miércoles, 4 de febrero de 2026

Una Unión dentro de la Unión

 Publicado en El Imparcial, el 1 de febrero de 2026


Las decisiones impulsadas por Donald Trump a partir de su segundo mandato, erráticas en su mayor parte, pero presididas por una altanería de comportamiento que empieza a extenderse a otros países y regiones del mundo, y servidas por un ejército de leales, nos han hecho caer de bruces en el agujero negro de la ley del más fuerte, que es la de la selva, en la que el orden internacional basado en reglas ha mutado en un desbarajuste definido por los impulsos de unos y la respuesta de los que ni siquiera desearon nunca constituirse en sus contrarios, pero que ahora no tienen otro remedio que establecer cortafuegos a los designios del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Sobrevivir en un modelo que cancela los principios y valores que marcaron nuestras existencias no es fácil, salvo que aceptemos renunciar a esa forma de vida y rendir pleitesía a otra en la que no seremos los más fuertes y por la que nos veremos necesariamente devorados. Como vino a decir el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, si no te sientas a la mesa formas parte del menú.


Como pollos sin cabeza, los dirigentes europeos corren alocadamente, saltando, en su particular juego de la oca, de capital en capital, de país en país, como pretendiendo demostrar que el simple movimiento produce efectos taumatúrgicos, y las horas robadas al sueño y transfundidas a sus organismos les proporcionaran una mayor dosis de conocimiento, de reflexión, de certeza.


Pero no dejan de ser movimientos reactivos. Existe, sin embargo, en ellos algún elemento que no se debe desdeñar. La idea, por ejemplo, de que hoy más que nunca, resulta preciso mantener el proyecto europeo, sometido al ataque doble del America First de Trump y de nuestros populismos interiores, y necesitado de acomodación, para integrar en el sistema de libertades y estado del bienestar, una política de Defensa propia, a la que podrían sumarse eventualmente el Reino Unido y Turquía.


Esa idea de que la Defensa de Europa constituye principal preocupación de los ciudadanos europeos, abre el debate -que algunos creíamos cerrado definitivamente- del servicio militar obligatorio. Sin llegar a eso, algún opinador político está manteniendo que todos los miembros de la colectividad cedan un año de sus vidas a servicios sociales organizados en beneficio de la ciudadanía. Que no son sólo -aunque también- el Ejército, sino, por ejemplo, las tareas de complemento a la escolarización, los bancos de alimentos, la involucración en ONG solidarias o el acompañamiento de ancianos y personas dependientes. En una sociedad que se siente acreedora permanente de derechos no estaría de más introducir en alguna medida en la ecuación los deberes.


Pretenden estos dirigentes europeos defender la integridad territorial de Ucrania, o al menos la garantía, en el eventual pacto con Rusia, que permita disuadir cualquier tentación de Putin por intentar una nueva invasión, en Ucrania o en cualquier otro lugar del Este de Europa. Cuestión difícil ésta cuando a los intereses geopolíticos de las partes se les incorporan las pretensiones económicas del apadrinador del proyecto MAGA.


Y están resueltos a defender también la integridad territorial de los países miembros (artículo 4 del Tratado), que se ha puesto en entredicho por Donald Trump en relación con Dinamarca y Groenlandia.


No son pocos los objetivos que comparten nuestros bienintencionados líderes europeos. Pero son conscientes todos ellos de que para acometerlos les hacen falta medios. No sólo económicos, aunque también sean necesarios (una Defensa integrada requiere de programación, tiempo y presupuestos). Exige para su implementación de unos instrumentos jurídicos de los que la Unión carece. Cualquier decisión que afecte a la política exterior y de seguridad debe circunscribirse al procedimiento de la unanimidad. Bien es cierto que, en algunos casos, se ha sorteado esta regla (la UE acordó congelar indefinidamente alrededor de 210.000 millones de euros en activos rusos, evitando que Estados como Hungría y Eslovaquia vetaran cada seis meses la renovación de esas sanciones). No deja esta decisión de constituir un remedio -un apaño- jurídico del que resulta difícil inferir una posibilidad de modificación de los Tratados en lo que a política exterior y de seguridad se refiere.


Precisamente por esa causa, el ex Alto Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad, Josep Borrell, ha aventurado recientemente la necesidad de acometer una redefinición de la Unión Europea en los ambiciosos términos que dan título a este comentario: una Unión dentro de la Unión.


Iría más allá -bastante más- que el instrumento de la cooperación reforzada, prevista en el artículo 20 del Tratado. Y se insertaría en un nuevo acuerdo entre algunos de los países., actualmente miembros, que son conscientes de la necesidad de poner en práctica, de una vez por todas, esa Europa de una velocidad de crucero que impida a los Estados más reticentes imponer sus recelos a los más conscientes.


Repetía con frecuencia la líder radical -liberal y progresista- Ema Bonino que en Europa existen dos tipos de países, los que son débiles y los que no saben que lo son. Por eso, fortalecer la integridad de la Unión es optar por convertirnos en un actor internacional, toda vez que nos estamos saliendo -¿nos hemos salido?- del cuadro.


Algunos se empeñan en observar por el retrovisor lo que puedan pensar y hacer nuestros populistas del interior de Europa, pero no es menos cierto que cuantas más concesiones les hagamos antes llegarán a sustituirnos. Ya se sabe, el original y la copia. Si tenemos convicciones urge ponerlas a rodar.


Y no hay que tener un excesivo temor a las dos velocidades para la construcción europea. Como me decía un ex-ministro de Exteriores español en una conversación privada, al final todos los que están operando en la velocidad lenta querrán sumarse a la rápida. Es sólo cuestión de tiempo.


De tiempo y de voluntad política. 


No hay comentarios: