Antonio Salvador ha ido a recoger un CD que le ha pasado Oswaldo Payá y se reúne con nosotros en un “paladar” –restaurante típico cubano-. Nosotros tomamos un taxi y el conductor nos habla de la importancia que tiene que los países cambien de gobernantes, el caudillismo es institución tradicional en Latinoamérica y la gente tiene muy claro que los mandatos tienen que reducirse a dos. Mayka graba la charla y le impresiona lo que se nos dice.
La comida se desarrolla en un ambiente muy grato, en un comedor al aire libre, protegido del calor por una celosía y con el aire movido por la palas de los ventiladores.
Mayka recoge nuestras opiniones en su vídeo. Yo digo que el viaje ha rozado la perfección, que ha ido siempre a más y que hemos dado y recibido, por partes iguales, calor, cariño, solidaridad…
Regresamos al hotel Rosa ha negociado una estancia más larga que nos permita una ducha antes del viaje. Cuando me encuentro en el cuarto de baño me sorprende una llamada. Un coche me espera en la entrada del hotel y no se trata –me advierten- del autobús de la agencia. Digo que tengo previsto desplazarme al aeropuerto por mi cuenta y mi interlocutor no insiste. Intuyo que también en esa llamada puede existir una cierta trampa –o una trampa cierta.
Con nuestros equipajes nos vamos al aeropuerto José Martí. Recogemos nuestras tarjetas de embarque y compramos la visa aeroportuaria. Nos queda el paso final por la policía. Mayka, Antonio y yo superamos sin problemas la garita oficial. Situados ya junto al control de metales esperamos a Rosa, que se retrasa. Mayka quiere llamarla, pero yo le digo que no lo haga. Al poco rato llega nuestra portavoz. También ella ha pasado sin problemas.
Hay una larga espera en el aeropuerto que amenizamos con agua y noticias frescas de la que está cayendo en España. La bolsa cae, la deuda española se coloca con dificultad y el euro sufre turbulencias. Carlos Martínez Gorriarán nos ha sugerido que nos quedemos en Cuba.
Pero la isla va quedando lejos de nosotros en la distancia geográfica, en tanto que nuestros corazones laten ahora con el ritmo del Caribe y sueñan con regresar a la isla cuando nuestros amigos nos puedan invitar a una Cuba libre en la que quepan ya todos los cubanos, sin rejas interiores ni exteriores.
Pero para que llegue ese día es preciso que juguemos un papel. Junto con ellos, los disidentes con nombres propios y los anónimos, y en su apoyo , los españoles demócratas tenemos algo que decir.
jueves, 27 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
Encuentros cubanos (11)
La reunión con las “Damas de blanco” era una largamente esperada cita para nosotros. Intentada desde el teléfono y la misma búsqueda de la casa, las coordenadas noeran correctas. Pero insistimos en verlas y esa mañana del mismo día de nuestra salida de la isla tendría por fin lugar. A las 11 y media.
Junto a la transitada calle de vehículos de los años ’50, la calzada destartalada y las aceras inseguras, se encuentra la casa. Nos reciben vestidas de blanco y nos hablan con un discurso aprendido desde sus siete años de lucha, que es ya un lenguaje depurado de la gente que ha vivido siempre diciendo las mismas cosas. El cansancio que produce la represión se dibuja en sus gestos, se hace presente en sus expresiones. Pero hay todavía –y estoy seguro que por mucho tiempo más- la frescura unida a la fuerza que sólo producen las convicciones verdaderas.
Son la evidencia más concreta, por la más íntima, de lo que está pasando en Cuba. Encarnan la realidad de la persecución dominical de todas las semanas de quienes se creen y ejercen de dueños de la isla. Los que las insultan y las provocan, los que artificialmente organizan manifestaciones que se dicen espontáneas para avergonzarles su actitud, que surge de las mismas entrañas de la dignidad.
Este domingo, la misa fue oficiada por el Arzobispo, y este domingo no hubo contra-manifestación de los acólitos del régimen. Alguien puso en relación este hecho con nuestra visita. ¿Quién sabe? Puertas entreabiertas o entrecerradas, la libertad siempre encuentra su hueco para colarse.
Hay una base de práctica religiosa en su forma de protesta. Y le preguntan a Rosa si ella es practicante. “Soy agnóstica”, viene ella a responder. Pero a renglón seguido se refiere a su primo, que es Arzobispo de Pamplona y que reza todos los días por ella. “Sigue así –le dice ella-. Que no me vendrá mal”. En broma le digo después que era tal la simpatía con que nos habían recibido que si Rosa les hubiera dicho que era católica la habrían hecho presidente honoraria de la organización en ese mismo momento.
Ha sido un movimiento improvisado y que se ha ido haciendo a sí mismo. Desde el primer día, la primera manifestación, la audiencia en el Parlamento cubano… Siete años en blanco, proclamando su protesta, pidiendo soluciones.
Nos hablan de las cárceles, de la comida y de las condiciones de vida, de la suciedad y del carácter de los funcionarios de prisiones. En 400 penales las cosas varían mucho de unos a otros. Nos dicen que muchas de las condenas, aún a plazo, lo son en realidad a cadena perpetua, dada la edad de los presos. Pero nos piden algo muy sencillo: que les enviemos cartas. Y buscamos el lema de la campaña: “Tu carta para un preso”. Lo organizaremos a nuestro regreso.
También hay una especie de retorno del “Gran Hermano”, el de Orwell de 1.984, el que vigilaba a los hombres y reescribía el pasado en función de lo ocurrido. Esa policía que requisaba las fotos de la familia, como si pudieran adueñarse del recuerdo de toda una vida. Ladrones de imágenes, la vida se vive también en el tiempo pasado y ellos lo saben y actúan con una crueldad desmedida sobre esos pequeños fragmentos de existencia.
Y esa conversación se desarrolla en medio de una suerte de patio andaluz en el que se ha convertido el recibidor de esa casa, donde las señoras hablan y se extrañan por mi silencio. Pero yo pienso en lo que se da y se recibe en las visitas. Y mi imaginación vuela hacia un hospital de Bilbao en el que visitaba a una niña, pensando quizás en lo que le ofrecía yo en cuanto a compañía y cariño, aunque siempre salía de allí sabiendo que yo mismo había recibido mucho más de lo que le había dado. Esa niña, mi hija, me recuerda ahora a las “Damas de Blanco”, esas señoras con letras gigantescas que te sorprenden cuando te dicen: “No saben lo felices que nos hacen”.
Y sales a la calle contagiado del aire freco que has recibido. Seres libres, ellas y nosotros, a las primeras les falta sólo terminar la construcción de un espacio abierto en su alrededor. Porque están en ello.
Junto a la transitada calle de vehículos de los años ’50, la calzada destartalada y las aceras inseguras, se encuentra la casa. Nos reciben vestidas de blanco y nos hablan con un discurso aprendido desde sus siete años de lucha, que es ya un lenguaje depurado de la gente que ha vivido siempre diciendo las mismas cosas. El cansancio que produce la represión se dibuja en sus gestos, se hace presente en sus expresiones. Pero hay todavía –y estoy seguro que por mucho tiempo más- la frescura unida a la fuerza que sólo producen las convicciones verdaderas.
Son la evidencia más concreta, por la más íntima, de lo que está pasando en Cuba. Encarnan la realidad de la persecución dominical de todas las semanas de quienes se creen y ejercen de dueños de la isla. Los que las insultan y las provocan, los que artificialmente organizan manifestaciones que se dicen espontáneas para avergonzarles su actitud, que surge de las mismas entrañas de la dignidad.
Este domingo, la misa fue oficiada por el Arzobispo, y este domingo no hubo contra-manifestación de los acólitos del régimen. Alguien puso en relación este hecho con nuestra visita. ¿Quién sabe? Puertas entreabiertas o entrecerradas, la libertad siempre encuentra su hueco para colarse.
Hay una base de práctica religiosa en su forma de protesta. Y le preguntan a Rosa si ella es practicante. “Soy agnóstica”, viene ella a responder. Pero a renglón seguido se refiere a su primo, que es Arzobispo de Pamplona y que reza todos los días por ella. “Sigue así –le dice ella-. Que no me vendrá mal”. En broma le digo después que era tal la simpatía con que nos habían recibido que si Rosa les hubiera dicho que era católica la habrían hecho presidente honoraria de la organización en ese mismo momento.
Ha sido un movimiento improvisado y que se ha ido haciendo a sí mismo. Desde el primer día, la primera manifestación, la audiencia en el Parlamento cubano… Siete años en blanco, proclamando su protesta, pidiendo soluciones.
Nos hablan de las cárceles, de la comida y de las condiciones de vida, de la suciedad y del carácter de los funcionarios de prisiones. En 400 penales las cosas varían mucho de unos a otros. Nos dicen que muchas de las condenas, aún a plazo, lo son en realidad a cadena perpetua, dada la edad de los presos. Pero nos piden algo muy sencillo: que les enviemos cartas. Y buscamos el lema de la campaña: “Tu carta para un preso”. Lo organizaremos a nuestro regreso.
También hay una especie de retorno del “Gran Hermano”, el de Orwell de 1.984, el que vigilaba a los hombres y reescribía el pasado en función de lo ocurrido. Esa policía que requisaba las fotos de la familia, como si pudieran adueñarse del recuerdo de toda una vida. Ladrones de imágenes, la vida se vive también en el tiempo pasado y ellos lo saben y actúan con una crueldad desmedida sobre esos pequeños fragmentos de existencia.
Y esa conversación se desarrolla en medio de una suerte de patio andaluz en el que se ha convertido el recibidor de esa casa, donde las señoras hablan y se extrañan por mi silencio. Pero yo pienso en lo que se da y se recibe en las visitas. Y mi imaginación vuela hacia un hospital de Bilbao en el que visitaba a una niña, pensando quizás en lo que le ofrecía yo en cuanto a compañía y cariño, aunque siempre salía de allí sabiendo que yo mismo había recibido mucho más de lo que le había dado. Esa niña, mi hija, me recuerda ahora a las “Damas de Blanco”, esas señoras con letras gigantescas que te sorprenden cuando te dicen: “No saben lo felices que nos hacen”.
Y sales a la calle contagiado del aire freco que has recibido. Seres libres, ellas y nosotros, a las primeras les falta sólo terminar la construcción de un espacio abierto en su alrededor. Porque están en ello.
martes, 25 de mayo de 2010
Encuentros cubanos (10)
Esa mañana de miércoles el comienzo de nuestra actividad consiste en una rueda de prensa que damos a los medios españoles acreditados en La Habana.
La cosa tiene su aquel. Mayka reserva una zona del “halll” del hotel a contrapié de los clientes que toman su café. En cuanto los camareros descubren que habrá cámaras y periodistas los gestos se tuercen y parece como si funcionara una especie de auto-censura que nos vuelve a recordar la de otros tiempos y lugares. Finalmente Mayka conversa con el gerente del hotel –un canario inteligente- que facilita la gestión como producto de una actividad periodística en el marco de una feria turística.
Los medios se sitúan en torno a una mesa donde nos sirven los cafés. Rosa empieza destacando la nula receptividad que tiene la embajada española para con los disidentes. El corresponsal de El País ataja su comentario negando la mayor:
- Eso no es verdad –dice-. Hay un número dos o tres de la embajada que tiene como responsabilidad el contacto con ellos, que por cierto están a todas horas en la embajada.
Rosa repite su discurso, pero el periodista repite el suyo.
- No voy a entrar en debate contigo –asegura aquella cortante-. Eso es lo que me han dicho.
El corresponsal de La Vanguardia pregunta sobre la forma en que hemos entrado en la isla. “Comprando un billete en una agencia de viajes”, decimos. “Por lo tanto tenéis visado de turistas”, colige. “¿Sabéis lo que os puede pasar si habéis usado esa visa para algo diferente de lo que está previsto?”, sentencia. No damos crédito. Ante nuestro desconcierto el periodista declara:
- Bien. Es así como está la ley por aquí.
Y yo me pregunto qué clase de ley existe realmente en Cuba, cuando todo está sujeto a revisión e interpretación por el Estado. Pero no digo nada.
El corresponsal de El Mundo está interesado en nuestros contactos. Insiste en si nos hemos entrevistado o tenemos el propósito de hacerlo con las autoridades cubanas. Nos cita el caso de Centella –Secretario General del PC de España, que está en Cuba manteniendo contactos con el régimen-. Como le decimos que nosotros hemos venido a loque hemos venido, nos plantea la necesidad del diálogo.
- No hay diálogo entre democracia y dictadura –contesta Rosa-. Porque no existe término medio entre las dos cosas.
Mauricio –el corresponsal de El País- toma el relevo en la pregunta:
- Rosa, ¿tú has viajado a China?
Nuestra portavoz le contesta afirmativamente, lo hizo en la época en que ella era Consejera de Comercio del Gobierno vasco.
- ¿Y te has entrevistado allí con los disidentes? –pregunta.
Rosa no pierde los estribos, pero está visiblemente contrariada. Le dice que hay bastante diferencia entre la capacidad de influir que tiene España en Cuba que la que dispone en China.
No acaban aquí la larga serie de despropósitos. Mauricio vuelve a la carga:
- ¿Qué opinión tienes sobre el embargo practicado contra Cuba?
Rosa no contesta. Dice que lo que ha querido decir ya lo ha dicho, pero el periodista insiste sin cesar.
Concluye la rueda de prensa. Rosa se dedica a la corresponsal de EFE en tanto que el periodista de El País se va murmurando alguna frase poco amable.
Recuerdo entonces las palabras de Elizardo Sánchez cuando nos decía que en Cuba, el prsonal de las embajadas, periódicos y empresas debería cambiar con frecuencia. Y es que todo aquel que lleve algún tiempo en la isla tiene alguna grabación comprometedora, algo con lo que ese régimen le pueda presionar.
La cosa tiene su aquel. Mayka reserva una zona del “halll” del hotel a contrapié de los clientes que toman su café. En cuanto los camareros descubren que habrá cámaras y periodistas los gestos se tuercen y parece como si funcionara una especie de auto-censura que nos vuelve a recordar la de otros tiempos y lugares. Finalmente Mayka conversa con el gerente del hotel –un canario inteligente- que facilita la gestión como producto de una actividad periodística en el marco de una feria turística.
Los medios se sitúan en torno a una mesa donde nos sirven los cafés. Rosa empieza destacando la nula receptividad que tiene la embajada española para con los disidentes. El corresponsal de El País ataja su comentario negando la mayor:
- Eso no es verdad –dice-. Hay un número dos o tres de la embajada que tiene como responsabilidad el contacto con ellos, que por cierto están a todas horas en la embajada.
Rosa repite su discurso, pero el periodista repite el suyo.
- No voy a entrar en debate contigo –asegura aquella cortante-. Eso es lo que me han dicho.
El corresponsal de La Vanguardia pregunta sobre la forma en que hemos entrado en la isla. “Comprando un billete en una agencia de viajes”, decimos. “Por lo tanto tenéis visado de turistas”, colige. “¿Sabéis lo que os puede pasar si habéis usado esa visa para algo diferente de lo que está previsto?”, sentencia. No damos crédito. Ante nuestro desconcierto el periodista declara:
- Bien. Es así como está la ley por aquí.
Y yo me pregunto qué clase de ley existe realmente en Cuba, cuando todo está sujeto a revisión e interpretación por el Estado. Pero no digo nada.
El corresponsal de El Mundo está interesado en nuestros contactos. Insiste en si nos hemos entrevistado o tenemos el propósito de hacerlo con las autoridades cubanas. Nos cita el caso de Centella –Secretario General del PC de España, que está en Cuba manteniendo contactos con el régimen-. Como le decimos que nosotros hemos venido a loque hemos venido, nos plantea la necesidad del diálogo.
- No hay diálogo entre democracia y dictadura –contesta Rosa-. Porque no existe término medio entre las dos cosas.
Mauricio –el corresponsal de El País- toma el relevo en la pregunta:
- Rosa, ¿tú has viajado a China?
Nuestra portavoz le contesta afirmativamente, lo hizo en la época en que ella era Consejera de Comercio del Gobierno vasco.
- ¿Y te has entrevistado allí con los disidentes? –pregunta.
Rosa no pierde los estribos, pero está visiblemente contrariada. Le dice que hay bastante diferencia entre la capacidad de influir que tiene España en Cuba que la que dispone en China.
No acaban aquí la larga serie de despropósitos. Mauricio vuelve a la carga:
- ¿Qué opinión tienes sobre el embargo practicado contra Cuba?
Rosa no contesta. Dice que lo que ha querido decir ya lo ha dicho, pero el periodista insiste sin cesar.
Concluye la rueda de prensa. Rosa se dedica a la corresponsal de EFE en tanto que el periodista de El País se va murmurando alguna frase poco amable.
Recuerdo entonces las palabras de Elizardo Sánchez cuando nos decía que en Cuba, el prsonal de las embajadas, periódicos y empresas debería cambiar con frecuencia. Y es que todo aquel que lleve algún tiempo en la isla tiene alguna grabación comprometedora, algo con lo que ese régimen le pueda presionar.
Encuentros cubanos (9)
La ducha –ya que no daba tiempo para un baño en la magnífica piscina del hotel- operaba sobre nuestros organismos exhaustos por el viaje y el calor un efecto balsámico.
Reunidos en el “hall” del hotel, tomamos un taxi a continuación.
Recorríamos las calles de La Habana para reunirnos otra vez con Oswaldo Payá, Ofelia –su mujer- y sus encantadores hijos. La cita con las Damas de Blanco ya se había concertado para el siguiente día y una rueda de prensa matutina en el hotel constituían nuestra agenda del último día de nuestra estancia en la isla. Citas, kilómetros, calor… iban arrojando sobre nosotros paladas de cansancio, así que Rosa nos proponía:
- ¿Qué os parece si le decimos al taxista que nos vuelva a recoger a las 11 y media?
Nos parecía bien, así que esa fue la decisión y el taxista estuvo conforme.
La casa de los Payá despedía el cálido ambiente de la amistad. Viejos conocidos ya, las palabras brotaban con naturalidad y los comentarios ya eran de todos. No sólo de Oswaldo o de una Ofelia que –ingeniero de caminos- opinaba brevemente: sus hijos –ella especialmente, una joven encantadora- intervenían junto con nosotros en un diálogo tan español como el que se habría producido en Madrid, por ejemplo.
Le pregunté a Oswaldo sobre su opinión acerca del preso Guillermo Fariñas, en huelga de hambre desde hacía 80 (?) días y del que Dagoberto Valdés nos acababa de contar que se encontraba al borde de la muerte. Payá tiene un gesto de humanidad que es notable, aunque todo resulta tan admirable en esa persona que las calificaciones resultan siempre insuficientes. Nos dice que él es amigo de Fariñas, que se ha tomado cervezas con él en esa misma casa donde nos encontramos ahora y que le ha pedido que deje la huelga. Hay una extraña actitud por parte de otra gente –se refiere a “los de Miami”- que esperan la muerte de Fariñas y tienen organizados ya los actos de repulsa. Otra vez, el profundo abismo que separa a esos dos mundos: los de dentro y los de fuera. Y yo recuerdo aquellas proclamas que oíamos en casa de mis padres cuando conectábamos “Radio París”, en su programa en español, y que hacía el PSOE en el exilio llamando prácticamente a la revolución contra un régimen muerto. Esas palabras sonaban con la estridencia que tienen los objetos metálicos que chocan entre sí; eran extemporáneas, irreales, vanas. Y es que el exilio produce un extremismo que no se corresponde con la vida cotidiana de la gente, porque la distancia ha construido un mundo tan diferente el uno del otro que se dirían irreconciliables. El régimen de Franco murió con él en la cama, y nadie estaba antes de eso para organizar la revolución. ¿Quién sabe cómo se hará todo en Cuba? Pero nuestros amigos de la isla piensan más en la transición que en la revuelta.
Y esta noche que es mágica en tantos sentidos auténticos de la palabra, es la noche de la humanidad. De ese joven Payá a quien le pasó una bicicleta enemiga por encima de la cabeza y le dejaba sin sentido, ese chico que enseguida deberá afrontar el servicio militar, lejos ya del protector amparo de la casa paterna; de esa joven que sólo recibía la visa para salir de Cuba el mismo día en que despegaba su avión. Era la noche de la verdad de las cosas, la noche tibia en que las flores entreabiertas sólo en la tarde de nuestra llegada desplegaban al aire toda la belleza de la cercanía que reside en el afecto.
El aperitivo se hizo largo entre cubas libres y palabras compartidas. Sólo a las 11 y 10 pasábamos a la cocina, donde una suculenta cena típica nos esperaba. Pensábamos en el taxi, pero no vino. Y ya pasaban de las 12 cuando lo pedíamos al hotel. Pero este tampoco llegaba, de modo que los Payá nos volvían a alojar en su camioneta para acercarnos a nuestra casa. Felizmente para ellos el vehículo público hacía retumbar sus faros en la noche cerrada.
Muy pocas veces en mi vida he querido más que en esta que el adiós sea de verdad un hasta luego.
Reunidos en el “hall” del hotel, tomamos un taxi a continuación.
Recorríamos las calles de La Habana para reunirnos otra vez con Oswaldo Payá, Ofelia –su mujer- y sus encantadores hijos. La cita con las Damas de Blanco ya se había concertado para el siguiente día y una rueda de prensa matutina en el hotel constituían nuestra agenda del último día de nuestra estancia en la isla. Citas, kilómetros, calor… iban arrojando sobre nosotros paladas de cansancio, así que Rosa nos proponía:
- ¿Qué os parece si le decimos al taxista que nos vuelva a recoger a las 11 y media?
Nos parecía bien, así que esa fue la decisión y el taxista estuvo conforme.
La casa de los Payá despedía el cálido ambiente de la amistad. Viejos conocidos ya, las palabras brotaban con naturalidad y los comentarios ya eran de todos. No sólo de Oswaldo o de una Ofelia que –ingeniero de caminos- opinaba brevemente: sus hijos –ella especialmente, una joven encantadora- intervenían junto con nosotros en un diálogo tan español como el que se habría producido en Madrid, por ejemplo.
Le pregunté a Oswaldo sobre su opinión acerca del preso Guillermo Fariñas, en huelga de hambre desde hacía 80 (?) días y del que Dagoberto Valdés nos acababa de contar que se encontraba al borde de la muerte. Payá tiene un gesto de humanidad que es notable, aunque todo resulta tan admirable en esa persona que las calificaciones resultan siempre insuficientes. Nos dice que él es amigo de Fariñas, que se ha tomado cervezas con él en esa misma casa donde nos encontramos ahora y que le ha pedido que deje la huelga. Hay una extraña actitud por parte de otra gente –se refiere a “los de Miami”- que esperan la muerte de Fariñas y tienen organizados ya los actos de repulsa. Otra vez, el profundo abismo que separa a esos dos mundos: los de dentro y los de fuera. Y yo recuerdo aquellas proclamas que oíamos en casa de mis padres cuando conectábamos “Radio París”, en su programa en español, y que hacía el PSOE en el exilio llamando prácticamente a la revolución contra un régimen muerto. Esas palabras sonaban con la estridencia que tienen los objetos metálicos que chocan entre sí; eran extemporáneas, irreales, vanas. Y es que el exilio produce un extremismo que no se corresponde con la vida cotidiana de la gente, porque la distancia ha construido un mundo tan diferente el uno del otro que se dirían irreconciliables. El régimen de Franco murió con él en la cama, y nadie estaba antes de eso para organizar la revolución. ¿Quién sabe cómo se hará todo en Cuba? Pero nuestros amigos de la isla piensan más en la transición que en la revuelta.
Y esta noche que es mágica en tantos sentidos auténticos de la palabra, es la noche de la humanidad. De ese joven Payá a quien le pasó una bicicleta enemiga por encima de la cabeza y le dejaba sin sentido, ese chico que enseguida deberá afrontar el servicio militar, lejos ya del protector amparo de la casa paterna; de esa joven que sólo recibía la visa para salir de Cuba el mismo día en que despegaba su avión. Era la noche de la verdad de las cosas, la noche tibia en que las flores entreabiertas sólo en la tarde de nuestra llegada desplegaban al aire toda la belleza de la cercanía que reside en el afecto.
El aperitivo se hizo largo entre cubas libres y palabras compartidas. Sólo a las 11 y 10 pasábamos a la cocina, donde una suculenta cena típica nos esperaba. Pensábamos en el taxi, pero no vino. Y ya pasaban de las 12 cuando lo pedíamos al hotel. Pero este tampoco llegaba, de modo que los Payá nos volvían a alojar en su camioneta para acercarnos a nuestra casa. Felizmente para ellos el vehículo público hacía retumbar sus faros en la noche cerrada.
Muy pocas veces en mi vida he querido más que en esta que el adiós sea de verdad un hasta luego.
lunes, 24 de mayo de 2010
Encuentros cubanos (8)
Reemprendemos el regreso a La Habana. Esta vez las curvas que nos llevaron a Viñales han desaparecido de forma mágica y en su lugar por delante de nosotros aparece la autovía.
Sólo ha transcurrido una media hora de recorrido cuando un policía desde la carretera ordena a nuestro conductor que se detenga. Después de hablar un momento con el agente, el taxista nos pregunta:
- ¿Llevan ustedes los pasaportes?
Contestamos afirmativamente y se los damos. El policía, que está uniformado de negro, desaparece en una garita con ellos.
Hay treinta infinitos minutos de duda en la larga espera: ¿Se tratará de un control fortuito? ¿Los sabuesos del servicio de inteligencia habrán pasado el aviso y estos pretenden hacernos una “recomendación”? En todo caso el trámite es largo –todas las burocracias de los regímenes totalitarios resultan lentas y desesperantes- y una acción directamente represiva exigiría una acción más expeditiva. Pero –estoy seguro- ninguno de nosotros, a pesar del discreto silencio que producimos, sabe muy bien lo que va a pasar.
- En todo caso –me dice Rosa antes de salir del taxi a estirar las piernas y respirar una bocanada de aire, el conductor ha desconectado el motor y con él el sistema de refrigeración-, tú no te pongas en huelga de hambre.
- No te preocupes –contesto.
Transcurridos esos largos treinta minutos el agente nos devuelve nuestra documentación y nos pide disculpas por las molestias. Asunto concluido.
Pero ahora hemos incurrido en un segundo retraso. Al error de Viñales, que nos ha costado hora y media, se le añade el tiempo de la detención. Así que llamo a Oswaldo Payá para que nos espere hasta las 9,30. Cenamos en su casa y nos citaba a partir de las 6. Sólo queremos tomar una ducha y cambiarnos de ropa.
El disidente cubano corta la comunicación de mi llamada. Insisto. La voz de Payá suena ahora distante y grave. Recibe mi información y asiente. Luego me pone un mensaje:
“La noche es joven a las 9,30 y vosotros sois nuestros amigos y les esperamos hasta que ‘jeguen’ (sic). Vengan sin cenar. Abrazos. Ofelia y Oswaldo”.
Sólo ha transcurrido una media hora de recorrido cuando un policía desde la carretera ordena a nuestro conductor que se detenga. Después de hablar un momento con el agente, el taxista nos pregunta:
- ¿Llevan ustedes los pasaportes?
Contestamos afirmativamente y se los damos. El policía, que está uniformado de negro, desaparece en una garita con ellos.
Hay treinta infinitos minutos de duda en la larga espera: ¿Se tratará de un control fortuito? ¿Los sabuesos del servicio de inteligencia habrán pasado el aviso y estos pretenden hacernos una “recomendación”? En todo caso el trámite es largo –todas las burocracias de los regímenes totalitarios resultan lentas y desesperantes- y una acción directamente represiva exigiría una acción más expeditiva. Pero –estoy seguro- ninguno de nosotros, a pesar del discreto silencio que producimos, sabe muy bien lo que va a pasar.
- En todo caso –me dice Rosa antes de salir del taxi a estirar las piernas y respirar una bocanada de aire, el conductor ha desconectado el motor y con él el sistema de refrigeración-, tú no te pongas en huelga de hambre.
- No te preocupes –contesto.
Transcurridos esos largos treinta minutos el agente nos devuelve nuestra documentación y nos pide disculpas por las molestias. Asunto concluido.
Pero ahora hemos incurrido en un segundo retraso. Al error de Viñales, que nos ha costado hora y media, se le añade el tiempo de la detención. Así que llamo a Oswaldo Payá para que nos espere hasta las 9,30. Cenamos en su casa y nos citaba a partir de las 6. Sólo queremos tomar una ducha y cambiarnos de ropa.
El disidente cubano corta la comunicación de mi llamada. Insisto. La voz de Payá suena ahora distante y grave. Recibe mi información y asiente. Luego me pone un mensaje:
“La noche es joven a las 9,30 y vosotros sois nuestros amigos y les esperamos hasta que ‘jeguen’ (sic). Vengan sin cenar. Abrazos. Ofelia y Oswaldo”.
viernes, 21 de mayo de 2010
Encuentros cubanos (7)
Para acceder a la casa donde nos reciben hay que subir una escalera exterior. En ella se encuentra el ayudante de Dagoberto, Toledo, y su mujer. Nos reunimos formando un círculo en un amplio “hall” de fresco suelo de baldosas. Se conectan los ventiladores, sólo así el calor es soportable. Para trabajar, Dagoberto dispone de aire acondicionado en su despacho-habitación. Debe existir siempre un espacio para respirar en ese ambiente incandescente que es la isla en los meses centrales que transcurren desde la primavera al otoño.
Los sonidos de la calle ahoga nuestras voces. Hay ruido a camiones destartalados que tropiezan en baches que quizás sean tan antiguos como la “revolución” o esos coches de motores cien veces reparados y que amenazan con quedar definitivamente parados sus motores exhaustos después de rodar cientos de miles de kilómetros en ese museo del coche de los años ’50 en que se han convertido muchas de las calles de Cuba.
Valdés se refiere a la costumbre española que consiste en no explicar quién va a acudir a tu casa hasta que se presenta la visita.
- Reynaldo me ha dicho que ustedes son muy importantes. Pero todo el mundo que recibimos es muy importante para nosotros –declara.
- Rosa nos va presentando. Concluye diciendo:
- - Yo soy Rosa Díez.
Dagoberto Valdés sonríe. No sabe si alguno de esos vehículos cercanos al fenecimiento ha velado las palabras de nuestra portavoz.
- Perdona, ¿quién dices que eres? –pregunta avanzando su cuerpo hacia su interlocutora.
- Rosa Díez –repite ella.
Y ahora Dagoberto parece como si saliera de un extraño ensimismamiento. Casi se incorpora para saludarla de nuevo.
- ¡Rosa Díez! –exclama-. ¡Si me hubieran preguntado a qué líder político español me hubiera gustado conocer habría dicho inmediatamente: Rosa Díez! ¡Y estás en mi casa!
Celebramos la franca sorpresa de Valdés. Y la conversación prosigue en los mismos términos que las otras. Hay un largo rosario de soledad, abandono, de tristeza ante la actitud de esa España oficial, gubernamental, zapaterista… respecto de sus problemas.
- Moratinos no es el responsable de esa política –asegura Rosa-: Él hará siempre lo que le diga su presidente.
Valdés gestiona un movimiento civil en Pinar del Río que organiza tertulias similares a los “cine-forums” de nuestra juventud. El motivo de los últimos es el análisis de la historia de nuestra transición política, en la voz de Victoria Prego. Rosa nos habla de la periodista y de su actual estado de salud. Los CDs se los ha proporcionado la Fundación Hispano-Cubana.
- ¿No se podrían quedar a la tertulia de esta tarde? –nos pide, más que nos pregunta Valdés. Pero ese minutado riguroso que tiene nuestra estancia en la isla nos lo impide: esa noche estamos invitados a cenar en la casa de Oswaldo Payá.
Nos ofrecen refrescos y bocadillos y la conversación se demora en el tiempo que parece detenido en esa calurosa tarde del interior cubano. Antonio Salvador comprueba que ha llegado la hora de la cita con el taxista. Así que nos hacemos la foto de rigor y luego Rosa empieza a dedicar uno de los libros que ha traído de España Antonio Salvador, de Fernando Savater, quizás.
Dagoberto quiere decirme algo:
- Usted también es conocido aquí –señala ante mi sorpresa-. Debe tener algo que ver con el político don Antonio Maura…
Se lo confirmo y él me recuerda –segunda sorpresa- el abortado intento de Estatuto de Autonomía para Cuba que redactó mi bisabuelo cuando fuera Ministro de Ultramar antes de la pérdida de las últimas colonias.
- Fue un error de los políticos de aquel tiempo –me confía Valdés, que quiere conocer más cosas de aquel proyecto. Yo le prometo interesarme por el asunto a través de la Fundación Antonio Maura en la persona de mi sobrino-amigo Alfonso Pérez-Maura.
- Cuando murió Maura, en el año ’25, el Parlamento cubano guardaría un minuto de silencio en su memoria –le digo.
Lee Dagoberto Valdés en voz alta la dedicatoria de Rosa, en la que termina afirmando que la lucha por la libertad es un compromiso de la actual generación, para que nuestros hijos no tengan que vivir algo parecido. A medida que va pronunciando las palabras, Dagoberto se emociona. Las últimas quedan entrecortadas y vacilantes. Para disimular su llanto, Valdés se abraza a Rosa.
Nos agradece la visita. Nunca sabré si damos más de lo que recibimos, pienso entonces. ¡Pero es que estamos recibiendo tanto!
Y Dagoberto nos acompaña hacia el taxi, el espíritu limpio del hombre que subsiste gracias a la solidaridad, porque el régimen ha puesto su vida en estado de sitio, despojándole de todo recurso económico.
En efecto, es buena gente. Muy buena gente.
Los sonidos de la calle ahoga nuestras voces. Hay ruido a camiones destartalados que tropiezan en baches que quizás sean tan antiguos como la “revolución” o esos coches de motores cien veces reparados y que amenazan con quedar definitivamente parados sus motores exhaustos después de rodar cientos de miles de kilómetros en ese museo del coche de los años ’50 en que se han convertido muchas de las calles de Cuba.
Valdés se refiere a la costumbre española que consiste en no explicar quién va a acudir a tu casa hasta que se presenta la visita.
- Reynaldo me ha dicho que ustedes son muy importantes. Pero todo el mundo que recibimos es muy importante para nosotros –declara.
- Rosa nos va presentando. Concluye diciendo:
- - Yo soy Rosa Díez.
Dagoberto Valdés sonríe. No sabe si alguno de esos vehículos cercanos al fenecimiento ha velado las palabras de nuestra portavoz.
- Perdona, ¿quién dices que eres? –pregunta avanzando su cuerpo hacia su interlocutora.
- Rosa Díez –repite ella.
Y ahora Dagoberto parece como si saliera de un extraño ensimismamiento. Casi se incorpora para saludarla de nuevo.
- ¡Rosa Díez! –exclama-. ¡Si me hubieran preguntado a qué líder político español me hubiera gustado conocer habría dicho inmediatamente: Rosa Díez! ¡Y estás en mi casa!
Celebramos la franca sorpresa de Valdés. Y la conversación prosigue en los mismos términos que las otras. Hay un largo rosario de soledad, abandono, de tristeza ante la actitud de esa España oficial, gubernamental, zapaterista… respecto de sus problemas.
- Moratinos no es el responsable de esa política –asegura Rosa-: Él hará siempre lo que le diga su presidente.
Valdés gestiona un movimiento civil en Pinar del Río que organiza tertulias similares a los “cine-forums” de nuestra juventud. El motivo de los últimos es el análisis de la historia de nuestra transición política, en la voz de Victoria Prego. Rosa nos habla de la periodista y de su actual estado de salud. Los CDs se los ha proporcionado la Fundación Hispano-Cubana.
- ¿No se podrían quedar a la tertulia de esta tarde? –nos pide, más que nos pregunta Valdés. Pero ese minutado riguroso que tiene nuestra estancia en la isla nos lo impide: esa noche estamos invitados a cenar en la casa de Oswaldo Payá.
Nos ofrecen refrescos y bocadillos y la conversación se demora en el tiempo que parece detenido en esa calurosa tarde del interior cubano. Antonio Salvador comprueba que ha llegado la hora de la cita con el taxista. Así que nos hacemos la foto de rigor y luego Rosa empieza a dedicar uno de los libros que ha traído de España Antonio Salvador, de Fernando Savater, quizás.
Dagoberto quiere decirme algo:
- Usted también es conocido aquí –señala ante mi sorpresa-. Debe tener algo que ver con el político don Antonio Maura…
Se lo confirmo y él me recuerda –segunda sorpresa- el abortado intento de Estatuto de Autonomía para Cuba que redactó mi bisabuelo cuando fuera Ministro de Ultramar antes de la pérdida de las últimas colonias.
- Fue un error de los políticos de aquel tiempo –me confía Valdés, que quiere conocer más cosas de aquel proyecto. Yo le prometo interesarme por el asunto a través de la Fundación Antonio Maura en la persona de mi sobrino-amigo Alfonso Pérez-Maura.
- Cuando murió Maura, en el año ’25, el Parlamento cubano guardaría un minuto de silencio en su memoria –le digo.
Lee Dagoberto Valdés en voz alta la dedicatoria de Rosa, en la que termina afirmando que la lucha por la libertad es un compromiso de la actual generación, para que nuestros hijos no tengan que vivir algo parecido. A medida que va pronunciando las palabras, Dagoberto se emociona. Las últimas quedan entrecortadas y vacilantes. Para disimular su llanto, Valdés se abraza a Rosa.
Nos agradece la visita. Nunca sabré si damos más de lo que recibimos, pienso entonces. ¡Pero es que estamos recibiendo tanto!
Y Dagoberto nos acompaña hacia el taxi, el espíritu limpio del hombre que subsiste gracias a la solidaridad, porque el régimen ha puesto su vida en estado de sitio, despojándole de todo recurso económico.
En efecto, es buena gente. Muy buena gente.
jueves, 20 de mayo de 2010
Encuentros cubanos (6)
Elizardo Sánchez nos despide en la puerta de su casa y nos señala la dirección de un bar cercano. Aún no ha llegado el taxi y nos vamos hacia el establecimiento. En realidad damos un paseo, charlamos, mientras Rosa habla por teléfono. Regresamos a la puerta de la casa del disidente cubano. Ahí aparca el taxi. Su conductor nos confirma que no ha conseguido reparar la avería y el vehículo es un horno. Volvemos al hotel, donde Antonio Salvador negocia de nuevo –la tercera- un transporte para Viñales.
- Prepárense para las curvas del final –nos amenaza el nuevo taxista, que es un tipo agradable.
Sabemos por nuestro conductor que los taxistas reciben un sueldo fijo y que subsisten a través de las trampas que pueden hacer en recorridos cortos con turistas. Este viaje no le reportará beneficio alguno, asegura.
Una vez que abandonamos la autovía –aceptable, aunque jalonada de algún que otro bache- enfilamos los puertos que nos llevan a Viñales. Las revueltas me recuerdan a la tortuosa carretera que me conduce a mi querido pueblo navarro de Burguete. Hay un coche de los años 50 que expulsa un humo más negro que la conciencia de los Castro –si la tuvieran-. Antonio le saca una foto. El taxista lo sortea.
Son ya las 3 de la tarde –hora de la cita- cuando llegamos a Viñales. Pero no advertimos ninguna estación de autobuses y paramos junto a una gasolinera. Antonio llama a Dagoberto Valdés.
- Habíamos quedado en Pinar del Río –declara Salvador en voz baja, consciente del fiasco.
Volvemos a la carretera de las curvas y retomamos el camino correcto. Pinar del Río nos recibe a las 4 y media y la estación de autobuses está junto a la cárcel -¿o simplemente se le parece?-. En esta isla cerrada, las alambradas siempre están presentes, no importa tanto que sean interiores o exteriores.
Dagoberto Valdés se nos presenta en un espacio de sombra que buscamos para respirar. Fuera del aire acondicionado el calor es extraordinario. El líder civil es un hombre ancho –que no gordo- y afable. Durante su recorrido a pie hasta la casa la gente le para, le saluda, cariñosamente. Un hombre le propone acercarle en coche a alguna parte.
- Es un catedrático jubilado –nos explica Valdés-. Como no le llega con la pensión se las arregla con su viejo coche.
Y Rosa, que camina junto a Dagoberto, me susurra al oído:
- Parece un buen tío.
Y lo es.
- Prepárense para las curvas del final –nos amenaza el nuevo taxista, que es un tipo agradable.
Sabemos por nuestro conductor que los taxistas reciben un sueldo fijo y que subsisten a través de las trampas que pueden hacer en recorridos cortos con turistas. Este viaje no le reportará beneficio alguno, asegura.
Una vez que abandonamos la autovía –aceptable, aunque jalonada de algún que otro bache- enfilamos los puertos que nos llevan a Viñales. Las revueltas me recuerdan a la tortuosa carretera que me conduce a mi querido pueblo navarro de Burguete. Hay un coche de los años 50 que expulsa un humo más negro que la conciencia de los Castro –si la tuvieran-. Antonio le saca una foto. El taxista lo sortea.
Son ya las 3 de la tarde –hora de la cita- cuando llegamos a Viñales. Pero no advertimos ninguna estación de autobuses y paramos junto a una gasolinera. Antonio llama a Dagoberto Valdés.
- Habíamos quedado en Pinar del Río –declara Salvador en voz baja, consciente del fiasco.
Volvemos a la carretera de las curvas y retomamos el camino correcto. Pinar del Río nos recibe a las 4 y media y la estación de autobuses está junto a la cárcel -¿o simplemente se le parece?-. En esta isla cerrada, las alambradas siempre están presentes, no importa tanto que sean interiores o exteriores.
Dagoberto Valdés se nos presenta en un espacio de sombra que buscamos para respirar. Fuera del aire acondicionado el calor es extraordinario. El líder civil es un hombre ancho –que no gordo- y afable. Durante su recorrido a pie hasta la casa la gente le para, le saluda, cariñosamente. Un hombre le propone acercarle en coche a alguna parte.
- Es un catedrático jubilado –nos explica Valdés-. Como no le llega con la pensión se las arregla con su viejo coche.
Y Rosa, que camina junto a Dagoberto, me susurra al oído:
- Parece un buen tío.
Y lo es.
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