La delegación del Grupo de Internacional de UPyD para la visita específica a la embajada de la Autoridad Nacional Palestina en Madrid, la formábamos el embajador Jesús Ríosalido, Adrian MacLiman y yo mismo. La sede se encuentra en la calle Pío XII, así que yo citaba a mis compañeros en la plaza del Perú, y más concretamente en la cafetería La Alpujarra, que ha pasado a la reciente historia de la democracia española porque allí cenaban Roldán y Asunción la noche previa a la espantada de aquel.
Una vez reunido el grupo, y realizados los matutinos comentarios de rigor, nos poníamos en camino.
El edificio que alberga a la embajada es un chalet en cuyo interior se han dispuesto arcos ojivales que señalan los diferentes espacios, remedando así los sistemas distributivos que le son propios a la arquitectura árabe.
El embajador no está. "Llegará en 5 minutos", nos asegura el cónsul Mohamed Amro -alto, ancho y fuerte-. Amro nos ofrece un té en tanto que hojea unos papeles que hay sobre la mesa.
Musa Amer Ordeh -que es el nombre del embajador- se presenta por fin. Aún no se ha desprendido de su ropa de abrigo ni de su bufanda. Se excusa con afabilidad. Es un hombre de estatura mediana y contextura fuerte. Nos invita a subir a su despacho, que está en la segunda planta de la vivienda.
No hay lujos en esta sede diplomática. Las sillas en las que Amer Ordeh nos invita a sentarnos son recias y cómodas, pero el mobiliario es el habitual de una oficina cualquiera.
El embajador vuelve a disculparse por su tardanza. Una gestión en el Ministerio de Asuntos Exteriores le ha retenido más tiempo de lo previsto -nos explica-. Aún queda suficiente tiempo sin embargo para un nuevo té.
Empiezo por agradecer su acogida y continúo explicando lo que pretende UPyD en el panorama político español. Pero no soy consciente de que Amer Ordeh habla sólo un español básico y soy yo ahora el que se excusa. Un traductor le cuenta al embajador lo que constituye el propósito de nuestra visita.
Amer Ordeh nos dice que el origen del conflicto que se vive en Palestina está en la ocupación de este territorio por Israel. Que la intervención judía sobre Gaza no tenía por causa los proyectiles caseros lanzados por los palestinos de Hamas -había ya 32 muertos palestinos víctimas de incursiones israelíes realizadas durante la tregua anterior-. Que el objetivo no consistía en desarticular a la red de Hamás en la franja, y a fin de ilustrar su tesis nos ofrece 2 cifras: 48 miembros de Hamás muertos sobre 1.300 habidos en el comjunto de la operación. Y que se trataba de una acción cuidadosamente programada: una maqueta de Gaza fue creada para que allí se entrenara el ejército israelí; el propio Ministro de Defensa, Ehud Barack, habría estado presente en alguno de los simulacros.
No se han respetado las vidas de civiles, de mujeres y niños; se han atacado hospitales y escuelas, edificios protegidos por banderas de la ONU...
Son los israelíes quienes crearon el radicalismo islámico -continúa el embajador-. Cuando Isaac Rabin obtuvo el premio Príncipe de Asturias a los derechos humanos -junto con Arafat- lo reconocía en una reunión privada. "Nos interesaba una Palrdtina dividida, porque de la división surge la debilidad".
El embajador quiere que la Unión Europea se implique más en la solución de sus problemas. Y yo pienso en una Unión que se está demostrando incapaz de solucionar sus propias contrariedades, en una crisis a la que está lejos de tomar el pulso.
Jesús Riosalido le pregunta por las armas israelíes y Adrián MacLiman por la situación interna en Palestina. Amer Ordeh nunca eleva su dedo acusador contra Hamas. "Son los israelíes", repite siempre.
A pregunta mía me dice que confía más en Obama que en McCain. Este tenía un programa de guerra, el de aquel lo es de paz. Pero le preocupa mucho que el "lobby" judío impida una solución justa al conflicto. "El Congreso y el Senado en América son más pro-judíos que la propio Knesset", proclama.
Llega el momento del adiós. Llevamos casi 2 horas de entrevista. El embajador me regala un libro y nos acompaña hasta la puerta. Jesús desaparece tragado por una boca de metro y Adrián se despide de mí para coger un autobús. Yo me voy hacia la sede de Orense y conservo en mi recuerdo aquéllos días pasados en Jerusalén: Un mundo tan triste en ocasiones que uno apenas es capaz de mirarlo cara a cara.
lunes, 16 de febrero de 2009
viernes, 13 de febrero de 2009
Salvador Extremiana hace una reflexión sobre la Europa que existe y la Europa que necesitamos, las 2 tan alejadas la una de la otra que se dirían opuestas. Viste traje azul marino con camisa blanca y corbata discreta. Nos encontramos en un céntrico hotel de Madrid. Extremiana habla de forma reposada y mueve la mano en sentido vertical para aseverar sus posiciones, pero lo que dice resulta inquietante. Las alarmas rojas se están encendiendo y una ola de proteccionismo recorre las economías occidentales. Lo ha señalado el editorial de The Economist que acabo de leer. "trabajadores británicos para puestos de trabajo británicos", dicen en el Reino Unido aplicando a sus protestas un desafortunado comentario de Gordon Brwn, el Ministro español de Industria ha pedido que se compren productos españoles y -al otro lado del charco- el Senado estadounidense pretende autorizar el paquete económico de Obama siempre a cambio de que cuelgue de él la etiqueta de "buy American". Pero debemos ser conscientes: esa no es la solución. Llevamos décadas promoviendo la integración comercial y procurando dotarla de contenido político y, cualquiera que sea el análisis que hagamos respecto de la crisis que nos está sacudiendo, esta nada tiene que ver con actuaciones que traigan su causa de estas situaciones. Europa fue el resultado de 2 guerras mundiales que el viejo continente tuvo que afrontar y hasta el entonces presidente Mitterrand dijo en un discurso que constituiría su testamento político: "El nacionalismo es la guerra".
Lo primero que hizo la Europa que se reclamaba como tal fue integrarse en su dimensión energética: en el principio fue la CECA -la Comunidad Europea del Carbón y del Acero-. Ahora, la respuesta al desafío provocado por la crisis debe también venir de la energía. Una Europa dependiente de terceros países, que pasa frío y reacciona desunida en el tablero mundial.
Una Europa unida en materia energética exigiría de una política de defensa común -continúa Salvador Extremiana-. La llamada americana a Alemania para que esta se convierta en su principal socio en materia militar nos debería hacer reflexionar a todos. Una defensa común nos conduciría a una política exterior común.
Esta será la legislatura clave del Parlamento Europeo y empezará con una fuerte abstención -pronostica Extremiana-: los ciudadanos europeos ven que en Europa no se solucionan sus problemas y que se trata de una referencia demasiado lejana. Por otra parte, el Tratado de Lisboa no ha sido adoptado aún, las últimas ampliaciones no se han hecho bien y Europa debe asumir que su avance tiene que producirse sobre 2 velocidades distintas.
La encrucijada de Europa y la de sus gobiernos sin visión, ilusión ni liderazgo. Un paisaje yermo de cabezas y ahíto de inspectores de encuestas.
Y cuando salgo a la fría noche de este invierno gélido de Madrid pienso en que el juego está abierto a casi todas las posibilidades y que caminamos sobre un delgadísimo cabo.
Lo primero que hizo la Europa que se reclamaba como tal fue integrarse en su dimensión energética: en el principio fue la CECA -la Comunidad Europea del Carbón y del Acero-. Ahora, la respuesta al desafío provocado por la crisis debe también venir de la energía. Una Europa dependiente de terceros países, que pasa frío y reacciona desunida en el tablero mundial.
Una Europa unida en materia energética exigiría de una política de defensa común -continúa Salvador Extremiana-. La llamada americana a Alemania para que esta se convierta en su principal socio en materia militar nos debería hacer reflexionar a todos. Una defensa común nos conduciría a una política exterior común.
Esta será la legislatura clave del Parlamento Europeo y empezará con una fuerte abstención -pronostica Extremiana-: los ciudadanos europeos ven que en Europa no se solucionan sus problemas y que se trata de una referencia demasiado lejana. Por otra parte, el Tratado de Lisboa no ha sido adoptado aún, las últimas ampliaciones no se han hecho bien y Europa debe asumir que su avance tiene que producirse sobre 2 velocidades distintas.
La encrucijada de Europa y la de sus gobiernos sin visión, ilusión ni liderazgo. Un paisaje yermo de cabezas y ahíto de inspectores de encuestas.
Y cuando salgo a la fría noche de este invierno gélido de Madrid pienso en que el juego está abierto a casi todas las posibilidades y que caminamos sobre un delgadísimo cabo.
lunes, 9 de febrero de 2009
Liberales en Europa
El grupo "Liberales y Demócratas para Europa" (ALDE), en cuyo seno se ubica buena parte del liberalismo político europeo, cuyos casos más representativos son la UDF francesa, el partido demócrata liberal británico, el FDP alemán, los liberales holandeses, los daneses, los austríacos, los radicales de Emma Bonino... y así hasta sumar organizaciones políticas de 22 países miembros de la Unión Europea, cuenta en España con la curiosa adscripción de Convergencia Democrática de Cataluña y del Partido Nacionalista Vasco.
No resulta muy liberal eso de adjudicar etiquetas de tales a quienes pretenden situarse en este ámbito ideológico. Sin embargo, parece cuestión pacífica considerar que el liberalismo pone como centro de su pensamiento a la persona y los derechos que le preocupan son, ante todo, los individuales. No ocurre lo mismo con los partidos nacionalistas, que anteponen los pueblos a las personas y -muchas veces- los llamados derechos colectivos a los individuales.
Los nacionalismos traen su causa además de la reivindicación del pasado. El PNV, por ejemplo, es conocido como el "partido jelista", donde "JEL" es "Dios y Leyes Viejas", en el antiguo idioma vasco.
No sólo eso. Su pretensión estriba en crear nuevas fronteras físicas, legales y lingüísticas; defienden autonomías subvencionadas -Cupo vasco- o a subvencionar -caso de Cataluña- y niegan en la práctica el principio liberal de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, como señalara Hayek, y antes y después de él todo liberal que se reclame de serlo.
.Se compadece mal el liberalismo con las ideologías reaccionarias, porque se asocia de forma particularmente fuerte con la idea de progreso. La convicción liberal en la razón y el progreso tiene sus raíces en lo que los liberales percibieron como la necesidad de disolver el viejo orden y de reemplazarlo por otro mejor.
España, que ha sido cuna de tantos y tan significados liberales se merece sin duda una representación más adecuada en el seno del partido que asume esta ideología en la Unión Europea. Claro que el liberalismo ha pasado en nuestro país por etapas de fortaleza y debilidad. Los dos grandes partidos españoles están vinculados a la Internacional Socialista y a la Popular democristiana y se han empleado de forma sistemática en laminar el espacio del centro, terreno privilegiado del moderno liberalismo. Que el "tercer" partido de España lo sean los nacionalistas es efecto principal de sus políticas, aunque sus consecuencias las paguemos todos los españoles.
No resulta muy liberal eso de adjudicar etiquetas de tales a quienes pretenden situarse en este ámbito ideológico. Sin embargo, parece cuestión pacífica considerar que el liberalismo pone como centro de su pensamiento a la persona y los derechos que le preocupan son, ante todo, los individuales. No ocurre lo mismo con los partidos nacionalistas, que anteponen los pueblos a las personas y -muchas veces- los llamados derechos colectivos a los individuales.
Los nacionalismos traen su causa además de la reivindicación del pasado. El PNV, por ejemplo, es conocido como el "partido jelista", donde "JEL" es "Dios y Leyes Viejas", en el antiguo idioma vasco.
No sólo eso. Su pretensión estriba en crear nuevas fronteras físicas, legales y lingüísticas; defienden autonomías subvencionadas -Cupo vasco- o a subvencionar -caso de Cataluña- y niegan en la práctica el principio liberal de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, como señalara Hayek, y antes y después de él todo liberal que se reclame de serlo.
.Se compadece mal el liberalismo con las ideologías reaccionarias, porque se asocia de forma particularmente fuerte con la idea de progreso. La convicción liberal en la razón y el progreso tiene sus raíces en lo que los liberales percibieron como la necesidad de disolver el viejo orden y de reemplazarlo por otro mejor.
España, que ha sido cuna de tantos y tan significados liberales se merece sin duda una representación más adecuada en el seno del partido que asume esta ideología en la Unión Europea. Claro que el liberalismo ha pasado en nuestro país por etapas de fortaleza y debilidad. Los dos grandes partidos españoles están vinculados a la Internacional Socialista y a la Popular democristiana y se han empleado de forma sistemática en laminar el espacio del centro, terreno privilegiado del moderno liberalismo. Que el "tercer" partido de España lo sean los nacionalistas es efecto principal de sus políticas, aunque sus consecuencias las paguemos todos los españoles.
martes, 3 de febrero de 2009
Intercambio de solsticios (2)
Y mi amigo Jorge Brassens se quedó mirando un tanto pensativo al "señor equis", mientras que este emitía profusas bocanadas a su puro.
- A mí me pasó algo parecido -dijo mi amigo-. Me encontraba en mi casa del pirineo navarro en Navidad y hacía un frío tremendo. Cada vez que me ponía a ver la televisión por la noche tenía que hacerlo cubierto por una manta y con las manos bien metidas dentro de ella. Así que pensé en encender la chimenea, cosa que hice al día siguiente, poco antes de la hora de comer. Eso fue lo que me salvó. Una vez que las maderas ardían y el calor se difuminaba por el salón recibí una llamada de mi vecino: "Tienes humo que sale del tejado", me dijo. Entonces eché un caldero de agua para apagar la chimenea y subí a mi habitación. La pared estaba caliente pero no vi fuego. Me asomé a una claraboya y observé el humo al que se había referido mi vecino. Salí a la calle y fui consciente de que la columna de humo blanco se hacía por momentos más densa. Subí otra vez a mi dormitorio y esta vez sí: una llamita crepitaba junto a la zona caliente de la pared. Llené un vaso de agua y lo dirigí a la llama, apagándola. Por lo general soy bastante torpe -añadía Jorge Brassens como reflexionando en voz alta-. Alguien había avisado a los bomberos y llegaba el retén distante sólo un par de centenares de metros de mi casa. Lo demás es una historia de humo, de pedazos de pared volando hacia el suelo, de mangueras de agua a presión... ¿No te parece que se trata de algo curioso?
El "señor equis" dirigió una mirada sobre mi amigo que a él le pareció inexpresiva, antes de musitar un "sí" que se mezclaba con el humo de su cigarro.
(Continuará)
- A mí me pasó algo parecido -dijo mi amigo-. Me encontraba en mi casa del pirineo navarro en Navidad y hacía un frío tremendo. Cada vez que me ponía a ver la televisión por la noche tenía que hacerlo cubierto por una manta y con las manos bien metidas dentro de ella. Así que pensé en encender la chimenea, cosa que hice al día siguiente, poco antes de la hora de comer. Eso fue lo que me salvó. Una vez que las maderas ardían y el calor se difuminaba por el salón recibí una llamada de mi vecino: "Tienes humo que sale del tejado", me dijo. Entonces eché un caldero de agua para apagar la chimenea y subí a mi habitación. La pared estaba caliente pero no vi fuego. Me asomé a una claraboya y observé el humo al que se había referido mi vecino. Salí a la calle y fui consciente de que la columna de humo blanco se hacía por momentos más densa. Subí otra vez a mi dormitorio y esta vez sí: una llamita crepitaba junto a la zona caliente de la pared. Llené un vaso de agua y lo dirigí a la llama, apagándola. Por lo general soy bastante torpe -añadía Jorge Brassens como reflexionando en voz alta-. Alguien había avisado a los bomberos y llegaba el retén distante sólo un par de centenares de metros de mi casa. Lo demás es una historia de humo, de pedazos de pared volando hacia el suelo, de mangueras de agua a presión... ¿No te parece que se trata de algo curioso?
El "señor equis" dirigió una mirada sobre mi amigo que a él le pareció inexpresiva, antes de musitar un "sí" que se mezclaba con el humo de su cigarro.
(Continuará)
martes, 27 de enero de 2009
Cuando termine la crisis...
Esta crisis ocurre para muchos de la misma forma que las películas largas y tediosas: pasará. Y luego las cosas volverán a ser como antes.
Los responsables del Gobierno nos aseguran que terminará en 2.010, los de la oposición auguran que durará algo más -"whisful thinking" de que la crisi durará hasta las siguientes elecciones generales de modo que les otorgue un poder por el que tan poco están haciendo.
No sé si los parados están dispuestos a reciclarse en prácticas de futuro, si los empleados se dedican a acudir a los cursos de formación continua -por aquello de que el desempleo también pueda abatirse sobre ellos-, si los empresarios podrán o sabrán salvar la crisis a la vez que diversificar sus estrategias en actividades novedosas y rentables, no sé si el sector financiero sabrá o podrá -sin necesidad de intervención exterior- cumplir su función de aceite del rodaje del sistema...
Son demasiadas incógnitas. Lo único cierto es que la crisis no es un fenómeno extraño, una especie de "poltergeist" que podamos observar desde la tranquilizadora distancia de un cómodo sofá. No, como le ocurría a la niña de la película de Spielberg se nos traga o -mejor dicho- se encarna en nosotros mismos.
Porque la crisis somos nosotros en nuestro afán de comportarnos como una suerte de nuevos ricos, eso sí, sin posibles. Vivienda principal, mobiliario de calidad, electrodomésticos y televisión de plasma; segunda casa en la playa; vacaciones en el Caribe y puentes en la vieja Europa; ropa de marca; buenos colegios; 4x4 en el garaje -aún sin casa de campo...
La crisis tiene nombres y apellidos y son los nuestros. Por eso pasará si nosotros mismos acabamos con ella. Desterrando los viejos hábitos, apostando por valores que no están tan lejos como para haberlos olvidado del todo: el trabajo bien hecho, el gasto de lo que se tiene o se podrá percibir en un momento razonable, el disfrute de los buenos momentos que no tienen por qué suponer necesariamente demasiado dinero.
Hay un mundo que se ha instalado en el exceso, otro que corre a unirse a este y un tercero que a fuerza de gobiernos corruptos malvive y mal-muere. Y si la reactivación de la economía exige de la recuperación de la confianza y la reanimación del consumo todo ello debiera realizarse desde la lógica -¿ilógica?- del reparto global en una economía global.
Claro que nuestros líderes que no lideran prefieren sentarse y esperar a que pase la película. No les gusta. A nadie le apetece ver estadísticas con rojas flechas hacia abajo o las colas en las oficinas del INEM, sobre todo cuando no saben qué hacer y prefieren no hacer nada y que alguien venga -un Obama vestido de Papá Noel, por ejemplo- y lo arregle todo. También ellos sufrirán las consecuencias de la crisis, y si no al tiempo.
Entretanto, la crisis -lo mismo que la vida- sigue. Los tiempos están cambiando y todos debemos ser conscientes de la necesidad de adaptarnos a ellos -tiempos nuevos y cambio- Va a ser, y está siéndolo ya, una inmensa ola que se llevará con ella a personas, cosas, ideas y comportamientos. Es preciso cambiar con ella para subirnos a la ola y que el maremoto nos deje indemnes.
Los responsables del Gobierno nos aseguran que terminará en 2.010, los de la oposición auguran que durará algo más -"whisful thinking" de que la crisi durará hasta las siguientes elecciones generales de modo que les otorgue un poder por el que tan poco están haciendo.
No sé si los parados están dispuestos a reciclarse en prácticas de futuro, si los empleados se dedican a acudir a los cursos de formación continua -por aquello de que el desempleo también pueda abatirse sobre ellos-, si los empresarios podrán o sabrán salvar la crisis a la vez que diversificar sus estrategias en actividades novedosas y rentables, no sé si el sector financiero sabrá o podrá -sin necesidad de intervención exterior- cumplir su función de aceite del rodaje del sistema...
Son demasiadas incógnitas. Lo único cierto es que la crisis no es un fenómeno extraño, una especie de "poltergeist" que podamos observar desde la tranquilizadora distancia de un cómodo sofá. No, como le ocurría a la niña de la película de Spielberg se nos traga o -mejor dicho- se encarna en nosotros mismos.
Porque la crisis somos nosotros en nuestro afán de comportarnos como una suerte de nuevos ricos, eso sí, sin posibles. Vivienda principal, mobiliario de calidad, electrodomésticos y televisión de plasma; segunda casa en la playa; vacaciones en el Caribe y puentes en la vieja Europa; ropa de marca; buenos colegios; 4x4 en el garaje -aún sin casa de campo...
La crisis tiene nombres y apellidos y son los nuestros. Por eso pasará si nosotros mismos acabamos con ella. Desterrando los viejos hábitos, apostando por valores que no están tan lejos como para haberlos olvidado del todo: el trabajo bien hecho, el gasto de lo que se tiene o se podrá percibir en un momento razonable, el disfrute de los buenos momentos que no tienen por qué suponer necesariamente demasiado dinero.
Hay un mundo que se ha instalado en el exceso, otro que corre a unirse a este y un tercero que a fuerza de gobiernos corruptos malvive y mal-muere. Y si la reactivación de la economía exige de la recuperación de la confianza y la reanimación del consumo todo ello debiera realizarse desde la lógica -¿ilógica?- del reparto global en una economía global.
Claro que nuestros líderes que no lideran prefieren sentarse y esperar a que pase la película. No les gusta. A nadie le apetece ver estadísticas con rojas flechas hacia abajo o las colas en las oficinas del INEM, sobre todo cuando no saben qué hacer y prefieren no hacer nada y que alguien venga -un Obama vestido de Papá Noel, por ejemplo- y lo arregle todo. También ellos sufrirán las consecuencias de la crisis, y si no al tiempo.
Entretanto, la crisis -lo mismo que la vida- sigue. Los tiempos están cambiando y todos debemos ser conscientes de la necesidad de adaptarnos a ellos -tiempos nuevos y cambio- Va a ser, y está siéndolo ya, una inmensa ola que se llevará con ella a personas, cosas, ideas y comportamientos. Es preciso cambiar con ella para subirnos a la ola y que el maremoto nos deje indemnes.
lunes, 26 de enero de 2009
Intercambio de solsticios (1)
La vida es el constante espacio de las paradojas y los hechos admiten explicaciones cuyo sentido nos es advertido sólo después de un tiempo y sólo una vez que otras casualidades nos lo muestren de manera diáfana.
Esta historia comienza en un restaurante italiano de Madrid. Mi amigo Jorge Brassens, que uno de los responsables de un joven partido situado en el centro del paisaje político español, se había citado a comer con un dirigente de un partido rival, a requerimiento de este. El motivo del almuerzo tenía que ver con el deseo de esta persona de asociarse al partido de Brassens, tal pretensión debía resultar discreta hasta su concreción definitiva, de modo que titularé con el nombre de "señor equis" al contertulio de mi amigo Jorge.
Brassens y el "señor equis" comparten un amigo común que, por motivos de trabajo, se ha desplazado a Chicago, José Carlos Grossmann. Estas Navidades, Grossmann y el "señor equis" tuvieron la oportunidad de almorzar juntos y con sus mujeres.
En esa comida, Grossmann le contaba al "señor equis" que su casa de Barcelona, en la que vive su primera mujer junto con sus dos primeros hijos, había sufrido un pavoroso incendio con consecuencias devastadoras sobre el inmueble. Un cigarrillo mal apagado en la habitación del chico, que se encontraba con su novia, había prendido en las sábanas y el fuego había superado la fase provocadora del humo blanco -cuando las llamas aún pueden sofocarse- y se consolidaba el humo de color negro -cuando ya no hay nada que hacer, según dicen los expertos..
Los tres -ambos hijos y la novia del primero, la "ex" de Grossmann no debía encontrarse en casa- se situarían en uno de los balcones de la vivienda, algo quemados y bastante asustados, a la espera de la llegada de los bomberos.
Con cierta rapidez -no con rapidez cierta, que la angustia siempre detiene las manecillas de los relojes- y con su acostumbrada parafernalia de sirenas aparecía el coche del servicio municipal que se ocupa de apagar los incendios. Se activaba la escala mecánica a cuyo extremo se sitúaría un contenedor en el que alojar a las víctimas del siniestro que se dirigía hacia el balcón. El piso ardía ya en pompa. Un bombero calmaba y ayudaba a los tres chicos a que abandonaran el inmueble.
Carmen Toledo -la primera mujer de José Carlos- llegaba ya a la que un día fuera su vivienda. Contenida la respiraciób, se deshacía en lágrimas cuando abrazaba a sus hijos poco antes de agradecer al bombero su eficaz actuación. Este dibujaría en su cara un gesto de extrañeza que Carmen no sabía cómo interpretar.
- ¿N-no me conoces? -balbuceaba el bombero, con un tratamiento coloquial que presumía un conocimiento previo o un exceso de familiaridad.
Pero Carmen no estaba ese día para entregarse a la frivolidad social y le respondía con un gesto de cabeza con el que le decía que no sabía quién era.
El bombero entonces se quitó el casco. Y a pesar de su aplastado pelo y de su tiznada cara, Carmen reconocía al hombre.
- U-usted... T-tú -tartamudeaba ahora Carmen Toledo- eres...
- Sí. Yo mismo -asentía el bombero.
El "señor equis" explicaría a mi amigo Brassens que, tiempo atrás, Jenny Grossmann, la hija de José Carlos y Carmen, se había caído jugando en la piscina más honda del Club del Prat, en medio de un descuido de sus padres. La oportuna acción de un socorrista la salvaría de perecer ahogada.
Andando el tiempo, este socorrista convertido en bombero volvía a salvar a Jenny de una muerte más que anunciada.
El "señor equis" remataba su primera copa de vino no sin antes reproducir las palabras que José Carlos Grossmann le había dicho:
- ¡Y ahora que alguien me diga que no existe el Ángel de la Guarda!
(Continuará)
Esta historia comienza en un restaurante italiano de Madrid. Mi amigo Jorge Brassens, que uno de los responsables de un joven partido situado en el centro del paisaje político español, se había citado a comer con un dirigente de un partido rival, a requerimiento de este. El motivo del almuerzo tenía que ver con el deseo de esta persona de asociarse al partido de Brassens, tal pretensión debía resultar discreta hasta su concreción definitiva, de modo que titularé con el nombre de "señor equis" al contertulio de mi amigo Jorge.
Brassens y el "señor equis" comparten un amigo común que, por motivos de trabajo, se ha desplazado a Chicago, José Carlos Grossmann. Estas Navidades, Grossmann y el "señor equis" tuvieron la oportunidad de almorzar juntos y con sus mujeres.
En esa comida, Grossmann le contaba al "señor equis" que su casa de Barcelona, en la que vive su primera mujer junto con sus dos primeros hijos, había sufrido un pavoroso incendio con consecuencias devastadoras sobre el inmueble. Un cigarrillo mal apagado en la habitación del chico, que se encontraba con su novia, había prendido en las sábanas y el fuego había superado la fase provocadora del humo blanco -cuando las llamas aún pueden sofocarse- y se consolidaba el humo de color negro -cuando ya no hay nada que hacer, según dicen los expertos..
Los tres -ambos hijos y la novia del primero, la "ex" de Grossmann no debía encontrarse en casa- se situarían en uno de los balcones de la vivienda, algo quemados y bastante asustados, a la espera de la llegada de los bomberos.
Con cierta rapidez -no con rapidez cierta, que la angustia siempre detiene las manecillas de los relojes- y con su acostumbrada parafernalia de sirenas aparecía el coche del servicio municipal que se ocupa de apagar los incendios. Se activaba la escala mecánica a cuyo extremo se sitúaría un contenedor en el que alojar a las víctimas del siniestro que se dirigía hacia el balcón. El piso ardía ya en pompa. Un bombero calmaba y ayudaba a los tres chicos a que abandonaran el inmueble.
Carmen Toledo -la primera mujer de José Carlos- llegaba ya a la que un día fuera su vivienda. Contenida la respiraciób, se deshacía en lágrimas cuando abrazaba a sus hijos poco antes de agradecer al bombero su eficaz actuación. Este dibujaría en su cara un gesto de extrañeza que Carmen no sabía cómo interpretar.
- ¿N-no me conoces? -balbuceaba el bombero, con un tratamiento coloquial que presumía un conocimiento previo o un exceso de familiaridad.
Pero Carmen no estaba ese día para entregarse a la frivolidad social y le respondía con un gesto de cabeza con el que le decía que no sabía quién era.
El bombero entonces se quitó el casco. Y a pesar de su aplastado pelo y de su tiznada cara, Carmen reconocía al hombre.
- U-usted... T-tú -tartamudeaba ahora Carmen Toledo- eres...
- Sí. Yo mismo -asentía el bombero.
El "señor equis" explicaría a mi amigo Brassens que, tiempo atrás, Jenny Grossmann, la hija de José Carlos y Carmen, se había caído jugando en la piscina más honda del Club del Prat, en medio de un descuido de sus padres. La oportuna acción de un socorrista la salvaría de perecer ahogada.
Andando el tiempo, este socorrista convertido en bombero volvía a salvar a Jenny de una muerte más que anunciada.
El "señor equis" remataba su primera copa de vino no sin antes reproducir las palabras que José Carlos Grossmann le había dicho:
- ¡Y ahora que alguien me diga que no existe el Ángel de la Guarda!
(Continuará)
jueves, 22 de enero de 2009
Intervención en el Ateneo de Madird. Polémica entre liberales. 20.01.09
Tengo 53 años. En verano de 1.983 me afilié al Partido Demócrata Liberal y fui candidato al Senado por Guipúzcoa por ese partido en las elecciones de ese año. Fui concejal liberal en el Ayuntamiento de Bilbao entre 1.983 y 1.987. Participé en la refundación del Partido Popular en el País Vasco, con Jaime Mayor Oreja, y fui Secretario General de ese partido. Más tarde, he sido parlamentario vasco elegido en las listas de Vizcaya por el Partido Popular, desde 1.990 hasta noviembre de 2.007, fecha en la que me dí de baja del PP y de mi puesto de parlamentario para asociarme al proyecto de Unión Progreso y Democracia.
Parafraseando a Indalecio Prieto, diría que soy liberal a fuer de combatir el terrorismo y el nacionalismo obligatorio.
En la actualidad coordina, desde el Comité de Dirección de UPyD, su política internacional.
- Satisfacción ante este debate. Significa que el liberalismo sigue vivo.
- Yo voy a circunscribir mi intervención al título que nos convoca, porque una cosa es la ideología y otra –no necesariamente condicionada por la primera- la praxis política.
- Nada más lejos de mi intención, por lo tanto, que adjudicar títulos de liberalismo, pero tampoco de adjetivar al liberalismo. Todo el que se crea liberal y lo afirme de su práctica política tiene tanto derecho a proclamar su condición de tal como cualquier otro. En este sentido, prefiero seguir la máxima evangélica. “Por sus hechos los conoceréis”. Otra cosa es lo que cada uno entienda por liberalismo. Yo tengo claro que el liberalismo es una ideología que defiende a la persona por encima de las colectividades en que está integrada. Y que la persona no es un “homo oeconomicus”, sino un ser integral, en todos lo sentidos, también en el social. La marginación social, el paro, el refuerzo de los servicios sociales y de los sistemas públicos de Seguridad Social no son cuestiones ajenas al liberalismo; la intervención puntual del Estado en la situación de crisis que nos est´ña acosando en la actualidad, tampoco.
- Pero voy rápidamente a desarrollar mi tesis. Cuando una veintena de personas nos reunímos en el hotel Costa Vasca de San Sebastián, en mayo de 2.007, hacíamos un diagnóstico que no era necesariamente ni liberal ni socialdemócrata, pero que lo era también al mismo tiempo. Se hacía a partir de un análisis sobre la salud de la democracia española. Y los reunidos en aquél hotel constatábamos que 30 años después de aprobada la Constitución española:
o La democracia española no era –no es- una democracia de ciudadanos, ni de separación de poderes, sino que es una democracia de partidos. Y que estos, en su estructura interna, no pueden cabalmente ser calificados de democráticos.
o Que los partidos nacionalistas están condicionando la política nacional y que de cada 10 españoles, 8 –que participan de la misma idea de España- deben pactar con 1 español –que además no se siente tal- la gobernabilidad de España.
o Que los españoles –en contra de lo que expresa el mandato constitucional- no son iguales en lo que se refiere a la prestación de los servicios públicos, que la educación no funciona.
o Que para corregir todas estas deficiencias haría falta modificar leyes para-constitucionales –como la Ley Electoral- revertir algunas competencias hoy en el ámbito de las autonomías al Estado y, en último término, la reforma de la Constitución.
o La creación de un nuevo partido político que, desde la transversalidad –liberales más socialdemócratas y viceversa-, el consenso y el acuerdo sirva para que las grandes formaciones políticas españolas puedan gobernar sin verse abocadas a ceder parcelas significativas de la soberanía nacional. Y lo digo, no en términos de bandera, sino de derecho a la igualdad de los ciudadanos en la prestación de los servicios públicos y en la recíproca de atender a las obligaciones que como ciudadanos nos corresponden.
Ello dio lugar a la creac ión de UPyD, partido en el que yo trabajo ahora.
Me parece que un liberal puede perfectamente desarrollar sus convicciones de tal en un partido que se ha propuesto una tarea tan importante como la que acabo de explicar. Que un partido no tiene por qué estar llamado a perdurar por los tiempos de los tiempos y que puede considerarse como una empresa: trazar unos objetivos y proponer su cumplimiento. Cuando todo se haya realizado a lo mejor es preciso disolverlo –diré que, por el momento, aún queda casi todo por hacer en nuestro programa-. En este sentido creo más bien en el partido como un instrumento al servicio de la sociedad.
Espero que el debate nos ayude a aclarar algunas ideas.
Parafraseando a Indalecio Prieto, diría que soy liberal a fuer de combatir el terrorismo y el nacionalismo obligatorio.
En la actualidad coordina, desde el Comité de Dirección de UPyD, su política internacional.
- Satisfacción ante este debate. Significa que el liberalismo sigue vivo.
- Yo voy a circunscribir mi intervención al título que nos convoca, porque una cosa es la ideología y otra –no necesariamente condicionada por la primera- la praxis política.
- Nada más lejos de mi intención, por lo tanto, que adjudicar títulos de liberalismo, pero tampoco de adjetivar al liberalismo. Todo el que se crea liberal y lo afirme de su práctica política tiene tanto derecho a proclamar su condición de tal como cualquier otro. En este sentido, prefiero seguir la máxima evangélica. “Por sus hechos los conoceréis”. Otra cosa es lo que cada uno entienda por liberalismo. Yo tengo claro que el liberalismo es una ideología que defiende a la persona por encima de las colectividades en que está integrada. Y que la persona no es un “homo oeconomicus”, sino un ser integral, en todos lo sentidos, también en el social. La marginación social, el paro, el refuerzo de los servicios sociales y de los sistemas públicos de Seguridad Social no son cuestiones ajenas al liberalismo; la intervención puntual del Estado en la situación de crisis que nos est´ña acosando en la actualidad, tampoco.
- Pero voy rápidamente a desarrollar mi tesis. Cuando una veintena de personas nos reunímos en el hotel Costa Vasca de San Sebastián, en mayo de 2.007, hacíamos un diagnóstico que no era necesariamente ni liberal ni socialdemócrata, pero que lo era también al mismo tiempo. Se hacía a partir de un análisis sobre la salud de la democracia española. Y los reunidos en aquél hotel constatábamos que 30 años después de aprobada la Constitución española:
o La democracia española no era –no es- una democracia de ciudadanos, ni de separación de poderes, sino que es una democracia de partidos. Y que estos, en su estructura interna, no pueden cabalmente ser calificados de democráticos.
o Que los partidos nacionalistas están condicionando la política nacional y que de cada 10 españoles, 8 –que participan de la misma idea de España- deben pactar con 1 español –que además no se siente tal- la gobernabilidad de España.
o Que los españoles –en contra de lo que expresa el mandato constitucional- no son iguales en lo que se refiere a la prestación de los servicios públicos, que la educación no funciona.
o Que para corregir todas estas deficiencias haría falta modificar leyes para-constitucionales –como la Ley Electoral- revertir algunas competencias hoy en el ámbito de las autonomías al Estado y, en último término, la reforma de la Constitución.
o La creación de un nuevo partido político que, desde la transversalidad –liberales más socialdemócratas y viceversa-, el consenso y el acuerdo sirva para que las grandes formaciones políticas españolas puedan gobernar sin verse abocadas a ceder parcelas significativas de la soberanía nacional. Y lo digo, no en términos de bandera, sino de derecho a la igualdad de los ciudadanos en la prestación de los servicios públicos y en la recíproca de atender a las obligaciones que como ciudadanos nos corresponden.
Ello dio lugar a la creac ión de UPyD, partido en el que yo trabajo ahora.
Me parece que un liberal puede perfectamente desarrollar sus convicciones de tal en un partido que se ha propuesto una tarea tan importante como la que acabo de explicar. Que un partido no tiene por qué estar llamado a perdurar por los tiempos de los tiempos y que puede considerarse como una empresa: trazar unos objetivos y proponer su cumplimiento. Cuando todo se haya realizado a lo mejor es preciso disolverlo –diré que, por el momento, aún queda casi todo por hacer en nuestro programa-. En este sentido creo más bien en el partido como un instrumento al servicio de la sociedad.
Espero que el debate nos ayude a aclarar algunas ideas.
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