domingo, 30 de marzo de 2025

The Stranger Song



En la serie realizada el pasado año 2024, que lleva por título la conocida canción de Leonarda Cohen, So Long, Marianne -quizás una de las más representativas debidas al cantautor canadiense-, se describe la relación entre Leonard Cohen y Marianne Ihlen, en una historia de amor vivida en la isla griega de Hydra. 


Hay alguna canción de Cohen -no muchas- que aparecen a lo largo del relato. A una de ellas, The Stranger, es a la que se dedica este comentario.


Publicada en el año 1967, en su primer LP (Songs of Leonard Cohen), constituye una reflexión sobre la soledad -que es uno de los motivos más recurrentes del autor- y de la permanente búsqueda por encontrar una significación a la vida. Como quiera que en este mundo somos todos jugadores, la raíz de nuestras relaciones se encuentra en la mutación de las mismas a lo largo de nuestras vidas, lo que remite a la cancelación de todos los ámbitos de pertenencia. Se diría que los seres humanos somos como los miembros del cuerpo diplomático de un país, que apenas cuando empiezan a arraigar en un destino reciben la orden de hacer sus maletas y regresar a su casa o viajar hacia otra parte. “Somos de relaciones efímeras”, me decía el número dos de una embajada con el que mantuve una cordial relación, “como las prostitutas…”


Tratas entonces con gentes que vienen y que van, que se encuentran contigo en tanto que continúan en busca de otra cosa, tal vez alta y salvaje (high and wild), que no eres precisamente tú, aunque estén dispuestos a dedicarte un tiempo de sus vidas hasta tanto que se les presente una oportunidad que nunca llega, porque no será tampoco plenamente satisfactoria. Pero lo que tal vez pretendan esos seres sea, como José, encontrar un pesebre que nos devuelva la idea de la salvación. Desconocemos si esa significación “alta y salvaje” constituye un trasunto de la misma significación de una identidad que se nos escapa.


El narrador se menciona a sí mismo como “un extraño”, pero ésa condición cabe extenderla a todo el resto. Seríamos como personajes que buscan un autor en el que reivindicarse. El autor que -en un círculo vicioso- nos necesita también para adquirir su significación de tal. No hay médico si no existen pacientes, abogado sin clientes, profesor sin alumnos…


Y en esta búsqueda hay relaciones que, pese a resultar evanescentes, las aceptamos de buen grado y constituyen una parte de nuestro viaje a la Itaca vital. Pero hay otras gentes a las que simplemente rechazamos, porque no nos aportan nada, constituyen un estorbo, nos complican la existencia…


Nos encontramos con la idea del juego, como si la vida consistiera precisamente en eso, una gran mesa en la que probamos suerte en tanto que un croupier reparte las cartas. Tal vez por esa misma razón, en su último disco, Cohen decía estar “out of the game”. Abandonada la partida, uno está dispuesto a salirse de la vida. “I’m ready, My Lord”, decía el poeta en otra canción de ese mismo LP.


Cohen es consciente por lo tanto de que el hombre es un animal social, pero lo es porque no tiene más remedio. En medio de un mundo incomprensible, el hombre es sólo un extraño.


Y ahora vamos a la canción:


Es cierto que todos los hombres que conocías eran jugadores

¿Quién dijo que habían terminado con el juego?

Cada vez que les diste tu apoyo

-Conozco ese tipo de personas-

Es difícil sostener la mano de alguien

¿Quién está llegando al cielo sólo para rendirse?

¿Quién está llegando al cielo solo para rendirse?


Y luego barriendo a los graciosos que dejó atrás

Encuentras que no te entregaron mucho, ni siquiera su risa

Como cualquier jugador, estaba buscando la carta

Eso que es tan alto y salvaje

Él nunca tendrá que jugar con otro

Era sólo un José que buscaba un pesebre

Era solo un José que buscaba un pesebre


Y luego apoyándose en el alféizar de tu ventana

Dirá que un día fuiste la causa de su voluntad

Para debilitarte con tu amor y calor y refugio

Y luego sacando de su cartera

Un viejo horario de trenes, dirá

Te dije, cuando vine, que era un extraño

Te dije, cuando vine, que era un extraño


Pero ahora otro extraño parece

Querer que ignores sus sueños

Como si fueran la carga de algún otro

¡Oh!, has visto a ese hombre antes

Su brazo dorado despachando cartas

Pero ahora está oxidado desde los codos hasta el dedo

Y quiere cambiar el juego que juega por un refugio

Sí, quiere cambiar el juego que conoce por un refugio


¡Ah!, odias ver a otro hombre cansado

Suelta su mano

Como si estuviera renunciando al juego sagrado del póquer

Y mientras cuenta sus sueños para dormir

Te das cuenta de que hay una carretera

Que se está enroscando como humo sobre su hombro

Se está rizando como el humo por encima de su hombro


Dile que venga y se siente

Pero algo te hace dar la vuelta

La puerta está abierta, no puedes cerrar tu refugio

Pruebas a sujetar la carretera

Se abre, no tengas miedo

Eres tú mi amor, tú que eres el extraño

Eres tú mi amor, tú que eres el extraño


Bueno, he estado esperando, estaba seguro

Nos encontraríamos entre los trenes que estamos esperando

Creo que es hora de subir a otro

Por favor, comprende, nunca tuve una carta secreta

Para llevarme al corazón de éste

O de cualquier otro asunto

Cuando habla así

No sabes lo que pretende

Cuando habla así

No sabes lo que pretende


Nos vemos mañana si quieres

En la orilla, debajo del puente

Que están construyendo en algún río sin fin

Luego abandona la plataforma

Por el coche cama, hace calor

Te das cuenta, sólo está anunciando un refugio más

Y te llega, nunca fue un extraño

Y dices, está bien en el puente o en algún lugar más tarde

Y luego barriendo a los graciosos que dejaste atrásY 

Apoyándome en el alféizar de tu ventana

Te dije que cuando vine era un extraño,



It's true that all the men you knew were dealers

Who said they were through with dealing

Every time you gave them shelter

I know that kind of man

It's hard to hold the hand of anyone

Who is reaching for the sky just to surrender

Who is reaching for the sky just to surrender


And then sweeping up the jokers that he left behind

You find he did not leave you very much not even laughter

Like any dealer he was watching for the card

That is so high and wild

He'll never need to deal another
He was just some Joseph looking for a manger

He was just some Joseph looking for a manger


And then leaning on your window sill

He'll say one day you caused his will

To weaken with your love and warmth and shelter

And then taking from his wallet
An old schedule of trains, he'll say

I told you when I came I was a stranger

I told you when I came I was a stranger


But now another stranger seems
To want you to ignore his dreams

As though they were the burden of some other
O you've seen that man before
His golden arm dispatching cards
But now it's rusted from the elbows to the finger
And he wants to trade the game he plays for shelter
Yes he wants to trade the game he knows for shelter


Ah you hate to watch another tired man
Lay down his hand
Like he was giving up the holy game of poker
And while he talks his dreams to sleep
You notice there's a highway
That is curling up like smoke above his shoulder
It is curling just like smoke above his shoulder

You tell him to come in sit down
But something makes you turn around
The door is open you can't close your shelter
You try the handle of the road
It opens do not be afraid
It's you my love, you who are the stranger
It's you my love, you who are the stranger

Well, I've been waiting, I was sure
We'd meet between the trains we're waiting for
I think it's time to board another
Please understand, I never had a secret chart
To get me to the heart of this
Or any other matter
When he talks like this
You don't know what he's after
When he speaks like this
You don't know what he's after

Let's meet tomorrow if you choose
Upon the shore, beneath the bridge
That they are building on some endless river
Then he leaves the platform
For the sleeping car that's warm
You realize, he's only advertising one more shelter
And it comes to you, he never was a stranger
And you say ok the bridge or someplace later

And then sweeping up the jokers that he left behind
And leaning on your window sill
I told you when I came I was a stranger




domingo, 23 de marzo de 2025

Cuando se acaba la botella de vino en mitad de una comida…



Rocío y Joaquín se han determinado, por fin, a hacer la obra. Han considerado que, si no lo hacían, ahora quizás no la acometerían nunca. Y es que los años no perdonan, y con los años viaja la fatiga como compañera inevitable y, con el cansancio, la pereza en asumir trabajos que carecen de rentabilidad en comparación con la paz que se deja de lado cuando entran los gremios y se ponen a tirar tabiques, a enganchar cables de electricidad, a cambiar el aparato de aire acondicionado… 


Porque todo eso están haciendo Rocío y Joaquín… o se lo están haciendo. Y para tal cometido no han tenido más remedio que contratar a una empresa que se ha llevado todos sus muebles y la ropa que no sería necesaria a un guardamuebles, en tanto que ellos se han mudado a un pequeño apartamento en el barrio de Argüelles, propiedad de Rocío, que por fortuna -Rocío es una chica que se diría permanentemente envuelta por un halo de suerte-, el inquilino al que se lo tenía arrendado abandonaba por la necesidad de dotarse de un piso más amplio.


Y con el cambio de barrio se producen las comparaciones, y con ellas las semejanzas y las diferencias. Porque Madrid es una gran urbe compuesta por una agregación de barrios, cada uno con sus diferentes características. El de la Hispanidad, marcado por los edificios de la estación de Chamartín y el estadio Santiago Bernabéu, es una zona joven, cuyos habitantes cuentan con un poder adquisitivo medio-alto, y un tenue carácter de gente con posibles y -no en todos los casos desde luego, pero sí en algunos- un cierto complejo de superioridad por aquello de haber llegado a una cierta posición elitista que otros no han sabido o podido adquirir.


Argüelles es otra cosa. La calle aparece poblada por estudiantes y jubilados, que se atreven a salir de sus casas a pesar de que en este final del invierno no para de llover… a cántaros, y se descubre el placer de permanecer caliente en la casa de cada uno. Los establecimientos comerciales, además de las inevitables franquicias que se han apoderado en tan alta medida de las ciudades, mantienen aún un cierto carácter popular y una oferta amplia en tiendas de todo tipo. Como dice el compañero de mesa de Joaquín, aquí, cuando se te acaba el vino en medio de una comida, bajas a la tienda y te compras otra botella. 


Es precisamente Juan (un nombre figurado) quien aparece en un restaurante de Argüelles, donde el servicio lo componen camareros españoles, y el menú del día es más que aceptable por el precio que cobran.


Juan acaba de salir de un difícil trance. Tuvo un ictus que le obligaría a utilizar el bastón, por culpa de los zigzagueos que la falta de equilibrio le producían al andar. El hospital Clínico fue su salvación, al igual que para Joaquín Romero, porque allí sería este último operado de un tumor en el aparato digestivo hace ya 4 años.


Repasan ambos las reflexiones de una política desquiciada. Juan fue militante del PSOE, lo dejaría y ahora siquiera entre sus amigos de militancia no hay más que uno que siga afiliado al partido que fundara Pablo Iglesias Posse. Él se siente ya liberal, fue votante de Ciudadanos y no llega a comprender muy bien cómo y por qué se desaprovecharía la oportunidad de disponer de un instrumento en el lado central del tablero político que permitiera a los dos grandes partidos generar alianzas políticas que les libraran de la, en apariencia, ingrata tarea de negociar con los nacionalistas la destrucción a plazo cierto y entrega de saldos -como en las épocas de rebajas- de la soberanía nacional.


Y entre plato y plato, casera y vino tinto, café cortado e infusión de manzanilla, concluyen ambos que ya todo ha cambiado y que apenas algo de lo que conocían va a ser recuperado en alguna ocasión. Y lo dicen en un restaurante que conserva el carácter antiguo de las casas de comidas y en un barrio donde aún es posible hacerse con una botella de vino en medio de la comida, cuando falta.


Claro que Joaquín aprovecha para colocar a Juan una de sus frases favoritas.


  • La diferencia, Juan, entre uno que se siente viejo y otro que se siente joven es que, ante un hecho imprevisto, el primero se pregunta, “¿qué va a pasar?”, en tanto que el segundo se dice a sí mismo, “¿qué puedo hacer?”


Y Joaquín se despide con un abrazo, diciendo:


- Yo soy de los que militan en el bando del qué puedo hacer…

sábado, 15 de marzo de 2025

Cambiar de idea


Cambiar de idea

Decía don Gregorio Marañón: “Ser liberal es precisamente, primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo”. Y en la medida en la que el entendimiento se sitúa en el mismo terreno de la negociación, comprenderse significa también que se está dispuesto a mudar de opinión. Lo advertía también Antonio Escohotado respecto del ámbito de la enseñanza: “Aprender significa disfrutar cambiando de idea”.

En los tiempos por los que estamos atravesando, la sola formulación de este planteamiento supone una llamada a la revolución, siquiera a un replanteamiento radical de nuestras estructuras e idiosincrasias personales. En momentos de polarización, todo lo que proceda de un espacio que no sea afín -aunque ni siquiera sea opuesto a nuestras posiciones- es rechazado como advenedizo o peligroso. Sólo se admite lo que venga de nuestro campo y nos reafirme en nuestras convicciones. La polarización, diríamos parafraseando las palabras que  pronunciara el presidente Miterrand en el Parlamento Europeo respecto del nacionalismo, es la guerra. Y en la guerra de la polarización quienes deciden no participar en la contienda serán pasados por la piedra dialéctica como los tibios, los que se han rendido antes de tiempo, los cobardes, por lo tanto.

Y sin embargo, quienes están -estamos- dispuestos a cambiar de idea entiendo que somos los más valientes de la sociedad. De una sociedad que ha admitido con toda naturalidad que la división constituye un hecho inevitable,  y que el “nosotros” que se construye -o más bien destruye- como el “no a otros” es la principal base del funcionamiento del grupo, aunque esa nueva “polis” no se corresponda ya con una idea de ciudadanía, sino como su situación contraria, esto es, la tribu. Son -somos- los dialogantes los valientes, no los contrarios al debate abierto.

Por lo mismo, la polarización excluyente impide la activación del mecanismo del diálogo, que es la idea previa a la del consenso. Los muros que se erigen en los espacios públicos sólo sirven para definir los campos en los que se producen las contiendas, y desplazan hacia un terreno imposible el ámbito de la contraposición de opiniones y la mera posibilidad del acuerdo.

Por poner un ejemplo cercano a la actualidad de lo que vengo expresando, se puede evocar la patética queja que ha formulado el líder de la oposición española a la propuesta que le ha formulado el presidente del gobierno para mantener una reunión en la que abordar la espinosa cuestión de los gastos en materia de Defensa. 20 ó 30 minutos no serían un tiempo suficiente para entrar en el asunto, además de que se trata del mismo espacio temporal que Sánchez concede a los demás partidos.

Ésta, que no deja de ser una anécdota, me recuerda al Fuero Viejo de Guipúzcoa, según el cual las leyes deberían ser pocas, cortas y justas. Y añadiría también que el tiempo empleado para su discusión debería ser reducido. Para resultar más explícito diría que en éste, como en los restantes ámbitos de la política, convendría utilizar el procedimiento parlamentario de la guillotina, una técnica que permite cortar el uso obstruccionista de las iniciativas y el debate en las cámaras mediante su ordenación, agrupando las intervenciones, el tiempo de discusión u otros métodos de reducción del tiempo a utilizar.

Cuando se trata de analizar asuntos de carácter general, el principal obstáculo no es el del tiempo a emplear en su debate, sino la confianza -o desconfianza- que con carácter previo tengan los interlocutores. Y en el ejemplo referido a España que acabo de proponer, la distancia entre los protagonistas, el nivel de prepotencia de uno y la bisoñez del otro nos conducen a pensar que, no sólo con 30 minutos, ni siquiera con tres horas serían capaces los interlocutores de realizar un diagnóstico común de los problemas y de las soluciones.

Por eso, con carácter previo al cambio de las ideas, hoy por hoy impensable en determinados pagos políticos, habría que pensar en cambiar a las gentes para quienes  el diálogo resulte imposible. Y cierto es que en este punto los son más culpables unos que otros.

Por eso, estar a la altura de un mundo que cambia, de una Europa que debe tomar decisiones trascendentales, de una España a la que le afectará esta nueva situación, exige de gentes que hagan del ejercicio de la posibilidad de cambiar de idea como consecuencia del diálogo y de la necesidad del consenso, una práctica cotidiana.

Rara avis este tipo de responsables políticos, en peligro de extinción en el mundo. en Europa y, desde luego, en España. Y quizás, precisamente por eso, tan necesaria es su existencia y su reproducción.