POEMA FINAL
Si alg�n d�a, ETA, se obsesionara con mi persona
Y me diera el tiro "de gracia",
O me aconteciera un accidente mortal,
O me cogiera una enfermedad terminal,
Estar�a tranquilo/sé que tengo cubierta,
Razonablemente bien/mi hoja de servicios
Que mi mujer podría/¡al fin!/poner
Kilómetros de por medio,
De esa tierra hosca, hostil, agresiva,
En que han convertido el País Vasco.
Que mi hija se atrevería/tal vez
A volver a seguir los informativos/
Por televisión/una vez que su padre
Ya ha salido/debajo de una sábana blanca,
Con el inevitable reguero de sangre,
Discurriendo hasta la alcantarilla más próxima.
Que mi madre mantendrá tranquila
Su renta del apartamento de Madrid,
Que me ofrece cada poco,
Por no verme sufrir/por no sentir mi agobio.
Que mis amigos tendrían la oportunidad
De brindar por mi memoria/por favor
Absténgase de alzar la copa
Con agua o coca-cola
Que mis enemigos sentirán/quizás
Un poquito de alivio
Al ver que otro españolista
Abandona Euskadi/la patria de los vascos,
(vascos nacionalistas, soberanistas, excluyentes,
se entiende),
Con los pies por delante.
Sé que mis reducidos lectores descansarán
Al no verse precisados a leer/un nuevo libro
Todos los años o cada dos,
Aunque declaro, para su espanto,
Que es muy posible que deje,
Algún que otro original sin publicar,
Quizás haya quien se encargue de hacerlo.
Supongo que los votantes que me conocen
Serán acogidos por el consuelo
De otro representante,
Y que los que no me votan,
Pero también me conocen,
Sentir�n otro alivio/si bien distinto,
Especialmente los consejeros del Gobierno,
A quienes persigo con
Interpelaciones
Preguntas para su respuesta en Pleno
Preguntas para su respuesta en comisión
Preguntas para su respuesta por escrito
Solicitudes de comparecencia,
Solicitudes de información documentada
Artículos de prensa
O meras declaraciones para los medios
Porque así podrán dedicar su tiempo libre
En el ocio/en cosechar nuevos votos
Para sus partidos.
Brassens escribió su testamento musical,
"Súplica para ser enterrado en la playa de Sète",
Alegrándose de pasar su "muerte de vacaciones".
Pero es que todas las muertes se pasan de vacaciones,
Porque suponen el descanso/la paz/el final
De una vida que no es sino un paréntesis,
A cuyos lados izquierdo y derecho no hay nada,
Según dijo el insigne Jorge Luis Borges.
Pero yo intuyo que previamente al fundido en negro,
Me ocurra como a las velas,
Que justo cuando está a punto de consumirse la cera,
Un instante delantero a que se apaguen,
Tienen un fuerte chisporroteo,
Y que, como un estallido de luz,
Cuando el resto de mi organismo yace ya en paz
Mi cerebro todavía tiene riego,
Y desprendido de los dolores que le provocan
Músculos,
Huesos,
Y demás órganos internos
Siente un profundo bienestar final,
Y se ve transportado
A la playa de Matagorda, en Lanzarote,
O al paseo del Camino de Santiago, en Roncesvalles,
Sólo al principio/Para después
Sentir la presencia de la gente que te quiso,
De mi abuela Pilar, por ejemplo,
Que me cogería de la mano,
Y me llevara de paseo,
Entre las olas, a la orilla del mar,
O entre los hayedos que tintan de ocre el oto�o,
Justo antes del momento final,
Cuando ya la vela se extingue definitivamente
Y entre, yo mismo, en ese competido camino,
Que se llama olvido/ese material del que están
Hechos todos los hombres y mujeres,
Que nos precedieron,
Nosotros mismos,
Y los que vengan a sustituirnos.
De modo que, para descansar totalmente en paz,
Es preciso no haber dejado recuerdos imperecederos,
Que te pudieran acosar durante ese benéfico sue�o,
Y puedas decir, previamente
A dejarte llevar finalmente,
Y categóricamente
"De mí ya no se acuerdan.
Yo llegué antes que otros al olvido".
Lanzarote, 15 de agosto de 2002
lunes, 18 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
Intercambio de solsticios (52)
Era insólito el revoltijo de vehículos que se abigarraban en el que un día fuera el espacio previsto para la recogida de viajerps y equipajes de la antigua estación de Chamartín. Eran los mismos servicios de orden los que provocaban buena parte del barullo con sus más variados coches o motos que usaban un distintivo azul consistente en una banda con fondo de ese color a la que se le pintaban de cualquier manera las letras SOCh –algo así como “El Servicio de Orden de Chamartín”.
Haraganeaban junto a sus todo-terrenos, requisados por algún expeditivo procedimiento; se ufanaban en comprobar el estado de sus motocicletas, que guardaban con cuidadoso celo de los visitantes indiscretos. Era la ley del más fuerte, y a través de ese procedimiento los habían procurado; algún otro, haciendo uso de su mayor fuerza se los podría arrebatar.
Así que en los rostros de los vigilantes se dibujaban expresiones de matonismo grandilocuente que escondían sin embargo todos los grados del recelo y la desconfianza. Nadie estaba seguro en el Distrito de Chamartín en aquel año de 2.013, y mucho menos lo estaban los encargados del orden.
Jorge Brassens pudo observar cómo, a un lado de aquella zona de entrada, se acumulaban vehículos y personas en una algarabía de bocinas, protestas y aplausos. Se trataba de una gasolinera y era la ùnica que funcionaba en todo el distrito –la ùnica que lo hacía de forma legal, al menos-. La obtención de esa importantísima fuente de energía se producía a través de extraordinarias medidas de seguridad. Nadie que no pudiera justificar de modo perentorio la urgencia de un viaje la podía conseguir. Si lo hacía, recibía el combustible imprescindible para el trayecto y su precio alcanzaba proporciones exorbitantes. Claro que el mercado negro resultaba bastante más caro y el rendimiento energético de cualquiera que fuera el líquido que te vendían era más que dudoso.
Salían por tanto los afortunados compradores de gasolina del edificio que fuera Terminal de la estación y hacían una cola de horas hasta que, comprobados todos los papeles y pagada la correspondiente factura, se veían servidos. Algunos debían volver uno y otro día hasta que, agotadas las reservas de gasolina –o antes de que fuera demasiado tarde- se hacían con bidones que transportaban a mano o con ayuda de carretas arrastradas por caballerías, siguiendo paradójicamente el viejo uso medieval.
Y es que Chamartín era un •collage” de todos los tiempos y en su estación podías encontrar, desde el último señorial Mercedes, que servía de vehículo oficial al Presidente del Distrito, hasta aquellas “goitiberas” de su infancia subidos a las cuales los mozalbetes de Bilbao se arrojaban por las empinadas cuestas de la ciudad, con grave riesgo para aquellos y para los comunes viandantes. Surgían todos estos instrumentos de los viejos desvanes de las antiguas casas y nada de lo que antaño se arrojaba al fuego o a la basura se tiraba ahora. Las cosas habían cambiado mucho.
Haraganeaban junto a sus todo-terrenos, requisados por algún expeditivo procedimiento; se ufanaban en comprobar el estado de sus motocicletas, que guardaban con cuidadoso celo de los visitantes indiscretos. Era la ley del más fuerte, y a través de ese procedimiento los habían procurado; algún otro, haciendo uso de su mayor fuerza se los podría arrebatar.
Así que en los rostros de los vigilantes se dibujaban expresiones de matonismo grandilocuente que escondían sin embargo todos los grados del recelo y la desconfianza. Nadie estaba seguro en el Distrito de Chamartín en aquel año de 2.013, y mucho menos lo estaban los encargados del orden.
Jorge Brassens pudo observar cómo, a un lado de aquella zona de entrada, se acumulaban vehículos y personas en una algarabía de bocinas, protestas y aplausos. Se trataba de una gasolinera y era la ùnica que funcionaba en todo el distrito –la ùnica que lo hacía de forma legal, al menos-. La obtención de esa importantísima fuente de energía se producía a través de extraordinarias medidas de seguridad. Nadie que no pudiera justificar de modo perentorio la urgencia de un viaje la podía conseguir. Si lo hacía, recibía el combustible imprescindible para el trayecto y su precio alcanzaba proporciones exorbitantes. Claro que el mercado negro resultaba bastante más caro y el rendimiento energético de cualquiera que fuera el líquido que te vendían era más que dudoso.
Salían por tanto los afortunados compradores de gasolina del edificio que fuera Terminal de la estación y hacían una cola de horas hasta que, comprobados todos los papeles y pagada la correspondiente factura, se veían servidos. Algunos debían volver uno y otro día hasta que, agotadas las reservas de gasolina –o antes de que fuera demasiado tarde- se hacían con bidones que transportaban a mano o con ayuda de carretas arrastradas por caballerías, siguiendo paradójicamente el viejo uso medieval.
Y es que Chamartín era un •collage” de todos los tiempos y en su estación podías encontrar, desde el último señorial Mercedes, que servía de vehículo oficial al Presidente del Distrito, hasta aquellas “goitiberas” de su infancia subidos a las cuales los mozalbetes de Bilbao se arrojaban por las empinadas cuestas de la ciudad, con grave riesgo para aquellos y para los comunes viandantes. Surgían todos estos instrumentos de los viejos desvanes de las antiguas casas y nada de lo que antaño se arrojaba al fuego o a la basura se tiraba ahora. Las cosas habían cambiado mucho.
martes, 12 de enero de 2010
Intercambio de solsticios (51)
Historia de Adela (5)
Bueno. Terminó ese año. Y ya cumplí los 10 años. Y este señor ya, terminaba una casa que estaba construyendo (…) Entonces, mi hermana, tan indefensa, buscó un truco. Saber cómo sacarme de ahí (…) Sacarme 210.000 (…) que me saque de ahí. En una palabra, que no la va a reconocer nadie, ninguna barrera, ni nada. Entonces, mi hermana le paga su dinero (…) Y cuando llego al pueblo ¿qué pasa? Me llevo otra buena sorpresa, porque como en Guinea (…) mucho en la política guineana. Pues mira, ¿qué paso? Mi (padre) me llevó a (…) Estaban en la misma casa (…) mis hermanos (…) Entonces, al llegar ahí, pues yo empecé a irme a clase otra vez. Pero es que yo no podía ir con la nota que yo tenía, puesto que yo había escapado, y nadie podía darme las notas exactas. Y allá me hicieron una especie de examen, de varios cursos, para ver más o menos qué nivel tenía yo (…) Ingresé ahí, en el instituto Carlos (…), en el tercero de bachillerato (…) Estaba estudiando. Conocí a un chico (…) Era mi mejor amigo. Lo quería mucho, me aconsejaba mucho, como un hermano más (…) muchísimo, porque me daba lo que yo quería: seguridad y confianza. También tenía 19 años. Con mis hermanos yo no tenía nada que hablar, puesto que yo no hablaba francés. Yo solamente hablaba “lofet”, francés y un poco de “saun”; pero que, español, nada. Nada de nada. Con ese chico solía hablar francés y español (…). Nos hicimos amigos. Entonces ¿qué pasa? En las vacaciones de Pascuas vamos al pueblo, y mis hermanos, me encuentro que mi padre dice: “Yo tengo que ir con el bosque porque estamos amenazados todos los días, que tu marido suele venir ahí, en el otro lado de la orilla, a denunciar la desaparición tuya” “(…) no soy su mujer, en todo caso”. Dice: “Tú ya sabes. Yo ya estoy muy viejo. Y ya no entro en la política de ese país” (…) se fue con mi hermano una mañana que tenemos muy lejos, un poco lejos, muy lejos de casa. Empezaron a cavar la montaña. Al cavar muy profundamente una montaña, pues sale agua, porque son (…) húmedas, y tienen mucha agua. Y ellos pusieron así troncos de una especie de colchón, algo parecido al colchón, pero que eran sacos, una acumulación de sacos, con 2 mantas. Utilizaron una especie de otro tronco que estaba hueco en el medio. Era como caña de azúcar, pero hueco y más grande. Pues esa es lo que me hacía respirar ahí (…) pues me llegaba el aire perfectamente. Allí permanecí así como 3 meses. Y, cuando mi padre creía que el asunto estaba olvidado, pues me sacó. (…) había perdido ya el curso. Y vine y (…) me dijo: “Tienes que volver al (…) donde (…) Vale. Pero, déjate que como están de vacaciones ya ahí, iremos otra vez”.
Bueno. Terminó ese año. Y ya cumplí los 10 años. Y este señor ya, terminaba una casa que estaba construyendo (…) Entonces, mi hermana, tan indefensa, buscó un truco. Saber cómo sacarme de ahí (…) Sacarme 210.000 (…) que me saque de ahí. En una palabra, que no la va a reconocer nadie, ninguna barrera, ni nada. Entonces, mi hermana le paga su dinero (…) Y cuando llego al pueblo ¿qué pasa? Me llevo otra buena sorpresa, porque como en Guinea (…) mucho en la política guineana. Pues mira, ¿qué paso? Mi (padre) me llevó a (…) Estaban en la misma casa (…) mis hermanos (…) Entonces, al llegar ahí, pues yo empecé a irme a clase otra vez. Pero es que yo no podía ir con la nota que yo tenía, puesto que yo había escapado, y nadie podía darme las notas exactas. Y allá me hicieron una especie de examen, de varios cursos, para ver más o menos qué nivel tenía yo (…) Ingresé ahí, en el instituto Carlos (…), en el tercero de bachillerato (…) Estaba estudiando. Conocí a un chico (…) Era mi mejor amigo. Lo quería mucho, me aconsejaba mucho, como un hermano más (…) muchísimo, porque me daba lo que yo quería: seguridad y confianza. También tenía 19 años. Con mis hermanos yo no tenía nada que hablar, puesto que yo no hablaba francés. Yo solamente hablaba “lofet”, francés y un poco de “saun”; pero que, español, nada. Nada de nada. Con ese chico solía hablar francés y español (…). Nos hicimos amigos. Entonces ¿qué pasa? En las vacaciones de Pascuas vamos al pueblo, y mis hermanos, me encuentro que mi padre dice: “Yo tengo que ir con el bosque porque estamos amenazados todos los días, que tu marido suele venir ahí, en el otro lado de la orilla, a denunciar la desaparición tuya” “(…) no soy su mujer, en todo caso”. Dice: “Tú ya sabes. Yo ya estoy muy viejo. Y ya no entro en la política de ese país” (…) se fue con mi hermano una mañana que tenemos muy lejos, un poco lejos, muy lejos de casa. Empezaron a cavar la montaña. Al cavar muy profundamente una montaña, pues sale agua, porque son (…) húmedas, y tienen mucha agua. Y ellos pusieron así troncos de una especie de colchón, algo parecido al colchón, pero que eran sacos, una acumulación de sacos, con 2 mantas. Utilizaron una especie de otro tronco que estaba hueco en el medio. Era como caña de azúcar, pero hueco y más grande. Pues esa es lo que me hacía respirar ahí (…) pues me llegaba el aire perfectamente. Allí permanecí así como 3 meses. Y, cuando mi padre creía que el asunto estaba olvidado, pues me sacó. (…) había perdido ya el curso. Y vine y (…) me dijo: “Tienes que volver al (…) donde (…) Vale. Pero, déjate que como están de vacaciones ya ahí, iremos otra vez”.
lunes, 11 de enero de 2010
Intercambio de solsticios (50)
"I HAVE TRIED, IN MY WAY, TO BE FREE"
Verano del 2002:
Las preguntas de los periodistas
Repican. como campanas de Iglesia,
Sobre mi cabeza:
"¿Por qué sigue usted en eso?"
Mientas tanto, una niña,
Que tenía sólo siete a�os,
Es alcanzada por el impacto
De un coche-bomba,
Mientras jugaba a bailar
.
Esa niña de Santa Pola,
Que tuvo por culpa, ¡inmensa culpa!
La de ser hija de un Guardia Civil,
Y de bailar en su piso de la casa-cuartel,
A los sones de un compact disc,
Que alguien, tal vez su padre,
Le había regalado.
Y yo ensayo mi respuesta,
Muchas veces contestada ya:
"No. No podemos desistir.
Porque hay dos tipos de nacionalismos,
Siempre que sean excluyentes.
Los hay de los que quieren que nos vayamos,
Con los pies por delante.
Otros simplemente desean que abandonemos,
Y que traslademos nuestra vivienda,
Y, por supuesto, el empadronamiento,
Por aquello del censo electoral.
Los dos nacionalismos excluyentes,
Quieren quedarse solos,
Para hacer la Euskadi,
Que a ellos les gustaría,
Sólo para ellos.
Todos los demás sobramos.
Por eso no podemos desistir.
Por eso, y porque algún día,
Conseguiremos la victoria".
Pero, ¡ay!, ETA puso el coche-bomba,
Que estalló sin avisar,
Porque sólo quer�a v�ctimas,
Para aumentar su horrible
Lista de "Hazañas bélicas"
Y mis palabras de esperanza,
En un futuro mejor, de libertad,
Se estrellan junto a la imagen
De un hombre, que espera
Junto a la parada del autobús,
Jubilado, 57 años,
Cuya vida se va junto
A la niña que jugaba a bailar.
Y ya no sé si existe margen
Para la esperanza.
Ya no sé, si de tanto
Repetirlas, mis palabras
Suenas a falsas, huecas
Prefiguraciones de un futuro imposible.
Pero entonces escucho las
Palabras premonitorias
De Leonard Cohen:
"I have tried, in my way, to be free".
Y pienso que a veces
La libertad se vive mejor
Cuando no existe.
Simplemente eres libre,
Porque luchas por ella,
Porque no te resignas
A no tenerla, aunque
Esos bárbaros de las pistolas,
O esos bárbaros sin pistolas,
Te la niegan, te niegan
Tu derecho a ser libre.
Y esa es la forma, mi forma
De ser libre: decir solamente,
Que yo voy a seguir,
Porque sí, porque me da la gana,
Aunque ni mañana, ni pasado,
El verano próximo, el año que viene,
O quizás dentro de una década,
Todav�a sigan cayendo bombas
Que se lleven la vida de una niña
Que estaba jugando a bailar,
O de un hombre de 57 años,
Que estaba empezando a descansar.
Aunque esa bomba me la pongan a mí,
Mis últimas palabras dirían
Lo mismo que ahora dicen:
De la forma que pude fui libre,
Y eso no me lo han arrebatado,
Sencillamente, porque no pueden.
7.8.02
Verano del 2002:
Las preguntas de los periodistas
Repican. como campanas de Iglesia,
Sobre mi cabeza:
"¿Por qué sigue usted en eso?"
Mientas tanto, una niña,
Que tenía sólo siete a�os,
Es alcanzada por el impacto
De un coche-bomba,
Mientras jugaba a bailar
.
Esa niña de Santa Pola,
Que tuvo por culpa, ¡inmensa culpa!
La de ser hija de un Guardia Civil,
Y de bailar en su piso de la casa-cuartel,
A los sones de un compact disc,
Que alguien, tal vez su padre,
Le había regalado.
Y yo ensayo mi respuesta,
Muchas veces contestada ya:
"No. No podemos desistir.
Porque hay dos tipos de nacionalismos,
Siempre que sean excluyentes.
Los hay de los que quieren que nos vayamos,
Con los pies por delante.
Otros simplemente desean que abandonemos,
Y que traslademos nuestra vivienda,
Y, por supuesto, el empadronamiento,
Por aquello del censo electoral.
Los dos nacionalismos excluyentes,
Quieren quedarse solos,
Para hacer la Euskadi,
Que a ellos les gustaría,
Sólo para ellos.
Todos los demás sobramos.
Por eso no podemos desistir.
Por eso, y porque algún día,
Conseguiremos la victoria".
Pero, ¡ay!, ETA puso el coche-bomba,
Que estalló sin avisar,
Porque sólo quer�a v�ctimas,
Para aumentar su horrible
Lista de "Hazañas bélicas"
Y mis palabras de esperanza,
En un futuro mejor, de libertad,
Se estrellan junto a la imagen
De un hombre, que espera
Junto a la parada del autobús,
Jubilado, 57 años,
Cuya vida se va junto
A la niña que jugaba a bailar.
Y ya no sé si existe margen
Para la esperanza.
Ya no sé, si de tanto
Repetirlas, mis palabras
Suenas a falsas, huecas
Prefiguraciones de un futuro imposible.
Pero entonces escucho las
Palabras premonitorias
De Leonard Cohen:
"I have tried, in my way, to be free".
Y pienso que a veces
La libertad se vive mejor
Cuando no existe.
Simplemente eres libre,
Porque luchas por ella,
Porque no te resignas
A no tenerla, aunque
Esos bárbaros de las pistolas,
O esos bárbaros sin pistolas,
Te la niegan, te niegan
Tu derecho a ser libre.
Y esa es la forma, mi forma
De ser libre: decir solamente,
Que yo voy a seguir,
Porque sí, porque me da la gana,
Aunque ni mañana, ni pasado,
El verano próximo, el año que viene,
O quizás dentro de una década,
Todav�a sigan cayendo bombas
Que se lleven la vida de una niña
Que estaba jugando a bailar,
O de un hombre de 57 años,
Que estaba empezando a descansar.
Aunque esa bomba me la pongan a mí,
Mis últimas palabras dirían
Lo mismo que ahora dicen:
De la forma que pude fui libre,
Y eso no me lo han arrebatado,
Sencillamente, porque no pueden.
7.8.02
jueves, 7 de enero de 2010
De los espacios a compartir
Ocurría en aquella década prodigiosa de los años `60, que culminaría con una explosión, sin precedentes en los países capitalistas, de una juventud airada que pedía soluciones imposibles a unos poderes públicos que ya por aquel entonces empezaban a resultar aburridos. Un filósofo de origen alemán y de situación americana, Herbert Marcuse, que dio en convertirse en unos de los referentes priivilegiados de esas revueltas estudiantiles, escribiría un ensayo cuyo título era más que revelador: “El hombre unidimensional”.
Que el ser humano disponga de una sola dimensión, según el autor citado, constituía una de las más significativas perversiones del sistema capitalista, que reducía a la persona a la sola condición de lo que esta pudiera representar en esa sociedad limitada y restrictiva.
Nada tengo que decir respecto de las consecuencias de semejante tesis: la abolición del sistema que basaba sus postulados en la economía de mercado y su sustitución por el socialismo, perfeccionado, eso sí, respecto del entonces vigente en los países del Este de Europa. Mucho más cuando hace ya 20 años que se hundía el muro que separaba uno del otro sistema. Pero sí me interesa apoyarme en esta tesis para evocar otra de signo muy diferente.
Y la empiezo a desarrollar, aunque sin ánimo de agotar el asunto.
Más allá de lo que decía Marcuse, lo cierto es que la sociedad que vivimos nos conduce de forma más o menos inevitable a situaciones que bien pudiéramos definir como endogámicas. Y resulta curioso que en un mundo tan intercomunicado como es este, en que la red es el sistema, seamos muchas veces incapaces de establecer relaciones que excedan de esos pequeños espacios en los que nos encontramos.
Así, la empresa se desarrolla en el mundo que le es propio, lo mismo que la política o la cultura, en actitudes que parecen más bien pugnar con su carácter más ontológico. Será su obligción, pero no sólo ella: el político sabe que su existencia deriva de la capacidad de obtención de un número suficiente de votos que le permitan ejercer una función representativa, previa a cualquier tarea de gobierno; pero debería ser consciente de un elemento adicional y de no poca importancia: como diría don Miguel de Unamuno a los Millán Astray y comapañías más o menos gráciles que le increpaban al grito. que era todo un oximorón, y que decía “¡Viva la muerte!”, con el certero “Venceréis, pero no convenceréis”. Poruqe se trata más de convencer que de vencer, más de ofrecer soluciones que de seguir las encuestas. Y la victoria política siempre llega después de las estrategias ambiciosas que consisten en resolver los problemas de fondo. Claro que no es este el tiempo de estos políticos, sin embargo.
Algo parecido cabría advertir respecto del mundo de la empresa. Bien entendido que estos son tiempos más que difíciles para este mundo, y son muchos los que -como decía la canción “los que están vivos son los sobrevivientes”-. En cualquier caso, sin embargo, habría que decir que el objetivo de la empresa no consiste sólo en ganar dinero. Y no me refiero únicamente a crear puestos de trabajo o a la función social que tiene–y sobre la que se está insistiendo de forma muy adecuada en muchos casos-, que también. Como diría el filósofo y novelista bilbaino se trata más bien de convencer. Y ahí el mundo de la política no es un asunto baladí.
Ya se sabe que existen verdaderos especialistas en la obtención de favores. No me refiero sólo a los que se producen a través de la simple y estricta prevaricación. Están los que protagonizan los “lobbies” y los más diversos gabinetes de influencias –aunque en nuestros pagos resulten menos transparentes y reciban nombres diferentes-. Me refiero a la tarea que consiste en implicar a la empresa en los proyectos de futuro que tarde o temprano la política deberá desarrollar. No en el regate corto, en la subvención, que son escenarios convenientes y necesarios cuando se producen, sino en esquemas de estrategia a medio o largo plazo.
A veces siento una cierta nostalgia por los capitanes de empresa de principios del siglo pasado, para quienes la política no era sino una expresión más de su propia condición de ciudadanos. Un Martínez Rivas, un Sota, por referirme a grandes empresarios vascos –que es el terreno que mejor conozco- situaban la política como un medio más en el que debían situar su influencia y muchas veces lo hacían con toda naturalidad presentándose a las elecciones. Y Bergé –por poner otro ejemplo- no era sólo amigo de Maura y empresario, sino jefe también del maurismo en Vizcaya.
Nostalgias aparte, se trata de un tiempo que está pasado y que no volverá, aunque algunos coletazos pueda dar aún y que están en la mente de todos los adictos a las memorias antes de que el memoriado haya de verdad concluido su trayectoria vital. No creo que el empresario común quiera hacer de la política su actividad futura. Pero sí que el “zoon politikon” aristotélico es cierto, que constituye un deber y que la empresa no tiene solamente la dimensión que le es propia, sino que debe implicarse en la vida de su país y de su órbita de influencia.
Que el ser humano disponga de una sola dimensión, según el autor citado, constituía una de las más significativas perversiones del sistema capitalista, que reducía a la persona a la sola condición de lo que esta pudiera representar en esa sociedad limitada y restrictiva.
Nada tengo que decir respecto de las consecuencias de semejante tesis: la abolición del sistema que basaba sus postulados en la economía de mercado y su sustitución por el socialismo, perfeccionado, eso sí, respecto del entonces vigente en los países del Este de Europa. Mucho más cuando hace ya 20 años que se hundía el muro que separaba uno del otro sistema. Pero sí me interesa apoyarme en esta tesis para evocar otra de signo muy diferente.
Y la empiezo a desarrollar, aunque sin ánimo de agotar el asunto.
Más allá de lo que decía Marcuse, lo cierto es que la sociedad que vivimos nos conduce de forma más o menos inevitable a situaciones que bien pudiéramos definir como endogámicas. Y resulta curioso que en un mundo tan intercomunicado como es este, en que la red es el sistema, seamos muchas veces incapaces de establecer relaciones que excedan de esos pequeños espacios en los que nos encontramos.
Así, la empresa se desarrolla en el mundo que le es propio, lo mismo que la política o la cultura, en actitudes que parecen más bien pugnar con su carácter más ontológico. Será su obligción, pero no sólo ella: el político sabe que su existencia deriva de la capacidad de obtención de un número suficiente de votos que le permitan ejercer una función representativa, previa a cualquier tarea de gobierno; pero debería ser consciente de un elemento adicional y de no poca importancia: como diría don Miguel de Unamuno a los Millán Astray y comapañías más o menos gráciles que le increpaban al grito. que era todo un oximorón, y que decía “¡Viva la muerte!”, con el certero “Venceréis, pero no convenceréis”. Poruqe se trata más de convencer que de vencer, más de ofrecer soluciones que de seguir las encuestas. Y la victoria política siempre llega después de las estrategias ambiciosas que consisten en resolver los problemas de fondo. Claro que no es este el tiempo de estos políticos, sin embargo.
Algo parecido cabría advertir respecto del mundo de la empresa. Bien entendido que estos son tiempos más que difíciles para este mundo, y son muchos los que -como decía la canción “los que están vivos son los sobrevivientes”-. En cualquier caso, sin embargo, habría que decir que el objetivo de la empresa no consiste sólo en ganar dinero. Y no me refiero únicamente a crear puestos de trabajo o a la función social que tiene–y sobre la que se está insistiendo de forma muy adecuada en muchos casos-, que también. Como diría el filósofo y novelista bilbaino se trata más bien de convencer. Y ahí el mundo de la política no es un asunto baladí.
Ya se sabe que existen verdaderos especialistas en la obtención de favores. No me refiero sólo a los que se producen a través de la simple y estricta prevaricación. Están los que protagonizan los “lobbies” y los más diversos gabinetes de influencias –aunque en nuestros pagos resulten menos transparentes y reciban nombres diferentes-. Me refiero a la tarea que consiste en implicar a la empresa en los proyectos de futuro que tarde o temprano la política deberá desarrollar. No en el regate corto, en la subvención, que son escenarios convenientes y necesarios cuando se producen, sino en esquemas de estrategia a medio o largo plazo.
A veces siento una cierta nostalgia por los capitanes de empresa de principios del siglo pasado, para quienes la política no era sino una expresión más de su propia condición de ciudadanos. Un Martínez Rivas, un Sota, por referirme a grandes empresarios vascos –que es el terreno que mejor conozco- situaban la política como un medio más en el que debían situar su influencia y muchas veces lo hacían con toda naturalidad presentándose a las elecciones. Y Bergé –por poner otro ejemplo- no era sólo amigo de Maura y empresario, sino jefe también del maurismo en Vizcaya.
Nostalgias aparte, se trata de un tiempo que está pasado y que no volverá, aunque algunos coletazos pueda dar aún y que están en la mente de todos los adictos a las memorias antes de que el memoriado haya de verdad concluido su trayectoria vital. No creo que el empresario común quiera hacer de la política su actividad futura. Pero sí que el “zoon politikon” aristotélico es cierto, que constituye un deber y que la empresa no tiene solamente la dimensión que le es propia, sino que debe implicarse en la vida de su país y de su órbita de influencia.
martes, 5 de enero de 2010
Los retos de Zapatero
Europa y la Unión que vincula a los 27 países que la componen en la actualidad ha vuelto a salir a escena. Viene a ser este un año europeo para España y lo será quizás más el próximo, porque a las recientes elecciones que acabamos de celebrar al Parlamento de la Unión se une ahora la Presidencia española en el primer semestre de 2010, lo que no resulta poca cosa si se piensa en lo lejanas que resultan las políticas que proceden del resto del continente para el ciudadano español de a pie y para los medios de comunicación que se encargan de difundir las noticias que a ese espacio se refieren.
Zapatero afronta este reto desde una posición de improbable éxito. El refrán evangélico, que ha devenido en certísimo, incluídos los no creyentes en la extensión de su veracidad, dice que "por sus hechos los conoceréis". Pues bien, las realizaciones del presidente español avalan una trayectoria ayuna en reformas pero repleta de eso que la nueva parla política celtibérica viene calificando de "buenismo".
Habrá que suponer que Zapatero le tiene pavor a las reformas, ya que huye de ellas como gato escaldado. Siempre que se trate de las reformas que la economía y la política precisan y que los ciudadanos demandan, claro. Porque el presidente español se ha demostrado un avezado impulsor de las reformas imprudentes que a medio y largo plazo –si no a corto- amenazan con poner en serio riesgo nuestra convivencia. Entre estas últimas, los Estatutos de “tercera generación”, que ya empiezan a recurrir a generosas dosis de bilateralidad, la cual es más bien patrimonio de los sistemas confederales: la misma financiación de las autonomías, que paga gasto corriente con deuda pública, lo que no deja de suponer un contrasentido respecto de la administración más correcta de la Hacienda Pública; la extensión del PER al conjunto de la ciudadanía desempleada en España y sin insistir en la necesaria formación de los parados y la economía de las tecnologías –el tiempo dirá si la nueva ley de “economía sostenible” será algo más que otro de los brindis al sol a que nos viene acostumbrando el presidente.
“En que se ve tan famoso y en tan buena estimación…”, decía el poeta, Zapatero recibe la presidencia semestral de la Unión. Y lo hace además en un momento clave: el del inicio de la aplicación del Tratado de Lisboa, que tras un tortuoso camino de reservas, reformas y menudencias de todo signo entra en vigor este 1 de diciembre.
Ya se sabe que las leyes tienen su importancia, pero la tienen más los reglamentos –como recordaba con su habitual perspicacia ese gobernante español de la Restauración que era el conde de Romanones-. Y la tienen también las interpretaciones que se hacen de unas y otros. En ese sentido, el impulso que proporcione la presidencia española a ese Tratado resultará clave en el devenir de nuestra Europa. Quizás porque, “el que da primero, da 2 veces”.
Y se produce además esa presidencia en un tiempo de profunda crisis, en la que las reformas son, más que necesarias, imprescindibles, pese a que no sea ese el criterio del presidente español. Reformas que tocan al sistema financiero y económico, la configuración del nuevo cuerpo diplomático europeo con la dotación presupuestaria de 50.000 millones € -o sea, unos 5 puntos de PIB español-, la reforma de la PAC –que viene a ser la extinción de ese presupuesto que ha venido drenando los recursos del presupuesto comunitario y que tanto afecta a nuestro país… ´´Unase a todo esto, la nueva política de inmigración, las relaciones trasatlánticas, el G-20, las Unión Mediterránea o las relaciones con América Latina –tan cercana en el corazón y tan ausente en las políticas-. Y seguro que muchos de mis atrevidos lectores podrían añadir asuntos a la serie que vengo de proponer.
¿Podrá el presidente Zapatero poner en marcha tal elenco de reformas cuando su balance resulta tan magro a escala nacional? Me temo mucho que no, y eso que me encantaría equivocarme. España ha dado un ejemplo que me recuerdan los embajadores de los países del Este de la UE con quienes me vengo entrevistando en lo que concierne a la utilización de los Fondos Estructurales para su desarrollo económico, fue el país que supo “hacer los deberes” para entrar en el euro y ha defendido una línea europeista que otros países de la Unión con más años de experiencia en el club no demuestran salvo en las declaraciones oficiales –y eso en el caso de que lo hagan.
Pero quien no es capaz de emprender las reformas en casa, ¿por qué motivo las va a realizar a escala europea? Esa viene a ser la pregunta del millón. A la que la respuesta más probable se conjugará probablemente también con frase de refrán: “Consejos vendo, para mí no tengo”.
Zapatero afronta este reto desde una posición de improbable éxito. El refrán evangélico, que ha devenido en certísimo, incluídos los no creyentes en la extensión de su veracidad, dice que "por sus hechos los conoceréis". Pues bien, las realizaciones del presidente español avalan una trayectoria ayuna en reformas pero repleta de eso que la nueva parla política celtibérica viene calificando de "buenismo".
Habrá que suponer que Zapatero le tiene pavor a las reformas, ya que huye de ellas como gato escaldado. Siempre que se trate de las reformas que la economía y la política precisan y que los ciudadanos demandan, claro. Porque el presidente español se ha demostrado un avezado impulsor de las reformas imprudentes que a medio y largo plazo –si no a corto- amenazan con poner en serio riesgo nuestra convivencia. Entre estas últimas, los Estatutos de “tercera generación”, que ya empiezan a recurrir a generosas dosis de bilateralidad, la cual es más bien patrimonio de los sistemas confederales: la misma financiación de las autonomías, que paga gasto corriente con deuda pública, lo que no deja de suponer un contrasentido respecto de la administración más correcta de la Hacienda Pública; la extensión del PER al conjunto de la ciudadanía desempleada en España y sin insistir en la necesaria formación de los parados y la economía de las tecnologías –el tiempo dirá si la nueva ley de “economía sostenible” será algo más que otro de los brindis al sol a que nos viene acostumbrando el presidente.
“En que se ve tan famoso y en tan buena estimación…”, decía el poeta, Zapatero recibe la presidencia semestral de la Unión. Y lo hace además en un momento clave: el del inicio de la aplicación del Tratado de Lisboa, que tras un tortuoso camino de reservas, reformas y menudencias de todo signo entra en vigor este 1 de diciembre.
Ya se sabe que las leyes tienen su importancia, pero la tienen más los reglamentos –como recordaba con su habitual perspicacia ese gobernante español de la Restauración que era el conde de Romanones-. Y la tienen también las interpretaciones que se hacen de unas y otros. En ese sentido, el impulso que proporcione la presidencia española a ese Tratado resultará clave en el devenir de nuestra Europa. Quizás porque, “el que da primero, da 2 veces”.
Y se produce además esa presidencia en un tiempo de profunda crisis, en la que las reformas son, más que necesarias, imprescindibles, pese a que no sea ese el criterio del presidente español. Reformas que tocan al sistema financiero y económico, la configuración del nuevo cuerpo diplomático europeo con la dotación presupuestaria de 50.000 millones € -o sea, unos 5 puntos de PIB español-, la reforma de la PAC –que viene a ser la extinción de ese presupuesto que ha venido drenando los recursos del presupuesto comunitario y que tanto afecta a nuestro país… ´´Unase a todo esto, la nueva política de inmigración, las relaciones trasatlánticas, el G-20, las Unión Mediterránea o las relaciones con América Latina –tan cercana en el corazón y tan ausente en las políticas-. Y seguro que muchos de mis atrevidos lectores podrían añadir asuntos a la serie que vengo de proponer.
¿Podrá el presidente Zapatero poner en marcha tal elenco de reformas cuando su balance resulta tan magro a escala nacional? Me temo mucho que no, y eso que me encantaría equivocarme. España ha dado un ejemplo que me recuerdan los embajadores de los países del Este de la UE con quienes me vengo entrevistando en lo que concierne a la utilización de los Fondos Estructurales para su desarrollo económico, fue el país que supo “hacer los deberes” para entrar en el euro y ha defendido una línea europeista que otros países de la Unión con más años de experiencia en el club no demuestran salvo en las declaraciones oficiales –y eso en el caso de que lo hagan.
Pero quien no es capaz de emprender las reformas en casa, ¿por qué motivo las va a realizar a escala europea? Esa viene a ser la pregunta del millón. A la que la respuesta más probable se conjugará probablemente también con frase de refrán: “Consejos vendo, para mí no tengo”.
lunes, 4 de enero de 2010
Intercambio de solsticios (49)
Alexis de Tocqueville, ese aristócrata francés procedente del Ancien Régime y que se había reconvertido -"déguisée"?- en demócrata, escribía acerca de su conocimiento en primera persona de los usos y las instituciones americanas: "Las naciones pequeñas han sido en todas las épocas la cuna de la libertad política. Sucede que la mayor parte de ellas perdió la libertad al agrandarse, lo que demuestra a las claras que se debía a la pequeñez del pueblo y no al pueblo mismo".
¿Nos hacía falta volver al origen para recuperar la civilización que habíamos perdido? ¿Para volver al individuo dejando atrás la tribu? ¿O, como escribió Updike, volver a coser la manzana al árbol?
Todo era posible. Pero los teóricos hablaban de otros tiempos, de otras épocas. Estas eran diferentes. Los hombres habían abandonado su condición de gente y apenas si podían reconocerse en la gregaria esencia del rebaño o de la manada. Porque se trataba más bien de los lobos del Leviathan de Hobbes que de un conjunto de ovejas pastoreadas por un perro, eso que se podía observar en las abandonadas calles y plazas de lo que un día fue Madrid.
Era ahora la lucha por el principio de las cosas, la recuperación de los valores, de los básicos: del derecho a la vida, por ejemplo. Jorge Brassens había vivido algo de eso en sus anteriores tiempos en el País Vasco, cuando la mitad de la población y sus dirigentes preferían mirar hacia otro lado cuando un reducido grupo de asesinos -disfrazados, eso sí, con ropajes de políticos liberadores- extorsioban y mataban. Reproducían de esa manera el mundo del "Pogrom" y del "Gulag". La humanidad no siempre progresaba de un modo invariable y constante. Hacía falta para ello la voluntad y el coraje. Un proyecto de civilidad asumido y a desarrollar en la vida de cada uno. Nada está dado. Sólo el punto de partida. El de llegada dependía de otros factores, entre ellos y muy principalmente de nosotros mismos, de nuestro compromiso con la dignidad.
¿Democracia? ¿Separación de poderes? ¿Imperio de la ley? ¿Estado de Derecho? Eran términos políticos que apenas si en un tiempo significaban algo. Todo aquello empezaba a degenerar cuando -como diría Polibio- la democracia derivaba en demagogia, que fue cuando los partidos se enseñorearon de la democracia española: nombraron a sus diputados, unciéndoles a sus siglas, como los bueyes a sus arados: eligieron a los jueces por un procedimiento similar y unas consecuencias equivalentes; silenciaron a la prensa y a los partidos "outsiders" que criticaban y proponían alternativas a este sistema.
Fue cuando Jorge Brassens se instalaba en Madrid, poco antes de que todo eso ocurriera, en esa pesadilla que estaba siendo el 2.013...
Frente a ellos se alzaba ya el edificio de la antigua estación de Chamartín.
¿Nos hacía falta volver al origen para recuperar la civilización que habíamos perdido? ¿Para volver al individuo dejando atrás la tribu? ¿O, como escribió Updike, volver a coser la manzana al árbol?
Todo era posible. Pero los teóricos hablaban de otros tiempos, de otras épocas. Estas eran diferentes. Los hombres habían abandonado su condición de gente y apenas si podían reconocerse en la gregaria esencia del rebaño o de la manada. Porque se trataba más bien de los lobos del Leviathan de Hobbes que de un conjunto de ovejas pastoreadas por un perro, eso que se podía observar en las abandonadas calles y plazas de lo que un día fue Madrid.
Era ahora la lucha por el principio de las cosas, la recuperación de los valores, de los básicos: del derecho a la vida, por ejemplo. Jorge Brassens había vivido algo de eso en sus anteriores tiempos en el País Vasco, cuando la mitad de la población y sus dirigentes preferían mirar hacia otro lado cuando un reducido grupo de asesinos -disfrazados, eso sí, con ropajes de políticos liberadores- extorsioban y mataban. Reproducían de esa manera el mundo del "Pogrom" y del "Gulag". La humanidad no siempre progresaba de un modo invariable y constante. Hacía falta para ello la voluntad y el coraje. Un proyecto de civilidad asumido y a desarrollar en la vida de cada uno. Nada está dado. Sólo el punto de partida. El de llegada dependía de otros factores, entre ellos y muy principalmente de nosotros mismos, de nuestro compromiso con la dignidad.
¿Democracia? ¿Separación de poderes? ¿Imperio de la ley? ¿Estado de Derecho? Eran términos políticos que apenas si en un tiempo significaban algo. Todo aquello empezaba a degenerar cuando -como diría Polibio- la democracia derivaba en demagogia, que fue cuando los partidos se enseñorearon de la democracia española: nombraron a sus diputados, unciéndoles a sus siglas, como los bueyes a sus arados: eligieron a los jueces por un procedimiento similar y unas consecuencias equivalentes; silenciaron a la prensa y a los partidos "outsiders" que criticaban y proponían alternativas a este sistema.
Fue cuando Jorge Brassens se instalaba en Madrid, poco antes de que todo eso ocurriera, en esa pesadilla que estaba siendo el 2.013...
Frente a ellos se alzaba ya el edificio de la antigua estación de Chamartín.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)