Bilbao, 4 de mayo de 2003.
Querida Lorsen:
Te escribo a mi regreso de Arrechea con una sensación agridulce después de este mi primer cumpleaños sin ti. Hasta esta ocasión no he sido consciente de lo que significabas tú en esa casa: Tus cuadros –por cierto, me he traído tus últimos lienzos para ponerlos en Lanzarote-, la colección de fotografías en las que apareces tú o gente de tu familia, tus trazos en la puerta del salón, en la ventana que comunica a este con el comedor... Arrechea era y eres tú de tal manera que esa casa se ha quedado prendida a tu recuerdo para siempre.
Cenamos en el Pyrenées, y les expliqué a Patrick y a madame Arrambide que te habías ido. Por discreción no habían querido preguntar nada.
Me encontré en el Bar Gárate con los hermanos Villalonga al completo: Mariú, Juan, Fernando y Coco. Amenazaron con una visita por la tarde a casa, pero Eloy García no había llegado aún desde Madrid y yo no quería que se me fuera la ocasión de un paseo agradable en un pésame. Creo que lo percibieron muy bien, porque llamaron después –yo ya no estaba en casa- para decir que se les había complicado el día y que nos veríamos en verano.
Me siento bastante alejado de ellos, que no han tenido prácticamente ningún detalle conmigo. Una triste llamada dejada en un contestador, salvo Fina que intentaba hablar conmigo en repetidas ocasiones, hasta que fui yo mismo quien me puse en contacto con ella. Tu marcha me ha dicho muchas cosas respecto de algunas personas, porque tú no te has ido de cualquier manera, y así como ha habido quien ha aprovechado la oportunidad para tender puentes de reconciliación, los hay que no han querido entender nada en absoluto.
Hemos pasado por la Posada, hemos recorrido los paseos que conducen a la Fuente de la Teja, a Roncesvalles, el camino amarillo con final en las Tres Hayas y con vuelta sin más. He hablado con Tellechea –hay gente que le ha hablado de su interés por la casa-, con Javier Escribano –que acompañaba a su madre de paseo, la pobre invadida por el Alzheimer...
Como dijo el infante don Carlos, después de la última de las guerras carlistas: “Volveré”, pero no haré como él, que por fortuna se quedaba fuera de España para siempre. Yo no creo que nadie tiene derecho a que no abra mi casa en agosto –seguramente después de Lanzarote- y a que franquee la entrada a quienes más me convenga. Si tú y yo no fuimos capaces de “estropear” el verano a nadie, tampoco ese “nadie” me lo va a estropear a mí. De modo que tuerto apareceré en Arrechea –quizás con tu hermana Gaby- y con Bècaud para continuar con ese rito anual que interrumpimos en el verano pasado. Siempre pegado a tu recuerdo, mientras que tú sigues descansando en un profundo sueño del que ya no despertarás.
Pilar me ha recibido mal. No quería que le diera siquiera un beso, ni que me quedara con ella. Por lo visto creía que iba a aparecer con mi hermana Teresa... Aún creo que tolera de forma difícil mi presencia unida a tu ausencia. Tengo que reconocerte que no se trata de una visita agradable, que se me hace duro cuando dan las doce y el portero automático suena desde la calle para que baje y me meta en el coche que me conducirá a Cruces. Pilar prefiere ver a otra gente que no sea yo, a esas personas que no le recuerdan necesariamente a ti, aunque vea con naturalidad las fotos en las que tú apareces –conmigo, con ella, con Bècaud-, aunque no asome en ella ningún rictus de dolor en esos momentos. Pilar quiere -¿quién no?- que cualquier día dés por concluido tu largo viaje y toques a la puerta de la UCI. Y yo soy poco más que un recordatorio de ti, de las visitas que hacíamos juntos, de los regalos que tú me hacías a través de ella. Tú, siempre tú, presente y ausente, cercana y distante, alegre y triste, en ese agridulce recuerdo de mi primer cumpleaños sin que nadie me esperara con la ilusión de todos esos 30 de abril, con el periódico listo sobre la mesa de la cocina, el pan fresco y crujiente y algún dibujo-juego que debería por fuerza abrir antes de hacer ninguna otra cosa. Eso no se repite, salvo en el recuerdo de los días que fueron felices, de esos días que a base de repetirlos yo no les daba casi importancia. Creía que tu estarías ahí para siempre y que tu amor por mí se prolongaría hasta el final de mi existencia –siempre había pensado que me sobrevivirías, he cometido demasiados errores a lo largo de mi vida y ese era otro más.
Y aquí me tienes. Escribiendo una carta esta tarde de domingo, poco antes de que me lleve a Bècaud a casa de tu padre, antes de pasar una larga semana más que terminará en un fin de semana en el que Pilar volverá a estar presente –si la campaña electoral me permite la regularidad habitual, en todo caso la visitaré-. Pegado a ti, como una enredadera, pensando en el día de tu cumpleaños, en la flor que te regalaré –por cierto, el jardín de Arrechea estaba plagado de las florecillas amarillas que tanto nos gustaban, traté de cortar algunas en la mañana de ayer, pero aún no habían abierto sus pétalos al sol y no me las pude llevar para ofrecértelas, junto a tus cenizas, hasta que se marchitaran.
Me tienes aquí triste, solo, sin consuelo... Aunque consciente de que hay dos cosas que me atan a este insufrible infierno en que se ha convertido mi vida: Pilar –a pesar, ¡ay!, de sus desplantes- y la libertad para este pedazo de España. De lo contrario, si tú estuvieras en alguna parte, yo ya me habría reunido contigo, aunque fuera en ese sueño final que inevitablemente compartiremos algún día.
48 años y las hojas del calendario persisten en caer. Me faltas de tal manera que no quiero concluir esta carta, aunque no tenga mucho más que contarte. Sólo decirte una vez más que te quiero. Y enviarte un beso de despedida hasta la semana que viene, en la que la monotonía de las gestiones que se acumulan me aportará seguramente un poco más de serenidad.
jueves, 28 de abril de 2011
miércoles, 27 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (170)
Cristino Romerales le había entregado un enorme “Walkie-Talkie”, como esos que usaban en el ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial. Disponía de una cobertura de al menos cinco kilómetros y una batería que podía durar al menos veinte horas.
- Ten por seguro que antes de que transcurra ese plazo os llamaré –le aseguró.
Se trataba de un procedimiento más fiable que otro cualquiera. Según la información de que disponían en la Junta de Chamberí, el Departamento de Policía de Chamartín carecía por el momento de un servicio de escuchas telefónicas. “No son un diez en tecnología, precisamente”, comentaba Cristino con sorna. Pero la cosa tenía sus riesgos y ellos no podrían acceder al código cifrado en el que se producirían las conversaciones entre Brassens y Romerales.
- Aún así convendrá que seamos precavidos –insistía el jefe de la policía de Chamberí-. Nada de nombres, todo lo que hablemos será en sentido figurado.
Como en la época de Franco, cuando “el mal tiempo” siempre venía de Galicia, pensaría entonces Vic Suarez.
Romerales la acompañó, un tanto ceremonioso como acostumbraba, hasta la puerta de salida de la sede de la Junta. Antes de despedirse hizo una seña a Sidi Ben Bachat, que se acercó hacia ellos.
- Sidi. Quiero que la lleves a su casa. Utiliza un coche que no sea oficial y que pase desapercibido. Es muy importante –le dijo.
El saharaui asentía disciplinadamente.
Se despidieron. La noche había caído pesadamente sobre el viejo Madrid y la calle Génova se iba vaciando a pasos forzados: esos tiempos del 2.013 parecían recuperar las viejas épocas medievales, en las que la ausencia de luz natural despojaba a las calles de su algarabía natural, porque la oscuridad traía consigo todas las perversidades y en su negrura sólo evolucionaban a satisfacción las peores gentes.
Bachat ordenaba a un agente que le acercara el vehículo que había elegido para la operación.
- Te dejaré en tu casa. Corres un peligro muy serio si te arriesgas a hacerlo sola –le explicó.
- ¿Y dejar mi coche en la embajada americana? ¡Ni hablar! –exclamó esta.
Pero Bachat era hombre avezado en la guerra y la resistencia, de modo que se mostraría inflexible.
- Hazme caso Vic. Tu coche está bien cuidado. Mañana lo recuperarás.
Parecía que no había otra opción, de modo que Vic Suarez esperó junto con el saharaui a que les trajeran el coche.
No debieron pasar muchos minutos antes de que emergiera de los bajos del edificio que fuera sede del Partido Popular un vetusto R-5 de un ya descascarillado color rojo mate. El motor, pasado de vueltas lo mismo que su carrocería, producía un rugido espectacular.
- ¿En ese trasto vamos a ir? Es como avisar a todo el mundo de que estamos pasando… -dijo Vic, a quien el disgusto se unía ahora la sensación de un nuevo peligro.
Bachat sonrió ampliamente antes de decir:
- Esto es como los escoltas en el País Vasco. Supongo que has oído hablar de eso. A veces es más importante que se noten a que pasen desapercibidos.
- Ten por seguro que antes de que transcurra ese plazo os llamaré –le aseguró.
Se trataba de un procedimiento más fiable que otro cualquiera. Según la información de que disponían en la Junta de Chamberí, el Departamento de Policía de Chamartín carecía por el momento de un servicio de escuchas telefónicas. “No son un diez en tecnología, precisamente”, comentaba Cristino con sorna. Pero la cosa tenía sus riesgos y ellos no podrían acceder al código cifrado en el que se producirían las conversaciones entre Brassens y Romerales.
- Aún así convendrá que seamos precavidos –insistía el jefe de la policía de Chamberí-. Nada de nombres, todo lo que hablemos será en sentido figurado.
Como en la época de Franco, cuando “el mal tiempo” siempre venía de Galicia, pensaría entonces Vic Suarez.
Romerales la acompañó, un tanto ceremonioso como acostumbraba, hasta la puerta de salida de la sede de la Junta. Antes de despedirse hizo una seña a Sidi Ben Bachat, que se acercó hacia ellos.
- Sidi. Quiero que la lleves a su casa. Utiliza un coche que no sea oficial y que pase desapercibido. Es muy importante –le dijo.
El saharaui asentía disciplinadamente.
Se despidieron. La noche había caído pesadamente sobre el viejo Madrid y la calle Génova se iba vaciando a pasos forzados: esos tiempos del 2.013 parecían recuperar las viejas épocas medievales, en las que la ausencia de luz natural despojaba a las calles de su algarabía natural, porque la oscuridad traía consigo todas las perversidades y en su negrura sólo evolucionaban a satisfacción las peores gentes.
Bachat ordenaba a un agente que le acercara el vehículo que había elegido para la operación.
- Te dejaré en tu casa. Corres un peligro muy serio si te arriesgas a hacerlo sola –le explicó.
- ¿Y dejar mi coche en la embajada americana? ¡Ni hablar! –exclamó esta.
Pero Bachat era hombre avezado en la guerra y la resistencia, de modo que se mostraría inflexible.
- Hazme caso Vic. Tu coche está bien cuidado. Mañana lo recuperarás.
Parecía que no había otra opción, de modo que Vic Suarez esperó junto con el saharaui a que les trajeran el coche.
No debieron pasar muchos minutos antes de que emergiera de los bajos del edificio que fuera sede del Partido Popular un vetusto R-5 de un ya descascarillado color rojo mate. El motor, pasado de vueltas lo mismo que su carrocería, producía un rugido espectacular.
- ¿En ese trasto vamos a ir? Es como avisar a todo el mundo de que estamos pasando… -dijo Vic, a quien el disgusto se unía ahora la sensación de un nuevo peligro.
Bachat sonrió ampliamente antes de decir:
- Esto es como los escoltas en el País Vasco. Supongo que has oído hablar de eso. A veces es más importante que se noten a que pasen desapercibidos.
martes, 26 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (169)
Cualquier rincón de Bilbao tenía para Jorge Brassens la cualidad de activar el mecanismo de la memoria de los tiempos pasados. Y esa noche no iba a constituir una excepción. Había dejado su equipaje en un hotel y se dirigía a la cafetería Boulevard que presentaba un aspecto singular después de su reforma: unos sofás y sillones que más parecían destinados a un salón de casa burguesa acogían al visitante en el primer espacio del establecimiento y una barra más reducida de la habitual eran los cambios producidos en la decoración del local.
- Otro cambio a peor –masculló Brassens, que había dejado ya hacia tiempo de admirar las renovaciones que los nuevos propietarios traían inevitablemente de la mano.
Y es que el Boulevard, del que como representante de La Unión y el Fénix Español, fuera Jorge administrador, lo heredaba él en un estado de semi abandono que llegaría a un deterioro total después de las inundaciones de 1.983. Alquilado después por la empresa de Iñaki Aseguinolaza –personaje fallecido ya y cuya trayectoria empañaría un turbio episodio de negociación con ETA- emprendía una importante reconstrucción de la cafetería y del primero de sus pisos. Ese nuevo Boulevard se convertiría en punto obligado de reunión de los aseguradores “fenicios” y de sus clientes y visitantes o lugar de rápidos sándwiches para que Brassens hiciera un alto en el camino respecto de su jornada laboral. Y andando el tiempo había sido también lugar de encuentro de la asociación de poetas vizcainos, donde quien quisiera leía un texto de su invención o de algún versificador conocido y recibía los educados aplausos del público.
No daba para mucho más la cultura de provincias de un Bilbao capitidisminuido de negocios y de entendimiento. Habían quedado muy lejos las tertulias del Lyon D’Or, donde don Pedro Eguillor hablaba de España y el Doctor Areilza –el de la calle-, Gregorio Balparda y otros le contestaban.
Le ofrecían un sándwich, pero frío porque la cocina estaba cerrada -¡a las 9 y media de la noche!- así que Brassens declinaba la oferta y se iba hacia el bar Víctor Montes de la Plaza Nueva. Lo hizo por la antigua entrada al parking del Casco Viejo, en el que en su día fuera Jorge titular de una tarjeta mensual de estacionamiento. Eran los tiempos en que él y Lorsen habitaban un apartamento en el barrio más antiguo de la ciudad. Era la vida bohemia de los días laborables y el estrépito nocturno de las vísperas de festivos, cuando los Brasens-Lorensen huían de Bilbao con destino a su refugio pirenaico de Arrechea.
- Otro cambio a peor –masculló Brassens, que había dejado ya hacia tiempo de admirar las renovaciones que los nuevos propietarios traían inevitablemente de la mano.
Y es que el Boulevard, del que como representante de La Unión y el Fénix Español, fuera Jorge administrador, lo heredaba él en un estado de semi abandono que llegaría a un deterioro total después de las inundaciones de 1.983. Alquilado después por la empresa de Iñaki Aseguinolaza –personaje fallecido ya y cuya trayectoria empañaría un turbio episodio de negociación con ETA- emprendía una importante reconstrucción de la cafetería y del primero de sus pisos. Ese nuevo Boulevard se convertiría en punto obligado de reunión de los aseguradores “fenicios” y de sus clientes y visitantes o lugar de rápidos sándwiches para que Brassens hiciera un alto en el camino respecto de su jornada laboral. Y andando el tiempo había sido también lugar de encuentro de la asociación de poetas vizcainos, donde quien quisiera leía un texto de su invención o de algún versificador conocido y recibía los educados aplausos del público.
No daba para mucho más la cultura de provincias de un Bilbao capitidisminuido de negocios y de entendimiento. Habían quedado muy lejos las tertulias del Lyon D’Or, donde don Pedro Eguillor hablaba de España y el Doctor Areilza –el de la calle-, Gregorio Balparda y otros le contestaban.
Le ofrecían un sándwich, pero frío porque la cocina estaba cerrada -¡a las 9 y media de la noche!- así que Brassens declinaba la oferta y se iba hacia el bar Víctor Montes de la Plaza Nueva. Lo hizo por la antigua entrada al parking del Casco Viejo, en el que en su día fuera Jorge titular de una tarjeta mensual de estacionamiento. Eran los tiempos en que él y Lorsen habitaban un apartamento en el barrio más antiguo de la ciudad. Era la vida bohemia de los días laborables y el estrépito nocturno de las vísperas de festivos, cuando los Brasens-Lorensen huían de Bilbao con destino a su refugio pirenaico de Arrechea.
lunes, 25 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (168)
Bilbao, 28 de abril de 2003.
Querida Lorsen:
En el día en que han transcurrido cinco meses desde tu partida no quería dejar de enviarte estas letras, para decir que me sigo acordando mucho de ti y, de paso, contarte un par de cosas.
Después de acabar con mi carta de ayer me llamó tu hermano Enrique. Estaban en Bilbao, celebrando el ochenta cumpleaños de su suegra y quería organizar una cena con tu padre, Patricia, Macarena y Christian. Me pidió que me sumara y, como ya te he dicho en otras ocasiones, lo hice con mucho gusto.
Tu padre se encuentra bien y come con un apetito desbordante. La hernia que le ha salido le impide pasear todo lo que quiere, pero una vez que descansa se encuentra bien y ni siquiera los mismos médicos quieren operarle. ¡A sus ochenta y siete tampoco está mal!
Enrique y Patricia le han regalado unos auriculares inalámbricos, con los que tampoco oye bien. Les he dicho que quizás sea por los perturbadores de ondas que tiene Carlos Iturgaiz. Creen que hay que decirle que el sonido al que pone la televisión por la noche molesta a la familia del Presidente del PP vasco.
Esta mañana he hablado con Mónica Oriol y con Rafa Ustara. A la primera le he contado la historia de los escoltas; al segundo que me los cambie. Me ha asegurado que así lo hará y, además que les va a abrir un expediente. Espero que sea pronto, porque es como tener el enemigo a bordo. ¡Hasta he pensado que con el carácter que tiene Mariano, a lo mejor me descerraja un tiro por haberle estropeado su carrera profesional! ¿Te imaginas?: “Parlamentario vasco del PP asesinado por su escolta”. La verdad es que hasta me río de todo esto, pero tengo que decirte que ni siquiera me importa. Me horroriza, eso sí, la tortura, el dolor; pero la muerte se ha convertido para mí en una especie de segunda piel, sé que está ahí, acechando con su cara cadavérica y su hoz, esperando impaciente a que llegue mi momento. Pero creo que todavía no es mi hora.
Pilar está muy bien. Le he puesto en el álbum las fotos que tomó Patricia de cuando estuvimos en el pueblo del Rocío, Almonte. Después de cuatro meses ha aparecido por la UCI Sonsoles Villalonga, que debe tener un nieto en neonatal, bastante regular, por lo que me ha dicho.
Como ves sigo peleando, día a día, con la fuerza que tú me transmites, recordando cómo afrontabas tú los problemas, con valentía y decisión, quizás, ¡ay!, salvo los tuyos propios, que hace cinco meses acabaron por pararte el corazón.
Sigue descansando, guapa, que en mi recuerdo siempre estarás presente.
Un beso.
Querida Lorsen:
En el día en que han transcurrido cinco meses desde tu partida no quería dejar de enviarte estas letras, para decir que me sigo acordando mucho de ti y, de paso, contarte un par de cosas.
Después de acabar con mi carta de ayer me llamó tu hermano Enrique. Estaban en Bilbao, celebrando el ochenta cumpleaños de su suegra y quería organizar una cena con tu padre, Patricia, Macarena y Christian. Me pidió que me sumara y, como ya te he dicho en otras ocasiones, lo hice con mucho gusto.
Tu padre se encuentra bien y come con un apetito desbordante. La hernia que le ha salido le impide pasear todo lo que quiere, pero una vez que descansa se encuentra bien y ni siquiera los mismos médicos quieren operarle. ¡A sus ochenta y siete tampoco está mal!
Enrique y Patricia le han regalado unos auriculares inalámbricos, con los que tampoco oye bien. Les he dicho que quizás sea por los perturbadores de ondas que tiene Carlos Iturgaiz. Creen que hay que decirle que el sonido al que pone la televisión por la noche molesta a la familia del Presidente del PP vasco.
Esta mañana he hablado con Mónica Oriol y con Rafa Ustara. A la primera le he contado la historia de los escoltas; al segundo que me los cambie. Me ha asegurado que así lo hará y, además que les va a abrir un expediente. Espero que sea pronto, porque es como tener el enemigo a bordo. ¡Hasta he pensado que con el carácter que tiene Mariano, a lo mejor me descerraja un tiro por haberle estropeado su carrera profesional! ¿Te imaginas?: “Parlamentario vasco del PP asesinado por su escolta”. La verdad es que hasta me río de todo esto, pero tengo que decirte que ni siquiera me importa. Me horroriza, eso sí, la tortura, el dolor; pero la muerte se ha convertido para mí en una especie de segunda piel, sé que está ahí, acechando con su cara cadavérica y su hoz, esperando impaciente a que llegue mi momento. Pero creo que todavía no es mi hora.
Pilar está muy bien. Le he puesto en el álbum las fotos que tomó Patricia de cuando estuvimos en el pueblo del Rocío, Almonte. Después de cuatro meses ha aparecido por la UCI Sonsoles Villalonga, que debe tener un nieto en neonatal, bastante regular, por lo que me ha dicho.
Como ves sigo peleando, día a día, con la fuerza que tú me transmites, recordando cómo afrontabas tú los problemas, con valentía y decisión, quizás, ¡ay!, salvo los tuyos propios, que hace cinco meses acabaron por pararte el corazón.
Sigue descansando, guapa, que en mi recuerdo siempre estarás presente.
Un beso.
lunes, 18 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (167)
- ¿Y qué te trae por aquí? Sin duda has debido correr un cierto peligro hasta llegar… -dijo Romerales.
- Es por Jorge. Ya sabes que a mí eso de la política me preocupa sólo relativamente –repuso Vic Suarez.
- Cuando se dice eso parece que se desconoce que la política es un ámbito consustancial al ser humano… -replicó Romerales en tono distendido.
- Eso msmo dice Jorge. Yo habría preferido que nos quedáramos al margen y que subsistiéramos como mejor pudiéramos. Pero ya sabes cómo es tu amigo.
- Sí. Y lo cierto es que lo tiene difícil con este Cardidal.
- Con Cardidal y con Martos. Que es incapaz de mantener el orden en la Junta.
- Sí –aceptó Cristino Romerales después de dirigir una mirada pensativa al vacío-. Martos es uno de esos políticos de los viejos tiempos que son incapaces de luchar para conseguir algo. Les sobra la buena educación.
- ¿No dirás que Jorge no es una persona educada? –preguntó Vic, la protesta integrada en la cuestión.
- Por supuesto que no –contestó Romerales con una amplia sonrisa-. Pero Jorge es otra cosa. Tiene en sus genes algo especial. Se diría que se crece ante la injusticia.
- Bueno… -aceptaría Vic-. Lo malo es que estamos viviendo tiempos muy injustos.
- Lo son. Ciertamente….
Un largo silencio se creó después de la tajante afirmación de Cristino Romerales. Vic Suarez dio un buen sorbo a su “Chambe-cola y dijo:
- Nos tienes que ayudar, Cristino. Jorge dice que Cardidal y los suyos van a montar un buen follón…
- Según mis informaciones ya están en eso.
- ¿Sabes algo?
- Es mi obligación –contestó Romerales poniendo un cierto énfasis de reserva en sus palabras.
- Y supongo que “tus informaciones” dicen lo mismo que dice mi marido.
- Sí. El golpe de Estado contra Martos ya se ha producido –declaró Romerales-. El Presidente de la Junta de Chamartín es sólo un prisionero de los hombres de Cardidal.
- ¿Y qué podemos hacer? –preguntó Vic, la mirada puesta en la superficie de la mesa.
- Lo que tengamos que hacer lo sabrás a su debido tiempo, Vic. –repuso Romerales-. La verdad es que no pensábamos intervenir tan rápidamente, pero basta con que nos lo pida Jorge para que pongamos en marcha el operativo.
- ¿Eso es todo?
- Os mantendremos informados.
- Es por Jorge. Ya sabes que a mí eso de la política me preocupa sólo relativamente –repuso Vic Suarez.
- Cuando se dice eso parece que se desconoce que la política es un ámbito consustancial al ser humano… -replicó Romerales en tono distendido.
- Eso msmo dice Jorge. Yo habría preferido que nos quedáramos al margen y que subsistiéramos como mejor pudiéramos. Pero ya sabes cómo es tu amigo.
- Sí. Y lo cierto es que lo tiene difícil con este Cardidal.
- Con Cardidal y con Martos. Que es incapaz de mantener el orden en la Junta.
- Sí –aceptó Cristino Romerales después de dirigir una mirada pensativa al vacío-. Martos es uno de esos políticos de los viejos tiempos que son incapaces de luchar para conseguir algo. Les sobra la buena educación.
- ¿No dirás que Jorge no es una persona educada? –preguntó Vic, la protesta integrada en la cuestión.
- Por supuesto que no –contestó Romerales con una amplia sonrisa-. Pero Jorge es otra cosa. Tiene en sus genes algo especial. Se diría que se crece ante la injusticia.
- Bueno… -aceptaría Vic-. Lo malo es que estamos viviendo tiempos muy injustos.
- Lo son. Ciertamente….
Un largo silencio se creó después de la tajante afirmación de Cristino Romerales. Vic Suarez dio un buen sorbo a su “Chambe-cola y dijo:
- Nos tienes que ayudar, Cristino. Jorge dice que Cardidal y los suyos van a montar un buen follón…
- Según mis informaciones ya están en eso.
- ¿Sabes algo?
- Es mi obligación –contestó Romerales poniendo un cierto énfasis de reserva en sus palabras.
- Y supongo que “tus informaciones” dicen lo mismo que dice mi marido.
- Sí. El golpe de Estado contra Martos ya se ha producido –declaró Romerales-. El Presidente de la Junta de Chamartín es sólo un prisionero de los hombres de Cardidal.
- ¿Y qué podemos hacer? –preguntó Vic, la mirada puesta en la superficie de la mesa.
- Lo que tengamos que hacer lo sabrás a su debido tiempo, Vic. –repuso Romerales-. La verdad es que no pensábamos intervenir tan rápidamente, pero basta con que nos lo pida Jorge para que pongamos en marcha el operativo.
- ¿Eso es todo?
- Os mantendremos informados.
jueves, 14 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (166)
Había llegado unos minutos antes de la hora, como acostumbraba. Y es que Jorge Brassens era eso que se decía impuntual por defecto –a diferencia de los que lo eran por exceso, que invariablemente siempre llegaban tarde-. De modo que le ofrecían una silla frente a la mesa de una secretaria que atendía el despacho de la Ministra Consejera de la Embajada.
- ¿De visita por aquí? –preguntaría ella al responsable político del Partido del Progreso.
- Sí. A ver qué me cuentan ustedes respecto de lo que está pasando en los países árabes –contestó Brassens con vaguedad.
- Yo pienso muchas veces que lo que nos pasa es que hemos puesto nuestra escala de valores en una disposición equivocada –argumentó filosófica la funcionaria.
Jorge la miró desde la profundidad de sus ojos oscuros y asintió.
No quiso decir nada, quizás musitó alguna reflexión inconexa. Pero esa mujer había expuesto toda una tesis filosófica desde sus cortas palabras. Una tesis válida para muchas religiones y para los partidarios de los valores –que también los tienen- que sustentan las posiciones del agnosticismo o del ateísmo: los principios que creen en el ser humano, su dignidad y su libertad por encima de todas las cosas. Unas tesis que se formulan desde el norte al sur y desde el oeste hasta el este y abarcan al conjunto de la humanidad.
Valores de los que hemos hecho holocausto en beneficio de los contravalores que nos hablan de dinero, ambición, poder… siempre que carezcan todos ellos de contrapunto: al dinero, el reparto más equitativo posible de las cargas que debamos soportar y el mantenimiento y consecución del principio de igualdad de oportunidades: a la ambición, el cumplimiento de la ley, sin la cual los medios quedan absolutamente a merced de quien está dispuesto a escalar posiciones sin poner atención en los damnificados que puedan quedar detrás; al poder, en fin, con los controles diseñados por los mecanismos democráticos, que impiden su derivación en las autocracias que nos asolan con frecuencia.
De lo contrario nos encontraremos –como lo estamos, por otra parte- en el mundo de la representación teatral de Dürrenmatt “La avería”, donde al final de obra quien hace de abogado defensor del pobre Traps, manifiesta:
- Si condenamos a este hombre por el solo delito de su ambición, estaríamos llamando al genocidio de toda la humanidad. –Porque, añadimos nosotros, podemos llegar hasta bordear la ley para trepar hasta el punto que deseamos: no hay nada punible en ese acto, quizás, pero muchas veces resulta este plenamente inmoral.
Y la recuperación de los valores y su imbricación más exacta en la escala correspondiente es tarea que nos compete a todos, que debe surgir de la propia base social. Como la de esos jóvenes de los países del Norte de Africa que reclaman su lugar en el reparto: más igualdad en la distribución de los recursos, más participación en las decisiones que les afectan.
Primero el hombre y su dignidad, por lo tanto la libertad. Y de ese principio surgen de manera inmediata esos otros valores que llaman a una sociedad más justa, más democrática, más igualitaria…
Pero nadie quiere oír hablar de eso. Quizás sólo esa señora que desde su sonrisa apacible me llama a las consideraciones que también son las mías.
Aunque, puestos todos de acuerdo y rememorando la frase del viejo Scrooge –no sus actuaciones- economistas, políticos, tertulianos y pensadores de los que vuelan bastante bajo no paren de decirnos:
- ¡Eso son paparruchas. Lo importante es consumir!
- ¿De visita por aquí? –preguntaría ella al responsable político del Partido del Progreso.
- Sí. A ver qué me cuentan ustedes respecto de lo que está pasando en los países árabes –contestó Brassens con vaguedad.
- Yo pienso muchas veces que lo que nos pasa es que hemos puesto nuestra escala de valores en una disposición equivocada –argumentó filosófica la funcionaria.
Jorge la miró desde la profundidad de sus ojos oscuros y asintió.
No quiso decir nada, quizás musitó alguna reflexión inconexa. Pero esa mujer había expuesto toda una tesis filosófica desde sus cortas palabras. Una tesis válida para muchas religiones y para los partidarios de los valores –que también los tienen- que sustentan las posiciones del agnosticismo o del ateísmo: los principios que creen en el ser humano, su dignidad y su libertad por encima de todas las cosas. Unas tesis que se formulan desde el norte al sur y desde el oeste hasta el este y abarcan al conjunto de la humanidad.
Valores de los que hemos hecho holocausto en beneficio de los contravalores que nos hablan de dinero, ambición, poder… siempre que carezcan todos ellos de contrapunto: al dinero, el reparto más equitativo posible de las cargas que debamos soportar y el mantenimiento y consecución del principio de igualdad de oportunidades: a la ambición, el cumplimiento de la ley, sin la cual los medios quedan absolutamente a merced de quien está dispuesto a escalar posiciones sin poner atención en los damnificados que puedan quedar detrás; al poder, en fin, con los controles diseñados por los mecanismos democráticos, que impiden su derivación en las autocracias que nos asolan con frecuencia.
De lo contrario nos encontraremos –como lo estamos, por otra parte- en el mundo de la representación teatral de Dürrenmatt “La avería”, donde al final de obra quien hace de abogado defensor del pobre Traps, manifiesta:
- Si condenamos a este hombre por el solo delito de su ambición, estaríamos llamando al genocidio de toda la humanidad. –Porque, añadimos nosotros, podemos llegar hasta bordear la ley para trepar hasta el punto que deseamos: no hay nada punible en ese acto, quizás, pero muchas veces resulta este plenamente inmoral.
Y la recuperación de los valores y su imbricación más exacta en la escala correspondiente es tarea que nos compete a todos, que debe surgir de la propia base social. Como la de esos jóvenes de los países del Norte de Africa que reclaman su lugar en el reparto: más igualdad en la distribución de los recursos, más participación en las decisiones que les afectan.
Primero el hombre y su dignidad, por lo tanto la libertad. Y de ese principio surgen de manera inmediata esos otros valores que llaman a una sociedad más justa, más democrática, más igualitaria…
Pero nadie quiere oír hablar de eso. Quizás sólo esa señora que desde su sonrisa apacible me llama a las consideraciones que también son las mías.
Aunque, puestos todos de acuerdo y rememorando la frase del viejo Scrooge –no sus actuaciones- economistas, políticos, tertulianos y pensadores de los que vuelan bastante bajo no paren de decirnos:
- ¡Eso son paparruchas. Lo importante es consumir!
miércoles, 13 de abril de 2011
Intercambio de solsticios (165)
Bilbao, 27 de abril de 2003.
Querida Lorsen:
Te pongo estas líneas para explicarte un suceso bastante desagradable. Ayer, como casi todos los sábados quedé con Rafa Balparda para tomar un pincho y dar una vuelta. Nos fuimos al “Serantes” que está detrás del Hotel Ercilla y luego nos dimos una vuelta por el centro de Bilbao. El caso es que sobre las doce y media de la noche nos dimos cuenta de que los escoltas no nos seguían. Así que llamé a mi madre desde el móvil de Rafa Balparda –me había dejado conscientemente el mío en el apartamento- para pedirle las que eran tus llaves. Mi madre estaba esperándome sentada en el banco del “hall”, para no despistarse del ruido del timbre. ¡Excuso decirte el susto que se pegó! Cuando llegamos a casa, estaban los dos escoltas esperando junto a los “Ideales”. Le dije a uno de ellos:
- Habrán pasado buena noche, ¿verdad?
- Le estábamos buscando –me contestó torpemente.
Y yo me alejé de allí diciéndole en voz alta:
- Tengo llaves. Le he tenido que molestar a mi madre para que me las dé.
Él se quedó parado junto a la entrada de los cines.
Al cabo de unos segundos, ya en casa, sonó mi movil. Era otra vez el escolta.
- Estamos en la puerta de su casa y queríamos darle una explicación –me dijo con voz entrecortada.
- No tengo nada que hablar con ustedes. Me he pasado cuatro horas sin protección. Si hubiera algún comando de ETA suelto por Bilbao ahora estaría muerto. Mañana a las diez y media para pasear al perro. ¿Me ha oído?
Y una vez que noté que había percibido el recado le colgué.
Esta mañana he estado absolutamente seco con los dos. Me he limitado a decirles adónde me dirigía en cada momento. No les he dirigido ni un buenos días, ni siquiera un ¡hola!
Hablaré mañana mismo con Rafa Ustara y con Mónica Oriol para que me los cambien. Y, para lo sucesivo, no tendrán nunca más la llave de casa.
La situación, aunque desagradable, está bajo control. Pero quería contártela sin esperar a la próxima semana, en la que todo quedará diluido entre el cumpleaños y el puente en Arrechea.
Estoy tranquilo, a la vez que disgustado.
Un beso, guapa.
Querida Lorsen:
Te pongo estas líneas para explicarte un suceso bastante desagradable. Ayer, como casi todos los sábados quedé con Rafa Balparda para tomar un pincho y dar una vuelta. Nos fuimos al “Serantes” que está detrás del Hotel Ercilla y luego nos dimos una vuelta por el centro de Bilbao. El caso es que sobre las doce y media de la noche nos dimos cuenta de que los escoltas no nos seguían. Así que llamé a mi madre desde el móvil de Rafa Balparda –me había dejado conscientemente el mío en el apartamento- para pedirle las que eran tus llaves. Mi madre estaba esperándome sentada en el banco del “hall”, para no despistarse del ruido del timbre. ¡Excuso decirte el susto que se pegó! Cuando llegamos a casa, estaban los dos escoltas esperando junto a los “Ideales”. Le dije a uno de ellos:
- Habrán pasado buena noche, ¿verdad?
- Le estábamos buscando –me contestó torpemente.
Y yo me alejé de allí diciéndole en voz alta:
- Tengo llaves. Le he tenido que molestar a mi madre para que me las dé.
Él se quedó parado junto a la entrada de los cines.
Al cabo de unos segundos, ya en casa, sonó mi movil. Era otra vez el escolta.
- Estamos en la puerta de su casa y queríamos darle una explicación –me dijo con voz entrecortada.
- No tengo nada que hablar con ustedes. Me he pasado cuatro horas sin protección. Si hubiera algún comando de ETA suelto por Bilbao ahora estaría muerto. Mañana a las diez y media para pasear al perro. ¿Me ha oído?
Y una vez que noté que había percibido el recado le colgué.
Esta mañana he estado absolutamente seco con los dos. Me he limitado a decirles adónde me dirigía en cada momento. No les he dirigido ni un buenos días, ni siquiera un ¡hola!
Hablaré mañana mismo con Rafa Ustara y con Mónica Oriol para que me los cambien. Y, para lo sucesivo, no tendrán nunca más la llave de casa.
La situación, aunque desagradable, está bajo control. Pero quería contártela sin esperar a la próxima semana, en la que todo quedará diluido entre el cumpleaños y el puente en Arrechea.
Estoy tranquilo, a la vez que disgustado.
Un beso, guapa.
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