Como patrono de la Fundación Progreso y Democracia que, como indica su nombre tiene como “sponsor” a UPyD, tuve el honor de moderar una mesa redonda en la que participaba el escritor y ensayista peruano y que se refería a la situación del liberalismo en nuestros días. Intervenían –además de Vargas Llosa- la periodista Irene Lozano, el catedrático José Varela Ortega y el filósofo Fernando Savater.
La función que a mi juicio tiene un moderador es principalmente la de pasar desapercibido y dejar que los invitados hagan uso de la palabra todo lo que puedan y sepan respecto del asunto que se les propone. El caso era que los 4 intervinientes son espadas notables y que sin ninguna dificultad hicieron las delicias del público que se congregaba en uno de los salones del Círculo de Bellas Artes.
Pero, toda vez concluido el acto, creo que me cabe la oportunidad de hacer referencia a uno de los participantes por el que siento particular admiración: Mario Vargas Llosa. ve
Confieso que la literatura de Mario ha sido compañera fiel a lo largo de mi vida. Recuerdo esa primera narración que caería en mis manos procedente de un hermano mayor y que era “La ciudad y los perros”, cuya frescura produjo un impacto sobre mi persona que sólo se vería desbordado por el golpe que experimentaría con la lectura de “Conversación en la catedral”. En aquellos tiempos del Bilbao del final del franquismo y del inicio de la transición, cuando yo combinaba mis estudios de Derecho con la práctica de la política de resistencia a la Dictadura –una actividad, la de resistente, que ha sido por cierto constante a mi pesar durante buena parte de mi vida- la lectura de esa capital obra del peruano me ofrecía buena parte de las claves de lo que significaba la actividad clandestina. A esa lectura seguirían, como hojas en el calendario, sus “Pantaleón y las visitadoras”, “La tía Julia y el escribidor” y casi todas sus novelas. Candidato a la presidencia de su país a principios de la década de los ’90, Mario escribía un relato dialéctico –como buena parte de los suyos- en el que saltaba de su juventud a la campaña y que titularía “El pez en el agua”. Con posterioridad he seguido con mayor o menor regularidad buena parte de las novelas y artículos de ese prolífico escritor.
Mario es un hombre que te recordaría a uno de esos pulcros señores de las épocas pasadas: la tradición de su traje oscuro, su camisa lisa y la corbata discreta. Pone su reloj de oro y de esfera abombada -que se diría extraído de la testamentaría de algún pariente cercano- sobre la mesa, para advertir en él el tiempo de sus intervenciones.
Para Vargas Llosa es importante subrayar la importancia de nuestro sistema político respecto de los regímenes autoritarios o totalitarios, dice como respuesta a mi pregunta sobre la corrupción en España. “La peor de las democracias es bastante menos corrupta que cualquier dictadura””, afirma. Y cita el caso del Chile de Pinochet. Los admiradores de aquel general se referían a la limpieza y honestidad de su régimen. Toda vez que caía este, se ponía en evidencia los 35 milllones de dólares que la familia del anterior presidente golpista había distraído del peculio público.
“Los partidos políticos, a pesar de sus imperfecciones, constituyen el procedimiento para la participación de los ciudadanos en la política y el gobierno del país. Pueden funcionar mal, pero existen cosas que son peores”, afirma.
El adjetivo “neo-liberal” nos advierte de un peligro de cercanía inmediata. Allí anidan los insolidarios de toda laya, quienes no admiten la necesidad de recortar los efectos que convierten en ocasiones a la gente menos pudiente en sector excluido y marginado de la sociedad.
“Los liberales se parecen a los trotskistas”, asegura Vargas Llosa. Cada uno de ellos sería casi como el embrión de una escisión. Y, cuando oigo esas palabras. evoco la escena de la película de Monty Python “La vida de Brian” en que unos revolucionarios mantienen una impagable discusión sentados en las gradas de un circo romano. Como ellos, los liberales discuten y se confrontan de manera permanente. No persiguen una sociedad ideal porque saben que esta no existe. Defienden la democracia y la posibilidad que en ella misma existe de su perfectibilidad.
A una pregunta del público, Mario hace una consumada caracterización del nacionalismo. “El individuo es un producto de la la civilización”, dice. Ese que ya tiene derecho a decidir qué quiere ser, cómo debe pensar, qué ropa ponerse… Antes no existía el individuo, sólo había la tribu. Y el nacionalismo representa algo parecido: la disolución de las personas en un todo que los contiene a todos; les ofrece el conjunto de sus características diferenciales integradas en un único ser, en una sola forma de pensar y de actuar. “Creo que hay que luchar contra el nacionalismo –dice tajante Vargas Llosa-, porque es un enemigo de la libertad”. Mario está muy cerca del último discurso del Presidente Mitterrand en el Parlamento Europeo: “Le nationalisme c. est la guerre”, dijo este.
El pesimismo va haciendo estragos en los participantes: la corrupción, la deshonestidad –alguien propone la excursión de Diógenes con su candil para encontrar, no uno, ¡10 ó 100 hombres honrados!- Y Mario nos dice que hay sociedades en las que no se podría vivir -”se muere”, asegura- si se cumple la ley. Y cita en apoyp de esta tesis el caso de una dictadura africana´Los médicos han privatizado el sistema de Seguridad Social, poruqe el Estado no les paga; los profesores han privatizado la educación, porque no reciben sus sueldos del Gobierno… y así sucesivamente.
Las democracias son seguramente un mal sistema… si se excluyeran los demás. Viene a decir ese escritor peruano recordando la idea de Churchill. Y es que Mario ha vivido bastante desde 1.936 ¿ó 1.938?, la “Wilkipedia” no mantine una relación precisamente excelente con los registros civiles- y en esa vida también ha conocido el feroz rostro que tiene la intransigencia.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
martes, 3 de noviembre de 2009
Perspectivas económicas
Un panel de expertos se reúne una vez al trimestre en Madrid o Barcelona para realizar un análisis sobre el mercado del trabajo en España y las perspectivas económicas y sociales. Instalados en la crisis, los analistas piensan que la situación es francamente negativa –incluso los “optimistas” se diría que pasan por “pesimistas” o por “optimistas bien informados”.
Recojo aquí algunas de sus reflexiones:
- Previsión muy negativa. En Estados Unidos Unidos se percibe alguna reactivación, también en China… Pero el cambio de modelo en España es muy difícil y el gobierno carece de proyecto. Tampoco lo tiene la oposición. Debería producirse un ajuste duro, reduciendo los sueldos en orden de un 20 ó un 30%. De lo contrario, dicho ajuste se produciría a través del desempleo. También debería adelgazarse el sector público. En el cuadro del pesimismo hay sin embargo algo que mejora: la formación. Pero la expectativa de recuperación del consumo en España es más larga: no llegará para el 2.010. La única estrategia que se percibe es que sean otros los que salgan de la crisis para que nos saquen a nosotros. No existe conciencia de la necesidad del cambio.
- No es tan pesimista. No es posible salir solos de la crisis, aunque hay que decir que las cosas que hemos hecho solos no han ido demasiado bien. Hay 2,000.000 de viviendas sin vender y 1’7 vacías. Y eso con los precios más altos del mundo –según Rafael Miró en “El País” de hace escasas semanas-. Por lo tanto, las perspectivas no son buenas. Hay un problema de financiación de la burbuja inmobiliaria. Cree que el riesgo financiero está más cerca de 15 puntos del PIB que de 10 –esta última cifra apuntada por Moody´s-. queda aún pendiente un ajuste en el sector de la construcción: unos 20.000 puestos de trabajo. Cree que empezaremos a crecer a partir de finales de 2.010 o principios de 2.011. El diálogo social está fallando. Aunque queda hasta el verano no existe una buena situación parlamentaria. La imagen institucional es mala y los sindicatos no ofrecen margen para la negociación. También existen problemas de financiación del sector público, aunque el endeudamiento no va tan mal. En cuanto a la recuperación de China no se la cree, porque sus estadísticas no valen. En realidad se está reduciendo su consumo de energía. Algún gran banco español está desinvirtiendo. España podría aguantar así 2 años.
Recojo aquí algunas de sus reflexiones:
- Previsión muy negativa. En Estados Unidos Unidos se percibe alguna reactivación, también en China… Pero el cambio de modelo en España es muy difícil y el gobierno carece de proyecto. Tampoco lo tiene la oposición. Debería producirse un ajuste duro, reduciendo los sueldos en orden de un 20 ó un 30%. De lo contrario, dicho ajuste se produciría a través del desempleo. También debería adelgazarse el sector público. En el cuadro del pesimismo hay sin embargo algo que mejora: la formación. Pero la expectativa de recuperación del consumo en España es más larga: no llegará para el 2.010. La única estrategia que se percibe es que sean otros los que salgan de la crisis para que nos saquen a nosotros. No existe conciencia de la necesidad del cambio.
- No es tan pesimista. No es posible salir solos de la crisis, aunque hay que decir que las cosas que hemos hecho solos no han ido demasiado bien. Hay 2,000.000 de viviendas sin vender y 1’7 vacías. Y eso con los precios más altos del mundo –según Rafael Miró en “El País” de hace escasas semanas-. Por lo tanto, las perspectivas no son buenas. Hay un problema de financiación de la burbuja inmobiliaria. Cree que el riesgo financiero está más cerca de 15 puntos del PIB que de 10 –esta última cifra apuntada por Moody´s-. queda aún pendiente un ajuste en el sector de la construcción: unos 20.000 puestos de trabajo. Cree que empezaremos a crecer a partir de finales de 2.010 o principios de 2.011. El diálogo social está fallando. Aunque queda hasta el verano no existe una buena situación parlamentaria. La imagen institucional es mala y los sindicatos no ofrecen margen para la negociación. También existen problemas de financiación del sector público, aunque el endeudamiento no va tan mal. En cuanto a la recuperación de China no se la cree, porque sus estadísticas no valen. En realidad se está reduciendo su consumo de energía. Algún gran banco español está desinvirtiendo. España podría aguantar así 2 años.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Intercambio de solsticios (41)
Tu sueño es profundo,
Se diría que no vas a despertar nunca,
Y yo me rebelo contra tu situación.
No acepto ese tu largo letargo de invierno a invierno
Que te deja viva apenas tres, cuatro semanas,
Me propongo entonces luchar por ti
... Y te quiero.
Sé que lo hago todo mal,
Que es preciso encontrar las palabras adecuadas,
Que hay que ser muy sensible con los enfermos,
Que los gritos te conducen a un sopor aún más hondo,
Y cuando zarandeo tu cuerpo lejano, ausente,
Sólo consigo alejarte unos días, semanas quizás
De tu curación, ¡ay!, todavía no definitiva.
Pero me gustaría que me comprendieras
Sólo me estoy proponiendo luchar por ti,
... Y te quiero.
Tampoco paso muchas horas junto a tu cama,
Me encierro en mis libros y en mis escritos,
Hago iniciativas parlamentarias
Leo informes oficiales,
Y mantengo reuniones interminables,
Para luego dormir al lado de tu cuerpo
Del que percibo poco más que una profunda respiración,
Trago un somnífero,
Y esperando a que me llegue el sueño
Pienso en qué cosa es mi vida sin tu compañía
Y me propongo entonces luchar por ti
... Y te quiero.
A veces viene ese perro nuestro,
Que un día escogí yo mismo,
Pero al que tanto quieres tú también,
Y se acurruca en mi regazo,
O se postra a tus pies, sobre tu cama,
Me mira con sus ojos inteligentes,
�¿Qué le pasa a "mami"?, viene a decir,
Y él también quiere hacerte compañía,
Sabe muy bien de tu enfermedad
Ya somos dos, seres, al cabo,
Que nos proponemos entonces luchar por ti,
... Y te queremos.
Pero también hay una niña,
Más lejos de tu lejana habitación,
Tumbada en la cama,
O sentada en su silla ortopédica,
Que me pregunta con sus ojos expresivos,
"¿No ha venido mami?¿Qué le pasa?"
y que casi me echa la culpa por tu ausencia.
Ya somos tres seres
Que nos proponemos entonces luchar por ti,
... Y te queremos.
Quizás no hagan falta más razones que las dichas,
Para que vuelvas a ser la niña de siempre,
Estoy seguro de que bastan,
Pero existe un mundo exterior,
Poblado de mucha gente estúpida,
Aún peor que eso: mala,
Que solamente sabe hacer daño
A las niñas sensibles como tú.
Pero hay también otra gente,
Que sin saber muy bien cómo te encuentras,
Sin intuir tu cuerpo haciendo un hueco en la cama,
En ese tu largo invierno que apenas corrige el verano,
Quizás también se haya propuesto luchar por ti,
... Y te quiere
10.1.02
Se diría que no vas a despertar nunca,
Y yo me rebelo contra tu situación.
No acepto ese tu largo letargo de invierno a invierno
Que te deja viva apenas tres, cuatro semanas,
Me propongo entonces luchar por ti
... Y te quiero.
Sé que lo hago todo mal,
Que es preciso encontrar las palabras adecuadas,
Que hay que ser muy sensible con los enfermos,
Que los gritos te conducen a un sopor aún más hondo,
Y cuando zarandeo tu cuerpo lejano, ausente,
Sólo consigo alejarte unos días, semanas quizás
De tu curación, ¡ay!, todavía no definitiva.
Pero me gustaría que me comprendieras
Sólo me estoy proponiendo luchar por ti,
... Y te quiero.
Tampoco paso muchas horas junto a tu cama,
Me encierro en mis libros y en mis escritos,
Hago iniciativas parlamentarias
Leo informes oficiales,
Y mantengo reuniones interminables,
Para luego dormir al lado de tu cuerpo
Del que percibo poco más que una profunda respiración,
Trago un somnífero,
Y esperando a que me llegue el sueño
Pienso en qué cosa es mi vida sin tu compañía
Y me propongo entonces luchar por ti
... Y te quiero.
A veces viene ese perro nuestro,
Que un día escogí yo mismo,
Pero al que tanto quieres tú también,
Y se acurruca en mi regazo,
O se postra a tus pies, sobre tu cama,
Me mira con sus ojos inteligentes,
�¿Qué le pasa a "mami"?, viene a decir,
Y él también quiere hacerte compañía,
Sabe muy bien de tu enfermedad
Ya somos dos, seres, al cabo,
Que nos proponemos entonces luchar por ti,
... Y te queremos.
Pero también hay una niña,
Más lejos de tu lejana habitación,
Tumbada en la cama,
O sentada en su silla ortopédica,
Que me pregunta con sus ojos expresivos,
"¿No ha venido mami?¿Qué le pasa?"
y que casi me echa la culpa por tu ausencia.
Ya somos tres seres
Que nos proponemos entonces luchar por ti,
... Y te queremos.
Quizás no hagan falta más razones que las dichas,
Para que vuelvas a ser la niña de siempre,
Estoy seguro de que bastan,
Pero existe un mundo exterior,
Poblado de mucha gente estúpida,
Aún peor que eso: mala,
Que solamente sabe hacer daño
A las niñas sensibles como tú.
Pero hay también otra gente,
Que sin saber muy bien cómo te encuentras,
Sin intuir tu cuerpo haciendo un hueco en la cama,
En ese tu largo invierno que apenas corrige el verano,
Quizás también se haya propuesto luchar por ti,
... Y te quiere
10.1.02
miércoles, 28 de octubre de 2009
Maura y Ferrer en el centenario de la Semana Trágica. intervención en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. 22.10.09
Quiero empezar agradeciendo el sentido de la oportunidad con que ha actuado la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País –asociación a la que me honro en pertenecer- al organizar este acto. Cien años después de que se produjera la ejecución de Ferrer Guardia y el cese por don Alfonso XIII del su hasta entonces Primer Ministro don Antonio Maura parece necesario un encuentro como el que celebramos ahora.
Pero en este capítulo de agradecimientos debe extenderse necesariamente a mi amigo de ayer y de siempre Javier Otaola que tuvo la idea primera para la organización de este acto y que la ha seguido teniendo pese a las dificultades que se le han presentado. Quienes conocemos a Javier sabemos que no es persona que se arredre ante los obstáculos y que es hombre de recursos. Gracias a él, sin ningún género de dudas, estamos aquí. Y estamos para lo que espero constituya un ejercicio positivo de puesta al día de hechos que ya son parte de la historia.
Y como están en la historia espero también que no dispongan ya de la virulencia que tuvieron y que los podamos explicar ahora desde la serenidad. Entiendo que la, tantas veces traída y llevada “memoria histórica” no debe convertirse en un instrumento arrojadizo de los unos contra los otros, en esas “dos Españas” que al decir del poeta nos habían de “helar el corazón”: entre otras cosas porque en realidad es el mismo mantenimiento de la confrontación de ayer lo que nos sigue doliendo hoy, lo que nos “hiela el corazón”, a pesar de que el tiempo haya pasado y ya no debería ser fuente de desesperanza. No deberíamos repetir con Auden esos dramáticos versos :
Apenas queda nada en pie
más que los suburbios de la discordia.
Cien años después empezaré por decir que renuncio a ser en este debate el representante de alguien que eventualmente pudiera aparecer como verdugo, como tampoco creo que el señor Font haya venido aquí a ser representante de la víctima. Es verdad que Font es presidente de la fundación que lleva el nombre de uno de los dos ejecutados a consecuencia de la Semana Trágica –quizás el más significativo- y que yo mismo soy biznieto del político mallorquín bajo cuyo “gobierno largo” –el que va desde 1.907 a 1.909- ocurrieron los hechos de los que se derivaría dicha ejecución. Ni creo que lo son hoy ni que lo fueron en su día –víctima y verdugo-, al menos el uno respecto del otro. No hubo un gobierno Maura que mandó ejecutar a Ferrer Guardia, porque el fundador de la “Escuela Moderna” fue juzgado y condenado en un proceso celebrado de acuerdo con las leyes de la época: pero tampoco se puede negar -a la altura del momento que analizamos- que Francisco Ferrer hubiera utilizado a lo largo de su vida todos los medios que tenía a su alcance –y desde luego no sólo los medios legales- para conseguir el advenimiento de su sociedad ideal.
Es importante entonces que hagamos el esfuerzo de entrar en el túnel del tiempo y ponernos las gafas de hace cien años si queremos conocer algo respecto de los hechos y de las personas que actuaron en esa época. El mismo supuesto de la ejecución de Ferrer no sería comprensible hoy en día, cuando está generalizada en la sociedad española la convicción respecto de la inutilidad y de la monstruosidad de la misma pena de muerte que acabaría con los días del anarquista barcelonés. No ocurría así en la época. Y sirva de ejemplo de lo que digo que precisamente en los debates parlamentarios que seguirían al trágico verano de 1.909 el propio Pablo Iglesias –amparado por la protección que le confería su acta de diputado- afirmaba que no vacilaría en llamar al atentado personal contra don Antonio Maura de repetirse hechos como los transcurridos. Excuso decir que no son esas las posiciones que defiende el Partido que fundara don Pablo en los tiempos que corren en la actualidad, tiempos en que el debate político no ha perdido precisamente la virulencia que siempre tuvo.
España era a principios del siglo pasado el escenario del debate regeneracionista. Desde Joaquín Costa –que, situado en el republicanismo moderado- reclamaba un “cirujano de hierro” que extirpara los males de la nación, hasta el propio don Alfonso XIII que en enero de 1.902 afirmara en su Diario personal que “Yo puedo ser un Rey que llene de gloria regeneracionista a la patria. Pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros, y por fin, puesto en la frontera”. Estas últimas palabras de un oximorón profético: sería un Rey que gobernó a sus Ministros y que lo hizo traspasando claramente los límites del poder moderador que la vigente Constitución le conferían, y que –quizás por eso- sería puesto en la frontera.
La pérdida de las colonias en 1.898 daría lugar a todos los discursos que hacían referencia a la decadencia de España y a la consiguiente necesidad de su regeneración. Pero -todo hay que decirlo- hubo en la escena política de aquel tiempo quien se empeñaría en trabajar con resolución por la reforma de un sistema que ya empezaba a presentarse como caduco incluso para aquel tiempo y quien no entendía nada de lo que traían los tiempos.
Supongo que el sr. Pont hará la glosa que corresponda a Ferrer Guardia. Yo creo que debo hacerla principalmente de don Antonio Maura. Y puesto a hacerla estoy convencido de que Maura era uno de los pocos políticos de la época que entendieron los males del país y se aplicaron a su reforma. Es verdad que el balance de su tiempo político no puede quedar resuelto con la palabra “triunfo”. Generalmente ocurre así con muchos de los personajes de la historia. Y no sólo en España. En este sentido, muchas veces pienso que los españoles somos el pueblo más auto-crítico que registran nuestros actuales pagos en cuanto a los con-nacionales de otros países de nuestro entorno, de modo que si alguien no se hubiera referido a una determinada “leyenda negra” española es seguro que la hubiéramos inventado nosotros mismos.
Discípulo de Giner de los Ríos, don Antonio Maura iniciaría su labor gubernativa en el Ministerio de Ultramar. Lo hizo desde un gobierno liberal -el de Sagasta- y cuando militaba en la filas de la facción de su cuñado Gamazo. Guarda noticia de su paso por ese ministerio el diario de sesiones y su proyecto de ley para la autonomía de Cuba y de Puerto Rico en el mes de junio de 1.893. Es verdad que si analizáramos ese propósito –el de la autonomía- desde nuestros ojos de hoy nos parecería ingenuo y carente del más mínimo sentido histórico considerar el autogobierno de aquellas provincias como una solución adecuada para las necesidades de los que allí tenían de decidir sus propios destinos. Pero no lo era en la época. Cuba demandaba precisamente su autonomía y era la total cerrazón de la mayoría de los gobernantes españoles ante esa petición la que obligaba a los criollos locales a organizarse y a pedir la simple salida de España de la conocida “isla bonita”. Hubo entre ellos quien declaraba que, de haber prosperado el proyecto presentado por don Antonio, el propio sentido de los revolucionarios hubiera, si no desaparecido, si debido ser aparcado durante algún tiempo. Y fue el Parlamento de Cuba, años después, en 1.925, cuando tuvo noticia del fallecimiento del político español, quien guardaría un minuto de silencio en homenaje a su persona.
Pep Martí recuerda –y no de manera incidental- que Maura fue defensor del republicano y masón Morayta. Y nohay que olvidar que a los masones se les acusaba de partidarios de la independencia de las colonias. Tampco que Ferrer Guardia asimismo lo fuera.
Poco tiempo después, Maura sería principal responsable del Ministerio de Gobernación –el actual Ministerio del Interior-, pero esta vez bajo la presidencia de Silvela. Maura había pasado al Partido Conservador junto con el resto de la minoría gamacista que hasta entonces había convivido en el partido liberal –“hoy la libertad se ha hecho conservadora”, diría-. El viejo partido del “pastor” Sagasta se veía confrontado a todo tipo de capillas e intereses diferentes y quizás hasta Canalejas no fue capaz de presentar una posición unitaria. Quienes abogaban por una “revolución desde arriba” –otra de las frases más características de Maura- pensaron que era posible su acometimiento desde un partido unido que no dejara de lado –sino al contrario- la política de reformas. Don Antonio se encontraría además bastante más a gusto con el señero católico que habitaba en don Francisco que con el maniobrero político que había en don Práxedes.
Quizás convenga dedicarle un minuto a esta cuestión. La política española no se resolvía en aquel tiempo desde la vieja nota de la derecha-reaccionaria y la izquierda –los liberales eran la izquierda del sistema- progresista. Quizás tampoco ocurra eso en nuestros días. Los conservadores estuvieron unidos bajo Silvela y con Maura hasta más allá de 1.909, los liberales serían incapaces de articular un programa político propio, más allá de sus diferentes facciones. Por eso seguramente un Rey intervencionista como lo era don Alfonso estuviera mucho tiempo más cómodo con estos últimos.
Como Ministro de la Gobernación don Antonio Maura tuvo el cometido de organizar las elecciones generales de 1.903. En su convicción de trabajar por el “descuaje del caciquismo”, que era una de sus principales convicciones y la tarea más urgente para dotar de contenido y liberar todas las energías existentes en la Constitución de 1.876, Maura determinaría que aquellas fueran unas elecciones limpias y así dictó las instrucciones oportunas a los gobernadores civiles. El resultado de las mismas, medido en términos de una sobrerrepresentación de los republicanos -de acuerdo con lo que acontecía usualmente en la época- llegó a preocupar en Palacio. La Regente había creído que el sistema estaba bien como estaba y que no era preciso insuflarlo de espíritu y hechos liberalizadores.
Pero el paso del político mallorquín por el Ministerio de Gobernación nos ofrece otra de las características de su personalidad. La eliminación de los “fondos de reptiles”, así llamados, con los que los gobiernos de entonces pagaban y domesticaban a la prensa, explican el inmaculado concepto de la política que él tenía. “Yo para gobernar sólo necesito luz y taquígrafos”, llegaría a decir.
Maura sería nombrado Presidente del Consejo en las postrimerías del año 1.903. Duró poco ese empeño pues tuvo que tropezar con ese Rey que no quería verse dominado por sus Ministros y que recabó para sí la función que la Constitución no le proporcionaba de elegir al Jefe del Estado Mayor del Ejército. Don Antonio se plantaría y dimitía de la Presidencia.
A este respecto, interesa destacar con María Jesús González, en su biografía sobre el político mallorquín, que “Maura fue durante toda su vida un decidido civilista, opuesto a cualquier intervención directa de los institutos armados en las decisiones políticas, incluso en años anteriores a 1909, había manifestado en más de una ocasión la necesidad de apartar al Ejército de la cuestiones de orden público interno y de poner en marcha las reformas necesarias para modernizarlo, adecuarlo a sus fines y al mismo tiempo romper su aislamiento con la vida civil”.
Y llegamos al llamado “Gobierno largo” de Maura que concluiría precisamente a raíz de la Semana Trágica. Entre las preocupaciones de don Antonio se podrían citar sin duda las siguientes:
- El “descuaje del caciquismo” .al que ya he aludido- y la democratización de la vida local que tienen su expresión en el Proyecto de Ley de Régimen Local,
- La preocupación social, que manifiesta en todos sus gobiernos y que se expresa en leyes como la de huelga, de descanso semanal, la creación del Instituto Nacional de Previsión –que es la primera piedra en España del sistema de Seguridad Social- y la creación de la inspección del trabajo.
- Las leyes que abogaban por la creación de una Marina de guerra con capacidad para repeler las agresiones que sufriera nuestro país y que diera lugar a la creación de los astilleros que aún hoy en día siguen abiertos y proporcionando empleo a muchos miles de trabajadores.
Maura desarrollaría por lo tanto una gran acción política y legislativa en este gobierno que concluiría en octubre de 1.909, cuando don Alfonso XIII aceptaba una dimisión que el titular de la Presidencia del Gobierno en ningún momento había presentado. Es verdad que hubo después tres ocasiones en que don Antonio aceptaría del Rey la nominación como Primer Ministro, pero ya estas se correspondían más a la función que el mismo personaje calificaría de “apagafuegos” o incluso de “Ministerio de monserga”. Marginado del poder por los diferentes gobiernos liberales, temido por el Monarca por su pertinaz dignidad en el desempeño de sus funciones constitucionales, arrojado a la cuneta por sus iguales en el partido –era el caso de Eduardo Dato, a quien el Rey llamaba “Eduardito” en tanto que se dirigía a Maura como “don Antonio”- Maura viviría sumido en el ostracismo de su tiempo y de su propia amargura. No haría él ningún esfuerzo por aclimatarse a las temperaturas que traían esos tiempos políticos. No era él hombre de pactos y componendas, sino más bien lo que hoy calificaríamos como un político de convicciones y no de consenso. Algunos años más tarde, cuando la solución maurista no obtuvo la mayoría deseada no fue capaz él de pactar con Dato para crear un gobierno de perfiles quizás no tan acusadamente reformistas, pero sí capaz de asumir una tarea resuelta a cambiar el país.
Hay una frase cuya cita me van a permitir ustedes. Resulta bastante descriptiva acerca de la personalidad del cinco veces Primer Ministro de la Corona: “Gobernar no es despachar los expedientes, y ver pasar y caer las hojas del calendario; gobernar no es desear las cosas buenas, y a la menor resistencia abandonarlas; gobernar no es escuchar el ruido de la calle para seguir todos los himnos y todas las marchas; gobernar es tener un concepto perfectamente claro de lo que se persigue y una voluntad firmísima de llegar a lo que se quiere, al punto de hacer la existencia ministerial solidaria de la obra que se va a realizar”.
Habría también –como digo- otros gobiernos, tantos como tres. Uno de ellos el que cesaría en noviembre de 1918. Cuando se produjo la crisis definitiva del gobierno Maura, ese gobierno del que él mismo solía decir que sus trabajos “se desarrollaban entre tantos equilibrios, genuflexiones y ceremonias que más que un gobierno parecía un minué”. El mismo gobierno en que, por cierto, estamos en Vitoria, se producía una concentración de todos los políticos significativos de su tiempo, aquel en que fuera nombrado Dato como Ministro. Quien, al recordar la azarosa composición del gabinete a un amigo le decía como conclusión: “Estoy en Estado” .-que era el nombre del Ministerio de Exteriores de entonces-. “No me extraña, le respondía su interlocutor, “con lo que le han hecho a usted…”
En todo caso, esos tres gobiernos presididos por don Antonio Maura después de un largo exilio interior en lo que se refiere a la primera función ejecutiva, serian los que correspondieran a la frase del político, según la cual, “por mí no quedará”; una expresión que encerraría ya más una connotación de desánimo que de resolución en la acción política.
Maura era por lo tanto un gobernante que entendería el regeneracionismo español con todas las consecuencias, si bien era cierto que el sistema –desde el Rey hasta la gran mayoría de sus componentes- no aspiraba realmente al cambio sino màs bien a una pequeña adaptación a los nuevos tiempos. Ese sistema que para don Antonio consistía en “continuar sesteando, pero cambiando de postura”. Daba igual que esos “cambios de postura” consistieran en la apertura a los republicanos moderados –como ocurriría con don Melquiades Alvarez o don Miguel de Unamuno- o de un guiño a los militares –desde la causa de la dimisión de don Antonio en su primer gobierno hasta la presentación de Primo de Rivera por el Rey a su homónimo italiano como “este es mi ´”Duce´”.-. se parecía esa España de principios del siglo pasado al cínico personaje de Lampedusa para quien “era preciso que cambiara todo para que todo siguiera igual”. Previendo, casi 20 años antes de que eso ocurriera, que las realidades no asumidas regresarían para tomarse su particular venganza, Maura explicaría en una nota preparada para alguno de sus generalmente infructuosos despachos con don Alfonso XIII que de no modificar el estado de cosas vigente España estallaría de forma irreversible en los desórdenes que la llevarían a la contienda civil.
Junto con sus enormes virtudes es cierto que don Antonio tenía sus pegas. Quizás la más más significativa de ellas sería la que cita José Alvarez Junco en su “Mater Dolorosa”, según la cual Maura no advirtió que la iglesia catolica tenia una veta no sólo antiliberal sino antinacional, al disputar al Estado el terreno de la educación.
Llegados aquí diré que no cumpliría el que creo que es deber principal de esta intervención si no hiciera alguna referencia a la Semana Trágica del verano de 1.909.
Se produjo esta en Barcelona. En esa ciudad que a decir de Friedrich Engels, ya en 1.873 era la ciudad del mundo con más combates de barricadas en su historia. Y el hecho sería, como decía Tayllerand, peor que un crimen, un error. El gobierno lo vivió simplemente como un episodio de orden público y se aprestó a cumplir la ley, la que existía entonces. Maura no era –ya lo hemos dicho- un político de concesiones.
Por el otro lado nos encontramos con Francisco Ferrer. ¿Quién era el personaje?, ¿cuáles eran sus pretensiones?
A decir de Joaquín Romero, cuya principal obra “La Rosa de fuego” todavía constituye el mejor de los textos que se han escrito sobre la Semana Trágica, el fundador de la Escuela Moderna se ceñía a la concepción tradicional del anarquismo, según la que habría cuanta violencia hiciera falta para quebrantar la resistencia de la burguesía. ¿Habrá sangre?, preguntaba y se contestaba a sí mismo: sí, mucha.
Con independencia de las buenas intenciones educativas de su escuela, está demostrado que Ferrer –a quien la fortuna le había sonreído- albergaba en su centro educativo las reuniones en que se decidían lo que se venía en denominar las “moléculas anarquistas”, pagaba los gastos de viaje de los terroristas perseguidos –y a veces también sus municiones-. Y –siempre de acuerdo con lo expresado por Romero, pero también por otros historiadores- prepararía con Mateo Morral el atentado contra el Rey en 1.906. Morral, en ese cruce permanente que produce el factor humano, estaba enamorado de Soledad Villafranca, a la sazón compañera sentimental de Ferrer.
La colaboración del anarquismo de la época con los republicanos era meramente táctica, como cabe suponer: sólo querían que adviniera esa forma de gobierno y que se le fuera de la mano a los propios republicanos. Seguramente, el comportamiento anarquista durante la II República y la guerra civil dan buena prueba de esa práctica política.
Por lo tanto, la diferencia entre esas “moléculas anarquistas” y el terrorismo de nuestros días sería harto compleja de trazar. Y la aplicación a quienes en ellas se encontraban de la ley antiterrorista no menos justificada que en nuestros tiempos.
Yo no pretendo ser juez de procesos individuales. Unos y otros muertos han enterrado a sus muertos. Lo cierto es que la Semana Trágica se saldaría con el balance que se conoce desde el punto de vista de muertos y heridos en algaradas callejeras y en ejecutados y encarcelados. Políticamente no resultaría en exceso significativa: el republicanismo de Lerroux obtendría menos votos en las siguientes elecciones de diciembre que las que había obtenido en el mes de mayo inmediatamengte anterior a la Semana Trágica. Hubo, eso sí, una consecuencia política: el cese de Maura
Hay siempre una distancia -a mi juicio infinita- entre las actitudes de cambio, se denominen estas “revolución, revolución desde arriba” –como la llamaría Maura- o simplemente reforma. Y esa distancia se encuentra en los métodos para llevarlas a cabo. Cara y cruz de una misma moneda, de alguna manera unidos en la misma suerte política y vital, Ferrer y Maura intentaron cambiar el sistema en el que habían nacido. Los dos fracasaron, uno murió en el pelotón de ejecución en Montjuich, el otro de muerte natural mientras pintaba una acuarela en Torrelodones. A los dos les perviviría el régimen que quisieron modificar. Pero no por mucho tiempo, al menos en el caso de este último: después de la Dictadura vendría la guerra civil y de esta 40 sombríos años, haciendo realidad las más negras de las profecías de don Antonio.
Hoy todavía algunos creemos en la necesidad de autentificar un sistema que está cerrado y permanece opaco para buena parte de los españoles. Pero esa es otra historia y al menos no parece que se resolverá como en la Semana Trágica con sangre de reformadores o de revolucionarios.
Pero en este capítulo de agradecimientos debe extenderse necesariamente a mi amigo de ayer y de siempre Javier Otaola que tuvo la idea primera para la organización de este acto y que la ha seguido teniendo pese a las dificultades que se le han presentado. Quienes conocemos a Javier sabemos que no es persona que se arredre ante los obstáculos y que es hombre de recursos. Gracias a él, sin ningún género de dudas, estamos aquí. Y estamos para lo que espero constituya un ejercicio positivo de puesta al día de hechos que ya son parte de la historia.
Y como están en la historia espero también que no dispongan ya de la virulencia que tuvieron y que los podamos explicar ahora desde la serenidad. Entiendo que la, tantas veces traída y llevada “memoria histórica” no debe convertirse en un instrumento arrojadizo de los unos contra los otros, en esas “dos Españas” que al decir del poeta nos habían de “helar el corazón”: entre otras cosas porque en realidad es el mismo mantenimiento de la confrontación de ayer lo que nos sigue doliendo hoy, lo que nos “hiela el corazón”, a pesar de que el tiempo haya pasado y ya no debería ser fuente de desesperanza. No deberíamos repetir con Auden esos dramáticos versos :
Apenas queda nada en pie
más que los suburbios de la discordia.
Cien años después empezaré por decir que renuncio a ser en este debate el representante de alguien que eventualmente pudiera aparecer como verdugo, como tampoco creo que el señor Font haya venido aquí a ser representante de la víctima. Es verdad que Font es presidente de la fundación que lleva el nombre de uno de los dos ejecutados a consecuencia de la Semana Trágica –quizás el más significativo- y que yo mismo soy biznieto del político mallorquín bajo cuyo “gobierno largo” –el que va desde 1.907 a 1.909- ocurrieron los hechos de los que se derivaría dicha ejecución. Ni creo que lo son hoy ni que lo fueron en su día –víctima y verdugo-, al menos el uno respecto del otro. No hubo un gobierno Maura que mandó ejecutar a Ferrer Guardia, porque el fundador de la “Escuela Moderna” fue juzgado y condenado en un proceso celebrado de acuerdo con las leyes de la época: pero tampoco se puede negar -a la altura del momento que analizamos- que Francisco Ferrer hubiera utilizado a lo largo de su vida todos los medios que tenía a su alcance –y desde luego no sólo los medios legales- para conseguir el advenimiento de su sociedad ideal.
Es importante entonces que hagamos el esfuerzo de entrar en el túnel del tiempo y ponernos las gafas de hace cien años si queremos conocer algo respecto de los hechos y de las personas que actuaron en esa época. El mismo supuesto de la ejecución de Ferrer no sería comprensible hoy en día, cuando está generalizada en la sociedad española la convicción respecto de la inutilidad y de la monstruosidad de la misma pena de muerte que acabaría con los días del anarquista barcelonés. No ocurría así en la época. Y sirva de ejemplo de lo que digo que precisamente en los debates parlamentarios que seguirían al trágico verano de 1.909 el propio Pablo Iglesias –amparado por la protección que le confería su acta de diputado- afirmaba que no vacilaría en llamar al atentado personal contra don Antonio Maura de repetirse hechos como los transcurridos. Excuso decir que no son esas las posiciones que defiende el Partido que fundara don Pablo en los tiempos que corren en la actualidad, tiempos en que el debate político no ha perdido precisamente la virulencia que siempre tuvo.
España era a principios del siglo pasado el escenario del debate regeneracionista. Desde Joaquín Costa –que, situado en el republicanismo moderado- reclamaba un “cirujano de hierro” que extirpara los males de la nación, hasta el propio don Alfonso XIII que en enero de 1.902 afirmara en su Diario personal que “Yo puedo ser un Rey que llene de gloria regeneracionista a la patria. Pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros, y por fin, puesto en la frontera”. Estas últimas palabras de un oximorón profético: sería un Rey que gobernó a sus Ministros y que lo hizo traspasando claramente los límites del poder moderador que la vigente Constitución le conferían, y que –quizás por eso- sería puesto en la frontera.
La pérdida de las colonias en 1.898 daría lugar a todos los discursos que hacían referencia a la decadencia de España y a la consiguiente necesidad de su regeneración. Pero -todo hay que decirlo- hubo en la escena política de aquel tiempo quien se empeñaría en trabajar con resolución por la reforma de un sistema que ya empezaba a presentarse como caduco incluso para aquel tiempo y quien no entendía nada de lo que traían los tiempos.
Supongo que el sr. Pont hará la glosa que corresponda a Ferrer Guardia. Yo creo que debo hacerla principalmente de don Antonio Maura. Y puesto a hacerla estoy convencido de que Maura era uno de los pocos políticos de la época que entendieron los males del país y se aplicaron a su reforma. Es verdad que el balance de su tiempo político no puede quedar resuelto con la palabra “triunfo”. Generalmente ocurre así con muchos de los personajes de la historia. Y no sólo en España. En este sentido, muchas veces pienso que los españoles somos el pueblo más auto-crítico que registran nuestros actuales pagos en cuanto a los con-nacionales de otros países de nuestro entorno, de modo que si alguien no se hubiera referido a una determinada “leyenda negra” española es seguro que la hubiéramos inventado nosotros mismos.
Discípulo de Giner de los Ríos, don Antonio Maura iniciaría su labor gubernativa en el Ministerio de Ultramar. Lo hizo desde un gobierno liberal -el de Sagasta- y cuando militaba en la filas de la facción de su cuñado Gamazo. Guarda noticia de su paso por ese ministerio el diario de sesiones y su proyecto de ley para la autonomía de Cuba y de Puerto Rico en el mes de junio de 1.893. Es verdad que si analizáramos ese propósito –el de la autonomía- desde nuestros ojos de hoy nos parecería ingenuo y carente del más mínimo sentido histórico considerar el autogobierno de aquellas provincias como una solución adecuada para las necesidades de los que allí tenían de decidir sus propios destinos. Pero no lo era en la época. Cuba demandaba precisamente su autonomía y era la total cerrazón de la mayoría de los gobernantes españoles ante esa petición la que obligaba a los criollos locales a organizarse y a pedir la simple salida de España de la conocida “isla bonita”. Hubo entre ellos quien declaraba que, de haber prosperado el proyecto presentado por don Antonio, el propio sentido de los revolucionarios hubiera, si no desaparecido, si debido ser aparcado durante algún tiempo. Y fue el Parlamento de Cuba, años después, en 1.925, cuando tuvo noticia del fallecimiento del político español, quien guardaría un minuto de silencio en homenaje a su persona.
Pep Martí recuerda –y no de manera incidental- que Maura fue defensor del republicano y masón Morayta. Y nohay que olvidar que a los masones se les acusaba de partidarios de la independencia de las colonias. Tampco que Ferrer Guardia asimismo lo fuera.
Poco tiempo después, Maura sería principal responsable del Ministerio de Gobernación –el actual Ministerio del Interior-, pero esta vez bajo la presidencia de Silvela. Maura había pasado al Partido Conservador junto con el resto de la minoría gamacista que hasta entonces había convivido en el partido liberal –“hoy la libertad se ha hecho conservadora”, diría-. El viejo partido del “pastor” Sagasta se veía confrontado a todo tipo de capillas e intereses diferentes y quizás hasta Canalejas no fue capaz de presentar una posición unitaria. Quienes abogaban por una “revolución desde arriba” –otra de las frases más características de Maura- pensaron que era posible su acometimiento desde un partido unido que no dejara de lado –sino al contrario- la política de reformas. Don Antonio se encontraría además bastante más a gusto con el señero católico que habitaba en don Francisco que con el maniobrero político que había en don Práxedes.
Quizás convenga dedicarle un minuto a esta cuestión. La política española no se resolvía en aquel tiempo desde la vieja nota de la derecha-reaccionaria y la izquierda –los liberales eran la izquierda del sistema- progresista. Quizás tampoco ocurra eso en nuestros días. Los conservadores estuvieron unidos bajo Silvela y con Maura hasta más allá de 1.909, los liberales serían incapaces de articular un programa político propio, más allá de sus diferentes facciones. Por eso seguramente un Rey intervencionista como lo era don Alfonso estuviera mucho tiempo más cómodo con estos últimos.
Como Ministro de la Gobernación don Antonio Maura tuvo el cometido de organizar las elecciones generales de 1.903. En su convicción de trabajar por el “descuaje del caciquismo”, que era una de sus principales convicciones y la tarea más urgente para dotar de contenido y liberar todas las energías existentes en la Constitución de 1.876, Maura determinaría que aquellas fueran unas elecciones limpias y así dictó las instrucciones oportunas a los gobernadores civiles. El resultado de las mismas, medido en términos de una sobrerrepresentación de los republicanos -de acuerdo con lo que acontecía usualmente en la época- llegó a preocupar en Palacio. La Regente había creído que el sistema estaba bien como estaba y que no era preciso insuflarlo de espíritu y hechos liberalizadores.
Pero el paso del político mallorquín por el Ministerio de Gobernación nos ofrece otra de las características de su personalidad. La eliminación de los “fondos de reptiles”, así llamados, con los que los gobiernos de entonces pagaban y domesticaban a la prensa, explican el inmaculado concepto de la política que él tenía. “Yo para gobernar sólo necesito luz y taquígrafos”, llegaría a decir.
Maura sería nombrado Presidente del Consejo en las postrimerías del año 1.903. Duró poco ese empeño pues tuvo que tropezar con ese Rey que no quería verse dominado por sus Ministros y que recabó para sí la función que la Constitución no le proporcionaba de elegir al Jefe del Estado Mayor del Ejército. Don Antonio se plantaría y dimitía de la Presidencia.
A este respecto, interesa destacar con María Jesús González, en su biografía sobre el político mallorquín, que “Maura fue durante toda su vida un decidido civilista, opuesto a cualquier intervención directa de los institutos armados en las decisiones políticas, incluso en años anteriores a 1909, había manifestado en más de una ocasión la necesidad de apartar al Ejército de la cuestiones de orden público interno y de poner en marcha las reformas necesarias para modernizarlo, adecuarlo a sus fines y al mismo tiempo romper su aislamiento con la vida civil”.
Y llegamos al llamado “Gobierno largo” de Maura que concluiría precisamente a raíz de la Semana Trágica. Entre las preocupaciones de don Antonio se podrían citar sin duda las siguientes:
- El “descuaje del caciquismo” .al que ya he aludido- y la democratización de la vida local que tienen su expresión en el Proyecto de Ley de Régimen Local,
- La preocupación social, que manifiesta en todos sus gobiernos y que se expresa en leyes como la de huelga, de descanso semanal, la creación del Instituto Nacional de Previsión –que es la primera piedra en España del sistema de Seguridad Social- y la creación de la inspección del trabajo.
- Las leyes que abogaban por la creación de una Marina de guerra con capacidad para repeler las agresiones que sufriera nuestro país y que diera lugar a la creación de los astilleros que aún hoy en día siguen abiertos y proporcionando empleo a muchos miles de trabajadores.
Maura desarrollaría por lo tanto una gran acción política y legislativa en este gobierno que concluiría en octubre de 1.909, cuando don Alfonso XIII aceptaba una dimisión que el titular de la Presidencia del Gobierno en ningún momento había presentado. Es verdad que hubo después tres ocasiones en que don Antonio aceptaría del Rey la nominación como Primer Ministro, pero ya estas se correspondían más a la función que el mismo personaje calificaría de “apagafuegos” o incluso de “Ministerio de monserga”. Marginado del poder por los diferentes gobiernos liberales, temido por el Monarca por su pertinaz dignidad en el desempeño de sus funciones constitucionales, arrojado a la cuneta por sus iguales en el partido –era el caso de Eduardo Dato, a quien el Rey llamaba “Eduardito” en tanto que se dirigía a Maura como “don Antonio”- Maura viviría sumido en el ostracismo de su tiempo y de su propia amargura. No haría él ningún esfuerzo por aclimatarse a las temperaturas que traían esos tiempos políticos. No era él hombre de pactos y componendas, sino más bien lo que hoy calificaríamos como un político de convicciones y no de consenso. Algunos años más tarde, cuando la solución maurista no obtuvo la mayoría deseada no fue capaz él de pactar con Dato para crear un gobierno de perfiles quizás no tan acusadamente reformistas, pero sí capaz de asumir una tarea resuelta a cambiar el país.
Hay una frase cuya cita me van a permitir ustedes. Resulta bastante descriptiva acerca de la personalidad del cinco veces Primer Ministro de la Corona: “Gobernar no es despachar los expedientes, y ver pasar y caer las hojas del calendario; gobernar no es desear las cosas buenas, y a la menor resistencia abandonarlas; gobernar no es escuchar el ruido de la calle para seguir todos los himnos y todas las marchas; gobernar es tener un concepto perfectamente claro de lo que se persigue y una voluntad firmísima de llegar a lo que se quiere, al punto de hacer la existencia ministerial solidaria de la obra que se va a realizar”.
Habría también –como digo- otros gobiernos, tantos como tres. Uno de ellos el que cesaría en noviembre de 1918. Cuando se produjo la crisis definitiva del gobierno Maura, ese gobierno del que él mismo solía decir que sus trabajos “se desarrollaban entre tantos equilibrios, genuflexiones y ceremonias que más que un gobierno parecía un minué”. El mismo gobierno en que, por cierto, estamos en Vitoria, se producía una concentración de todos los políticos significativos de su tiempo, aquel en que fuera nombrado Dato como Ministro. Quien, al recordar la azarosa composición del gabinete a un amigo le decía como conclusión: “Estoy en Estado” .-que era el nombre del Ministerio de Exteriores de entonces-. “No me extraña, le respondía su interlocutor, “con lo que le han hecho a usted…”
En todo caso, esos tres gobiernos presididos por don Antonio Maura después de un largo exilio interior en lo que se refiere a la primera función ejecutiva, serian los que correspondieran a la frase del político, según la cual, “por mí no quedará”; una expresión que encerraría ya más una connotación de desánimo que de resolución en la acción política.
Maura era por lo tanto un gobernante que entendería el regeneracionismo español con todas las consecuencias, si bien era cierto que el sistema –desde el Rey hasta la gran mayoría de sus componentes- no aspiraba realmente al cambio sino màs bien a una pequeña adaptación a los nuevos tiempos. Ese sistema que para don Antonio consistía en “continuar sesteando, pero cambiando de postura”. Daba igual que esos “cambios de postura” consistieran en la apertura a los republicanos moderados –como ocurriría con don Melquiades Alvarez o don Miguel de Unamuno- o de un guiño a los militares –desde la causa de la dimisión de don Antonio en su primer gobierno hasta la presentación de Primo de Rivera por el Rey a su homónimo italiano como “este es mi ´”Duce´”.-. se parecía esa España de principios del siglo pasado al cínico personaje de Lampedusa para quien “era preciso que cambiara todo para que todo siguiera igual”. Previendo, casi 20 años antes de que eso ocurriera, que las realidades no asumidas regresarían para tomarse su particular venganza, Maura explicaría en una nota preparada para alguno de sus generalmente infructuosos despachos con don Alfonso XIII que de no modificar el estado de cosas vigente España estallaría de forma irreversible en los desórdenes que la llevarían a la contienda civil.
Junto con sus enormes virtudes es cierto que don Antonio tenía sus pegas. Quizás la más más significativa de ellas sería la que cita José Alvarez Junco en su “Mater Dolorosa”, según la cual Maura no advirtió que la iglesia catolica tenia una veta no sólo antiliberal sino antinacional, al disputar al Estado el terreno de la educación.
Llegados aquí diré que no cumpliría el que creo que es deber principal de esta intervención si no hiciera alguna referencia a la Semana Trágica del verano de 1.909.
Se produjo esta en Barcelona. En esa ciudad que a decir de Friedrich Engels, ya en 1.873 era la ciudad del mundo con más combates de barricadas en su historia. Y el hecho sería, como decía Tayllerand, peor que un crimen, un error. El gobierno lo vivió simplemente como un episodio de orden público y se aprestó a cumplir la ley, la que existía entonces. Maura no era –ya lo hemos dicho- un político de concesiones.
Por el otro lado nos encontramos con Francisco Ferrer. ¿Quién era el personaje?, ¿cuáles eran sus pretensiones?
A decir de Joaquín Romero, cuya principal obra “La Rosa de fuego” todavía constituye el mejor de los textos que se han escrito sobre la Semana Trágica, el fundador de la Escuela Moderna se ceñía a la concepción tradicional del anarquismo, según la que habría cuanta violencia hiciera falta para quebrantar la resistencia de la burguesía. ¿Habrá sangre?, preguntaba y se contestaba a sí mismo: sí, mucha.
Con independencia de las buenas intenciones educativas de su escuela, está demostrado que Ferrer –a quien la fortuna le había sonreído- albergaba en su centro educativo las reuniones en que se decidían lo que se venía en denominar las “moléculas anarquistas”, pagaba los gastos de viaje de los terroristas perseguidos –y a veces también sus municiones-. Y –siempre de acuerdo con lo expresado por Romero, pero también por otros historiadores- prepararía con Mateo Morral el atentado contra el Rey en 1.906. Morral, en ese cruce permanente que produce el factor humano, estaba enamorado de Soledad Villafranca, a la sazón compañera sentimental de Ferrer.
La colaboración del anarquismo de la época con los republicanos era meramente táctica, como cabe suponer: sólo querían que adviniera esa forma de gobierno y que se le fuera de la mano a los propios republicanos. Seguramente, el comportamiento anarquista durante la II República y la guerra civil dan buena prueba de esa práctica política.
Por lo tanto, la diferencia entre esas “moléculas anarquistas” y el terrorismo de nuestros días sería harto compleja de trazar. Y la aplicación a quienes en ellas se encontraban de la ley antiterrorista no menos justificada que en nuestros tiempos.
Yo no pretendo ser juez de procesos individuales. Unos y otros muertos han enterrado a sus muertos. Lo cierto es que la Semana Trágica se saldaría con el balance que se conoce desde el punto de vista de muertos y heridos en algaradas callejeras y en ejecutados y encarcelados. Políticamente no resultaría en exceso significativa: el republicanismo de Lerroux obtendría menos votos en las siguientes elecciones de diciembre que las que había obtenido en el mes de mayo inmediatamengte anterior a la Semana Trágica. Hubo, eso sí, una consecuencia política: el cese de Maura
Hay siempre una distancia -a mi juicio infinita- entre las actitudes de cambio, se denominen estas “revolución, revolución desde arriba” –como la llamaría Maura- o simplemente reforma. Y esa distancia se encuentra en los métodos para llevarlas a cabo. Cara y cruz de una misma moneda, de alguna manera unidos en la misma suerte política y vital, Ferrer y Maura intentaron cambiar el sistema en el que habían nacido. Los dos fracasaron, uno murió en el pelotón de ejecución en Montjuich, el otro de muerte natural mientras pintaba una acuarela en Torrelodones. A los dos les perviviría el régimen que quisieron modificar. Pero no por mucho tiempo, al menos en el caso de este último: después de la Dictadura vendría la guerra civil y de esta 40 sombríos años, haciendo realidad las más negras de las profecías de don Antonio.
Hoy todavía algunos creemos en la necesidad de autentificar un sistema que está cerrado y permanece opaco para buena parte de los españoles. Pero esa es otra historia y al menos no parece que se resolverá como en la Semana Trágica con sangre de reformadores o de revolucionarios.
martes, 20 de octubre de 2009
Intercambio de solsticios (40)
La expedición concluía su paso por la calle de Apolonio Morales a la altura del restaurante "Il Tempietto", cita de sus reuniones con el "señor "equis" o de sus hamburguesas del Hollywood con su novia Vic Suarez.
El grupo avanzaba pesadamente hacia la antigua estación de Chamartín, entre el polvo que se confundía con los desperdicios de papel y cartón y que, elevados por el viento, se confundían en un magma volátil en el que dominaba como color el marrón oscuro y destacaban los más nauseabundos olores.
Vestían ropas de color caqui que se confundían en el ambiente de suciedad, el servicio de orden parecía salido de las celdas de castigo de Carabanchel y su comportamiento dejaba bastante que desear cuando patrullaban a sus anchas por el otrora barrio del norte de Madrid. El brazalete verde se había convertido en bandera de corso que amparaba sus tropelías. Pero Jorge Brassens era una especie de jefecillo con capacidad para quejarse ante su jefe, el "sheriff" del Distrito de Chamartín, dueño de la situación, si lo hubiera. Era verdad que Leoncio Cardidal daba prioridad absoluta a su gente y toleraba sus desmanes, pero también quería mantener buenas relaciones con sus compañeros de comité, al menos por ahora. De modo que Jorge Brassens -como los demás componentes del órgano de gobierno- se convertían las más de las veces en meros tramitadores de peticiones y desagravios de los ciudadanos, que se estrellaban a menudo contra el pétreo dique de su inquebrantable seguridad: "Mira, Jorge -le decía Cardidal a veces-. Ya sé que a menudo cometen algún que otro error. Pero es el orden y eso es lo único a lo que podemos aspirar".
No, no se trataba de "errores". Les habían dejado el control de la situación a unos delincuentes con brazalete de jefecillos del hampa, pequeños "cappos" de la mafia local que si te despistabas un poco te robaban la casa, te atracaban por la calle o violaban a tus hijas. Claro que mucha gente prefería este estado de cosas a la pura y simple barbarie. El servicio de orden se conformaba en ocasiones con un equivalente a los 5 euros de los "tiempos normales" y desde entonces te aseguraban su protección o simplemente te dejaban circular sin mayor molestia. Además ellos tenían el monopolio del alcohol, lo conseguían a través de sus particulares contactos, lo revendían en el mercado negro y lo consumían. No se te podía ocurrir pasar por uno de sus puestos en medio de una de sus francachelas. Lo menos a lo que te podías enfrentar era a ser objeto de sus burlas y destinatario de sus risotadas. Leoncio Cardidal lo sabía, pero hacía la vista gorda.
Lo recordaba Jorge Brassens. Todo había empezado con el principio de siglo y con elatentado del 11-S. "El precio de la libertad es la vigilancia permanente", había declarado Thomas Jefferson, uno de los fundadores de los Estados Unidos. Y lo había repetido ahora un, aparentemente más razonable que George W. Bush, Tony Blair: "la seguridad es la primera libertad", decía este. Frase de la que se haría eco ese trasunto de general golpista, a lo Hugo Chavez, ese demagogo y populista, heredero de todas las más perversas tradiciones españolas que era Leoncio Cardidal. Pero el "sheriff" del condado era inculto e iletrado y su concepto de los libros era que se trataba de un buen material incendiario.
¿Y el presidente? Aquel vetusto prohombre del Partido Popular, las barbas blancas y la voz grave, que administraba sus admoniciones de catolicismo a un mundo en caos. "Tenemos que permanecer unidos", decía. Pero hablaba a otros ciudadanos y de otros tiempos. Y dejaba actuar a Cardidal y a su servicio del orden.
A ese "wild bunch" pechimpaniano que le acompañaba hasta la antigua estación de Chamartín.
El grupo avanzaba pesadamente hacia la antigua estación de Chamartín, entre el polvo que se confundía con los desperdicios de papel y cartón y que, elevados por el viento, se confundían en un magma volátil en el que dominaba como color el marrón oscuro y destacaban los más nauseabundos olores.
Vestían ropas de color caqui que se confundían en el ambiente de suciedad, el servicio de orden parecía salido de las celdas de castigo de Carabanchel y su comportamiento dejaba bastante que desear cuando patrullaban a sus anchas por el otrora barrio del norte de Madrid. El brazalete verde se había convertido en bandera de corso que amparaba sus tropelías. Pero Jorge Brassens era una especie de jefecillo con capacidad para quejarse ante su jefe, el "sheriff" del Distrito de Chamartín, dueño de la situación, si lo hubiera. Era verdad que Leoncio Cardidal daba prioridad absoluta a su gente y toleraba sus desmanes, pero también quería mantener buenas relaciones con sus compañeros de comité, al menos por ahora. De modo que Jorge Brassens -como los demás componentes del órgano de gobierno- se convertían las más de las veces en meros tramitadores de peticiones y desagravios de los ciudadanos, que se estrellaban a menudo contra el pétreo dique de su inquebrantable seguridad: "Mira, Jorge -le decía Cardidal a veces-. Ya sé que a menudo cometen algún que otro error. Pero es el orden y eso es lo único a lo que podemos aspirar".
No, no se trataba de "errores". Les habían dejado el control de la situación a unos delincuentes con brazalete de jefecillos del hampa, pequeños "cappos" de la mafia local que si te despistabas un poco te robaban la casa, te atracaban por la calle o violaban a tus hijas. Claro que mucha gente prefería este estado de cosas a la pura y simple barbarie. El servicio de orden se conformaba en ocasiones con un equivalente a los 5 euros de los "tiempos normales" y desde entonces te aseguraban su protección o simplemente te dejaban circular sin mayor molestia. Además ellos tenían el monopolio del alcohol, lo conseguían a través de sus particulares contactos, lo revendían en el mercado negro y lo consumían. No se te podía ocurrir pasar por uno de sus puestos en medio de una de sus francachelas. Lo menos a lo que te podías enfrentar era a ser objeto de sus burlas y destinatario de sus risotadas. Leoncio Cardidal lo sabía, pero hacía la vista gorda.
Lo recordaba Jorge Brassens. Todo había empezado con el principio de siglo y con elatentado del 11-S. "El precio de la libertad es la vigilancia permanente", había declarado Thomas Jefferson, uno de los fundadores de los Estados Unidos. Y lo había repetido ahora un, aparentemente más razonable que George W. Bush, Tony Blair: "la seguridad es la primera libertad", decía este. Frase de la que se haría eco ese trasunto de general golpista, a lo Hugo Chavez, ese demagogo y populista, heredero de todas las más perversas tradiciones españolas que era Leoncio Cardidal. Pero el "sheriff" del condado era inculto e iletrado y su concepto de los libros era que se trataba de un buen material incendiario.
¿Y el presidente? Aquel vetusto prohombre del Partido Popular, las barbas blancas y la voz grave, que administraba sus admoniciones de catolicismo a un mundo en caos. "Tenemos que permanecer unidos", decía. Pero hablaba a otros ciudadanos y de otros tiempos. Y dejaba actuar a Cardidal y a su servicio del orden.
A ese "wild bunch" pechimpaniano que le acompañaba hasta la antigua estación de Chamartín.
lunes, 19 de octubre de 2009
Intercambio de solsticios (39)
Historia de Adelfa
“No sé si lo haré muy bien, pero soy Adelfa. Lo que voy a contar es, más o menos, lo que ha sido mi vida. Nací en (…) uno de mayo (…) Eran las seis de la mañana. Cuando yo nací, mi madre tenía 41 años, algo no habitual en mi tierra (Gabón), claro, porque todo el mundo tenía los niños a los 12 años. En casa, ellos tenían ya 11 hijos, de manera que cuando yo llegué yo era el número 12 de sus hijos, algo que no gustó nada a mi padre, y por supuesto a toda la familia. Mis padres estaban cansados de tener tantos niños (…) y, en un momento, se reunió la familia para tomar la decisión de quién iba a criar al niño, porque no era normal que un hombre que ni siquiera aguantaba los gritos de una niña cuando se despertaba, se ocupara de alguien así. Entonces, para mí, empezó un gran calvario, como se puede decir. Entonces, mi hermana se hizo cargo de mí cuando yo era muy niña. Mi padre no se quería dormir conmigo, porque decía que yo tenía un espíritu malo, que yo le dejaba dormir. Entonces yo tenía que dormir con mi hermana, y mi madre dijo: ‘O me aceptas con mi hija, o me voy con mi hija’. Y dijo: ‘Si quieres ir con esa niña bruja, vete con ella. Pero, desde luego, con esa niña yo no vuelvo a dormir, porque ella me vuelve loco por la noche’. Y dice ella: ‘Pero, si solamente es una niña. Solamente se despierta para mamar y ya está’. Y dice él: ‘No. Esa niña cuando duerme se crece. Habla como un mayor, y cuando se despierta ya es niña. No me gusta nada. Su espíritu no me parece estupendo. Llévala de mi habitación o uno tiene que perderse por aquí’. Mi madre, tan enfadada, se dirigió a la habitación de mis hermanas y dijo: ‘Sabina, Sabina’. ‘Sí’. ‘Eres la primogénita. Tendrás que quedarte con tu hermana, porque aquí, al parecer, nadie la quiere’.
“No sé si lo haré muy bien, pero soy Adelfa. Lo que voy a contar es, más o menos, lo que ha sido mi vida. Nací en (…) uno de mayo (…) Eran las seis de la mañana. Cuando yo nací, mi madre tenía 41 años, algo no habitual en mi tierra (Gabón), claro, porque todo el mundo tenía los niños a los 12 años. En casa, ellos tenían ya 11 hijos, de manera que cuando yo llegué yo era el número 12 de sus hijos, algo que no gustó nada a mi padre, y por supuesto a toda la familia. Mis padres estaban cansados de tener tantos niños (…) y, en un momento, se reunió la familia para tomar la decisión de quién iba a criar al niño, porque no era normal que un hombre que ni siquiera aguantaba los gritos de una niña cuando se despertaba, se ocupara de alguien así. Entonces, para mí, empezó un gran calvario, como se puede decir. Entonces, mi hermana se hizo cargo de mí cuando yo era muy niña. Mi padre no se quería dormir conmigo, porque decía que yo tenía un espíritu malo, que yo le dejaba dormir. Entonces yo tenía que dormir con mi hermana, y mi madre dijo: ‘O me aceptas con mi hija, o me voy con mi hija’. Y dijo: ‘Si quieres ir con esa niña bruja, vete con ella. Pero, desde luego, con esa niña yo no vuelvo a dormir, porque ella me vuelve loco por la noche’. Y dice ella: ‘Pero, si solamente es una niña. Solamente se despierta para mamar y ya está’. Y dice él: ‘No. Esa niña cuando duerme se crece. Habla como un mayor, y cuando se despierta ya es niña. No me gusta nada. Su espíritu no me parece estupendo. Llévala de mi habitación o uno tiene que perderse por aquí’. Mi madre, tan enfadada, se dirigió a la habitación de mis hermanas y dijo: ‘Sabina, Sabina’. ‘Sí’. ‘Eres la primogénita. Tendrás que quedarte con tu hermana, porque aquí, al parecer, nadie la quiere’.
jueves, 15 de octubre de 2009
La Unión Europea después del referendum irlandés
Una vez producido el “sí” irlandés en un referendum que ya el semanario británico The Economist ha calificado de incomprensible –casi dos tercios han votado afirmativamente cuando hace pocos meses muchos de los que hoy lo han hecho ayer dijeron que “no”- y ratificado también por Polonia, sólo queda la firma checa para que el Tratado de Lisboa entre en vigor.
Se da el caso de que es la quinta vez que Irlanda se pronuncia respecto de un tratado que se refiera al desarrollo del proyecto europeo. Y ello se ha producido con la más alta participación histórica y con el resultado más claro de todos –el 67% favorable.
Toda Europa ha respirado con satisfacción. Y es que el voto no era gratis: no existía un “plan B” si Irlanda no lo respaldaba.
También ha jugado la crisis económica: fuera de la Unión hace más frío.
Pero decía que está también la cuestión checa, que es más bien un procedimiento de ratificación. A pesar de las argucias del presidente de ese país, el Tribunal Constitucional de Chequia puede tomar la última decisión, y hacerlo antes de que termine el año. Parece que finalmente el Presidente no va a agotar el plazo.
En ese caso quedaría el compromiso establecido por los conservadores británicos de Cameron de someter el Tratado a un nuevo referendum. Pero tampoco les saldría gratis: un “no” a Lisboa les dejaría fuera de la Unión.
De modo que, parece más o menos claro que el Tratado entrará en vigor el próximo 1 de enero.
En este sentido, la próxima cumbre europea de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión deberá optar por alguna que otra decisión:
¿Nombrará a los miembros de la Comisión Europea para ratificarlos toda vez que Lisboa entre en vigor o, en lugar de eso, mantendrá a la actual Comisión en funciones y con la que está cayendo?
Este es un difícil "morlaco" que deberá lidiar España.
Antes del referendum irlandés, la presidencia española era la de las 2 “íes”: igualdad e innovación. A estas se suma ahora la tercera: imaginación –interinidad, indefinición… como se quiera.
Por otra parte, y siempre en este caso, España no lo presidiría todo. No lo haría con el Consejo Europeo –lo haría su presidente- o con el Consejo de Asuntos Exteriores –que lo haría el nuevo Mr. PESC.
Uno de los temas que pretende resolver Lisboa es el problema de la falta de continuidad de la presidencia que se ve obligada a cambiar cada 6 meses; pero lo hace a través de una discontinuidad en la cadena de mando. Habrá nada menos que “4 mosqueteros” de la Unión: el del Consejo, el de Exteriores, el de la Comisión –que con Lisboa adquiere personalidad jurídica- y el semestral, que se mantiene y a su vez se multiplica por 3: la presidencia anterior, la actual y la futura.
El gran problema será el de coordinar todo esto. No será tarea fácil.
Y a este jaleo institucional no le será ajeno el nuevo Mr. PESC. ¿Representará este sólo a los 3 países más importantes de Europa o integrará de forma efectiva la política exterior del conjunto?
parafraseando el trabalengüas: “Europa sigue enrollada ¿quién la desenrollará? El desenrollador…”
Se da el caso de que es la quinta vez que Irlanda se pronuncia respecto de un tratado que se refiera al desarrollo del proyecto europeo. Y ello se ha producido con la más alta participación histórica y con el resultado más claro de todos –el 67% favorable.
Toda Europa ha respirado con satisfacción. Y es que el voto no era gratis: no existía un “plan B” si Irlanda no lo respaldaba.
También ha jugado la crisis económica: fuera de la Unión hace más frío.
Pero decía que está también la cuestión checa, que es más bien un procedimiento de ratificación. A pesar de las argucias del presidente de ese país, el Tribunal Constitucional de Chequia puede tomar la última decisión, y hacerlo antes de que termine el año. Parece que finalmente el Presidente no va a agotar el plazo.
En ese caso quedaría el compromiso establecido por los conservadores británicos de Cameron de someter el Tratado a un nuevo referendum. Pero tampoco les saldría gratis: un “no” a Lisboa les dejaría fuera de la Unión.
De modo que, parece más o menos claro que el Tratado entrará en vigor el próximo 1 de enero.
En este sentido, la próxima cumbre europea de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión deberá optar por alguna que otra decisión:
¿Nombrará a los miembros de la Comisión Europea para ratificarlos toda vez que Lisboa entre en vigor o, en lugar de eso, mantendrá a la actual Comisión en funciones y con la que está cayendo?
Este es un difícil "morlaco" que deberá lidiar España.
Antes del referendum irlandés, la presidencia española era la de las 2 “íes”: igualdad e innovación. A estas se suma ahora la tercera: imaginación –interinidad, indefinición… como se quiera.
Por otra parte, y siempre en este caso, España no lo presidiría todo. No lo haría con el Consejo Europeo –lo haría su presidente- o con el Consejo de Asuntos Exteriores –que lo haría el nuevo Mr. PESC.
Uno de los temas que pretende resolver Lisboa es el problema de la falta de continuidad de la presidencia que se ve obligada a cambiar cada 6 meses; pero lo hace a través de una discontinuidad en la cadena de mando. Habrá nada menos que “4 mosqueteros” de la Unión: el del Consejo, el de Exteriores, el de la Comisión –que con Lisboa adquiere personalidad jurídica- y el semestral, que se mantiene y a su vez se multiplica por 3: la presidencia anterior, la actual y la futura.
El gran problema será el de coordinar todo esto. No será tarea fácil.
Y a este jaleo institucional no le será ajeno el nuevo Mr. PESC. ¿Representará este sólo a los 3 países más importantes de Europa o integrará de forma efectiva la política exterior del conjunto?
parafraseando el trabalengüas: “Europa sigue enrollada ¿quién la desenrollará? El desenrollador…”
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