- Llegado a este punto debo hacer un paréntesis sin el cual sería imposible entender buena parte de esta historia –anunciaba equis con la grandilocuencia en él acostumbrada.
Jorge Brassens dibujaría una mueca en su cara que venía a decir “continúa”.
- Las relaciones entre hermanos son siempre difíciles –empezó equis-. Y las de la familia Jiménez no lo eran menos. Carmen pasaba por ser en su familia el elemento clave que bien pudiera haber unido a una parentela larga y complicada. Pero en realidad era, más bien es, una mujer con excesiva tendencia a entrometerse en las cosas de sus hermanos y a hacerlo por detrás. Y tanto Raúl como especialmente Leonardo habían tenido cumplida cuenta de ese tipo de actuaciones por parte de su hermana. Bien. Eso queda dicho y se acabó el paréntesis. Es verdad que podría ilustrarte con algún ejemplo de sus intervenciones que te dejarían materialmente helado, pero no creo que sean básicos para entender esta historia.
- De acuerdo. Registrado –aceptó Brassens.
- Retomo entonces la historia. Leonardo se resistía al principio a esa posibilidad; la de que ambos informaran a Carmen . Le tenía pavor a dos cosas: a que la información se difundiera, por la pérdida de control sobre la misma, y a que el canal de difusión de esta fuera precisamente su hermana Carmen, de la que desconfiaba abiertamente. Pero Raúl le convencía con el argumento de que era necesario tener a alguien en el lugar de los hechos que estuviera enterado de la situación y pudiera controlar los acontecimientos si estos tomaban un giro inesperado. De modo que convinieron en que aprovecharían la primera oportunidad que estuviera en su mano para contárselo.
- ¿Eso fue todo? –preguntó Brassens.
- No. Decidieron que se pondrían en marcha. Raúl hablaría con un detective de su confianza y Leonardo explicaría a Salvador de Vicente las decisiones que habían adoptado a raíz de la conversación de Leonardo con su común primo Pablo.
- ¿En la que Pablo de Vicente venía a amenazar a Leonardo?
- Sí, Pablo, el hijo de Santos y hermanísimo de Juan Carlos, el forrado. Ese que no quería para nada reunir a la familia… -recordaría equis.
- - Así que la piedra empezaría a rodar –declaró Brassens en el afán de síntesis que en él resultaba característico.
- Y en plena ladera de una montaña recubierta de nieve –agregaría equis, desplegando toda la literatura de que era capaz.
jueves, 21 de julio de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (216)
Bilbao, 28 de septiembre de 2003.
Querida Lorsen:
Te pongo estas letras el mismo día en que se cumplen diez meses desde tu partida. Hoy no he podido comprar unas flores que acompañen a tus restos. Ya sabes –lo decías tú misma- que en España no existe tradición de regalar flores. Sin embargo el recuerdo siempre pervive en mí.
Esta semana han ocurrido dos hechos que comentar: La operación de tu padre y el discurso del lehendakari.
En cuanto al primero de los dos parece que ha salido bien, aunque el caso de tu padre es el escenario de la permanente queja. Tiene que guardar reposo durante una semana, pero sólo ha pasado una noche ingresado. Normalmente ese asunto está en orden.
El lehendakari nos ha ofrecido una visión independentista, versión presuntamente actual, pero lamentablemente caduca. Y lo malo es que conoce perfectamente que todo lo que ha dicho es imposible de llevar a la práctica, referéndum incluido. Todo esto está resultando tedioso, aburrido, insoportable... y me dan ganas de dejarlo todo –dándote la razón una vez más- y escaparme allá donde el tiempo sea cálido y los asuntos básicos de la convivencia no se sujeten a permanente discusión.
Pilar está encantadora conmigo. Quizás la breve ausencia de su abuelo le haya hecho valorar más mi presencia. En todo caso, nunca me ha pasado con ella que me dé tantos besos en mitad de la visita,
La vida ofrece alguna que otra compensación cuando cierra salidas.
Te mando el beso más afectuoso posible.
Querida Lorsen:
Te pongo estas letras el mismo día en que se cumplen diez meses desde tu partida. Hoy no he podido comprar unas flores que acompañen a tus restos. Ya sabes –lo decías tú misma- que en España no existe tradición de regalar flores. Sin embargo el recuerdo siempre pervive en mí.
Esta semana han ocurrido dos hechos que comentar: La operación de tu padre y el discurso del lehendakari.
En cuanto al primero de los dos parece que ha salido bien, aunque el caso de tu padre es el escenario de la permanente queja. Tiene que guardar reposo durante una semana, pero sólo ha pasado una noche ingresado. Normalmente ese asunto está en orden.
El lehendakari nos ha ofrecido una visión independentista, versión presuntamente actual, pero lamentablemente caduca. Y lo malo es que conoce perfectamente que todo lo que ha dicho es imposible de llevar a la práctica, referéndum incluido. Todo esto está resultando tedioso, aburrido, insoportable... y me dan ganas de dejarlo todo –dándote la razón una vez más- y escaparme allá donde el tiempo sea cálido y los asuntos básicos de la convivencia no se sujeten a permanente discusión.
Pilar está encantadora conmigo. Quizás la breve ausencia de su abuelo le haya hecho valorar más mi presencia. En todo caso, nunca me ha pasado con ella que me dé tantos besos en mitad de la visita,
La vida ofrece alguna que otra compensación cuando cierra salidas.
Te mando el beso más afectuoso posible.
lunes, 18 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (215)
- Oyeme una cosa, Cristino.
Jacinto Perdomo se dirigía al responsable de interior de la junta con su voz agrietada ya después de muchos años de combate por las causas de la libertad en España y la liberación del pueblo saharaui, que se unían a su condición de coronel del Ejército español con plaza en Africa.
- Tú dirás, Jacinto. Pero te ruego que no sea demasiado tiempo. Como sabes tengo que hablar con Cardidal –contestaría Romerales.
- No. No te voy a robar mucho tiempo. Mira una cosa –empezaría el coronel en la reserva-. Yo, como sabes, estoy bastante acostumbrado a la guerra. Ese ha sido mi cometido desde hace mucho tiempo, ¡vamos!, toda mi vida profesional. Quizás por eso… quizás por eso le tengo mucho miedo a las guerras. Uno sabe cómo entra, pero no sabe cómo se sale de ellas…
- Ya sé lo que me vas a decir, Jacinto… -le interrumpía Romerales.
- Vale. Si lo sabes, me parece muy bien. pero sólo te pido que me dejes terminar.
- Siempre que sea poco tiempo. Ya sabes que tengo mucha prisa.
- Bien. Lo que te quería decir es que cuando hay una duda sobre cómo puede terminar todo esto, lo mejor sería no empezar a hacer la guerra.
- ¿Y qué propones?
- Mira. Esta gente es peligrosa. No se para en barras. Va a por todas. Ahora se han cargado a su presidente…
- Bueno. Se lo están cargando…
- Está bien, se lo están cargando. ¿Qué les importa a ellos acabar con nosotros?
- Mi información es que no van a poder –contestaría Romerales.
- Bien. ¿Pero a qué precio? ¿cuánto nos va a costar el invento? ¿Cuántos hombres van a caer en esta guerra? ¿cuántas familias sin sustento? ¿Y qué coste va a tener eso en términos de desarrollo económico?
- Vale. Según tú tenemos que dejarles que acaben con Bachat.
- Mira. Creo que Bachat, que es un tipo que ha hecho muchas cosas bien a lo largo de su vida, esta vez la ha cagado. ¡La ha cagado, Cristino! ¡se ha dejado atrapar tontamente por la gente de Cardidal!
- No estoy de acuerdo con dejarlo a merced de esa gente.
- Tampoco estoy yo diciendo eso. Lo que propongo es negociar: que si lo sueltan les dejemos en paz.
- Pero es que hay otra cosa, Jacinto. Está la petición de ayuda que hemos recibido de Chamartín.
- Eso es otra cosa. Porque esos tienen que dar la tabarra dentro de su junta y resolver sus problemas. Así es como lo veo yo.
- ¿Y dejar que se instale ahí, justo en nuestra frontera, una dictadura? ¿No te das cuenta de que en dos días van a empezar a darnos el coñazo?
- Entonces será el momento de hacerles frente –declaró Perdomo.
- ¿Cuándo les venga bien a ellos? No, ahora, que es cuando nos viene mejor a nosotros –dijo Romerales zanjando la discusión.
Jacinto Perdomo se dirigía al responsable de interior de la junta con su voz agrietada ya después de muchos años de combate por las causas de la libertad en España y la liberación del pueblo saharaui, que se unían a su condición de coronel del Ejército español con plaza en Africa.
- Tú dirás, Jacinto. Pero te ruego que no sea demasiado tiempo. Como sabes tengo que hablar con Cardidal –contestaría Romerales.
- No. No te voy a robar mucho tiempo. Mira una cosa –empezaría el coronel en la reserva-. Yo, como sabes, estoy bastante acostumbrado a la guerra. Ese ha sido mi cometido desde hace mucho tiempo, ¡vamos!, toda mi vida profesional. Quizás por eso… quizás por eso le tengo mucho miedo a las guerras. Uno sabe cómo entra, pero no sabe cómo se sale de ellas…
- Ya sé lo que me vas a decir, Jacinto… -le interrumpía Romerales.
- Vale. Si lo sabes, me parece muy bien. pero sólo te pido que me dejes terminar.
- Siempre que sea poco tiempo. Ya sabes que tengo mucha prisa.
- Bien. Lo que te quería decir es que cuando hay una duda sobre cómo puede terminar todo esto, lo mejor sería no empezar a hacer la guerra.
- ¿Y qué propones?
- Mira. Esta gente es peligrosa. No se para en barras. Va a por todas. Ahora se han cargado a su presidente…
- Bueno. Se lo están cargando…
- Está bien, se lo están cargando. ¿Qué les importa a ellos acabar con nosotros?
- Mi información es que no van a poder –contestaría Romerales.
- Bien. ¿Pero a qué precio? ¿cuánto nos va a costar el invento? ¿Cuántos hombres van a caer en esta guerra? ¿cuántas familias sin sustento? ¿Y qué coste va a tener eso en términos de desarrollo económico?
- Vale. Según tú tenemos que dejarles que acaben con Bachat.
- Mira. Creo que Bachat, que es un tipo que ha hecho muchas cosas bien a lo largo de su vida, esta vez la ha cagado. ¡La ha cagado, Cristino! ¡se ha dejado atrapar tontamente por la gente de Cardidal!
- No estoy de acuerdo con dejarlo a merced de esa gente.
- Tampoco estoy yo diciendo eso. Lo que propongo es negociar: que si lo sueltan les dejemos en paz.
- Pero es que hay otra cosa, Jacinto. Está la petición de ayuda que hemos recibido de Chamartín.
- Eso es otra cosa. Porque esos tienen que dar la tabarra dentro de su junta y resolver sus problemas. Así es como lo veo yo.
- ¿Y dejar que se instale ahí, justo en nuestra frontera, una dictadura? ¿No te das cuenta de que en dos días van a empezar a darnos el coñazo?
- Entonces será el momento de hacerles frente –declaró Perdomo.
- ¿Cuándo les venga bien a ellos? No, ahora, que es cuando nos viene mejor a nosotros –dijo Romerales zanjando la discusión.
viernes, 15 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (214)
- Excuso decirte que Leonardo Jiménez saliía un tanto escaldado de la reunión con su primo –proseguía equis que ya había agotado su primera copa de coñac y hacía ademán al camarero de La Alpujarra de que le sirviera otra. Para Brassens, no. No necesitaba de nada.
- Así que Leonardo telefoneó a su hermano Raúl y le fue a ver para contarle sus impresiones de primera mano y de reciente producción –continuba equis en un tono ciertamente grandilocuente.
- ¿Qué le dijo este? –preguntaría Brassens.
- Sólo le pidió tiempo para pensarlo –contestó equis-. Pero Leonardo lo encontró muy preocupado.
Equis se dirigió entonces hacia el cuarto de baño. Pero antes de eso golpeó ligeramente el hombro de Brassens para advertirle:
- La historia sigue. No te vayas todavía.
- No tenía ninguna intención –contestaba su interlocutor.
A su regreso, equis encontraba su segundo coñac servido sobre la mesa primorosamente limpia.
- Después de esta copa a lo mejor nos damos una vuelta –sugirió Brassens.
- ¿Te estoy aburriendo? –preguntó equis.
- Nada de eso. Sólo que ya noto el trasero bastante incómodo, la verdad.
- No te preocupes. Así lo haremos –prometió equis. Pero permíteme que prosiga.
- Adelante.
- Pasados un par de dias desde aquella reunión, Raúl y Leonardo tenían previsto asistir a una conferencia en el Círculo de Bellas Artes –empezaría equis-. De modo que decidieron dar un paseo mientras dedicaban su atención al asunto.
- He estado oensando mucho en lo que me has venido contando –empezó Raúl, mientras que Madrid se iba sumergiendo en la oscuridad del final del invierno-. Y creo que no conviene que se lo digamos a mamá. Se pegaría un disgusto impresionante.
- Desde luego –convino Leonardo.
- Pero sí creo que habría que decírselo a los hermanos –continuó Raúl.
- Entonces Leonardo torció el gesto.
- Me parece que no –dijo este-. Pienso más bien que sería conveniente continuar por nuestra parte hasta saber si la historia tiene suficiente entidad. Si es así, lo pondremos en común con el resto de los hermanos. De lo contrario, echamos el carpetazo y ya está.
- Raúl escuchaba atentamente las consideraciones de su hermano. Al final repuso.
- Por lo menos habrá que decírselo a Carmen –propuso Raúl.
- Así que Leonardo telefoneó a su hermano Raúl y le fue a ver para contarle sus impresiones de primera mano y de reciente producción –continuba equis en un tono ciertamente grandilocuente.
- ¿Qué le dijo este? –preguntaría Brassens.
- Sólo le pidió tiempo para pensarlo –contestó equis-. Pero Leonardo lo encontró muy preocupado.
Equis se dirigió entonces hacia el cuarto de baño. Pero antes de eso golpeó ligeramente el hombro de Brassens para advertirle:
- La historia sigue. No te vayas todavía.
- No tenía ninguna intención –contestaba su interlocutor.
A su regreso, equis encontraba su segundo coñac servido sobre la mesa primorosamente limpia.
- Después de esta copa a lo mejor nos damos una vuelta –sugirió Brassens.
- ¿Te estoy aburriendo? –preguntó equis.
- Nada de eso. Sólo que ya noto el trasero bastante incómodo, la verdad.
- No te preocupes. Así lo haremos –prometió equis. Pero permíteme que prosiga.
- Adelante.
- Pasados un par de dias desde aquella reunión, Raúl y Leonardo tenían previsto asistir a una conferencia en el Círculo de Bellas Artes –empezaría equis-. De modo que decidieron dar un paseo mientras dedicaban su atención al asunto.
- He estado oensando mucho en lo que me has venido contando –empezó Raúl, mientras que Madrid se iba sumergiendo en la oscuridad del final del invierno-. Y creo que no conviene que se lo digamos a mamá. Se pegaría un disgusto impresionante.
- Desde luego –convino Leonardo.
- Pero sí creo que habría que decírselo a los hermanos –continuó Raúl.
- Entonces Leonardo torció el gesto.
- Me parece que no –dijo este-. Pienso más bien que sería conveniente continuar por nuestra parte hasta saber si la historia tiene suficiente entidad. Si es así, lo pondremos en común con el resto de los hermanos. De lo contrario, echamos el carpetazo y ya está.
- Raúl escuchaba atentamente las consideraciones de su hermano. Al final repuso.
- Por lo menos habrá que decírselo a Carmen –propuso Raúl.
jueves, 14 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (213)
Bilbao, 24 de septiembre de 2003.
Querida Lorsen:
Ayer estuve con las “profes” de Pilar. Me hablaron durante hora y media. Me contaron cómo empezaron a darle clase. Estaba Itziar con la niña gitana y, cada vez que le enseñaba algo, Pilar producía sus sonidos característicos, chasqueando la lengua. De modo que Itziar le mostraba la cosa de que se trataba. De esa forma, Pilar demandó que también a ella le dieran clase.
Ahora están intentando jugar con un gran mapamundi. Han recortado unas figuras de papel que representan a los continentes. En ellas pegarán fotos de animales, de selvas, etc. Quieren que Pilar se siga abriendo al mundo. Aunque, en el caso de que no funcione el asunto, variarán de sistema.
Me hablan –entre tantas cosas- del tiempo en la percepción de nuestra hija. Sólo cambia con las visitas, los días de clase... Porque el hospital hace perder la noción del tiempo.
Además de los progresos que Pilar ha hecho en matemáticas, por ejemplo, ahora están intentando referirse a sus sentimientos. Lo han hecho con un libro que se titula algo así como: ¿De quién me puedo fiar? Y ella ha dicho que su principal virtud es que es educada y su principal defecto es su mal genio. ¿A cuál de los dos le corresponde cada característica? No te haré rabiar: supongo que son también compartidas.
Un beso.
Querida Lorsen:
Ayer estuve con las “profes” de Pilar. Me hablaron durante hora y media. Me contaron cómo empezaron a darle clase. Estaba Itziar con la niña gitana y, cada vez que le enseñaba algo, Pilar producía sus sonidos característicos, chasqueando la lengua. De modo que Itziar le mostraba la cosa de que se trataba. De esa forma, Pilar demandó que también a ella le dieran clase.
Ahora están intentando jugar con un gran mapamundi. Han recortado unas figuras de papel que representan a los continentes. En ellas pegarán fotos de animales, de selvas, etc. Quieren que Pilar se siga abriendo al mundo. Aunque, en el caso de que no funcione el asunto, variarán de sistema.
Me hablan –entre tantas cosas- del tiempo en la percepción de nuestra hija. Sólo cambia con las visitas, los días de clase... Porque el hospital hace perder la noción del tiempo.
Además de los progresos que Pilar ha hecho en matemáticas, por ejemplo, ahora están intentando referirse a sus sentimientos. Lo han hecho con un libro que se titula algo así como: ¿De quién me puedo fiar? Y ella ha dicho que su principal virtud es que es educada y su principal defecto es su mal genio. ¿A cuál de los dos le corresponde cada característica? No te haré rabiar: supongo que son también compartidas.
Un beso.
miércoles, 13 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (212)
Y así, sin mediar palabra alguna, el hombre grueso que le detuvo propinó al saharaui un puñetazo en el estómago que hizo a Bachat encogerse de dolor.
Quizás Sidi Ben Bachat no conocía la obra de Jean Amery, pero compartió en ese mismo momento su reflexión: “con el primer golpe que te dan, pierdes la confianza en el mundo”.
Pero Bachat no confiaba demasiado en ese mundo que ya había condenado a su pueblo a la vergüenza de la conculcación de sus derechos. La invasión por Marruecos y el abandono de su colonizador. Por eso, ese puñetazo que le había nublado la visión y le había hecho encogerse sobre su elevada altura, lo sintió como uno más de los tortazos que recibía su pueblo a lo largo de su triste historia.
Daba comienzo así una paliza en toda regla. Y Bachat, en medio de esa tunda de patadas y puñetazos, de empujones y expresiones soeces, procuraba aislarse de ese mundo inmediato, como si la vejación que venía detrás no fuese inesperada, como si esa fuera la vida que le correspondía durante esos instantes, hasta que sus captores decidieran descansar más que dejarle en paz. Y, en esa capacidad que tuvo en aquellos instantes por establecer un paréntesis entre su propia mente y la espantosa situación que atravesaba, colegía vagamente que el tratamiento degradante no implica necesariamente la pérdida de la dignidad humana, sólo quien no puede sentirla en sí ha perdido la dignidad. Era en su propia alma, por lo tanto, donde se dirimía si podía preservar su libertad interna.
- ¿Quién eres? –le preguntaría finalmente un agente de tamaño menudo, pelo negro y ya entrado en años. El carcelero grueso que había detenido a Bachat le observó agradecido: la paliza, por lo visto, también cansaba a quien la propinaba.
- Sidi Ben Bachat –respondió el saharaui.
- ¿Y cuál es tu ocupación?
- Soy jefe de la policía del Distrito de Chamberí.
- ¿Y qué más?
- ¿Cómo que qué más?
- ¿Qué más? ¿Qué hacías en la casa de Jorge Brassens?
- Cumplía una misión.
El sujeto qe dirigía el interrogatorio sonrió de modo artero.
- ¿En qué consiste esa misión?
- No tengo que contestar a esa pregunta. Ya he dicho todo lo que debo decir.
El preguntante movió la cabeza en señal de negación. No, no era eso lo que esperaba.
- Se cree que estamos en los tiempos en que se aplicaba la Convención de Ginebra –dijo dirigiéndose al hombre grueso-. Está loco.
Bachat tenía la boca muy abierta, como si el breve aire que podía respirar en aquel local escasamente ventilado podía restablecer sus ya menguadas fuerzas.
- Está bien. Tendremos que pasar al segundo nivel de la reflexión. El primero no ha sido suficiente –dijo el jefe de interrogatorios de Chamartín.
- ¿Lo preparamos, entonces?
- Sí. Y mientras tanto dejadlo en la celda.
Quizás Sidi Ben Bachat no conocía la obra de Jean Amery, pero compartió en ese mismo momento su reflexión: “con el primer golpe que te dan, pierdes la confianza en el mundo”.
Pero Bachat no confiaba demasiado en ese mundo que ya había condenado a su pueblo a la vergüenza de la conculcación de sus derechos. La invasión por Marruecos y el abandono de su colonizador. Por eso, ese puñetazo que le había nublado la visión y le había hecho encogerse sobre su elevada altura, lo sintió como uno más de los tortazos que recibía su pueblo a lo largo de su triste historia.
Daba comienzo así una paliza en toda regla. Y Bachat, en medio de esa tunda de patadas y puñetazos, de empujones y expresiones soeces, procuraba aislarse de ese mundo inmediato, como si la vejación que venía detrás no fuese inesperada, como si esa fuera la vida que le correspondía durante esos instantes, hasta que sus captores decidieran descansar más que dejarle en paz. Y, en esa capacidad que tuvo en aquellos instantes por establecer un paréntesis entre su propia mente y la espantosa situación que atravesaba, colegía vagamente que el tratamiento degradante no implica necesariamente la pérdida de la dignidad humana, sólo quien no puede sentirla en sí ha perdido la dignidad. Era en su propia alma, por lo tanto, donde se dirimía si podía preservar su libertad interna.
- ¿Quién eres? –le preguntaría finalmente un agente de tamaño menudo, pelo negro y ya entrado en años. El carcelero grueso que había detenido a Bachat le observó agradecido: la paliza, por lo visto, también cansaba a quien la propinaba.
- Sidi Ben Bachat –respondió el saharaui.
- ¿Y cuál es tu ocupación?
- Soy jefe de la policía del Distrito de Chamberí.
- ¿Y qué más?
- ¿Cómo que qué más?
- ¿Qué más? ¿Qué hacías en la casa de Jorge Brassens?
- Cumplía una misión.
El sujeto qe dirigía el interrogatorio sonrió de modo artero.
- ¿En qué consiste esa misión?
- No tengo que contestar a esa pregunta. Ya he dicho todo lo que debo decir.
El preguntante movió la cabeza en señal de negación. No, no era eso lo que esperaba.
- Se cree que estamos en los tiempos en que se aplicaba la Convención de Ginebra –dijo dirigiéndose al hombre grueso-. Está loco.
Bachat tenía la boca muy abierta, como si el breve aire que podía respirar en aquel local escasamente ventilado podía restablecer sus ya menguadas fuerzas.
- Está bien. Tendremos que pasar al segundo nivel de la reflexión. El primero no ha sido suficiente –dijo el jefe de interrogatorios de Chamartín.
- ¿Lo preparamos, entonces?
- Sí. Y mientras tanto dejadlo en la celda.
martes, 12 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (211)
Pablo De Vicente recibía a su primo en su despacho –explicaría equis a Brassens, tratando de ambientar el episodio-. Vestía correctamente, pero sin chaqueta, a lo americano, aunque ya se podía decir que esa forma de arreglo indumentario había pasado a ser habitual en cualquier país occidental, con independencia del aire acondicionado que se pusiera en verano o de la calefacción que calentara el invierno. Sería una conversación clave para el desarrollo de nuestra historia –agregaba equis.
- Te había dicho que se trataba de una conversación personal –adelantó Leonardo Jiménez-. Se trata del tío Juan Carlos.
Leonardo describiría a su primo las circunstancias que su otro primo le había narrado, sin privarse de ninguno de los detalles.
Pablo se removía inquieto en su asiento, de modo que Leonardo prefería parar la historia en el momento en que había hablado con Raúl, sin mencionar el posible encargo a un detective para la investigación del asunto de la secretaria del tío Juan Carlos. Sólo le mencionó la posibilidad de una reunión familiar previa, en Madrid, entre una representación de las tres ramas de los de Vicente.
La respuesta de Pablo se produjo de forma entrecortada, aunque clara. Le dijo que él ponía la mano en el fuego sobre la honestidad de la secretaria. Añadió que la doncella había sido readmitida. Subrayó en todo momento que su común tío Juan Carlos se encontraba bien, con toda su capacidad mental perfecta.
- Si queréis, Salvador y tú, podéis ir a verle al tío –para Pablo, Juan Carlos de Vicente era el tío por antonomasia- y le contáis todo eso. El tío está perfectamente bien.
En ese momento sonaba el móvil de Pablo. Este contestaría, aunque pedía a su interlocutor al otro lado del teléfono que le dejara cortar, que le llamaría más tarde. Era una voz masculina que sonaba distorsionada por la metalicidad que le aportaba el apaarato. Le hablaba de un talón y le preguntaba sobre lo que se debía hacer con él.
- Siempre se puede anular –observaría Pablo de Vicente.
Luego, el señor que hablaba al otro lado del aparato preguntaría por cómo se encontraba. La conversación terminaba finalmente.
Resultaba difícil saberlo, pero Leonardo Jimenez colegía que se trataba de su padre y, de repente, se le encendían todas las luces de alarma.
- No creo que tengamos que hacer ninguna reunión –dijo Pablo-. Yo en la vda siempre hago lo que dice mi padre –observó-. ¿Y vosotros qué hacéis en relación con tu madre?
- Nosotros actuamos de la forma en que lo entendemos mejor y luego se lo decimos –contestaría Leonardo.
- Yo siempre hago lo que él me dice –repetía Pablo-. Y muchas veces me he arrepentido de eso.
- Pablo de Vicente había hablado bastante, quizás demasiado –observaría equis-. La implicación de la secretaria parecía ahora sólo una pieza más en el “puzzle”, la historia se hacía más compleja por momentos.
- Te había dicho que se trataba de una conversación personal –adelantó Leonardo Jiménez-. Se trata del tío Juan Carlos.
Leonardo describiría a su primo las circunstancias que su otro primo le había narrado, sin privarse de ninguno de los detalles.
Pablo se removía inquieto en su asiento, de modo que Leonardo prefería parar la historia en el momento en que había hablado con Raúl, sin mencionar el posible encargo a un detective para la investigación del asunto de la secretaria del tío Juan Carlos. Sólo le mencionó la posibilidad de una reunión familiar previa, en Madrid, entre una representación de las tres ramas de los de Vicente.
La respuesta de Pablo se produjo de forma entrecortada, aunque clara. Le dijo que él ponía la mano en el fuego sobre la honestidad de la secretaria. Añadió que la doncella había sido readmitida. Subrayó en todo momento que su común tío Juan Carlos se encontraba bien, con toda su capacidad mental perfecta.
- Si queréis, Salvador y tú, podéis ir a verle al tío –para Pablo, Juan Carlos de Vicente era el tío por antonomasia- y le contáis todo eso. El tío está perfectamente bien.
En ese momento sonaba el móvil de Pablo. Este contestaría, aunque pedía a su interlocutor al otro lado del teléfono que le dejara cortar, que le llamaría más tarde. Era una voz masculina que sonaba distorsionada por la metalicidad que le aportaba el apaarato. Le hablaba de un talón y le preguntaba sobre lo que se debía hacer con él.
- Siempre se puede anular –observaría Pablo de Vicente.
Luego, el señor que hablaba al otro lado del aparato preguntaría por cómo se encontraba. La conversación terminaba finalmente.
Resultaba difícil saberlo, pero Leonardo Jimenez colegía que se trataba de su padre y, de repente, se le encendían todas las luces de alarma.
- No creo que tengamos que hacer ninguna reunión –dijo Pablo-. Yo en la vda siempre hago lo que dice mi padre –observó-. ¿Y vosotros qué hacéis en relación con tu madre?
- Nosotros actuamos de la forma en que lo entendemos mejor y luego se lo decimos –contestaría Leonardo.
- Yo siempre hago lo que él me dice –repetía Pablo-. Y muchas veces me he arrepentido de eso.
- Pablo de Vicente había hablado bastante, quizás demasiado –observaría equis-. La implicación de la secretaria parecía ahora sólo una pieza más en el “puzzle”, la historia se hacía más compleja por momentos.
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