Me lo contaba no hace mucho una afiliada a UPyD que está colaborando em el desarrollo del área internacional del partido. Con ocasión de la fiesta nacional de un país miembro de la Unión Europea, su embajada en Madrid organizaba la consabida fiesta a la que invitaría a un amplio y heterogéneo grupo de personas. Es cierto que corren tiempos democráticos en los países de Europa -en unos más que en otros, claro- por lo que resultaría poco creíble lo que les refiero a continuación de no ser por la certeza que tengo en la veracidad de lo que me dice mi interlocutora.
Al embajador de ese democrático país se le ocurrió organizar 2 festejos a la vez en tan señalada fecha: uno para el común de la gente y otro para la aristocracia de su país avecindada en España. En el primero ofrecían cerveza y coca-cola, en el otro whisky y vino espumoso; el primero al aire libre, en uno de los elegantes salones de la embajada el segundo. Y como quiera que los aristócratas se aburrían de saludarse entre sí -la endogamia también tiene sus límites- y se entretenían en salir al soleado jardín, pusieronron en evidencia, copa en ristre, la diferencia de la invitación. Por parte del grupo de los "comunes" hubo quien trataría de internarse en el lugar de donde salían los más selectos concurrentes a la fiesta. "Esta puerta es sólo de salida", les informaría un trajeado funcionatio. "¿Y la entrada?", le preguntarían. "La de la embajada", sería la respuesta. Y si ese invitado de segunda insistía en ingerirr productos de mayor calidad resultaba reenviado con carácter inmediato al jardín, convertido así en una especie de residencia buñueliana, algo parecido a la surrealista casa de "El ángel exterminador".
miércoles, 22 de octubre de 2008
viernes, 10 de octubre de 2008
Un año después
Era llegada la hora de la celebración, quienes habíamos estado en los prolegómonos del invento -hotel Costa Vasca, mayo de 2.007- nos mirábamos a la cara con un gesto de estupor. ¿Cómo había sido posible? Porque, más allá de las frías estadísticas que dicen tantas cosas y al final no saben decir apenas nada, está la conexión con la sensibilidad de la gente. Y es que uno puede llegar hasta la atrofia del sentido si milita en un partido de los tradicionales -para este comentario me da igual el nombre-, porque a fuerza de endogamia se puede no acabar de ver más allá de las asambleas de tu partido, que es exactamente lo mismo que no ver más allá de tus narices. Los partidos tradicionales son "organizaciones-pesebre" y lo que diga el líder de turno va siempre a misa. Y además, ocurre que las relaciones humanas son cortas y se circunscriben al grupo político como una extensión de la familia propia, como un anillo de Júpiter que rodeara nuestra vida de amigos y que a la vez son compañeros de partido: una endogamia de retroalimentación permanente. Y así, a nadie se le ocurre pensar de otra manera, porque el devenir gregario es cómodo y el pensar por uno mismo es peligroso. De los que "forman parte del rebaño" -que dirían Paco Ibáñez y Georges Brassens- es el reino de la tierra, de los que vamos por libre es nada más que "el llanto, el sudor y las lágrimas". Y si creen que exagero les invito a que beban del cáliz que contiene 3l agrio líquido del disenso.
Por eso, un año después, consuela saber que no te has equivocado; que más de 300.000 personas en España piensan como tú y que hay otro tanto que dicen haber votado como los primeros -¡qué frágil es el recuerdo humano!
Decía el "slogan" del día que tenemos "todo por delante". Y no son palabras retóricas. Uno advierte que los vientos del cambio que soplan este otoño con fuerza de vendaval están barriendo buena parte de los planteamientos en que se habían instalado con comodidad los bienpensantes. Ya no existen certezas en los paradigmas anteriores -menos Estado, privatizaciones, desregulaciones, dinero fácil y barato, consumo a destajo...- Hoy se vuelve a los principios de siempre, los que crearon la riqueza sólida que otros pretendieron sustituir por el cuento de la lechera y que funcionaría hasta que estos días alguien hizo añicos el cántaro. Era -y lo seguirá siendo seguramente a partir de ahora- la receta de otros tiempos: el trabajo bien hecho, la austeridad, el ahorro y la seriedad en los negocios. ¿El regreso a un calvinismo que se creía extinguido por los nuevos tiempos? No lo sé, pero tengo la sensación de que ese mundo que recompensaba a la hormiga laboriosa y denostaba a la perezosa cigarra lo cambiaron algunos que decidieron poner más ruedas y un motor turbo a la bicicleta: la torta, cuando llega, se padece peor a 200 km. que a 40.
Y hoy el cambio no se circunscribe a un ciclo sino a una época. Quienes protagonizaron la vieja están saltando por los aires, hechos trizas; y los nuevos, gozan al menos del beneficio de la duda. Esta es una crisis de confianza, en las políticas y en los que las protagonizan. Y es una crisis muy profunda.
¿Intuíamos todo esto hace un año, hace 15 meses? Sería demasiado presuntuoso asegurarlo. Sabíamos que las cosas no iban bien y que los instrumentos políticos en juego habían periclitado ya. Un año después -todo por delante- de ese reducido grupo que nos sentábamos en una sala del hotel Costa Vasca de San Sebastián ha surgido una alternativa nueva, limpia y regeneradora; quizás la única. Y no importa que aún hoy seamos una fuerza pequeña -que no discreta, porque no paramos de cantar las verdades del barquero- para ser alternativa. Los tiempos nuevos encuentran a las personas y las organizaciones que necesitan. Y Unión, Progreso y Democracia ha nacido también para aceptar un reto inmenso como el que está anunciando este formidable vendaval.
Por eso, un año después, consuela saber que no te has equivocado; que más de 300.000 personas en España piensan como tú y que hay otro tanto que dicen haber votado como los primeros -¡qué frágil es el recuerdo humano!
Decía el "slogan" del día que tenemos "todo por delante". Y no son palabras retóricas. Uno advierte que los vientos del cambio que soplan este otoño con fuerza de vendaval están barriendo buena parte de los planteamientos en que se habían instalado con comodidad los bienpensantes. Ya no existen certezas en los paradigmas anteriores -menos Estado, privatizaciones, desregulaciones, dinero fácil y barato, consumo a destajo...- Hoy se vuelve a los principios de siempre, los que crearon la riqueza sólida que otros pretendieron sustituir por el cuento de la lechera y que funcionaría hasta que estos días alguien hizo añicos el cántaro. Era -y lo seguirá siendo seguramente a partir de ahora- la receta de otros tiempos: el trabajo bien hecho, la austeridad, el ahorro y la seriedad en los negocios. ¿El regreso a un calvinismo que se creía extinguido por los nuevos tiempos? No lo sé, pero tengo la sensación de que ese mundo que recompensaba a la hormiga laboriosa y denostaba a la perezosa cigarra lo cambiaron algunos que decidieron poner más ruedas y un motor turbo a la bicicleta: la torta, cuando llega, se padece peor a 200 km. que a 40.
Y hoy el cambio no se circunscribe a un ciclo sino a una época. Quienes protagonizaron la vieja están saltando por los aires, hechos trizas; y los nuevos, gozan al menos del beneficio de la duda. Esta es una crisis de confianza, en las políticas y en los que las protagonizan. Y es una crisis muy profunda.
¿Intuíamos todo esto hace un año, hace 15 meses? Sería demasiado presuntuoso asegurarlo. Sabíamos que las cosas no iban bien y que los instrumentos políticos en juego habían periclitado ya. Un año después -todo por delante- de ese reducido grupo que nos sentábamos en una sala del hotel Costa Vasca de San Sebastián ha surgido una alternativa nueva, limpia y regeneradora; quizás la única. Y no importa que aún hoy seamos una fuerza pequeña -que no discreta, porque no paramos de cantar las verdades del barquero- para ser alternativa. Los tiempos nuevos encuentran a las personas y las organizaciones que necesitan. Y Unión, Progreso y Democracia ha nacido también para aceptar un reto inmenso como el que está anunciando este formidable vendaval.
lunes, 6 de octubre de 2008
Para "Fígaro"
Eramos apenas 5 personas las que nos sentábamos en el bus de la línea 51, en la primera parada, la de la plaza del Perú, en Madrid. Había todo el espacio del mundo y, sin embargo, ella ocupaba el asiento contiguo al mío.
Siempre me ha resultado molesto que alguna gente opte por sentarse junto a mí cuando el local en cuestión está prácticamente vacío. Eso me produce una sensación de incómodo acoso. Pero debo confesar que hay excepciones a la regla y esta era una de ellas. La chica era joven y no mal parecida y vestía unos pantalones de color "beige" de canutillo, muy ajustados, una blusa floreada sobre fondo azul cielo y un chaleco de color Burdeos. Tenía el pelo castaño, levemente rizado y los ojos -saltones- marrones.
Lancé una furtiva mirada sobre ella. Me recordaba a alguien, pero por más que me devanaba los sesos no podía recordar a quién. El chaleco era la clave. ¿Qué chica con chaleco había tenido algo que ver conmigo en los óltimos tiempos? Porque -estaba seguro de ello- por más que el recuerdo se alojaba en las profundidades de mi mente, parecía claro que era reciente. El autobús se puso en marcha y giró de modo brusco hacia la izquierda. El cuerpo de la chica se proyectaría sobre el mío y este sobre el duro revestimiento metálico del vehículo. Cuando nos despegamos ella me pidió perdón. Aún no definitivamente repuesto de la doble presión -la estructura del autobús y el organismo de la chica- pude atinar a decir:
- No te preocupes. Creo que el conductor es más responsable que tú.
- Gracias -dijo ella esbozando una sonrisa tímida, la boca cerrada.
Pero la brusquedad del conductor tenía el efecto de provocar una cierta comunicación entre los 2 ocupantes de asientos contiguos. El primer semáforo en rojo de la calle Príncipe de Vergara supuso un frenazo del autobús que nos hizo sentir abruptamente en el pecho las barras metálicas del asiento delantero.
- ¡Qué bárbaro! -exclamé, apenas repuesto de mi segunda sorpresa.
- Este se cree que está dentro de un auto de choque -dijo la chica en voz baja, casi para su cuello.
- Verdaderamente -repuse yo, a la vez que un cierto calor se me elevaba a las sienes.
Era la siguiente parada y el autobús se detuvo en ella, casi derrapando.
- No sé si bajarme. Me encuentro un poco mareada -dijo una bajísima voz desde el asiento situadp a mi derecha..
Miré hacia allí en cuanto la nueva presión sobre la barra delantera y la estructura del vehículo me permitió una somera inspección. La cara de la chica tenía el color de un papel aún no contaminado por tinta alguna.
- Si quieres te acompaño -me ofrecí de manera cortés.
- No se preocupe -musitó ella, a punto del desvanecimiento.
Era cosa de la edad. Ella joven, yo... menos. Yo la tuteaba, ella me trataba de usted: la barrera infranqueable de los años.
Me levanté. La cogí del brazo y me dirigí hacia la salida.
- N-no me encuentro demasiado bien -declaró ella cuando nos acogió por fin la seguridad de la tierra firme.
- Te invito a un café -le dije. Y no esperé a que contestara. Junto a la parada del autobús observé que había un bar. Hasta allí conduje a la chica.
Se trataba de un establecimiento ruidoso. El camarero disponía con estrépito los platos y las tazas de café en el interior del mostrador en tanto que conversaba a voz en grito con los parroquianos. Era claramente un modesto "bareto", pero no existía otra posibilidad alternativa al definido mareo de aquella chica.
Se sentó en una mesa de madera, junto a la pared, en una esquina del local.
Le ofrecí un café. Lo lceptó. Le pregunté si quería tomar algo más.
Ella levantaba sus ojos de una mesa, en la que se apilaban los restos de alguna comida previamente ingerida, antes de contestar.
- ¿Podía tomar un bollo? Todavía no he desayunado.
Torcí el gesto. Aún en España hay demasiada gente que sale de casa por las mañanas sin haberse llevado nada a la boca. Encargué el pedido y añadí un cortado para mí. En tanto que el camarero preparaba los cafés acerqué un bollo suizo a la mesa. La chica se lo comió en un santiamén.
- Tampoco cené ayer -me informó, la boca aún llena de comida.
- ¿Quieres un pincho de tortilla? -le pregunté. En mi primera expedición a la barra había observado la presencia de una tortilla de patatas que tenía un aspecto bastante aceptable.
- Me encantaría -aseguró.
Así que le dejé el pincho y su café con leche en la mesa. Para cuando regresaba con mi consumición buena parte de la tortilla había desaparecido del plato.
- ¿Quieres algo más? -pregunté algo asombrado.
- Gracias. Por ahora no -contestó, tocando con la palma de la mano la superficie de la mesa, en indicación a que me sentara.
Así lo hice. Y a la vez que endulzaba mi café le pregunté.
- ¿Te encuentras mejor?
Su sonrisa era ya abierta y me mostraba una perfecta hilera de dientes blancos y frescos.
- Sí. Muchas gracias. La verdad es que estaba desfallecida -dijo.
Pero yo no supe qué debía contestar, así que opté por permanecer en silencio y beber un sorbo de café. Sabía a rayos y quemaba en la lengua, además.
- Supongo que te estarás haciendo muchas preguntas sobre mí -dijo ella entonces, dejando a un lado su sonrisa y dirigiendo una en apariencia triste mirada sobre los restos de su desayuno.
- No necesariamente -mentí.
- Me gustaría contarte lo que me está pasando, en todo caso -aseguró con una cierta mirada de tristeza.
Un sexto sentido encendía una alarma en mi cabeza. ¿Me estaría metiendo en un lío? No lo sabía a ciencia cierta. Pero tampoco lo llegaría a conocer si no la escuchaba, de modo que opté por atender a sus palabras.
- Acabo de separarme -empezaría ella dirigiendo su mirada hacia aquella mesa poblada de cadáveres alimenticios-. Y mi marido... Perdón, mi "ex", ha bloqueado las cuentas corrientes y se ha quedado con las tarjetas de crédito. Hace 3 días que ya no tengo dinero. Tampoco trabajo,ni padres ni hermanos y mi situación es bastante desesperada.....
Yo empezaba a percibir que su desesperación me estaba afectando en alguna medida, de modo que produje de forma inadvertida para mí mismo el gesto de taparme la boca con mi mano derecha como señal de preocupación.
- ... Pero no estoy pidiendo ayuda, si es eso lo que piensas. Ahora mismo me dirigía al despacho de un abogado, amigo mío, que espero que me lleve el caso y me preste algún dinero.
- Sí -opté yo por decir finalmente-. Supongo que tu marido no te puede dejar en la estacada así como así.
- Eso me ha dicho Pedro, mi abogado -afirmó ella-. Y creo que resuelve bastante bien.
- Espero que tengas suerte -le dije, dibujando una tímida sonrisa.
- Gracias -dijo ella, abriendo su boca poblada con una hilera de blancos dientes-. Si tienes tiempo ahora aceptaría el tercer café y el segundo pincho de tortilla.
Disponía de tiempo, al menos de media hora. Y además me había tranquilizado bastante. No, no era una de esas mujeres que pretendan sacarte la pasta con cualquier falso pretexto.
Así que volví a la barra a por otros 2 cafés y otros 2 pinchos. Yo también repetiría desayuno.
Siempre me ha resultado molesto que alguna gente opte por sentarse junto a mí cuando el local en cuestión está prácticamente vacío. Eso me produce una sensación de incómodo acoso. Pero debo confesar que hay excepciones a la regla y esta era una de ellas. La chica era joven y no mal parecida y vestía unos pantalones de color "beige" de canutillo, muy ajustados, una blusa floreada sobre fondo azul cielo y un chaleco de color Burdeos. Tenía el pelo castaño, levemente rizado y los ojos -saltones- marrones.
Lancé una furtiva mirada sobre ella. Me recordaba a alguien, pero por más que me devanaba los sesos no podía recordar a quién. El chaleco era la clave. ¿Qué chica con chaleco había tenido algo que ver conmigo en los óltimos tiempos? Porque -estaba seguro de ello- por más que el recuerdo se alojaba en las profundidades de mi mente, parecía claro que era reciente. El autobús se puso en marcha y giró de modo brusco hacia la izquierda. El cuerpo de la chica se proyectaría sobre el mío y este sobre el duro revestimiento metálico del vehículo. Cuando nos despegamos ella me pidió perdón. Aún no definitivamente repuesto de la doble presión -la estructura del autobús y el organismo de la chica- pude atinar a decir:
- No te preocupes. Creo que el conductor es más responsable que tú.
- Gracias -dijo ella esbozando una sonrisa tímida, la boca cerrada.
Pero la brusquedad del conductor tenía el efecto de provocar una cierta comunicación entre los 2 ocupantes de asientos contiguos. El primer semáforo en rojo de la calle Príncipe de Vergara supuso un frenazo del autobús que nos hizo sentir abruptamente en el pecho las barras metálicas del asiento delantero.
- ¡Qué bárbaro! -exclamé, apenas repuesto de mi segunda sorpresa.
- Este se cree que está dentro de un auto de choque -dijo la chica en voz baja, casi para su cuello.
- Verdaderamente -repuse yo, a la vez que un cierto calor se me elevaba a las sienes.
Era la siguiente parada y el autobús se detuvo en ella, casi derrapando.
- No sé si bajarme. Me encuentro un poco mareada -dijo una bajísima voz desde el asiento situadp a mi derecha..
Miré hacia allí en cuanto la nueva presión sobre la barra delantera y la estructura del vehículo me permitió una somera inspección. La cara de la chica tenía el color de un papel aún no contaminado por tinta alguna.
- Si quieres te acompaño -me ofrecí de manera cortés.
- No se preocupe -musitó ella, a punto del desvanecimiento.
Era cosa de la edad. Ella joven, yo... menos. Yo la tuteaba, ella me trataba de usted: la barrera infranqueable de los años.
Me levanté. La cogí del brazo y me dirigí hacia la salida.
- N-no me encuentro demasiado bien -declaró ella cuando nos acogió por fin la seguridad de la tierra firme.
- Te invito a un café -le dije. Y no esperé a que contestara. Junto a la parada del autobús observé que había un bar. Hasta allí conduje a la chica.
Se trataba de un establecimiento ruidoso. El camarero disponía con estrépito los platos y las tazas de café en el interior del mostrador en tanto que conversaba a voz en grito con los parroquianos. Era claramente un modesto "bareto", pero no existía otra posibilidad alternativa al definido mareo de aquella chica.
Se sentó en una mesa de madera, junto a la pared, en una esquina del local.
Le ofrecí un café. Lo lceptó. Le pregunté si quería tomar algo más.
Ella levantaba sus ojos de una mesa, en la que se apilaban los restos de alguna comida previamente ingerida, antes de contestar.
- ¿Podía tomar un bollo? Todavía no he desayunado.
Torcí el gesto. Aún en España hay demasiada gente que sale de casa por las mañanas sin haberse llevado nada a la boca. Encargué el pedido y añadí un cortado para mí. En tanto que el camarero preparaba los cafés acerqué un bollo suizo a la mesa. La chica se lo comió en un santiamén.
- Tampoco cené ayer -me informó, la boca aún llena de comida.
- ¿Quieres un pincho de tortilla? -le pregunté. En mi primera expedición a la barra había observado la presencia de una tortilla de patatas que tenía un aspecto bastante aceptable.
- Me encantaría -aseguró.
Así que le dejé el pincho y su café con leche en la mesa. Para cuando regresaba con mi consumición buena parte de la tortilla había desaparecido del plato.
- ¿Quieres algo más? -pregunté algo asombrado.
- Gracias. Por ahora no -contestó, tocando con la palma de la mano la superficie de la mesa, en indicación a que me sentara.
Así lo hice. Y a la vez que endulzaba mi café le pregunté.
- ¿Te encuentras mejor?
Su sonrisa era ya abierta y me mostraba una perfecta hilera de dientes blancos y frescos.
- Sí. Muchas gracias. La verdad es que estaba desfallecida -dijo.
Pero yo no supe qué debía contestar, así que opté por permanecer en silencio y beber un sorbo de café. Sabía a rayos y quemaba en la lengua, además.
- Supongo que te estarás haciendo muchas preguntas sobre mí -dijo ella entonces, dejando a un lado su sonrisa y dirigiendo una en apariencia triste mirada sobre los restos de su desayuno.
- No necesariamente -mentí.
- Me gustaría contarte lo que me está pasando, en todo caso -aseguró con una cierta mirada de tristeza.
Un sexto sentido encendía una alarma en mi cabeza. ¿Me estaría metiendo en un lío? No lo sabía a ciencia cierta. Pero tampoco lo llegaría a conocer si no la escuchaba, de modo que opté por atender a sus palabras.
- Acabo de separarme -empezaría ella dirigiendo su mirada hacia aquella mesa poblada de cadáveres alimenticios-. Y mi marido... Perdón, mi "ex", ha bloqueado las cuentas corrientes y se ha quedado con las tarjetas de crédito. Hace 3 días que ya no tengo dinero. Tampoco trabajo,ni padres ni hermanos y mi situación es bastante desesperada.....
Yo empezaba a percibir que su desesperación me estaba afectando en alguna medida, de modo que produje de forma inadvertida para mí mismo el gesto de taparme la boca con mi mano derecha como señal de preocupación.
- ... Pero no estoy pidiendo ayuda, si es eso lo que piensas. Ahora mismo me dirigía al despacho de un abogado, amigo mío, que espero que me lleve el caso y me preste algún dinero.
- Sí -opté yo por decir finalmente-. Supongo que tu marido no te puede dejar en la estacada así como así.
- Eso me ha dicho Pedro, mi abogado -afirmó ella-. Y creo que resuelve bastante bien.
- Espero que tengas suerte -le dije, dibujando una tímida sonrisa.
- Gracias -dijo ella, abriendo su boca poblada con una hilera de blancos dientes-. Si tienes tiempo ahora aceptaría el tercer café y el segundo pincho de tortilla.
Disponía de tiempo, al menos de media hora. Y además me había tranquilizado bastante. No, no era una de esas mujeres que pretendan sacarte la pasta con cualquier falso pretexto.
Así que volví a la barra a por otros 2 cafés y otros 2 pinchos. Yo también repetiría desayuno.
viernes, 26 de septiembre de 2008
El lehendakari en su laberinto
La historia de los países encuentra a sus protagonistas y estos pretenden encontrar un lugar en sus libros, en una suerte de personajes en busca de autor o de autor a la búsqueda de personaje, que viene a ser lo mismo.
Porque la historia y sus protagonistas practican el juego del escondite en los recovecos de sus cruces de caminos. A veces se cruzan, y surge una figura que adquiere un inusitado rango; otras simplemente no se encuentran, y el megalómano sujeto que se creía poco menos que el centro del universo apenas puede aspirar al leve gozo de tumbar su cuerpo en el diván de un psicoanalista.
Juan José Ibarretxe encontraría su puesto en la historia de una manera casual. No fue alumno aventajado -a decir de alguno de sus profesores-; apenas demostró nada en su trabajo privado y se proyectaría a la alcaldía de Llodio, sillón que dejó para que lo ocupara un militante de Herri Batasuna. Parlamentario vasco, dirigió dignamente las tediosas sesiones de la Comisión de Hacienda y Presupuestos desde la que ascendería a la vicepresidencia del Gobierno vasco cuando José Antonio Ardanza daba sus últimas bocanadas políticas. Hombre de pacto y de prudencia, Ardanza ya no podía protagonizar desde Ajuria Enea la vertiginosa carrera soberanista que conducía al nacionalismo vasco hacia el pacto de Estella; por lo mismo que resultara enormemente útil en otro tiempo, cuando el PNV necesitaba de una persona controlable después de cortar el camino a un Garaikoetxea que pretendía hacerse con el control del gobierno y del partido que lo viene sustentando.
Pero Juan José Ibarretxe no había sido elegido por su perfil político, sino por su pretendido dominio de la economía. Y si uno puede disponer de los cuadros estadísticos del EUSTAT, puede muy bien pensar -lo decía Disraeli- que existen 3 clases de mentiras: las mentiras, las torpes mentiras y las estadísticas; y de ese modo gobernar asignando recursos en una prolongada etapa de bonanza económica.
Pero a un ensimismado Ibarretxe, que gestionaba la economía en tanto que la política se dirigía desde Sabin Etxea -la sede de su partido- le sorprendió, pasmado y sin reflejos, la ofensiva de ETA contra los concejales constitucionalistas. Ahí estuvo sin reflejos, "groggy" y a punto de tirar la toalla -por lo visto le salvaría que no sólo no arrojaran la toalla por él sino que le organizaran una vergonzosa manifestación en su apoyo superpuesta a la convocada en memoria de Fernando Buesa y como repulsa de su salvaje asesinato y el de su escolta.
Eran los tiempos de la unidad entre el PP y el PSOE, cuando le presentábamos sendas mociones de censura, que no triunfarían pero que a cambio obtendrían más votos en contra del lehendakari que a su favor.
Entonces Ibarretxe convocó elecciones. Jaime Mayor y Nicolás Redondo se dieron el abrazo en el Kursaal en presencia de Fernando Savater y el pánico se extendería como un reguero de pólvora en las filas nacionalistas y de todos sus partidos y gentes.
Ibarretxe resurgía de sus cenizas y se convertía en la solución a una alternativa que proyectamos con trazo grueso. Salvaría "in extremis" la derrota -con 7 escaños prestados por el nacionalismo radical más pesebrista- y se reinventaría a sí mismo como nuevo líder de un soberanismo nacionalista.
De la chistera de ese Ibarretxe renovado salen los 2 conejos, que son uno sólo en realidad: su plan y su referendum. El primero servía para que, a base de victimismo y de una oposición dividida, su partido ganara las anteriores elecciones; el segundo le podría servir igual si no fuera porque el cruce de caminos de la historia y su personaje parecen empezar a bifurcarse. No se trata de nada nuevo, sin embargo: hubo un nacionalismo de Garaikoetxea-Arzallus, otro de este con Ardanza; el de Ibarretxe con Arzallus y el apenas nacido del lehendakari con su antiguo Consejero de Industria Josu Jon Imaz. Hoy, todo parece indicar que el nacionalismo está en perpetuarse a sí mismo, aunque sea ahora de una forma un tanto sorprendente: aceptando incluso su sobrevivencia con un lehendakari socialista.
Ibarretxe en su laberinto, nuevamente ensimismado y pasmado, quiere seguir su camino como si la historia discurriera por los rieles con la misma seguridad con que lo hacen los trenes. Pero los partidos -sus aparatos- huelen el calor del poder con la misma intensidad con que perciben la vecindad del frío de la oposición. Y están siempre dispuestos a matar si con ello consiguen evitar la pérdida de los gobiernos. Hay algún partido que resulta una excepción a esa norma, pero no se trata de comentarlo ahora.
Porque la historia y sus protagonistas practican el juego del escondite en los recovecos de sus cruces de caminos. A veces se cruzan, y surge una figura que adquiere un inusitado rango; otras simplemente no se encuentran, y el megalómano sujeto que se creía poco menos que el centro del universo apenas puede aspirar al leve gozo de tumbar su cuerpo en el diván de un psicoanalista.
Juan José Ibarretxe encontraría su puesto en la historia de una manera casual. No fue alumno aventajado -a decir de alguno de sus profesores-; apenas demostró nada en su trabajo privado y se proyectaría a la alcaldía de Llodio, sillón que dejó para que lo ocupara un militante de Herri Batasuna. Parlamentario vasco, dirigió dignamente las tediosas sesiones de la Comisión de Hacienda y Presupuestos desde la que ascendería a la vicepresidencia del Gobierno vasco cuando José Antonio Ardanza daba sus últimas bocanadas políticas. Hombre de pacto y de prudencia, Ardanza ya no podía protagonizar desde Ajuria Enea la vertiginosa carrera soberanista que conducía al nacionalismo vasco hacia el pacto de Estella; por lo mismo que resultara enormemente útil en otro tiempo, cuando el PNV necesitaba de una persona controlable después de cortar el camino a un Garaikoetxea que pretendía hacerse con el control del gobierno y del partido que lo viene sustentando.
Pero Juan José Ibarretxe no había sido elegido por su perfil político, sino por su pretendido dominio de la economía. Y si uno puede disponer de los cuadros estadísticos del EUSTAT, puede muy bien pensar -lo decía Disraeli- que existen 3 clases de mentiras: las mentiras, las torpes mentiras y las estadísticas; y de ese modo gobernar asignando recursos en una prolongada etapa de bonanza económica.
Pero a un ensimismado Ibarretxe, que gestionaba la economía en tanto que la política se dirigía desde Sabin Etxea -la sede de su partido- le sorprendió, pasmado y sin reflejos, la ofensiva de ETA contra los concejales constitucionalistas. Ahí estuvo sin reflejos, "groggy" y a punto de tirar la toalla -por lo visto le salvaría que no sólo no arrojaran la toalla por él sino que le organizaran una vergonzosa manifestación en su apoyo superpuesta a la convocada en memoria de Fernando Buesa y como repulsa de su salvaje asesinato y el de su escolta.
Eran los tiempos de la unidad entre el PP y el PSOE, cuando le presentábamos sendas mociones de censura, que no triunfarían pero que a cambio obtendrían más votos en contra del lehendakari que a su favor.
Entonces Ibarretxe convocó elecciones. Jaime Mayor y Nicolás Redondo se dieron el abrazo en el Kursaal en presencia de Fernando Savater y el pánico se extendería como un reguero de pólvora en las filas nacionalistas y de todos sus partidos y gentes.
Ibarretxe resurgía de sus cenizas y se convertía en la solución a una alternativa que proyectamos con trazo grueso. Salvaría "in extremis" la derrota -con 7 escaños prestados por el nacionalismo radical más pesebrista- y se reinventaría a sí mismo como nuevo líder de un soberanismo nacionalista.
De la chistera de ese Ibarretxe renovado salen los 2 conejos, que son uno sólo en realidad: su plan y su referendum. El primero servía para que, a base de victimismo y de una oposición dividida, su partido ganara las anteriores elecciones; el segundo le podría servir igual si no fuera porque el cruce de caminos de la historia y su personaje parecen empezar a bifurcarse. No se trata de nada nuevo, sin embargo: hubo un nacionalismo de Garaikoetxea-Arzallus, otro de este con Ardanza; el de Ibarretxe con Arzallus y el apenas nacido del lehendakari con su antiguo Consejero de Industria Josu Jon Imaz. Hoy, todo parece indicar que el nacionalismo está en perpetuarse a sí mismo, aunque sea ahora de una forma un tanto sorprendente: aceptando incluso su sobrevivencia con un lehendakari socialista.
Ibarretxe en su laberinto, nuevamente ensimismado y pasmado, quiere seguir su camino como si la historia discurriera por los rieles con la misma seguridad con que lo hacen los trenes. Pero los partidos -sus aparatos- huelen el calor del poder con la misma intensidad con que perciben la vecindad del frío de la oposición. Y están siempre dispuestos a matar si con ello consiguen evitar la pérdida de los gobiernos. Hay algún partido que resulta una excepción a esa norma, pero no se trata de comentarlo ahora.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Era una mañana cualquiera del principio de este septiembre en cualquier plaza de Madrid donde alguna de las paradas acoge a los centenares -¿milares?- de autobuses que recorren a diario el asfalto de la ciudad.
Un Mercedes de gran tamaño -no sabría muy bien precisar su clase- de indefinible color oscuro, sucio, se detiene 4 ó 5 metros por delante de la parada. De él sale una chica de unos cuarentaitantos -desde la altura de mis 53 podría decir seguramente que se trata de una chica joven, pero ya sé por experiencia que la vejez y la juventud constituyen categorías relativas: mejor o peor llevados, son los años los que se introducen en la más incontrovertible realidad-. La chica viste deportivamente: pantalones vaqueros, chaleco rojo y blusa de color azulón. Da un severo e inequívoco portazo y se hunde en el estanco vecino.
No repuesto aún de la escena veo cómo se acerca mi autobús. Es la primera parada así que el conductor espera aún 2 ó 3 minutos antes de emprender su marcha. La chica de los pantalones vaqueros y el chaleco rojo entra en el vehículo. Me dedica una mirada larga y yo me hago a la idea de que ella se ha dado cuenta de lo que yo he percibido unos minutos antes.
La chica vuelve a hundirse, esta vez en las profundidades del autobús que recorre las soleadas calles de Madrid, en este final del verano. Y yo imagino la conclusión deuna historia de amor que termina en el desamor de la dignidad. Ella ya no acepta que él la acerque a su lugar de trabajo y le da su expresivo adiós, cerrando con toda la violencia de que es capaz la puerta del coche. En ese golpe se condensan todas las renuncias a que su vida de pareja la han llevado, las amarguras de los silencios provocados para no formular la inevitable pregunta de "¿por qué?", las interminables noches en que se cuestionaba lo que hacís ella durmiendo con ese tipo del Mercedes ostentoso -una especie de "quiero y no puedo" al otro lado de la cama. Y ella prefiere su dignidad del transporte público, después de comprar su bonobús en el estanco, antes de compartir el flamante asiento delantero del coche que él conduce.
Queda aún por llegar el momento más difícil: el del desenlace final, cuando ella o él tengan que hacer las maletas para abandonar el domicilio conyugal. Ese momento en que uno suspende la camisa que iba a colocar en su equipaje de regreso a no-se-sabe-dónde y observa con una mirada interrogante a su pareja para interrogarle en silencio si todo eso tiene de verdad sentido, si no es posible ya una reconciliación. Para contestarse después que sólo abrirían un paréntesis hasta la ruptura siguiente, que -seguro- será ya la definitiva. Pero las dudas persisten en una vida que casi nunca te devuelve las cosas en la forma de certezas.
Y la chica se detiene en su parada, ausente en sus pensamientos, dolida en su sufrimiento, atrapada por su desamor.
Un Mercedes de gran tamaño -no sabría muy bien precisar su clase- de indefinible color oscuro, sucio, se detiene 4 ó 5 metros por delante de la parada. De él sale una chica de unos cuarentaitantos -desde la altura de mis 53 podría decir seguramente que se trata de una chica joven, pero ya sé por experiencia que la vejez y la juventud constituyen categorías relativas: mejor o peor llevados, son los años los que se introducen en la más incontrovertible realidad-. La chica viste deportivamente: pantalones vaqueros, chaleco rojo y blusa de color azulón. Da un severo e inequívoco portazo y se hunde en el estanco vecino.
No repuesto aún de la escena veo cómo se acerca mi autobús. Es la primera parada así que el conductor espera aún 2 ó 3 minutos antes de emprender su marcha. La chica de los pantalones vaqueros y el chaleco rojo entra en el vehículo. Me dedica una mirada larga y yo me hago a la idea de que ella se ha dado cuenta de lo que yo he percibido unos minutos antes.
La chica vuelve a hundirse, esta vez en las profundidades del autobús que recorre las soleadas calles de Madrid, en este final del verano. Y yo imagino la conclusión deuna historia de amor que termina en el desamor de la dignidad. Ella ya no acepta que él la acerque a su lugar de trabajo y le da su expresivo adiós, cerrando con toda la violencia de que es capaz la puerta del coche. En ese golpe se condensan todas las renuncias a que su vida de pareja la han llevado, las amarguras de los silencios provocados para no formular la inevitable pregunta de "¿por qué?", las interminables noches en que se cuestionaba lo que hacís ella durmiendo con ese tipo del Mercedes ostentoso -una especie de "quiero y no puedo" al otro lado de la cama. Y ella prefiere su dignidad del transporte público, después de comprar su bonobús en el estanco, antes de compartir el flamante asiento delantero del coche que él conduce.
Queda aún por llegar el momento más difícil: el del desenlace final, cuando ella o él tengan que hacer las maletas para abandonar el domicilio conyugal. Ese momento en que uno suspende la camisa que iba a colocar en su equipaje de regreso a no-se-sabe-dónde y observa con una mirada interrogante a su pareja para interrogarle en silencio si todo eso tiene de verdad sentido, si no es posible ya una reconciliación. Para contestarse después que sólo abrirían un paréntesis hasta la ruptura siguiente, que -seguro- será ya la definitiva. Pero las dudas persisten en una vida que casi nunca te devuelve las cosas en la forma de certezas.
Y la chica se detiene en su parada, ausente en sus pensamientos, dolida en su sufrimiento, atrapada por su desamor.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Se trataba de mi segundo encuentro con José Puértolas –es un nombre figurado-, un experimentado diplomático que domina la lengua árabe, comprende el idioma judío y ha sido embajador de España en diversos países árabes y de Africa.
En esta ocasión nuestro café tuvo lugar en una terraza de la calle Orense de Madrid, contigua a la sede de UPyD.
- No me explico que nadie se lo haya comentado al Presidente -dice-. Pero es que la misma denominación de "Alianza de Civilizaciones" está irremisiblemente condenada al fracaso. ¡Si el Corán prohibe textualmente cualquier "alianza" con un infiel!
Puértolas desgrana su opinión acerca de la política exterior española y la que deberíamos impulsar desde Unión, Progreso y Democracia: el conflicto israelo-árabe, la futura presidencia de los Estados Unidos, Africa... toda ella plagada de ausencias y errores por parte de las más elevadas instancias políticas de nuestro país
Y yo comprendo que los intereses de España van por un lado y la política exterior que dirige José Luis Rodríguez Zapatero por el otro.
En esta ocasión nuestro café tuvo lugar en una terraza de la calle Orense de Madrid, contigua a la sede de UPyD.
- No me explico que nadie se lo haya comentado al Presidente -dice-. Pero es que la misma denominación de "Alianza de Civilizaciones" está irremisiblemente condenada al fracaso. ¡Si el Corán prohibe textualmente cualquier "alianza" con un infiel!
Puértolas desgrana su opinión acerca de la política exterior española y la que deberíamos impulsar desde Unión, Progreso y Democracia: el conflicto israelo-árabe, la futura presidencia de los Estados Unidos, Africa... toda ella plagada de ausencias y errores por parte de las más elevadas instancias políticas de nuestro país
Y yo comprendo que los intereses de España van por un lado y la política exterior que dirige José Luis Rodríguez Zapatero por el otro.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
El curso daba comienzo y se reunía el Comité de Dirección de UPyD en su madrileña sede de la calle Orense. En el orden del día, un repaso de la situación política y la designación de Paco Sosa Wagner en la cabecera de nuestra lista a las europeas.
Y después de la reunión, una parte de los componentes del comité nos tomábamos una bien "tirada" cerveza en una terraza de Madrid.
Me ocurre con las terrazas como con los "juegos prohibidos" que evocan la canción instrumental para guitarra. Es sabido que Bilbao no resulta localidad propicia a las terrazas. Pero a esto es necesario añadir que tampoco a los escoltas les gusta que a uno le dé por sentarse en una de ellas, por lo que en el caso de que lo haga nunca les pido su opinión. Bien es cierto que no practico este módico placer en demasiadas ocasiones, pero está visto que las terrazas... gustarme, me gustan.
Y en esa terraza cercana con la calle Orense se anudaban las conversaciones en el recuerdo de las vacaciones. Uno de nuestros más conspicuos viajeros a lo largo de la geografía nacional, Guzmán -para los amigos, y con su permiso, "Guzmi"- nos explicaba una de sus anécdotas estivales. Había pasado por un pueblo navarro, limítrofe con la provincia de Guipúzcoa, y que no, no era Vera de Bidasoa. Uno de esos pueblos que la simple vecindad geográfica contamina de nacionalismo y de intransigencia, que son 2 palabras que lamentablemente suelen andar de la mano. El desarrollo del viaje debió exigir a la comitiva una parada para estirar las piernas, con visita inevitable al bar más cercano.
Uno se imagina el establecimiento con facilidad. Se trataría seguramente de un local presidido por el ambiente gris propio de la penumbra que provoca una mal resuelta iluminación. En la larga barra, la podredumbre de la madera se une sin solución de continuidad con las grietas que se le abren a los organismos vegetales añejos, de igual manera que las arrugas surcan las caras de los seres humanos que se van instalando en la madurez. Hay algún vaso sobre esa superficie, y hay también un inevitable rastro circular de líquido en su entorno, mancha que nadie parece dispuesto a limpiar. 2 ó 3 mesas y sillas de aluminio se alinean, en triste desconcierto, al otro lado del local. Huele mal, a cerrado, a ausencia de ventilación, y a gente que no se ducha ni se cambia de camisa.
El bar está atendido por un hombre que lleva la edad y la falta de atención de la madera de esa barra. El dueño -no podría ser otra persona, su cara reflejada como en un espejo en las virutas de la vieja superficie sobre la que coloca las consumiciones- charla con tono monocorde y palabras telegráficas con los parroquianos, gente de edad provecta a quienes el vaso de vino o la copa de cerveza le sirven como alivio del tedio, como pasatiempo, más que de conjura de la sed o como práctica de una expansión alcohólica: no hace el suficiente calor para lo primero ni ha llegado aún la hora social en que se permita la bebida para amortiguar las insatisfacciones provocadas por la vida.
Entran "Guzmi" y sus acompañantes. De repente, sus figuras recortadas en el dintel de la puerta de acceso al local revelan su condición extranjera -dicho sea como equivalente a la de "extraños"-. La conversación se interrumpe y sólo se escucha otro ruido monocorde: el de los pesadísimos y torpes moscones que pretenden llevarse a la boca algo dulce, un par de granos de azúcar desparramados junto a una sucia taza de café, por ejemplo.
"Guzmi" advierte las palabras que le llegan en el silencio y las traduce en un significado preciso: "Se trataba de gente refractaria a los españoles, de nacionalistas, casi con seguridad de radicales", nos decía.
Por eso se marcharon sin pedir nada. Pero es que a "Guzmi" le pasa lo que a muchos "urbanitas", que no comprenden muy bien la idiosincrasia de la gente de pueblo. Y es cierto que el nacionalismo es ideología las más de las veces contraria a la apertura y al cosmopolitismo. Pero es que el nacionalismo es precisamente heredero del localismo, por eso Unamuno lo reputaba de "enfermedad que se cura viajando". "Guzmi" y los suyos eran "metecos", extranjeros. Y por eso no necesariamente bienvenidos en ese pueblo que, como en otros tantos pueblos de España y del mundo, las esencias se encuentran en lo conocido, en lo previsible. Y la desconfianza, el miedo, incluso el pavor, en lo desconocido, lo ajeno, lo extraño.
Esa es la paradoja de lo universal que tienen en común la aldea y el campanario. A veces da igual que se encarnen en radicalismos nacionalistas, en todo caso dentro de esa cáscara anida muchas veces el huevo de la serpiente.
Y después de la reunión, una parte de los componentes del comité nos tomábamos una bien "tirada" cerveza en una terraza de Madrid.
Me ocurre con las terrazas como con los "juegos prohibidos" que evocan la canción instrumental para guitarra. Es sabido que Bilbao no resulta localidad propicia a las terrazas. Pero a esto es necesario añadir que tampoco a los escoltas les gusta que a uno le dé por sentarse en una de ellas, por lo que en el caso de que lo haga nunca les pido su opinión. Bien es cierto que no practico este módico placer en demasiadas ocasiones, pero está visto que las terrazas... gustarme, me gustan.
Y en esa terraza cercana con la calle Orense se anudaban las conversaciones en el recuerdo de las vacaciones. Uno de nuestros más conspicuos viajeros a lo largo de la geografía nacional, Guzmán -para los amigos, y con su permiso, "Guzmi"- nos explicaba una de sus anécdotas estivales. Había pasado por un pueblo navarro, limítrofe con la provincia de Guipúzcoa, y que no, no era Vera de Bidasoa. Uno de esos pueblos que la simple vecindad geográfica contamina de nacionalismo y de intransigencia, que son 2 palabras que lamentablemente suelen andar de la mano. El desarrollo del viaje debió exigir a la comitiva una parada para estirar las piernas, con visita inevitable al bar más cercano.
Uno se imagina el establecimiento con facilidad. Se trataría seguramente de un local presidido por el ambiente gris propio de la penumbra que provoca una mal resuelta iluminación. En la larga barra, la podredumbre de la madera se une sin solución de continuidad con las grietas que se le abren a los organismos vegetales añejos, de igual manera que las arrugas surcan las caras de los seres humanos que se van instalando en la madurez. Hay algún vaso sobre esa superficie, y hay también un inevitable rastro circular de líquido en su entorno, mancha que nadie parece dispuesto a limpiar. 2 ó 3 mesas y sillas de aluminio se alinean, en triste desconcierto, al otro lado del local. Huele mal, a cerrado, a ausencia de ventilación, y a gente que no se ducha ni se cambia de camisa.
El bar está atendido por un hombre que lleva la edad y la falta de atención de la madera de esa barra. El dueño -no podría ser otra persona, su cara reflejada como en un espejo en las virutas de la vieja superficie sobre la que coloca las consumiciones- charla con tono monocorde y palabras telegráficas con los parroquianos, gente de edad provecta a quienes el vaso de vino o la copa de cerveza le sirven como alivio del tedio, como pasatiempo, más que de conjura de la sed o como práctica de una expansión alcohólica: no hace el suficiente calor para lo primero ni ha llegado aún la hora social en que se permita la bebida para amortiguar las insatisfacciones provocadas por la vida.
Entran "Guzmi" y sus acompañantes. De repente, sus figuras recortadas en el dintel de la puerta de acceso al local revelan su condición extranjera -dicho sea como equivalente a la de "extraños"-. La conversación se interrumpe y sólo se escucha otro ruido monocorde: el de los pesadísimos y torpes moscones que pretenden llevarse a la boca algo dulce, un par de granos de azúcar desparramados junto a una sucia taza de café, por ejemplo.
"Guzmi" advierte las palabras que le llegan en el silencio y las traduce en un significado preciso: "Se trataba de gente refractaria a los españoles, de nacionalistas, casi con seguridad de radicales", nos decía.
Por eso se marcharon sin pedir nada. Pero es que a "Guzmi" le pasa lo que a muchos "urbanitas", que no comprenden muy bien la idiosincrasia de la gente de pueblo. Y es cierto que el nacionalismo es ideología las más de las veces contraria a la apertura y al cosmopolitismo. Pero es que el nacionalismo es precisamente heredero del localismo, por eso Unamuno lo reputaba de "enfermedad que se cura viajando". "Guzmi" y los suyos eran "metecos", extranjeros. Y por eso no necesariamente bienvenidos en ese pueblo que, como en otros tantos pueblos de España y del mundo, las esencias se encuentran en lo conocido, en lo previsible. Y la desconfianza, el miedo, incluso el pavor, en lo desconocido, lo ajeno, lo extraño.
Esa es la paradoja de lo universal que tienen en común la aldea y el campanario. A veces da igual que se encarnen en radicalismos nacionalistas, en todo caso dentro de esa cáscara anida muchas veces el huevo de la serpiente.
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