- Bueno. No te vas a creer lo que le dijo Francisco de Vicente a su hermano Salvador –anunciaría equis con una significativa sonrisa.
- Pero bueno, ¿qué era eso? –preguntaría nuevamente Brassens.
- Pues que no tenía apenas importancia lo de los robos de María, la secretaria del tío Juan Carlos –explicaría por fin equis.
- ¿Qué no la tenía? –protestó Jorge-. ¿De modo que no es importante tener a una secretaria que te lleva casi todos los asuntos, que hayas contratado a su marido en una empresa de la que eres consejero, y que te robe?
Equis asintió y se tomaría su tiempo antes de contestar.
- Yo soy de tu mismo parecer –dijo equis después de su voluntario paréntesis-. Lo mismo que lo eran los hermanos Jiménez, que se miraban atónitos. Cierto es que un poco menos Raúl, a quien esa larga semana de trabajo le tenía poco menos que anulado.
- No lo entiendo –seguía Brassens.
- Hay que explicar que Francisco de Vicente había contraido, tiempo atrás, un matrimonio muy ventajoso con una chica a la que seguramente no adornaban demasiados encantos, pero sí el de que su familia había realizado una transacción extraordinariamente positiva desde el punto de vista económico… -dijo equis.
- ¿Y eso sirve como explicación? –preguntó Brassens.
- Supongo que para él era más que suficiente. En el fondo, en el fondo –dijo pensativo equis- el tío de los Jiménez y de los de Vicente era poco menos que un sujeto al que heredar, poco más. Y existía además una rama de la familia que había obtenido una ventaja en la carrera, que no era ninguna de las dos representadas en aquel momento en aquella oficina.
- Y como Francisco no pensaba en heredar ni tenía gran necesidad de ello… -avanzó Brassens.
- … No quería ni enterarse de lo que se estaba haciendo en esa casa –dijo equis completando la frase.
- O sea, que las instrucciones que había transmitido a su hermano Salvador eran poco menos que lo que se imponía era mirar hacia otro lado… -resumiría Brassens.
- Eso mismo –concluiría también equis.
- ¿Y en qué quedarían?
- Bueno. Supongo que ha quedado claro que la reunión no resultaría grata para ninguno de los tres –refirió equis-: para los Jiménez, porque esperaban otra cosa de la rama de los de Vicente; y para Salvador, porque esperaba desembarazarse del asunto.
- Y del pago por los servicios del detective –agregó Brassens.
- Bien visto –asintió equis.
- Bueno ¿y qué? –inquirió nuevamente Brassens, a quien equis le parecía un tanto exhausto en aquel momento de su narración.
- Sólo quedaba un turno para la filípica –afirmó resuelto equis, quien volvía por un tiempo a su ritmo inicial de explicación.
- ¿La filípica? –preguntó Brassens.
jueves, 3 de noviembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Intercambio de solsticios (261)
Bilbao, 22 de noviembre de 2003
Querida Lorsen:
En este momento no estoy cansado, aunque tampoco lo estaba en la madrugada de la última carta. Enfadado, si; dolido, también. Pero una vez que he tomado la decisión que te comunicaba el otro día, y una vez que la estoy llevando a cabo, me pasa como decían en una película que he visto recientemente: “La acción impide la reflexión”, y también –añado yo- evita la depresión.
Antes que nada quiero contarte que Pilar está muy bien. Después de toda la historia del domingo pasado me la encontré triste ayer viernes, que tuve un momento para darle de comer. Había muerto la niña que estaba junto a ella, y a pesar de la discreción del personal nuestra hija se había enterado y lloraba. Claro que, poco después, estaba alegre y me despedía con un beso después de su comida. Para mí te puedes figurar que resulta maravilloso el saber que puedo ser capaz de devolverle la sonrisa –una sonrisa que yo mismo he perdido, y que ella, nuestra hija, me devuelve con su felicidad tantas veces desbordante-. Y hoy me quedaba sentado junto a ella, cogiéndola de la mano y hablando simplemente de las cosas que se me ocurrían.
He empezado hablando de ella, porque es de ella de lo que se trata fundamentalmente. Es ella la vida que me queda. Y la actuación de Teresa, según la idea que me he hecho en los últimos días ha significado tres patadas en el medio del estómago: La primera –la más importante- ha sido a Pilar, al dejarla a los pies de los caballos con esa sugerencia que hacía a la jefa de Cruces –o lo que fuera-; la segunda lo ha sido a tu memoria, nunca se habría atrevido a hacerlo en tu presencia; la tercera, desde luego, a mi condición de padre. Figúrate. Es muy difícil ser padre –madre- en estas condiciones. Dependes siempre de la lealtad de los demás. ¿Quién sabe si tu padre, por ejemplo, o tu hermana, como ha sucedido ahora, usurpan tu condición? ¿Qué puedes hacer? ¿Decirles a las enfermeras que el que manda eres tú? Es ridículo. Tienes que tragar frente a los demás. Por eso mi situación es tan incómoda. Por eso me ha hecho tanto daño.
He hablado con mi hermano Pedro. Lo ha entendido, aunque me ha dicho que seguro que no lo ha hecho con mala intención. ¡Pero es que a veces prefiero a los malos que a los buenos!, le contestaba. Luego con mi madre, a quien he dado un disgusto, pero que también me comprende. Con Jose, que está pasando el fin de semana en Bilbao, que también se ha mostrado comprensivo, dentro de un cierto despiste, por no conocer la realidad del extraño –aunque ya habitual- comportamiento de mi hermana.
Esta mañana he ido a Ercilla a dejar unos libros de mi última novela publicada, la que se llamaba “Sombras. Paisaje gris”, que ha quedado en “Bilbao en gris” y que fue escrita en el Casco Viejo. Me ha abierto Teresa, pero no ha podido mirarme a los ojos. Está avergonzada, pero no parece dispuesta aún a pedirme perdón.
Después de dar de comer a Pilar he almorzado en la cafetería de Cruces, escenario de tantas comidas tuyas y también de los dos. La soledad no me afecta demasiado, aunque recordando el encanto de nuestra hija he estado a un paso de la emoción. Todo en ella es auténtico. Sin embargo, una comida mía en Ercilla hoy sería de “plástico”, como decías tú.
Ya ves que esto se va convirtiendo en una especie de serial. Pero aún así es tu hija, de modo que te lo seguiré narrando a medida que se produzcan los hechos.
Un beso.
Querida Lorsen:
En este momento no estoy cansado, aunque tampoco lo estaba en la madrugada de la última carta. Enfadado, si; dolido, también. Pero una vez que he tomado la decisión que te comunicaba el otro día, y una vez que la estoy llevando a cabo, me pasa como decían en una película que he visto recientemente: “La acción impide la reflexión”, y también –añado yo- evita la depresión.
Antes que nada quiero contarte que Pilar está muy bien. Después de toda la historia del domingo pasado me la encontré triste ayer viernes, que tuve un momento para darle de comer. Había muerto la niña que estaba junto a ella, y a pesar de la discreción del personal nuestra hija se había enterado y lloraba. Claro que, poco después, estaba alegre y me despedía con un beso después de su comida. Para mí te puedes figurar que resulta maravilloso el saber que puedo ser capaz de devolverle la sonrisa –una sonrisa que yo mismo he perdido, y que ella, nuestra hija, me devuelve con su felicidad tantas veces desbordante-. Y hoy me quedaba sentado junto a ella, cogiéndola de la mano y hablando simplemente de las cosas que se me ocurrían.
He empezado hablando de ella, porque es de ella de lo que se trata fundamentalmente. Es ella la vida que me queda. Y la actuación de Teresa, según la idea que me he hecho en los últimos días ha significado tres patadas en el medio del estómago: La primera –la más importante- ha sido a Pilar, al dejarla a los pies de los caballos con esa sugerencia que hacía a la jefa de Cruces –o lo que fuera-; la segunda lo ha sido a tu memoria, nunca se habría atrevido a hacerlo en tu presencia; la tercera, desde luego, a mi condición de padre. Figúrate. Es muy difícil ser padre –madre- en estas condiciones. Dependes siempre de la lealtad de los demás. ¿Quién sabe si tu padre, por ejemplo, o tu hermana, como ha sucedido ahora, usurpan tu condición? ¿Qué puedes hacer? ¿Decirles a las enfermeras que el que manda eres tú? Es ridículo. Tienes que tragar frente a los demás. Por eso mi situación es tan incómoda. Por eso me ha hecho tanto daño.
He hablado con mi hermano Pedro. Lo ha entendido, aunque me ha dicho que seguro que no lo ha hecho con mala intención. ¡Pero es que a veces prefiero a los malos que a los buenos!, le contestaba. Luego con mi madre, a quien he dado un disgusto, pero que también me comprende. Con Jose, que está pasando el fin de semana en Bilbao, que también se ha mostrado comprensivo, dentro de un cierto despiste, por no conocer la realidad del extraño –aunque ya habitual- comportamiento de mi hermana.
Esta mañana he ido a Ercilla a dejar unos libros de mi última novela publicada, la que se llamaba “Sombras. Paisaje gris”, que ha quedado en “Bilbao en gris” y que fue escrita en el Casco Viejo. Me ha abierto Teresa, pero no ha podido mirarme a los ojos. Está avergonzada, pero no parece dispuesta aún a pedirme perdón.
Después de dar de comer a Pilar he almorzado en la cafetería de Cruces, escenario de tantas comidas tuyas y también de los dos. La soledad no me afecta demasiado, aunque recordando el encanto de nuestra hija he estado a un paso de la emoción. Todo en ella es auténtico. Sin embargo, una comida mía en Ercilla hoy sería de “plástico”, como decías tú.
Ya ves que esto se va convirtiendo en una especie de serial. Pero aún así es tu hija, de modo que te lo seguiré narrando a medida que se produzcan los hechos.
Un beso.
lunes, 31 de octubre de 2011
Intercambio de solsticios (260)
Le aplicarían esa especie de linterna en su misma sien. Con una sonrisa sardónica -¿quién en su sano juicio podría decir que el mal no existe?- uno de sus verdugos apretaba una especie de botón de color rojo; el mando que, en una linterna, arrojaría luz sobre el recinto objeto de su iluminación. En lugar de ello, Bachat sintió una descarga eléctrica de proporciones nunca imaginadas. Alguna vez el saharaui había podido experimentar el desagradable episodio de la descarga que se produce cuando tocas algún cable mal protegido, cuando este conecta con otro y cuando la red está enchufada. Pero eso se parecía muy poco a lo que le pasaba por la cabeza en aquellos momentos.
Duró una eternidad. La tortura se demora tanto en el tiempo en que se produce como en el tiempo en que se recuerda, pero el saharaui no sabía muy bien todavía si –como consecuencia de aquella agresión- él se quedaría allí, tendido en medio de una fría sala, contemplando esa imagen de una bañera en la que se le había sometido a una de las vejaciones más fuertes de su vida: una imagen que se pegaría a su retina en el momento final, cuando entregara su vida al Dios de los creyentes, con la esperanza de un más allá definitivamente grato y salvador. No más sufrimiento; ni para su pueblo del Sahara; ni para ese pueblo importado que se llamaba Chamberí; ni para él mismo, al cabo un mero testigo presencial y activo de una época.
Pudo con él la descarga y su mente aturdida le llevaba a ese mundo nuevo; en una especie de viaje que era iniciático y terminal, a la vez. Se iba de esa mierda de vida, por fin. Los verdugos le hacían el mayor de los favores, quizás lo que nadie desea salvo en momentos muy concretos, terminados los cuales, uno se aferra a lo que hay, a la existencia que tiene, como un balón de oxígeno para quien no puede respirar, como una tabla salvavidas para quien está a punto de hundirse: la vida, como única referencia.
Y al otro lado del túnel negro de su nueva realidad, observaba Bachat la figura de su madre, envuelta en el darrah típico de su país. Le extendía una mano curiosamente juvenil, y su sonrisa afectuosa no se producía en una cara avejentada por las arrugas. Fathma, esa mujer que tuvo seis hijos, y a la que se les murieron tres. Fathma, que les contaba las viejas historias de su pueblo, en las tiendas que se elevaban en los atardeceres y se desmontaban cuando surgía una nube que les advertí que por allí, en el norte o en el este, existía la mera posibilidad del agua. Fathma, mujer y madre, alegre y feliz, como él mismo se sentía en aquéllos momentos. Fathma, una especie de Virgen María de los musulmanes, rediviva, en aquella tierra en la que ya no existiría nunca más la fe o la esperanza… y ¿qué decir de la caridad?
Le echaron un balde de agua, pero Bachat no fue consciente de ello. Quizás notaba que la imagen de su madre se desvanecía por momentos y él la llamaba, porque quería seguir con ella por todo el resto de su vida, una nueva vida que se le presentaba ya como definitiva e interminable.
Un segundo balde de agua le devolvía a una cierta consciencia.
Percibía los gritos de sus verdugos el acarreo de agua que extraían de la inmunda bañera, el alboroto, el nerviosismo.
- ¡Rápido! ¡Se nos está yendo! ¡La tenemos clara con los jefes!
Duró una eternidad. La tortura se demora tanto en el tiempo en que se produce como en el tiempo en que se recuerda, pero el saharaui no sabía muy bien todavía si –como consecuencia de aquella agresión- él se quedaría allí, tendido en medio de una fría sala, contemplando esa imagen de una bañera en la que se le había sometido a una de las vejaciones más fuertes de su vida: una imagen que se pegaría a su retina en el momento final, cuando entregara su vida al Dios de los creyentes, con la esperanza de un más allá definitivamente grato y salvador. No más sufrimiento; ni para su pueblo del Sahara; ni para ese pueblo importado que se llamaba Chamberí; ni para él mismo, al cabo un mero testigo presencial y activo de una época.
Pudo con él la descarga y su mente aturdida le llevaba a ese mundo nuevo; en una especie de viaje que era iniciático y terminal, a la vez. Se iba de esa mierda de vida, por fin. Los verdugos le hacían el mayor de los favores, quizás lo que nadie desea salvo en momentos muy concretos, terminados los cuales, uno se aferra a lo que hay, a la existencia que tiene, como un balón de oxígeno para quien no puede respirar, como una tabla salvavidas para quien está a punto de hundirse: la vida, como única referencia.
Y al otro lado del túnel negro de su nueva realidad, observaba Bachat la figura de su madre, envuelta en el darrah típico de su país. Le extendía una mano curiosamente juvenil, y su sonrisa afectuosa no se producía en una cara avejentada por las arrugas. Fathma, esa mujer que tuvo seis hijos, y a la que se les murieron tres. Fathma, que les contaba las viejas historias de su pueblo, en las tiendas que se elevaban en los atardeceres y se desmontaban cuando surgía una nube que les advertí que por allí, en el norte o en el este, existía la mera posibilidad del agua. Fathma, mujer y madre, alegre y feliz, como él mismo se sentía en aquéllos momentos. Fathma, una especie de Virgen María de los musulmanes, rediviva, en aquella tierra en la que ya no existiría nunca más la fe o la esperanza… y ¿qué decir de la caridad?
Le echaron un balde de agua, pero Bachat no fue consciente de ello. Quizás notaba que la imagen de su madre se desvanecía por momentos y él la llamaba, porque quería seguir con ella por todo el resto de su vida, una nueva vida que se le presentaba ya como definitiva e interminable.
Un segundo balde de agua le devolvía a una cierta consciencia.
Percibía los gritos de sus verdugos el acarreo de agua que extraían de la inmunda bañera, el alboroto, el nerviosismo.
- ¡Rápido! ¡Se nos está yendo! ¡La tenemos clara con los jefes!
jueves, 27 de octubre de 2011
Intercambio de solsticios (259)
- Leonardo Jiménez observaría a su hermano Raúl fijamente. Le venía a preguntar si este quería completar la información que su común primo tenía ante sus ojos, aunque no la estuviera precisamente examinando –explicó equis-. Pero Raúl estaba demasiado cansado después de una semana de intenso trabajo como para poder dedicar al asunto un comentario más. Vio esa actitud en sus ojos y continuó con la explicación.
- Bien, ¿qué le dijo?
- Para Leonardo, estaba claro que la tal María, la secretaria de Juan Carlos de Vicente, no era una mosquita muerta, en realidad. Los bienes que habían sido descubiertos por el detective a través de la oportuna consulta del Registro Mercantil así lo demostraban: el matrimonio, y la madre de María, habían hecho una fortuna relativa a la protectora sombra del millonario.
- ¿Y qué dijo de su hermano Santos?
- Poca cosa: que la relación entre ambos era de una confianza perfecta, confianza que venía acreditada por la sociedad de la que Santos era Administrador Único y que administraba una parte de alguna importancia del patrimonio de Juan Carlos…
- Lo cual, unido a las circunstancias personales de Juan Carlos, producía una sensación más que extraña… -observaría Brassens.
- Más que extraña, bastante normal: había bases más que suficientes para pensar que se estaban aprovechando de él.
- Y por lo tanto… ¿explicó Leonardo a su primo Salvador cuál era el siguiente paso que estaban pensando dar? –preguntaría Brassens.
- Sí –contestó resuelto equis-. El detective pensaba por experiencia que el asunto tenía una cola más larga, y que se debería extender la investigación al patrimonio de Santos de Vicente.
- ¿Y qué dijo su primo?
- Salvador se explicaría muy lenta y parsimoniosamente. Primero dijo que quería leer el documento. A lo que sus primos, los Jiménez, dijeron que lo entendían perfectamente.
- Estaba dando largas –opinó Brassens.
- Las estaba dando, obviamente. Pero no había más remedio que aceptar esa posibilidad –dijo equis-. Luego se extendió en la duda de saber cómo se testaba en el territorio en el que vivía su tío…
- ¡Está claro! ¡Eso era lo único que le interesaba!
- Más o menos –repuso equis-. Y a eso sí que contestó Raúl, que salía por un momento de su mutismo casi absoluto. Les explicó que existía una cierta libertad de testar en ese lugar, amparándose en leyes vigentes muy antiguas.
- Con lo que si Salvador tenía poco interés en el asunto, a partir de ese dato lo tendría menor.
- Ciertamente. Luego se extendió en las consideraciones que le había hecho su hermano Francisco para que las transmitiera a los dos primos.
- ¿Y cuáles eran? –preguntó Brassens.
- Bien, ¿qué le dijo?
- Para Leonardo, estaba claro que la tal María, la secretaria de Juan Carlos de Vicente, no era una mosquita muerta, en realidad. Los bienes que habían sido descubiertos por el detective a través de la oportuna consulta del Registro Mercantil así lo demostraban: el matrimonio, y la madre de María, habían hecho una fortuna relativa a la protectora sombra del millonario.
- ¿Y qué dijo de su hermano Santos?
- Poca cosa: que la relación entre ambos era de una confianza perfecta, confianza que venía acreditada por la sociedad de la que Santos era Administrador Único y que administraba una parte de alguna importancia del patrimonio de Juan Carlos…
- Lo cual, unido a las circunstancias personales de Juan Carlos, producía una sensación más que extraña… -observaría Brassens.
- Más que extraña, bastante normal: había bases más que suficientes para pensar que se estaban aprovechando de él.
- Y por lo tanto… ¿explicó Leonardo a su primo Salvador cuál era el siguiente paso que estaban pensando dar? –preguntaría Brassens.
- Sí –contestó resuelto equis-. El detective pensaba por experiencia que el asunto tenía una cola más larga, y que se debería extender la investigación al patrimonio de Santos de Vicente.
- ¿Y qué dijo su primo?
- Salvador se explicaría muy lenta y parsimoniosamente. Primero dijo que quería leer el documento. A lo que sus primos, los Jiménez, dijeron que lo entendían perfectamente.
- Estaba dando largas –opinó Brassens.
- Las estaba dando, obviamente. Pero no había más remedio que aceptar esa posibilidad –dijo equis-. Luego se extendió en la duda de saber cómo se testaba en el territorio en el que vivía su tío…
- ¡Está claro! ¡Eso era lo único que le interesaba!
- Más o menos –repuso equis-. Y a eso sí que contestó Raúl, que salía por un momento de su mutismo casi absoluto. Les explicó que existía una cierta libertad de testar en ese lugar, amparándose en leyes vigentes muy antiguas.
- Con lo que si Salvador tenía poco interés en el asunto, a partir de ese dato lo tendría menor.
- Ciertamente. Luego se extendió en las consideraciones que le había hecho su hermano Francisco para que las transmitiera a los dos primos.
- ¿Y cuáles eran? –preguntó Brassens.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Inercambio de solsticios (258)
Bilbao, 18 de noviembre de 2003.
Querida Lorsen:
Te escribo a la una y media de la madrugada. Sabes que en invierno me acuesto a las once y así lo he hecho también esta noche, pero no me podía dormir. He terminado de preparar las enmiendas a los presupuestos del Gobierno Vasco –lo mismo que hacía, el año pasado, cuando te marchaste la mañana del 28-. El caso es que estoy triste, pero mi pena de hoy está fabricada de un material distinto a las otras: no destila lágrimas, sólo es una preocupación ante algo que puede venir antes de lo que pensaba últimamente.
Te lo explico a continuación.
El domingo pasado –hoy navego insomne entre el lunes y el martes- fui a comer con el tíoJuan Carlos de Vicente. Nos había convidado a los comensales habituales en Ercilla los fines de semana -mamá, Teresa y yo-. Pero mamá estaba acatarrada y... perezosa, como le ocurre últimamente.
En la sobremesa, no sé muy bien cómo fue, a Teresa se le ocurrió decir que había tenido una conversación con una de las jefas del hospital de Cruces, y que le había dicho que le podrían enviar a Pilar al hospital de San Juan de Dios, en Santurce, que era más alegre que el de Górliz.
- Es una posibilidad –parece que contestó la doctora.
Te puedes imaginar cómo salté.
- Estamos en familia –contesté sin disimular mi enfado-. De modo que te hago la observación de que eso no lo debes decidir tú, sino su padre...
- Hay que dar la cara –replicó Teresa-. Es inútil esconder la cabeza. Este asunto se planteará algún día y hay que estar preparados para eso.
Cuando estábamos en el portal la volví a afear su actitud.
- Yo soy su padre. Y soy yo quien debe decir o no esas cosas. Además que no estoy de acuerdo. El asunto no se ha planteado todavía y que lo hagamos nosotros es un error.
- Cuando vayan a tomar la decisión hablarán contigo –fue lo único que se le ocurrió decir a mi hermana.
- Está bien. Como vuelvas a hacer alguna cosa de estas estoy dispuesto a romper mis relaciones contigo –fueron mis últimas palabras antes de escaparme de ahí, sin siquiera advertir si habían o no llegado los escoltas.
Creo, mi sol, que esta vez Teresa ha llegado demasiado lejos. Ya no se trata de comprar unos preservativos para evitar embarazos indeseados a sus sobrinas. Se parece más bien a ese reo de asesinato a quien un jurado de cualquier Estado norteamericano que tiene aprobada la pena de muerte, a quien le pregunta el juez, antes de que se retire el jurado a deliberar, si quiere decir alguna cosa. Y este se levanta de su asiento y dice muy serio:
- Miren ustedes, señores del jurado. En el fondo yo prefiero que me metan en la cámara de gas antes que en la silla eléctrica...
Siempre hemos pensado -tú y yo, algún otro no parece que demasiado- que un cambio de hospital podría matar a nuestra hija. Y bien sabes que no se trata sólo del viaje, con ser este bastante peligroso. Porque Pilar vive por el cariño que recibe –y también por el que da-. Y ese cariño no sólo se lo proporcionamos su familia y sus amigos, es el afecto permanente de sus “tías”, las enfermeras que la cuidan y a quienes ella conoce de sobra; de los médicos que la atienden; de los celadores; las mujeres de la limpieza... de todo ese mundo que es su mundo, al que ella está atada como una lapa.
Y Teresa les entrega la niña –mi hija- sin encomendarse a nadie, sin preguntarme a mí si estaba de acuerdo con eso. Cualquier día me llamarán a un frío despacho para decirme que ya ha llegado el momento y que hasta la familia ha sugerido que se lleven a Pilar a Santurce.
Y Teresa se iba hacia su coche moviendo la cabeza, como afirmando que a pesar de todo ella era la que tenía razón.
Estoy muy dolido, Lorsen. Después de que te fueras este es seguramente el mayor disgusto que he tenido en todo este año.
Yo, que no he podido tener una mujer con la que hacerme viejo, también me están arrebatando a mi hija. Y debo, por lo visto, contemplar la escena del viaje de mi hija a ese nuevo hospital, cruzado de brazos.
¿Es que le parece que Pilar es tal estorbo que es mejor que se muera? Sé que no es así, pero a veces parece que lo fuera.
Lorsen. Cuando pasen todas estas fechas, con el lío que significan las Navidades, los presupuestos, un debate monográfico que tengo que llevar... creo que te voy a hacer caso una vez más: Hablaré con I. O. y le propondré que acepte el nombramiento de tutora de nuestra hija, y si así ocurriera, modificaré mi testamento.
Es posible que, ni aún así, pueda Pilar sobrevivirme. Pero estoy convencido de que aprobarías esta decisión. Sé que es grave, sé que significa una ruptura familiar, pero hay cosas que no se pueden hacer de ninguna de las ;maneras, existen fronteras que el sentido común no permite franquear y Teresa las ha pasado olímpicamente.
Creo que al menos esa decisión la va a entender perfectamente.
Por otro lado voy a hablar con mis hermanos para explicarles lo ocurrido. También con mi madre, desde luego. Hay asuntos que deben decirse con claridad. No voy a actuar de una manera atropellada. Espero conservar la serenidad y que al menos tu recuerdo me ayude a hacerlo.
Me despido, todavía sin sueño, pensando ahora que a lo mejor muy pronto me corresponderá enterrar a la segunda chica de mi vida. Nada me gustaría más que ya que no ha podido correr en su vida, ni siquiera andar, pudiera Pilar volar hacia tus brazos, ya que los míos cuentan tan poco; ya que hay gente que se entromete hasta tal punto en mi vida, en mis responsabilidades, que una vez que ya no servía como marido –al fin y al cabo eso mismo me viniste a decir con tu partida-, tampoco como padre, por lo visto.. ¿Y qué coño me queda, entonces? ¿Para qué estoy en este puto mundo?
Hoy comía con Juan Antonio Gangoiti. Le confesaba que no me importaba demasiado “entregar la cuchara” –es lo que se dice ahora para referirse al momento final de la vida, o para hablar de la muerte sin nombrarla, que es costumbre muy española.
A veces mi nostalgia de ti llega a convertirse en envidia por tu situación actual.
Si estás en algún sitio, guapa, ayúdame a llevar esto de la mejor manera posible. Tú siempre nos has querido a Pilar y a mí.
Querida Lorsen:
Te escribo a la una y media de la madrugada. Sabes que en invierno me acuesto a las once y así lo he hecho también esta noche, pero no me podía dormir. He terminado de preparar las enmiendas a los presupuestos del Gobierno Vasco –lo mismo que hacía, el año pasado, cuando te marchaste la mañana del 28-. El caso es que estoy triste, pero mi pena de hoy está fabricada de un material distinto a las otras: no destila lágrimas, sólo es una preocupación ante algo que puede venir antes de lo que pensaba últimamente.
Te lo explico a continuación.
El domingo pasado –hoy navego insomne entre el lunes y el martes- fui a comer con el tíoJuan Carlos de Vicente. Nos había convidado a los comensales habituales en Ercilla los fines de semana -mamá, Teresa y yo-. Pero mamá estaba acatarrada y... perezosa, como le ocurre últimamente.
En la sobremesa, no sé muy bien cómo fue, a Teresa se le ocurrió decir que había tenido una conversación con una de las jefas del hospital de Cruces, y que le había dicho que le podrían enviar a Pilar al hospital de San Juan de Dios, en Santurce, que era más alegre que el de Górliz.
- Es una posibilidad –parece que contestó la doctora.
Te puedes imaginar cómo salté.
- Estamos en familia –contesté sin disimular mi enfado-. De modo que te hago la observación de que eso no lo debes decidir tú, sino su padre...
- Hay que dar la cara –replicó Teresa-. Es inútil esconder la cabeza. Este asunto se planteará algún día y hay que estar preparados para eso.
Cuando estábamos en el portal la volví a afear su actitud.
- Yo soy su padre. Y soy yo quien debe decir o no esas cosas. Además que no estoy de acuerdo. El asunto no se ha planteado todavía y que lo hagamos nosotros es un error.
- Cuando vayan a tomar la decisión hablarán contigo –fue lo único que se le ocurrió decir a mi hermana.
- Está bien. Como vuelvas a hacer alguna cosa de estas estoy dispuesto a romper mis relaciones contigo –fueron mis últimas palabras antes de escaparme de ahí, sin siquiera advertir si habían o no llegado los escoltas.
Creo, mi sol, que esta vez Teresa ha llegado demasiado lejos. Ya no se trata de comprar unos preservativos para evitar embarazos indeseados a sus sobrinas. Se parece más bien a ese reo de asesinato a quien un jurado de cualquier Estado norteamericano que tiene aprobada la pena de muerte, a quien le pregunta el juez, antes de que se retire el jurado a deliberar, si quiere decir alguna cosa. Y este se levanta de su asiento y dice muy serio:
- Miren ustedes, señores del jurado. En el fondo yo prefiero que me metan en la cámara de gas antes que en la silla eléctrica...
Siempre hemos pensado -tú y yo, algún otro no parece que demasiado- que un cambio de hospital podría matar a nuestra hija. Y bien sabes que no se trata sólo del viaje, con ser este bastante peligroso. Porque Pilar vive por el cariño que recibe –y también por el que da-. Y ese cariño no sólo se lo proporcionamos su familia y sus amigos, es el afecto permanente de sus “tías”, las enfermeras que la cuidan y a quienes ella conoce de sobra; de los médicos que la atienden; de los celadores; las mujeres de la limpieza... de todo ese mundo que es su mundo, al que ella está atada como una lapa.
Y Teresa les entrega la niña –mi hija- sin encomendarse a nadie, sin preguntarme a mí si estaba de acuerdo con eso. Cualquier día me llamarán a un frío despacho para decirme que ya ha llegado el momento y que hasta la familia ha sugerido que se lleven a Pilar a Santurce.
Y Teresa se iba hacia su coche moviendo la cabeza, como afirmando que a pesar de todo ella era la que tenía razón.
Estoy muy dolido, Lorsen. Después de que te fueras este es seguramente el mayor disgusto que he tenido en todo este año.
Yo, que no he podido tener una mujer con la que hacerme viejo, también me están arrebatando a mi hija. Y debo, por lo visto, contemplar la escena del viaje de mi hija a ese nuevo hospital, cruzado de brazos.
¿Es que le parece que Pilar es tal estorbo que es mejor que se muera? Sé que no es así, pero a veces parece que lo fuera.
Lorsen. Cuando pasen todas estas fechas, con el lío que significan las Navidades, los presupuestos, un debate monográfico que tengo que llevar... creo que te voy a hacer caso una vez más: Hablaré con I. O. y le propondré que acepte el nombramiento de tutora de nuestra hija, y si así ocurriera, modificaré mi testamento.
Es posible que, ni aún así, pueda Pilar sobrevivirme. Pero estoy convencido de que aprobarías esta decisión. Sé que es grave, sé que significa una ruptura familiar, pero hay cosas que no se pueden hacer de ninguna de las ;maneras, existen fronteras que el sentido común no permite franquear y Teresa las ha pasado olímpicamente.
Creo que al menos esa decisión la va a entender perfectamente.
Por otro lado voy a hablar con mis hermanos para explicarles lo ocurrido. También con mi madre, desde luego. Hay asuntos que deben decirse con claridad. No voy a actuar de una manera atropellada. Espero conservar la serenidad y que al menos tu recuerdo me ayude a hacerlo.
Me despido, todavía sin sueño, pensando ahora que a lo mejor muy pronto me corresponderá enterrar a la segunda chica de mi vida. Nada me gustaría más que ya que no ha podido correr en su vida, ni siquiera andar, pudiera Pilar volar hacia tus brazos, ya que los míos cuentan tan poco; ya que hay gente que se entromete hasta tal punto en mi vida, en mis responsabilidades, que una vez que ya no servía como marido –al fin y al cabo eso mismo me viniste a decir con tu partida-, tampoco como padre, por lo visto.. ¿Y qué coño me queda, entonces? ¿Para qué estoy en este puto mundo?
Hoy comía con Juan Antonio Gangoiti. Le confesaba que no me importaba demasiado “entregar la cuchara” –es lo que se dice ahora para referirse al momento final de la vida, o para hablar de la muerte sin nombrarla, que es costumbre muy española.
A veces mi nostalgia de ti llega a convertirse en envidia por tu situación actual.
Si estás en algún sitio, guapa, ayúdame a llevar esto de la mejor manera posible. Tú siempre nos has querido a Pilar y a mí.
martes, 25 de octubre de 2011
Intercambio de solsticios (257)
El sonido del “walkie” sobresaltó a Vic Suárez. Antes de contestar consultó su reloj: la una cuarenta y cinco. Pero apenas había podido conciliar el sueño; por el contrario, su marido estaba profundamente dormido.
- ¿Sí? –dijo Vic con un imperceptible tono de voz.
- Soy Cristino, Vic. Ya sé que te llamo a una hora poco conveniente, pero te quería contar algo…
- Claro, claro, Cristino. Tú dirás.
- Mira. Te puedo hablar poco, aunque creo que este sistema es seguro: la frecuencia desde la que hablamos es casi imposible que esté intervenida por la gente de Cardidal.
- Yo no me fiaría demasiado –objetó Vic.
- Bueno. Vamos a poner en marcha una operación de rescate…
- ¿De nosotros?
- No. De Bachat, por el momento. Luego iremos a lo vuestro.
- Pues yo me temo lo peor. En cuanto os llevéis a Bachat, si lo conseguís, vendrán a por Jorge.
Un silencio se adueñó de la línea de comunicación: Cristino sabía que Vic tenía razón.
- Se trata de que os acerquéis a la frontera con Chamberí –dijo Romerales por fin.
- ¿Con qué medios? Bachat me dijo que dejara mi coche en vuestra zona.
Otro silencio. “La ha cagado, otra vez la ha cagado este Bachat”, pensaría el responsable de interior de Chamberí.
- Además que debemos estar totalmente vigilados. No sé. Este es un apartamento interior, por lo que no puedo ver nada. Pero deben estar ahí afuera.
- Bueno. Confía en mí Vic. Voy a ver qué se me ocurre…
La comunicación se cortaba definitivamente. Vic observó con atención a su marido: su respiración pausada y la paliza que había recibido le habían inducido a un profundo sueño.
Le daba mucha pena. Pero se trataba de una urgencia.
- Tienes que despertarte cariño –dijo Vic empujándole suavemente.
Jorge Brassens emergía de su letargo con un movimiento repentino que ponía en evidencia el susto que le acompañaba en su imprevisto despertar.
Vic le impuso de la llamada de su amigo.
Brassens permaneció callado durante unos eternos segundos. Finalmente dijo:
- Tendrían que hacer lo de Jacobo Martos cuando liberaron a Ortega Lara: que tenían muy claro que esa misma noche los etarras habían soltado a Cosme Delclaux…
Vic no entendía muy bien las palabras de su marido. Le sonaban los dos nombres: estaban vinculados a viejas historias del terrorismo de ETA que Jorge conocía muy bien, pero que ella sólo había seguido a través de los medios de comunicación.
- ¿Me podrías poner con Cristino?
Eso sí. Eso lo sabía hacer perfectamente.
- ¿Sí? –dijo Vic con un imperceptible tono de voz.
- Soy Cristino, Vic. Ya sé que te llamo a una hora poco conveniente, pero te quería contar algo…
- Claro, claro, Cristino. Tú dirás.
- Mira. Te puedo hablar poco, aunque creo que este sistema es seguro: la frecuencia desde la que hablamos es casi imposible que esté intervenida por la gente de Cardidal.
- Yo no me fiaría demasiado –objetó Vic.
- Bueno. Vamos a poner en marcha una operación de rescate…
- ¿De nosotros?
- No. De Bachat, por el momento. Luego iremos a lo vuestro.
- Pues yo me temo lo peor. En cuanto os llevéis a Bachat, si lo conseguís, vendrán a por Jorge.
Un silencio se adueñó de la línea de comunicación: Cristino sabía que Vic tenía razón.
- Se trata de que os acerquéis a la frontera con Chamberí –dijo Romerales por fin.
- ¿Con qué medios? Bachat me dijo que dejara mi coche en vuestra zona.
Otro silencio. “La ha cagado, otra vez la ha cagado este Bachat”, pensaría el responsable de interior de Chamberí.
- Además que debemos estar totalmente vigilados. No sé. Este es un apartamento interior, por lo que no puedo ver nada. Pero deben estar ahí afuera.
- Bueno. Confía en mí Vic. Voy a ver qué se me ocurre…
La comunicación se cortaba definitivamente. Vic observó con atención a su marido: su respiración pausada y la paliza que había recibido le habían inducido a un profundo sueño.
Le daba mucha pena. Pero se trataba de una urgencia.
- Tienes que despertarte cariño –dijo Vic empujándole suavemente.
Jorge Brassens emergía de su letargo con un movimiento repentino que ponía en evidencia el susto que le acompañaba en su imprevisto despertar.
Vic le impuso de la llamada de su amigo.
Brassens permaneció callado durante unos eternos segundos. Finalmente dijo:
- Tendrían que hacer lo de Jacobo Martos cuando liberaron a Ortega Lara: que tenían muy claro que esa misma noche los etarras habían soltado a Cosme Delclaux…
Vic no entendía muy bien las palabras de su marido. Le sonaban los dos nombres: estaban vinculados a viejas historias del terrorismo de ETA que Jorge conocía muy bien, pero que ella sólo había seguido a través de los medios de comunicación.
- ¿Me podrías poner con Cristino?
Eso sí. Eso lo sabía hacer perfectamente.
lunes, 24 de octubre de 2011
Intercambio de solsticios (256)
- La cita la habían montado para el siguiente viernes por la tarde –explicaría equis-. En la oficina de Raúl Jiménez. Generalmente los trabajadores abandonaban el local hacia las seis o las siete, de modo que convocaban a Salvador y a Francisco de Vicente a las siete y media.
- Se retrasaban. Y los viernes, quien más quien menos, tiene algún compromiso para cenar o tomar una copa –continuaría equis ante el silencio de su interlocutor-. De modo que Leonardo llamaría a su primo. No contestaba. Molesto, Leonardo ya pensaba en establecer un límite a la espera.
- Yo no tengo prisa. No he quedado con nadie –dijo Raúl.
- Ya. Pero son más de las ocho y hemos quedado a las siete y media –repuso Leonardo, a quien le sacaba de quicio que la gente fuera impuntual.
El soniquete del teléfono móvil de Leonardo le volvía a la realidad –continuaba equis-. ¡Por fin! Era su primo.
- ¿Me puedes recordar la dirección de la oficina de tu hermano? –preguntaría este.
- Se había retrasado –comentó Brassens.
- Lo hacía casi siempre –explicó equis-. No es que fuera impuntual por - determinación; es que era bastante lento, aunque él nunca lo reconocería. Leonardo se la dio y esperaron a que llegara.
- Se sentaron en la mesa de la sala de reuniones. Junto a una copia del informe del detective que ya hemos comentado –explicó equis-. Debo decirte que Raúl estaba un tanto disipado, él lo atribuía a una dura semana de trabajo. ¿Quién lo sabría? –se preguntó a sí mismo como si ocultara alguna información de interés colateral.
Brassens no hizo el menor comentario, así que equis prosiguió:
- Leonardo preguntó a su primo por si estaban o no esperando a Francisco, el hermano de aquel. Pero Salvador de Vicente le contestó que no vendría.
- ¿Le representas tú, entonces? –preguntaría Leonardo.
- De alguna manera –contestó de forma algo evasiva Salvador.
- Está bien –repuso Leonardo-. ¿Quieres introducir el asunto? –pidió a su hermano.
- Bien. Te supongo al corriente del asunto –empezó Raúl, de forma lenta.
Salvador de Vicente asintió.
- Como sabes, hemos contratado a un detective para que analice los pasos de María, la secretaria del tío Juan Carlos…
- ¿Habéis hecho eso?
- Con tu autorización –intervino con firmeza Leonardo.
Salvador le observó de manera extraña. Como si estuviera rescatando de su memoria algún dato que le permitiera recordar la veracidad que había en la afirmación de su primo.
- Me dijiste: “lo que hagáis, bien hecho está” –aseveró igual de rotundo Leonardo.
- Supongo que eso nada tenía que ver con lo del detective –se defendió Salvador.
- Sí. Porque te lo comenté. En tu casa.
Salvador era buen chico. No iba a quitar la razón a Leonardo, aunque parecía estar claro que no le convenía demasiado la situación –explicaría equis.
- Se retrasaban. Y los viernes, quien más quien menos, tiene algún compromiso para cenar o tomar una copa –continuaría equis ante el silencio de su interlocutor-. De modo que Leonardo llamaría a su primo. No contestaba. Molesto, Leonardo ya pensaba en establecer un límite a la espera.
- Yo no tengo prisa. No he quedado con nadie –dijo Raúl.
- Ya. Pero son más de las ocho y hemos quedado a las siete y media –repuso Leonardo, a quien le sacaba de quicio que la gente fuera impuntual.
El soniquete del teléfono móvil de Leonardo le volvía a la realidad –continuaba equis-. ¡Por fin! Era su primo.
- ¿Me puedes recordar la dirección de la oficina de tu hermano? –preguntaría este.
- Se había retrasado –comentó Brassens.
- Lo hacía casi siempre –explicó equis-. No es que fuera impuntual por - determinación; es que era bastante lento, aunque él nunca lo reconocería. Leonardo se la dio y esperaron a que llegara.
- Se sentaron en la mesa de la sala de reuniones. Junto a una copia del informe del detective que ya hemos comentado –explicó equis-. Debo decirte que Raúl estaba un tanto disipado, él lo atribuía a una dura semana de trabajo. ¿Quién lo sabría? –se preguntó a sí mismo como si ocultara alguna información de interés colateral.
Brassens no hizo el menor comentario, así que equis prosiguió:
- Leonardo preguntó a su primo por si estaban o no esperando a Francisco, el hermano de aquel. Pero Salvador de Vicente le contestó que no vendría.
- ¿Le representas tú, entonces? –preguntaría Leonardo.
- De alguna manera –contestó de forma algo evasiva Salvador.
- Está bien –repuso Leonardo-. ¿Quieres introducir el asunto? –pidió a su hermano.
- Bien. Te supongo al corriente del asunto –empezó Raúl, de forma lenta.
Salvador de Vicente asintió.
- Como sabes, hemos contratado a un detective para que analice los pasos de María, la secretaria del tío Juan Carlos…
- ¿Habéis hecho eso?
- Con tu autorización –intervino con firmeza Leonardo.
Salvador le observó de manera extraña. Como si estuviera rescatando de su memoria algún dato que le permitiera recordar la veracidad que había en la afirmación de su primo.
- Me dijiste: “lo que hagáis, bien hecho está” –aseveró igual de rotundo Leonardo.
- Supongo que eso nada tenía que ver con lo del detective –se defendió Salvador.
- Sí. Porque te lo comenté. En tu casa.
Salvador era buen chico. No iba a quitar la razón a Leonardo, aunque parecía estar claro que no le convenía demasiado la situación –explicaría equis.
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