domingo, 22 de marzo de 2026

¿Palabras de disculpa?


El 25 de marzo de 2019, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, escribió sendas cartas al Papa Francisco y al Rey Felipe VI, en reclamación de una disculpa. por los que el mandatario reputaba de excesos cometidos durante la colonización. En concreto, en el texto enviado al Jefe del Estado español pedía a éste reconocer los agravios -supuestamente-causados y ofrecer una disculpa pública a los pueblos originarios. Aunque con un tono más institucional, la actual presidenta del citado país americano, Claudia Sheinbaum, ha mantenido la actitud de su predecesor.



En el año 2021, Bergoglio pedía perdón por los abusos y pecados cometidos a lo largo de la evangelización. El mismo término empleado ahora por Don Felipe -abusos- en los comentarios que hacía éste hace unos días en presencia del embajador de México.


Sobra decir que la historia no proporciona demasiados argumentos felices a la civilización que los conquistadores españoles, con Hernán Cortés a la cabeza, descubrían a su llegada a lo que hoy es México. Es sabido de todos que en el Imperio azteca las prácticas de antropofagia ritual, esto es, la organización de sacrificios humanos por motivos religiosos, operaba de manera habitual. Ni los altos responsables mexicanos ni el Rey de España han hecho mención a esas atrocidades perpetradas por los aztecas con carácter previo a la llegada de los españoles.


Pensábamos algunos que determinadas gentes estarían ya curadas de espanto respecto de las memorias históricas y democráticas, que consisten sólo en desenterrar los cadáveres de lo peor de nuestro pasado, exhibiéndolos en la plaza pública. Esos muertos a los que se pretende, por unos y otros, ofrecer nueva vida, como zombis que sirven para espantar a las almas bienpensantes y desviar la atención respecto de los problemas reales. Resulta siempre más fácil debatir acerca de los presuntos desmanes de la colonización y de los huesos de Franco que del narcotráfico, de la corrupción o de los accidentes y de las víctimas padecidas por nuestro desbarajuste ferroviario.


Pero no, el terreno de la historia parece abonado para esta clase de peticiones. A las ya clásicas de Hugo Chaves y de Evo Morales se le puede añadir el peruano Pedro Castillo. Amenaza la cosecha de la presentación de disculpas en convertirse en un rosario de reclamaciones, y a Don Felipe en pasar a la historia -a pesar de su ejemplar gestión- como “el Rey que pidió perdón”.


La Casa de Su Majestad, que ha convertido el reinado de Don Felipe en un ejercicio de transparencia, no ha dado cuentas de las causas de los comentarios del Rey. Ha sido preciso recurrir a otros exégetas -medios de comunicación, comentaristas políticos…- para descubrir que la causa más inmediata de esos comentarios ha sido la de salvar la próxima Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en el próximo otoño.


Se trataría de relanzar unas Cumbres que -prácticamente todos- los analistas consideran escasamente relevantes, ya que no comprometen a los países integrantes, las representaciones en ellas son cada vez menos significativas , carecen de agenda de implementación de sus decisiones y se convierten, poco menos que, en una especie de distinguido Club Rotario de algunos responsables políticos de segundo o de tercer orden.


No está, desde luego, en las Cumbres seguramente el mayor de los problemas en cuanto a su escasa eficacia. La polarización que invade todos los espacios políticos en el nivel global ha impactado de manera notable en Latinoamérica. Gobiernos tan dispares y opuestos y enfrentados entre sí como el de Milei en Argentina, Kast en Chile, Petro en Colombia o Lula en Brasil, por no referirse a Díaz-Canel en Cuba -del que desconozco si el día en que se lean estas líneas seguirá siendo presidente de Cuba-, o el singular caso de Delcy Rodríguez en Venezuela, han convertido ese espacio geográfico y político en una irreconciliable jaula de grillos de la que muy poco beneficio práctico cabe obtener. 


Siempre he pensado -y así lo he expresado en mis tiempos de responsable institucional- que es mejor rehuir los debates en los que no llegaremos a ninguna conclusión -el de la conquista americana es uno de éstos- y centrarse en los trabajos que puedan unir a pueblos y gobiernos más allá de las diferencias ideológicas. El español -el idioma español- es uno de ellos, seguramente el más importante de todos. La potenciación del Instituto Cervantes y su coordinación más estrecha con otras organizaciones similares, en ese espacio geográfico, para la defensa del idioma y su extensión en otros lugares del mundo, resulta a mi juicio una tarea esencial.


Creo que el español -que a diferencia del inglés, que se ha convertido en una especie de esperanto de comunicación global- supone algo más que un sistema de comprensión entre seres humanos -sin dejar de serlo también-. Hay unos valores compartidos entre nuestros pueblos que remiten a la familia, el respeto a los mayores, la solidaridad, la alegría y la espontaneidad. Una manera de entender la vida y la sociedad que en gran medida compartimos los hispanohablantes, y que resulta diferenciada a la de otros pueblos más interesados por el pragmatismo, la utilidad en el corto plazo y un individualismo cerrado sobre sí mismo.


La gestión del español en el mundo no supone sólo una apuesta en el orden de la comunicación, es en paralelo un reto económico que avanza con el idioma y permite a la empresa y a los emprendedores que se expresan en ese idioma crear valor en una red de contactos que crece con los cerca de 600 millones de personas que -según el Instituto Cervantes- utilizan con normalidad nuestra lengua.


Sería preferible dejar de lado las polémicas estériles, las disculpas que no resultan fácilmente explicables ni convincentes, que generan más dudas que certezas, y que además podrían estimular a la imitación de otros. 


Mejor es dejar la historia a los historiadores y aplicar los recursos -y las palabras- a las políticas que de verdad mejoran la vida de los ciudadanos y sus empresas. Disculparse por lo que ocurrió en los remotos tiempos del siglo XVI no es más que ofrecer un dedal de agua a un sediento. No sirve para saciar su necesidad populista/nacionalista, y además presentan al aguador como un ser insensible y avaro por lo escaso de su generosidad. 


No, nunca se quedarán satisfechos.





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