miércoles, 18 de marzo de 2026

Y plantaron su tienda en Fuenterrabía


Se trataba de un grupo heterogéneo. Se habían conocido en la organización de una “misa de la juventud” que se celebraba los sábados por la noche en una parroquia del centro de la localidad.  En aquellos tiempos del tardofranquismo algunos sacerdotes consideraban que su función pastoral exigía de una denuncia de la situación política, y emitían en consecuencia señales hacia las gentes que también pretendían contribuir a que concluyera el régimen, aunque no sabían muy bien ni la dirección a tomar ni el objetivo final de sus pretensiones. Se trataba de ese feliz término que proclamaba la realidad de las insuficiencias que había en los concienciados opositores: “contra Franco vivíamos mejor”, llegarían a decir años más tarde, cuando comprobaban que tampoco el resultado conseguido colmaba sus aspiraciones.


Llegaba la Semana Santa. Y a alguien se le ocurría preguntar por los planes de los congregados. “Huir de aquí”, acertaría a expresar uno de ellos, espantado ante la sola posibilidad de vivir aquellos días asfixiado por la solemnidad de aquellas fechas, la triste programación televisiva y las procesiones y los ritos que se acostumbraban en esas fechas.


“Huir, de acuerdo… pero ¿hacía dónde?”, preguntaría otro de los reunidos. Entonces sería Santi -de nombre real Santos-, un sindicalista de CCOO, algo grueso, barba pelirroja, reducida estatura y que calzaba chirucas y vestía una camisa de cuadros de vivos colores, quien expresaría sus intenciones: “Me gustaría conocer Francia”. Y entre unos y otros decidían que la mejor fórmula era acercarse a Fuenterrabía. Desde allí era relativamente sencillo llegar al país vecino. Y tomar una “bière presión” -o sea, una caña-, en palabras de Joaquín Romero, que era el único de los asistentes que se veía capaz de comunicarse en francés. Desde luego -añadía Romero- no tenía inconveniente en acompañar a Santi a conocer, siquiera por unos momentos, un pedacito de tierra del país vecino.


Carecían de recursos económicos, así que decidieron pasar su estancia en una tienda de campaña. La plantarían en cualquier terreno que les pareciera aceptable.


Llegaría el día. Se dirigieron a la estación de autobuses y tomaron un vehículo que les conducía a la localidad guipuzcoana. En un grupo de seis personas se producen siempre retrasos, de modo que no llegarían precisamente a una hora temprana de la tarde. Después de deambular por los lugares aledaños a la localidad costera, ya cercana la hora del crepúsculo, encontraron una localización que les pareció idónea. “O eso o nada”, debieron pensar, mientras observaban que la tarde moría de manera irremisible. Con la acostumbrada dificultad, plantaron la tienda, se instalaron, encendieron un hornillo de camping gas y prepararon una cena.


Se había puesto el sol y el frío de la primavera apenas iniciada les recomendaría cesar sus cánticos y abandonar sus conversaciones para introducirse en sus sacos de dormir. Embutidos en ellos, unos continuaban su palique en tanto que otros cabeceaban un sueño extraño por lo temprano de la hora.


De pronto percibieron una luz en el exterior de la tienda. La claridad se veía acompañada por unas voces masculinas. Las chicas del grupo se movían en sus sacos, atemorizadas; no menos preocupados, los hombres aplicaban sus cinco sentidos a la comprensión de lo que estaba sucediendo.


Muy pronto, unas y otros, lo sabrían: una voz audible les explicaría:


  • No podéis estar aquí. Esto es zona militar…


Descorrieron la cremallera. Un soldado del ejército que llevaba una linterna en la mano repetía su admonición: “Aquí no os podéis quedar”.


La cosa estaba clara. Debían abandonar esa ubicación. Eso estaba claro, ¿pero adónde podrían ir? Y alguien haría esa reflexión en voz alta.


  • No hay problema. Si no tenéis otro sitio mejor donde alojaros, os cedemos una habitación en el fuerte. Total, allí no hay ningún jefe. Estamos haciendo la mili y nadie nos controla…


No existía desde luego mejor opción. Así que, ayudados por el generoso soldado, deshacían la tienda, situaban de nuevo sus enseres en sus mochilas y seguían al militar y a su linterna en una singular comitiva hacia el expresado fuerte.


Llegados hasta el establecimiento era la hora de cenar.  El contingente no superaba el número de cinco soldados y la disciplina brillaba por su ausencia. En esos momentos, además, la disipación se había apoderado de la tropa, debido a una excesiva ingesta de vino. Uno de ellos se empeñaba en preparar la tortilla con más huevos que se había cocinado nunca. Pero ni siquiera se ocupaba de batirlos. Los arrojaba a una inmensa sartén, los removía de manera rápida, y clamaba por la llegada de la liberación de su compromiso con la patria, entre los balbuceos provocados por el alcohol.


Durmieron mal. La habitación que les habían adjudicado no era lo suficientemente espaciosa como para que estiraran por completo sus organismos, y eso que ninguno de ellos disponía de altura ni envergadura exageradas.


Llegada la mañana, Romero cumplía su promesa y acompañaba a Santi hasta Hendaya. El sindicalista dijo no haberse quedado impresionado por el país ni por su cerveza. Regresaron al fuerte. Allí encontraron a los soldados en la misma situación que en la noche anterior, incluido el que aún pretendía superar el récord de los huevos en una sola tortilla, con la diferencia de que en aquella ocasión su dispepsia había provocado que hubiera más cáscaras y líquido en el pringoso suelo que en la sartén.


Esa noche, acosados por el cansancio, dormirían mejor. Despertados al nuevo día, desayunaron con los productos proporcionados por el ejército, agradecieron la hospitalidad y regresaron a su localidad de origen.


Requerido por sus padres para conocer lo que había hecho en esos días,  Joaquín Romero, refería de manera sucinta lo que les había acaecido. Sería entonces cuando la madre de Joaquín decía a su marido:


  • Ha estado en el fuerte de Fuenterrabía. Donde mataron a tu tío Honorio.


Tan dramático acontecimiento había ocurrido, en efecto, en septiembre de 1936, cuando apenas las tropas de Franco se acercaban a San Sebastián. Uno de los fusilados sería Honorio Maura, hijo del político conservador de la Restauración. Su sobrino nieto había visitado el fuerte sin tener noticia de tal circunstancia. 


Coda. Quienes hoy reclaman con insistencia la necesidad de la memoria democrática no son conscientes de los silencios de la generación de los hijos de los que lucharon -y perecieron- en la contienda. Un silencio útil para preservar en los que les seguían la posibilidad de una necesaria reconciliación. 


Pero siempre existe quien se dedica a atizar los rescoldos que aún humean en la chimenea…




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