de marginados se habían instalado en ellas y las convertían en verdaderos fortines desde los que protegerse y atacar a las bandas contrarias. Resultaban simplemente ridículas las pretensiones de los verdaderos propietarios a recuperar sus posesiones.
Madrid no era diferente. Las bandas se creaban en los grupos de jóvenes marginales y estaban compuestas de acuerdo con los diversos orígenes étnicos o se integraban de los diversos países de procedencia. Hasta ahí eso era bastante controlable: había policía y las bandas apenas salían de los barrios. Pero hubo un día en que la policía desertaba y esas bandas tomaban la calle y se asociaban a ellas todas las escorias sociales: desde los grupos de delincuentes organizados hasta quienes comerciaban con la droga y la trata de blancas, pasando por las gentes exasperadas porque una noche y otra regresaban a sus miserables tugurios sin nada en las manos que ofrecer a sus hijos.
Por eso regresaron a las ciudades y se unieron en asambleas. Alguien que había trabajado en publicidad apareció con unos carteles que proclamaban. "No hay libertad sin orden" y los instalaron en las fachadas de sus casas.
lunes, 27 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (26)
Le dejaba un amargo sabor de boca. Casi ni se creía lo que estaba leyendo en la página "web" de la empresa aquel s.abado por la tarde. Y eso que no acostumbraba hacerlo en su casa de Arrechea -el ajuste de Internet funcionaba allí con una lentitud agobiante-. Pero ocurría que el "España" se había agotado en la panadería del pueblo y quiso leerlo en su edición digital. Quedaban, eso sí, algunos ejemplares de "El Planeta", pero ese periódico no le gustaba demasiado, de modo que dejaría los ejemplares en el estante.
Y era esa noticia de "El Planeta" precisamente lo que reproducía la página "web": la salida de Josu Palacio de la compañía de seguros psrs la que ambos colaboraban. Y no se lo podía creer. Tanto que pedía la ayuda de otros ojos allí donde los suyos parecían engañarse.
De modo que Vic subía hasta su despacho-dormitorio y ella le contaba la noticia en tanto que Jorge Brassens la releía al mismo tiempo. Y las 2 coincidían.
Había -eso lo sabía todo el mundo- un enfrentamiento en la organización de la empresa en Madrid. Ese miércoles la correspondiente dirección territorial habría sido más tormentosa de lo habitual -que ya es decir- y Josu Palacio era ya perfectamente consciente de su situación minoritaria.
Esa noche, llevado de un impulso no refrenado por la prudencia de la siempre oportuna consulta con la almohada, Palacio conectaba su correo electrónico y escribía al consejero delegado de su compañía. "No me digas qué le has dicho, dime más bien cómo se lo has dicho", era la expresión habitual de un poeta francés. Y Josu Palacio le escribió que dimitiría el lunes siguiente, porque quería darle un par de días a su jefe para que desenredara la madeja que el mismo Palacio había contribuido a enredar y poco menos que prestara público apoyo a su causa.
La respuesta del máximo responsable de la empresa aseguradora fue insatisfactoria para Josu Palacio. No encontró en ella el respaldo que pretendía y se enrocó entonces en su pataleta. Tiró por el camino de enmedio e hizo corresponsable de sus males al consejero delegado. Tuvo para ello que retorcer argumentos y que distorsionar la historia vivida. Transformó opiniones discutibles en diferencias irreconciliables; denostó la figura de un jefe considerado a nivel interno y exterior a la empresa y lo convirtió en un caudillo autoritario; pretendió que su fracaso personal se convirtiera en el hundimiento de un proyecto empresarial. Y abandonó la compañía de seguros.
Valía como explicación, pero tenía un sabor muy ácido. Y resultaba muy duro para una empresa joven y con ganas de hacer cosas diferentes en el mercado tropezar con obstáculos como este.
Pero debían hacer frente al problema. Y Jorge Brassens recordaba entonces los versos de Federico García Lorca:
"Me tiraste un limón, y tan amargo,
Que no menoscabó tu arquitectura.
Y probé su amargura, sin embargo".
Y era esa noticia de "El Planeta" precisamente lo que reproducía la página "web": la salida de Josu Palacio de la compañía de seguros psrs la que ambos colaboraban. Y no se lo podía creer. Tanto que pedía la ayuda de otros ojos allí donde los suyos parecían engañarse.
De modo que Vic subía hasta su despacho-dormitorio y ella le contaba la noticia en tanto que Jorge Brassens la releía al mismo tiempo. Y las 2 coincidían.
Había -eso lo sabía todo el mundo- un enfrentamiento en la organización de la empresa en Madrid. Ese miércoles la correspondiente dirección territorial habría sido más tormentosa de lo habitual -que ya es decir- y Josu Palacio era ya perfectamente consciente de su situación minoritaria.
Esa noche, llevado de un impulso no refrenado por la prudencia de la siempre oportuna consulta con la almohada, Palacio conectaba su correo electrónico y escribía al consejero delegado de su compañía. "No me digas qué le has dicho, dime más bien cómo se lo has dicho", era la expresión habitual de un poeta francés. Y Josu Palacio le escribió que dimitiría el lunes siguiente, porque quería darle un par de días a su jefe para que desenredara la madeja que el mismo Palacio había contribuido a enredar y poco menos que prestara público apoyo a su causa.
La respuesta del máximo responsable de la empresa aseguradora fue insatisfactoria para Josu Palacio. No encontró en ella el respaldo que pretendía y se enrocó entonces en su pataleta. Tiró por el camino de enmedio e hizo corresponsable de sus males al consejero delegado. Tuvo para ello que retorcer argumentos y que distorsionar la historia vivida. Transformó opiniones discutibles en diferencias irreconciliables; denostó la figura de un jefe considerado a nivel interno y exterior a la empresa y lo convirtió en un caudillo autoritario; pretendió que su fracaso personal se convirtiera en el hundimiento de un proyecto empresarial. Y abandonó la compañía de seguros.
Valía como explicación, pero tenía un sabor muy ácido. Y resultaba muy duro para una empresa joven y con ganas de hacer cosas diferentes en el mercado tropezar con obstáculos como este.
Pero debían hacer frente al problema. Y Jorge Brassens recordaba entonces los versos de Federico García Lorca:
"Me tiraste un limón, y tan amargo,
Que no menoscabó tu arquitectura.
Y probé su amargura, sin embargo".
viernes, 24 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (25)
Tenía una prevención cierta –que no es lo mismo que una cierta prevención- con esa empresa. Pues la correduría de seguros con la que colaboraba desde que salía de la empresa familiar le pedía que organizara una reunión. Así lo hizo. Le acompañaba un tipo bastante pintoresco, un ingeniero un poco loco, con el aspecto de un otrora bien conocido escalador, la nariz curvada como el pico de un loro, la mirada inquiata y los gestos nerviosos.
Les recibió un tipo más bien escuálido, tímido y desarreglado, al que todas las cosas le caían anchas, desde el traje hasta el edificio donde se encontraba, pasando por el despacho que ocupaba.
Lo primero era presentar la correduría de seguros. En un momento dado, aquel tipo empezó a hablarles de “Euskadi Punto Kom”, de las acciones que había realizado hasta el momento. Pero el hombre no se sabía bien –ni mal, no se la sabía- la facturación, de la empresa, de modo que hizo lo que debe un hombre que trabaja en una compañía de telecomunicaciones cuando precisa de un dato del que carece en esos momentos –y cualquier otro- esto es, levantar el teléfono. Pero no se comunicaba con nadie, por mucho que el buen hombre insistía en tal extremo. Entonces dirigió su mirada hacia ellos, su cara era todo un poema.
- El sistema no funciona –declaró.
Luego dio una voz.
- ¡Itziar!
Pero la tal Itziar tampoco estaba en comunicación, con lo que el responsable de la empresa vasca de telefonía integral se tuvo que ir hacia la otra sala, quizás una especie de misterioso arcano, donde encontrar información tan complicada a la par que decisiva.
Ese fue el primero y paradójico encuentro de Jorge Brassens con Euskadi Punto Kom.
Por razones que no son del caso Brassens siguió a esa empresa con el paso del tiempo. Pero se trataba solamente de conocer su cuenta de resultados –casi siempre fuertemente deficitaria.
Un día recibió la invitación a asistir a una jornada de puertas abiertas organizada por Euskadi.kom.
Y allá se fue. Una vez tomado el acostumbrado café, les pasaron a una sala de reuniones, donde se iban presentando, uno a uno, todos los miembros de la dirección de la compañía.
- Este es el director de tal cosa –anunciaba el director general-. Es de Algorta. Y tarda en llegar aquí... ¿Cuánto?
- 35 minutos –aseguró el aludido.
- Y este –continuaba el director- es el responsable de aquello. Es de Ataun, y tarda... ¿Cuánto?
- 45 minutos –respondió el responsable de aquello.
- Ese otro es el jefe de lo de más allá. Es de Salvatierra. ¿Cuánto tardas en presentarte en la empresa –le preguntó.
- 50 minutos –contestó este.
- Bien –concluyó satisfecho el director de EPK-. Aquí hay personas de los tres territorios. Nuestra obsesión es integrar a toda la gente vasca y que, a pesar de que esta compañía deba tener una sede concreta todos puedan seguir viviendo en sus localidades de origen. Eso nos enriquece.
- Ahora vamos a ver un vídeo... Si no tenéis ninguna pregunta que hacernos, claro.
Y como nadie tenía pregunta que formular –quizás porque no había nada que preguntar, por el momento- el director pulsó la tecla correspondiente y empezó a proyectarse una película.
En pantalla aparecieron dos jóvenes muchachos vestidos a la usanza de los “mendigoizales” –montañeros vascos-: Camisas de franela a diferentes cuadros y pantalones vaqueros de distintos desgastados. Los dos se aplicaban a golpear con unos instrumentos de percusión en una mesa que devolvía esa agresión con un agudo sonido lastimero y molesto. Se trataba de la “txalaparta”.
Una voz en “off” aseguraba que “Joseba y Arkaitz” –que debían ser los nombres de esos dos mozalbetes- consiguen que su música llegue a todo el mundo gracias a Euskadi Punto Kom”.
De repente, el vídeo se paró, haciendo una foto fija. En un primer momento Jorge Brassens que se trataba de una pretensión del realizador. Pero no era eso, el vídeo estaba mal y el problema se repetiría en numerosas ocasiones a lo largo de su reproducción.
La imagen se desdobló en cuatro –esta vez el vídeo no engañaba: esa era la idea-. Arkaitz (?) hablaba por teléfono con una señorita. ¿En qué idioma? Lo ignoro, la misma voz en “off” seguía contando que con EPK se podía hablar con todo el mundo. Los otros dos cuadros de la pantalla ofrecían el mapa de un pueblo del Gohierri guipuzcoano –donde eventualmente residirían los artistas- y la capital de Irlanda al otro lado. Siempre según el locutor de la película, “han arreglado un contrato para una actuación de los ‘txalapartaris’”.
- Miles de vascos pueden, como Arkaitz y Joseba organizar su vida a través de Euskadi Punto Kom.
Y se veían imágenes –con frecuencia detenidas por la escasa calidad del vídeo- de personas caminando por una calle congestionada.
Las imágenes proseguían mostrando las excelentes prestaciones de EPK. Un mapa de las presuntas siete provincias vascas apareció surcado por una miríada de trazos de diferentes consistencias que recorrían todos los puntos posibles de contacto en el mencionado territorio.
Luego, la imagen volvía a los músicos y a su aguda y percutente ejecución.
- Euskadi Punto Kom –terminaba la voz en “off”- es la respuesta a los vascos que quieran comunicarse en vasco, en un sistema vasco, con otros vascos y con el resto del mundo.
Un ruido estridente –este no de la “txalaparta”, sino del vídeo- anunciaba la abrupta conclusión de la película.
El director de la compañía volvió a tomar la palabra:
- Como habréis podido ver, Euskadi Punto Kom no pretende haber inventado la rueda. Lo que quiere es que la mejor rueda que exista la podamos usar en Euskadi.
Acompañados de tan sabias palabras salieron de la sala de reuniones, se hacemos una fotografía y visitaron las instalaciones de Euskadi Punto Kom.
Les recibió un tipo más bien escuálido, tímido y desarreglado, al que todas las cosas le caían anchas, desde el traje hasta el edificio donde se encontraba, pasando por el despacho que ocupaba.
Lo primero era presentar la correduría de seguros. En un momento dado, aquel tipo empezó a hablarles de “Euskadi Punto Kom”, de las acciones que había realizado hasta el momento. Pero el hombre no se sabía bien –ni mal, no se la sabía- la facturación, de la empresa, de modo que hizo lo que debe un hombre que trabaja en una compañía de telecomunicaciones cuando precisa de un dato del que carece en esos momentos –y cualquier otro- esto es, levantar el teléfono. Pero no se comunicaba con nadie, por mucho que el buen hombre insistía en tal extremo. Entonces dirigió su mirada hacia ellos, su cara era todo un poema.
- El sistema no funciona –declaró.
Luego dio una voz.
- ¡Itziar!
Pero la tal Itziar tampoco estaba en comunicación, con lo que el responsable de la empresa vasca de telefonía integral se tuvo que ir hacia la otra sala, quizás una especie de misterioso arcano, donde encontrar información tan complicada a la par que decisiva.
Ese fue el primero y paradójico encuentro de Jorge Brassens con Euskadi Punto Kom.
Por razones que no son del caso Brassens siguió a esa empresa con el paso del tiempo. Pero se trataba solamente de conocer su cuenta de resultados –casi siempre fuertemente deficitaria.
Un día recibió la invitación a asistir a una jornada de puertas abiertas organizada por Euskadi.kom.
Y allá se fue. Una vez tomado el acostumbrado café, les pasaron a una sala de reuniones, donde se iban presentando, uno a uno, todos los miembros de la dirección de la compañía.
- Este es el director de tal cosa –anunciaba el director general-. Es de Algorta. Y tarda en llegar aquí... ¿Cuánto?
- 35 minutos –aseguró el aludido.
- Y este –continuaba el director- es el responsable de aquello. Es de Ataun, y tarda... ¿Cuánto?
- 45 minutos –respondió el responsable de aquello.
- Ese otro es el jefe de lo de más allá. Es de Salvatierra. ¿Cuánto tardas en presentarte en la empresa –le preguntó.
- 50 minutos –contestó este.
- Bien –concluyó satisfecho el director de EPK-. Aquí hay personas de los tres territorios. Nuestra obsesión es integrar a toda la gente vasca y que, a pesar de que esta compañía deba tener una sede concreta todos puedan seguir viviendo en sus localidades de origen. Eso nos enriquece.
- Ahora vamos a ver un vídeo... Si no tenéis ninguna pregunta que hacernos, claro.
Y como nadie tenía pregunta que formular –quizás porque no había nada que preguntar, por el momento- el director pulsó la tecla correspondiente y empezó a proyectarse una película.
En pantalla aparecieron dos jóvenes muchachos vestidos a la usanza de los “mendigoizales” –montañeros vascos-: Camisas de franela a diferentes cuadros y pantalones vaqueros de distintos desgastados. Los dos se aplicaban a golpear con unos instrumentos de percusión en una mesa que devolvía esa agresión con un agudo sonido lastimero y molesto. Se trataba de la “txalaparta”.
Una voz en “off” aseguraba que “Joseba y Arkaitz” –que debían ser los nombres de esos dos mozalbetes- consiguen que su música llegue a todo el mundo gracias a Euskadi Punto Kom”.
De repente, el vídeo se paró, haciendo una foto fija. En un primer momento Jorge Brassens que se trataba de una pretensión del realizador. Pero no era eso, el vídeo estaba mal y el problema se repetiría en numerosas ocasiones a lo largo de su reproducción.
La imagen se desdobló en cuatro –esta vez el vídeo no engañaba: esa era la idea-. Arkaitz (?) hablaba por teléfono con una señorita. ¿En qué idioma? Lo ignoro, la misma voz en “off” seguía contando que con EPK se podía hablar con todo el mundo. Los otros dos cuadros de la pantalla ofrecían el mapa de un pueblo del Gohierri guipuzcoano –donde eventualmente residirían los artistas- y la capital de Irlanda al otro lado. Siempre según el locutor de la película, “han arreglado un contrato para una actuación de los ‘txalapartaris’”.
- Miles de vascos pueden, como Arkaitz y Joseba organizar su vida a través de Euskadi Punto Kom.
Y se veían imágenes –con frecuencia detenidas por la escasa calidad del vídeo- de personas caminando por una calle congestionada.
Las imágenes proseguían mostrando las excelentes prestaciones de EPK. Un mapa de las presuntas siete provincias vascas apareció surcado por una miríada de trazos de diferentes consistencias que recorrían todos los puntos posibles de contacto en el mencionado territorio.
Luego, la imagen volvía a los músicos y a su aguda y percutente ejecución.
- Euskadi Punto Kom –terminaba la voz en “off”- es la respuesta a los vascos que quieran comunicarse en vasco, en un sistema vasco, con otros vascos y con el resto del mundo.
Un ruido estridente –este no de la “txalaparta”, sino del vídeo- anunciaba la abrupta conclusión de la película.
El director de la compañía volvió a tomar la palabra:
- Como habréis podido ver, Euskadi Punto Kom no pretende haber inventado la rueda. Lo que quiere es que la mejor rueda que exista la podamos usar en Euskadi.
Acompañados de tan sabias palabras salieron de la sala de reuniones, se hacemos una fotografía y visitaron las instalaciones de Euskadi Punto Kom.
martes, 21 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (24)
En el apartamento de Francisco Goya los días se sucedían a los otros sin solución de continuidad. Esa mañana de lo que podrían calificar de día después del descanso dominical de la jornada anterior -eso sí, con susto incluido- Vic Suarez y Jorge Brassens despertaban con los ruidos de los generadores correspondientes a su manzana de casas.
Tenían derecho a 2 ducha por semana, y cuanto más rápida mejor: el agua escaseaba y su calentamiento resultaba aún bastante caro. Algunos ingenieros colaboraban en el Comité de Distrito del barrio y proponían una integración con otros distritos limítrofes para así resolver mejor ese tipo de problemas: "economía de escala", lo llamaban. Pero aún existía mucha desconfianza respecto de la gente de otros barrios.
De modo que decidieron darse el placer de una ducha. Vic se lavó y secó su larga mata de pelo y Jorge se afeitó.
Aún quedaba pan humedecido que disponía de un par de días de antigüedad que pasaron por una sartén restregada de sobras de aceite y mantequilla. Y para beber aún les quedaba té, procedente de una lata de Lipton comprada, años hacía, en un hipermercado de la baja Navarra francesa y que traían ellos de su casa pirenaica de Arrechea.
- Si queremos comer algo, hoy habrá que hacer la cola. Y supongo que sé a quién le toca -declaró Vic Suarez.
- Esta mañana me pasaré por el Comité. Tengo que informar de mis contactos con los otros barrios –dijo Jorge Brassens, eludiendo la cuestión..
- Ya. Yo haré la cola del aprovisionamiento. Luego pasaré por la casa de Anabel.
- ¿Qué tal va? -preguntó Jorge Brassens interesado.
- Mejor. Tiende a creer que volverá a ver a sus hijos, la pobre. Como comprenderás yo no la disuado de esa posibilidad.
Había sido el desastre para la familia de Anabel, como para tantas otras. Su padre moría de un infarto, carente de atención médica; muy poco después se iba su madre, de pena. Pero lo peor era lo de sus hijos: desaparecieron una tarde del parque Berlín cuando estaban jugando. Se lo reprocharía siempre: "¿Por qué no estuve con ellos?" Al principio pensó que se trataba de un secuestro, pero nadie se puso en contacto con Anabel. Y habían pasado 5 meses desde entonces.
Se dieron un beso de despedida en la puerta.
"Cuídate", se dijeron. Nos vemos luego, a la hora de comer.
Tenían derecho a 2 ducha por semana, y cuanto más rápida mejor: el agua escaseaba y su calentamiento resultaba aún bastante caro. Algunos ingenieros colaboraban en el Comité de Distrito del barrio y proponían una integración con otros distritos limítrofes para así resolver mejor ese tipo de problemas: "economía de escala", lo llamaban. Pero aún existía mucha desconfianza respecto de la gente de otros barrios.
De modo que decidieron darse el placer de una ducha. Vic se lavó y secó su larga mata de pelo y Jorge se afeitó.
Aún quedaba pan humedecido que disponía de un par de días de antigüedad que pasaron por una sartén restregada de sobras de aceite y mantequilla. Y para beber aún les quedaba té, procedente de una lata de Lipton comprada, años hacía, en un hipermercado de la baja Navarra francesa y que traían ellos de su casa pirenaica de Arrechea.
- Si queremos comer algo, hoy habrá que hacer la cola. Y supongo que sé a quién le toca -declaró Vic Suarez.
- Esta mañana me pasaré por el Comité. Tengo que informar de mis contactos con los otros barrios –dijo Jorge Brassens, eludiendo la cuestión..
- Ya. Yo haré la cola del aprovisionamiento. Luego pasaré por la casa de Anabel.
- ¿Qué tal va? -preguntó Jorge Brassens interesado.
- Mejor. Tiende a creer que volverá a ver a sus hijos, la pobre. Como comprenderás yo no la disuado de esa posibilidad.
Había sido el desastre para la familia de Anabel, como para tantas otras. Su padre moría de un infarto, carente de atención médica; muy poco después se iba su madre, de pena. Pero lo peor era lo de sus hijos: desaparecieron una tarde del parque Berlín cuando estaban jugando. Se lo reprocharía siempre: "¿Por qué no estuve con ellos?" Al principio pensó que se trataba de un secuestro, pero nadie se puso en contacto con Anabel. Y habían pasado 5 meses desde entonces.
Se dieron un beso de despedida en la puerta.
"Cuídate", se dijeron. Nos vemos luego, a la hora de comer.
lunes, 20 de julio de 2009
Intercambio de solsticios (23)
Miguel -a secas- había sido su escolta desde hacía varios años. Era como su sombra protectora y jamás se alejaba de él. Había tomado a Jorge Brassens bajo su protección, aunque muchas veces era este en realidad quien protegía a su escolta de las constantes tentativas de cambio en su "status" que Miguel recibía por parte de su empresa.
Se llevaban bien. Tenían una especie de pacto no escrito ni hablado: Miguel sólo disfrutaba de vacaciones cuando Jorge Brassens abandonaba el País Vasco y, a cambio, hacía la vista gorda con los paseos solitarios da perro o las citas sin control de seguridad con alguna chica refractaria a ese mundo de protectores y protegidos que se había generalizado en el País Vasco.
Miguel le llamaba para preguntar por su situación. "Ahora vivo en Madrid", le había explicado Jorge Brassens. Y le pedía a su vez información sobre su persona.
- Ahí estamos -contestaba Miguel-, peleando con la empresa. A propósito. ¿Se acuerda usted de Juan Carlos? Pues se ha intentado suicidar...
Eran todos aquellos recuerdos que el tiempo había convertido en historia. Y es que a veces no hace falta que transcurran demasiados años, basta con que pasen algunos meses para que determinados acontecimientos parezcan recubiertos por la pátina del pasado, y lo vivido entonces corresponda simplemente a otra vida.
ñn efecto, habían pasado sólo 2 anos cuando Jorge Brassens soltaba amarras con el partido conservador y se enrolaba al nuevo Partido del Progreso. Incluido ahora en la ejecutiva nacional de este último partido, sus viajes a Madrid se hacían más frecuentes. Para ello utilizaba los servicios de los escoltas: su nombre, asociado ahora a la disidencia política, salía con frecuencia en los periódicos.
En uno de esos viajes, habían detenido el coche en algún punto intermedio entre Bilbao y Madrid. Jorge Brassens también salía a estirar las piernas. A lo lejos, los 2 escoltas parecían discutir de forma airada.
Pasaban más de 15 minutos cuando Jorge Brassens se dirigía a Miguel, urgiéndole a reemprender el viaje.
Ya en el coche, Miguel continuaba la interrumpida conversación con su compañero. Primero en voz baja, casi cuchicheando. Pero muy pronto, muy cerca del grito.
- No puedo más. Este va a acabar conmigo.
Jorge Brassens volvió de su pensamiento ensimismado a la realidad.
- ¿Qué pasa? -preguntó- ¿quién es "este"?
- Este, Juan Carlos -contestaría Miguel.
- ¿Y qué le pasa?
- Nada. Que dice "este señor" que no quiere poner a la disposición de la empresa su carné de conducir... Y me carga con todo el trabajo.
- No entiendo -observaría Brassens-. ¿Para ser escolta no se exige el carné de conducir?
- Claro -contestó Miguel ante el mutismo del otro escolta.
- ¿Y por qué no lo usa usted en el trabajo, Juan Carlos?
- Porque no lo quiero poner a la disposición de la empresa -fue toda su respuesta.
- Pues no entiendo nada -concluyó.
- Y hay más, don Jorge -siguió Miguel.
- ¿Qué cosa?
- Pues que me ha amenazado de muerte -informó Miguel.
Jorge Brassens volvió a hundirse en sus cavilaciones. ¡En qué lío se estaba metiendo!
Por de pronto había que tomar una decisión: esos viajes debían acabar hasta nueva orden.
Hubo juicio y Juan Carlos quedaría absuelto por falta de pruebas.
Pero la empresa, sorda ante los constantes requerimientos de Miguel, les mantuvo mucho tiempo juntos en el mismo servicio. De todo eso le hablaría su antiguo escolta a Jorge Brassens, que seguía sin entender nada de aquella historia.
Se llevaban bien. Tenían una especie de pacto no escrito ni hablado: Miguel sólo disfrutaba de vacaciones cuando Jorge Brassens abandonaba el País Vasco y, a cambio, hacía la vista gorda con los paseos solitarios da perro o las citas sin control de seguridad con alguna chica refractaria a ese mundo de protectores y protegidos que se había generalizado en el País Vasco.
Miguel le llamaba para preguntar por su situación. "Ahora vivo en Madrid", le había explicado Jorge Brassens. Y le pedía a su vez información sobre su persona.
- Ahí estamos -contestaba Miguel-, peleando con la empresa. A propósito. ¿Se acuerda usted de Juan Carlos? Pues se ha intentado suicidar...
Eran todos aquellos recuerdos que el tiempo había convertido en historia. Y es que a veces no hace falta que transcurran demasiados años, basta con que pasen algunos meses para que determinados acontecimientos parezcan recubiertos por la pátina del pasado, y lo vivido entonces corresponda simplemente a otra vida.
ñn efecto, habían pasado sólo 2 anos cuando Jorge Brassens soltaba amarras con el partido conservador y se enrolaba al nuevo Partido del Progreso. Incluido ahora en la ejecutiva nacional de este último partido, sus viajes a Madrid se hacían más frecuentes. Para ello utilizaba los servicios de los escoltas: su nombre, asociado ahora a la disidencia política, salía con frecuencia en los periódicos.
En uno de esos viajes, habían detenido el coche en algún punto intermedio entre Bilbao y Madrid. Jorge Brassens también salía a estirar las piernas. A lo lejos, los 2 escoltas parecían discutir de forma airada.
Pasaban más de 15 minutos cuando Jorge Brassens se dirigía a Miguel, urgiéndole a reemprender el viaje.
Ya en el coche, Miguel continuaba la interrumpida conversación con su compañero. Primero en voz baja, casi cuchicheando. Pero muy pronto, muy cerca del grito.
- No puedo más. Este va a acabar conmigo.
Jorge Brassens volvió de su pensamiento ensimismado a la realidad.
- ¿Qué pasa? -preguntó- ¿quién es "este"?
- Este, Juan Carlos -contestaría Miguel.
- ¿Y qué le pasa?
- Nada. Que dice "este señor" que no quiere poner a la disposición de la empresa su carné de conducir... Y me carga con todo el trabajo.
- No entiendo -observaría Brassens-. ¿Para ser escolta no se exige el carné de conducir?
- Claro -contestó Miguel ante el mutismo del otro escolta.
- ¿Y por qué no lo usa usted en el trabajo, Juan Carlos?
- Porque no lo quiero poner a la disposición de la empresa -fue toda su respuesta.
- Pues no entiendo nada -concluyó.
- Y hay más, don Jorge -siguió Miguel.
- ¿Qué cosa?
- Pues que me ha amenazado de muerte -informó Miguel.
Jorge Brassens volvió a hundirse en sus cavilaciones. ¡En qué lío se estaba metiendo!
Por de pronto había que tomar una decisión: esos viajes debían acabar hasta nueva orden.
Hubo juicio y Juan Carlos quedaría absuelto por falta de pruebas.
Pero la empresa, sorda ante los constantes requerimientos de Miguel, les mantuvo mucho tiempo juntos en el mismo servicio. De todo eso le hablaría su antiguo escolta a Jorge Brassens, que seguía sin entender nada de aquella historia.
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