Apenas la conocía. De modo que fue ella la que se acercaba a mí ese sábado, cuando unas quinientas personas desafiábamos la lluvia intermitente de esta primavera de Madrid, en un acto que organizaba la AVT pero que monopolizaba lo que se ha venido en denominar la derecha del PP.
Surgió Christina de aquella nube de banderas rojigualdas para decirme:
- ¿Eres hermano de Antonio? Es que sois iguales…
- Sí –le contesté-. Aunque creo que somos los que menos nos parecemos.
- Yo soy Christina Heerenberg –anunciaría ella antes de plantarme los consabidos dos besos.
- ¡Hombre, Christina! –contesté.
Era un nombre el de Christina Heerenberg que se vinculaba a mi hermano –ese al que creía yo parecerme tan poco- y que me recordaba aquella noche de Bilbao, cuando Antonio pretendía, de forma desesperada, iniciar una relación con aquella chica, que su padre estaba determinado a impedir a toda costa. Uno se podía imaginar perfectamente cómo un adusto señor alemán veía con malos ojos que pretendiera a su bella hija un muchacho de familia bien, pero un tanto desconcertante y anárquico, que pretendía dedicar su tiempo a la literatura.
Antonio marcaba el teléfono de Christina y la única voz que encontraba al otro lado del hilo telefónico era la de su padre. Y ahí pinchaba en hueso.
Exasperado, y ante la atónita mirada de tres de sus hermanos menores, Antonio requisaba del mueble-bar del salón una botella de cognac que mi padre reservaba para los invitados; la enarbolaba como un triunfo y se servía una contundente copa. No fue feliz, sin embargo, esa idea y le salía el vino triste. Los tres espectadores no bebimos: o carecíamos de edad o simplemente no teníamos ganas.
Antonio rellenó su copa y se sintió con fuerza etílica suficiente como para reintentar el contacto. Quisimos impedírselo y él se hundió en el sofá pensado que le perseguía una especie de conjura en contra de su amor por Christina.
Y ahora, andando el tiempo, esa misma chica por la que el tiempo –ese traidor que desfigura nuestros trazos- ha dejado su inevitable huella, me dice que sigue en contacto con Antonio, que frecuenta su amistad. Y yo creo entonces en que es posible eso que dicen otros no lo es: una buena relación entre hombre y mujer más allá de los encuentros y desencuentros de las parejas de cualesquiera condiciones.
Me preguntó Christina por mi condición de militante del Partido del Progreso, le dije que lo era y se perdió en el bosque de banderas españolas envueltas por las proclamas de los concejales vascos del PP.
Y, apenas una semana después, la misma Christina, enfundada en una camiseta de color magenta, me felicitaba por el resultado electoral de nuestro partido. Estábamos los dos en el madrileño hotel Villarreal, donde nos concentrábamos para el seguimiento de los resultados. También Christina compartía simpatía por el proyecto que estábamos ayudando a construir.
Y también desaparecía ella, detrás de la gente que se apretujaba junto al estrado para escuchar a Rosa en esa noche feliz.
jueves, 9 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (195)
Arrechea, 12 de agosto de 2003
Querida Lorsen:
Esta es la primera carta que te escribo desde nuestra casa de Arrechea, donde estoy pasando unos días de vacaciones huyendo del calor insoportable que sufro en Bilbao y especialmente en el apartamento.
Mi llegada a Bilbao fue ciertamente muy difícil. Acostumbrado a una temperatura corporal de 25 grados, pasé a los cuarenta y cinco en sólo un par de horas. El caso es que tuve una especie de “salmonella” que concluyó el día siguiente. Encontré muy bien a Pilar, a tu padre preocupado con su hernia –aunque nunca se sabe con él dónde termina el cuento y empieza el sufrimiento de verdad- y a Gaby bien pero obsesionada –esa es una constante habitual entre las mujeres Von Lorensen- con el abandono de Maruri de Jaime Larrínaga.
Salí de Bilbao para participar en una escuela de verano en El Escorial. No estoy muy contento con mi actuación. La verdad es que no me encuentro bien anímicamente y las elevadas temperaturas me hacen profundizar en la depresión. Lo cierto es que no me expliqué adecuadamente. Es verdad que después de la cena, tomamos una copa y nos fuimos a bailar. Rosa Díez es una mujer marchosa donde las haya y aunque abandonó el grupo relativamente pronto, el resto aguantamos hasta más allá de las cuatro de la madrugada.
El día siguiente comí en Madrid con mi primo Alfonso Zunzunegui, que ha perdido sus vacaciones de agosto por atender a una hija suya que está saliendo de un proceso de drogadicción. Me sorprendió el número de coincidencias que tenemos, claro que yo tengo unos 25 años menos que él, nos quedamos viudos prácticamente con la misma edad y –me lo reconoció- él padeció como consecuencia una aguda depresión –yo voy hacia ella de forma más o menos clara.
Afortunadamente en Arrechea se respira. Por la noche refresca aunque todo el mundo evita estar en la calle en las horas centrales del día. Yo salgo a pasear hacia las diez o diez y media de la mañana y a las ocho.
He encargado ya la misa por ti en Roncesvalles para el próximo martes. Coincidirá con la del peregrino, por la tarde.
Apenas he visto a veraneantes. Sólo a tu amiga Cristina Rodríguez, que tiene una exposición en el centro de cultura del pueblo, y me ha llamado Fina Villalonga. Quizás hoy les dé por pasar por casa a todos. Procuraré evitarlo, si puedo.
Te seguiré contando lo que pase. Es inútil decirte que todo son recuerdos tuyos, que te echo infinitamente de menos y que te sigo queriendo cada vez más.
Como siempre, un beso muy grande.
Querida Lorsen:
Esta es la primera carta que te escribo desde nuestra casa de Arrechea, donde estoy pasando unos días de vacaciones huyendo del calor insoportable que sufro en Bilbao y especialmente en el apartamento.
Mi llegada a Bilbao fue ciertamente muy difícil. Acostumbrado a una temperatura corporal de 25 grados, pasé a los cuarenta y cinco en sólo un par de horas. El caso es que tuve una especie de “salmonella” que concluyó el día siguiente. Encontré muy bien a Pilar, a tu padre preocupado con su hernia –aunque nunca se sabe con él dónde termina el cuento y empieza el sufrimiento de verdad- y a Gaby bien pero obsesionada –esa es una constante habitual entre las mujeres Von Lorensen- con el abandono de Maruri de Jaime Larrínaga.
Salí de Bilbao para participar en una escuela de verano en El Escorial. No estoy muy contento con mi actuación. La verdad es que no me encuentro bien anímicamente y las elevadas temperaturas me hacen profundizar en la depresión. Lo cierto es que no me expliqué adecuadamente. Es verdad que después de la cena, tomamos una copa y nos fuimos a bailar. Rosa Díez es una mujer marchosa donde las haya y aunque abandonó el grupo relativamente pronto, el resto aguantamos hasta más allá de las cuatro de la madrugada.
El día siguiente comí en Madrid con mi primo Alfonso Zunzunegui, que ha perdido sus vacaciones de agosto por atender a una hija suya que está saliendo de un proceso de drogadicción. Me sorprendió el número de coincidencias que tenemos, claro que yo tengo unos 25 años menos que él, nos quedamos viudos prácticamente con la misma edad y –me lo reconoció- él padeció como consecuencia una aguda depresión –yo voy hacia ella de forma más o menos clara.
Afortunadamente en Arrechea se respira. Por la noche refresca aunque todo el mundo evita estar en la calle en las horas centrales del día. Yo salgo a pasear hacia las diez o diez y media de la mañana y a las ocho.
He encargado ya la misa por ti en Roncesvalles para el próximo martes. Coincidirá con la del peregrino, por la tarde.
Apenas he visto a veraneantes. Sólo a tu amiga Cristina Rodríguez, que tiene una exposición en el centro de cultura del pueblo, y me ha llamado Fina Villalonga. Quizás hoy les dé por pasar por casa a todos. Procuraré evitarlo, si puedo.
Te seguiré contando lo que pase. Es inútil decirte que todo son recuerdos tuyos, que te echo infinitamente de menos y que te sigo queriendo cada vez más.
Como siempre, un beso muy grande.
martes, 7 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (194)
- Estamos ante un asunto muy delicado –dijo el presidente del Consejo de Distrito de Chamberí-, realmente quizás el más delicado a los que hemos tenido que enfrentarnos. Ya sabéis que yo siempre he sido partidario de la prudencia, ciertamente. Y también de la libertad. La unión de estos dos principios, realmente, creo que es lo que nos ha conducido a donde estamos hoy en día. Nadie puede sentirse totalmente satisfecho, ciertamente, pero todos al mismo tiempo debemos mostrar nuestra satisfacción porque en este Madrid que se está viniendo abajo a pedazos, realmente como si hubiera caído sobre nosotros una bomba atómica, estamos saliendo adelante. Hay una cierta libertad económica entre nosotros, hay iniciativa privada; y hay libertad política: tenemos una asamblea de distrito, la gente se está empezando a organizar en asociaciones o partidos…
- No sé si eso es muy bueno –observaría de forma incidental, el Consejero de Abastos, conocido por su filiación más que derechista-. Fue ahí donde empezaría todo este desastre…
- Supongo que luego tendrás tu oportunidad de intervenir, Consejero. Ahora ten un poco de respeto a tu presidente… Pues bien, como iba diciendo, tenemos asociaciones políticas y las próximas elecciones podrán celebrarse en una competición entre estas. Poco a poco vamos edificando el edificio de las libertades en este mundo en el que parecía imposible recuperarlas. Estamos reconstruyendo la civilización, realmente. Nada menos que eso.
Juan Andrés Sánchez tomó un largo trago de “Chambe-cola” antes de proseguir.
- Pero estamos en el camino. El trabajo que estamos desarrollando está siendo muy intenso, ciertamente. Y nadie sabe lo que puede pasar si esto se interrumpe. Nadie sabe lo que realmente podría ocurrir si destinamos todos, o casi todos nuestros recursos a enfrentarnos contra otro Distrito. Quizás para algunos sea bueno. No en vano, en ciertos momentos de crisis, la guerra se convierte en un procedimiento de salida a la crisis. Pero yo, realmente, soy un convencido del valor de la paz. ¿Qué podemos hacer? ¿Dejar que los chamartinenses se devoren entre ellos? ¿Intervenir en sus disputas internas? En el primero de los casos, ¿no sería esa decisión una permisión a que triunfe en ese Distrito la dictadura de Cardidal y sus hombres? Pero la segunda posibilidad podría derivar, realmente, en que abortase, y perdonad la expresión, el crecimiento que a duras penas estamos consiguiendo. ¿Hay alguna vía intermedia? Ciertamente que me gustaría que existiera, aunque realmente no la encuentro.
Sánchez se quedó en silencio durante unos segundos, antes de afirmar:
- Me gustaría conocer vuestra opinión.
- No sé si eso es muy bueno –observaría de forma incidental, el Consejero de Abastos, conocido por su filiación más que derechista-. Fue ahí donde empezaría todo este desastre…
- Supongo que luego tendrás tu oportunidad de intervenir, Consejero. Ahora ten un poco de respeto a tu presidente… Pues bien, como iba diciendo, tenemos asociaciones políticas y las próximas elecciones podrán celebrarse en una competición entre estas. Poco a poco vamos edificando el edificio de las libertades en este mundo en el que parecía imposible recuperarlas. Estamos reconstruyendo la civilización, realmente. Nada menos que eso.
Juan Andrés Sánchez tomó un largo trago de “Chambe-cola” antes de proseguir.
- Pero estamos en el camino. El trabajo que estamos desarrollando está siendo muy intenso, ciertamente. Y nadie sabe lo que puede pasar si esto se interrumpe. Nadie sabe lo que realmente podría ocurrir si destinamos todos, o casi todos nuestros recursos a enfrentarnos contra otro Distrito. Quizás para algunos sea bueno. No en vano, en ciertos momentos de crisis, la guerra se convierte en un procedimiento de salida a la crisis. Pero yo, realmente, soy un convencido del valor de la paz. ¿Qué podemos hacer? ¿Dejar que los chamartinenses se devoren entre ellos? ¿Intervenir en sus disputas internas? En el primero de los casos, ¿no sería esa decisión una permisión a que triunfe en ese Distrito la dictadura de Cardidal y sus hombres? Pero la segunda posibilidad podría derivar, realmente, en que abortase, y perdonad la expresión, el crecimiento que a duras penas estamos consiguiendo. ¿Hay alguna vía intermedia? Ciertamente que me gustaría que existiera, aunque realmente no la encuentro.
Sánchez se quedó en silencio durante unos segundos, antes de afirmar:
- Me gustaría conocer vuestra opinión.
lunes, 6 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (193)
Opera en la calle del glorioso General Martinez Campos, más concretamente en su confluencia con el Paseo de la Castellana. Es un hombre afable y de andar aún vigoroso. Se podría llamar Julián.
Julián viste correctamente, con su chaqueta y su corbata, y su edad -se diría que frisa ya los setenta- predispone a la confianza.
Lo he visto en tres ocasiones y siempre me saluda. La primera vez me abordó en la calle de Velázquez, esquina con. Padilla. Se da el caso de que por lo general procuro evitar a quienes pretenden una limosna, pienso que -aún con sus deficiencias- el vigente estado del bienestar de que disponemos en España permite por ahora un razonable apoyo que impide la marginación de los más excluidos -y me consta que este sistema se financia también con mis impuestos.
Pero la buena pinta y la afabilidad del sujeto me detuvieron en seco.
- Soy Julián -empezó-. ¿No se acuerda de mí? Trabajaba de camarero en la cafeteria Lepanto...
(No pretendan localizar el establecimiento, al menos en Madrid, se trata de un nombre figurado).
- Pues ahora no me acuerdo -le contesté un tanto aturdido. Todo era posible: a los cincuenta y cuatro años había conocido muchas cafeterías, restaurantes y bares de todo tipo, y más en ese Madrid inmenso en que apenas si conoces lo que te ofrece tu barrio...
- Pues yo sí que me acuerdo de usted. ¿Qué tal esta? –prosiguió Julián, como ateniéndose a un guión perfectamente prefigurado.
- Muy bien... ¿Y usted? -era una contestación de la que fui inmediatamente consciente de su inoportunidad para conmigo mismo: esa persona podía resultar un embaucador de mi buena fe.
- Figúrese -fue la respuesta de Julián-. Después de servir más de veinte años en ese local, los dueños del Lepanto sólo habían cotizado los últimos cinco por mí y ahora estoy jubilado con una pensión ridícula, poco más de trescientos euros.
- ¡Qué barbaridad! -acerté a contestar.
- Y aquí me tiene usted -continuaría Julián desarrollando su bien aprendida historia-. Pidiendo una ayuda a mis antiguos clientes.
- Ya… -dije yo, echando mano de mi cartera y extrayendo de ella un billete de cinco euros.
Julián observó con curiosidad mi actuación.
- ¿Sólo me puede dar esto? -preguntaría entonces con estudiada sorpresa-. Mire que...
i- Lo siento. No puedo permitirme una ayuda mayor -le dije. Estreché una mano que el ni siquiera me tendía y proseguí mi camino.
Con el rabillo del ojo observé que Julián habia detenido el vacilante paseo de otro viandante.
Han pasado casi tres años desde esta historia. Hace escasamente un par de semanas me encontraba otra vez con Julián. A diferencia de la primera ocasión, esta vez fue el presunto ex camarero del Lepanto el que se dirigía a mi encuentro.
- No se si se acuerda de mí... -empezaría de nuevo.
- No, lo siento. No le recuerdo en absoluto –respondí en esta ocasión, le hice un quiebro y me fui hacia la cafetería El Yate, que ya conocía algo más que el Lepanto.
Julián viste correctamente, con su chaqueta y su corbata, y su edad -se diría que frisa ya los setenta- predispone a la confianza.
Lo he visto en tres ocasiones y siempre me saluda. La primera vez me abordó en la calle de Velázquez, esquina con. Padilla. Se da el caso de que por lo general procuro evitar a quienes pretenden una limosna, pienso que -aún con sus deficiencias- el vigente estado del bienestar de que disponemos en España permite por ahora un razonable apoyo que impide la marginación de los más excluidos -y me consta que este sistema se financia también con mis impuestos.
Pero la buena pinta y la afabilidad del sujeto me detuvieron en seco.
- Soy Julián -empezó-. ¿No se acuerda de mí? Trabajaba de camarero en la cafeteria Lepanto...
(No pretendan localizar el establecimiento, al menos en Madrid, se trata de un nombre figurado).
- Pues ahora no me acuerdo -le contesté un tanto aturdido. Todo era posible: a los cincuenta y cuatro años había conocido muchas cafeterías, restaurantes y bares de todo tipo, y más en ese Madrid inmenso en que apenas si conoces lo que te ofrece tu barrio...
- Pues yo sí que me acuerdo de usted. ¿Qué tal esta? –prosiguió Julián, como ateniéndose a un guión perfectamente prefigurado.
- Muy bien... ¿Y usted? -era una contestación de la que fui inmediatamente consciente de su inoportunidad para conmigo mismo: esa persona podía resultar un embaucador de mi buena fe.
- Figúrese -fue la respuesta de Julián-. Después de servir más de veinte años en ese local, los dueños del Lepanto sólo habían cotizado los últimos cinco por mí y ahora estoy jubilado con una pensión ridícula, poco más de trescientos euros.
- ¡Qué barbaridad! -acerté a contestar.
- Y aquí me tiene usted -continuaría Julián desarrollando su bien aprendida historia-. Pidiendo una ayuda a mis antiguos clientes.
- Ya… -dije yo, echando mano de mi cartera y extrayendo de ella un billete de cinco euros.
Julián observó con curiosidad mi actuación.
- ¿Sólo me puede dar esto? -preguntaría entonces con estudiada sorpresa-. Mire que...
i- Lo siento. No puedo permitirme una ayuda mayor -le dije. Estreché una mano que el ni siquiera me tendía y proseguí mi camino.
Con el rabillo del ojo observé que Julián habia detenido el vacilante paseo de otro viandante.
Han pasado casi tres años desde esta historia. Hace escasamente un par de semanas me encontraba otra vez con Julián. A diferencia de la primera ocasión, esta vez fue el presunto ex camarero del Lepanto el que se dirigía a mi encuentro.
- No se si se acuerda de mí... -empezaría de nuevo.
- No, lo siento. No le recuerdo en absoluto –respondí en esta ocasión, le hice un quiebro y me fui hacia la cafetería El Yate, que ya conocía algo más que el Lepanto.
viernes, 3 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (192)
Lanzarote, 1 de agosto de 2003.
Querida Lorsen;
Como ves empieza el mes de agosto y termina mi período de vacaciones en esta isla. Me voy el domingo.. Creo que viajaré en autobús a Madrid el día 7, en que participo en un curso de verano en El Escorial, y que no iré a Mallorca, donde me habían invitado los Areilza.
Salgo de aquí con una impresión ambigua, quizás menos triste que en Navidades. Pero es que las vacaciones me acercan a tu recuerdo, tal vez porque precisamente era en estos momentos cuando más cercanos nos encontrábamos.
He cenado una vez con Mario Onaindía –lo haré mañana de nuevo-, dos veces con Antonio Lorenzo y sus amigos y una con Cristina y Álvaro Aguirre, Nuevamente Bècaud me ha salvado del desastre. Sigo pensando en el suicidio y además se están planteando problemas políticos que a lo mejor no me dejan más remedio que dimitir para salvar mi dignidad en lo personal. En resumen, no consigo cargar las pilas, debo estar en los huesos y ese mismo ser escuálido que vino a Lanzarote se vuelve a Bilbao cargado de contradicciones y desesperanzas.
Hablé con Jaime Larrínaga. Ha admitido que le saquen de Maruri y le destinen a Las Reparadoras, en Las Arenas. Es otra batalla que ha ganado el nacionalismo rural, apoyado por la Iglesia. Te alegrarás al saber que en mi declaración de la renta he pedido que no se pague a la institución eclesial ni un euro. Seguro que tú hubieras hecho lo mismo.
En cada paseo surges tú, en cada página que leo estás tú y a veces sales en mis sueños –cosa que me alegra mucho: por lo menos tengo la sensación de que todavía sigues aquí, conmigo, que no me has dejado definitivamente, aunque luego el despertar resulte muy diferente.
Un beso muy grande.
Querida Lorsen;
Como ves empieza el mes de agosto y termina mi período de vacaciones en esta isla. Me voy el domingo.. Creo que viajaré en autobús a Madrid el día 7, en que participo en un curso de verano en El Escorial, y que no iré a Mallorca, donde me habían invitado los Areilza.
Salgo de aquí con una impresión ambigua, quizás menos triste que en Navidades. Pero es que las vacaciones me acercan a tu recuerdo, tal vez porque precisamente era en estos momentos cuando más cercanos nos encontrábamos.
He cenado una vez con Mario Onaindía –lo haré mañana de nuevo-, dos veces con Antonio Lorenzo y sus amigos y una con Cristina y Álvaro Aguirre, Nuevamente Bècaud me ha salvado del desastre. Sigo pensando en el suicidio y además se están planteando problemas políticos que a lo mejor no me dejan más remedio que dimitir para salvar mi dignidad en lo personal. En resumen, no consigo cargar las pilas, debo estar en los huesos y ese mismo ser escuálido que vino a Lanzarote se vuelve a Bilbao cargado de contradicciones y desesperanzas.
Hablé con Jaime Larrínaga. Ha admitido que le saquen de Maruri y le destinen a Las Reparadoras, en Las Arenas. Es otra batalla que ha ganado el nacionalismo rural, apoyado por la Iglesia. Te alegrarás al saber que en mi declaración de la renta he pedido que no se pague a la institución eclesial ni un euro. Seguro que tú hubieras hecho lo mismo.
En cada paseo surges tú, en cada página que leo estás tú y a veces sales en mis sueños –cosa que me alegra mucho: por lo menos tengo la sensación de que todavía sigues aquí, conmigo, que no me has dejado definitivamente, aunque luego el despertar resulte muy diferente.
Un beso muy grande.
jueves, 2 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (191)
Sidi Ben Bachat fue conducido a la fuerza a un recinto situado junto a la entrada de la antigua estación de Chamartín, en el lugar donde existía un antiguo bar, muy cerca de donde paraban los taxis a recoger a los viajeros: se trataba de la comisaría del Distrito, una especie de Black Beach ecuatoguineana, bien protegida de los ruidos que procedían del exterior, pero aún mejor aislada de los aullidos de terror que algunos prisioneros lanzaban al vacío, quizás para ahuyentar, siquiera por un momento, el dolor por las torturas que les infligían.
Porque los servicios de Cardidal, en ese reducto del que apenas nadie que tuviera algo que ver con el Consejo de Distrito conocía realmente, experimentaban con el dolor humano de modo parecido al que los nazis alemanes habían desarrollado durante el Tercer Reich. Pero no había en aquellos utilidad alguna –si es que pudiera llegar a ser útil la provocación del espanto-, salvo quizás para ellos mismos: por conocer los límites de la resistencia humana, allí donde la voluntad se rinde a la perversión y el ser humano se degrada hasta lo imposible, modificando sus declaraciones al albur de los deseos de su torturador, bastándole para ello la sola contemplación del instrumento del terror.
Y es que los nazis que dirigían los campos de concentración habían integrado los mismos centros de exterminio en su sistema productivo. Y no sólo se trataba de que la escasa grasa sobrante en los cuerpos de los judíos se convrtiera en jabón, era que los tullidos servían de experimento para las compañías farmacéuticas, como conejillos de indias humanos, primero, y luego, cualquier otro desheredado de la tierra servía a ese objeto.
Los hombres de Cardidal se ensañaban con sus presos para obtener de ellos el dinero que se decía que poseían. Empezaron por reclamarlo desde las aspiraciones de sus legítimos dueños. ¿Pero qué pasaba si –dado el caso de que fuera recuperado por ellos- no se entregaba a sus propietarios? Nada. Así que fueron perfeccionando su técnica: se quedaron con el dinero y después simplemente lo robaban.
Y luego se fue extendiendo el asunto a la más lamentable depravación y se facilitaba amplia cobertura a los instintos de los guardianes: la tortura como simple instrumento del sadismo como desviación sexual o simplemente como amenaza para que la mujer, la joven, incluso la niña, o el niño, sirvieran de amantes de sus más heterogéneas depravaciones.
No tenían, sin embargo, prisioneros políticos. Hasta aquel momento, desde luego. Porque no hay dictadura que se precie sin su buena ración de presos de conciencia.
Bachat sería alojado en una de las mazmorras de ese centro de reclusión.
Porque los servicios de Cardidal, en ese reducto del que apenas nadie que tuviera algo que ver con el Consejo de Distrito conocía realmente, experimentaban con el dolor humano de modo parecido al que los nazis alemanes habían desarrollado durante el Tercer Reich. Pero no había en aquellos utilidad alguna –si es que pudiera llegar a ser útil la provocación del espanto-, salvo quizás para ellos mismos: por conocer los límites de la resistencia humana, allí donde la voluntad se rinde a la perversión y el ser humano se degrada hasta lo imposible, modificando sus declaraciones al albur de los deseos de su torturador, bastándole para ello la sola contemplación del instrumento del terror.
Y es que los nazis que dirigían los campos de concentración habían integrado los mismos centros de exterminio en su sistema productivo. Y no sólo se trataba de que la escasa grasa sobrante en los cuerpos de los judíos se convrtiera en jabón, era que los tullidos servían de experimento para las compañías farmacéuticas, como conejillos de indias humanos, primero, y luego, cualquier otro desheredado de la tierra servía a ese objeto.
Los hombres de Cardidal se ensañaban con sus presos para obtener de ellos el dinero que se decía que poseían. Empezaron por reclamarlo desde las aspiraciones de sus legítimos dueños. ¿Pero qué pasaba si –dado el caso de que fuera recuperado por ellos- no se entregaba a sus propietarios? Nada. Así que fueron perfeccionando su técnica: se quedaron con el dinero y después simplemente lo robaban.
Y luego se fue extendiendo el asunto a la más lamentable depravación y se facilitaba amplia cobertura a los instintos de los guardianes: la tortura como simple instrumento del sadismo como desviación sexual o simplemente como amenaza para que la mujer, la joven, incluso la niña, o el niño, sirvieran de amantes de sus más heterogéneas depravaciones.
No tenían, sin embargo, prisioneros políticos. Hasta aquel momento, desde luego. Porque no hay dictadura que se precie sin su buena ración de presos de conciencia.
Bachat sería alojado en una de las mazmorras de ese centro de reclusión.
miércoles, 1 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (190)
Eva Sancarlos encaraba los veinticinco con estimable fuerza. No habÍa quien se la pusiera por delante, ni siquiera su pareja, Rubén De Diego, que más parecía un sujeto silente y asintiente que otra cosa. Porque Eva había madurado de forma más que rápida en comparación con otras chicas de su edad, en una generación que ya se caracterizaba de manera general por su ausencia de madurez. ¿La causa? Sencillamente que sus padres fallecían en un accidente de tráfico cuando ella apenas había cumplido los quince y su hermano Darío tenía tres menos. Unos tíos lejanos asumieron la tutela de los huérfanos Sancarlos, aunque hay que decir que su protectora sombra nunca llegaría a ser alargada. En la práctica, Eva debió hacerse cargo de Darío, si bien sus tíos libraban el escaso patrimonio de sus padres cuando los hermanos lo requerían. Tuvieron lo necesario para su manutención, por lo tanto; en cuanto al cariño, se lo debieron ofrecer recíprocamente. Nadie más estaba dispuesto a hacerlo.
Cumplidos los dieciocho, Eva, acabaría con hacerse cargo de todo, lo práctico y lo jurídico. Concluía sus estudios y se colocaba de secretaria en una empresa de publicidad donde, sin apenas moverse de su mesa de trabajo, recibía -y aceptaba, por cierto- buena parte de las ofertas sexuales planteadas por sus compañeros, eso sí, con ese carácter abierto y no necesariamente
comprometido que es hoy en día habitual en esa generación. Y cuando aparecía Ruben en su vida lo pactaron -o más bien fue ella la que puso las condiciones-: "un polvo fuera de la pareja no supone nada; dos, con la misma persona, empieza a ser preocupante y, a partir del tercero, hay opción para la ruptura”. Claro que Rubén nunca había hecho uso del derecho a la "promiscuidad tolerada". Eva sí. Bastaba con un sugestivo encuentro de miradas en un bar cualquiera para que ella se acercara a la zona de la barra del que sería su próximo y eventual compañero de cama. Una breve llamada comunicaba a Rubén que esa noche no la esperara para la cena. Él era pretendidamente abierto y liberal, pero toleraba mal esos episodios que habían terminado por crear una buena cornamenta en sus sienes.
Rubén ejercía de pasante de un renombrado notario de la ciudad. Darío, su cuñado, trabajaba en una empresa de informática –tenían suerte: los tres mantenían incólumes por el momento sus puestos de trabajo-. En lo que se refiere a sus expansiones amorosas, el otro vástago Sancarlos estaba tan volcado en las relaciones sexuales esporádicas como su hermana, y desde su condición homosexual ese afán se multiplicaba. Frecuentaba de tal manera los bares de ambiente gay en el barrio de Malasaña que cada dos por tres se enamoraba "para toda la vida", por supuesto, de otro joven homosexual. Eva lo sabía y lo aceptaba, había ahí un gen familiar ocultado por sus tíos, pero no menos cierto, después de todo.
De modo que Eva, Darío y Rubén hacían un trío pandillero al que en ocasiones se podían agregar los novios eternos del segundo -una eternidad que apenas duraba dos o tres semanas-. Alguna vez Eva aparecía en el grupo con su amante de la noche anterior, pero lo evitaba por lo general: era consciente, después de todo, de que se trataba de un gesto de mal gusto y que a Rubén le horadaba internamente en su paciencia.
De modo que Alvaro -la pareja ocasional de Darío- se sumaba esa tarde de domingo al trío y se quejaba con amargura de esa hamburguesa a la que limpiaban un poco la mayonesa que la impregnaba. ¡Cómo estaba el servicio de la hostelería! Si bien, la amabilidad del encargado les reconciliaría con el local. Después de todo… un error lo tiene cualquiera, lo importante es reconocerlo.
Cumplidos los dieciocho, Eva, acabaría con hacerse cargo de todo, lo práctico y lo jurídico. Concluía sus estudios y se colocaba de secretaria en una empresa de publicidad donde, sin apenas moverse de su mesa de trabajo, recibía -y aceptaba, por cierto- buena parte de las ofertas sexuales planteadas por sus compañeros, eso sí, con ese carácter abierto y no necesariamente
comprometido que es hoy en día habitual en esa generación. Y cuando aparecía Ruben en su vida lo pactaron -o más bien fue ella la que puso las condiciones-: "un polvo fuera de la pareja no supone nada; dos, con la misma persona, empieza a ser preocupante y, a partir del tercero, hay opción para la ruptura”. Claro que Rubén nunca había hecho uso del derecho a la "promiscuidad tolerada". Eva sí. Bastaba con un sugestivo encuentro de miradas en un bar cualquiera para que ella se acercara a la zona de la barra del que sería su próximo y eventual compañero de cama. Una breve llamada comunicaba a Rubén que esa noche no la esperara para la cena. Él era pretendidamente abierto y liberal, pero toleraba mal esos episodios que habían terminado por crear una buena cornamenta en sus sienes.
Rubén ejercía de pasante de un renombrado notario de la ciudad. Darío, su cuñado, trabajaba en una empresa de informática –tenían suerte: los tres mantenían incólumes por el momento sus puestos de trabajo-. En lo que se refiere a sus expansiones amorosas, el otro vástago Sancarlos estaba tan volcado en las relaciones sexuales esporádicas como su hermana, y desde su condición homosexual ese afán se multiplicaba. Frecuentaba de tal manera los bares de ambiente gay en el barrio de Malasaña que cada dos por tres se enamoraba "para toda la vida", por supuesto, de otro joven homosexual. Eva lo sabía y lo aceptaba, había ahí un gen familiar ocultado por sus tíos, pero no menos cierto, después de todo.
De modo que Eva, Darío y Rubén hacían un trío pandillero al que en ocasiones se podían agregar los novios eternos del segundo -una eternidad que apenas duraba dos o tres semanas-. Alguna vez Eva aparecía en el grupo con su amante de la noche anterior, pero lo evitaba por lo general: era consciente, después de todo, de que se trataba de un gesto de mal gusto y que a Rubén le horadaba internamente en su paciencia.
De modo que Alvaro -la pareja ocasional de Darío- se sumaba esa tarde de domingo al trío y se quejaba con amargura de esa hamburguesa a la que limpiaban un poco la mayonesa que la impregnaba. ¡Cómo estaba el servicio de la hostelería! Si bien, la amabilidad del encargado les reconciliaría con el local. Después de todo… un error lo tiene cualquiera, lo importante es reconocerlo.
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