Bilbao, 20 de septiembre de 2003.
Querida Lorsen:
Desde mi última carta no han pasado demasiadas cosas, pero quiero recuperar el contacto epistolar contigo al menos cada cierto tiempo.
Como sábado que es hoy, he ido por la mañana a visitar a Pilar. La niña –siempre lo será, para mí- estaba un tanto cansada por el bullir de las enfermeras y los médicos, ante los ingresos que se han producido. -Por cierto, en la calle pasa una manifestación que pide la “independencia”: parece que las cosas no cambian nunca por aquí, como siempre me decías). La silla que le han arreglado se ha vuelto a descomponer cuando una enfermera ha intentado tumbarla.
Mis visitas a Pilar son como monedas lanzadas al aire. No era demasiado consciente de ello, pero es verdad que nuestra hija está atravesando el período de la adolescencia, que es siempre el más difícil para ella misma y para sus padres, ya que para afirmarse a sí misma tiene que destruir el icono de lo que somos nosotros, su padre, yo, en este caso. Y no sé muy bien qué hacer para combatir esa actitud.
Cené ayer con tu padre. Le operan el jueves de la hernia. Está esperanzado. Piensa que, una vez que se recupere, podrá pasear como antes. No le he dicho que la medicina está avanzando mucho hasta que se demuestra lo contrario: Y tu caso lo demuestra de manera bastante precisa.
Hasta este jueves por la noche en que volví de Madrid, tenías nueve rosas rojas como conmemoración de nuestro décimo noveno aniversario de boda. Las flores ya estaban secas, así que las he retirado y, en su lugar, he encendido una vela.
No hace falta que te diga que sigues presente en mis pensamientos, en toda mi vida, y que te ruego que, allá donde te encuentres, sigas ayudándome a acertar en este mundo tan hostil en que se ha convertido mi vida sin tus consejos, sin tu cariño, sin tu apoyo.
Un beso.
lunes, 11 de julio de 2011
viernes, 8 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (209)
Y Perdomo asentía. Él mismo había experimentado los rigores del desierto saharaui en sus años de servicio y, aunque soportaba relativamente bien las elevadas temperaturas del desierto, era consciente de que la tortura –infligida de manera sistemática- era otra cosa y no sabía muy bien si Bachat se iría detrás de sus sufrimientos. Lo más probable sería la resistencia. Porque esa gente estaba formada por resistentes, hechos en la renuncia y en la escasez, adaptados a las condiciones más adversas. Pero lo reconoció: lo primero era protegerse ante el posible conocimiento por parte de los contrarios de sus puntos débiles.
- Dicho esto –continuaría Romerales-, yo tengo una gran confianza en que esta batalla, o guerra, la ganaremos. Pero claro, tenemos que plantearla.
Juan Antonio Sánchez observaba que ningún otro componente del gabinete de crisis quería hacer uso de la palabra.
- Todos estamos conformes, consejero-. Creo que convendrá proceder de acuerdo con el procedimiento.
Se trataba del protocolo que había diseñado Romerales y que la Junta de Chamberí había adoptado en su momento.
- Bien. El primer paso supongo que sería el de comprobar de manera fehaciente si Bachat está en su poder –declaró Romerales.
- ¿Quieres que hable yo con Jacobo? –sugirió el presidente.
- Creo que no –dijo taxativo el Consejero de Interior-. Se trata de un hombre de mi departamento de modo que no conviene que te gastes todavía, presidente. Además, Jacobo Martos está en la luna de Valencia. Lo haré yo.
- ¿Y después?
- Antes o después, quizás ahora mismo, hay que poner en funcionamiento el sistema operativo y situar fuerzas militares en la frontera –observó Romerales.
- Bien. Si no hay más remedio. ¿Y qué podemos utilizar?
- Lo más importante es que vean que estamos dispuestos a actuar, aunque sin mostrar toda nuestra capacidad. Bastaría quizás con movilizar a un par de centenares de hombres uniformados y equipados con fusiles convencionales –sugirió el responsable de la defensa de Chamberí-. Eso para el supuesto de que Bachat no cante.
- Cante o no cante yo creo que es un error que el enemigo no conozca nuestra potencial destructivo –afirmó Perdomo.
- Sí. Ya lo hemos discutido en alguna otra ocasión –asistió Romerales-. Tú eres de los que piensan que es importante que el enemigo tenga noticia de nuestra “force de frappe”. Pero en mi opinión eso nos conduciría a una escalada permanente en materia de armamento, con lo que habría que drenar recursos que ahora se destinan a otras actividades, que son más básicas. En otras circunstancias no diría que no, pero ahora de lo que se trata es de emplear la fuerza con toda la contundencia posible y rendir al enemigo en un santiamén. Vamos, poco menos que sea como el boxeador al que le atizas un golpe cuando está despistado, que apenas oye contar al árbitro.
- Está bien. Si no hay mayor inconveniente quedan autorizadas las dos gestiones: tu llamada a Cardidal y la movilización de fuerzas –declaró Sánchez-. ¿En cuánto tiempo estará eso listo?
- Para mañana al amanecer.
- Dicho esto –continuaría Romerales-, yo tengo una gran confianza en que esta batalla, o guerra, la ganaremos. Pero claro, tenemos que plantearla.
Juan Antonio Sánchez observaba que ningún otro componente del gabinete de crisis quería hacer uso de la palabra.
- Todos estamos conformes, consejero-. Creo que convendrá proceder de acuerdo con el procedimiento.
Se trataba del protocolo que había diseñado Romerales y que la Junta de Chamberí había adoptado en su momento.
- Bien. El primer paso supongo que sería el de comprobar de manera fehaciente si Bachat está en su poder –declaró Romerales.
- ¿Quieres que hable yo con Jacobo? –sugirió el presidente.
- Creo que no –dijo taxativo el Consejero de Interior-. Se trata de un hombre de mi departamento de modo que no conviene que te gastes todavía, presidente. Además, Jacobo Martos está en la luna de Valencia. Lo haré yo.
- ¿Y después?
- Antes o después, quizás ahora mismo, hay que poner en funcionamiento el sistema operativo y situar fuerzas militares en la frontera –observó Romerales.
- Bien. Si no hay más remedio. ¿Y qué podemos utilizar?
- Lo más importante es que vean que estamos dispuestos a actuar, aunque sin mostrar toda nuestra capacidad. Bastaría quizás con movilizar a un par de centenares de hombres uniformados y equipados con fusiles convencionales –sugirió el responsable de la defensa de Chamberí-. Eso para el supuesto de que Bachat no cante.
- Cante o no cante yo creo que es un error que el enemigo no conozca nuestra potencial destructivo –afirmó Perdomo.
- Sí. Ya lo hemos discutido en alguna otra ocasión –asistió Romerales-. Tú eres de los que piensan que es importante que el enemigo tenga noticia de nuestra “force de frappe”. Pero en mi opinión eso nos conduciría a una escalada permanente en materia de armamento, con lo que habría que drenar recursos que ahora se destinan a otras actividades, que son más básicas. En otras circunstancias no diría que no, pero ahora de lo que se trata es de emplear la fuerza con toda la contundencia posible y rendir al enemigo en un santiamén. Vamos, poco menos que sea como el boxeador al que le atizas un golpe cuando está despistado, que apenas oye contar al árbitro.
- Está bien. Si no hay mayor inconveniente quedan autorizadas las dos gestiones: tu llamada a Cardidal y la movilización de fuerzas –declaró Sánchez-. ¿En cuánto tiempo estará eso listo?
- Para mañana al amanecer.
jueves, 7 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (208)
- Así que Leonardo Jiménez llamó desde el mismo VIP’S –continuaría equis- a su hermano Raúl, que tenía un despacho muy cerca de allí, en la calle Velázquez. Sí, era urgente –le dijo-; sí, le podía recibir, le contestó Raúl.
- De modo que se fue hacia allí –continuaba equis-. Raúl era su hermano mayor. Y ejercía con él de tal. Fallecido su padre se ocupaba de sus problemas y le tendía siempre sus brazos abiertos, de la misma manera a como Leonardo se portaba con él. Eran lo que ellos mismos habrían calificado como hermanos y amigos, donde no sabrían muy bien cuál de las dos ideas iba antes y cuál después.
- Raúl le escucharía atentamente. Cuando su hermano concluyó le preguntó si pensaba él que cabía la posibilidad de acudir al mismo tío Juan Carlos. Pero Leonardo lo excluía de raíz: no era posible. No se enteraría del asunto, pero tampoco querría enterarse. La cuestión consistía en enterarse de si la secretaria había metido la mano en la caja. Para ello –según dijo Leonardo a Raúl, lo mejor sería hablar con Pablo de Vicente, el segundo de los hermanos descendientes del último de los De Vicente de su misma generación. Según su opinión, se trataría de poner de acuerdo a las tres ramas de la familia para investigar el caso.
- Raúl pidió una especie de “tiempo muerto”. Quería pensarlo. De modo que hablarían en otro momento.
- De modo que se fue hacia allí –continuaba equis-. Raúl era su hermano mayor. Y ejercía con él de tal. Fallecido su padre se ocupaba de sus problemas y le tendía siempre sus brazos abiertos, de la misma manera a como Leonardo se portaba con él. Eran lo que ellos mismos habrían calificado como hermanos y amigos, donde no sabrían muy bien cuál de las dos ideas iba antes y cuál después.
- Raúl le escucharía atentamente. Cuando su hermano concluyó le preguntó si pensaba él que cabía la posibilidad de acudir al mismo tío Juan Carlos. Pero Leonardo lo excluía de raíz: no era posible. No se enteraría del asunto, pero tampoco querría enterarse. La cuestión consistía en enterarse de si la secretaria había metido la mano en la caja. Para ello –según dijo Leonardo a Raúl, lo mejor sería hablar con Pablo de Vicente, el segundo de los hermanos descendientes del último de los De Vicente de su misma generación. Según su opinión, se trataría de poner de acuerdo a las tres ramas de la familia para investigar el caso.
- Raúl pidió una especie de “tiempo muerto”. Quería pensarlo. De modo que hablarían en otro momento.
lunes, 4 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (207)
Bilbao, 5 de septiembre de 2003.
Querida Lorsen:
Esta mañana he estado en Vitoria con ocasión de la visita de Mariano Rajoy al País Vasco, una vez que los órganos del partido le han elegido como candidato a presidente del Gobierno. Una vez más tenías razón y no ha sido Jaime Mayor el candidato propuesto. Te agradará saber que Mariano ha estado muy afectuoso conmigo, que me recordaba perfectamente –no he tenido que decirle mi nombre.
Hace un par de noches tuve un sueño. Era triste, pero al menos salías tú. Viajábamos en un coche, tú y yo, y detrás iban los Companys, en otro. Yo creía que estabas conduciendo bien, porque la carretera llevaba a una zona que era una verdadera ensalada de vías de tren y pasaban algunos convoyes por ahí, y tú movías el coche con facilidad para que no nos arrollaran. Pero Alfonso salió del suyo y te propuso conducir el nuestro. Entonces tú torciste el gesto, como cuando te disponías a llorar. Fue cuando pensé que habías bebido algo. Yo te procuraba consolar.
Me conforta cuando apareces en mis sueños. Aunque después pasen las horas sin que pueda volver a dormir. Esa sola presencia tuya, tan real, tan cercana, me permite compartir contigo siquiera unos segundos ficticios, pensando, ¡ay!, que todavía no te has ido, que aún existe solución para tu complicada existencia.
Pilar está bastante poco simpática conmigo. El otro día fui a darle de comer pero prefirió que la comida se la diera la enfermera. Quería ver un programa de televisión y a lo mejor yo le impedía la visión. A veces pienso que esa, que es la única referencia que me une a la vida, tampoco resulta todo lo grata que debiera. He dejado pasar unos días antes de volverla a ver, este fin de semana. Espero que esté mejor conmigo.
Un beso.
Querida Lorsen:
Esta mañana he estado en Vitoria con ocasión de la visita de Mariano Rajoy al País Vasco, una vez que los órganos del partido le han elegido como candidato a presidente del Gobierno. Una vez más tenías razón y no ha sido Jaime Mayor el candidato propuesto. Te agradará saber que Mariano ha estado muy afectuoso conmigo, que me recordaba perfectamente –no he tenido que decirle mi nombre.
Hace un par de noches tuve un sueño. Era triste, pero al menos salías tú. Viajábamos en un coche, tú y yo, y detrás iban los Companys, en otro. Yo creía que estabas conduciendo bien, porque la carretera llevaba a una zona que era una verdadera ensalada de vías de tren y pasaban algunos convoyes por ahí, y tú movías el coche con facilidad para que no nos arrollaran. Pero Alfonso salió del suyo y te propuso conducir el nuestro. Entonces tú torciste el gesto, como cuando te disponías a llorar. Fue cuando pensé que habías bebido algo. Yo te procuraba consolar.
Me conforta cuando apareces en mis sueños. Aunque después pasen las horas sin que pueda volver a dormir. Esa sola presencia tuya, tan real, tan cercana, me permite compartir contigo siquiera unos segundos ficticios, pensando, ¡ay!, que todavía no te has ido, que aún existe solución para tu complicada existencia.
Pilar está bastante poco simpática conmigo. El otro día fui a darle de comer pero prefirió que la comida se la diera la enfermera. Quería ver un programa de televisión y a lo mejor yo le impedía la visión. A veces pienso que esa, que es la única referencia que me une a la vida, tampoco resulta todo lo grata que debiera. He dejado pasar unos días antes de volverla a ver, este fin de semana. Espero que esté mejor conmigo.
Un beso.
viernes, 1 de julio de 2011
Intercambio de solsticios (206)
Y ese hombre, Sidi Ben Bachat, estaba allí; esperando a que llegaran sus carceleros e iniciaran la correspondiente dosis de tortazos. Su estrategia preparada –en realidad, la ausencia total de estrategia-: sólo tenía que demostrarse a sí mismo hasta qué punto estaba curtido para una prueba de esas características.
De pronto sonaron unos pasos de botas claveteadas al fondo del breve corredor. Voces ahogadas por los propios esbirros de Cardidal que se hacían sin embargo cada vez más próximas. Por lo que Bachat había podido intuir él era el único prisionero en aquella resumida comisaría-prisión. Y por lo que sabía, los de Chamartín disponían de otras dependencias menos céntricas para los presos de más larga duración. Una estancia corta, en todo caso, pues la práctica de los asesinatos unida al desplazamiento de los cadáveres al exterior de la cárcel era más que habitual: la nueva versión de la vieja ley de fugas del distrito en el que ahora se encontraba. No, ni siquiera lo sabía Martos, el presidente de aquella junta, aunque desde luego que lo intuía y hacía en consecuencia la vista gorda.
Ya estaban allí. El gordo a la cabeza y con las llaves de su celda en ristre.
- ¡Pégate a la pared! –le ordenó.
Bachat obedeció.
Entraron dos muchachos fornidos que volvieron a ponerle las esposas, esta vez por su espalda. Ahora estaba muy claro: carecía de parachoques orgánico; no se podía permitir el lujo de dar un traspié, porque corría el riesgo de hacerse una buena herida en la cara.
Ni siquiera quiso preguntar adónde le llevaban o qué pretendían hacer con él. Pensaba que a lo mejor su voz sonaría insegura, suplicante, quizás un principio de debilidad.
Le arrastraron hacia una dependencia relativamente cercana. Varias veces estuvo a punto de perder el equilibrio, pero pudo hacer el trayecto con la mejor prestancia de que fue capaz, pese a lo cual los carceleros se mofaban de sus breves carrerillas que le evitaban una inminente caída.
Se trataba de una gran sala repleta de variados objetos. En un lado de la estancia había una bañera. No se trataba de un cuarto de baño, sin embargo. No había grifos en ninguna parte, ni toallas, ni jabón de ningún tipo. Bachat torcía el gesto: “El mal se aprende muy fácil”, pensaría el saharaui para sus adentros.
En el centro de la sala había una mesa de oficina tan vieja como que serviría para habilitar el trabajo de un administrativo de los años ’40 del siglo pasado. Detrás de ella se sentó el tipo aquel, el gordo que le había detenido. Le invitó a sentarse.
- No queremos hacerte daño. Si no es preciso, claro. Queremos que nos cuentes lo que sabes… -le dijo.
Bachat permaneció en silencio.
- ¿No dices nada? Pues empezamos bien… -murmuró el guardián. Y luego alzó la voz, quizás para que se enteraran también sus otros dos compañeros-. ¡Por menos de eso se han dejado aquí los dientes unos cuantos!
- No me has preguntado nada –dijo Bachat con actitud reservada.
- Está bien. No he dicho nada, todavía –declaró el jefe de los carceleros-. Vamos a hacer la ficha. ¿Te parece? –preguntó después con indisimulado sarcasmo.
- Haga lo que tenga que hacer –repuso Bachat.
De pronto sonaron unos pasos de botas claveteadas al fondo del breve corredor. Voces ahogadas por los propios esbirros de Cardidal que se hacían sin embargo cada vez más próximas. Por lo que Bachat había podido intuir él era el único prisionero en aquella resumida comisaría-prisión. Y por lo que sabía, los de Chamartín disponían de otras dependencias menos céntricas para los presos de más larga duración. Una estancia corta, en todo caso, pues la práctica de los asesinatos unida al desplazamiento de los cadáveres al exterior de la cárcel era más que habitual: la nueva versión de la vieja ley de fugas del distrito en el que ahora se encontraba. No, ni siquiera lo sabía Martos, el presidente de aquella junta, aunque desde luego que lo intuía y hacía en consecuencia la vista gorda.
Ya estaban allí. El gordo a la cabeza y con las llaves de su celda en ristre.
- ¡Pégate a la pared! –le ordenó.
Bachat obedeció.
Entraron dos muchachos fornidos que volvieron a ponerle las esposas, esta vez por su espalda. Ahora estaba muy claro: carecía de parachoques orgánico; no se podía permitir el lujo de dar un traspié, porque corría el riesgo de hacerse una buena herida en la cara.
Ni siquiera quiso preguntar adónde le llevaban o qué pretendían hacer con él. Pensaba que a lo mejor su voz sonaría insegura, suplicante, quizás un principio de debilidad.
Le arrastraron hacia una dependencia relativamente cercana. Varias veces estuvo a punto de perder el equilibrio, pero pudo hacer el trayecto con la mejor prestancia de que fue capaz, pese a lo cual los carceleros se mofaban de sus breves carrerillas que le evitaban una inminente caída.
Se trataba de una gran sala repleta de variados objetos. En un lado de la estancia había una bañera. No se trataba de un cuarto de baño, sin embargo. No había grifos en ninguna parte, ni toallas, ni jabón de ningún tipo. Bachat torcía el gesto: “El mal se aprende muy fácil”, pensaría el saharaui para sus adentros.
En el centro de la sala había una mesa de oficina tan vieja como que serviría para habilitar el trabajo de un administrativo de los años ’40 del siglo pasado. Detrás de ella se sentó el tipo aquel, el gordo que le había detenido. Le invitó a sentarse.
- No queremos hacerte daño. Si no es preciso, claro. Queremos que nos cuentes lo que sabes… -le dijo.
Bachat permaneció en silencio.
- ¿No dices nada? Pues empezamos bien… -murmuró el guardián. Y luego alzó la voz, quizás para que se enteraran también sus otros dos compañeros-. ¡Por menos de eso se han dejado aquí los dientes unos cuantos!
- No me has preguntado nada –dijo Bachat con actitud reservada.
- Está bien. No he dicho nada, todavía –declaró el jefe de los carceleros-. Vamos a hacer la ficha. ¿Te parece? –preguntó después con indisimulado sarcasmo.
- Haga lo que tenga que hacer –repuso Bachat.
jueves, 30 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (205)
- Te hablaba de sobrinos –proseguía equis-. Pues bien. Dos sobrinos y primos entre sí se reunieron una mañana de primavera. Uno de esos días luminosos que hacen la envidia de todo el mundo –dijo con desmedido énfasis el interlocutor de Brassens-. Estaban desayunando en el VIP’S de Lista con Velázquez. Ya sabes.
Jorge Brassens prefirió no interrumpir. Sólo asintió con la cabeza.
- Habían quedado para charlar de un negocio que uno de ellos quería proponer al otro. No te diré de qué se trataba el asunto porque tampoco hace al caso. Lo cierto es que había concluido la parte correspondiente al trabajo y Leonardo Jiménez se levantaba para abandonar la cafetería cuando…
- Un momento. No te vayas todavía, que te quiero comentar un asunto –le dijo el otro sobrino, de nombre Salvador, Salvador de Vicente. Así que Leonardo volvió a sentarse.
- Te quería hablar del tío Juan Carlos, le dijo. En esa familia, cuando se hablaba del tío Juan Carlos no había otro. Y como siempre que se mencionaba ese nombre podía haber expectativas económicas de por medio, Leonardo Jiménez aguzó el oído.
- El otro día me comentó mi hermana Isabel que le había visitado en su casa. Le vio bastante ido, pero eso no la extrañó mucho. Lo que sí fue raro, bastante más que raro, diría yo –apostillaba Salvador- es que una doncella del tío, Encarni, se le puso a llorar como una Magdalena…
- Me acuerdo perfectamente de ella –aseguró Jiménez-. ¿Y qué le pasaba?
- Pues que la habían echado de la casa.
- ¿El tío?
- No. Por lo visto el tío Juan Carlos no se había enterado siquiera del asunto. La había echado la secretaria del tío, María.
- Ya…
- El caso es que Isabel intentó enterarse de lo que pasaba. Efectivamente la habían echado, con indemnización incluida. Pero una vez que mi hermana empezó a mover el asunto la readmitieron. ¿No te parece que la cosa es un tanto extraña?
- Pues sí.
- Además me contó que cuando apareció en su casa vio al tío un tanto despistado, con una estilográfica en una mano y un talonario de cheques en la otra. Y que le dijo enseñándole la pluma:
“Yo con esto firmo todo lo que me presentan”.
- Ya –dijo Jiménez-. Eso me parece que podría ocurrir. Y puede ser grave. Porque María es la que le lleva todas las cosas. Y luego están los De Vicente Restrepo.
- ¿Los Restrepo? –preguntaría Brassens.
- Sí. La otra rama de los sobrinos. Los hijos de Santos, el hermano menor.
- Yo no voy a quejarme nunca de que ellos sean siempre los beneficiados por el tío Juan Carlos –dijo Salvador de Vicente, como si supiera lo que le iba a comentar su primo-. Cada uno hace con su dinero lo que quiera. Pero creo que es muy grave que estén desfalcando al tío. Sea su secretaria o sea quien sea. ¿No te parece?
Leonardo Jiménez estaba totalmente de acuerdo con Salvador.
- ¿Te importaría investigar un poco el asunto?
Jiménez le prometió que así lo haría.
- Pero que sea pronto. No quisiera que el asunto se pusiera aún más feo… Vamos, si es que hay algo feo en la cosa.
Jorge Brassens prefirió no interrumpir. Sólo asintió con la cabeza.
- Habían quedado para charlar de un negocio que uno de ellos quería proponer al otro. No te diré de qué se trataba el asunto porque tampoco hace al caso. Lo cierto es que había concluido la parte correspondiente al trabajo y Leonardo Jiménez se levantaba para abandonar la cafetería cuando…
- Un momento. No te vayas todavía, que te quiero comentar un asunto –le dijo el otro sobrino, de nombre Salvador, Salvador de Vicente. Así que Leonardo volvió a sentarse.
- Te quería hablar del tío Juan Carlos, le dijo. En esa familia, cuando se hablaba del tío Juan Carlos no había otro. Y como siempre que se mencionaba ese nombre podía haber expectativas económicas de por medio, Leonardo Jiménez aguzó el oído.
- El otro día me comentó mi hermana Isabel que le había visitado en su casa. Le vio bastante ido, pero eso no la extrañó mucho. Lo que sí fue raro, bastante más que raro, diría yo –apostillaba Salvador- es que una doncella del tío, Encarni, se le puso a llorar como una Magdalena…
- Me acuerdo perfectamente de ella –aseguró Jiménez-. ¿Y qué le pasaba?
- Pues que la habían echado de la casa.
- ¿El tío?
- No. Por lo visto el tío Juan Carlos no se había enterado siquiera del asunto. La había echado la secretaria del tío, María.
- Ya…
- El caso es que Isabel intentó enterarse de lo que pasaba. Efectivamente la habían echado, con indemnización incluida. Pero una vez que mi hermana empezó a mover el asunto la readmitieron. ¿No te parece que la cosa es un tanto extraña?
- Pues sí.
- Además me contó que cuando apareció en su casa vio al tío un tanto despistado, con una estilográfica en una mano y un talonario de cheques en la otra. Y que le dijo enseñándole la pluma:
“Yo con esto firmo todo lo que me presentan”.
- Ya –dijo Jiménez-. Eso me parece que podría ocurrir. Y puede ser grave. Porque María es la que le lleva todas las cosas. Y luego están los De Vicente Restrepo.
- ¿Los Restrepo? –preguntaría Brassens.
- Sí. La otra rama de los sobrinos. Los hijos de Santos, el hermano menor.
- Yo no voy a quejarme nunca de que ellos sean siempre los beneficiados por el tío Juan Carlos –dijo Salvador de Vicente, como si supiera lo que le iba a comentar su primo-. Cada uno hace con su dinero lo que quiera. Pero creo que es muy grave que estén desfalcando al tío. Sea su secretaria o sea quien sea. ¿No te parece?
Leonardo Jiménez estaba totalmente de acuerdo con Salvador.
- ¿Te importaría investigar un poco el asunto?
Jiménez le prometió que así lo haría.
- Pero que sea pronto. No quisiera que el asunto se pusiera aún más feo… Vamos, si es que hay algo feo en la cosa.
miércoles, 29 de junio de 2011
Intercambio de solsticios (204)
Bilbao, 28 de agosto de 2003.
Querida Lorsen:
Como ves te escribo estas letras el mismo día de tu aniversario. Una gran vela se consume junto a tus cenizas. He intentado comprar unas rosas rojas –nueve, por los meses que llevo sin ti- pero la floristería de la esquina está cerrada por reformas, y por la tarde están cerradas otras, o de vacaciones. Queda, eso sí, el ocho de septiembre, nuestro décimo noveno aniversario, en que buscaré las flores que tanto escatimaba en vida. Ya ves: Ahora que no me las puedes agradecer es cuando siento no poder ofrecértelas.
Lo cierto es que he ido a menos a lo largo del día, con una depresión que ha ganado una buena parte del terreno que había perdido, especialmente en Arrechea. Aunque, después de todo, mi disciplina me ha permitido ponerme ante el ordenador y escribir alguna cosa. Espero hacer todo lo que me he propuesto durante el día, a pesar de que para ello deba tragarme una buena parte de mis angustias existenciales.
Pilar ha pasado su dieciséis cumpleaños en un verdadero torbellino, como si estuviera montada en una montaña rusa de visitas, regalos y cariño. La felicidad que al resto de los mortales –los normales, los que se dice que estamos sanos- se nos niega, la recibe nuestra hija a raudales, sin medida ni tasa. Pilar reina verdaderamente en la sala de cuidados intensivos de pediatría. Más aún cuando no había más que una persona ingresada –aparte de ella.
Por mi parte, he intentado encargarme de la parte material del asunto, a la manera en que lo hacías tú. Los helados, unas pastas, el vinito clarete... Pero tu ausencia era lo más presente que había ayer, excepto Pilar, claro. Pero ella creo que se ha parapetado muy convenientemente detrás de sus capacidades defensivas –que no son pocas- y se ha enroscado a la vida, con todas las limitaciones que esta le ofrece, pero también con ese cariño que tanta gente le da, le damos –o le procuramos dar.
Todo en la vida –más bien, tantas cosas- viene a ser una especie de contradicción que se sucede a sí misma. Un sociólogo lo llamaría la “self fulfilling contradiction,” o así. Viven, y plenamente, los que parecería que sólo les quedaba poco más que meses de vida. Morís –morimos, en cierta forma siempre nos vamos con la que gente que queremos, lo mismo que los que os vais no lo hacéis definitivamente en tanto quienes os quisimos seguimos viviendo, claro, por decirlo de algún modo- los que deberíais haber vivido mucho tiempo más que todos nosotros. ¡Estúpido de mí! ¡Yo, que te daba noventa y más años de vida!, ¡que estaba preocupado por tu pensión, porque mi existencia me parecía –me lo sigue pareciendo- limitada a unos veinte, quizás veinticinco, todo lo más, años de vida.
Así, el recuerdo de Pilar se anuda al tuyo. Y esa es la experiencia principal de su cumpleaños. Enrique, Patricia y las niñas, Kelly, e incluso una auxiliar que le ponía una larga carta –un tanto cursi, pero sentida-. Pilar y Lorsen, Lorsen y Pilar, como dos seres que vagan en espacios distintos, esperando que llegue el día en que puedan volver a unirse, aunque sea en la nada, porque nuestra Virgen de Roncesvalles, al final, no pueda acercaros, porque no seáis nada, en definitiva.
Y yo, con esa impresión que arrastro, debida a a mis carencias de autoestima, de ser poco más que el perro del lazarillo en vuestra relación, espero que el futuro de la paz, que se parece por desgracia bastante a los cementerios -¡la vida resulta tan poco gratificadora!-, espero también unirme a vosotros cuando quiera esa Virgen a quien tanto quiero, dondequiera que estéis, para celebrar en ese sitio –o en esa nada- algunos cumpleaños, algunas Navidades, con vosotros. Cumpleaños y Navidades que no se interrumpan nunca porque ha llegado la hora en que Pilar está cansada y nosotros debemos volver a casa.
Tengo que dejar la máquina. Estoy llorando y apenas veo las letras.
Te quiero.
Querida Lorsen:
Como ves te escribo estas letras el mismo día de tu aniversario. Una gran vela se consume junto a tus cenizas. He intentado comprar unas rosas rojas –nueve, por los meses que llevo sin ti- pero la floristería de la esquina está cerrada por reformas, y por la tarde están cerradas otras, o de vacaciones. Queda, eso sí, el ocho de septiembre, nuestro décimo noveno aniversario, en que buscaré las flores que tanto escatimaba en vida. Ya ves: Ahora que no me las puedes agradecer es cuando siento no poder ofrecértelas.
Lo cierto es que he ido a menos a lo largo del día, con una depresión que ha ganado una buena parte del terreno que había perdido, especialmente en Arrechea. Aunque, después de todo, mi disciplina me ha permitido ponerme ante el ordenador y escribir alguna cosa. Espero hacer todo lo que me he propuesto durante el día, a pesar de que para ello deba tragarme una buena parte de mis angustias existenciales.
Pilar ha pasado su dieciséis cumpleaños en un verdadero torbellino, como si estuviera montada en una montaña rusa de visitas, regalos y cariño. La felicidad que al resto de los mortales –los normales, los que se dice que estamos sanos- se nos niega, la recibe nuestra hija a raudales, sin medida ni tasa. Pilar reina verdaderamente en la sala de cuidados intensivos de pediatría. Más aún cuando no había más que una persona ingresada –aparte de ella.
Por mi parte, he intentado encargarme de la parte material del asunto, a la manera en que lo hacías tú. Los helados, unas pastas, el vinito clarete... Pero tu ausencia era lo más presente que había ayer, excepto Pilar, claro. Pero ella creo que se ha parapetado muy convenientemente detrás de sus capacidades defensivas –que no son pocas- y se ha enroscado a la vida, con todas las limitaciones que esta le ofrece, pero también con ese cariño que tanta gente le da, le damos –o le procuramos dar.
Todo en la vida –más bien, tantas cosas- viene a ser una especie de contradicción que se sucede a sí misma. Un sociólogo lo llamaría la “self fulfilling contradiction,” o así. Viven, y plenamente, los que parecería que sólo les quedaba poco más que meses de vida. Morís –morimos, en cierta forma siempre nos vamos con la que gente que queremos, lo mismo que los que os vais no lo hacéis definitivamente en tanto quienes os quisimos seguimos viviendo, claro, por decirlo de algún modo- los que deberíais haber vivido mucho tiempo más que todos nosotros. ¡Estúpido de mí! ¡Yo, que te daba noventa y más años de vida!, ¡que estaba preocupado por tu pensión, porque mi existencia me parecía –me lo sigue pareciendo- limitada a unos veinte, quizás veinticinco, todo lo más, años de vida.
Así, el recuerdo de Pilar se anuda al tuyo. Y esa es la experiencia principal de su cumpleaños. Enrique, Patricia y las niñas, Kelly, e incluso una auxiliar que le ponía una larga carta –un tanto cursi, pero sentida-. Pilar y Lorsen, Lorsen y Pilar, como dos seres que vagan en espacios distintos, esperando que llegue el día en que puedan volver a unirse, aunque sea en la nada, porque nuestra Virgen de Roncesvalles, al final, no pueda acercaros, porque no seáis nada, en definitiva.
Y yo, con esa impresión que arrastro, debida a a mis carencias de autoestima, de ser poco más que el perro del lazarillo en vuestra relación, espero que el futuro de la paz, que se parece por desgracia bastante a los cementerios -¡la vida resulta tan poco gratificadora!-, espero también unirme a vosotros cuando quiera esa Virgen a quien tanto quiero, dondequiera que estéis, para celebrar en ese sitio –o en esa nada- algunos cumpleaños, algunas Navidades, con vosotros. Cumpleaños y Navidades que no se interrumpan nunca porque ha llegado la hora en que Pilar está cansada y nosotros debemos volver a casa.
Tengo que dejar la máquina. Estoy llorando y apenas veo las letras.
Te quiero.
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