El Círculo de Bellas Artes de Madrid dispone de una cafetería que es frecuente punto de cita en lo que en su día fuera el centro de Madrid, ese espacio que forman la calle de Alcalá, la Cibeles y la Gran Vía, los aledaños del Museo del Prado y el Thyssen o del mismo Congreso de los Diputados. Uno puede pasear por entre esa abigarrada fauna de madrileños más o menos "chelis", turistas, inmigrantes y algún que otro foráneo anónimo que -como yo mismo- se siente de Madrid nada más que ha pisado cualquier acera de la capital.
Es el del Círculo de Bellas Artes un café de poso antiguo, maderas nobles que crujen bajo tus pies y camareros a la vieja usanza que se dirían extraídos de cualquiera de las películas costumbristas de José Luis Garci.
Allí me había citado Juan Ángel Vela -un amigo íntimo de Mari Luz y de Agustín Ibarrola- y colaborador reconocido en materia de música clásica en el diario "El País". El objeto de nuestra entrevista sería el de darle una vuelta al proyecto de la Fundación Agustín Ibarrola.
Los amigos de Agustín -como "les amies de Georges" Brassens que canta el otro Georges, Moustaki- tenemos algo en común. Hay un desenfado cierto de bohemia tardía en nuestro ambiente, un anómalo -para esta época- cariño por los asuntos que no proporcionan ingresos económicos -así nos va- y ese afecto por Mari Luz y por Agustín que trasciende a las expresiones que en ellos se manifiestan. Porque si Agustín hubiera sido funcionario de Correos o trabajador de la Naval habría seguido desprendiendo ese aura de niño desvalido y capaz de trastornar todas las complejidades de un mundo al que nos afanamos en seguir el paso, perdiendo el resuello, en un propósito imposible por lo vano. Y es que Agustín Ibarrola se haría querer igualmente repartiendo cartas o soldando chapas para los barcos. Pero es que además se trata de un gran artista. Lo mismo que Mari Luz, a quien no cabe imaginar sin esa función de administradora, secretaria, mujer y madre en una especie de insuperable "pack" y sin la cual tampoco podríamos imaginar a su marido.
Agustín Ibarrola no ha estado nunca en el tiempo del mercado. La oferta y la demanda le suenan a vocablos chinos que se representan en cabalísticos ideogramas y al colosalismo de los museos que a veces no son sino panteones de un arte polvoriento y esclerotizado prefiere siempre la pintura rupestre de su Santimamiñe tan cercano a su caserío como a su personalísimo encuentro con la estética.
Y cuando los asuntos concretos de la Fundación que promovemos para Agustín en Garoza -Ávila- se van convirtiendo en acuerdos para el trabajo, Juan Ángel Vela me cuenta una anécdota que puede ilustrarles a todos ustedes acerca de la especial personalidad de Agustín Ibarrola.
Corría la primavera de 2.002. Ibarrola había recibido el encargo de realizar un proyecto artístico que coronara la montaña artificial de Halde Haniel, fabricada de deshechos de carbón, piritas y de materiales irreciclables en la localidad de Gelsenkirche, a unos treinta kilómetros de Düsseldorf, en plena cuenca del Ruhr. Un trasunto próximo a los hornos altos de la margen izquierda de la Ría del Nervión que tan bien conoce nuestro artista vasco.
Agustín Ibarrola quería situar en la cúspide de aquélla montaña de residuos industriales unas traviesas, símbolos también del trabajo humano, del progreso y del tiempo. "Que voulez-vous? -hacía decir Proust a uno de los personajes de su "Rechèrche"-. Bergotte l'a dit: la vie est un voyage". Sí, la vida es siempre un largo -o corto- viaje. Como lo eran esos pasos recortados sobre los suelos arcillosos de las cárceles franquistas que pisaban Vidal de Nicolás y Agustín Ibarrola y que este último recogía como el arte expresivo de la dignidad humana privada de libertad.
Mari Luz, que es el asidero de Agustín con la realidad, resolvía dejar a su marido en las excelentes manos de Juan Ángel Vela para la reunión westfaliaba que debía estudiar el proyecto. Mari Luz no habla alemán y el amigo del alma de la pareja es hombre acostumbrado a pisar las imponentes alfombras de los teatros donde se representan las óperas de toda Europa y el duro idioma tedesco no le es desconocido.
Debió resultar una reunión característica de la vía germana para solucionar los asuntos. No había lugar para la improvisación. El elenco de ingenieros, arquitectos, economistas, financieros, diseñadores y autoridades institucionales locales y regionales se confrontaba al artista y a un amigo que estaba dispuesto a servirle de intérprete.
Con la habitual premiosidad alemana se iban resolviendo uno por uno todos los problemas técnicos que conllevaba el proyecto. Había llegado la hora de la pregunta final y esencial, una pregunta que sólo Agustín Ibarrola podía responder: "¿Cuánto nos cuesta esto?"
Agustín podía haber desarrollado en esa ocasión su tesis sobre el precio del arte -o el no-precio de la obra artística-. Que el arte no se compra, solamente se ayuda al artista. Pero Agustín Ibarrola se encogió de hombros y movió la cabeza de un lado al otro como seña de negación tan pronto como le llegaba la traducción de Juan Ángel Vela.
- Yo de eso... nada -dijo Agustín Ibarrola con su cerrado y entrecortado acento vasco- Nada. No sé nada de eso. Cuando empieza la semana... Mari Luz me da "la paga"... y con eso funciono...
Juan Ángel Vela no sabía cómo explicar tan curiosa contestación a tan sesudos interlocutores en su tan preciso idioma. Y la expresión "la paga" circulaba entre los presentes como si se tratara de una advocación ritual a los dioses antiguos a quienes había que saciarlos con toda clase de bienes. ¿Una millonada? ¿un trueque? ¿Qué cosa sería "la paga"?
Pero es seguro que Agustín Ibarrola no se dio cuenta de la confusión que había provocado. Como también que, puesto en las mismas circunstancias, habría contestado de la misma manera.
- Esos alemanes no se enteraban de nada –me contó días después nuestro artista, cuando me refería a esta anécdota.
viernes, 15 de febrero de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
"Es la vida la que no tiene límites"
"Es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites", escribió Gabriel García Márquez en su exceñente novela "El amor en los tiempos del cólera" que acabo de releer. Le pasé la cita a Montse, que vive a caballo entre su casa y el hospital.
Es una frase escrita por el gran "Gabo", pero podría muy bien haberla pronunciadio Prem Rawat, por ejemplo en el discurso que pronunciara en la ciudad de Buenos Aires y que fue proyectado el sábado en una sesión a la que me invitaban Mar y Margarita, dos amigas reales -y virtuales- de este apasionante mundo que proporcionan los intercambios entre "bloggistas",.
Concluída la sesión, se unía a nuestro grupo un buen amigo y antiguo compañero de colegio, Ricardo Goyoaga, con ese aspecto de británico criado y vivido en la ciudad más londinense de España, que es Bilbao. Decía José Félix de Lequerica -bilbaino ilustre, maurista y embajador de España- que en realidad Londres era más bien un barrio de Bilbao y que las verjas de las más elegantes residencias de aquélla capital procedían de las minas vizcainas.
Se trataba de tomar una copa y Ricardo Goyoaga propuso un local que no le convenció demasiado a Margarita. Mar sugirió otro y yo dije que me daba igual.
- A ti cualquier sitio te parece bien -sentenció Margarita.
- Yo no soy ave nocturna, de modo que me fío de vosotros -respondí.
Así que ganaban las mujeres. Y nos llevaron al "pub" Da Vinci, que es un establecimiento de reclamo transeúnte: ha sido bar convencional, "pub" cubano y _¿finalmente?- espacio para el recuerdo de esa persona extraordinaria cuya figura bastaría para llenar todo un capítulo de la historia de la cultura y del arte, como lo fue Leonardo.
- Ahí ponen la música baja y podremos hablar bien -aseguró Mar.
Tenía razón, pero sólo durarante media hora resultaría inteligiible nuestra conversación. A medida que el local se veía cada vez más frecuentado crecía considerablemenre el ruido. Se supone que lo mismo que el consumo de copas.
Ricardo pidió un batido de chocolate y abandonó muy pronto el “pub” para volver a su casa, donde le esperaba su madre. Ya sé que incurro en una reiteración innecesaria: las madres siempre esperan a sus hijos, incluso cuando están con ellos.
Quizás a Ricardo Goyoaga le aburría la conversación que Margarita, una artista que hace de su provocadora transgresión una especie de profesión permanente, introducía de forma perentoria:
- Hay que hablar, es necesario negociar con ETA -venía a decir Margarita.
Yo le contestaba que era inútil, que ya se había intentado mil veces y que otras tantas mil había salido mal. Me hubiera gustado disponer del archivo de datos que maneja mi amigo Florencio Domínguez para plantear mejor el argumentario. En cualquier caso.es evidente que no hubo acuerdo.
Luego Mar me explicaría algunos aspectos de su vida reciente que ya conocía Margarita. Quizás algún día pueda referírselos a ustedes -en el caso de que cuente con su autorizacin, por supuesto-. Muchas veces nos quedamos en los arquetipos de las personas, la única dimensión del "hombre unidimensional" a que se refería Marcuse, que es como asomarnos a los escaparates de sus vidas y pensar que ya lo hemos visto todo. Es necesario entrar entonces en la tienda -esa parte de la persona que muchas veces ella misma te muestra de buen grado- e intuir luego la trastienda que permanece siempre oculta por la hojarasca que forman nuestras justificaciones y temores.
Pudo elevarse finalmente la voz de Margarita sobre el fragor de la estridente batalla musical. Me preguntaba si Pilar disponía de un aparato reproductor de DVDs. "Lo tiene", le confirmé. "Estaría bien que escuchara a Prem Rawat", dijo.
- No serviría de nada -le dije-. Sólo le interesa el mundo que cabe en la burbuja donde ella vive.
Y lo que empezaba siendo una sugerencia se transformaría en un auténtico zafarrancho de combate. Creo desde hace tiempo que en una confrontación dialéctica con una mujer el hombre pierde casi siempre, si la pelea se produce con dos mujeres la derrota es asunto seguro, pero si además las señoras en cuestión son vascas conviene preparar la toalla para arrojarla apenas tres o cuatro segundos después de iniciado el combate y no digo que antes exclusivamente por eso de la vergüenza torera.
Consiguieron vencerme, eso sí, en desigual lidia: pero no convencerme. Menos aún a Pilar que, como estaba previsto, no aceptaría ver siquiera el primer cuarto de segundo de la grabación.
Es igual. Ella ya sabe, aunque sea por intuición, dónde están todas las claves de la felicidad, porque su corazón no ha perdido la inocencia pícara que es propia de la infancia. A Pilar no le hace falta ese viaje de regreso a las fuentes, porque ya bebe el agua pura de ese manantial.
Es una frase escrita por el gran "Gabo", pero podría muy bien haberla pronunciadio Prem Rawat, por ejemplo en el discurso que pronunciara en la ciudad de Buenos Aires y que fue proyectado el sábado en una sesión a la que me invitaban Mar y Margarita, dos amigas reales -y virtuales- de este apasionante mundo que proporcionan los intercambios entre "bloggistas",.
Concluída la sesión, se unía a nuestro grupo un buen amigo y antiguo compañero de colegio, Ricardo Goyoaga, con ese aspecto de británico criado y vivido en la ciudad más londinense de España, que es Bilbao. Decía José Félix de Lequerica -bilbaino ilustre, maurista y embajador de España- que en realidad Londres era más bien un barrio de Bilbao y que las verjas de las más elegantes residencias de aquélla capital procedían de las minas vizcainas.
Se trataba de tomar una copa y Ricardo Goyoaga propuso un local que no le convenció demasiado a Margarita. Mar sugirió otro y yo dije que me daba igual.
- A ti cualquier sitio te parece bien -sentenció Margarita.
- Yo no soy ave nocturna, de modo que me fío de vosotros -respondí.
Así que ganaban las mujeres. Y nos llevaron al "pub" Da Vinci, que es un establecimiento de reclamo transeúnte: ha sido bar convencional, "pub" cubano y _¿finalmente?- espacio para el recuerdo de esa persona extraordinaria cuya figura bastaría para llenar todo un capítulo de la historia de la cultura y del arte, como lo fue Leonardo.
- Ahí ponen la música baja y podremos hablar bien -aseguró Mar.
Tenía razón, pero sólo durarante media hora resultaría inteligiible nuestra conversación. A medida que el local se veía cada vez más frecuentado crecía considerablemenre el ruido. Se supone que lo mismo que el consumo de copas.
Ricardo pidió un batido de chocolate y abandonó muy pronto el “pub” para volver a su casa, donde le esperaba su madre. Ya sé que incurro en una reiteración innecesaria: las madres siempre esperan a sus hijos, incluso cuando están con ellos.
Quizás a Ricardo Goyoaga le aburría la conversación que Margarita, una artista que hace de su provocadora transgresión una especie de profesión permanente, introducía de forma perentoria:
- Hay que hablar, es necesario negociar con ETA -venía a decir Margarita.
Yo le contestaba que era inútil, que ya se había intentado mil veces y que otras tantas mil había salido mal. Me hubiera gustado disponer del archivo de datos que maneja mi amigo Florencio Domínguez para plantear mejor el argumentario. En cualquier caso.es evidente que no hubo acuerdo.
Luego Mar me explicaría algunos aspectos de su vida reciente que ya conocía Margarita. Quizás algún día pueda referírselos a ustedes -en el caso de que cuente con su autorizacin, por supuesto-. Muchas veces nos quedamos en los arquetipos de las personas, la única dimensión del "hombre unidimensional" a que se refería Marcuse, que es como asomarnos a los escaparates de sus vidas y pensar que ya lo hemos visto todo. Es necesario entrar entonces en la tienda -esa parte de la persona que muchas veces ella misma te muestra de buen grado- e intuir luego la trastienda que permanece siempre oculta por la hojarasca que forman nuestras justificaciones y temores.
Pudo elevarse finalmente la voz de Margarita sobre el fragor de la estridente batalla musical. Me preguntaba si Pilar disponía de un aparato reproductor de DVDs. "Lo tiene", le confirmé. "Estaría bien que escuchara a Prem Rawat", dijo.
- No serviría de nada -le dije-. Sólo le interesa el mundo que cabe en la burbuja donde ella vive.
Y lo que empezaba siendo una sugerencia se transformaría en un auténtico zafarrancho de combate. Creo desde hace tiempo que en una confrontación dialéctica con una mujer el hombre pierde casi siempre, si la pelea se produce con dos mujeres la derrota es asunto seguro, pero si además las señoras en cuestión son vascas conviene preparar la toalla para arrojarla apenas tres o cuatro segundos después de iniciado el combate y no digo que antes exclusivamente por eso de la vergüenza torera.
Consiguieron vencerme, eso sí, en desigual lidia: pero no convencerme. Menos aún a Pilar que, como estaba previsto, no aceptaría ver siquiera el primer cuarto de segundo de la grabación.
Es igual. Ella ya sabe, aunque sea por intuición, dónde están todas las claves de la felicidad, porque su corazón no ha perdido la inocencia pícara que es propia de la infancia. A Pilar no le hace falta ese viaje de regreso a las fuentes, porque ya bebe el agua pura de ese manantial.
martes, 12 de febrero de 2008
Una sesión fotográfica
Un día soleado y de viento sur saludaba mi paseo hacia la plaza Circular, en otro tiempo plaza de España. En su inveterada iconoclastia hacia todo aquéllo que huela a español, el nacionalismo vasco conseguía -no hace de eso demasiado tiempo- eliminar de nuestro callejero esa denominación. Tiempo atrás, cuando yo era concejal en el ayuntamiento bilbaino -entre 1.983 y 1.987- el entonces alcalde José Luis Robles, un nacionalista de los tiempos pre-lizarrianos y de trato exquisito que mitigaba bastante al "ordeno-y-mando" de un capitán de la marina mercante, nos propuso en la correspondiente comisión municipal que diéramos el nombre de Simón Bolívar a la calle donde en su día naciera el Libertador. "Me he comprometido a eso con el Gobierno de Venezuela" -nos dijo como argumento fundamental de su petición.
Pero el nombre que llevaba esa calle era la del Banco de España –además de que Bolívar ya disponía de otra muy céntrica en Bilbao, y Rodolfo Ares y yo mismo utilizamos toda nuestra capacidad dialéctica -y nuestros votos- para evitarlo. Robles aceptaría con deportividad su derrota:
- No siempre un alcalde hace lo que quiere -dijo resignado.
Eran, en efecto, otros los tiempos.
Un helicóptero sobrevolaba la villa y su ruido me acompañaba hasta la cafetería la Granja, que era nuestro punto de encuentro. Esa misma mañana los filo-etarras habían decidido manifestarse en contra de las medidas judiciales adoptadas en relación con sus candidaturas electorales y el acto no había sido autorizado.
En la puerta del cerrado café nos íbamos agrupando los candidatos de UPyD de Vizcaya y algún compañero más y dos fotógrafos de la prensa local.
Llegaba Katy Gutiérrez, vestida de un luminoso rojo; Tomás Tueros y Vidal de Nicolás, este último con el andar vacilante de sus cargados años pero el espíritu de joven luchador que siempre ha conservado.
Nuestra marcha hacia el Arenal se veía desaconsejada por causa de la manifestación batasuna y el imposible acceso al quiosco. Alguien propuso que nos dirigiéramos hacia el Ayuntamiento -una distancia de apenas doscientos metros desde el lugar en el que nos encontrábamos-. Katy Gutiérrez se dirigió con su dulzura habitual a ese señor de la poesía y del coraje cívico que es Vidal de Nicolás,
- Vidal -le dijo-. Vamos a bajar hacia el Ayuntamiento. No sé sí...
- ¡Por una causa justa voy donde haga falta! -exclamó Vidal, sin dejar que Katy concluyera su frase, enarbolando su bastón, presto a combatir a los gigantescos elementos que se nos oponen y que por desgracia de ninguna manera son molinos de viento.
La primera parte de la sesión transcurría en el puente del Ayuntamiento. Estábamos en eso de avanzar uno, dos pasos; ahora los cuatro más representativos; ahora toda la candidatura... Siempre a las órdenes de los cámaras. Encuentro que, entre las gestiones más pesadas que conlleva la vida política, las sesiones fotográficas se llevan la palma. Se sabe cuándo empiezan, pero nunca cuando está a gusto el encargado de inmortalizar tu imagen; de manera que el retratado está dispuesto hasta a hacer el mayor de los ridículos con tal que el suplicio concluya cuanto antes.
- La foto es la tumba de un momento -decía con su característica circunspección mi padre, que como se puede advertir con facilidad no era demasiado partidario del invento.
En esas estábamos cuando un viandante ponía su mano sobre mi hombro poco antes de darme un efusivo abrazo -si tuviera que definir a esta pre-campaña la calificaría como "la de los abrazos"-. Cuando se deshizo el lazo dí un paso atrás.
- ¡Hombre, Consejero! -exclamé..
En efecto, se trataba del Consejero de Sanidad. Este saludó al también doctor Javier Gabilondo -nuestro número tres- y me dijo:
- Me ha llamado Tere Hermana para decirme que Pilar ha estado mal.
Teresa Hermana es la jefa de Cuidados Intensivos de Pediatría, en el hospital de Cruces, donde vive Pilar, esa niña de veinte años a la que me he referido recientemente en este mismo blog..
Le dije a Gabriel Inclán que ya estaba mejor. Nos despedimos y Javier Gabilondo y yo atravesamos juntos el resto del puente, hasta situarnos frente al Ayuntamiento, donde se reanudaría la sesión fotográfica.
- Me ha llamado Iñaki Ezkerra -dijo Vidal de Nicolás-. Quería que hiciéramos un acto de la trayectoria del Foro de Ermua, con los tres presidentes que lo hemos sido hasta ahora. Había que hacerse la foto con el pepé. Y yo me he dado cuenta a tiempo y me he negado.
Concluída la sesión, los candidatos de UPyD -y adláteres- nos íbamos hacia el hotel Nervión, para dar fin a la actividad preelectoral de esa mañana con una copa de vino. Yo le había prometido a Pilar que estaría con ella para darle de comer, así que me despedí de mis compañeros y me fui para Cruces.
Los alrededores de la calle que fue de ese alcalde liberal que se llamaba Gregorio Balparda y que hoy lleva el nombre del fundador del Partido Nacionalista Vasco eran el escenario de una batalla campal. Disparos de pelotas de goma y contenedores volcados.
Era, en esa mañana de domingo en Bilbao, el claroscuro de la escena vasca, la vivencia yuxtapuesta -que no es lo mismo que la convivencia- entre la normalidad de unos ciudadanos que ejercemos nuestros derechos constitucionales a la libertad de asociación y la de presentarnos a unas elecciones para procurar la representación de otros ciudadanos y la de quienes pretenden mostrar su violento dominio de la calle porque un juez ha dicho que no pueden concurrir a las elecciones debido a que hacen causa común con los terroristas.
Esa batalla entre la anormalidad y su contraria que siempre gana la primera.
Excuso decirles que ningún periódico se hizo eco de esa sesión fotográfica.
Pero el nombre que llevaba esa calle era la del Banco de España –además de que Bolívar ya disponía de otra muy céntrica en Bilbao, y Rodolfo Ares y yo mismo utilizamos toda nuestra capacidad dialéctica -y nuestros votos- para evitarlo. Robles aceptaría con deportividad su derrota:
- No siempre un alcalde hace lo que quiere -dijo resignado.
Eran, en efecto, otros los tiempos.
Un helicóptero sobrevolaba la villa y su ruido me acompañaba hasta la cafetería la Granja, que era nuestro punto de encuentro. Esa misma mañana los filo-etarras habían decidido manifestarse en contra de las medidas judiciales adoptadas en relación con sus candidaturas electorales y el acto no había sido autorizado.
En la puerta del cerrado café nos íbamos agrupando los candidatos de UPyD de Vizcaya y algún compañero más y dos fotógrafos de la prensa local.
Llegaba Katy Gutiérrez, vestida de un luminoso rojo; Tomás Tueros y Vidal de Nicolás, este último con el andar vacilante de sus cargados años pero el espíritu de joven luchador que siempre ha conservado.
Nuestra marcha hacia el Arenal se veía desaconsejada por causa de la manifestación batasuna y el imposible acceso al quiosco. Alguien propuso que nos dirigiéramos hacia el Ayuntamiento -una distancia de apenas doscientos metros desde el lugar en el que nos encontrábamos-. Katy Gutiérrez se dirigió con su dulzura habitual a ese señor de la poesía y del coraje cívico que es Vidal de Nicolás,
- Vidal -le dijo-. Vamos a bajar hacia el Ayuntamiento. No sé sí...
- ¡Por una causa justa voy donde haga falta! -exclamó Vidal, sin dejar que Katy concluyera su frase, enarbolando su bastón, presto a combatir a los gigantescos elementos que se nos oponen y que por desgracia de ninguna manera son molinos de viento.
La primera parte de la sesión transcurría en el puente del Ayuntamiento. Estábamos en eso de avanzar uno, dos pasos; ahora los cuatro más representativos; ahora toda la candidatura... Siempre a las órdenes de los cámaras. Encuentro que, entre las gestiones más pesadas que conlleva la vida política, las sesiones fotográficas se llevan la palma. Se sabe cuándo empiezan, pero nunca cuando está a gusto el encargado de inmortalizar tu imagen; de manera que el retratado está dispuesto hasta a hacer el mayor de los ridículos con tal que el suplicio concluya cuanto antes.
- La foto es la tumba de un momento -decía con su característica circunspección mi padre, que como se puede advertir con facilidad no era demasiado partidario del invento.
En esas estábamos cuando un viandante ponía su mano sobre mi hombro poco antes de darme un efusivo abrazo -si tuviera que definir a esta pre-campaña la calificaría como "la de los abrazos"-. Cuando se deshizo el lazo dí un paso atrás.
- ¡Hombre, Consejero! -exclamé..
En efecto, se trataba del Consejero de Sanidad. Este saludó al también doctor Javier Gabilondo -nuestro número tres- y me dijo:
- Me ha llamado Tere Hermana para decirme que Pilar ha estado mal.
Teresa Hermana es la jefa de Cuidados Intensivos de Pediatría, en el hospital de Cruces, donde vive Pilar, esa niña de veinte años a la que me he referido recientemente en este mismo blog..
Le dije a Gabriel Inclán que ya estaba mejor. Nos despedimos y Javier Gabilondo y yo atravesamos juntos el resto del puente, hasta situarnos frente al Ayuntamiento, donde se reanudaría la sesión fotográfica.
- Me ha llamado Iñaki Ezkerra -dijo Vidal de Nicolás-. Quería que hiciéramos un acto de la trayectoria del Foro de Ermua, con los tres presidentes que lo hemos sido hasta ahora. Había que hacerse la foto con el pepé. Y yo me he dado cuenta a tiempo y me he negado.
Concluída la sesión, los candidatos de UPyD -y adláteres- nos íbamos hacia el hotel Nervión, para dar fin a la actividad preelectoral de esa mañana con una copa de vino. Yo le había prometido a Pilar que estaría con ella para darle de comer, así que me despedí de mis compañeros y me fui para Cruces.
Los alrededores de la calle que fue de ese alcalde liberal que se llamaba Gregorio Balparda y que hoy lleva el nombre del fundador del Partido Nacionalista Vasco eran el escenario de una batalla campal. Disparos de pelotas de goma y contenedores volcados.
Era, en esa mañana de domingo en Bilbao, el claroscuro de la escena vasca, la vivencia yuxtapuesta -que no es lo mismo que la convivencia- entre la normalidad de unos ciudadanos que ejercemos nuestros derechos constitucionales a la libertad de asociación y la de presentarnos a unas elecciones para procurar la representación de otros ciudadanos y la de quienes pretenden mostrar su violento dominio de la calle porque un juez ha dicho que no pueden concurrir a las elecciones debido a que hacen causa común con los terroristas.
Esa batalla entre la anormalidad y su contraria que siempre gana la primera.
Excuso decirles que ningún periódico se hizo eco de esa sesión fotográfica.
domingo, 10 de febrero de 2008
El padre de Montse
Al padre de Montse le operaron hace una semana y ella estaba muy contenta del resultado, se trataba de una delicada intervención. Ingresado aún, a la espera del alta definitiva, se ha desarrollado en él un ligero cuadro depresivo y de malhumor extraño en una persona habitualmente familiar, amable y cordial.
Montse hace el esfuerzo cotidiano de acercarse al hospital, de acuerdo con el riguroso turno que se han impuesto a sí mismos su madre y sus hermanos. Estoy convencido de que lo hace con todo el cariño que entrega a sus tareas esta chica de suaves maneras, sólo en apariencia ocultas detrás de la voz grave de una empedernida fumadora de los pitillos más fuertes que se pueden encontrar en el mercado. Porque Montse tiene un corazón de oro envuelto por una nube de "Habanos"
- Lo llevo mal -me dice en nuestra diaria conversación que mantenemos por la noche.
Es difícil sobrellevar la depresión de un familiar cercano: el desconcierto preside tus actuaciones y nunca sabes por qué hoy se sobrepone a los bajones en su estado de ánimo y mañana sucumbe nuevamente ante ellos; el tratamiento de su dolencia no resulta fácil, el que ha contraído una depresión tiende a depender de su psiquiatra, en tanto que quien padece de una enfermedad exclusivamente física se olvida de su médico una vez que se ha resuelto su mal.
De modo que muchas veces tiendes a huir de la enfermedad depresiva y del enfermo en la que esta toma cuerpo, por miedo quizás a que también te alcancen a ti sus perniciosas consecuencias; que te obliguen a postrarte en cama o te bloqueen anímicamente, comprometiendo así la normal actividad de tu vida diaria. Te escapas de la depresión que conforma tu espacio familiar para no dar la cara a tu propia realidad, que la forma principalmente esa persona de propósitos desmayados y voluntad frágil. Te evades de ti mismo y te ocupas en el desarrollo de un sinfín de actuaciones que tienen por objeto la simulación del relleno de un vacío interior, cuando tu puesto -y tú lo sabes- está junto a la cama de ese enfermo.
Montse tiene la suerte de una desgracia pasajera. A su padre le darán de alta en un par de días y volverá a su casa, donde poco a poco recuperará sus rutinas habituales. Otros tenemos la desgracia de una suerte pasajera. Nuestra esperanza está acostada en la cama de un hospital, y sólo queremos que siga respirando para volver a verla dentro de dos días, dentro de dos meses, dentro de dos años.
A veces los enfermos hospitalizados establecen inconscientes sistemas que pretenden darles el esquinazo a sus propias neuras, y en determinadas ocasiones lo consiguen. Se diría que aceptan que se les vaya la cabeza -con retorno permanente más que probable a la realidad- y se sitúan en un mundo tan imaginario como gratificante para ellos mismos.
Recuerdo a un pariente de la familia de mi mujer, convaleciente en una sala de hospital con otros cinco enfermos. A los pies de las restantes camas se apelotonaban grupos de familiares entre el perezoso deambular de enfermeras y auxiliares. Una luz mortecina perfilaba en tonos grises la deprimente escena.
Le visitamos por la tarde y se mostró encantado. Nos recibía con el afecto que se deriva de la hospitalidad de quien te franquea el acceso a su propia casa.
- Ahora vendrá Hugo a prepararos unos martinis -dijo.
Pocas veces he vivido una situación tan surrealista.
Y cuando se cierre su paréntesis hospitalario y el padre de Montse reciba el alta médica, toda su familia -matizada o no por una vaharada de cigarrillos "Habanos"- quizás piense en lo importante que es la vida que se traen de vuelta a casa.
Montse hace el esfuerzo cotidiano de acercarse al hospital, de acuerdo con el riguroso turno que se han impuesto a sí mismos su madre y sus hermanos. Estoy convencido de que lo hace con todo el cariño que entrega a sus tareas esta chica de suaves maneras, sólo en apariencia ocultas detrás de la voz grave de una empedernida fumadora de los pitillos más fuertes que se pueden encontrar en el mercado. Porque Montse tiene un corazón de oro envuelto por una nube de "Habanos"
- Lo llevo mal -me dice en nuestra diaria conversación que mantenemos por la noche.
Es difícil sobrellevar la depresión de un familiar cercano: el desconcierto preside tus actuaciones y nunca sabes por qué hoy se sobrepone a los bajones en su estado de ánimo y mañana sucumbe nuevamente ante ellos; el tratamiento de su dolencia no resulta fácil, el que ha contraído una depresión tiende a depender de su psiquiatra, en tanto que quien padece de una enfermedad exclusivamente física se olvida de su médico una vez que se ha resuelto su mal.
De modo que muchas veces tiendes a huir de la enfermedad depresiva y del enfermo en la que esta toma cuerpo, por miedo quizás a que también te alcancen a ti sus perniciosas consecuencias; que te obliguen a postrarte en cama o te bloqueen anímicamente, comprometiendo así la normal actividad de tu vida diaria. Te escapas de la depresión que conforma tu espacio familiar para no dar la cara a tu propia realidad, que la forma principalmente esa persona de propósitos desmayados y voluntad frágil. Te evades de ti mismo y te ocupas en el desarrollo de un sinfín de actuaciones que tienen por objeto la simulación del relleno de un vacío interior, cuando tu puesto -y tú lo sabes- está junto a la cama de ese enfermo.
Montse tiene la suerte de una desgracia pasajera. A su padre le darán de alta en un par de días y volverá a su casa, donde poco a poco recuperará sus rutinas habituales. Otros tenemos la desgracia de una suerte pasajera. Nuestra esperanza está acostada en la cama de un hospital, y sólo queremos que siga respirando para volver a verla dentro de dos días, dentro de dos meses, dentro de dos años.
A veces los enfermos hospitalizados establecen inconscientes sistemas que pretenden darles el esquinazo a sus propias neuras, y en determinadas ocasiones lo consiguen. Se diría que aceptan que se les vaya la cabeza -con retorno permanente más que probable a la realidad- y se sitúan en un mundo tan imaginario como gratificante para ellos mismos.
Recuerdo a un pariente de la familia de mi mujer, convaleciente en una sala de hospital con otros cinco enfermos. A los pies de las restantes camas se apelotonaban grupos de familiares entre el perezoso deambular de enfermeras y auxiliares. Una luz mortecina perfilaba en tonos grises la deprimente escena.
Le visitamos por la tarde y se mostró encantado. Nos recibía con el afecto que se deriva de la hospitalidad de quien te franquea el acceso a su propia casa.
- Ahora vendrá Hugo a prepararos unos martinis -dijo.
Pocas veces he vivido una situación tan surrealista.
Y cuando se cierre su paréntesis hospitalario y el padre de Montse reciba el alta médica, toda su familia -matizada o no por una vaharada de cigarrillos "Habanos"- quizás piense en lo importante que es la vida que se traen de vuelta a casa.
Cinco años sin Joseba
Esa tarde de viernes se cernía una niebla gris sobre la autopista que me llevaba a Andoain donde los amigos de los Pagaza nos habíamos dado cita para recordar a Joseba, abatido por los asesinos que le mataron a él y a una parte de nuestra libertad.
El gris se iba fundiendo en negro cuando recibía una primera llamada de Ramón Marcos, el coordinador de UPyD en Madrid. Me contaba que Agustín Ibarrola había decidido donar dos de sus "cubos" para financiar la campaña de nuestro partido y que había un empresario próximo a nuestras ideas interesado en una de ellas.
- Hemos pensado en que le acompañes al caserío de los Ibarrola -me dijo.
Acepté, desde luego, la amistad -como los blogs- no queda acreditada si no se renueva de forma permanente y la mía con Mari Luz y con Agustín, quizás reciente, hunde sus raíces en una tierra fructífera y firme que se llama libertad y proyectos compartidos y que produce flos frutos del cariño y del afecto.
Sonó otra vez mi móvil. Era Ramón otra vez, que parecía oficiar de responsable de la sede ante la desbandada general de todos los demás dirigentes del partido, extendidos como una mancha de aceite por todos los puntos de nuestra geografía.
- Nos han llamado del Ministerio del Interior -me dijo Ramón Marcos-. Quieren hablar con un miembro de nuestro partido en el País Vasco.
Le facilité el contacto mientras sentía que ese negro de la noche era frío y se colaba en el interior de mi organismo. No, no se juega cuando se hace política en este país.
En Andoain hacía frío, en efecto. No sé muy bien por qué siempre lo hace en los cementerios y en los lugares y momentos en que recordamos a los muertos.
La cita era junto a la escultura que Agustín Ibarrola dedicaba a la memoria de Pagaza, la representación de una cueva de piratas, como le hubiera gustado a Joseba que se le recordara.
El propio Ibarrola me salía al encuentro cuando yo me dirigía hacia la plaza. El abrazo de Agustín es siempre algo muy especial. Está hecho de entrega recia y rotunda, viene de muy lejos y te llega muy adentro. Beso de hombre con olor y tacto de su inseparable boina.
Nos vimos los de siempre. Me saludaba Ignacio Latierro y Carlos Martínez Gorriarán. Y Maite Pagaza abrazaba a los asistentes. Luego leería un implacable discurso en el que hacía un lúcido balance de los cinco años transcurridos desde aquél atentado contra la libertad de todos. Hay guarismos que unen los sentimientos, especialmente en el drama. Cinco años, en esa cifra que liga las muertes que llevas en la memoria, porque sólo han pasado dos meses desde se producía también el quinto aniversario de la muerte de Anneli, y mi recuerdo entristecido de este viernes se movía entre aquél magnífico acto que le organizara ¡Basta Ya! a Pagaza y el duelo personal que yo empezaba a sentir entonces, cuando apenas empezaba a ser consciente de que ninguna llamada, ningún ruido en la puerta anunciaba sus palabras apresuradas o su llegada a casa, siempre repleta de inquietud y de agobio por toda la ingente cantidad de cosas que intentaba ella introducir -como con fórceps- en un día cualquiera de su vida.
Marisol Cruz resolvía su emoción -¿su arrastrado catarro?- con la ayuda de un moquero, mientras los altavoces cantaban "adiós a las penas de abril".
Carlos Martínez Gorriarán y yo abrimos la comitiva con destino al bar, que fue punto de confluencia de los más. Rubén Múgica -otro aniversario recentísimo, el de Fernando, su padre- formaría también parte de nuestro grupo.
- He intentado decir en la radio que le iba a votar a Rosa –nos comentó Rubén desde la altura que le proporciona su elevado organismo-. Pero se me ha ido el tiempo en meterme con Zapatero.
Pues aquí queda dicho.
El gris se iba fundiendo en negro cuando recibía una primera llamada de Ramón Marcos, el coordinador de UPyD en Madrid. Me contaba que Agustín Ibarrola había decidido donar dos de sus "cubos" para financiar la campaña de nuestro partido y que había un empresario próximo a nuestras ideas interesado en una de ellas.
- Hemos pensado en que le acompañes al caserío de los Ibarrola -me dijo.
Acepté, desde luego, la amistad -como los blogs- no queda acreditada si no se renueva de forma permanente y la mía con Mari Luz y con Agustín, quizás reciente, hunde sus raíces en una tierra fructífera y firme que se llama libertad y proyectos compartidos y que produce flos frutos del cariño y del afecto.
Sonó otra vez mi móvil. Era Ramón otra vez, que parecía oficiar de responsable de la sede ante la desbandada general de todos los demás dirigentes del partido, extendidos como una mancha de aceite por todos los puntos de nuestra geografía.
- Nos han llamado del Ministerio del Interior -me dijo Ramón Marcos-. Quieren hablar con un miembro de nuestro partido en el País Vasco.
Le facilité el contacto mientras sentía que ese negro de la noche era frío y se colaba en el interior de mi organismo. No, no se juega cuando se hace política en este país.
En Andoain hacía frío, en efecto. No sé muy bien por qué siempre lo hace en los cementerios y en los lugares y momentos en que recordamos a los muertos.
La cita era junto a la escultura que Agustín Ibarrola dedicaba a la memoria de Pagaza, la representación de una cueva de piratas, como le hubiera gustado a Joseba que se le recordara.
El propio Ibarrola me salía al encuentro cuando yo me dirigía hacia la plaza. El abrazo de Agustín es siempre algo muy especial. Está hecho de entrega recia y rotunda, viene de muy lejos y te llega muy adentro. Beso de hombre con olor y tacto de su inseparable boina.
Nos vimos los de siempre. Me saludaba Ignacio Latierro y Carlos Martínez Gorriarán. Y Maite Pagaza abrazaba a los asistentes. Luego leería un implacable discurso en el que hacía un lúcido balance de los cinco años transcurridos desde aquél atentado contra la libertad de todos. Hay guarismos que unen los sentimientos, especialmente en el drama. Cinco años, en esa cifra que liga las muertes que llevas en la memoria, porque sólo han pasado dos meses desde se producía también el quinto aniversario de la muerte de Anneli, y mi recuerdo entristecido de este viernes se movía entre aquél magnífico acto que le organizara ¡Basta Ya! a Pagaza y el duelo personal que yo empezaba a sentir entonces, cuando apenas empezaba a ser consciente de que ninguna llamada, ningún ruido en la puerta anunciaba sus palabras apresuradas o su llegada a casa, siempre repleta de inquietud y de agobio por toda la ingente cantidad de cosas que intentaba ella introducir -como con fórceps- en un día cualquiera de su vida.
Marisol Cruz resolvía su emoción -¿su arrastrado catarro?- con la ayuda de un moquero, mientras los altavoces cantaban "adiós a las penas de abril".
Carlos Martínez Gorriarán y yo abrimos la comitiva con destino al bar, que fue punto de confluencia de los más. Rubén Múgica -otro aniversario recentísimo, el de Fernando, su padre- formaría también parte de nuestro grupo.
- He intentado decir en la radio que le iba a votar a Rosa –nos comentó Rubén desde la altura que le proporciona su elevado organismo-. Pero se me ha ido el tiempo en meterme con Zapatero.
Pues aquí queda dicho.
sábado, 9 de febrero de 2008
El voto de los nacionalistas sensatos
Sólo existe una cosa peor que una campaña electoral plagada de descalificaciones y de promesas a lo Conde de Romanones: la pre-campaña que la antecede, porque viene a ser esta última una suerte de conejillo de indias donde se ensayan los gestos, se ptueba la solidez de los argumentos propios y se analiza la contundencia de las expresiones que proceden de los rivales.
Dicen que los extremos se tocan, y dicen bien. La rara coincidencia que observo en las pretensiones de socialistas y populares en el compromiso de solicitar el voto de los "nacionalistas sensatos" -en expresión utilizada por María San Gil y Rodolfo Ares- constituye una buena prueba de este argumento.
El voto es a los políticos lo que la cuenta de resultados a las emoresas privadas y ya se sabe que no se juega con las cosas de comer. Para el voto, como con el amor y con la guerra, se diría que todo está permitido. Hasta la pesca en mares ajenos.
No hay ninguna ley que lo prohíba y ni a la San Gil ni a Patxi López les van a detener en la rueda de prensa en la que sigan haciendo póblicos propósitos semejantes -a un parlamentario vasco sólo se le puede detener en el caso de flagrante delito-. Pero cabría exigirles el ejercicio de una política menos indecente. Porque el partido de Patxi López podrá intentar construir coaliciones imposibles –al estilo de la que sus compañeros de Cataluña vienen practicando desde hace ya dos legislaturas- y el de María San Gil seguirá calificando a los votantes nacionalistas de poco menos que cómplices de los asesinos –recordando que sus dirigentes pactaron con ETA en Lizarra-, pero no dejan de resultar un tanto patéticas estas estratagemas cuando Zapatero recaba los votos de los nacionalistas para que sus Presupuestos puedan ver la luz y ofrecen los votos de los socialistas del PSE en justa correspondencia para que en Vitoria las cuentas públicas no sean otro brindis al sol y Rajoy pedirá –y obtendrá- el apoyo del mismo partido para gobernar a poco que los electores le ofrezcan una mayoría que disponga de una distancia signifricativa en relación con el actual partido gobernante. Nada hay nuevo bajo el sol: seguimos en el tinglado de la antigua farsa y de los intereses crados de que hablaba el dramaturgo Benavente.
Pero es que el calificativo de “nacionalistas sensatos” a los que por lo visto cualquier constitucionalista que se precie debería pedir el voto da para un desarrollo más sugestivo. ¿Quiénes son los sensatos que llenan con sus papeletas las urnas? Desde luego que no lo serán los filo-etarras, por lo que carece de sentido que les dedique el menor de los comentarios. Ni por lo mismo pero sí por lo parecido se podrá predicar la sensatez al ya políticamente extinto y errático Arzallus o al actual inquilino de Ajuria Enea que da para un plan por legislatura, a cual más alocado. Definitivamente esa gente forma parte de la cualificada grey de los nacionalistas insensatos, y los electores que los votaran convencidos de su acierto no parecen territorio político propicio para la San Gil o para Patxi López.
Imaz no. Josu Jon ha sido el encantador de media España que, como los enamarados rechazados, acude al regazo de quien es objeto de sus cuitas nada más que le hace la menor de la carantoñas. y en ese canto a la paz y la bonhomía que proponía Imaz con eso de "cautivemos a España" podría haber añadido algo así como, "... que no quiere otra cosa que la cortejen un poco para caer en nuestros brazos" –seguramente que podríamos parafrasear el “where are you gone, Joe Di Maggio. A nation turns its lonely eyes to you?”, que cantaban Simon y Garfunkel en el recuerdo del único hombre que por lo visto amó de verdad a Marilyn Monroe.
Pero es que a Josu Jon Imaz decía quererle mucho María San Gil –como a casi todo el mundo, se supone- aunque entraba en la casa de Sabino –Sabin Etxea, por supuesto- por la puerta de atrás, para que ningún fotógrafo inmortalizara relación tan secreta como por lo visto imposible. Y lo tenían tan interiorizado, ella y él, que para María seguramente no había otra forma de acceder a la sede del PNV que por un intricado garaje y Josu Jon no concebía otro modo para que ella entrara. Algo así debía pensar el anterior presidente del PNV cuando me ofreció esa fórmula discreta pocos días antes de que yo dimitiera como parlamentario vascos.
- Como yo no soy María San Gil creo que no me va a pasar nada por entrar desde la calle y por la puerta principal –le dije.
¿Y qué pensar de Urcullu? Supongo que el actual número uno de su partido entra de lleno en la amplia nómina de la ambigüedad, que no es moneda rara entre los de su estirpe. Estaba con su predecesor y ha conseguido los votos del rival de este, lo que parece un maridaje extraño. Extraño sí, pero seguramente más proclive a la “soberanitis”, que viene a ser la enfermedad consistente en el ardon inflamado de las glándulas succionadoras, por aquello de las tan generosas ubres españolas que seguirán alimentando el “pufo vasco” a que se refiere Mikel Buesa, si no hay una UPyD que algún día le ponga coto a semejante desafuero.
¿Nacionalistas sensatos? Recuerdo que una vez, invitado precisamente por Íñigo Urcullu a un seminario organizado por la Fundación Sabino Arana, se me ocurrió –quizás por aquéllo de agradar a tus anfitriones- deslindar los distintos tipos de nacionalistas, en “moderados” y “radicales”.
- No nos califiques de “moderados” –me contestó uno de los asistentes, por auel entonces alto cargo de las Juntas Generales vizcainas-. Todos los nacionalistas somos radicales. Lo que pasa es que unos somos demócratas y otros no.
Yo no. Y lo digo con la máxima seriedad posible. Yo no voy a pedir el voto de los “nacionalistas sensatos”. Primero, porque no sé muy bien dónde se encuentran –por lo visto tampoco ellos lo saben muy bien-. Y segundo porque me parece que no les va mucho lo que pretendemos. A nadie le gusta demasiado que le pongan en su sitio. Y los nacionalistas –también los aparentemente sensatos- ya han ocupado un espacio que no les corresponde y que consiste en decidir el contenido de las políticas nacionales, por supuesto que en beneficio de ellos mismos, no de las políticas nacionales propiamente dichas.
Pueden estar tranquilos, el PP y el PSOE, nosotros no vamos a competir con ellos por el voto de los nacionalistas.
Dicen que los extremos se tocan, y dicen bien. La rara coincidencia que observo en las pretensiones de socialistas y populares en el compromiso de solicitar el voto de los "nacionalistas sensatos" -en expresión utilizada por María San Gil y Rodolfo Ares- constituye una buena prueba de este argumento.
El voto es a los políticos lo que la cuenta de resultados a las emoresas privadas y ya se sabe que no se juega con las cosas de comer. Para el voto, como con el amor y con la guerra, se diría que todo está permitido. Hasta la pesca en mares ajenos.
No hay ninguna ley que lo prohíba y ni a la San Gil ni a Patxi López les van a detener en la rueda de prensa en la que sigan haciendo póblicos propósitos semejantes -a un parlamentario vasco sólo se le puede detener en el caso de flagrante delito-. Pero cabría exigirles el ejercicio de una política menos indecente. Porque el partido de Patxi López podrá intentar construir coaliciones imposibles –al estilo de la que sus compañeros de Cataluña vienen practicando desde hace ya dos legislaturas- y el de María San Gil seguirá calificando a los votantes nacionalistas de poco menos que cómplices de los asesinos –recordando que sus dirigentes pactaron con ETA en Lizarra-, pero no dejan de resultar un tanto patéticas estas estratagemas cuando Zapatero recaba los votos de los nacionalistas para que sus Presupuestos puedan ver la luz y ofrecen los votos de los socialistas del PSE en justa correspondencia para que en Vitoria las cuentas públicas no sean otro brindis al sol y Rajoy pedirá –y obtendrá- el apoyo del mismo partido para gobernar a poco que los electores le ofrezcan una mayoría que disponga de una distancia signifricativa en relación con el actual partido gobernante. Nada hay nuevo bajo el sol: seguimos en el tinglado de la antigua farsa y de los intereses crados de que hablaba el dramaturgo Benavente.
Pero es que el calificativo de “nacionalistas sensatos” a los que por lo visto cualquier constitucionalista que se precie debería pedir el voto da para un desarrollo más sugestivo. ¿Quiénes son los sensatos que llenan con sus papeletas las urnas? Desde luego que no lo serán los filo-etarras, por lo que carece de sentido que les dedique el menor de los comentarios. Ni por lo mismo pero sí por lo parecido se podrá predicar la sensatez al ya políticamente extinto y errático Arzallus o al actual inquilino de Ajuria Enea que da para un plan por legislatura, a cual más alocado. Definitivamente esa gente forma parte de la cualificada grey de los nacionalistas insensatos, y los electores que los votaran convencidos de su acierto no parecen territorio político propicio para la San Gil o para Patxi López.
Imaz no. Josu Jon ha sido el encantador de media España que, como los enamarados rechazados, acude al regazo de quien es objeto de sus cuitas nada más que le hace la menor de la carantoñas. y en ese canto a la paz y la bonhomía que proponía Imaz con eso de "cautivemos a España" podría haber añadido algo así como, "... que no quiere otra cosa que la cortejen un poco para caer en nuestros brazos" –seguramente que podríamos parafrasear el “where are you gone, Joe Di Maggio. A nation turns its lonely eyes to you?”, que cantaban Simon y Garfunkel en el recuerdo del único hombre que por lo visto amó de verdad a Marilyn Monroe.
Pero es que a Josu Jon Imaz decía quererle mucho María San Gil –como a casi todo el mundo, se supone- aunque entraba en la casa de Sabino –Sabin Etxea, por supuesto- por la puerta de atrás, para que ningún fotógrafo inmortalizara relación tan secreta como por lo visto imposible. Y lo tenían tan interiorizado, ella y él, que para María seguramente no había otra forma de acceder a la sede del PNV que por un intricado garaje y Josu Jon no concebía otro modo para que ella entrara. Algo así debía pensar el anterior presidente del PNV cuando me ofreció esa fórmula discreta pocos días antes de que yo dimitiera como parlamentario vascos.
- Como yo no soy María San Gil creo que no me va a pasar nada por entrar desde la calle y por la puerta principal –le dije.
¿Y qué pensar de Urcullu? Supongo que el actual número uno de su partido entra de lleno en la amplia nómina de la ambigüedad, que no es moneda rara entre los de su estirpe. Estaba con su predecesor y ha conseguido los votos del rival de este, lo que parece un maridaje extraño. Extraño sí, pero seguramente más proclive a la “soberanitis”, que viene a ser la enfermedad consistente en el ardon inflamado de las glándulas succionadoras, por aquello de las tan generosas ubres españolas que seguirán alimentando el “pufo vasco” a que se refiere Mikel Buesa, si no hay una UPyD que algún día le ponga coto a semejante desafuero.
¿Nacionalistas sensatos? Recuerdo que una vez, invitado precisamente por Íñigo Urcullu a un seminario organizado por la Fundación Sabino Arana, se me ocurrió –quizás por aquéllo de agradar a tus anfitriones- deslindar los distintos tipos de nacionalistas, en “moderados” y “radicales”.
- No nos califiques de “moderados” –me contestó uno de los asistentes, por auel entonces alto cargo de las Juntas Generales vizcainas-. Todos los nacionalistas somos radicales. Lo que pasa es que unos somos demócratas y otros no.
Yo no. Y lo digo con la máxima seriedad posible. Yo no voy a pedir el voto de los “nacionalistas sensatos”. Primero, porque no sé muy bien dónde se encuentran –por lo visto tampoco ellos lo saben muy bien-. Y segundo porque me parece que no les va mucho lo que pretendemos. A nadie le gusta demasiado que le pongan en su sitio. Y los nacionalistas –también los aparentemente sensatos- ya han ocupado un espacio que no les corresponde y que consiste en decidir el contenido de las políticas nacionales, por supuesto que en beneficio de ellos mismos, no de las políticas nacionales propiamente dichas.
Pueden estar tranquilos, el PP y el PSOE, nosotros no vamos a competir con ellos por el voto de los nacionalistas.
viernes, 8 de febrero de 2008
Tertulia de carnaval
Era tarde de sábado en carnaval. Me habían citado en la casa de Eduardo Rodrigáñez -un nombre supuesto, las-. Para llegar tuve que hacerme un hueco entre la gente que flanqueba el cortejo del desfile, apenas unos segundos antes de que pasara la cabeza a la que precedían las carrozas y los fanfares habituales en las fiestas. Y yo me decía a mí mismo que no existe en Bilbao tradición de Carnavales, o que esta se ha perdido, porque todavía recuerdo aquél cartel de los años '20, el martes del entierro de la sardina en nuestra villa, que aseguraba con toda la seriedad que era posible de acuerdo con las circunstancias:
"Vamos todos, según veo,
Caminito de Bermeo".
Y es que los tiempos han cambiado -también lo decía Dylan- pero la gente se sigue pareciendo a sus ancestros: untanto chalados, unos y otros..
Rkecordaba también mis Carnavales de 1.984, en el mismo desfile del sábado. Yo era entonces concejal en el Ayuntamiento de Bilbao y miembro de la Comisión de Fiestas. Se había concertado una cita para todos los comisionados a la altura de la cafetería Toledo, en una de las entradas del parque y a una hora precisa. Pero los restantes comisionados debieron pensar que el proyectado encuentro escondía un engaño, que se trataba en realidad de una inocentada a destiempo o más bien que les parecía toda una ridiculez presidir una parada de mamarrachos como aquélla -tampoco había, en el Bilbao de meduados de los '80, muchas tiendas de disfraces-. Así que me quedé solo, aunque contaría con la solidaria compañía de mi novia, que no daba crédito a la curiosa situación.
- En la vida me he visto en una situación así -declaró, entre asustada y divertida.
No debió disgustarle la astracanada que cometíamos porque siete meses después -que es cifra bíblica- contraíamos matrimonio.
De esa curiosa manera, ostentando la única autoridad consistorial -más allá de los policías municipales encargados de desviar un atónito e incrédulo tráfico que tampoco comprendía muy bien el espectáculo de tan garrula manifestación, Anneli y yo presidimos el acto central de los Carnavales bilbainos.
Pero me colaba finalmente entre colegialas disfrazadas de alborozadas princesas y de aburridos padres vestidos de diario para llegarme a la casa de Eduardo Rodrigáñez en la que se había proyectado una tertulia política.
En el mismo portal me encontré con un antiguo Viceconsejero del Gobierno Vasco que integraba el grupo de tertulianos Ejerció ese cargo en las pasadas épocas en que Ardanza era Lehendakari, los socialistas gobernaban con los nacionalistas y los del pepé solamente aspirábamos a sustituirles. Me recordó que yo les hacía trabajar -supongo que no era esa cuestión habitual entre los parlamentarios opositores de la época, así que me lo tuve que tomar más por un cumplido que por la mera constatación del cumplimiento exigible de un deber.
Eduardo Rodrigáñez me sentó a su izquierda, junto a una compañera de UPyD, que practicaba con su presencia un gesto de solidaridad partidaria. Me sirvieron un té y el anfitrión inició con su pregunta el turno de cuestiones.
No les voy a referir el desarrollo de la reunión. Ni yo sería capaz de recordarlo ni ustedes tendrían la paciencia de soportar narración tan densa y extensa. Pero sí les puedo contar que, españoles todos los asistentes, y constitucionalistas -por supuesto- los había más entusiastas con la idea de UPyD y los había más preocupados ante la repercusión que un eventual éxito de nuestro proyecto pudiera tener entre los nacionalista.
Tampoco voy a dedicar mi comentario del día de hoy a los entusiastas. Son imprescindibles pero están ya convencidos, nos leen, nos escuchan, colaboran con nosotros y nosotros con ellos. Creo que hoy toca escribir acerca estos segundos, de los que temen la reacción de los nacionalistas instalados en el poder.
- ¿Qué van a hacer si conseguís cambiar la ley electoral, cuando ya no tengan la capacidad de condicionar la política española? La transición les consiguió encajar en el juego político -seguiría el argumento-. ¿No sería peligroso desandar lo andado?
Habrá que decir que son los nacionalistas los que deben preocuparse de sus problemas -y que de hecho lo hacen de forma más que sobrada-. UPyD ha nacido para combatir la insolidaridad de que hacen uso los partidos nacionales, en una deriva de reclamaciones regional-nacionalistas que les acerca a aquéllos. ¿Cómo no vamos entonces a posicionarnos en contra de los partidos nacionalistas que son el paradigma de la insolidaridad?
Pretendemos que un escaso diez por ciento de españoles, que no quieren serlo y que no creen en un proyecto para España, no condicionen la idea que compartimos el ochenta por ciento de los españoles. No se trata por lo tanto de retirarlos de la escena sino de situarlos en el lugar que les corresponde.
¿Y qué harán? Podría contestar a la gallega: ¿qué están haciendo ahora? ¿qué plantea Ibarretxe? ¿qué Estatut votaron -socialistas y nacionalistas- en Cataluña? ¿y qué está produciendo todo eso en el resto de España sino una tendencia a la igualación competencial que solamente tiene como consecuencia una deriva insolidaria y de ruptura de nuestro proyecto común?
El nacionalismo y la disgregación están crecidos en España. Y no cabe imaginarse que lo puedan estar más. ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para actuar?
Gregorio Morán escribió un libro al que tituló: "Los españoles que dejaron de serlo"; Rosa Díez se refiere a los "españoles sin complejos". Sobre unos y otros se cierne una España neutra a la que deberemos movilizar.
"Change. We can do it", dicen los seguidores de Barack Obama en Estados Unidos, nadie daba un dólar.por ellos y ahora tocan con los dedos la nominación del Partido Demócrata. Tampoco a nosotros nos prestan el dinero ni nos conceden el espacio de la palabra, pero existe una corriente social que nos empuja. También nosotros podemos ganar.
Eran poco más o menos las diez de la noche cuando me ponía el abrigo antes de salir. Mis contertulios daban por concluida y amortizada la tertulia y se cruzaban los disfraces de Carnaval en el que pretendían sumergirse inmediatamente. Y en mi paseo hacia casa, con las quinceañeras de falda corta y estruendosas risotadas apoderándose de la calle, no sabía muy bien qué parte de la vida se disfraza y qué otra parte se entrega a la realidad.
"Vamos todos, según veo,
Caminito de Bermeo".
Y es que los tiempos han cambiado -también lo decía Dylan- pero la gente se sigue pareciendo a sus ancestros: untanto chalados, unos y otros..
Rkecordaba también mis Carnavales de 1.984, en el mismo desfile del sábado. Yo era entonces concejal en el Ayuntamiento de Bilbao y miembro de la Comisión de Fiestas. Se había concertado una cita para todos los comisionados a la altura de la cafetería Toledo, en una de las entradas del parque y a una hora precisa. Pero los restantes comisionados debieron pensar que el proyectado encuentro escondía un engaño, que se trataba en realidad de una inocentada a destiempo o más bien que les parecía toda una ridiculez presidir una parada de mamarrachos como aquélla -tampoco había, en el Bilbao de meduados de los '80, muchas tiendas de disfraces-. Así que me quedé solo, aunque contaría con la solidaria compañía de mi novia, que no daba crédito a la curiosa situación.
- En la vida me he visto en una situación así -declaró, entre asustada y divertida.
No debió disgustarle la astracanada que cometíamos porque siete meses después -que es cifra bíblica- contraíamos matrimonio.
De esa curiosa manera, ostentando la única autoridad consistorial -más allá de los policías municipales encargados de desviar un atónito e incrédulo tráfico que tampoco comprendía muy bien el espectáculo de tan garrula manifestación, Anneli y yo presidimos el acto central de los Carnavales bilbainos.
Pero me colaba finalmente entre colegialas disfrazadas de alborozadas princesas y de aburridos padres vestidos de diario para llegarme a la casa de Eduardo Rodrigáñez en la que se había proyectado una tertulia política.
En el mismo portal me encontré con un antiguo Viceconsejero del Gobierno Vasco que integraba el grupo de tertulianos Ejerció ese cargo en las pasadas épocas en que Ardanza era Lehendakari, los socialistas gobernaban con los nacionalistas y los del pepé solamente aspirábamos a sustituirles. Me recordó que yo les hacía trabajar -supongo que no era esa cuestión habitual entre los parlamentarios opositores de la época, así que me lo tuve que tomar más por un cumplido que por la mera constatación del cumplimiento exigible de un deber.
Eduardo Rodrigáñez me sentó a su izquierda, junto a una compañera de UPyD, que practicaba con su presencia un gesto de solidaridad partidaria. Me sirvieron un té y el anfitrión inició con su pregunta el turno de cuestiones.
No les voy a referir el desarrollo de la reunión. Ni yo sería capaz de recordarlo ni ustedes tendrían la paciencia de soportar narración tan densa y extensa. Pero sí les puedo contar que, españoles todos los asistentes, y constitucionalistas -por supuesto- los había más entusiastas con la idea de UPyD y los había más preocupados ante la repercusión que un eventual éxito de nuestro proyecto pudiera tener entre los nacionalista.
Tampoco voy a dedicar mi comentario del día de hoy a los entusiastas. Son imprescindibles pero están ya convencidos, nos leen, nos escuchan, colaboran con nosotros y nosotros con ellos. Creo que hoy toca escribir acerca estos segundos, de los que temen la reacción de los nacionalistas instalados en el poder.
- ¿Qué van a hacer si conseguís cambiar la ley electoral, cuando ya no tengan la capacidad de condicionar la política española? La transición les consiguió encajar en el juego político -seguiría el argumento-. ¿No sería peligroso desandar lo andado?
Habrá que decir que son los nacionalistas los que deben preocuparse de sus problemas -y que de hecho lo hacen de forma más que sobrada-. UPyD ha nacido para combatir la insolidaridad de que hacen uso los partidos nacionales, en una deriva de reclamaciones regional-nacionalistas que les acerca a aquéllos. ¿Cómo no vamos entonces a posicionarnos en contra de los partidos nacionalistas que son el paradigma de la insolidaridad?
Pretendemos que un escaso diez por ciento de españoles, que no quieren serlo y que no creen en un proyecto para España, no condicionen la idea que compartimos el ochenta por ciento de los españoles. No se trata por lo tanto de retirarlos de la escena sino de situarlos en el lugar que les corresponde.
¿Y qué harán? Podría contestar a la gallega: ¿qué están haciendo ahora? ¿qué plantea Ibarretxe? ¿qué Estatut votaron -socialistas y nacionalistas- en Cataluña? ¿y qué está produciendo todo eso en el resto de España sino una tendencia a la igualación competencial que solamente tiene como consecuencia una deriva insolidaria y de ruptura de nuestro proyecto común?
El nacionalismo y la disgregación están crecidos en España. Y no cabe imaginarse que lo puedan estar más. ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para actuar?
Gregorio Morán escribió un libro al que tituló: "Los españoles que dejaron de serlo"; Rosa Díez se refiere a los "españoles sin complejos". Sobre unos y otros se cierne una España neutra a la que deberemos movilizar.
"Change. We can do it", dicen los seguidores de Barack Obama en Estados Unidos, nadie daba un dólar.por ellos y ahora tocan con los dedos la nominación del Partido Demócrata. Tampoco a nosotros nos prestan el dinero ni nos conceden el espacio de la palabra, pero existe una corriente social que nos empuja. También nosotros podemos ganar.
Eran poco más o menos las diez de la noche cuando me ponía el abrigo antes de salir. Mis contertulios daban por concluida y amortizada la tertulia y se cruzaban los disfraces de Carnaval en el que pretendían sumergirse inmediatamente. Y en mi paseo hacia casa, con las quinceañeras de falda corta y estruendosas risotadas apoderándose de la calle, no sabía muy bien qué parte de la vida se disfraza y qué otra parte se entrega a la realidad.
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