El paseo vespertino transcurría bajo un agradable sol de otoño. Llegaron hasta el “Ponte Vecchio” después de pasar por el Duomo y el Campanile y la “Piazza Della Signoria”. A Jorge Brassens le pasaba con Florencia como a Proust con las personas: que siempre las redescubría en cada momento en que las volvía a ver. Era la callejuela desde donde se atisba el empinado pico del “palazzo Della Signoria” o esa visión que nunca antes había descubierto en la desembocadura de la calle que lleva al “Palazzo Pitti” o el sol de la mañana fulgurante o la luz eléctrica cuando se hace de noche y hasta el arte de Florencia se diría que se bate en retirada.
Volvieron al hotel y se arreglaron. Tomaron un taxi en la estación de autobuses y llegaron a a Biblioteca Nacional, donde les esperaba un recorrido entre antiquísimos libros conservados en sus estantes y amenizado por actores que representaban piezas teatrales,ataviados con ropajes de época medieval, esos bellos trajes de la Italia de ese tiempo magnífico.
Desembocarían en el atrio de la Santa Croce, donde se les serviría una copa. El frío de la temporada les sorprendería relativamente: habían tenido la precaución de cubrirse con ropa de abrigo.
Luego fue la entrega de los premios “Galileo 2.000”, correspondientes a este año de 2.009. Los homenajeados fueron pasando al estrado en que se había convertido el altar de la iglesia franciscana, que por primera vez se abría al público para la celebración de un acto laico. Pero todo estaba previsto, y ese incombustible organizador que es Alfonso de Virgils había agregado a la lista de los premiados a un cardenal que recogía su estatuilla ataviado con un discreto “clergyman”.
Resultaría simpática –aunque hasta rozar el histrionismo- la intervención del director Roberto Benigni, el autor de “La vida es bella”.
Finalizado el acto un danzante español y una cantante italiana ejecutaron el”Ave María” en las escaleras de la iglesia.
Luego fue la difícil tarea de encontrar un taxi para acercarse a la casa de Alfonso de Virgilio que los había convidado a cenar.
Esa casa en Luncarno, de decoración minimalista otrora, se convertía para la cena en una profusión de mesas redondas atendidas por camareros con pajaritas y chaquetas blancas. Allí Brassens se reencntraría con un matrimonio de amistad antigua y de procedencia gaditana.
Vic Suarez tomaba un taxi –que seguramente sería de otro comensal: en Florencia los taxis se piden por teléfono, no se encuentran con facilidad por la calle.
A su regresoal hotel, Jorge Brassens volvía su móvil, desterrado de sus bolsillos durante la recepción.
Había un nuevo mensaje de Paolo Zanotto.
“La única posibilidad es verse por la mañana aquí en Siena de las 16’00 a las 19’00”.
Esa mañana de domingo, Jorge Brassens escribía un SMS a Zanotto en el que le pedía que se acercaran a Florencia a comer con ellos. Aludía como justificación al cansancio del viaje y a la inminencia del regreso.
No esperó a la respuesta y salieron de paseo. Recorrrierom las calles de Florencia hasta el Pitti y por el Oltrarno hasta el Harry´s Bar, que estaba cerrado.
Brassens leyó la respuesta de Zanotto desde la terraza en la que tomaban una Coca-cola. Zanotto le decía que no les resultaba posible. Así que encontrarían un restaurante en el que, ya caída la noche –había cambiado la hora- tomaban unos “spaghetti”, antes de regresar a su hotel, desfallecidos pero encantados.
La mañana siguiente era el regreso a Madrid. El vuelo de Florencia a Roma apenas duraba 30 minutos en el aire. La conexión con la salida a Madrid era sencilla y rápida en el aeropuerto. Pero el avión demoraba unos 45 minutos .
Ya en pleno vuelo, el comandante pedía el concurso de algún médico. Dos filas por delante de la pareja una señora sufría un fuerte desvanecimiento. El oído –preciso- de Vic Suárez radiaba a Jorge Brassens las menores circunstancias del suceso: venìa ella de Bali, padecía de alguna dolencia cardíaca, le aplicaban oxígeno, pero no se recuperaba plenamente a pesar de los 3 ó 4 especialistas que la rodeaban –algún sarcástico habría sugerido que, quizás a causa de esa proximidad empalagosa, la buena señora no volvía plenamente en sí.
Un equipo sanitario de urgencia entraba en el avión antes del desembarco del resto del pasaje. Se llevaban a la señora en una silla de ruedas.
Esa vez la maleta aparecía sin trastorno alguno y un taxi les conducía a casa.
Fin de viaje. Florencia bien vale todas esas incidencias.
jueves, 30 de diciembre de 2010
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Intercambio de solsticios (109)
Lanzarote. 11 de enero de 2003.
Querida Lorsen:
Esta es la última carta que te escribo desde esta isla. Una isla que se parece a la antigua Fuerteventura a la que enviaban a los españoles políticamente más díscolos. Mi estancia, sin ti, ha sido una especie de exilio. MI regreso a Bilbao sé que estará repleto de acontecimientos. Una agenda bastante cargada que me permitirá una cierta evasión.
Por lo menos hoy ha hecho una buena mañana, y cuando concluya esta carta me volveré a lanzar a la calle para que mi paseo vespertino coincida con la luz y el sol. Mañana, después de hacer las maletas, todavía podré darme una vuelta por el paseo marítimo de Matagorda, como hacíamos en los regresos de nuestras cotidianas caminatas.
Por lo visto Pilar va a necesitar una nueva silla ortopédica, según medio me advirtieron en mi llamada diaria a Cruces. Me lo dirá Tere Hermana la semana que viene. He pensado visitar a nuestra hija el mismo lunes, con mi regalo de Reyes en la mano. Ya te contaré.
Ayer fue la cena con Cristina y Agustín. No asistieron Manolo ni Ana. Esta última cenaba con unas amigas y Manolo se encargaba –teóricamente- de su hija de cinco años. Resultó un encuentro grato. Luego apareció Manolo, como anunciando con un redoble de tambores su llegada. Lió un porro de marihuana y me lo dio. Yo le dí dos –quizás tres- caladas y lo encontré agradable y suave. Luego contó unos chistes muy buenos –que no repetiré, porque no los entenderías- , y antes de que terminara mi copa ya estaba requiriéndonos para que fuéramos a un establecimiento que está en la parte vieja del Puerto del Carmen. Una especie de disco-bar al aire libre, donde se podía hablar con una cierta tranquilidad. Allí estaba Ana Aldecoa, que al principio estuvo muy simpática. Pero se la veía un tanto desbordada por la situación de su marido. Me dijo que había sido muy duro para ella no poder pasar las Navidades en casa de sus padres. ¡Figúrate, con las Navidades que he pasado yo! Pero es que Manolo está mas que despendolado. Bailaba con todas las chicas con las que se encontraba, y bebía como nunca. Cuando nos fuimos –las tres de la mañana, canarias- el tío seguía con su marcha. Parece como si hubiera decidido practicar una especie de suicidio a medio o corto plazo y que se desliza sobre esa pista a una velocidad vertiginosa.
Luego apareció un Smith de Bilbao, que no es pariente tuyo, y que estaba pasado de raya. Para él, todo su afán era encontrar un puesto en la política vasca en que se ganaran al menos 400.000 pta., para ponerle a caldo al lehendakari.
- ¿Cuántos escoltas tienes? –me preguntaba.
Y cuando le dije que dos, él me lanzó que le harían falta cuatro, pero que les iba a dar candela.
Cristina estuvo entrañable: “Pase lo que pase tú siempre serás mi tío”, dijo. Escuchó todas mis cuitas sobre ti, sobre las circunstancias en que te habías ido. En fin, respecto de todas esas cosas que llevo dentro y apenas puedo contar a nadie, como no sea a través de este procedimiento, siempre incompleto. Escribirte se parece a golpear el frontón con una pelota. Tú no estás, por más que me atormente pensando que hay unaElisaneth Von Lorensen, que me quiso más allá de lo que resulta habitual, y que se encuentra en algún lugar. Que me sigues apoyando, que colocas tu mano sobre mi hombro. Que continúas ahí, de cualquier forma. Pero no es verdad. Mi vida será lo que sea a partir de ahora, pero tendrá que construirse sin ti, como tantas otras veces, cuando tu depresión te confinaba a la cama y al alcohol. Pero entonces existía una sombra de esperanza. Hoy sólo me queda el vacío de tu ausencia y el recuerdo de lo que fuiste y de lo que me quisiste.
Las mañanas que siguen a las noches de farra resultan tristes. Como era previsible se ha cancelado la comida de los lorenzos, a pesar de que su suegra parece estar pasando por un razonablemente bueno posoperatorio. Pero es que el grupo no existe sin Antonio. De modo que he comido en “Las Vegas” una especie de atún, bastante rico.
Me anima algo la idea de salir de aquí, aunque estoy bastante decidido a volver, a pesar de que la experiencia no haya resultado en absoluto satisfactoria, en esta ocasión. Lanzarote se ha convertido en un nuevo reto para mí, y no estoy dispuesto a perder ninguna de las batallas que tenga que plantearme.
No sé si mañana. Pero es seguro que volveré a escribirte. No tengo ganas de trabajar en otras actividades literarias, por ahora.
Como siempre, guapísima, el mayor de mis besos.
Querida Lorsen:
Esta es la última carta que te escribo desde esta isla. Una isla que se parece a la antigua Fuerteventura a la que enviaban a los españoles políticamente más díscolos. Mi estancia, sin ti, ha sido una especie de exilio. MI regreso a Bilbao sé que estará repleto de acontecimientos. Una agenda bastante cargada que me permitirá una cierta evasión.
Por lo menos hoy ha hecho una buena mañana, y cuando concluya esta carta me volveré a lanzar a la calle para que mi paseo vespertino coincida con la luz y el sol. Mañana, después de hacer las maletas, todavía podré darme una vuelta por el paseo marítimo de Matagorda, como hacíamos en los regresos de nuestras cotidianas caminatas.
Por lo visto Pilar va a necesitar una nueva silla ortopédica, según medio me advirtieron en mi llamada diaria a Cruces. Me lo dirá Tere Hermana la semana que viene. He pensado visitar a nuestra hija el mismo lunes, con mi regalo de Reyes en la mano. Ya te contaré.
Ayer fue la cena con Cristina y Agustín. No asistieron Manolo ni Ana. Esta última cenaba con unas amigas y Manolo se encargaba –teóricamente- de su hija de cinco años. Resultó un encuentro grato. Luego apareció Manolo, como anunciando con un redoble de tambores su llegada. Lió un porro de marihuana y me lo dio. Yo le dí dos –quizás tres- caladas y lo encontré agradable y suave. Luego contó unos chistes muy buenos –que no repetiré, porque no los entenderías- , y antes de que terminara mi copa ya estaba requiriéndonos para que fuéramos a un establecimiento que está en la parte vieja del Puerto del Carmen. Una especie de disco-bar al aire libre, donde se podía hablar con una cierta tranquilidad. Allí estaba Ana Aldecoa, que al principio estuvo muy simpática. Pero se la veía un tanto desbordada por la situación de su marido. Me dijo que había sido muy duro para ella no poder pasar las Navidades en casa de sus padres. ¡Figúrate, con las Navidades que he pasado yo! Pero es que Manolo está mas que despendolado. Bailaba con todas las chicas con las que se encontraba, y bebía como nunca. Cuando nos fuimos –las tres de la mañana, canarias- el tío seguía con su marcha. Parece como si hubiera decidido practicar una especie de suicidio a medio o corto plazo y que se desliza sobre esa pista a una velocidad vertiginosa.
Luego apareció un Smith de Bilbao, que no es pariente tuyo, y que estaba pasado de raya. Para él, todo su afán era encontrar un puesto en la política vasca en que se ganaran al menos 400.000 pta., para ponerle a caldo al lehendakari.
- ¿Cuántos escoltas tienes? –me preguntaba.
Y cuando le dije que dos, él me lanzó que le harían falta cuatro, pero que les iba a dar candela.
Cristina estuvo entrañable: “Pase lo que pase tú siempre serás mi tío”, dijo. Escuchó todas mis cuitas sobre ti, sobre las circunstancias en que te habías ido. En fin, respecto de todas esas cosas que llevo dentro y apenas puedo contar a nadie, como no sea a través de este procedimiento, siempre incompleto. Escribirte se parece a golpear el frontón con una pelota. Tú no estás, por más que me atormente pensando que hay unaElisaneth Von Lorensen, que me quiso más allá de lo que resulta habitual, y que se encuentra en algún lugar. Que me sigues apoyando, que colocas tu mano sobre mi hombro. Que continúas ahí, de cualquier forma. Pero no es verdad. Mi vida será lo que sea a partir de ahora, pero tendrá que construirse sin ti, como tantas otras veces, cuando tu depresión te confinaba a la cama y al alcohol. Pero entonces existía una sombra de esperanza. Hoy sólo me queda el vacío de tu ausencia y el recuerdo de lo que fuiste y de lo que me quisiste.
Las mañanas que siguen a las noches de farra resultan tristes. Como era previsible se ha cancelado la comida de los lorenzos, a pesar de que su suegra parece estar pasando por un razonablemente bueno posoperatorio. Pero es que el grupo no existe sin Antonio. De modo que he comido en “Las Vegas” una especie de atún, bastante rico.
Me anima algo la idea de salir de aquí, aunque estoy bastante decidido a volver, a pesar de que la experiencia no haya resultado en absoluto satisfactoria, en esta ocasión. Lanzarote se ha convertido en un nuevo reto para mí, y no estoy dispuesto a perder ninguna de las batallas que tenga que plantearme.
No sé si mañana. Pero es seguro que volveré a escribirte. No tengo ganas de trabajar en otras actividades literarias, por ahora.
Como siempre, guapísima, el mayor de mis besos.
martes, 28 de diciembre de 2010
Intercambio de solsticios (108)
- ¿Vic Suarez?
El telefonillo del portero automático subrayaba la ya metálica voz de Huang. La aludida no sabía siquiera si debía contestar. Si lo hacía podían intentar forzar la puerta para ir a por ella, cualquiera que fuera su propósito; si no lo hacía, pensarían que no había nadie en casa y se aprestarían a robar o a tomar la casa en calidad de “okupas”. Su carácter era siempre resuelto, así que decidió dar la cara.
- Soy yo. ¿ Con quiién hablo?
- Soy Juanito, el compañero de tu marido en la Junta. Tengo que hablar contigo.
Le bastó on su acento inequívoco, su tono de voz gutural y el alto volumen. Pulsó la tecla y se abrió la puerta.
- Es importante que hablemos –declaró Juanito desde el umbral de la entrada.
Vic le animó a que entrara. Antes de ofrecerle alguna bebida le pidió que le contara el motivo de su visita.
Entonces no hubo lugar a ofrecimiento alguno. Vic debía acudir con urgencia a Chamartín. Ella conduciría su coche, Juanito lo haría en moto.
“Cardidal le ha pegado”. Las palabras del responsable de comercio de la Junta resonaban sobre sus oídos. Seguro que ha sido otra de las barbaridades de ese sheriff arrogante y sietemachos que dirigía la “inseguridad” generalizada en el barrio, Jorge no era un tipo violento. El Volkswagen Golf de Vic Suarez volaba sobre la calzada irregular de esas calles del norte de Madrid y sus pensamientos trataban de coordinar una historia que tuviera relación con esas cortas palabras.
Aparcó en la estación ante la mirada atenta de algún policía, que con su expresión decía que tenía una versión de los hechos, no importaba cuál.
Jacobo Martos la recibió en la puerta del edificip interior.
- ¡Victoria! ¿Qué tal? -dijo con la expresión algo afectada que acostumbrada.
- Vengo a ver a mi marido –dijo con firmeza Vic.
- No está mal. Sólo en observación... –empezó el presidente de la Junta.
Pero Vic Suarez ya estaba cogiendo el pomo de la puerta que daba acceso al dormitorio en el que se encontraba Jorge Brassens.
El telefonillo del portero automático subrayaba la ya metálica voz de Huang. La aludida no sabía siquiera si debía contestar. Si lo hacía podían intentar forzar la puerta para ir a por ella, cualquiera que fuera su propósito; si no lo hacía, pensarían que no había nadie en casa y se aprestarían a robar o a tomar la casa en calidad de “okupas”. Su carácter era siempre resuelto, así que decidió dar la cara.
- Soy yo. ¿ Con quiién hablo?
- Soy Juanito, el compañero de tu marido en la Junta. Tengo que hablar contigo.
Le bastó on su acento inequívoco, su tono de voz gutural y el alto volumen. Pulsó la tecla y se abrió la puerta.
- Es importante que hablemos –declaró Juanito desde el umbral de la entrada.
Vic le animó a que entrara. Antes de ofrecerle alguna bebida le pidió que le contara el motivo de su visita.
Entonces no hubo lugar a ofrecimiento alguno. Vic debía acudir con urgencia a Chamartín. Ella conduciría su coche, Juanito lo haría en moto.
“Cardidal le ha pegado”. Las palabras del responsable de comercio de la Junta resonaban sobre sus oídos. Seguro que ha sido otra de las barbaridades de ese sheriff arrogante y sietemachos que dirigía la “inseguridad” generalizada en el barrio, Jorge no era un tipo violento. El Volkswagen Golf de Vic Suarez volaba sobre la calzada irregular de esas calles del norte de Madrid y sus pensamientos trataban de coordinar una historia que tuviera relación con esas cortas palabras.
Aparcó en la estación ante la mirada atenta de algún policía, que con su expresión decía que tenía una versión de los hechos, no importaba cuál.
Jacobo Martos la recibió en la puerta del edificip interior.
- ¡Victoria! ¿Qué tal? -dijo con la expresión algo afectada que acostumbrada.
- Vengo a ver a mi marido –dijo con firmeza Vic.
- No está mal. Sólo en observación... –empezó el presidente de la Junta.
Pero Vic Suarez ya estaba cogiendo el pomo de la puerta que daba acceso al dormitorio en el que se encontraba Jorge Brassens.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Intercambio de solsticios (107)
Llegaban al hotel Hilton Garden Inn hambrientos y agotados. El sonriente recepcionista les indicaba que tenían derecho a un pre-congelado y a una bebida fría –no alcohólica-. Dentro ya, Vic Suarez se había internado en la sala adjunta al mostrador y observaba las posibilidades alimenticias. Se decidieron por unos “spaghetti carbonara” que habría que calentar en un horno microondas que los previsores gerentes del establecimiento habían dispuesto en la misma planta baja, en atención a los viajeros de horarios no clasificables.
Primero sería la maleta, después el microondas. Jorge Brassens prefirió media botella de Chianti que anudara su fatiga con el sueño. Y de cualquier manera comieron aquel bocado que les pareció servido por el mismísimo Hotel des Pyrenées en St. Jean-Pièd-du-Port.
Antes de concluir la jornada, Jorge Brassens volvía a su bandeja de mensajes como el poeta místico “de su corazón a sus asuntos”. Zanotto se había puesto de nuevo en contacto:
“De acuerdo. Le llamaré mañana”, pudo leer.
Cuando apagaban la luz su reloj le dijo que eran ya las 2.
La mañana les despertaba sobre las 9. Se arreglaron y desayunaron el acostumbrado y bien provisto “buffet” del hotel.
No pudieron tomar el autobús-lanzadera que les conduciría de nuevo al aeropuerto, de modo que esperarían hasta las 12.
La estación del tren se encontraba bastante cerca de la terminal del aeropuerto. Compraron billetes para Roma-Términi. El viaje resultó agradable y rápido.
Llegados a la estación central, el previsto viaje a Florencia no aparecía por ninguna parte. ¡Y eso que el tren tenía que salir en 13 minutos! Descansado por su anterior noche, Jorge Brassens intuyó que se trataba del tren a Milán que hacía escala en Florencia. En realidad no había demasiado misterio: ya le había ocurrido en alguna otra ocasión. Lo cierto era que sólo se anunciaban las estaciones del destino final, y así Florencia o Peruggia no resultaban noticiables.
Se instalaron en sus asientos, pero el maletón impedía a una señora mayor acceder al lavabo, con lo cual esta protestaría. Una viajera solidaria le dijo que podía reclamar que Suarez y Brassens movieran el equipaje en caso de necesidad: Lo cierto era que no había sitio material para alojar esa maleta que la azafata de Alitalia en Madrid había rebautizado con la pegatina de “heavy weight”.
Llegaron a Florencia. Quiso la fortuna –no la “virtú”- que el hotel Macquiaveli, en el que se hospedarían- se encontrara a sólo 5 miutos de la estación y que la tarde fuera espléndida.
Era un establecimiento un tanto vetusto, pero agradable y sobre todo
bien ubicado. Deshicieron el equipaje y decidieron dar un paseo por la bellísima ciudad antes de vestirse para la recepción en la Biblioteca Nacional y la Santa Crocce. Pero antes, Brassens consultó los SMSs recibidos.
Efectivamente había uno de Zanotto:
“”Estimado Sr. Brassens. Lo siento mucho pero mis compañeros no pueden mañana… Sería posible para Ustedes verse hoy por la tarde? Podéis almorzar aquí a las 14 o 14´30 u, si o, a las 15’30 en Siena o también en Florencia”.
Ya eran las 4. Brassens contestaría:
“Acabamos de llegar Florencia. A las 17 hrs- debemos estar arreglados para una reunión cultural seguida de una cena. Se le ocurre alguna alternativa?”
Primero sería la maleta, después el microondas. Jorge Brassens prefirió media botella de Chianti que anudara su fatiga con el sueño. Y de cualquier manera comieron aquel bocado que les pareció servido por el mismísimo Hotel des Pyrenées en St. Jean-Pièd-du-Port.
Antes de concluir la jornada, Jorge Brassens volvía a su bandeja de mensajes como el poeta místico “de su corazón a sus asuntos”. Zanotto se había puesto de nuevo en contacto:
“De acuerdo. Le llamaré mañana”, pudo leer.
Cuando apagaban la luz su reloj le dijo que eran ya las 2.
La mañana les despertaba sobre las 9. Se arreglaron y desayunaron el acostumbrado y bien provisto “buffet” del hotel.
No pudieron tomar el autobús-lanzadera que les conduciría de nuevo al aeropuerto, de modo que esperarían hasta las 12.
La estación del tren se encontraba bastante cerca de la terminal del aeropuerto. Compraron billetes para Roma-Términi. El viaje resultó agradable y rápido.
Llegados a la estación central, el previsto viaje a Florencia no aparecía por ninguna parte. ¡Y eso que el tren tenía que salir en 13 minutos! Descansado por su anterior noche, Jorge Brassens intuyó que se trataba del tren a Milán que hacía escala en Florencia. En realidad no había demasiado misterio: ya le había ocurrido en alguna otra ocasión. Lo cierto era que sólo se anunciaban las estaciones del destino final, y así Florencia o Peruggia no resultaban noticiables.
Se instalaron en sus asientos, pero el maletón impedía a una señora mayor acceder al lavabo, con lo cual esta protestaría. Una viajera solidaria le dijo que podía reclamar que Suarez y Brassens movieran el equipaje en caso de necesidad: Lo cierto era que no había sitio material para alojar esa maleta que la azafata de Alitalia en Madrid había rebautizado con la pegatina de “heavy weight”.
Llegaron a Florencia. Quiso la fortuna –no la “virtú”- que el hotel Macquiaveli, en el que se hospedarían- se encontrara a sólo 5 miutos de la estación y que la tarde fuera espléndida.
Era un establecimiento un tanto vetusto, pero agradable y sobre todo
bien ubicado. Deshicieron el equipaje y decidieron dar un paseo por la bellísima ciudad antes de vestirse para la recepción en la Biblioteca Nacional y la Santa Crocce. Pero antes, Brassens consultó los SMSs recibidos.
Efectivamente había uno de Zanotto:
“”Estimado Sr. Brassens. Lo siento mucho pero mis compañeros no pueden mañana… Sería posible para Ustedes verse hoy por la tarde? Podéis almorzar aquí a las 14 o 14´30 u, si o, a las 15’30 en Siena o también en Florencia”.
Ya eran las 4. Brassens contestaría:
“Acabamos de llegar Florencia. A las 17 hrs- debemos estar arreglados para una reunión cultural seguida de una cena. Se le ocurre alguna alternativa?”
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Intercambio de solsticios (106)
Lanzarote, 10 de enero de 2003
Querida Lorsen:
Como ves mi recuerdo sigue prendido a ti como si lo hubieran pegado con “super glue” –lo sé porque es la marca que me recomendaron para fijar el pastillero que te cambié por el que tenía yo, y que debía ser de tu padre o de tu madre-. Esa fijación me hace tomar otra vez el ordenador para contarte los recuerdos del día.
Cecilia canta, con Miguel Bosé, “Mi querida España”. Esa España que quisiste tanto hasta abandonar por ella –y para votarme en las elecciones, todo hay que decirlo- tu pasaporte alemán, ante el gesto incrédulo del funcionario del consulado.
Terminé, como siempre, triste, mi carta de ayer, Engañado por el horario –no sé por qué a la hora de adelanto canario le sumé otra- y por la necesidad de salir de casa –que a veces se transforma para mí en una especie de prisión- dí mi paseo de rigor. Como veía que aún era bastante pronto me adentré en las peluquería de los vecinos, donde me cortaron el pelo y me arreglaron la barba. La gestión me sentó bien: el paseo cansa y el lavado de pelo relaja.
Vi las noticias de Tele cinco. Hablé con mi madre –habían pasado varios días sin noticias y en casa de los Brassens puede ocurrir el episodio más grave sin que te enteres en absoluto. Su voz sonaba a ese catarro que no la ha abandonado en todo el invierno, pero según me aseguraba había salido de casa, y hacía mucho frío. Pilar está bien, mi hermana Teresa ha pasado la tarde con ella.
Puse luego un DVD. Primero uno de Bergman, que intuía un tanto deprimente: el caso es que no funcionaba. Después “El tercer hombre”, un clásico en que actúan Orson Welles y Joseph Cotten. Me gustó y me entretuvo. Cansado, me fui a la cama después de tomar mi consabido “dormodor”, y de intentar sin éxito hablar con Antonio Lorenzo: su teléfono estaba comunicando.
Esta mañana me he despertado a las ocho y media –peninsulares-. Después de desayunar y de leer “El Correo” por Internet he hecho algunas llamadas. Entre una cosa y otra, la agenda de la semana que viene la tengo poco menos que repleta, lo cual me permitirá una cierta distracción, una huida cierta aunque a plazos de tu recuerdo.
He modificado mi paseo. Hoy he ido por el Puerto hacia el pueblo, hasta el Registro de la Propiedad, donde me esperaba Antonio Lorenzo. Su suegra se encuentra relativamente bien, aunque todo está por ver. Quizás mañana no nos veamos, por lo que el rato que hemos pasado juntos ha compensado: Una estancia en Lanzarote sin verse con Antonio sería como una bella ocasión perdida. Era evidente que tú estarías presente en la conversación, pero Antonio no pierde esa medio sonrisa pegada permanentemente a la cara. “La próxima visita irá mejor”, le he dicho. Yo confío en que el tiempo mejore mi estado de ánimo, en medio de tu perpetuo sueño.
Ha sido la última comida –por esta temporada- en Lanni’s. Esta noche cenaré con Cristina y Agustín y –previsiblemente con Manolo y Ana-, aunque les he asegurado que no estoy para muchas copas. Con esta gente hay que tener un cierto cuidado, ya sabes cómo son.
Mi penúltima postal para Pilar está escrita e introducida en su sobre. Y casi me encuentro más en Bilbao que en Lanzarote. Confieso que no me da pereza. Esta isla se ha convertido en un enorme espacio de soledad, tristeza y llanto.
Pero volveré. Lanzarote se ha convertido en un reto más. No quiero que me venza nada de lo que ha formado parte de nuestra vida en común. Dejaría espacios en negro, y esos espacios –como enormes cráteres lunares- serían pequeñas tumbas puestas a lo largo de mi existencia, pequeñas-grandes muertes. Y creo que con una basta. No me puedo permitir plantar cruces a diestro y siniestro. Como mi abuela Pilar que, cuando supo que nos estábamos haciendo una casa en Burguete, me dijo: “Tendría que haber vuelto”. Porque el regreso es siempre un triste recuerdo de la ausencia. Pero el regreso permite otro, y otro, y otro... Y que los recuerdos, aunque no cambien, se vayan conformando con otros. Y que la vida siga.
Prefiero observar tu foto con Bècaud con esa expresión de alegría, de encontrarte bien, y que me llama a que yo también pase lo mejor que pueda el resto de mi vida. Quiero recordarte, no como un ancla que me lleva hasta el fondo del mar, como testimonio que amarre tu recuerdo, sino como el deseo de que sea feliz, en una vida ordenada, grata, quizás sin excesivos sobresaltos.
Nada ni nadie te podrá sustituir. La magia de tu persona no se parecerá a ninguna otra mujer. Pero yo tengo que pasar –y cuanto antes- esta dolorosa página de mi vida. No puedo seguir culpándome por tu muerte, no debo seguir rodando por esa noria injusta que es el condicional “si...” persiguiéndome a lo largo de toda la vida, no es posible que me arruine o que me deje llevar.
No. No cabe la derrota. No es posible que arroje la bandera blanca y que me enrolle en ella a la manera de un sudario.
Además que sabes que no creo en nuestro reencuentro. Si tú lo has experimentado con tus seres queridos, ahora tienes la tarea de rezar por mí. Confieso que me gustaría: Poder verte, en una forma brillante, azulada o rosácea, como los destellos del amanecer o del crepúsculo, al otro lado del puente o de la otra orilla, conducido por ese barquero que lleva por nombre el de Caronte. Y que tú me tendieras la mano para que ganara la nueva y prometida tierra. Y que allí se encuentre mi abuela Pilar, también. Y que entonces me funda en un abrazo para siempre, para todos los años y todos los siglos, con todos vosotros. Pero creo que eso sería más bien una imagen de mi cerebro moribundo: los últimos destellos de inmortalidad que provocarían sus células mortecinas, aún imbuidas por el vano sueño de lo infinito, de Dios, del cielo. Me gustaría verte otra vez con vida, sentir una mano caliente –tan diferente ¡ay! de la que tomé por última vez-, un beso amable y cálido, unos ojos vivaces y no vidriosos, una risa espontánea y alegre... Quisiera creer en todo eso, porque me gusta la idea del retorno. Me gustaría tanto que incluso me dejaría deslizar por el tobogán. A pesar de todo lo que deje por aquí, a pesar dePilar, de mis compromisos, a pesar de las casas que hemos ido creando juntos y que nos han fijado -ahora a mí- a lugares distintos.
Pero no puedo ni debo pensar en ello. Mi idea debe ser la de la lucha. Yo aún no he pasado el testigo a nadie. Todavía no he cumplido con mi obligación. Tampoco tú, perdona por esto, tampoco tú pudiste pasar el testigo: te venció la tristeza, se te paró el corazón, sin apenas pedirte permiso. Quizás tú le dijiste que no merecía la pena luchar más. Pero en eso tú no deberías ser un ejemplo para mí. ¿Qué sería de todos nosotros si nos marcháramos inmediatamente detrás de nuestros seres queridos?
Dejemos tiempo al tiempo. Y si en la otra orilla, cuando me toque –quizás antes que más tarde- tú me tendieras tu mano, siempre amable, sería solamente porque tu ángel me ha salvado de la muerte. Pero para eso tienes que haberte salvado tú antes. Y me parece que no eres mucho más que las cenizas que compartimos tu hermana y yo. O las fotos que te recuerdan. O los paisajes que recorrimos juntos. O las palabras que tú decías... ¡Qué más nos queda de los muertos sino el recuerdo de lo que fuisteis!
Quizás mañana vuelva sobre mis recuerdos, mis sensaciones. Pero esa pesada noria está pudiendo conmigo. Es más un ancla que me inmoviliza en un radio de acción tan pequeño que apenas si existe. Me gustaría que esta Lanzarote-cárcel –que era para ti Lanzarote-liberación- se fuera por una temporada de mí, para volver –pasados unos meses- convertida en lo que fue, en lo que fuimos. Cuando tu recuerdo tenga una mayor liviandad, cuando no me pese tanto el haberte conocido y vivido. Cuando Jorge tenga por fin una entidad propia y pueda mirar hacia las olas de Matagorda pensando en el futuro y en sus retos y en sus luchas, más que en lo que ha dejado atrás.
Cuarenta y siete años son muchos. Los suficientes para dejar de luchar –tú lo hiciste con cuarenta y cuatro-. Pero yo no puedo permitírmelo. Y te pido que desde esa presunta orilla en que te encuentras me des fuerza y ánimo y valor.
Debo confesar que, en esta ocasión, en esta isla, no lo he conseguido.
No sé hasta cuando. Pero mi beso está en ti permanentemente, guapa.
Querida Lorsen:
Como ves mi recuerdo sigue prendido a ti como si lo hubieran pegado con “super glue” –lo sé porque es la marca que me recomendaron para fijar el pastillero que te cambié por el que tenía yo, y que debía ser de tu padre o de tu madre-. Esa fijación me hace tomar otra vez el ordenador para contarte los recuerdos del día.
Cecilia canta, con Miguel Bosé, “Mi querida España”. Esa España que quisiste tanto hasta abandonar por ella –y para votarme en las elecciones, todo hay que decirlo- tu pasaporte alemán, ante el gesto incrédulo del funcionario del consulado.
Terminé, como siempre, triste, mi carta de ayer, Engañado por el horario –no sé por qué a la hora de adelanto canario le sumé otra- y por la necesidad de salir de casa –que a veces se transforma para mí en una especie de prisión- dí mi paseo de rigor. Como veía que aún era bastante pronto me adentré en las peluquería de los vecinos, donde me cortaron el pelo y me arreglaron la barba. La gestión me sentó bien: el paseo cansa y el lavado de pelo relaja.
Vi las noticias de Tele cinco. Hablé con mi madre –habían pasado varios días sin noticias y en casa de los Brassens puede ocurrir el episodio más grave sin que te enteres en absoluto. Su voz sonaba a ese catarro que no la ha abandonado en todo el invierno, pero según me aseguraba había salido de casa, y hacía mucho frío. Pilar está bien, mi hermana Teresa ha pasado la tarde con ella.
Puse luego un DVD. Primero uno de Bergman, que intuía un tanto deprimente: el caso es que no funcionaba. Después “El tercer hombre”, un clásico en que actúan Orson Welles y Joseph Cotten. Me gustó y me entretuvo. Cansado, me fui a la cama después de tomar mi consabido “dormodor”, y de intentar sin éxito hablar con Antonio Lorenzo: su teléfono estaba comunicando.
Esta mañana me he despertado a las ocho y media –peninsulares-. Después de desayunar y de leer “El Correo” por Internet he hecho algunas llamadas. Entre una cosa y otra, la agenda de la semana que viene la tengo poco menos que repleta, lo cual me permitirá una cierta distracción, una huida cierta aunque a plazos de tu recuerdo.
He modificado mi paseo. Hoy he ido por el Puerto hacia el pueblo, hasta el Registro de la Propiedad, donde me esperaba Antonio Lorenzo. Su suegra se encuentra relativamente bien, aunque todo está por ver. Quizás mañana no nos veamos, por lo que el rato que hemos pasado juntos ha compensado: Una estancia en Lanzarote sin verse con Antonio sería como una bella ocasión perdida. Era evidente que tú estarías presente en la conversación, pero Antonio no pierde esa medio sonrisa pegada permanentemente a la cara. “La próxima visita irá mejor”, le he dicho. Yo confío en que el tiempo mejore mi estado de ánimo, en medio de tu perpetuo sueño.
Ha sido la última comida –por esta temporada- en Lanni’s. Esta noche cenaré con Cristina y Agustín y –previsiblemente con Manolo y Ana-, aunque les he asegurado que no estoy para muchas copas. Con esta gente hay que tener un cierto cuidado, ya sabes cómo son.
Mi penúltima postal para Pilar está escrita e introducida en su sobre. Y casi me encuentro más en Bilbao que en Lanzarote. Confieso que no me da pereza. Esta isla se ha convertido en un enorme espacio de soledad, tristeza y llanto.
Pero volveré. Lanzarote se ha convertido en un reto más. No quiero que me venza nada de lo que ha formado parte de nuestra vida en común. Dejaría espacios en negro, y esos espacios –como enormes cráteres lunares- serían pequeñas tumbas puestas a lo largo de mi existencia, pequeñas-grandes muertes. Y creo que con una basta. No me puedo permitir plantar cruces a diestro y siniestro. Como mi abuela Pilar que, cuando supo que nos estábamos haciendo una casa en Burguete, me dijo: “Tendría que haber vuelto”. Porque el regreso es siempre un triste recuerdo de la ausencia. Pero el regreso permite otro, y otro, y otro... Y que los recuerdos, aunque no cambien, se vayan conformando con otros. Y que la vida siga.
Prefiero observar tu foto con Bècaud con esa expresión de alegría, de encontrarte bien, y que me llama a que yo también pase lo mejor que pueda el resto de mi vida. Quiero recordarte, no como un ancla que me lleva hasta el fondo del mar, como testimonio que amarre tu recuerdo, sino como el deseo de que sea feliz, en una vida ordenada, grata, quizás sin excesivos sobresaltos.
Nada ni nadie te podrá sustituir. La magia de tu persona no se parecerá a ninguna otra mujer. Pero yo tengo que pasar –y cuanto antes- esta dolorosa página de mi vida. No puedo seguir culpándome por tu muerte, no debo seguir rodando por esa noria injusta que es el condicional “si...” persiguiéndome a lo largo de toda la vida, no es posible que me arruine o que me deje llevar.
No. No cabe la derrota. No es posible que arroje la bandera blanca y que me enrolle en ella a la manera de un sudario.
Además que sabes que no creo en nuestro reencuentro. Si tú lo has experimentado con tus seres queridos, ahora tienes la tarea de rezar por mí. Confieso que me gustaría: Poder verte, en una forma brillante, azulada o rosácea, como los destellos del amanecer o del crepúsculo, al otro lado del puente o de la otra orilla, conducido por ese barquero que lleva por nombre el de Caronte. Y que tú me tendieras la mano para que ganara la nueva y prometida tierra. Y que allí se encuentre mi abuela Pilar, también. Y que entonces me funda en un abrazo para siempre, para todos los años y todos los siglos, con todos vosotros. Pero creo que eso sería más bien una imagen de mi cerebro moribundo: los últimos destellos de inmortalidad que provocarían sus células mortecinas, aún imbuidas por el vano sueño de lo infinito, de Dios, del cielo. Me gustaría verte otra vez con vida, sentir una mano caliente –tan diferente ¡ay! de la que tomé por última vez-, un beso amable y cálido, unos ojos vivaces y no vidriosos, una risa espontánea y alegre... Quisiera creer en todo eso, porque me gusta la idea del retorno. Me gustaría tanto que incluso me dejaría deslizar por el tobogán. A pesar de todo lo que deje por aquí, a pesar dePilar, de mis compromisos, a pesar de las casas que hemos ido creando juntos y que nos han fijado -ahora a mí- a lugares distintos.
Pero no puedo ni debo pensar en ello. Mi idea debe ser la de la lucha. Yo aún no he pasado el testigo a nadie. Todavía no he cumplido con mi obligación. Tampoco tú, perdona por esto, tampoco tú pudiste pasar el testigo: te venció la tristeza, se te paró el corazón, sin apenas pedirte permiso. Quizás tú le dijiste que no merecía la pena luchar más. Pero en eso tú no deberías ser un ejemplo para mí. ¿Qué sería de todos nosotros si nos marcháramos inmediatamente detrás de nuestros seres queridos?
Dejemos tiempo al tiempo. Y si en la otra orilla, cuando me toque –quizás antes que más tarde- tú me tendieras tu mano, siempre amable, sería solamente porque tu ángel me ha salvado de la muerte. Pero para eso tienes que haberte salvado tú antes. Y me parece que no eres mucho más que las cenizas que compartimos tu hermana y yo. O las fotos que te recuerdan. O los paisajes que recorrimos juntos. O las palabras que tú decías... ¡Qué más nos queda de los muertos sino el recuerdo de lo que fuisteis!
Quizás mañana vuelva sobre mis recuerdos, mis sensaciones. Pero esa pesada noria está pudiendo conmigo. Es más un ancla que me inmoviliza en un radio de acción tan pequeño que apenas si existe. Me gustaría que esta Lanzarote-cárcel –que era para ti Lanzarote-liberación- se fuera por una temporada de mí, para volver –pasados unos meses- convertida en lo que fue, en lo que fuimos. Cuando tu recuerdo tenga una mayor liviandad, cuando no me pese tanto el haberte conocido y vivido. Cuando Jorge tenga por fin una entidad propia y pueda mirar hacia las olas de Matagorda pensando en el futuro y en sus retos y en sus luchas, más que en lo que ha dejado atrás.
Cuarenta y siete años son muchos. Los suficientes para dejar de luchar –tú lo hiciste con cuarenta y cuatro-. Pero yo no puedo permitírmelo. Y te pido que desde esa presunta orilla en que te encuentras me des fuerza y ánimo y valor.
Debo confesar que, en esta ocasión, en esta isla, no lo he conseguido.
No sé hasta cuando. Pero mi beso está en ti permanentemente, guapa.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Los disidentes de Hugo Chavez
Konrad Adenauer –que fuera un longevo canciller de la República Federal alemana- decía con razón que existen tres clases de enemigos: los enemigos, los enemigos políticos y los compañeros de partido. Algo así debe pensar, desde sus antípodas ideológicas, ese nuevo dictador de los tiempos actuales que es Hugo Chavez.
Urgido a lo que parece por la inminente llegada de una oposición más contundente al parlamento venezolano, el presidente de ese país pretende aprobar toda una batería de propuestas que dejen desde ahora bien establecida la deriva de su régimen para las próximas décadas. Ya ha conseguido que el actual y domesticado órgano supremo de la soberanía nacional le permita gobernar por decreto durante el escandaloso plazo de 18 meses. Pero quizás haya pasado más desapercibida otra de las normas que actualmente se debaten en ese país: la ley contra la “salta-talanquera”, como se denomina a los disidentes, se supone que del partido del presidente.
No se sabe muy bien la causa de semejante despropósito. Quizás pudiera esta buscarse en que, llamándose el partido de Chavez Partido Socialista Unido de Venezuela, resulte de una gravedad poco menos que insólita cualquier abandono o amenaza de escisión en su seno.
El dictador de Venezuela pretende consolidar un sistema cesarista en el peor de los momentos. Su economía lleva ya algún tiempo en recesión, según informa el Fondo Monetario, y seguirá en mala racha. No aprovecharon el momento de las vacas gordas, cuando el petróleo alcanzaba sus precios más altos, para hacer ahorros, y ahora su economía se estanca y cae.
Pero la política tampoco ayuda. Los partidos de la oposición venezolanos, en otros momentos divididos en sus querellas particulares, presentaron este año una alternativa unida que consiguió vencer en términos de voto popular al dictador, aunque no en lo relativo a la representación parlamentaria, debido al particular diseño chavista de los distritos electorales. Muy pronto, Chavez no podrá aprobar las leyes estratégicas debido a la minoría de bloqueo de que dispondrá la oposición.
Y además se le rebelan los suyos. Los “salta-talanquera” abandonan el barco viendo quizas que los tiempos venezolanos, como los que cantaba Bob Dylan, también están cambiando. Y a esos díscolos les pretende aplicar Chavez una ley del embudo y de las sanciones para que ni siquiera sueñen con la posibilidad de dejarlo, de abandonarlo “como los muelles en el alba”, que dijera el gran poeta sudamericano –chileno, en este caso- Pablo Neruda, en su canción desesperada.
Chavez empieza a estar solo, tal vez porque empieza a sentirse solo. El eje bolivariano que intentó un día crear estaba urdido y engrasado por el petróleo de alto precio. Hoy las cosas empiezan a mostrarse de otro modo y las otrora cantilenas de ese militarote golpista son hoy sólo humo y niebla que pretenden ocultar la realidad.
Urgido a lo que parece por la inminente llegada de una oposición más contundente al parlamento venezolano, el presidente de ese país pretende aprobar toda una batería de propuestas que dejen desde ahora bien establecida la deriva de su régimen para las próximas décadas. Ya ha conseguido que el actual y domesticado órgano supremo de la soberanía nacional le permita gobernar por decreto durante el escandaloso plazo de 18 meses. Pero quizás haya pasado más desapercibida otra de las normas que actualmente se debaten en ese país: la ley contra la “salta-talanquera”, como se denomina a los disidentes, se supone que del partido del presidente.
No se sabe muy bien la causa de semejante despropósito. Quizás pudiera esta buscarse en que, llamándose el partido de Chavez Partido Socialista Unido de Venezuela, resulte de una gravedad poco menos que insólita cualquier abandono o amenaza de escisión en su seno.
El dictador de Venezuela pretende consolidar un sistema cesarista en el peor de los momentos. Su economía lleva ya algún tiempo en recesión, según informa el Fondo Monetario, y seguirá en mala racha. No aprovecharon el momento de las vacas gordas, cuando el petróleo alcanzaba sus precios más altos, para hacer ahorros, y ahora su economía se estanca y cae.
Pero la política tampoco ayuda. Los partidos de la oposición venezolanos, en otros momentos divididos en sus querellas particulares, presentaron este año una alternativa unida que consiguió vencer en términos de voto popular al dictador, aunque no en lo relativo a la representación parlamentaria, debido al particular diseño chavista de los distritos electorales. Muy pronto, Chavez no podrá aprobar las leyes estratégicas debido a la minoría de bloqueo de que dispondrá la oposición.
Y además se le rebelan los suyos. Los “salta-talanquera” abandonan el barco viendo quizas que los tiempos venezolanos, como los que cantaba Bob Dylan, también están cambiando. Y a esos díscolos les pretende aplicar Chavez una ley del embudo y de las sanciones para que ni siquiera sueñen con la posibilidad de dejarlo, de abandonarlo “como los muelles en el alba”, que dijera el gran poeta sudamericano –chileno, en este caso- Pablo Neruda, en su canción desesperada.
Chavez empieza a estar solo, tal vez porque empieza a sentirse solo. El eje bolivariano que intentó un día crear estaba urdido y engrasado por el petróleo de alto precio. Hoy las cosas empiezan a mostrarse de otro modo y las otrora cantilenas de ese militarote golpista son hoy sólo humo y niebla que pretenden ocultar la realidad.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Intercambio de solsticios (105)
Jorge Brassens tardaría e despertarse. En la cabecera de su cama se encontraban Adelfa y Matritense, que nada más verle consciente dio comienzo a toda una serie de prácticas médicas consistentes en determinar por las evidencias externas si el sacudido consejero sufría alguna lesión interna.
Pero a Brassens eso no le interesaba demasiado. Sabía que se encontraba bien –mentalmente hablando-, pero su situación física había vivido mejores momentos. La cara tumefacta, había sangradoi con abundancia por la boca y con el golpe se le habían ido dos muelas del lado derecho, de las pocas originales que le quedaban. Su rostro parecía un homenaje al arco iris, plagado como estaba de tonalidades que navegaban del rosáceo primitivo al violáceo que se insinuaba como el color que con carácter inmediato prevalecería en su hemisferio izquierdo.
El sabor de la sangre derramada y apenas coagulada era espantoso. Podía tener sed, pero si pedía un vaso de agua es seguro que tragaría una buena ración de esa mezcolanza salival-sanguinolenta, un cóctel que no tenía seguramente demasiados adeptos.
Quería volver a casa. Pero Matritense prefería que permaneciera ahí un par de horas más, en observación.
Entonces pidió que alguie avisara a su mujer. Juanito tenía una moto, de modo que se llegaría a su casa en un santiamén. Mientras tanto Adelfa le aplicaba toallitas húmedas para relajar su cara.
En el interior de la sala de reuniones la violencia de la escena pasada iba dejando terreno a una tensión dramática. La expresión demudada, Cardidal se había sentado por fin en su silla. Los murmullos continuaban y los consejeros entraban y salían del recinto sin solución de continuidad.
A una indicación del presidente, Jiménez pidió que todos los que no estuvieran dedicados a gestiones referidas al agredido ocuparan sus lugares. Lo hicieron de mala gana, sin embargo.
- En estas condiciones no podemos continuar la reunión –dijo Martos, toda vez que se había hecho una relativa calma-. La continuaremos pasado mañana, a la misma hora.
Pero a Brassens eso no le interesaba demasiado. Sabía que se encontraba bien –mentalmente hablando-, pero su situación física había vivido mejores momentos. La cara tumefacta, había sangradoi con abundancia por la boca y con el golpe se le habían ido dos muelas del lado derecho, de las pocas originales que le quedaban. Su rostro parecía un homenaje al arco iris, plagado como estaba de tonalidades que navegaban del rosáceo primitivo al violáceo que se insinuaba como el color que con carácter inmediato prevalecería en su hemisferio izquierdo.
El sabor de la sangre derramada y apenas coagulada era espantoso. Podía tener sed, pero si pedía un vaso de agua es seguro que tragaría una buena ración de esa mezcolanza salival-sanguinolenta, un cóctel que no tenía seguramente demasiados adeptos.
Quería volver a casa. Pero Matritense prefería que permaneciera ahí un par de horas más, en observación.
Entonces pidió que alguie avisara a su mujer. Juanito tenía una moto, de modo que se llegaría a su casa en un santiamén. Mientras tanto Adelfa le aplicaba toallitas húmedas para relajar su cara.
En el interior de la sala de reuniones la violencia de la escena pasada iba dejando terreno a una tensión dramática. La expresión demudada, Cardidal se había sentado por fin en su silla. Los murmullos continuaban y los consejeros entraban y salían del recinto sin solución de continuidad.
A una indicación del presidente, Jiménez pidió que todos los que no estuvieran dedicados a gestiones referidas al agredido ocuparan sus lugares. Lo hicieron de mala gana, sin embargo.
- En estas condiciones no podemos continuar la reunión –dijo Martos, toda vez que se había hecho una relativa calma-. La continuaremos pasado mañana, a la misma hora.
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